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En el Universo DC con plantilla Shinobi - Capítulo 41

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  4. Capítulo 41 - 41 Amor Y Sangre
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41: Amor Y Sangre 41: Amor Y Sangre  La vida de Cristin Boucher fue dura en muchos sentidos.

Una familia numerosa, comidas insuficientes, ropa reutilizada que sus hermanas mayores ya no podían ponerse.

En la escuela, su mente siempre divagaba en fantasías, siempre distraída con las cosas más mundanas.

Pensar en las flores, en el campo, en una comida abundante que nunca tuvo y unos padres que le demostrasen más afecto del que recibía era la norma para ella, ignorando las molestas asignaturas del colegio.

Nunca hubo abusos.

Sus familiares la ignoraban y descuidaban, pero jamás la trataron mal.

Era más como si no existiera.

Cristin no podía decir si era mejor o peor.

Pero salió adelante, a diferencia de sus hermanas y hermanos.

Logró terminar la escuela primaria y alcanzar la mitad de la secundaria sin quedar embarazada.

Sus hermanas no podrían afirmar lo mismo.

Sus hermanos varones fueron expulsados del hogar al tener quince, pues su padre insistió en que podrían arreglárselas por su cuenta.

Cristin fue mucho menor que sus hermanastros y hermanastras, pero no la última hija de su madre.

Una mujer inagotable a la hora de aceptar hombres en su cama que no le proporcionaban nada más que hijos y alguna que otra paliza.

A mediados de la secundaria, ya se encontraba atendiendo a sus medio hermanos menores, haciendo el papel que correspondería a su progenitora.

Y decidió irse.

Cristin se sintió ahogada, se sintió presionada.

No le gustaba su hogar, no le gustaba el desorden, el ruido, el olor.

Todo estaba mal con su familia, con su casa.

Huyó a las frías y solitarias calles, pero no sin un plan.

Sabía que era demasiado mayor para entrar en un orfanato y esperar que la cuidasen por mucho más tiempo.

Pero alguna iglesia seguro que arreglaría algo para ella.

Y así fue.

Encontró una iglesia católica con un Padre lo suficientemente amable como para darle cobijo en su propia casa.

Cristin comió de su comida y durmió bajo su techo por unos meses, viendo la dinámica familiar en la casa del hombre religioso.

Había paz.

Serenidad.

Orden.

Lo más alejado al hogar de Cristin.

Eran buenas personas, pero sus bolsillos no eran tan grandes como sus corazones.

El Padre consiguió que ella fuera aceptada en un convento, y Cristin no tenía voz y voto en eso.

O aceptaba, o se iría a las calles, aunque no es que el hombre lo dijera, ni sus hermanos y sobrinos.

Cristin olvidó los años en el convento.

No le gustaba recordar, incluso peor que el tiempo en su hogar cuando era niña.

Para ella, ese tiempo es sólo gris, lágrimas y aburrimiento, reprimendas y oraciones.

Nunca llegó a creer una sola de las tonterías que enseñaban.

También escapó de ese lugar.

Una mujer joven, apenas 22 años, mayor de edad legalmente, pero sin el sentido común que una persona debería tener.

Y entonces llegó a Jump City, entre caravanas y haciendo favores a los camioneros para conseguir un lugar en sus vehículos.

Una nueva ciudad, un nuevo comienzo.

Trabajó en muchos lugares, en muchas cosas de las que no se siente orgullosa.

Desde atender en restaurantes y gasolinerías, hasta bailar desnuda para quien pagase.

Las sustancias sólo fueron el clavo en el ataúd.

La ventana de tener una vida normal se estaba cerrando y la propia Cristin era consciente.

¿Pero qué podía hacer?

La respuesta fue el amor.

Cursilería, dirán algunos.

Cuentos de hadas, opinarán otros.

Pero para Cristin, fue el cambio más agradable en su vida.

Una mujer que se desnuda para entretener a otros no podría mantener su castidad por demasiado tiempo.

No siempre es posible.

Cristin no pudo, y entre las sustancias, el alcohol y el tóxico ambiente del establecimiento donde trabajaba, terminó prostituyéndose como muchas otras jovencitas.

Irónicamente, del acto que Cristin consideraba más repulsivo fue del que vino la luz en su vida, su esperanza, su motivo para ser una mejor persona.

Su hijo.

Desconocía quién era el padre y no le importaba.

En cuanto se enteró que había quedado embarazada, tomó sus cosas y dejó atrás esas conexiones, esa línea de trabajo y las personas relacionadas con ello.

Empezó desde cero, una vez más.

Su hijo…

Ella tenía un hijo.

Sí, su razón de ser.

Su motivación para salir adelante.

Pero no podía recordar a su hijo.

Cómo era su rostro, cómo se llamaba, cómo era su voz.

El corazón de Cristin se sintió abrumado por la tristeza.

No podía recordar lo que había sucedido.

Sabía que sentía dolor y odio, pero no tenía idea de por qué.

Su mente soñaba con imágenes en rápida sucesión.

Una Mansión extravagante, una explosión de ira seguida de sangre, gritos de terror y con ellos vino una alegría si fin.

Un objetivo, una meta que la impulsaba a continuar, a hacer hasta los actos más horribles con tal de ganar, de obtener…

algo.

¿Qué buscaba, qué quería?

Había un hombre, o tal vez no.

Le prometió algo y Cristin hizo un contrato.

El hombre cumplió, aunque no de la forma que ella esperaba.

Después, todo fue dolor y arrepentimiento.

¿Y ahora?

No lo sabe.

Ella no lo sabe.

Se siente como si flotara en la nada, en un vacío donde todas sus luchas perdieron el significado, donde no habría importancia si estaba viva o muerta.

Cristin pensó que había muerto.

¿Qué otra cosa, además de la muerte, te puede hacer sentir tan mal?

¿Tan vacío, como si faltara algo?

¿Pero qué faltaría?

Cristin buscó en su interior.

No encontró mucho.

Una infancia que preferiría olvidar, una familia numerosa que la ignoraba, una escuela a la que no le importaba, un hombre religioso que le dio cobijo y un…

No, no había nada más.

¿Hubo siquiera un hombre religioso?

¿Hubo una iglesia?

Cristin consideró que no.

No recordaba mucho de ese tiempo.

Su mente se agitó, buscando más al fondo, algo para evitar deshacerse en la nada.

Ahora estaba segura, sólo había una escuela gris y aburrida y una familia.

Una madre que amaba mucho más el estar debajo de un hombre recibiendo sus empujones que a sus propios hijos.

¿Hijos?

Cristin no recordaba hermanos.

Sólo eran ella, su madre y los diferentes hombres que iban y venían con el pasar del tiempo.

…

¿Había una madre?

¿No fue siempre ella por su cuenta?

–  La mente de Cristin se estaba apagando, tanto biológica como espiritualmente.

La entidad que arrullaba su cuerpo no estaba devorando carne o sangre.

Se estaba llevando lo que la hacía humana, lo que la hacía ser Cristin Boucher.

El demonio había ayudado a la mujer cuyos recuerdos, consciencia y emociones estaba devorando, y ahora estaba cobrando esa ayuda.

La sangre derramada y el caos cometido serían un aperitivo, pero fue interrumpido por una bruja y lo que sea que haya sido el mocoso de blanco.

Finalmente, dejó de absorber la mente de la mujer.

Más que esto y ella moriría.

Esto no sucederá por ahora, ya que aun quiere un poco más de sangre.

Tendrá que ser sigiloso, pues no tiene la capacidad de librar una batalla como la que tuvo con esos dos.

Con la mujer débil y frágil, él también es más vulnerable.

Su esencia demoníaca se agitó, calentando su cuerpo y el espacio que lo rodeaba.

Había pasado días enteros devorando y disfrutando de la mente de la mujer.

Las sensaciones estaban frescas.

Puso su mirada en la dirección de un cementerio, donde yacía el hijo que Cristin acababa de olvidar.

Las emociones y sentimientos de los humanos siempre son un deleite para el demonio.

Vivir esas sensaciones al máximo es parte del disfrute, por lo que decidió visitar la tumba del niño que sólo él recordaría, por ahora.

Quería sentir la tristeza y el dolor de la madre al ver el nombre de su hijo en esa lápida.

No se trataba de crueldad.

Era simplemente su naturaleza.

Robar la vida de los demás y, de ser posible, experimentar una parte de ella.

Cada paso que lo acercaba era una lágrima de esencia demoníaca que salía de sus ojos.

Amor y dolor.

Amor, dolor, tristeza, alegría.

Emociones que había experimentado con otros humanos, y en cada ocasión se sintió satisfecho, siempre con ganas de más.

Abandonó las cloacas en las que había estado escondido, a altas horas de la noche.

Corrió entre las sombrías calles, como si conociera el lugar, pero se aseguró de ser sigiloso.

Su forma monstruosa ya no estaba, apenas más grande y corpulento que la mujer cuyo cuerpo usaba de molde.

Tras unos minutos, alcanzó el cementerio donde el niño desafortunado yacía en el descanso eterno.

La sensación de dolor y tristeza aumentó, ahogando todos sus sentidos.

Su carne se retorció de excitación.

Estas emociones intensas son por lo que adora a los humanos.

Pero con sus sentidos nublados entre el júbilo y el dolor de Cristin Boucher, no se percató de la miríada de oficiales y los dos super humanos que lo estaban observando.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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