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En el Universo DC con plantilla Shinobi - Capítulo 52

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52: La Base del Villano 52: La Base del Villano  Hiruko e Ileana pudieron deshacerse de las abominaciones mecanizadas y caminaban en silencio hacia las enormes puertas de metal al final de un largo pasillo.

Parecía más bien una presa, detrás de la cual Hiruko sospechó que se encontraban los jefes finales.

Abarcando casi diez metros de ancho y el doble de alto, la estructura penetraba en la roca sólida, sin mayores características que el liso y pulido metal.

Sin logos, pintura, sin páneles visibles ni manijas o alguna otra deformación.

Cómo y por qué se mantenía una puerta de metal limpia y lustrosa al punto de parecer un gigantesco espejo de plata debajo de la tierra y en medio de las cloacas de una ciudad, era algo que ni el shinobi ni la bruja entendían.

-Esto es una mierda- escupió Ileana, mirándose en el reflejo de la puerta y tratando, sin éxito, de arreglar su alborotado cabello.

-Ven, déjame ayudarte con eso- suspiró Hiruko, ayudando a la bruja a recoger su cabello en una improvisada cola de caballo.

En el interior de la base, el propietario miraba con incredulidad al par de individuos que acababan de derrotar a una horda de sus creaciones parlotear e iniciar una sesión de peluquería a las afueras de su laboratorio.

-¿Qué deberíamos esperar?- preguntó Ileana, su humor mejorado mientras posaba frente a la enorme puerta-espejo.

-Probablemente estaremos rodeados.

Definitivamente emboscados.

Quizás hasta intente separarnos.

Ah, y puede que haya un monólogo malvado en medio de todo – se encogió de hombros el shinobi.

Ileana asintió, sin percatarse del sarcasmo con que su compañero mencionó esa última parte.

Ella habría hecho lo del monólogo sin dudarlo, era genial, en su opinión.

-Entremos- ordenó el albino e Ileana dejó de jugar y se puso seria.

Toda esta actitud relajada fue un intento de calmar los nervios.

La verdad es que correrían peligro, y ninguno estaba dispuesto a sacrificar demasiado por esta ciudad.

No eran ese tipo de héroes.

La bruja inundó el lugar con su bruma verde, concentrando la energía en un haz cilíndrico con un radio de dos metros.

Cuando su magia se reunió al punto de parecer una bombilla casi sólida de energía, el fuego vil se encendió con un siseo intenso.

Un soplete gigante de llamas verdes y concentradas derritió con facilidad la gruesa puerta, haciendo una apertura lo suficientemente ancha como para atravesarla con un auto.

Como siempre, la acción de las llamas no generó calor alguno, ni siquiera en el metal de la puerta, que se derretía lenta pero constantemente.

Hiruko llegó a considerar la magia de la bruja como energía que desintegra al contacto, en lugar de fuego literal.

Simplemente no tenía sentido evaporar agua, derretir carne, metal y concreto sin generar calor ni siquiera en los materiales que toca.

Le tomó cerca de tres minutos perforar hasta el otro lado.

En cuanto desapareció el fuego vil, Ileana jadeó pesadamente y sus piernas temblaban.

Gotas de sudor caían de su frente.

-¿Puedes continuar?

– preguntó Hiruko.

Ileana asintió.

-No hay, ah, problema.

Es difícil, ah, mantener, ah, tanto poder concentrado.

Mientras ambos conversaban, un Kage Bunshin entró por la apertura, junto a otros tres Mizu Bunshin.

Hiruko le dio a la bruja un minuto para recuperar el aliento, sus sentidos alerta en todo momento.

Finalmente, la moldava se levantó y la pareja entró al complejo subterráneo.

Su primera impresión fue que era enorme.

Era jodidamente enorme.

La entrada era otro túnel, este hecho de roca en su totalidad y se inclinaba levemente.

Insignificantes tiras de luz en el techo daban poca iluminación al lugar.

Caminaron con paso confiado hacia el interior, pues los clones no detectaron nada, ni activaron trampas.

Hiruko estaba preparado, un pergamino de almacenamiento en mano y su chakra en movimiento.

Ileana caminaba con un velo de energía verde, lista para desatar llamas viles.

La tensión aumentaba con cada paso.

A unas decenas de metros más adelante, los clones llegaron a una curva, la cual descendió incluso más.

En cuanto llegaron al final de la misma, los recibió una especie de fábrica lúgubre.

Escaleras de metal descendían hacia una sala gigantesca, como si estuviesen en los asientos más altos de un estadio.

Del techo colgaban cientos de tiras de iluminación, todas igualmente enormes y potentes, permitiendo que los clones captaran cada detalle visible de lo que había al fondo.

Máquinas industriales y cadenas de ensamblaje yacían en reposo, imperturbables ante su presencia.

Piezas de metal con intrincados diseños se apilaban en las esquinas, como si allí tirasen lo que no parecía funcionar.

Prótesis de extremidades, un sin fin de chips y demás artículos que esperarías ver dentro de una computadora, armas, municiones, placas de armadura, algunas robustas y enormes, otras diminutas y afiladas, la mayoría destinadas a recubrir o conectar diferentes partes mecanizadas en los animales mutados.

-Creo que en verdad nos topamos con un tecno-sacerdote…

– murmuró el kage bunshin, desconcertado por el hecho de que una maldita fábrica podría haberse construido debajo de una ciudad sin que nadie se diera cuenta.

-Vamos, si hay una trampa, deberíamos detectarla o activarla para no poner en riesgo a la dama- sugirió un clon de agua.

El otro asintió, estando de acuerdo.

-A ustedes sí que les gusta, eh- se burló el kage bunshin.

Tanto Liam como sus clones de sombra habían notado este apego de los Mizu Bunshin hacia Ileana.

-Tch, hasta ahora el jefe ha vagado en solitario.

Recuerda que la hermandad del agua vino primero, así que para nosotros siempre ha sido un festival de salchichas.

Salchichas acuáticas en eso.

No puedes culparnos por tratar bien a una dama.

-Hm, tienes un punto allí- reflexionó el kage bunshin.

Decidió evitar el asunto de esa hermandad del agua, ya que se supone que los clones elementales no reciben ni envían recuerdos.

El trío de clones se adentró en el lugar, saltando entre la maquinaria y todos los artefactos extraños.

Dado que sólo había artilugios mecánicos aquí, estaba claro que este era sólo el comienzo del a base.

Debería haber un lugar donde estas piezas se ensamblasen a los animales.

El cuerpo principal y la bruja llegaron a la entrada un momento después, igual de impresionados por la escala de la arquitectura.

Uno de los Mizu Bunshin escalaba por las paredes, observando con ojo crítico todo el lugar, hasta que captó movimiento en el tejado de metal.

Un dispositivo pequeño, apenas imperceptible se desprendió del techo suavemente.

Entonces resonó una voz por toda la fábrica.

-Bienvenidos.

A.

Mi.

Humilde.

Morada.

Joven.

Hiruko.

Y.

Jovencita.

Me.

Temo.

Que.

Desconozco.

Su.

Nombre.

El shinobi alzó la voz, interrumpiendo al jefe antes de que continuase su monólogo.

-¡No, no no, no.

No vinimos para escuchar tu mierda!

¡Saca tus armas pesadas de una vez y terminemos con esto.

Mi compañera y yo debemos dormir temprano para entrenar mañana!

…

El silencio invadió la fábrica.

Los Mizu Bunshin asintieron con aprobación ante la mención del descanso y fortalecimiento de la dama.

El Kage Bunshin se palmeó la cara por la tontería de su original.

Nunca se le provoca a un jefe final de esa manera.

Ileana le dirigió al shinobi una mirada de desaprobación por interrumpir la presentación del enemigo.

En su habitación privada, la quimera hombre-máquina-insecto-araña (sí, los arácnidos y los insectos no son lo mismo) escupió por la indignación.

Su mano cayó pesadamente sobre un botón rojo con una calavera pintada en el centro.

Las sirenas perforaron los tímpanos de la bruja y el shinobi.

Las luces empezaron a parpadear en rojo, dificultando la visión y alterando los sentidos.

Secciones aleatorias de las paredes se desprendieron, revelando un arsenal masivo de ametralladoras y láseres.

Unas cuantas compuertas se abrieron en las cuatro direcciones, permitiendo el paso de un olor a bestia y aceite, así como el retumbar de más de un centenar de pisadas.

Ruidos sordos indicando criaturas pesadas, repiqueteos que insinuaban bestias quitinosas y zumbidos que, o bien eran el indicio de alas batiéndose a gran velocidad o de servo motores pulsando energía.

O ambas cosas.

Finalmente, el propio Liam se maldijo a sí mismo por la cagada monumental que había hecho.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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