En el Universo DC con plantilla Shinobi - Capítulo 65
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- Capítulo 65 - 65 La Bruja Y El Murciélago Final
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65: La Bruja Y El Murciélago: Final 65: La Bruja Y El Murciélago: Final -¡Huhg!
Me excedí – jadeó Ileana, con una rodilla en el suelo y sosteniendo su cabeza.
Cada pequeña palpitación enviaba un dolor inmenso.
Si tuviera ojos, estaría llorando ahora mismo.
El ridículo comunicador con forma de murciélago crepitó entre su capa, ahora hecha girones.
Lo sacó mientras tiraba la prenda a un lado.
-Lo hiciste bien.
Ya me he encargado de los matones y mercenarios de los alrededores – sonó la voz de Batman.
Ileana suspiró.
-No ha terminado.
Sólo lo inmovilicé por un tiempo – respondió la moldava.
Batman no dijo nada durante unos segundos y luego volvió a hablar.
-Tengo una solución para eso.
¿Podrás aguantar un par de minutos más?
Tras esas palabras, un pequeño temblor captó la atención de la bruja.
El crujido del concreto al partirse y ceder llegó a sus sangrantes oídos.
-Geez, apresúrate – fue todo lo que respondió antes de poner se pie y tirar de sí misma hacia el aire, justo a tiempo para evitar ser empalada por una cuchilla crepitante que salió del suelo.
Ignorando el dolor que le hacía explotar la cabeza en oleadas, la bruja extendió su energía una vez más, desatando llamas viles que fueron derritiendo el concreto mientras usaba su telequinesis para mover el espeso material sobre el constructo, intentando quitarle cualquier punto de apoyo manteniéndolo prisionero.
Cada segundo de esto era una tortura.
Cada segundo le hacía sentirse mareada, su cabeza palpitando, su boca, nariz, cuencas y oídos sangrando profusamente.
Todos los sonidos se atenuaron, todo el sabor era el óxido de la sangre, todo lo que olió fue a cobre.
Y ella no se rindió.
¿Por qué luchar tanto?
¿Por querer ser un héroe?
Ileana no tenía objetivos tan loables.
Nunca fue del tipo que se sacrificaría por los más débiles, ni siquiera cuando era sólo una pueblerina en una aldea olvidada por el mundo.
Ella sólo buscó una cosa: La gloria, el reconocimiento, el poder.
Simple y crudo.
En el pasado, la forma de obtener esas cosas era convirtiéndose en reina, una señora por encima de todos los demás.
Y ella fracasó.
Ahora, siglos después en una tierra extranjera, su objetivo no había cambiado.
El método sí.
Un encuentro casual, aleatorio, le enseñó que no estaba en la cima y le tomaría mucho.
Un niño, a sus ojos, la había derrotado, la había salvado y curado y ahora sabía que ni siquiera le costó tanto.
En ese momento, antes de que el asunto con el demonio explotara, lo único que Ileana escuchó en la prisión era sobre los héroes.
Personas poderosas, personas queridas, reconocidas.
Hiruko fue un pequeño héroe emergente durante su estancia en la cárcel.
Ella comprendió que ese era el camino.
El mundo ya no respetaba reyes y nobles.
Ahora los llamados héroes ocupaban ese papel.
Pero el tiempo pasó.
Casi un año entero junto al shinobi le hicieron cambiar pequeños aspectos de sí misma, algunos de los que ni siquiera se había dado cuenta.
Ya no era arrogante, no tanto.
Ya no menospreciaba a los plebeyos, no como antes.
Ya no sabía por qué quería luchar.
No se trataba sólo de querer poder.
Ya no.
En el fondo, simplemente disfrutó crecer junto a él, mejorar, hacerse más fuerte, comer con él, compartir bromas y lanzar puyas el uno al otro.
Ileana encontró un amigo.
Dejaría de buscar respuestas tan complicadas por ahora y sólo haría lo que su corazón dictaminase.
Ella se haría más fuerte y acompañaría a su amigo.
El resto podría esperar.
Una descarga láser salió del concreto líquido y espeso, disparando en todas direcciones, pero los escudos de la moldava había desaparecido.
Todo lo que podía hacer era derretir el material y moverlo en una piscina improvisada, amasando constantemente e inmovilizando al gólem.
Varias de esas ráfagas rozaron su figura suspendida.
Ella lo ignoró.
Su audición estaba tan atenuada que no escuchó el llamado de Batman a través del comunicador, ni el rugido del motor del vehículo con el que llegaron a este lugar.
Ella siguió quemando y moldeando toneladas de concreto derretido, siempre manteniéndolo en movimiento.
Usó un hechizo de su amigo vendado como inspiración.
Algo sobre un pantano del infierno o algo así.
Solía usar nombres extraños para sus técnicas, pero ella no juzgaría la efectividad de las mismas.
Finalmente, el vehículo entró en contacto con su energía circundante y ella pudo percibirlo.
Dejó de encender sus llamas viles y de mover el concreto.
Una sensación de relajación como nunca antes inundó su mente, el frío recorriendo sus extremidades.
Ileana no vio lo que hizo el murciélago.
Estaba tan agotada que su niebla verde se deshizo en el aire y ella perdió el conocimiento.
Durante un tiempo indefinido, su mente apenas tuvo la consciencia suficiente para extender un poco de su magia y ver su entorno.
Se encontró a sí misma tirada en el suelo.
Temblores sacudiendo las inmediaciones.
Una luz cegadora, aunque no para ella, y un estallido de energía eléctrica.
Después, se vio siendo cargada por el murciélago.
Luego la sensación de moverse en un vehículo, similar al helicóptero pero diferente.
En otro destello de lucidez, vio a Nezu caminando junto a Batman, ella aun en sus brazos.
La pusieron en su cama.
Lo demás fue el sueño más profundo que jamás había tenido.
Fue aterradoramente similar a su encierro en esa maldita piedra.
Finalmente, su consciencia fue sacada del abismo y despertó.
Extendió su bruma de manera instintiva.
Era su forma de “abrir” los ojos al despertar.
Escaneó su entorno, dándose cuenta que estaba en su habitación.
Dado que sus heridas eran más internas, más espirituales y mentales, su cuerpo no presentó muchos problemas.
Ella se levantó, todavía con la camisa de mallas, el top deportivo protegiendo sus activos, y los pantalones que Hiruko le había comprado quien sabe donde.
Una mueca se deslizó en sus finas facciones al percatarse del olor que exudaba.
-No de nuevo…
– murmuró con fastidio.
Decidió tomar una ducha antes de que el otro habitante de la Mansión le dijera que apestaba.
Odiaba que le dijesen eso.
Tras relajarse y limpiar su cuerpo de las impurezas, Ileana bajó a la cocina, buscando algo para picar.
El hambre que sentía superó con creces el cansancio.
Allí encontró una escena que, en cualquier otro lugar, sería extraña al extremo.
Una rata fea, modificada con partes mecánicas y un pequeño sombrerito de chef yacía cocinando una especie de sopa.
Siniestros tentáculos parecidos a cables de acero se retorcían por la habitación, tomando ingredientes, batiendo el contenido en la olla y demás actividades requeridas en una cocina.
-Huele bien, Nezu – saludó la bruja.
La rata no se giró para mirarla.
-Hm, pensé que lo necesitarías.
Has estado inconsciente durante veintisiete horas.
El teléfono casi reventó ayer por todas las llamadas.
Por suerte, nadie vino a fastidiar.
Ah, y el murciélago dijo que enviará algunos datos para que los revisen.
-¿Yo?
– preguntó la bruja, desconcertada.
-No, tarada.
Tú no tienes el coeficiente para semejante tarea.
Cuando el mocoso vuelva, se lo haré saber.
-¿Hiruko?
– preguntó Ileana, ladeando la cabeza.
-Quien sabe.
No ha regresado aun.
-Eso es extraño…
– murmuró ella, subiendo para buscar su comunicador.
En cuanto lo encontró, pulsó el único botón que le conectaría directamente a su amigo.
Pero nada ocurrió.
Hiruko no conestaba.
Ileana supuso que estaría ocupado y lo dejó pasar, haciendo un puchero porque el shinobi todavía se negaba a llevarla a esas misiones especiales.
– Mientras Ileana se enfurruñaba por la falta de confianza de su amigo, Liam estaba escondido bajo tierra, atendiendo las heridas de una asiática molesta mientras su propia cabeza sangraba.
Sus vendas presentaban un corte diagonal desde el hombro izquierdo hasta la cintura, empapadas en sangre.
El shinobi estaba agotado, muy agotado.
Sus ojos apenas se mantenían alerta, vendando el brazo roto de la nipona, quien yacía inconsciente.
Su mente no pudo hacer más que maldecir todo lo que conocía por la situación.
En especial un punto crítico.
-“¿Desde cuándo la puta Wonder Woman puede volar?” – se quejó internamente.
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