En el Universo DC con plantilla Shinobi - Capítulo 39
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- Capítulo 39 - 39 Trato Con El Diablo
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39: Trato Con El Diablo 39: Trato Con El Diablo Amanda Waller analizaba la información que se le presentó en su escritorio.
Informes, avistamientos, reportes, de enemigos de la nación, cárteles, meta humanos, héroes y villanos.
Su mirada recorrió un informe sobre un hombre grande y musculoso, envuelto en mallas rojas con una capa blanca, una actitud descuidada y un porte que recordaba a Súper Man.
Otro problema, en opinión de la mujer.
-No dejan de aparecer – murmuró con asco.
La Amanda Waller de este universo no tenía tanto poder como la de los cómics, no todavía.
No es que Liam lo supiera, ya que él sólo conocía a la Amanda de la adaptación cinematográfica en su mundo.
Una mujer más despiadada de lo que se retrató en la película, quien incluso llegaría a negociar con demonios como Trigon, entre otras locuras inimaginables para el shinobi.
Y esta misma mujer fue sacada de sus pensamientos cuando un asistente le informó de una llamada desde Jump City.
Sacó un dispositivo de comunicación holográfica, más seguros que los teléfonos.
Encendió el artefacto y una proyección en particular apareció frente a ella.
Una figura bajita, casi diez centímetros más baja que ella.
Cabello blanco azulado, debido a la proyección.
Un cuerpo delgado envuelto en una chaqueta blanca atada con tres correas, y un rostro vendado en el que sólo eran visibles dos ojos fríos que le devolvieron la mirada.
-¿Qué quieres, mocoso?
Soy una mujer muy ocupada.
-Lo dudo.
Te sobra el tiempo para ser una perra vengativa, pero seré breve de todas formas – respondió el albino.
Amanda frunció levemente el ceño ante la falta de respeto con que era tratada, pero lo dejó pasar.
Le han dicho cosas peores.
-Tengo una propuesta que solucionará nuestros problemas, tanto actuales como futuros – continuó Hiruko, captando la atención de Amanda.
Sospechaba que su plan a medio plazo para arrastrar al mocoso hacia ella y ponerle un collar podría no ser necesario.
No del todo.
-Estoy escuchando – asintió ella.
-Ambos sabemos que eres tú quien está manchando mi nombre por todo el país, otra vez.
De seguir esto, empezaré a pensar más con el corazón que con la mente, y podría terminar arrancándote la lengua y metiéndola en tu gordo culo.
Nadie querría eso ¿Verdad?
Amanda resopló, un poco impresionada por la sucia boca del chico.
Crecer en las calles debió enseñarle muchas cosas.
-¿Me llamas para amenazarme, a mi de entre todas las personas?
-Sí – fue la lacónica respuesta, como si el shinobi hablara del clima.
-No olvides que a los quince años logré humillarte y evadirte durante cuatro días en Kansas, con toda la ciudad llena de tus agentes y de la policía.
¿Qué tal fue el asunto de esos helicópteros y autos blindados?
Espero que haya sangrado tu bolsillo.
Amanda apretó el puño ante el recordatorio.
Hiruko provocó un gasto enorme ese día por toda la maquinaria de última tecnología que destruyó.
También se ganó una dura reprimenda por ese incidente.
-Pero no nos concentremos en el pasado.
Tú quieres un tipo lo suficientemente capaz al que no le tiemble la mano para hacer tu trabajo sucio.
Yo quiero que una perra vengativa deje de fastidiarme y evitar matarla para convertirme en un terrorista o algo así – explicó Hiruko, su mirada fría nunca desviándose de los ojos de Amanda Waller.
-Pero no voy a ser tu mascota.
Hay condiciones.
-Expón tus términos – ordenó Amanda.
Estaba interesada en esto, pues conseguir al mocoso tardaría un tiempo y ella quería hacer algunos movimientos lo más pronto posible.
-No habrá collar, de ningún tipo.
No soy un criminal de alto riesgo o una mierda así – declaró Hiruko, y Amanda pensó por un momento.
No tener el control estaba fuera de discusión para ella.
Muchas cosas podrían salir mal.
-Sabes que no podemos dejarte ir por ahí sin algún tipo de rastreador, verdad – informó ella.
El albino asintió.
-Claro, lo usaré.
Pero sólo será eso, un rastreador.
No vas a meter nada en mi cuerpo, ni pegarlo a él.
He demostrado que se puede confiar en mi, tú misma lo sabrás.
Si quisiera huir, no esperaría a que tú me llevaras a algún trabajo.
-Bien.
Continúa – cedió la mujer.
Hiruko estaba en lo cierto, él no podía calificar en el mismo rango de criminal que los futuros miembros del escuadrón suicida, por lo que Amanda no podría presionar para ponerle ese famoso collar explosivo.
-No seré removido de Jump City.
Seguiré cumpliendo mi servicio comunitario por los próximos cuatro años tal y como lo he hecho hasta ahora.
-¿Y exactamente cómo va a funcionar eso?
– interrogó Amanda.
-Simple – comentó Hiruko -Tú determinas a quien quieres matar y me apuntas a él.
Yo voy, hago el trabajo y regreso a Jump City.
Lo que me lleva al siguiente punto- hizo una pausa, midiendo sus siguientes palabras con cuidado.
-Sólo quiero misiones de exterminio.
No importa si es en gran número o de individuos fuertes.
Preferiblemente esto último.
-¿Alguna razón en particular?
¿Quizás tu sed de sangre es incontrolable?
– preguntó tentativamente Amanda.
La condición era extraña, por decirlo menos.
Tal vez el chico sea un asesino en masa que busca desahogarse ahora que tiene la oportunidad.
-Si así fuera, habrías salido de Kansas City sin cabeza.
Sólo quiero mantener esto simple.
Matar a un objetivo es más rápido que rastrear, seguir o espiar.
Como dije, permaneceré en Jump City y no quiero pasar semanas o meses investigando a quien sea que quieras eliminar.
-Hm, está bien – estuvo de acuerdo la mujer.
No es como si enviara al mocoso a ese tipo de misiones.
Estaba más interesada en sus capacidades sobre humanas para matar.
-Y por último, nuestro acuerdo durará hasta que termine mi condena.
Después de eso, no quiero saber nada de ti – concluyó Hiruko y Amanda tuvo que hacer un gran esfuerzo para no reírse.
-Es aceptable.
Te contactaré cuando tenga un objetivo para ti – dijo ella, terminando la comunicación.
El holograma del shinobi despareció y Amanda sonrió, sus ojos destellando de diversión e incredulidad.
-¿Y mis analistas sugirieron que era maduro para su edad?
Es sólo un niño con mucho poder.
Le di demasiado crédito al mocoso – murmuró para sí misma con desdén.
Amanda no tenía intención alguna de dejar ir a Hiruko.
La razón de su diversión y del por qué aceptó ese trato sin más objeciones fue simple: Usaría los mismos trabajos que haría Hiruko para condenarlo apenas termine su servicio comunitario.
Un par de incidentes turbios bastarían para ponerlo bajo ella de manera definitiva.
Mientras tanto, en Jump City, la agente miraba con desconcierto a Hiruko.
Ni una palabra salió de su boca, abierta de par en par ante la locura que acababa de hacer el chico.
Por su parte, el albino entregó el dispositivo a la atónita mujer y desapareció en un shunshin por la ventana de la oficina.
Su pie dolía con cada aterrizaje, pero no tenía ganas de responder preguntas ni a la agente ni al tipo que lo vigilaba.
Liam era consciente de que Amanda Waller lo iba a joder, de una forma u otra.
No le importó demasiado.
Para cuando ella hiciera su movimiento, el poder de Liam sería suficiente para hacerla retroceder.
El sistema premiaba las actividades similares a las de un shinobi, más que cualquier otra cosa.
Recibir una misión, buscar un objetivo y matarlo.
No hay nada más shinobi que eso.
Los Ryo iban a inundar los bolsillos metafóricos de Liam, compraría más Jutsus, iniciaría en sus estudios de los sellos, y en general, se haría más poderoso.
En cuatro años, Ileana debería progresar también.
Liam no lo admitiría, pero se había encariñado con la mujer.
Le gustaría mantenerla a su lado, como su compañera, alguien en quien podría confiar, pues no cometería los errores de los villanos, tanto de cómics como de anime.
Hacer todo solo, por más poder que tengas, sólo te llevará a la ruina.
-Je, Amanda, Amanda.
Esto te va a explotar en la cara, maldita perra – sonrió el shinobi.
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