En Hollywood. - Capítulo 17
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Capítulo 17: Capítulo 16
Capítulo 16: El Precio de la Autenticidad
Nueva York, 2 de febrero de 1994
El aire helado de Nueva York se colaba por el marco de la ventana de su pequeño apartamento en el East Village, trayendo consigo el hedor a café quemado de la calle. Parker Posey, envuelta en una bata de seda barata y un aura de intensa irritación, estaba sentada en su mesa de cocina, que servía de escritorio y camerino. Sobre la superficie, entre guiones de márgenes gastados y ceniceros llenos, yacían los demonios de la mañana: los periódicos de la industria.
Parker había pasado los últimos meses con una sensación de superioridad moral. Había rechazado la oferta de Michael Relish, el director que, según ella, había sido elevado por un simple slasher de éxito masivo. Ella no estaba hecha para el terror adolescente o para los ejercicios estilísticos vacíos. Ella era una actriz de carácter. Su camino era el indie puro, el Festival de Cine de Nueva York, el drama existencial que te hacía sentir incómodo, el arte que perduraba.
Pero esa mañana, la realidad impresa de Hollywood se burlaba de su pureza.
Tomó primero el ejemplar de Variety. La página principal de la sección de negocios tenía un titular en negrita que le revolvió el estómago:
“SCREAM” CRUZA LA MARCA DE $100M DOMÉSTICOS; RELISH PRODUCTIONS ASEGURA UNA TAQUILLA GLOBAL DE $185M Y APUNTA A LOS $200M
Parker tiró el periódico con un bufido. Diez millones de dólares. Cien millones. Doscientos millones. Los números eran obscenos, incomprensibles para alguien que luchaba por conseguir un salario decente en un rodaje independiente. Recordó la llamada telefónica con su agente, a finales del año pasado, cuando le rogó que reconsiderara la oferta de estar con Michael relish.
«Es un director de un solo éxito nada mas, Peter. Su primera película fue inteligente, lo admito, pero es un género que muere. No voy a desperdiciar mi potencial. Yo soy más que eso.»
Naomi Watts, la chica que tomó el papel, era ahora el rostro de una franquicia que definía la década. Su cara estaba en las portadas de revistas juveniles, y, peor aún, su cuenta bancaria tenía más ceros de los que Parker podría imaginar en dos vidas. Los cien millones de dólares no solo eran una cifra; eran el costo de su arrogancia, el precio de su elección por la ‘autenticidad’. La rabia no era contra Naomi, sino contra el destino y contra Michael Relish, que había logrado hacer de la mediocridad comercial algo tan lucrativo.
El veneno real, sin embargo, llegó con el segundo periódico, el Village Voice, que cubría Sundance con la solemnidad de un obituario de arte.
“CORRE LOLA CORRE”: UN TRIUNFO CINETICO EN SUNDANCE. MICHAEL RELISH Y SU MAGNÉTICA ESTRELLA, ELIZABETH BANKS, REESCRIBEN EL MANUAL INDEPENDIENTE.
Parker sintió un nudo frío en el pecho. Las palabras eran como dagas: triunfo cinético, magnética estrella, reescriben el manual. Esta era la película que ella había rechazado por ser demasiado “gimnástica” y “superficial.” Había creído que la visión de Relish era demasiado pulida, demasiado orientada al mercado.
El artículo continuó, alabando a Elizabeth Banks, su supuesta rival generacional, con una adoración que Parker se negaba a aceptar.
“Banks ofrece una de las actuaciones más físicas y emocionalmente agotadoras que hemos visto en años. Es la antítesis de la ‘scream queen’ de Hollywood; es una actriz que usa su cuerpo y su rostro para expresar la urgencia existencial. Relish la ha convertido en una figura de culto instantánea, y la victoria en el Premio del Público es la prueba de que el cine de autor puede, y debe, ser emocionante.”
Parker arrugó el periódico con tanta fuerza que sus nudillos se pusieron blancos. ¡Magnética! ¡Visceral! ¡Maldita sea! Ese papel debería haber sido suyo. La rabia se mezcló con unos celos profesionales profundos. Elizabeth Banks era una actriz competente, pero Parker se consideraba infinitamente más talentosa, con un mayor rango y una presencia más singular. Michael Relish, el monstruo de taquilla, había tomado a una actriz ‘segura’ y la había catapultado a la fama con una película que Parker consideraba su terreno: el arte, el riesgo, la vanguardia.
Él lo hizo a propósito, pensó Parker, buscando cualquier forma de desviar la culpa. Michael está usando estos “premios independientes” para legitimar su monstruo de taquilla. Es una estrategia de marketing. Es dinero disfrazado de arte. No es real.
Se levantó abruptamente, caminando por el pequeño apartamento, que ahora se sentía como una jaula. Se detuvo frente al espejo, estudiándose a sí misma. Veía a una actriz con un rostro inconfundible, ojos expresivos y un aura de intensidad que no cabía en un póster de cine de terror ni en un thriller de acción.
Yo hice la elección correcta. Rechacé la fachada por la sustancia.
Se dirigió a su mesa y tomó el guion que la ocupaba: un drama de época sombrío ambientado en el circuito de festivales europeos. Era difícil. Era crudo. Había pasado semanas debatiendo la motivación de su personaje, una artista atormentada.
Mi película es verdadera. Es lenta, es dolorosa, es sobre la condición humana. Es lo opuesto a ese estúpido reloj corriendo y esas tres vidas. Mi película perdurará. La de ellos es un truco visual.
Intentó convencerse de que la película que había elegido, un proyecto oscuro y ambicioso que no había ganado premios ni tenía fecha de estreno, era el verdadero camino hacia la inmortalidad artística. Los números de Scream eran fugaces; la aclamación de Lola era el prestigio superficial de Hollywood.
“Cuando mi película se estrene,” se dijo a sí misma en voz baja, con un tono de arrogancia defensiva. “La gente verá lo que es el verdadero cine. Verán la diferencia entre un juego de acción bien filmado y una obra de arte.”
Se sentó de nuevo, pero la satisfacción era hueca. En el fondo, el eco de los cien millones de dólares de Scream y el brillo del Premio del Público de Elizabeth Banks en Sundance le recordaban una dolorosa verdad: Parker Posey se había quedado fuera de las dos películas más interesantes y exitosas que Michael Relish había producido en su meteórica carrera. Había elegido la tranquilidad de la oscuridad, y ahora, el resentimiento la carcomía mientras se preparaba para rodar una escena de intenso drama, intentando ahogar el tic-tac del reloj de una carrera que había perdido.
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Los Ángeles, Jueves 3 de febrero de 1994
El sol de Los Ángeles, generalmente un símbolo de optimismo y poder, se sentía ese día como una luz cegadora sobre los errores cometidos. La noticia había aparecido como un dardo en la sección de negocios de The Hollywood Reporter, confirmando el peor temor de varios estudios: Relish Productions había cerrado un trato con Metro-Goldwyn-Mayer.
El artículo, titulado “MGM GOLPEA DE NUEVO: ADQUIERE ‘CORRE LOLA CORRE’, AFIANZA RELACIÓN CON RELISH”, detallaba que la adquisición había superado con creces las ofertas iniciales, y aunque la cifra final de compra de Lola no fue revelada, la nota insinuaba que MGM había ofrecido un paquete “financieramente irresistible” que garantizaba “liquidez inmediata” a la productora de Michael. La fecha límite del 10 de febrero había sido desactivada.
Warner Bros.: La Frustración de la Pérdida
En Warner Bros., la reacción fue de ira contenida. Alan Horn había sido muy claro en su límite de $5 millones, convencido de que su marca y su oferta de $5 millones serían suficientes para asegurar la película.
“¡Cinco millones! ¿Y nos han superado de nuevo?” gritó David, el jefe de Distribución, golpeando la mesa de caoba. “Primero Scream, un fenómeno global, y ahora la película indie más aclamada del año. ¿Qué demonios ofreció Evans que nosotros no pudimos ofrecer?”
Alan Horn, sentado a la cabecera, tenía el rostro sombrío. “Evans no estaba compitiendo por Lola, David. Estaba compitiendo por la lealtad y por el control. Nosotros ofrecimos $5 millones por una película de bajo presupuesto. Él ofreció $7 millones por la película, y, más importante, una solución a un problema de la productora deñ joven Relish. Utilizó el propio dinero de Michael para comprar su silencio.”
El jefe de Marketing intervino, sintiéndose completamente frustrado. “Nuestra estrategia de marketing dependía de asociar a Warner Bros. con el genio autoral de Relish. Ahora, Evans será el que se beneficie de la ola de prestigio de Sundance. Y lo peor, Michael Relish acaba de conseguir $40 millones en efectivo. Acaba de financiar su próxima película, Speed, sin un centavo de MGM. Esto significa que cuando Speed sea un éxito, tendremos que rogarle a Relish Productions para que nos venda su siguiente proyecto, y el precio será astronómico.”
Horn miró a la mesa, asintiendo con lentitud. La lección era amarga. “Michael Relish no es un ‘mocoso’ con suerte, como algunos creen. Es un hombre de negocios. Necesitaba independencia financiera. Evans se la dio, y a cambio, obtuvo el prestigio de Lola y aseguró que Michael no vendiera el filme a nuestros competidores. Nos quedamos sin la película de autor, sin la posibilidad de una relación a largo plazo, y con la confirmación de que MGM tiene ahora una ventaja crítica en la carrera por el talento joven.”
Warner Bros. había perdido la batalla del prestigio y la oportunidad de oro de diversificar su imagen. La sala se disolvió en murmullos de resignación y la tarea inmediata de renegociar con los agentes de Michael para asegurar la distribución de su siguiente proyecto después de Speed (el cual, sabían, sería su objetivo).
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20th Century Fox, en Century City, Tom Rothman, el jefe de Fox, estaba mordiéndose el labio inferior hasta el punto de la irritación. Ellos habían estado dispuestos a llegar a $6 millones, superando a Warner, pero la oferta de MGM había sido claramente superior.
“¡Evans es un temerario!” exclamó Rothman a sus asesores. “Sabía que $7 millones era nuestro límite, y el maldito nos superó por poco. ¡Deberíamos haber ido a $7.5 millones! ¿Quién tiene el informe completo de la oferta de MGM?”
El jefe de Adquisiciones, con voz cansada, explicó la jugada de Evans. “No fue una competencia de $7 millones, Tom. Fue una competencia de $47 millones. MGM aceleró el pago de los royalties de Scream para darles el capital semilla. Nosotros no podíamos hacer eso. No teníamos la obligación de pagarles esa parte de la taquilla. Fue una jugada que solo Evans podía permitirse, utilizando su propia deuda para comprar prestigio.”
Rothman se recostó, sintiendo el peso de la derrota. “Así que perdemos por no haber tenido la capacidad de usar una deuda multimillonaria como arma. Es increíble. Pensamos que Michael quería el precio más alto, pero quería la llave de la ciudad. Necesitaba un poco de esos $40 millones para la preproducción de Speed.”
“La consecuencia, Tom,” dijo la analista financiera, “es que MGM ahora tiene una reputación de ser el estudio que apoya al ‘director de la nueva generación’. Fox se ve como el estudio que ofrece un buen precio, pero no la visión total. Hemos perdido la oportunidad de consolidar una relación con Relish. Cada vez que Michael produzca una película, el precio de entrada será aún más alto.”
Fox había tenido la ambición de arriesgarse más que Warner, pero se había quedado corta frente a la necesidad estratégica de liquidez de Michael. Rothman sabía que ahora tendrían que buscar otros cineastas “prometedores” en Sundance, sabiendo que ya habían sido eclipsados por Michael Relish, el hombre que no solo hacía películas, sino que también reescribía las reglas de la negociación de Hollywood.
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En Columbia Pictures, el sentimiento era de resignación absoluta. Habían ofrecido $4.5 millones y se habían retirado antes de que la presión alcanzara su punto máximo.
“Es lo mejor,” comentó el jefe de Columbia. “No podíamos pagar $7 millones, y mucho menos entrar en un juego de adelantos multimillonarios sobre otra película. Relish Productions se está volviendo demasiado grande, demasiado rápido. Es un estudio en sí mismo.”
La estrategia de Columbia, y de muchas distribuidoras medianas, era esperar. Esperar que Michael Relish fuera una anomalía pasajera. Pero cada titular, cada récord de taquilla de Scream, y ahora el prestigio de Lola, confirmaba que estaban presenciando el nacimiento de una nueva dinastía en Hollywood.
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Mientras la gran mayoría de Hollywood reconocía la derrota, en Miramax, Harvey Weinstein leía el mismo artículo con un desdén profundo y visceral. Harvey estaba enfrascado en el lanzamiento de una de sus propias películas, un drama independiente aclamado por la crítica en Europa.
Harvey arrugó el periódico con brusquedad y lo tiró a la alfombra.
“¡Qué ridiculez! ¿MGM paga $7 millones por una película en la que una chica corre sin parar?” se burló Harvey, sentado en su sillón. “Evans es un sentimental. Es un pánico de relaciones públicas. Michael Relish es un one-hit wonder que tuvo suerte con el terror adolescente. Es un ‘mocoso’ que no sabe de cine.”
Su asistente dudó antes de hablar. “Señor Weinstein, Scream superó los $100 millones domésticos.”
“¡Es basura slasher, yo también puedo conseguir una película así y hasta mejor, eso es Coca-Cola con cuchillos!” gruñó Harvey. “Nosotros también hacemos arte. Hacemos cine que perdura. La película de Lola no es más que un video de una chica que corre. Es estilo sin sustancia.”
En ese momento, Miramax tenía una sólida alineación de películas independientes en su repertorio, muchas de las cuales competían directamente con el tipo de cine de “prestigio” que Lola representaba. Harvey estaba ciegamente convencido de que su propia línea de cine era superior, más profunda y más auténtica. La idea de que el Premio del Público pudiera ir a una película tan vertiginosa y mainstream como Lola era, para él, una afrenta al arte.
“Que MGM se quede con su corredor. Nosotros nos quedaremos con los directores de verdad. Relish Productions es una burbuja. Reventará tan pronto como este niño intente hacer una película de acción real como Speed. Ahí veremos si su suerte aguanta.”
El desdén de Harvey era absoluto. No veía el talento de Michael, solo veía la amenaza comercial. Por lo tanto, no vio la jugada financiera: la independencia que Michael acababa de comprar con su propio éxito. En su mente, Michael Relish era un advenedizo que pronto sería olvidado. Harvey se negó a tomar medidas, convencido de que su prestigio en el circuito independiente no podía ser vencido por una simple película de Sundance que, en su opinión, había sido mal juzgada por el público y los críticos. Miramax no sentía ira, sino un desprecio que, en el futuro, le costaría muy caro.
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Los Ángeles, 5 de febrero de 1994
El sol de febrero se filtraba a través de las persianas de aluminio en la oficina privada de Michael, en el corazón de Relish Productions. El espacio era funcional, dominado por una gran pizarra de borrado en seco donde los diagramas de flujo de trabajo de Speed (el nuevo proyecto) y las complejas estructuras de adquisición de derechos de autor de Marvel competían por el espacio. Faltaban solo unos días para la fecha clave del 9 de febrero, cuando MGM debía depositar el dinero, y la calma de Michael era casi antinatural.
Michael, sentado frente a su escritorio, tomó el auricular del teléfono y llamó a la extensión de Eleanor.
—Eleanor, ¿podrías pedirle a Susan que venga a mi oficina? Y ven tú también, por favor. Es hora de hacer los números y organizar el siguiente paso.
A los pocos minutos, Susan Davis, impecablemente vestida y con la carpeta de documentos legales bajo el brazo, entró junto a Eleanor, que llevaba consigo un cuaderno de notas y una expresión de intensa concentración. Ambas se sentaron frente a Michael.
—Bienvenidas. El acuerdo con MGM está firmado. La cláusula de revocación está perfectamente redactada, y nuestros abogados la han revisado. Ahora, asumamos que el 9 de febrero el dinero entra en la cuenta. Tenemos que tener el plan de batalla listo para el día 10 —comenzó Michael, mirando a Susan.
—Susan, necesito que seas muy precisa con el flujo de caja para que Eleanor pueda actuar inmediatamente. Hablemos de la liquidez total que vamos a tener.
Michael se inclinó sobre la mesa, desglosando las cifras lentamente para asegurarse de que todos estuvieran en la misma página:
—Recuerda, al principio de Scream, recibimos un primer adelanto de 20 millones de dólares.
—Con el acuerdo de Lola, MGM nos va a pagar la compra de la película, que son 7 millones de dólares.
—Y la jugada maestra de Robert Evans fue acelerar el pago de nuestros derechos de taquilla de Scream, lo que nos dará un adelanto de 40 millones de dólares.
—Eso suma un total de 67 millones de dólares que habrán pasado por nuestras manos, o están a punto de hacerlo.
Susan asintió, su bolígrafo listo. —Correcto. $67 millones.
—Sin embargo, al principio, utilizamos aproximadamente 6 millones de dólares para la preproducción y el test screening de Scream, además de los costos iniciales de Relish Productions antes de que empezara a generar ingresos. Así que, nuestra ganancia bruta es de 61 millones de dólares.
Michael hizo una pausa, señalando el punto más crítico. —En este momento, nuestra prioridad absoluta es pagar al Tío Sam. Si todo está bien calculado y considerando el impacto fiscal de las ganancias de taquilla y la venta de derechos, necesitaremos reservar entre 21 y 22 millones de dólares para los impuestos. Usaremos la estimación del 35% de impuestos federales y las estatales que por el momento son 0%. 35% de 61 millones es 21.35 millones de dólares.
—Necesitas guardar ese dinero, Susan. Es una reserva intocable. Una vez que separamos esos 21.35 millones para los impuestos, nos quedarán aproximadamente 40 millones de dólares limpios para operar.
Susan anotó la cifra con una precisión metódica. —Reservado, Michael. El día 10, moveremos esos 21.35 millones a una cuenta de impuestos a corto plazo.
—Perfecto. Ahora, la asignación. El grueso de nuestro tiempo y futuro está en Speed. Ya tenemos la mayor parte del equipo de efectos visuales y a los guionistas detallando todo el guión grafico. Quiero que las grabaciones con el elenco comiencen el 1 de marzo, a más tardar. Para eso, utilizaremos unos 10 millones de dólares para asegurar los efectos que falten, eso sería todo para lo que es Speed.
—Quedan 30 millones de dólares —dijo Susan, mirando a Michael.
Michael se volvió hacia Eleanor, que había estado esperando pacientemente. Su tono pasó de ser un financiero a un estratega de guerra.
—Eleanor, tienes 20 millones de los treinta son para ti. Necesito que vayas de nuevo a Marvel y compres más derechos de autor de los personajes. La clave de nuestro imperio no está en las películas de acción mainstream, sino en la propiedad intelectual que podemos controlar durante décadas.
Eleanor respondió de inmediato, consultando su cuaderno. —Jefe, tengo noticias sobre eso, algunas malas y otras… complicadas. He estado atenta. Los derechos de Los 4 Fantásticos ya están comprados. Fue una adquisición muy barata, se hicieron con ellos por solo 2 millones de dólares a mediados del mes de enero. Y me enteré de que para Spider-Man, están a punto de resolverse los problemas legales con Carolco y Cannon Films. Pero el gran tiburón que está oliendo la sangre es Fox. Escuché que quieren los derechos de Spider-Man tan pronto como la situación legal se aclare por unos $4.5 millones.
Michael se reclinó, pensativo. En su vida anterior, sabía que Fox y la compañía que tenía los 4 Fantásticos (la de Roger Corman) existieron, pero las películas resultantes no se estrenaron hasta bien entrado el nuevo siglo. Había tiempo, pero la competencia estaba despertando.
—Bien. Eleanor, aquí está el plan. Primero, vamos por Los 4 Fantásticos. Tienes una ventana pequeña. Quien los compró lo hizo por $2 millones. Podemos ofrecer el doble inmediatamente, $4 millones. Y puedes subir, si es necesario, pero nuestro tope máximo son 5 millones de dólares para recuperarlos. Son la primera familia de Marvel; su imagen es fundamental.
—De acuerdo. $5 millones de tope para los 4 Fantásticos —confirmó Eleanor.
—Segundo: Spider-Man y el resto. Dices que Fox está ofreciendo $4.5 millones por el trepamuros ahora mismo, pero Marvel se está haciendo la difícil. No quieren vender por piezas pequeñas.
Michael miró a Eleanor, tomando la decisión más audaz de la tarde. —Eleanor, después de asegurar Los 4 Fantásticos, quiero que vuelvas con Marvel y pongas sobre la mesa un total de 15 millones de dólares. No es solo por Spider-Man. Quiero a Hulk, Blade y todos los personajes importantes que nos faltan. Negocia para que los derechos de todos se alineen con los mismos términos y años que ya tengo con los X-Men y el resto de Los Vengadores. Es un paquete. Si aceptan, $15 millones.
Eleanor abrió los ojos ante la audacia de la cifra. $15 millones era un precio enorme en 1994 para un paquete de derechos de personajes de cómic. —Se hará. Me concentraré en el paquete: Hulk, Blade, Spider-Man y cualquier otro.
Michael despidió a Susan y a Eleanor que salieran de la oficina, pero antes de decirle a Susan que los $10 restantes es para la empresa, ya que si no pasa nada ese dinero queda para Relish Productions, con una misión clara y un presupuesto de $20 millones para gastar en el futuro del cine de superhéroes.
Solo, Michael se puso de pie, mirando la lista incompleta de héroes que tenía en su pizarra. Ya tenía a los pilares de Los Vengadores (Thor, Iron Man, Capitán América, Ojo de Halcón y Viuda Negra, adquiridos en el trato anterior), a los Defensores (Doctor Strange), y a los X-Men.
Susurró los nombres de los que faltaban: —Faltan Hulk, Spider-Man, Inhumanos, S.H.I.E.L.D. y Hydra… Nos faltan demasiados derechos de autor. Sería bueno comprar Marvel, pero es complicado. $40 millones no son suficientes para comprar una editorial en pleno auge, aunque esté mal administrada. Necesito mucho más capital.
La adquisición de derechos era solo el principio. Michael sabía que para comprar Marvel Comics en un futuro cercano, necesitaría entre $140 millones a $180 millones cuando esté en bancarrota en 1996-1997.
Su mirada se dirigió al lado de la pizarra que reservaba para su verdadera estrategia a largo plazo: las finanzas.
—El próximo saldo que tienen que darme de Scream —pensó Michael, refiriéndose a los $40 o 43 millones restantes después del adelanto—, lo tengo que utilizar. En 1995, el NASDAQ 100 y el S&P 500 comenzarán un alza explosiva que durará hasta el año 2000. Si utilizo esos $40 millones, más la participación de porcentajes de la recaudación de Speed que negociaremos después, para hacer apalancamiento en la bolsa, puedo volverme multimillonario.
La producción de películas era su arte; las finanzas, su arma secreta. Michael Relish no solo estaba construyendo un estudio; estaba construyendo una fortuna que aseguraría su control total sobre el cine. Y el tic-tac del reloj ya no marcaba una cuenta regresiva para Lola, sino el tiempo que le quedaba a Hollywood antes de que él pudiera comprarlo todo.
Los Ángeles, Sábado 9 de febrero de 1994
El silencio en las oficinas de Relish Productions era una tensión palpable, roto solo por el suave zumbido del aire acondicionado. Michael estaba revisando los diagramas de logística de la filmación de Speed, esperando el aviso crucial. Faltaban solo unas horas para el plazo fatal del 10 de febrero. Si el dinero no llegaba ese día, la cláusula de revocación se activaría, y el acuerdo con MGM se desmoronaría, forzando la arriesgada autodistribución de Lola.
A las 10:17 a.m., la luz de la extensión de Susan Davis parpadeó. Michael tomó el teléfono con una calma inquebrantable.
—Michael, lo tengo —dijo Susan, su voz entrecortada por la liberación de la adrenalina. —La transferencia ha entrado. Los 47 millones de dólares están en nuestra cuenta fiduciaria. Los siete millones por Lola y el adelanto de cuarenta por Scream son efectivos. MGM cumplió.
Michael suspiró, pero no de alivio, sino de confirmación. Todo había salido según el plan.
—Perfecto, Susan. No hay tiempo que perder. Ejecuta el plan financiero que discutimos. Eleonor ya tiene sus instrucciones de adquisición.
Minutos después, Susan y Eleonor entraron en la oficina, ambas con la euforia contenida de quienes han ganado una guerra financiera.
—El dinero está asegurado —confirmó Susan. —Y como lo ordenaste, el pago de impuestos está separado. 21.35 millones de dólares han sido movidos a la reserva fiscal. Nos quedan 39.65 millones de dólares limpios para operar.
—Excelente. Activen el presupuesto de reserva de 10 millones de dólares para la preproducción de Speed. El tiempo corre.
Michael se dirigió a Eleonor. —Eleanor, los 20 millones son para tus adquisiciones de Marvel. Quiero a Los 4 Fantásticos y el paquete de Spider-Man, Hulk y Blade asegurados. ¡Mueve esas fichas!
Eleonor asintió con determinación. —La misión está clara, jefe.
Michael volvió a centrarse en la película inminente. —Susan, quiero que el proceso faltante de Speed comience de inmediato. Ya sabes que Naomi es nuestra protagonista, ya se hizo el casting de formalidad, pero ahora necesito que termines todos los preparativos.
—Y en cuanto a Keanu, ya acepto. Si todo sale bien será una estrella de acción de primera línea. Recuérdale que esta es una película de acción con un concepto brillante, no una simple explosión. Utiliza el prestigio que hemos ganado con Lola y Scream para se tome enserio este trabajo. Queremos que él tenga fe en el guion, no solo por el cheque.
Michael se detuvo en el calendario. —Si todo avanza sin contratiempos, quiero que las cámaras rueden el 1 de abril a más tardar.
Con las instrucciones operacionales para Speed en marcha, Michael despidió a Susan y Eleonor. Su atención se centró ahora en el desarrollo de la siguiente generación de proyectos. Llamó a la extensión de Laura.
Poco después, Laura entró. Parecía cansada, pero satisfecha.
—Laura, gracias por venir. Antes de que te tomes ese descanso que mereces, hablemos de lo que terminaste.
—Claro, Michael —dijo Laura, tomando asiento. —Terminé el guion de “Get Out”.
Michael asintió con una sonrisa. Sabía que ese guion, que giraba en torno a un hombre de color llamado Chris es un joven y exitoso fotógrafo afroamericano que, desde hace cinco meses, sale con Rose, una chica blanca. Aunque no está muy convencido, termina accediendo a la invitación de Rose para conocer a su familia por lo que ella le invita a pasar un fin de semana en el campo con sus padres, Missy y Dean. Al principio, Chris piensa que el comportamiento complaciente de los padres se debe a su nerviosismo por la relación interracial de su hija, pero a medida que pasan las horas, todo cambia.
—Pásale el guion a Susan o Eleonor para que lo revise el equipo legal y lo agregue a la biblioteca de la empresa. Ahora, tengo un proyecto completamente diferente para ti.
Laura tomó su bloc de notas, lista. —Dispara.
—Necesito un thriller de supervivencia puro, simple, que se centre en la claustrofobia mental. El proyecto se llamará “Miedo Profundo” (The Shallows).
Michael comenzó a relatar la premisa con la intensidad de un director que ya estaba viendo la película en su mente.
—Imagina a Nancy, una surfista que busca consuelo en las olas después de un trauma personal. Ella viaja a una playa remota, una bahía oculta y paradisíaca en México, un lugar que se siente como el fin del mundo. Mientras surfea sola, es atacada brutalmente por un tiburón blanco gigante.
—El ataque la deja herida y varada. Su única salvación es un pequeño islote de roca que apenas sobresale del agua, a solo doscientos metros de la orilla. La distancia es tentadora, frustrante, pero imposible de recorrer porque el tiburón patrulla.
Laura, que solo había visto la película de Steven Spielberg sobre el tema (Jaws), sintió un escalofrío. —Es terrorífico, pero ¿cómo mantienes la tensión durante hora y media en una roca?
Michael se apoyó en el escritorio, sonriendo. —Ahí está el giro, Laura. La tensión no viene solo del tiburón; viene del tiempo y la geografía.
—El Factor Tiempo (Marea): La roca no es permanente. La marea está subiendo. Esto es un reloj de arena mortal. Tienes que calcular los tiempos de las olas para que la roca se hunda lentamente, forzándola a tomar la decisión más aterradora: volver al agua antes de que sea demasiado tarde. Su supervivencia es una carrera contra el reloj.
—El Factor Geográfico (El Banquete): El tiburón no está allí por casualidad. Cerca del islote, hay el cadáver de una ballena jorobada muerta, su festín. El tiburón no se irá porque está defendiendo su comida. Esto hace que el escenario sea lógico, permanente y brutal. Además, Nancy no solo tiene que luchar contra la bestia, sino con el hedor y la vista del cadáver.
—El Factor Humano (La Desesperación): Quiero que en el islote o cerca, ella encuentre no solo objetos de su bolso (reloj, traje, un botiquín de primeros auxilios), sino también restos que sugieran que otras personas intentaron llegar a la roca —quizás un anillo, una gorra de pescador, un zapato—. No solo es su propia batalla; es la última superviviente de un coto de caza.
Laura se maravilló con la construcción de la trampa. —Es una brillante lección de economía narrativa. Cada elemento en escena es un problema o una herramienta.
—Exacto. La clave es la ingeniosidad. Cómo usa el esqueleto de la ballena, cómo usa su traje de neopreno como torniquete. Es una película sobre el instinto de supervivencia de una mujer, no sobre un monstruo invencible. El clímax, Laura, debe ser catártico. Debe utilizar el entorno.
Michael detalló la escena final. —El final debe ser en el agua, en la zona menos profunda cerca de la ballena. Ella lo atrae, no huye. Usando las cadenas del anclaje de un faro o algún elemento metálico que encontró, lo obliga a atacar con tal ferocidad que el tiburón se empala accidentalmente en la estructura ósea de la ballena o en el hierro. Es una batalla de inteligencia sobre la fuerza bruta. Redención total y violenta.
—Una obra maestra de la supervivencia —dijo Laura, cerrando su libreta, sintiéndose inspirada. —Descansaré una semana y luego empiezo con el primer borrador. Tendrás una película aterradora que costará poco y ganará mucho.
Michael sonrió. El juego de Hollywood acababa de empezar, y él ya estaba cinco movimientos por delante.
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Ojalá le guste está historia la verdad es que no sabía que escribir, y como en los anteriores no parecía que les gusta o no había comentarios los dejé y me puse a pensar que sería bueno escribir. Intentaré subir tres capitulo por semana, si les gusta comenten y si no también, igual no soy escritor y siempre quise escribir una historia de regresión, hacer todo lo que no me atrevi en mi vida por miedo al fracaso. Like si te gusta y like si no 😂
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