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En el Universo DC con plantilla Shinobi - Capítulo 87

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87: Operación 87: Operación  Un hombre de aspecto corriente compraba verduras y otros suministros en un super mercado local.

Su paso era firme, confiado, sus ojos escaneaban su entorno discretamente, siempre atento a cualquier mínimo detalle.

Empujó el carrito hasta la fila donde debía pagar por todo lo que llevaba.

Pacientemente esperó, ignorando el murmullo de un sin fin de conversaciones diferentes, tantas que no llegó a captar la esencia de ninguna.

Mientras esperaba al último cliente antes de su turno, vio a dos oficiales entrar por las puertas, sus placas lustrosas pegadas al pecho y su uniforme azul oscuro destacando entre la multitud, como un pulgar adolorido.

Actuó con la mayor naturalidad posible.

Él sabía que no destacaba en lo absoluto.

Una altura promedio, una camisa blanca de mangas largas, pantalones de color canela, anteojos y cabeza rapada.

Un hombre corriente, un rostro cualquiera que pasaría desapercibido allí donde fuese.

Pero no eliminó el miedo en su corazón.

Él era un hombre buscado.

Hasta hace unas semanas, su rostro había estado circulando por las calles.

Una fotografía vieja, cuando aún tenía cabello y barba.

Los oficiales pasaron a su lado y no le dedicaron más que una breve mirada.

Probablemente ni siquiera lo vieron en realidad.

-Siguiente – vino la voz de la cajera, aburrida y monótona.

El hombre dio un paso al frente y concluyó sus compras, saliendo con paso tranquilo y seguro, calmando su corazón agitado.

Condujo un automóvil algo viejo, el tubo de escape expulsando una humarada contaminante.

Soportó el tráfico incesante, ignoró los gritos de otros conductores malhumorados, sus ojos escudriñaron a las hermosas damas que vio aquí y allí.

Una hora de conducción después, había llegado a otro lado de la ciudad, un pequeño y modesto motel donde había estado quedándose esta última semana.

Tendría que cambiar de ubicación dentro de un par de días.

Quedarse demasiado tiempo en un mismo lugar era peligroso para él.

Entró en su habitación sin hablar con nadie.

No tenía amigos aquí, ni le importaba hacerlos.

Hizo sus quehaceres habituales.

Cocinó, lavó algo de ropa en el lavabo y la llevó a secar a una lavandería cercana.

Era más barato usar simplemente la función de secado que lavar todo allí.

Al atardecer, cuando el sol estaba desapareciendo entre los imponentes edificios de esta jungla de concreto y metal, el hombre yacía fumando en su cama, su mirada puesta en una vieja fotografía.

La imagen de un niño, sonriendo junto a un gran pastel de chocolate.

Velas iluminaban su rostro infantil, una barra de caramelo multicolor formando un 4.

Su momento de reflexión se vio interrumpido por la alarma de su reloj.

La hora de trabajar había llegado.

–  La noche era fría en Jump City.

Nubes densas ocultaban la luz de la luna, sumiendo las partes menos favorecidas de la ciudad en una oscuridad inquietante.

Un hombre sin cabello, con gafas y de aspecto sencillo, paseaba por estos lugares con naturalidad.

En su bolsillo, llevaba una cartera de cuero donde había algo de dinero y una foto muy preciada para él.

Su destino se encontraba en un complejo de almacenes abandonados, donde nadie además que la escoria sin hogar y los animales callejeros suele frecuentar.

Al menos, así lo era en el pasado.

-¡Alto!

¿Quién eres y qué haces aquí?

– sus cavilaciones se interrumpieron cuando dos hombres armados lo abordaron de la nada.

El sujeto con anteojos levantó una mano con calma y habló.

-Walter, sección D, empacado y transporte – repitió las palabras con tono aburrido, como si no fuera la primera vez que lo hacía.

Los hombres no dijeron nada y simplemente bajaron las armas.

Con un gesto de cabeza, Walter siguió su camino, ignorando a esos vigías.

Serpenteando entre un par de callejones, finalmente alcanzó a entrar por un agujero a uno de los grandes almacenes y la vista cambió por completo.

Primero fue la sensación de hormigueo que le recorrió el cuerpo al atravesar el agujero, y después tanto su vista como su oído fueron inundados por un entorno muy diferente a lo que se podría pensar desde el exterior.

Intensas luces bañando todo el lugar desde el techo.

Una charla interminable entre docenas de personas.

Hombres y mujeres de bajos recursos moviendo cajas, empacando armas, informando a algunos mercenarios bien equipados sobre el progreso.

La escala de la operación era obscena, más aún teniendo en cuenta que la mayoría de estas personas no eran profesionales.

Mendigos, ladrones, pandilleros, o gente que simplemente necesitaba el dinero a cualquier costo.

Este último era el caso de Walter.

Y este no era el único almacén en el que se estaban llevando a cabo estas actividades.

-¿Hm?

Hola, Walter.

Buena noche, ¿eh?

– saludó una mujer enjuta, con un negro enfermizo decorando sus encías, totalmente visibles mientras una sonrisa de oreja a oreja era dirigida a Walter.

El hombre se estremeció levemente.

Esta mujer se había interesado mucho en él desde que aceptó este trabajo nocturno, y no entendías las claras señales de que Walter no buscaba ningún tipo de entretenimiento con ella.

-Hola, Lisa – fue su breve respuesta, antes de volverse a su puesto y empezar a empacar municiones.

Todo el proceso fue vigilado por los mercenarios.

Walter no sabía quiénes eran.

Nunca vio sus rostros, nunca supo a donde iba toda esta mercancía.

Una cosa era segura: Él no pretendía involucrarse más de lo debido.

Su único objetivo era obtener algunos billetes y salir de esta ciudad antes de que las cosas fueran a peor.

Ya se estaba arriesgando demasiado aquí, pues todavía era buscado por la policía tras haberse fugado una extraña noche.

Walter había sido demandado por su ex, quien lo acusó de acoso y otras tonterías.

A él no le importaba esa mujer traicionera.

Lo único que quería era ver a su hijo.

Un hombre de familia corriente, con un trabajo de oficina corriente, quien no pudo soportar la idea de mantenerse lejos de su propio hijo y terminó pagando por las acciones de una mujer ingrata.

Ese era Walter hasta hace unos meses.

Una noche en particular, la estación de policía donde esperaba su juicio fue atacada por…

algo.

Walter despertó por la conmoción, el edificio temblaba y el ruido de las paredes derrumbándose le sacudió los huesos.

Y entonces apareció una criatura cubierta de pelaje, con placas de metal revistiéndola a modo de armadura.

Atravesó los barrotes y las paredes como si fueran papel.

Incluso arrolló a un hombre, un delincuente de poca monta, convirtiéndolo en pasta y esparciéndolo entre el piso y el muro derrumbado.

Walter escapó, al igual que todos los prisioneros de los alrededores.

Desde entonces, había vagado por las calles, evitando a la policía, robando billeteras, comprando ropa, alquilando habitaciones en distintos lugares.

Y buscando a su hijo.

Más tarde se enteraría que su ex esposa había salido de la ciudad y se había llevado a su hijo con ella.

Walter podría haber intentado seguir su rastro, pero sin dinero ningún hombre puede hacer nada.

Esa su motivación para estar aquí.

Fue su decisión obtener dinero de manera rápida y medianamente segura.

Esta operación criminal a gran escala parecía prometedora, bien organizada.

Walter confiaba en trabajar otras dos semanas y largarse.

Ese era el plan, esa era su esperanza.

Estaba muy equivocado.

¡¡BOOOOM!!

Una onda de choque sacudió los alrededores.

Una bola de fuego se hizo notar en el exterior, iluminando las ventanas con un resplandor anaranjado.

Durante unos segundos, todos se quedaron en silencio.

Después se desató el caos cuando los mercenarios gritaron órdenes y se movieron con sus armas extravagantes para suprimir lo que sea que haya ocasionado el problema.

-¡Muevan esas cajas ahora!

-¡Tú, tú y tú, saquen las armas!

-¿¡Qué esperan!?

¡No se queden parados ahí malditas ratas callejeras!

Las personas empezaron a moverse, más frenéticamente.

Algunos mercenarios apuntaron sus armas a los trabajadores, obligándolos a trabajar más rápido.

Una anciana se asustó y quedó paralizada, sin saber qué hacer.

La consecuencia de tal inacción fue un disparo láser que atravesó su cráneo.

-¡Dije que se movieran!

– rugió un mercenario y todos volvieron a su trabajo con diligencia.

El corazón de Walter se hundió en ese momento.

Uno de los mercenarios se le acercó y lo tomó de la capucha de su sudadera, arrastrándolo a un lado junto a otras personas.

-¡Toma las armas y sal ahí, ahora!

– le ordenaron junto a los demás.

Siguiendo la corriente, Walter se encontró a sí mismo cargando junto a otros malhechores hacia las puertas, todos equipados con extrañas armas de láser.

El corazón del hombre latía con fuerza.

La adrenalina se apoderó de él al igual que el miedo.

Nunca había agarrado un arma en su vida y ahora lo enviaban a un tiroteo.

En cuanto abandonaron el almacén, los sonidos de los disparos se hicieron más audibles.

Destellos de láser viajaban de un lado a otro.

Walter vio un equipo del S.W.A.T invadiendo desde uno de los callejones, sus escudos alzados, apenas capaces de detener las descargas de plasma.

Pero eso no significó nada cuando vio el responsable del caos y las explosiones.

Un espeso humo había invadido gran parte del complejo de almacenes.

Apenas eran visibles los destellos de los disparos.

Más audible fue el gemir de los hombres al ser golpeados duramente.

-¡Dispara dispara dispara!

– ordenó uno de los mercenarios al grupo de Walter.

Sin dudar por temor a acabar muertos por sus propios contratistas, los hombres abrieron fuego al humo.

El retroceso lastimó el hombro de Walter, haciéndole gruñir levemente y casi soltando el arma.

No se atrevió a hacer tal estupidez.

Su cadencia se fuego se interrumpió cuando una serpiente blanca salió disparada desde el humo, formando una especie de puño en su punta y golpeando al hombre a su lado en el estómago, haciéndole escupir saliva y sangre y arrojándolo varios metros hacia atrás.

El miedo lo paralizó.

La incredulidad se apoderó de él.

Walter sabía a quién pertenecían esas serpientes blancas.

Lo había visto en las noticias, incluso lo vio en la calle un día que salía a su trabajo, antes de que su mujer lo demandara.

Sus ojos empezaron a derramar lágrimas de impotencia cuando una figura bajita, de cabello y traje blanco, emergió de humo.

Un sin número de extensiones blancas saliendo de los pliegues de sus mangas, enviando dolorosos golpes y azotes contra todos los presentes.

El héroe/criminal de Jump City.

Momia Blanca, o como lo llamaron en la TV, Hiruko.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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