En el Universo DC con plantilla Shinobi - Capítulo 86
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- Capítulo 86 - 86 Represalias Y Conspiraciones 2
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86: Represalias Y Conspiraciones 2 86: Represalias Y Conspiraciones 2 La luz de la mañana se coló entre las cortinas de una lujosa habitación.
Los párpados de una mujer temblaron ante la iluminación, y lentamente abrió los ojos.
Una sonrisa de satisfacción cruzó sus facciones mientras se encontraba a sí misma rodeada por dos especímenes masculinos de calidad.
Su chofer y uno de sus mayordomos, hombres grandes y musculosos que había arrastrado a su cama la noche anterior.
Eleonor Davenport se levantó, su gran marco ocupando una parte considerable de su gigantesca cama.
Tras despedir a sus preciados hombres, se dio una ducha y ordenó que sus sirvientas la preparasen para el día.
Una gran capa de maquillaje cubrió su rostro, sus labios pintados de un rojo chillón que realzaba su belleza.
Sus mejillas hinchadas se cubrieron de polvo.
Sus cejas fueron remarcadas.
Un fino vestido amoldó su voluminosa panza, un poco apretado, pero la calidad y el diseño del mismo la hizo destacar de cualquier manera.
Ella necesitaba destacar.
Los últimos meses no habían sido amables para la mujer.
Una serie de acontecimientos desfavorables habían hecho que una parte de sus negocios menguara, su estatus se vio reducido y algunas de sus amistades más cercanas se habían alejado.
Y ella no tenía idea de por qué había estado sucediendo esto.
Su contacto con la familia White había disminuido y ahora ningún miembro de esa familia tenía tiempo para atenderla.
Incluso su hermana menor no pudo reforzar sus conexiones con la nieta de Christopher White.
Eso había sido motivo de frustración para la mujer.
Su marido había tenido que salir de la ciudad para intentar establecer algunos negocios fuera.
Si bien aun tenían una inmensa fortuna, las cosas no pintaban muy bien.
Debido a la falta de su marido, de sus amistades, y de los lujos exorbitantes a los que estaba tan acostumbrada, recurrió a los placeres de la carne para aliviar su estrés.
Tímido al principio, pero una vez que cruzó la línea con uno de sus asistentes, todo se desenfrenó.
Al menos dos veces por semana, uno, dos o varios hombres, trabajadores en su Mansión, llegaban a sus aposentos privados en las noches para atender sus necesidades.
No sintió culpa ni vergüenza.
Una vez se hubieron retirado sus sirvientas, Eleonor se quedó en su habitación, mirando la cama ahora arreglada y con sábanas limpias.
Su mente no pudo evitar regresar a la noche de acción que había tenido.
Ante la perspectiva de que su futuro sería sombrío y el sentimiento de inmoralidad que le provocaba hacer semejantes actos carnales, una sonrisa se dibujó en su rostro, tan amarga como lasciva.
Sí, ella se aseguraría de disfrutar hasta la última gota de su riqueza.
Con la amenaza de decaer más y más, su corazón se llenó de lujuria y un deseo de disfrutarlo al máximo, en lugar de caer en el pánico.
Fue su manera de sobrellevar la situación, su mecanismo de defensa.
Mientras tales pensamientos cruzaban por su mente, se dirigió hacia el balcón, con intenciones de respirar aire fresco.
Fue en ese momento, mientras abría las puertas de cristal, que un borrón de movimiento se deslizó desde el exterior y se paró frente a ella.
La mente de la mujer no fue capaz de reaccionar a tiempo.
Sus ojos siguieron con un toque de desconcierto y confusión a la figura pálida, bajita, de ojos rojos y rostro cubierto en vendas hasta la nariz.
El viento se coló a través de las puertas ahora abiertas, agitando levemente el cabello blanco como la luna del joven frente a ella.
-Buenos días, Señora Eleonor – saludó el héroe de Jump City con un tono casual y frío al mismo tiempo, carente de toda emoción.
El mismo héroe/criminal cuya imagen Eleonor ayudó a sabotear hace un tiempo, cuando se vio envuelto en una batalla contra un monstruo que dejó tras de sí una docena de víctimas.
-¿Q-qué estás?
– empezó ella, pero una serpiente blanca se deslizó de entre los pliegues de sus mangas, envolviendo tanto el cuello como la boca de la mujer.
Hiruko estranguló levemente a la mujer con sus vendas.
-No no, guarda silencio.
No quiero oír tu voz – dijo el shinobi.
Más vendas se extendieron y rodearon a la mujer, levantándola mientras esta última se sacudía violentamente, el pánico inundando su corazón.
Sin prestarle atención, Hiruko la llevó hasta su cama y la obligó a sentarse en el borde, mientras él arrastró una silla y se sentó frente a ella.
-Ha pasado un tiempo desde la última vez que nos vimos – empezó de nuevo el albino, sus vendas todavía rodeando a la mujer, cuyos ojos empezaron a temblar.
-Como no tengo mucho tiempo, seré breve.
Tengo una ciudad que proteger, después de todo – se encogió de hombros y su postura se volvió mucho más intimidante, más de lo que un cuerpo tan pequeño como el suyo debería ser.
-Yo se que tú fuiste la perra que contactó a la prensa aquel día, y también se que diste información que no deberías a las personas equivocadas.
Como resultado, me he envuelto en un montón de mierda desde entonces y mi vida se hizo mucho más complicada de lo necesario.
Eleonor jadeó y sus ojos se llenaron de lágrimas.
No pensó que sería descubierta por el mocoso ante ella.
Tampoco consideró nunca más ese asunto, pues había pasado mucho tiempo y no estaba acostumbrada a asumir las consecuencias de sus acciones.
Jamás imaginó que no se saldría con la suya, ni que Hiruko fuera tan audaz como para tomar represalias.
La ira ante tal pensamiento le hizo perder su miedo y su mirada de temor se convirtió en una de desdén.
¿Cómo se atrevía este rufián callejero a entrar en su casa y agredirla de este modo?
Pero no pudo pronunciar queja ni amenaza alguna.
Su boca seguía amordazada.
-Nunca me olvidé de lo sucedido.
Ya ves, soy bastante rencoroso – continuó el shinobi, poniéndose pie y acercándose a la dama sometida.
Su mano acarició su rostro suavemente, pero no había cariño en tal acción.
-Y he venido a cobrar, Eleonor Davenport.
Así que presta mucha atención, porque sólo tendrás una oportunidad.
– -¡Abuelo!
¿Lograste hablar con Hiruko?
– resonó la voz de Clara White por la oficina de Christopher.
El hombre mayor sonrió con dulzura y levantó la vista de sus papeles.
-Hola a ti también, pequeña – saludó con una risa entre dientes.
-Y sí, tu abuelo convenció al muchacho para que te acompañara – asintió en su dirección.
La sonrisa en el rostro de la joven fue deslumbrante y el corazón de Christopher se hundió levemente.
No era muy admirador del excesivo cariño que su nieta sentía por el albino.
¿Qué hombre estaría dispuesto a dejar que su niña persiguiera hombres por ahí?
Afortunadamente, el objetivo en cuestión no sentía ningún apego por su nieta.
De hecho, Christopher estaba seguro que Hiruko no sentía más que irritación por la hiperactividad de su nieta.
Eso lo reconfortó.
-¡Bien!
¡Todos estarán celosos, muajajajaja!
– ella empezó a reír malévolamente, enorgulleciendo a su abuelo.
El ambiente alegre se vio interrumpido por una señal en el escritorio de Christopher.
Su mirada tranquila se volvió afilada y su sonrisa se desvaneció por completo.
-Cariño, tu abuelo debe atender algunos negocios.
Ve a saludar a tu abuela – dijo el hombre y su nieta, todavía en su estado de ensoñación, obedeció.
Antes de salir, le dio un abrazo a Christopher y desapareció por la puerta.
Tras su salida, el guarda espaldas, Nico, cerró adecuadamente e insonorizó la oficina.
Christopher tomó asiento y presionó un botón debajo del escritorio, haciendo que un compartimento se deslizara del escritorio y una pantalla emergiera.
Un zumbido bajo y una distorsión de imagen después, el dispositivo mostró una figura encapuchada.
La tela púrpura era lo único distinguible de la silueta.
Todo lo demás estaba a oscuras.
-¿Está todo preparado?
– llegó la fría voz desde el otro lado.
Christopher asintió con solemnidad.
-Sí.
Como se me ordenó, el chico estará en Waldorf High School durante el baile de graduación.
Irá como acompañante de mi nieta – informó Christopher, su tono inexpresivo.
-Bien hecho.
La Colmena reconocerá tu contribución – fue la respuesta del encapuchado antes de que se cortara la conexión.
Christopher suspiró y se echó en su silla.
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