En Hollywood. - Capítulo 22
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22: Capítulo 21 22: Capítulo 21 Capítulo 21: El Salto Final y el Próximo Gran Paso Autopista 105, Los Ángeles – 15 de mayo de 1994 Había llegado el momento.
Mayo traía un calor seco a California, pero la tensión en el set de Speed era lo que realmente hacía sudar al equipo.
Michael había decidido dejar la escena más peligrosa para el final del rodaje: el salto del autobús sobre el hueco de la autopista en construcción.
Si algo salía mal, al menos el resto de la película ya estaba en la lata, solo tendría que esperar para noviembre.
Michael estaba rodeado por el equipo de efectos especiales, los coordinadores de riesgo y un equipo de paramédicos de élite que él mismo había contratado.
—Escuchen bien —decía Michael con voz calmada pero autoritaria—.
La rampa está calculada para que el autobús despegue a exactamente 65 millas por hora.
No quiero heroísmos.
Si el ángulo no es perfecto, abortamos.
Paramédicos, quiero las ambulancias con los motores encendidos a quinientos metros del punto de aterrizaje.
No es una sugerencia, es una orden.
Mientras Michael terminaba de ajustar los detalles logísticos, una figura familiar apareció entre las caravanas del equipo.
Elizabeth Banks, luciendo radiante tras el éxito arrollador de Corre Lola Corre, se acercó al corazón del set.
Primero saludó a Naomi con un abrazo cálido.
—¡Lo estás logrando, Annie!
—le susurró.
Las dos se habían vuelto inseparables viviendo bajo el mismo techo con Michael; eran como hermanas de armas en la conquista de Hollywood.
Luego, saludó a Keanu con un gesto amistoso.
El actor le sonrió, agradecido por la distracción antes de la adrenalina.
Finalmente, Elizabeth esperó a que Michael terminara de hablar con los técnicos.
Cuando él se giró, ella se acercó y le dio un beso suave en la mejilla.
—Hola, director —dijo ella con una sonrisa traviesa.
—Hola, Elizabeth —respondió Michael, manteniendo su máscara profesional.
Aunque vivían juntos y su relación era sólida, Michael había impuesto una regla de hierro: en el set, todo era estrictamente profesional.
Ningún trato especial, ninguna distracción.
—¿He llegado a tiempo para ver el gran salto?
—preguntó ella—.
Mañana empiezo el rodaje de mi nueva película como coprotagonista y no tendré tiempo para nada.
Quería estar aquí para el cierre de tu gran obra.
Michael asintió, mirando hacia el imponente hueco en la estructura de la autopista.
—Has llegado justo a tiempo.
Esta es la última toma.
Después de esto, entramos en la sala de edición por 6 a 7 semanas.
Quédate cerca de la carpa de monitores, ahí estarás segura.
Michael se sentó en su silla y se puso los auriculares.
El silencio cayó sobre el tramo de la autopista.
Solo se escuchaba el viento y el motor del autobús 2525 a lo lejos, ganando velocidad.
—¡Cámaras uno a seis listas!
—gritó el director de fotografía.
—¡Naomi, Keanu, a sus puestos de seguridad!
—ordenó Michael por radio—.
¡Piloto de riesgo, es todo tuyo!
¡ACCIÓN!
El autobús rugió.
El sonido del motor era un grito metálico mientras devoraba el asfalto.
Elizabeth contenía el aliento junto a Michael, apretando los puños.
El vehículo golpeó la rampa oculta y, por un segundo que pareció una eternidad, las diez toneladas de acero volaron contra el cielo azul de California.
El aterrizaje fue brutal.
Los neumáticos humearon, el metal crujió, pero el autobús se mantuvo nivelado y siguió rodando hasta detenerse de forma segura.
—¡CORTE!
¡LO TENEMOS!
—gritó Michael.
El set estalló en vítores.
Los extras, los técnicos y los actores salieron corriendo para celebrar.
Habían terminado el rodaje de la película de acción más ambiciosa del año sin una sola tragedia.
Michael sintió que un peso inmenso se levantaba de sus hombros.
Elizabeth lo abrazó por la cintura, compartiendo su triunfo silencioso.
—Lo hiciste, Michael —susurró ella—.
Has terminado Speed.
—No, Elizabeth —respondió él, mirando hacia el horizonte donde el sol empezaba a caer—.
Acabamos de empezar.
Ahora es cuando el mundo realmente va a conocer de qué es capaz Relish Productions.
Relish Productions, Los Ángeles – 16 de mayo de 1994 Michael bajó de su coche y contempló el logo de su productora.
Se sentía diferente.
El rodaje de Speed había sido una batalla física, pero ahora entraba en la fase intelectual.
Antes de entrar a la sala de edición, Susan lo abordó en el pasillo con una carpeta que desprendía el aroma del éxito.
—Michael, los números finales de Corre Lola Corre han llegado tras su salida de las salas principales —dijo Susan con una sonrisa triunfante—.
Sumando la taquilla doméstica que se mantuvo estable y el mercado internacional, cerró con $36.21 millones de dólares.
Michael se detuvo un segundo.
En su vida pasada, la película había sido un éxito de culto, pero jamás se acercó a esa cifra en su año de estreno.
Había cambiado el destino.
El marketing agresivo y la distribución estratégica de MGM habían convertido su película experimental en una mina de oro.
—Ese dinero no ya no tiene nada que ver con nosotros, necesito estar listo para la post-producción de Speed y esperar el primer borrador de los cómics —respondió Michael con calma—.
Pero ahora, Susan, mi mundo se reduce a esta habitación.
No me interrumpas a menos que el edificio se esté quemando.
Michael entró en la sala de edición.
El ambiente estaba oscuro, iluminado solo por el resplandor de los monitores y el zumbido de las máquinas.
Allí lo esperaba Sarah, su editora jefa, junto a dos asistentes que apenas levantaron la vista de los rollos de película y las estaciones digitales.
—Bienvenida de vuelta, Michael —dijo Sarah, señalando la inmensa cantidad de material—.
Tenemos más de cien horas de metraje.
Hay oro aquí, pero también mucho caos.
Michael se sentó frente a la consola.
Sus ojos brillaban con una intensidad diferente.
Sabía que en 1994, la mayoría de las películas de acción tenían un ritmo pausado, el había visto la película original y sabía lo que le faltaba, ya había grabado nuevas escenas ahora solo crear algo nuevo con algunas escenas rápidas.
—Sarah, olvida todo lo que sabes sobre el ritmo tradicional de Hollywood —empezó Michael, señalando la primera secuencia del bus—.
En esta escena de apertura, quiero paneles rápidos.
No quiero tomas que duren más de dos segundos cuando el bus está en movimiento.
Quiero que el espectador se sienta la inmersión.
Hicieron una prueba.
Michael observaba el monitor con precisión quirúrgica.
—Aquí —dijo Michael, deteniendo el cuadro—.
Este panel es demasiado largo.
Córtalo a los doce fotogramas.
Necesitamos que el ojo no termine de procesar la imagen antes de que llegue la siguiente.
Eso genera ansiedad, y la ansiedad es lo que vende esta película.
—Pero Michael, si cortamos tan rápido, la audiencia podría confundirse —advirtió uno de los asistentes.
—No si el eje de acción es correcto —replicó Michael sin dudar—.
Aquí quiero un panel corto de la llanta, seguido de un panel corto del rostro de Keanu, y terminamos con un panel largo de tres segundos en Naomi.
Necesitamos ese panel largo para que el espectador respire y vea el miedo en sus ojos.
El contraste entre lo rápido y lo lento es lo que crea la sinfonía.
Michael pasó las siguientes horas explicando su visión de la “edición rítmica”.
No quería solo una película de acción; quería una experiencia sensorial.
Pedía cortes que sincronizaran con los latidos del corazón, transiciones que fluyeran entre el interior y el exterior del vehículo con una agresividad que el cine de la época aún no conocía.
—Tenemos seis semanas para terminar el primer corte —dijo Michael, mirando el reloj—.
Quiero que para finales de junio, esta película se mueva tan rápido que los ejecutivos de las grandes productoras tengan que tomarse una aspirina después de verla.
Trabajaremos en turnos dobles si es necesario.
Michael tomó los controles.
La edición había comenzado, y con cada corte, estaba esculpiendo lo que sabía que se convertiría en el nuevo estándar del cine de acción mundial.
Relish Productions, Los Ángeles – 10 de junio de 1994 La sala de edición se había convertido en el búnker personal de Michael.
Llevaban más de veinte días encerrados, y el olor a café frío y electrónica caliente impregnaba el aire.
El corte visual estaba casi listo, pero Michael sabía que una película de acción sin el sonido adecuado era solo la mitad de la experiencia.
—Escúchame bien —dijo Michael, dirigiéndose a Mark, su jefe de diseño sonoro—.
La música original que rec…
—se corrigió rápidamente—, la música que imagino, debe ser una mezcla de orquesta con sintetizadores industriales.
Quiero un pulso constante de 120 pulsaciones por minuto que aumente sutilmente cuando el bus acelera.
Michael le dio detalles específicos: quería que el sonido del motor no fuera un simple rugido, sino una presencia orgánica, casi como la respiración de una bestia.
—Usa tu ingenio, Mark.
No quiero que solo copies lo que te dije.
Busca sonidos de turbinas de avión para mezclarlos con el motor del bus cuando esté a máxima velocidad.
Quiero que el público sienta que el autobús va a despegar o a desintegrarse.
Haz que el sonido del freno chirriando suene como un grito humano.
Mientras Mark se ponía los auriculares para experimentar con las frecuencias, Michael se estiró y salió al pasillo para llamar a Susan.
Necesitaba cerrar el trato más costoso de la post-producción.
—Susan, ¿tienes los presupuestos de las casas de efectos?
—preguntó Michael por el teléfono.
—Tengo tres sobre la mesa, Michael —respondió Susan—.
Pero como pediste la excelencia, solo una cumple con tus requisitos de tiempo y calidad: Industrial Light & Magic (ILM).
Michael sonrió.
Era la empresa de George Lucas, los mejores del mundo.
—¿Cuánto piden por las secuencias del salto y los retoques digitales del puente?
—cuestionó Michael.
—El presupuesto de ILM es de $4.5 millones de dólares —informó Susan con voz seria—.
Es una cifra altísima para los estándares actuales en post-producción, pero aseguran que usarán técnicas de composición digital que acaban de desarrollar para Jurassic Park.
Michael hizo cálculos mentales rápidamente.
El rodaje físico de Speed había consumido $20 millones, una cifra eficiente gracias a su planificación.
De los $25 millones que había presupuestado originalmente para la producción total, aún le quedaban $5 millones intactos.
Los $7 millones ganados con Lola estaban en la reserva para el marketing.
—Fírmalo, Susan.
Tenemos el saldo.
Esos $4.5 millones harán que el salto del bus no parezca una maqueta, sino una realidad aterradora.
Prefiero gastar ese dinero en ILM ahora que lamentarme por efectos mediocres en el estreno de julio.
Michael colgó y regresó a la sala.
Se sentía satisfecho.
Al invertir en los mejores efectos visuales de 1994, estaba garantizando que su versión de Speed envejeciera mucho mejor que cualquier otra película de la competencia.
—¡Mark!
—gritó Michael por encima del estruendo de los altavoces—.
Ese efecto de la explosión del metro al final…
¡quiero que el bajo haga vibrar los asientos del cine!
¡Que la gente sienta el impacto en el pecho!
El técnico de sonido asintió con una sonrisa maníaca.
Estaban creando algo que no solo se vería rápido; sonaría como el fin del mundo.
La segunda fase de la post-producción estaba en marcha, y el presupuesto cuadraba a la perfección.
Michael Relish no solo era un director; era un arquitecto financiero que no dejaba nada al azar.
Relish Productions, Los Ángeles – 25 de junio de 1994 La luz del sol de la tarde se filtró por las persianas de la sala de edición por primera vez en semanas.
Michael, con ojeras marcadas pero una mirada de satisfacción absoluta, observó la pantalla mientras los créditos finales de Speed se desplazaban sobre un fondo negro.
El largometraje estaba completo.
—Es perfecto —susurró Sarah, la editora, limpiándose una lágrima de cansancio—.
Nunca he visto nada que se mueva a este ritmo.
Michael consultó el balance final que Susan le había entregado minutos antes.
El costo total de producción, incluyendo el rodaje, el sonido de alta fidelidad y los efectos revolucionarios de ILM, ascendía a $24.8 millones de dólares.
Se habían mantenido dentro del presupuesto de $25 millones por un margen mínimo de $200,000.
Michael se reclinó en su silla, sintiendo el peso de los últimos meses.
Había sido un trabajo extenuante.
En su vida pasada, recordaba a directores que se quemaban rápidamente, y ahora entendía por qué.
—De ahora en adelante —dijo Michael para sí mismo, aunque los técnicos lo escucharon—, mi política será de una película al año.
Quizás dos como máximo si los proyectos son más pequeños.
Pero para blockbusters de este calibre, no puedo exigirle más a mi cuerpo ni a mi equipo.
La calidad siempre vencerá a la cantidad.
Michael tomó la cinta maestra y salió de la sala.
Susan lo esperaba en el pasillo principal de Relish Productions.
Él le entregó el maletín con la película como quien entrega un tesoro nacional.
—Aquí está, Susan.
Es toda tuya —dijo Michael, con la voz un poco ronca—.
Necesito descansar por ahora, yo voy a desaparecer del mapa unos días.
Susan tomó el maletín con firmeza.
Sabía que ahora empezaba su parte del juego: la guerra de ofertas.
—Ya sabes qué hacer —continuó Michael—.
Organiza una presentación privada para todos los grandes estudios: Warner, Fox, Paramount, Universal…
que todos vean el potencial.
Pero dales un ultimátum: tienen de dos a tres días para presentar su mejor oferta de distribución.
Y la condición es inamovible: el estreno debe ser el próximo mes, en julio.
Estamos en plenas vacaciones de verano y el mercado está hambriento de adrenalina.
Susan asintió con una sonrisa ejecutiva.
—Sé cómo presionarlos, Michael.
Con el éxito de Lola aún fresco, se pelearán por esto como lobos.
Ve a descansar.
—Una última cosa —dijo Michael mientras caminaba hacia la salida—.
¿Cómo van los cómics?
—Estarán listos para tu regreso los primeros borradores de dos primeros capítulos de cada uno—respondió Susan—.
Para el 1 de julio tendremos los artes conceptuales finales de Ben y Dexter sobre tu escritorio.
Los guionistas todavía están debatiendo los títulos definitivos de las cabeceras, pero la esencia está ahí.
Michael levantó una mano en señal de despedida, sin mirar atrás.
—El 1 de julio estaré aquí para ver esos conceptos.
Hasta entonces, que nadie me busque a menos que el mundo se acabe.
Al salir al estacionamiento, el aire fresco de Los Ángeles le supo a gloria.
Michael se subió a su coche, sabiendo que mientras él dormía, Susan Wells estaría a punto de cerrar el trato de distribución más grande en la historia de una productora independiente.
La maquinaria de Relish Productions no se detenía, pero su arquitecto necesitaba recargar energías para la tormenta que desataría en julio.
Susan observó desde el ventanal de la oficina principal cómo el coche de Michael se alejaba por el estacionamiento.
Por primera vez en meses, el director se tomaba un respiro, pero ella sabía que para Relish Productions, el trabajo de verdad acababa de empezar.
Michael había construido la bala; ahora ella tenía que dispararla.
Susan se giró hacia el escritorio y pulsó el intercomunicador.
—Eleonor, ven a mi oficina.
Trae la lista de contactos nivel A de los estudios —ordenó con una voz que no admitía réplicas.
En menos de un minuto, Eleonor entró con una carpeta de cuero negro.
Susan no perdió tiempo.
—Michael ha terminado la edición.
Tenemos el largometraje final.
A partir de este momento, entramos en protocolo de subasta —Susan caminó hacia la pizarra de cristal de la oficina—.
Vamos a llamar a los “Cinco Grandes”: Warner Bros, 20th Century Fox, Universal, Paramount y Columbia Pictures.
No quiero intermediarios.
Quiero a los jefes de distribución directamente en la línea y también a MGM ya que ellos ayudaron un poco en nuestras anterior estrenos.
Susan comenzó a marcar números que la mayoría de los agentes de Hollywood tardarían años en conseguir.
Su tono era gélido, profesional y cargado de una confianza que solo da tener un éxito de $36 millones en la espalda como Corre Lola Corre.
—¿Hola?
¿Oficina de Terry Semel en Warner?
Habla Susan Wells, Directora Ejecutiva de Relish Productions.
Dígale a Terry que tenemos el corte final de la nueva película de Michael Relish.
Solo habrá una función de prueba este jueves a las 10:00 AM.
Si no están representados, la película se irá a otro estudio.
Tienen 48 horas para confirmar.
Repitió la misma llamada con Fox, Universal y los demás.
El mensaje era siempre el mismo: Tenemos el producto, el tiempo se agota y el interés es masivo.
Una vez terminadas las llamadas, Susan se volvió hacia Eleonor.
—Eleonor, necesito que prepares la Sala de Proyecciones A.
Quiero que el sistema de sonido THX esté calibrado al milímetro.
Michael invirtió una fortuna en el diseño sonoro de ILM y quiero que a los ejecutivos les tiemblen los pulmones cuando el bus explote.
—¿Qué hay de la seguridad?
—preguntó Eleonor, tomando notas rápidas.
—Máxima.
Nadie entra con grabadoras, nadie entra con cámaras.
Los abogados deben tener listos los acuerdos de confidencialidad (NDA) en la puerta.
Y asegúrate de que el servicio de catering sea impecable, pero sobrio.
No quiero que piensen que estamos celebrando; quiero que sientan que están entrando en una transacción de negocios de alto riesgo.
Susan se sentó tras su escritorio, mirando el maletín que contenía la película.
Sabía que Michael quería el estreno para julio, lo cual era una locura logística para cualquier estudio normal.
Pero Relish Productions no era normal.
—Michael quiere que lo piensen en dos días tras la función —murmuró Susan para sí misma—.
Pero yo voy a hacer que se peleen por firmar el cheque antes de que se enciendan las luces de la sala.
Eleonor salió a organizar el equipo logístico mientras Susan abría su agenda de contactos financieros.
La mecha estaba encendida.
El jueves por la mañana, los hombres más poderosos de Hollywood entrarían en ese edificio para ver una película que prometía cambiar las reglas del verano, y Susan Wells estaba lista para cobrar cada centavo que Michael Relish merecía.
Burbank y Century City, 26 de junio de 1994 La llamada de Susan Wells no fue una simple invitación; fue una declaración de guerra.
En menos de una hora, las agendas de los hombres más poderosos del cine fueron despejadas.
El “Efecto Relish” era real: después de que Scream redefiniera el terror y Lola demostrara que Michael podía convertir el cine experimental en oro puro, nadie iba a permitir que MGM se llevara otro trofeo sin pelear.
20th Century Fox – En Century City, los ejecutivos de Fox estaban en una reunión de emergencia.
El ambiente era de una tensión eléctrica.
—Perdimos Scream.
Dejamos que Michael hiciera Lola por su cuenta.
Si perdemos esta película de acción, podemos ir preparando nuestras cartas de renuncia —sentenció el jefe de distribución, golpeando la mesa—.
Relish ha hecho 3 películas con diferentes géneros y ahora Davis nos da 48 horas.
—¿Qué sabemos de la película?
—preguntó un vicepresidente.
—Se llama Speed.
Acción pura.
Keanu Reeves y la actriz de Scream Naomi Watts.
Pero no importa el reparto, importa la firma: Relish Productions.
Si la película es muy buena como dice la señora Davis nuestra oferta tiene que ser agresiva.
No solo dinero; ofrezcan el mayor número de pantallas que hayamos dado nunca para un estreno de verano.
Si Michael quiere julio, le daremos julio aunque tengamos que mover el estreno de nuestras otras cintas.
+————————-+ En Warner Bros, la actitud inicial de superioridad se había esfumado.
Terry Semel miraba el informe de los $36 millones de Lola con incredulidad.
—Ese chico ha hecho en un mes con una película experimental lo que nosotros tardamos un año en hacer con dramas de prestigio —dijo Semel a su equipo—.
Susan Davis no está bromeando.
Si la película es buena como las dos anteriores y no vamos a esa proyección con un contrato pre-aprobado por el departamento legal, estamos fuera.
—Pero Terry, julio es el próximo mes —advirtió un analista—.
Nuestras campañas de marketing ya están saturadas.
—Entonces busquen espacio —respondió Semel fríamente—.
Michael Relish es el único director que tiene el oído en esta nueva generación joven.
Si Warner quiere seguir siendo relevante para los menores de 30 años, necesitamos esa película del autobús.
Preparen una oferta de distribución con un porcentaje de participación para Relish Productions que les haga dudar de irse con Fox.
+————————-+ Universal y Paramount – En Universal Pictures, la estrategia era la infiltración.
Estaban dispuestos a ofrecer no solo distribución, sino una asociación a largo plazo para los futuros proyectos de Michael, Paramount, por su parte, confiaba en su red internacional para tentar a Susan con un estreno global simultáneo, algo casi inaudito para una productora independiente en 1994.
—No vamos a negociar como si esto fuera una película de bajo presupuesto —dijo el jefe de Paramount—.
Si la película es buena vamos a negociar como si fuera la nueva entrega de Star Wars.
+————————-+ Mientras tanto, en las oficinas de Relish Productions, Eleonor informaba a Susan sobre el flujo de llamadas de confirmación.
—Todos han confirmado, Susan.
Fox, Warner, Universal, Paramount…
incluso Disney ha enviado una consulta discreta.
Susan sonrió, revisando sus notas.
—Perfecto.
Mañana a las 10:00 AM, la sala de proyecciones será el lugar más caro de Hollywood.
Han tenido un día para entrar en pánico; mañana les daremos la razón para ese pánico cuando vean el bus saltar por ese puente.
Las piezas estaban colocadas.
Los estudios estaban listos para abrir sus billeteras y comprometer sus calendarios de verano.
Michael descansaba, pero su nombre estaba provocando reuniones de crisis en cada rincón de la industria.
La subasta del año estaba a punto de comenzar.
Relish Productions, Los Ángeles – 28 de junio de 1994, 09:45 AM El vestíbulo de Relish Productions nunca había albergado tanto poder por metro cuadrado.
El aire acondicionado parecía insuficiente para enfriar la tensión que emanaba de los hombres y mujeres vestidos con trajes de Armani y Donna Karan que esperaban frente a la Sala de Proyecciones A.
Susan Wells, impecable en un traje sastre color marfil, observaba desde la galería superior cómo los lobos de la industria se olfateaban entre sí.
Terry Semel, de Warner Bros, ajustó los puños de su camisa mientras veía entrar a Bill Mechanic, el recién nombrado jefe de 20th Century Fox.
Ambos se conocían desde hacía décadas; habían compartido cenas en el Ivy y batallas en los tribunales, pero hoy eran depredadores compitiendo por la misma presa.
—Terry, qué sorpresa verte por aquí —dijo Bill con una sonrisa que no llegaba a sus ojos—.
Pensé que Warner estaba demasiado ocupada con sus dramas de época como para interesarse en un…
¿cómo lo llamó la prensa?…
¿un director de videoclips?
Semel soltó una risa seca, acomodándose las gafas.
—Vamos, Bill.
No seas modesto.
Sabemos que Fox ha estado husmeando en la basura de Relish buscando una copia del guion desde hace semanas.
Es una lástima que Michael no confíe en los que lo dejaron escapar la primera vez.
—Michael es un artista —respondió Bill, bajando la voz—.
Y los artistas necesitan estudios con infraestructura real, no solo un departamento de marketing que sepa vender palomitas.
En ese momento, la puerta principal se abrió para dejar pasar a Joe Roth, representando los intereses de lo que muchos consideraban el “gigante conservador”: Disney.
Su presencia hizo que el grupo guardara un silencio momentáneo.
Disney rara vez se metía en subastas por películas de acción con clasificación R, a menos que vieran un potencial de franquicia masivo.
Roth se acercó a un ejecutivo de Paramount que revisaba nerviosamente su reloj.
—Joe, no esperaba verte en esta proyección—comentó el hombre de Paramount—.
¿Acaso Mickey Mouse quiere comprar un autobús bomba?
—Disney sabe reconocer el talento antes de que se convierta en monopolio —respondió Roth con elegancia—.
Michael Relish no está haciendo cine de acción; está creando una marca.
Y nosotros somos expertos en marcas.
Susan bajó las escaleras, y el murmullo cesó de inmediato.
Todos los ojos se clavaron en ella.
Era la guardiana de la joya de la corona.
—Caballeros —dijo Susan, su voz proyectándose con una seguridad gélida—.
Gracias por su puntualidad.
Michael lamenta no estar aquí; está supervisando los últimos detalles de una nueva división de la empresa, pero me ha pedido que les transmita un mensaje: lo que verán hoy no es un producto terminado, es el futuro de la acción.
Hizo una pausa, dejando que el peso de sus palabras se asentara.
—Tienen prohibido tomar notas.
Tienen prohibido salir de la sala antes de que terminen los créditos.
Y recuerden: la subasta cierra el viernes a medianoche.
Michael quiere un estreno en julio.
Si su estudio no puede mover montañas para esa fecha, disfruten de la película, pero no pierdan su tiempo enviando una oferta.
Bill Mechanic y Terry Semel intercambiaron una última mirada de reojo.
Sabían que, al cruzar esa puerta, la cortesía terminaría.
Cada uno de ellos ya tenía un número en la cabeza, una cifra con siete u ocho ceros, y la promesa de miles de pantallas de cine.
—Por favor —Susan señaló la puerta abierta de la sala oscura—.
Busquen asiento.
El viaje de Acción de Michael ya va a comenzar.
Los ejecutivos entraron en fila, como felinos entrando en un coliseo.
Sabían que, cuando las luces se encendieran de nuevo, sus carreras y el destino del verano de 1994 habrían cambiado para siempre.
El cónclave de los lobos había terminado; la cacería acababa de empezar.
📝 +——————————–+ Ojalá le guste está historia la verdad es que no sabía que escribir, y como en los anteriores no parecía que les gusta o no había comentarios los dejé y me puse a pensar que sería bueno escribir.
Intentaré subir tres capitulo por semana, si les gusta comenten y si no también, igual no soy escritor y siempre quise escribir una historia de regresión, hacer todo lo que no me atrevi en mi vida por miedo al fracaso.
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Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com