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En Hollywood. - Capítulo 27

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Capítulo 27: Capítulo 26

Capítulo 26: El Escenario de los Sueños Cumplidos

Grauman’s Chinese Theatre – 14 de julio de 1994, 21:00 PM

Cuando la pantalla se fue a negro y las luces de la sala se encendieron gradualmente, el silencio fue roto por una ovación que nació en las galerías superiores y se extendió como un incendio hasta las primeras filas de la élite de Hollywood. Fueron cinco minutos de aplausos sostenidos, una “oración” colectiva de agradecimiento por el espectáculo recibido.

Susan Davies, desde un costado, hizo una seña al moderador. Era el momento de subir al escenario.

Michael se levantó de su asiento, seguido por Naomi y Elizabeth. Uno a uno, los miembros del equipo técnico, los productores de Fox y los actores secundarios subieron al escenario bajo el foco principal. Michael se mantuvo a un lado, dejando que los demás recibieran su parte de gloria primero.

Finalmente, el grupo se redujo. En el centro del escenario solo quedaron tres figuras: Keanu Reeves, Naomi Watts y Michael Relish. Se tomaron de las manos y, con una reverencia sincronizada, pronunciaron un “Gracias” que fue apenas audible sobre el rugido de la multitud, pero que se sintió genuino.

El moderador, un conocido crítico de Los Angeles Times, se acercó con un micrófono inalámbrico. El teatro se sumergió en un silencio respetuoso para escuchar al joven director que había cambiado el ritmo de la industria en una sola noche.

—Michael —comenzó el moderador—, la industria te ha estado observando de cerca. Esta noche hemos visto un despliegue técnico y emocional que pocos directores logran en toda su carrera. Tengo tres preguntas de la audiencia y de la prensa acreditada.

Pregunta 1?—Muchos dudaban de que un director de veinte años pudiera manejar una producción de veinticinco millones de dólares con este nivel de complejidad física. ¿Sentiste en algún momento que el autobús se te escapaba de las manos?

Michael tomó el micrófono con una calma que contrastaba con la intensidad de la película.

—La edad es solo una cifra cuando tienes un equipo que cree en la visión —respondió Michael con humildad—. No sentí que se escapara porque no lo hice solo. Keanu puso su cuerpo en riesgo, Naomi puso su alma en ese volante, Laura y Steve mantuvieron el motor financiero encendido. Yo solo era el conductor que intentaba no chocar. Mi único deseo es que la gente que paga su entrada sienta que su tiempo fue respetado.

Pregunta 2?—Has dado a Howard Payne un trasfondo mucho más profundo que se puede ver en un villano en la actual industria sobre películas de acción. ¿Por qué humanizar a un hombre que pone bombas en autobuses escolares?

—Porque el mal puro es aburrido —contestó Michael, provocando una risa ligera en la sala—. Payne es un espejo de lo que pasa cuando el sistema falla. Quería que el público sintiera que Jack y Harry no solo peleaban contra un loco, sino contra alguien que una vez fue de los suyos. Si entiendes al villano, el peligro se siente más real bajo la piel.

Pregunta 3?—Después de Scream y ahora Speed, ¿qué sigue para Michael Relish? ¿Te quedarás en el cine de acción o volverás a sorprendernos con algo completamente distinto?

Michael miró a Naomi y luego a Elizabeth antes de responder.

—Relish Productions no se trata de géneros, se trata de historias que te obliguen a no apartar la mirada. Lo que sigue es seguir construyendo un hogar para el talento. Queremos que cuando veas nuestro logo, sepas que vas a ver algo honesto. Mañana volveremos a la oficina a trabajar en lo siguiente, pero esta noche… esta noche solo espero que la gente haya disfrutado del viaje tanto como nosotros.

Michael devolvió el micrófono con una sonrisa tranquila, evitando cualquier rastro de arrogancia. No necesitaba proclamarse el rey de Hollywood; la película ya lo había hecho por él.

Mientras bajaban del escenario, Michael notó que varios ejecutivos de otros estudios, aquellos que le habían cerrado las puertas meses atrás, ahora se agolpaban en los pasillos esperando un segundo de su atención. Pero Michael tenía sus prioridades claras. Sus ojos buscaron a Susan, quien le hizo un gesto de victoria con el pulgar. El lunes, MGM tendría que pagar hasta el último centavo, y para entonces, el nombre de Michael Relish sería intocable.

Grauman’s Chinese Theatre, Lobby – 14 de julio de 1994, 21:50 PM

El aire en el lobby estaba cargado de una mezcla de perfume caro, humo de cigarrillos lejanos y una excitación palpable. Cuando Michael, flanqueado por Naomi y Elizabeth, cruzó las puertas dobles desde la sala, el ruido de las conversaciones se elevó. Los invitados de Fox no se habían marchado; todos querían una pieza del hombre del momento.

No habían avanzado ni diez metros cuando una figura se abrió paso entre la multitud con una energía familiar. Tom Cruise, con su carismática sonrisa y una mirada que analizaba cada detalle, se detuvo frente a Michael.

—Michael, eso fue… impresionante —dijo Tom, estrechando la mano del joven director con firmeza—. El ritmo, la fisicalidad de las escenas… es exactamente lo que el cine de acción necesita ahora. Siempre estoy buscando directores que no tengan miedo de llevar las cosas al límite. Espero que podamos encontrar algo en lo que trabajar juntos pronto. Me gusta tu estilo.

—Significa mucho viniendo de ti, Tom —respondió Michael con calma profesional—. He seguido tu carrera y sé que valoras el riesgo tanto como yo. Definitivamente mantendremos el contacto.

Tom asintió con respeto a Naomi que estaba conversando con su esposa Nicole —”Estuviste fantástica, Naomi”— y luego se retiró, dejando un aura de validación que los fotógrafos capturaron al instante.

Poco después, otras celebridades se acercaron. Steven Spielberg, que había asistido discretamente, le dio un breve pero significativo apretón de manos: —”Has entendido cómo manejar la tensión del público, muchacho. Sigue así”. Incluso actores de carácter como Gary Oldman se acercaron para alabar la construcción del villano de Dennis Hopper.

Michael manejaba cada interacción con una modestia que sorprendía a todos. No era el “niño arrogante” que la prensa intentaba pintar; era un cineasta que amaba su oficio.

Cuando la multitud comenzó a despejarse ligeramente para dirigirse a la fiesta privada, una figura rubia y radiante se acercó con cierta timidez, pero con una chispa innegable en los ojos. Era Cameron Díaz.

—Hola —dijo ella, y su sonrisa pareció iluminar el lobby—. Soy Cameron Diaz. Solo quería decirte que me dejaste sin aliento. Naomi, estuviste increíble, realmente me identifiqué con tu personaje.

Naomi sonrió, aunque Michael sintió un ligero apretón en su brazo. —Gracias, Cameron —respondió Naomi con elegancia—. Es un viaje intenso, ¿verdad?

—Totalmente —continuó Cameron, mirando a Michael—. Michael, ojalá en el futuro, cuando mi agenda esté un poco más establecida, podamos hablar. Me encantaría trabajar bajo una dirección tan… eléctrica como la tuya.

—He oído cosas muy buenas sobre tu trabajo actual, Cameron —dijo Michael, haciendo referencia indirecta a La Máscara sin mencionarla—. No dudo que nuestros caminos se cruzarán pronto. Tienes una energía que la cámara va a adorar.

Cameron se despidió con un gesto amable, dejando una impresión duradera en el grupo. Michael sabía que esa “semilla” germinaría muy pronto.

Finalmente, Bill Mechanic se acercó una última vez, con una copa de champán en la mano y el rostro más relajado de lo que Michael lo había visto en meses.

—Michael, gracias de nuevo —dijo el ejecutivo con sinceridad—. Ha sido una noche perfecta. Los informes de los dueños de los cines que asistieron son increíbles. Todos quieren más copias. Solo espero… bueno, espero que la taquilla refleje este entusiasmo mañana.

Michael le dio una palmada amistosa en el hombro.

—Tranquilo, Bill. He visto los ojos de la gente ahí dentro. A la gente le va a encantar, eso es seguro. El lunes tendremos mucho más que celebrar que solo un estreno.

Con esas palabras, el grupo abandonó el teatro. Mientras subían a la limusina, Michael miró hacia atrás al cartel luminoso de Speed. La batalla de la imagen había terminado; ahora comenzaba la batalla de los números, y Michael sabía que ya había ganado y solo toca esperar.

Mientras las limusinas de las estrellas se alejaban, un grupo de quince personas caminaba por la acera, aún con la adrenalina a flor de piel. Eran los ganadores del concurso de radio y prensa que Michael había insistido en incluir. Para él, sus opiniones valían más que cualquier informe de estudio.

Un grupo de tres jóvenes universitarios caminaba gesticulando con emoción.

—¡La explosión del avión! —gritaba uno de ellos—. Cuando el autobús se desliza por debajo y choca contra el ala del avión de carga… ¡Dios mío! Nunca había visto algo tan real. No se sentía como una maqueta, se sentía como si estuviera allí mismo.

—A mí me gustó más la tensión entre Jack y Annie —replicó una de las chicas del grupo—. Cuando él le pide la cita al final, entre los escombros… fue perfecto. No fue el típico beso forzado de Hollywood. Realmente espero que en la secuela sigan juntos. Tienen una química que te hace querer que sobrevivan.

Más atrás, dos amigos discutían acaloradamente sobre la escena de la casa de seguridad.

—Es una pena que mataran a Harry —dijo uno, cabizbajo—. Era el único amigo de Jack. Ese Payne es un monstruo.

—No sé, viejo… —respondió el otro, entrecerrando los ojos—. ¿Viste la explosión? Fue muy rápida, pero me pareció ver algo salir volando por la ventana lateral. Como un cuerpo. Michael Relish no hace tomas al azar; ese tipo sabe lo que hace. Yo apuesto a que Harry sigue vivo.

—Estás loco —se rió su amigo—. Nadie sobrevive a eso. Estás viendo cosas donde no las hay.

Cerca de la parada del metro, un pequeño grupo de espectadores afroamericanos y latinos comentaba la película con un tono más analítico.

—Me gustó que el equipo anti bombas se sintiera real —comentó un hombre joven—. Pero, para ser Los Ángeles, me hubiera gustado ver a más gente como nosotros en roles importantes, no solo como pasajeros o policías secundarios.

—Es cierto —asintió su acompañante—, pero al menos no nos pusieron como los malos de la película. El villano era un tipo del propio sistema. Y la forma en que Michael filmó las calles… se siente como nuestro L.A., no como una versión de postal. Definitivamente voy a ver la próxima que haga este director. Tiene un estilo que no te trata como si fueras tonto.

A medida que se dispersaban hacia sus casas, el sentimiento era unánime: no habían visto una “película de verano” más, habían visto algo que se sentía nuevo. Hablaban de los cables del ascensor, del humor de Annie, de la mirada maníaca de Payne y, sobre todo, de ese nuevo logo de Relish Productions que les había volado la cabeza al principio.

Michael, que observaba discretamente desde la ventana de su limusina antes de doblar la esquina, vio a los grupos hablar y señalar el teatro. No necesitaba encuestas de salida. El boca a boca acababa de empezar, y era un incendio que ninguna campaña de marketing de la competencia podría apagar.

—Lo han captado —susurró Michael para sí mismo—. Han captado los detalles.

La noche del estreno terminaba, pero la leyenda de Speed y el misterio de la supervivencia de Harry acababan de nacer en las calles de Hollywood.

Los Ángeles, California – Viernes, 15 de julio de 1994

El viernes amaneció con una energía distinta en las oficinas de Century City. Si el preestreno del jueves en 500 salas había sido un éxito con un 86% de asistencia, la expansión nacional a 2500 salas prometía ser un terremoto. Para el mediodía, los reportes de los cines de la costa este indicaban que las funciones de la tarde ya estaban agotadas.

Michael, desde su oficina provisional, observaba los gráficos de ventas. El público no solo estaba yendo a ver la película; estaban regresando para verla una segunda vez.

En un centro comercial de Santa Mónica, Mark y Sarah, una pareja joven, hacían fila para la función de las 18:00 PM ya con la entrada comprada. Lograron conseguir los últimos dos asientos en la fila de atrás.

Durante 118 minutos, el mundo exterior dejó de existir. Mark se quedó boquiabierto con la secuencia del salto del autobús, sintiendo la vibración del motor gracias al nuevo diseño de sonido de Michael. Sarah, por su parte, no apartó la vista de Naomi Watts, fascinada por cómo Annie pasaba del pánico total a una determinación férrea frente al volante.

Vieron el logo de Relish Productions, la caída del ascensor, la muerte de Harry y el duelo final en el tren. Cuando las luces se encendieron, ambos tardaron unos segundos en procesar que ya no estaban en peligro.

Caminando hacia el estacionamiento, la conversación estalló de inmediato.

—¡Viejo, eso fue increíble! —dijo Mark, imitando el gesto de Keanu peleando—. Es fácilmente la mejor película de acción que he visto. No hubo un solo momento para ir al baño. Y el villano… ese tipo Payne es un demente, pero tiene sentido lo que hace.

—Estuvo muy buena, no te lo niego —respondió Sarah, ajustándose el bolso—. La tensión fue increíble y Naomi Watts es magnética, no parece una actriz actuando, parece una mujer real en un problema enorme. Pero…

—¿Pero qué? —preguntó Mark, sorprendido—. ¡Si saltaron un hueco de 18 metros con un autobús!

—Pero me hubiera gustado un poco más de romance —admitió Sarah con una sonrisa—. La química entre Jack y Annie era tan fuerte que quería ver algo más de ellos después de la explosión. La cita final estuvo bien, pero después de todo lo que pasaron, esperaba un momento más largo para ellos, algo más… íntimo.

—¡Es una película de acción, Sarah! —se rió Mark—. Si se ponen a besarse media hora, el tren se estrella antes.

—Lo sé, lo sé. Pero Michael Relish sabe cómo filmar la tensión, y esa tensión sexual entre ellos se sentía en el aire. Hubiera sido el cierre perfecto. Aun así, voy a decirle a todas mis amigas que vengan a verla. Ese director sabe lo que hace.

Cine AMC Century City, Los Ángeles – Viernes por la noche

A la salida de la función de las 21:00 PM, los encuestadores de CinemaScore esperaban con sus carpetas amarillas. Esta era la prueba de fuego real para Michael: la calificación que determinaría la longevidad de la película en las salas.

Un grupo de cuatro adolescentes, aún gritando y empujándose por la emoción, se detuvo ante el encuestador.

—¡Ponle un A+! ¡No, ponle un S si puedes! —exclamó uno de ellos—. La parte donde Jack se mete debajo del autobús mientras sigue andando… ¡Casi me da un infarto!

Sus amigos asintieron frenéticamente. Para ellos, Michael Relish era un héroe. Habían crecido viendo películas de acción con héroes invencibles de los 80, pero ver a Keanu Reeves sangrar, sudar y dudar, junto a una Naomi Watts que conducía mejor que cualquier hombre, les había volado la cabeza. En sus encuestas, todos marcaron la casilla de “Definitivamente la recomendaría”.

Un joven de unos 22 años, con gafas y una libreta donde había tomado notas durante la proyección, se detuvo a pensar antes de marcar su hoja. Él no buscaba solo entretenimiento; buscaba cine.

—La edición es lo que la hace especial —murmuró para sí mismo—. Michael usó cortes rápidos en las persecuciones pero mantuvo planos largos en los momentos de tensión emocional. Es una lección de narrativa visual.

Para él, la película era un A+. Se dio cuenta de que Michael había “elevado” el género. No era solo una película de explosiones; era una película sobre el tiempo y cómo este se nos escapa. “Es el Citizen Kane de las películas de autobuses”, escribió en el margen de su encuesta.

Un hombre mayor, de unos 70 años, que recordaba los estrenos de Hitchcock y las grandes obras de acción de los 60, salía del cine apoyado en su bastón. El encuestador se le acercó con respeto.

—¿Qué le pareció, señor?

El hombre se detuvo y miró el póster de la película. —Es ruidosa —dijo con una voz raspada—, pero tiene algo que hoy en día falta: alma. El director sabe cómo contar una historia sin depender solo de los efectos. Me recordó a la tensión de North by Northwest. El chico que la dirigió tiene buen ojo para el suspense.

Marcó un A-. Cuando el encuestador le preguntó por qué no el “A+”, el anciano sonrió: —Para el A+ necesito que el villano hable un poco menos y actúe un poco más, pero sigue siendo la mejor maldita película que he visto en este cine en los últimos diez años.

Al final de la noche, los datos fueron procesados. Michael recibió la noticia en su casa de Malibú a través de un mensaje de Susan ya que los de Fox estaban atentos a todo.

—”Michael, las encuestas de salida en todo el país en las dos primeras funciones del estrenó están dando un promedio de A+ entre los menores de 35 años y un A- o B+ entre los mayores de 50. Es un triunfo demográfico total”.

Michael dejó el teléfono sobre la mesa de noche. Naomi, que ya estaba medio dormida a su lado, murmuró: —¿Qué dicen los números?

—Dicen que mañana vamos a tener que comprar más palomitas —respondió Michael con una sonrisa, acariciándole el cabello—. Todo el mundo está de acuerdo, Naomi. Eres la nueva estrella de América.

La película no era solo un éxito de taquilla; se estaba convirtiendo en una experiencia generacional. El lunes en MGM no solo iba a ser sobre dinero; iba a ser sobre el poder absoluto que Michael acababa de adquirir sobre la cultura popular.

Mientras tanto, en las oficinas de Fox, Bill Mechanic recibía los números de la primera franja horaria del viernes.

—Estamos en camino a los 10 millones solo por hoy —dijo su asistente, eufórico—. Si esto sigue así, el fin de semana de estreno romperá todos nuestros récords internos para una película original.

Sede de 20th Century Fox, Century City – Sábado, 16 de julio de 1994

Bill Mechanic no recordaba la última vez que había convocado a su equipo de análisis un sábado a las ocho de la mañana. Pero los números que estaban saliendo de las máquinas de télex y las computadoras eran tan agresivos que necesitaban ser verificados dos veces.

Sobre la mesa de roble, el reporte final de las encuestas de salida del viernes era el sueño de cualquier ejecutivo:

A+: 80% (Casi la totalidad de los jóvenes y adultos jóvenes).

A: 10% (Público adulto que valoró la técnica).

B+: 6% (Personas que encontraron la tensión “demasiado estresante”).

B: 3% son personas que esperaban más romance y no acción.

C: 1% (Espectadores que probablemente se equivocaron de sala).

—Con un 90% de la audiencia calificándola entre A y A+, no solo tenemos un estreno fuerte —dijo Mechanic, ajustándose las gafas—. Tenemos una película que va a durar en cartelera hasta Navidad.

Los analistas comenzaron a proyectar las cifras brutas. El preestreno del jueves en 500 salas, con un 86% de ocupación, había inyectado unos sólidos 1.8 millones de dólares. Pero el viernes fue la verdadera explosión. Con 2,500 salas operando al 90% de su capacidad en las funciones de tarde y noche, el viernes cerró con una cifra estimada de 12.5 millones de dólares.

—Si el sábado y el domingo mantienen el ritmo —explicó el jefe de distribución—, estamos mirando un fin de semana de apertura de 35 a 38 millones de dólares. Para una película que no es una secuela y que no tiene a Schwarzenegger o Stallone, esto es territorio desconocido.

Michael había elegido una ventana de estreno arriesgada pero brillante. Speed estaba compitiendo contra gigantes, pero los estaba devorando vivos:

El Rey León (Disney): Llevaba un mes en cines y seguía fuerte, pero el público adolescente y adulto estaba abandonando a Simba para subirse al autobús de Michael.

Forrest Gump (Paramount): Se había estrenado apenas una semana antes. Aunque era un éxito crítico, la “experiencia de adrenalina” de Speed le estaba robando las salas de formato grande.

True Lies (20th Century Fox): Irónicamente, Fox se estaba compitiendo a sí misma, ya que la película de James Cameron se estrenaba el mismo día. Sin embargo, los reportes indicaban que Speed estaba generando un “boca a boca” mucho más eléctrico que la cinta de Schwarzenegger.

The Shadow (Universal): La gran apuesta de Universal para el verano se estaba hundiendo. El público prefería el realismo sucio de Jack Traven que la fantasía de época de Alec Baldwin.

En Malibú, Susan Wells le pasaba estos mismos datos a Michael mientras desayunaban en la terraza.

—MGM debe estar enviando cestas de frutas a sus abogados ahora mismo —bromeó Susan, señalando la cifra de 12.5 millones del viernes—. Mañana domingo las cifras oficiales saldrán en Variety. El lunes, cuando crucemos sus puertas, no van a tener ni un centímetro donde esconderse.

Michael bebió su café, mirando el océano.

—No quiero cestas de frutas, Susan. Quiero el control total sobre la distribución internacional de mi próximo proyecto. Estos números no son solo dinero; son mi martillo. Y el lunes voy a golpear muy fuerte.

La industria estaba en shock. Un joven de 20 años había logrado lo que los grandes estudios tardaban décadas en construir: una marca propia que era sinónimo de éxito garantizado.

Domingo por la mañana, 17 de julio de 1994

La ciudad de Los Ángeles se despertó bajo una neblina dorada, pero en las cafeterías, los dormitorios universitarios y las paradas de autobús, el aire vibraba con un solo nombre: Speed. La película de Michael Relish ya no era solo un estreno; era un virus de entusiasmo que se propagaba de persona a persona con una velocidad que Fox no había podido prever ni con la campaña de marketing más agresiva.

En un “Diner” de la calle Melrose, un grupo de amigos que había asistido al preestreno del jueves ocupaba una mesa circular. Sus platos de panqueques estaban casi intactos porque la conversación era demasiado intensa para detenerse a comer.

—Escúchame bien, Marlon —decía David, golpeando la mesa con el dedo para enfatizar cada palabra—. Tienes que ir hoy mismo. No esperes a mañana, no esperes a que alguien más te cuente el final. Olvida todo lo que crees saber sobre las películas de acción.

Mark, que aún dudaba si gastar sus ahorros en el cine o en el concierto de la próxima semana, lo miraba con curiosidad. —¿Tan buena es? ¿Mejor que Duro de Matar?

—No es solo “buena”, es una experiencia física —intervino Carla, otra de las jóvenes del grupo—. Yo fui con miedo de que fuera solo otro Arnold o Stallone saltando edificios, pero Michael Relish… ese chico es un genio. Filmó las escenas de Naomi Watts de una manera que te hace sentir que tú eres la que está sosteniendo el volante. Sientes el sudor, sientes la vibración del motor. Hay una toma de los cables del ascensor al principio que te hace jurar que el cine se va a caer.

David asintió con fervor. —Y la música, Mark. La música no te deja respirar. Es como si el director te tuviera de la garganta durante dos horas. Fui anoche a las 500 salas del preestreno y la gente gritaba en el salto del puente como si estuvieran en una montaña rusa de verdad. Nunca había visto a una audiencia de Hollywood tan… viva. Normalmente todos están ahí para ser vistos, pero anoche todos estaban allí para sentir. Tienes que ir, busca la pantalla más grande que encuentres. Y fíjate en el logo de la productora al principio, Relish Productions. Ese sonido inicial te prepara para la guerra.

El grupo continuó detallando cómo Keanu Reeves finalmente se sentía como un héroe de carne y hueso y no como una caricatura. Hablaron de la “pureza” de la acción, de cómo no había chistes tontos en medio de las explosiones, sino una urgencia real. Para cuando David terminó de describir la mirada maníaca de Dennis Hopper, Mark ya estaba buscando su billetera. La recomendación no era una sugerencia; era una orden de supervivencia cultural. Si no veías Speed ese fin de semana, simplemente no tenías nada que aportar a la conversación del lunes.

+—————————-+

Mientras tanto, en el campus de la UCLA, el ambiente era de pura planificación logística. Un grupo de estudiantes de cine y comunicación se reunía cerca de la biblioteca, pero no para estudiar. Jason, un estudiante de tercer año que ya había visto la película dos veces (el preestreno del jueves y la primera función del viernes), estaba liderando la carga.

—A ver, atención —dijo Jason a sus tres compañeros de cuarto—. Vamos a volver a ir hoy en la función de las 20:00. Pero esta vez no vamos solos.

—¿Otra vez, Jason? —preguntó Leo, riendo—. Ya te sabes hasta los diálogos de Naomi Watts.

—No lo entiendes, Leo. La primera vez la vi para disfrutarla. La segunda la vi para analizar cómo Michael Relish editó las secuencias de las escaleras. Hoy quiero verla con todos ustedes y con nuestras novias porque quiero ver sus caras en la escena del aeropuerto. Además, Michael dejó detalles que sé que se nos escaparon. ¿Vieron el tipo que sale volando en la casa? Estoy convencido de que es un guiño a que Payne no es el único que sabe jugar sucio.

Jason sacó un fajo de billetes que había recolectado. —Ya llamé al cine de Westwood. Quedan veinte entradas juntas. Vamos a invitar a las chicas de la hermandad Gamma. Les dije que es la cita perfecta: tiene romance, tiene tensión y tiene a Keanu Reeves, que según ellas, es el hombre más guapo del planeta ahora mismo. Pero el verdadero plan es este: después del cine, vamos a ir todos a discutir la película al café de la esquina.

—Es una locura cómo nos tiene esta película —comentó otro estudiante—. El campus entero está hablando de eso. Escuché que los de primer año están organizando una caravana para ir al teatro de Hollywood solo para ver si el tren de verdad salió por la acera.

—Ese es el efecto Relish solo lleva un año graduado —sentenció Jason—. Él sabe que el cine no termina cuando se encienden las luces. Estamos invitando a gente de la facultad de ingeniería para que analicen si el salto del bus es físicamente posible. Queremos hacer de esto un evento. Es nuestra generación, chicos. Este director tiene nuestra edad. Si él puede hacer esa obra maestra a los 20, nosotros tenemos que apoyarlo. Vamos a llenar esa sala de nuevo y vamos a hacer tanto ruido que incluso en Fox van a oírnos. ¡Speed es el futuro, y yo no me canso de ver ese autobús volar!

El entusiasmo de Jason era contagioso. No se trataba solo de ver una película; se trataba de pertenecer a un movimiento. Para el mediodía, el grupo de Jason ya no era de ocho personas, sino de veinticinco. Amigos de amigos se sumaban al plan, todos queriendo experimentar por primera o tercera vez la adrenalina de Michael Relish.

Domingo, 17 de julio de 1994

El sol de la tarde en Los Ángeles caía sobre las marquesinas de los cines que anunciaban funciones agotadas. Mientras el país celebraba el nacimiento de un nuevo clásico de acción, en los rincones oscuros de la industria, el triunfo de Michael Relish estaba abriendo heridas que nunca llegaron a cerrar.

Parker Posey se ajustó las gafas de sol oscuras y bajó el ala de su sombrero mientras salía de un cine en Westwood. Había entrado a la función de las 14:00, pensando que, al ser domingo, la sala estaría medio vacía. Se equivocó. El lugar estaba al 70% de su capacidad, una cifra inaudita para una tarde de domingo en su cuarta función del día.

Durante dos horas, Parker tuvo que ver la pantalla en silencio, sintiendo cómo cada plano de Michael la golpeaba. Ella había estado allí al principio. Ella fue la musa de Lola. En su mente, todavía recordaba la intensidad de Michael al dirigir, su pasión, la forma en que él la miraba. Se convenció a sí misma de que Michael había tenido “suerte” con la primera película y que la segunda, aunque buena, no había roto la taquilla. Creyó que Michael era un cometa que se apagaría pronto, y por eso decidió alejarse, buscando una carrera más “seria” y estable en el cine independiente, lejos de la intensidad emocional que Michael exigía.

—Maldita sea —susurró Parker mientras caminaba hacia su coche, sintiendo un nudo en la garganta.

Ver a Naomi Watts en pantalla fue la parte más difícil. Naomi no solo estaba brillante; estaba interpretando el papel que Michael solía diseñar para sus mujeres: fuertes, vulnerables y magnéticas. Parker sentía que ese “privilegio” de ser la cara de las visiones de Relish le pertenecía a ella por derecho de antigüedad. Al ver la química de Naomi con Keanu, Parker sintió unos celos punzantes, no solo profesionales, sino personales. Se dio cuenta de que había cambiado el oro por el polvo. Michael ahora era el dueño de Hollywood, y ella era solo una actriz de culto que veía desde la acera cómo el autobús del éxito pasaba de largo a 50 millas por hora. La lucha interna era feroz: una parte de ella quería llamarlo y pedirle perdón, pero su orgullo le recordaba que él ahora estaba rodeado de gente más leal, como Elizabeth y Naomi. El “Efecto Relish” la había dejado atrás, y la soledad de su decisión nunca se había sentido tan fría como en esa tarde calurosa de julio.

+—————————+

A kilómetros de allí, en la oficina principal de Miramax en Nueva York, la atmósfera era de puro terror. Eran las 21:00 PM y los reportes preliminares del cierre del fin de semana de Speed acababan de llegar por fax.

Harvey Weinstein leyó la cifra estimada de 38.5 millones de dólares y sintió que la sangre se le subía a la cara hasta ponerla de un color púrpura oscuro. Él había apostado contra Michael. Había movido sus hilos para que el chico fracasara, esperando que se estrellara con una superproducción para luego recoger los pedazos y comprar su talento por una miseria. Pero Michael no se había estrellado; había despegado como un cohete de la NASA.

—¡¿Cómo es posible?! —gritó Harvey, lanzando el fajo de papeles contra el escritorio.

Su secretaria entró tímidamente con un café, pero no llegó a dejarlo.

—¡Fuera de aquí, inútil! —le gritó Harvey, dándole un golpe a la bandeja que hizo que el café volara por la habitación, manchando las cortinas caras—. ¡Te dije que no quería interrupciones!

Bob Weinstein, su hermano, entró en la oficina tratando de mantener la calma, cerrando la puerta tras de sí.

—Harvey, cálmate. Es solo una película. Fox tuvo suerte con el marketing.

—¡No es suerte, Bob! —rugió Harvey, golpeando la mesa con el puño—. Es ese maldito mocoso. Tiene a la prensa en el bolsillo, tiene a los críticos lamiéndole las botas y ahora tiene al público. ¡Esa película debería haber sido nuestra! Si no lo hubiéramos dejado ir, esos 40 millones serían de Miramax. ¡Ahora tiene ayuda de una productora grande, tiene su propia marca!

—Harvey, vas a tener un infarto —dijo Bob, tratando de acercarse—. Tenemos Pulp Fiction en camino, tenemos otras cartas. Olvida a Relish por un momento.

—¡No puedo olvidarlo! —Harvey empezó a caminar de un lado a otro como un animal enjaulado—. Ese chico se burló de mí. Se negó a entrar en mi sistema. Y ahora está demostrando que no me necesita. ¡Quiero que investigues cada centavo de esa producción! ¡Quiero saber quién le dio el dinero extra! ¡Quiero hundirlo antes de que su próximo logo aparezca en pantalla!

Harvey estaba fuera de sí. El éxito de Michael era una afrenta personal a su control sobre Hollywood. Mientras Bob intentaba razonar con él, Harvey solo podía pensar en la cara de triunfo que Michael tendría el lunes. La envidia y el odio se mezclaban en su mente, jurando que si no podía poseer el talento de Michael Relish, dedicaría su vida a destruirlo. Pero mientras Harvey gritaba y rompía objetos en su oficina, los números de la taquilla seguían subiendo, confirmando una verdad que Weinstein no quería aceptar: Michael Relish ya era intocable.

📝 +——————————–+

Ojalá le guste está historia la verdad es que no sabía que escribir, y como en los anteriores no parecía que les gusta o no había comentarios los dejé y me puse a pensar que sería bueno escribir. Intentaré subir tres capitulo por semana, si les gusta comenten y si no también, igual no soy escritor y siempre quise escribir una historia de regresión, hacer todo lo que no me atrevi en mi vida por miedo al fracaso. Like si te gusta y like si no 😂

Feliz año, a todos, gracias por leer mi historia, si ven algo que no le gusta pueden comentar e intentaré mejorar

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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