Leer Novelas
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

En Hollywood. - Capítulo 29

  1. Inicio
  2. Todas las novelas
  3. En Hollywood.
  4. Capítulo 29 - Capítulo 29: Capítulo 28
Anterior
Siguiente
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo

Capítulo 29: Capítulo 28

Capítulo 28: El Fenómeno Global y la Calma del Guerrero

Los Ángeles, Agosto de 1994

El verano de 1994 sería recordado en los anales de Hollywood no solo por el calor sofocante, sino por el cambio de guardia en la jerarquía de los directores de cine. Mientras el público llenaba las salas de todo el mundo, Michael Relish se encontraba en el ojo del huracán, pero en el centro de ese huracán había una calma absoluta.

En su residencia de Beverly Hills, Michael disfrutaba de una tarde inusual. Junto a él, Elizabeth se relajaba en el sofá, compartiendo un momento de paz que parecía un tesoro en medio de la vorágine mediática. Para el mundo, Michael era el “niño maravilla” que había domado la taquilla; para Elizabeth, era el hombre que había cumplido cada una de las promesas que le hizo en las sombras.

En las oficinas de Relish Productions, Susan Davies no tenía tiempo para descansos. Su escritorio era un mapa de la economía global, cubierto de faxes térmicos con los sellos de 20th Century Fox y agencias de distribución de cinco continentes. Susan estaba terminando de consolidar el reporte del primer mes (31 días de exhibición), y las cifras contaban una historia de dominio absoluto pero orgánico.

Michael había introducido en su película cambios de ideas nuevas: un montaje más rítmico, una Naomi Watts que aportaba una vulnerabilidad magnética y la idea del marketing que vendía la película como una experiencia inmersiva. El resultado en la taquilla doméstica (EE. UU. y Canadá) fue una lección de resistencia:

El primer fin de semana como se sabía la taquilla fue de casi $40 millones de dólares quedando en primer lugar, ganando a la competencia que también era de Fox, True Lies quedando en segunda la película era protagonizada por Arnold Schwarzenegger y Jamie Lee Curtis con una taquilla de fin de semana de $23.67 millones de dólares. Y en su segunda semana Forrest Gump había quedado en tercer lugar con una taquilla de $22.43 millones de dólares.

Segundo Fin de Semana (12% de caída): Tras un estreno de casi 40 millones, la película solo bajó un 12%, recaudando 34.7 millones. El “boca a boca” fue tan potente que las salas que no se llenaron el primer viernes, colapsaron el segundo sábado. Aquí por segunda semana Speed quedó en primer puesto, debido a Speed como película de acción peleando con True Lies, Forrest Gump subió al segundo puesto $21.21 millones de dólares, el tercer lugar fue para True Lies con $19.2 millones de dólares y en cuarto lugar en su primer fin de semana The client con una recaudación de $14 millones de dólares.

El sol de la mañana entra por los ventanales, pero el ambiente dentro es gélido. Arnold Schwarzenegger sostiene el reporte de Variety con una mano y un puro sin encender en la otra. Los números no mienten, pero él se niega a aceptarlos.

Arnold lanza el periódico sobre la mesa de mármol. El sonido resuena como un disparo.

— Arnold: ¡¿Treinta y cuatro millones?! ¡Es un autobús, Lou! ¡Un maldito autobús público! Yo puse un avión Harrier sobre Miami, salté de un rascacielos con un caballo y James Cameron casi destruye los Cayos de Florida para el final. ¡Se supone que somos el evento del año!

Arnold camina por la habitación, sus músculos tensos bajo la camiseta.

— Arnold: Ese chico, Keanu… apenas habla en la película. ¡Y Dennis Hopper está loco! ¿Cómo es posible que un tipo conduciendo a 50 millas por hora me mande al tercer puesto? ¡Al tercer puesto! Hasta el tipo que corre por Alabama me ha pasado por la derecha. ¡Quiero llamar a Jim (Cameron)! ¡Quiero que salgamos a decir que sus números están inflados!

Su agente, Lou, un hombre acostumbrado a lidiar con egos del tamaño de planetas, levanta las manos en señal de calma mientras ajusta sus gafas.

— Lou: Arnold, escúchame. Respira. Si abres la boca ahora, lo único que vas a lograr es que los titulares de mañana digan: “Schwarzenegger tiene una rabieta porque un chico de 20 años le robó los juguetes”. No podemos permitir eso.

— Arnold: ¡Es una falta de respeto al género de acción! Yo soy el estándar.

— Lou: Arnold, estamos en julio. La prensa está buscando sangre. Si haces un escándalo o cuestionas a Fox por el éxito de Speed, los paparazzi te van a seguir hasta el gimnasio, al set y a tu casa. Van a pintar a True Lies como un “fracaso de 100 millones” solo porque quedaste tercero una semana.

Lou se acerca y le pone una mano en el hombro.

— Lou: Si el público te ve enojado, se alejarán. La gente quiere ver al héroe ganador, no al gigante herido. Si te mantienes en silencio y sonríes, la próxima semana las familias irán a verte a ti porque eres “el valor seguro”. Si causas un drama mediático, la taquilla bajará otro 40% solo por el mal sabor de boca. Deja que el autobús se estrelle solo. Tú eres un Harrier; vuelas más alto.

Arnold se queda en silencio, mirando hacia el jardín. Finalmente, saca su encendedor y prende el puro. El humo llena la habitación.

— Arnold: Está bien, Lou. No habrá escándalo. Pero dile a Cameron que para la próxima película… quiero que el avión sea más grande. Y nada de autobuses.

+—————————-+

El sol de California comenzaba a esconderse tras el horizonte, tiñendo el cielo de un tono violeta que parecía sacado de un dibujo animado, un presagio perfecto para lo que estaba a punto de ocurrir en el Mann’s Village Theatre. Era el 28 de julio de 1994, la noche de la premiere de The Mask.

En la entrada principal, el caos era absoluto. Los flashes de las cámaras de los paparazzi creaban una tormenta eléctrica artificial mientras Jim Carrey, el hombre del momento, hacía muecas imposibles frente a los reporteros. Pero lejos del estruendo de la alfombra roja, un sedán oscuro y discreto se detenía en un callejón lateral, cerca de la entrada de servicio.

Michael bajó del coche había ido solo a la premiere, ajustándose el cuello de su chaqueta de cuero negra. No llevaba esmoquin; prefería la elegancia funcional de alguien que se pasa el día detrás de un monitor de edición. Aunque era un “director novato”, su nombre ya circulaba por las oficinas de los grandes estudios como el prodigio visual de la industria. Sin embargo, Michael tenía una regla de oro: la fama era para los actores; para el director, el anonimato era la verdadera libertad.

Caminó con paso firme hacia la puerta trasera, donde un guardia de seguridad de mandíbula cuadrada le cerró el paso. Michael no dijo una palabra, solo mostró la credencial dorada de invitado especial de la productora. El guardia asintió y le abrió la pesada puerta de metal.

Al entrar al vestíbulo interno, el aire acondicionado le dio la bienvenida junto con el murmullo lejano de la multitud. Fue entonces cuando los vio. En una zona reservada, lejos del alcance de los fotógrafos, Jim Carrey estaba bebiendo agua con una energía que parecía capaz de iluminar toda la ciudad. A su lado, una joven y radiante Cameron Diaz reía, ajustándose el vestido que la catapultaría a los sueños de medio mundo esa misma noche.

Michael se acercó con una sonrisa tranquila.

—Parece que el circo está bastante animado afuera —dijo Michael, captando la atención de ambos.

Jim Carrey se giró de golpe, con ese movimiento elástico tan suyo. Al reconocer a Michael, sus ojos se abrieron de par en par y, en un segundo, su rostro se transformó en una máscara de asombro exagerado, estirando su mandíbula como si fuera a tocar el suelo.

—¡Vaya! ¡Pero si es el hombre que vive en los autobuses! —exclamó Jim con esa voz elástica y estridente—. ¡Michael! He oído que eres tan alérgico a las cámaras que tu propia sombra tiene que pedir permiso para salir en tus fotos de carnet.

Michael soltó una carcajada y le estrechó la mano con fuerza.

—Solo prefiero que la gente mire lo que yo veo, Jim, no lo que yo soy.

—¡Un purista! —Jim le dio una palmada en el hombro, bajando un poco el tono pero manteniendo el brillo maníaco en los ojos—. Escucha, eh visto tu película speed me gustó mucho y por ahí me enteré que un ejecutivo de MGM lo despidieron.. o quizá fue que te dijo algo y te fuistes a otro lado, Eso es lo que cuenta. Me alegra que hayas venido, de verdad. Esta noche vamos a volarles la cabeza.

En ese momento, Cameron Diaz, que había estado observando el intercambio con una sonrisa divertida, dio un paso adelante. Sus ojos azules brillaban con una mezcla de nerviosismo por el estreno y una confianza natural que Michael ya había notado antes.

—Es bueno verte de nuevo, Michael —dijo ella, con una voz suave que contrastaba con la energía cinética de Jim. Se acercó lo suficiente para que Michael percibiera el aroma de su perfume, algo fresco y cítrico—. Pensé que después de nuestra última charla en la premiere de speed me habrías olvidado.

Michael sonrió, sintiendo esa electricidad sutil que siempre parecía rodear a Cameron.

—Difícil olvidarte, Cameron. Sobre todo cuando se enciendan las luces de esta sala, ya no vas a poder caminar por la calle sin que te persiga una multitud.

Cameron inclinó la cabeza ligeramente, dejando que un mechón de pelo rubio cayera sobre su rostro. Lo miró de soslayo, con una expresión juguetona y un toque coqueta que hizo que el pulso de Michael se acelerara apenas un poco.

—Bueno… si eso pasa, espero que algún director talentoso y misterioso me ofrezca refugio en su próximo set de rodaje —dijo ella, acercándose un centímetro más—. Dicen que eres muy exigente con tus actrices, Michael. ¿Debería tener miedo o estar emocionada?

—Un poco de ambas suele dar los mejores resultados en pantalla —respondió Michael, manteniendo el contacto visual con una seguridad que la hizo sonreír aún más.

—¡Basta de romance visual! —interrumpió Jim, metiéndose entre ambos con una cara de pato—. El público está esperando a que el tipo verde les cambie la vida. Michael, busca un asiento, busca palomitas, y si ves que mi cara se estira demasiado, ¡es que es así en la vida real!

Michael se despidió de ellos con un gesto y se deslizó hacia el interior de la sala justo antes de que se apagaran las luces. Se sentó en una fila lateral, observando desde la oscuridad.

Durante los siguientes 101 minutos, Michael fue testigo de algo especial. La película ya la había visto antes varias veces, era una explosión de color como recordaba. sobre todo, una actuación de Carrey que desafiaba la física. Pero lo que más le impresionó fue la presencia de Cameron. Cada vez que aparecía en pantalla, la sala parecía contener la respiración. Desde que está en este cuerpo piensa como director, Michael sabía reconocer el talento, aunque sabiendo que Jim será una estrella de cine.

Cuando los créditos comenzaron a rodar y la música de swing llenó el teatro, la reacción fue instantánea. La gente se puso en pie. Los aplausos eran genuinos, ensordecedores. Michael se quedó sentado un momento más, analizando el ritmo, la respuesta del público, y sonriendo para sí mismo. Sabía que este éxito iba a cambiar el tablero de juego en Hollywood.

Salió por el mismo pasillo lateral para evitar la marea de gente que ahora intentaba llegar a los actores. En el área de descanso previa a la salida de actores, volvió a encontrar a Jim y Cameron. Jim estaba sudando, exhausto pero eufórico, y Cameron parecía estar procesando el hecho de que su vida acababa de cambiar para siempre.

Michael se acercó a ellos antes de marcharse.

—Ha sido fantástico —les dijo con sinceridad—. Jim, lo que haces con el cuerpo no es de este planeta. Y Cameron… la cámara te ama, y hoy el público también.

—¿Crees que nos irá bien? —preguntó Cameron, todavía con un poco de esa vulnerabilidad de quien acaba de ver su primer gran trabajo.

—Les deseo la mejor de las suertes en la taquilla, pero no la van a necesitar —afirmó Michael—. Van a destrozar los números este fin de semana. Lo que han hecho es puro espectáculo, aunque será el segundo lugar.

Se detuvo un momento en la puerta de salida, mirando a ambos. Jim ya estaba haciendo otra broma con un asistente, y Cameron lo miraba con una expresión de gratitud. Michael sintió que era el momento de lanzar su apuesta al futuro.

—Escuchen —dijo Michael, alzando un poco la voz para captar la atención de ambos de nuevo—. Algún día, cuando todo este ruido de la premiere se calme, si encuentro algun guión me gustaría que trabajáramos juntos. Ya sea los dos o por separado. Creo que podríamos hacer algo que la gente no olvide en mucho tiempo.

Jim dejó de bromear por un segundo y lo miró con una seriedad inusual pero respetuosa.

—Ponlo sobre papel, chico maravilla. Si es la mitad de bueno de lo que dicen tus cortos, cuenta conmigo.

Cameron le guiñó un ojo, retomando ese tono juguetón que los conectaba.

—Estaré esperando esa llamada, Michael. No me hagas esperar demasiado, o puede que mi agenda se llene de tipos verdes.

Michael asintió con una sonrisa, se dio la vuelta y salió al aire fresco de la noche de Los Ángeles. Mientras caminaba hacia su coche, escuchó el rugido de la multitud en la acera de enfrente. El verano de 1994 seguía ardiendo, y él ya estaba planeando su próximo movimiento en aquel tablero de estrellas.

Tercer Fin de Semana (30% de caída): Con la competencia apretando, la película se mantuvo con $24.3 millones. En este punto, Speed ya era un hábito cultural. Pero The Mask quedó segundo lugar con una taquilla de su primer fin de semana de $23.117 millones, en tercer lugar siguiendo fuerte Forrest Gump con $18.02 millones y bajo otro puesto más True Lies en cuarto lugar con una taquilla de $12.67 millones y en quito lugar The Client con $12 millones.

El aire en el despacho de Arnold Schwarzenegger en Santa Mónica era tan denso que se podía cortar con un cuchillo de caza. Era lunes, 1 de agosto de 1994. El sol brillaba afuera, pero dentro de las oficinas de “Oak Productions”, el ambiente era de tormenta eléctrica.

Arnold sostenía el informe de taquilla de The Hollywood Reporter con una fuerza que hacía que el papel crujiera. Sus ojos se clavaron en la tabla de posiciones del fin de semana.

Taquilla del 29 al 31 de julio

* Speed (Máxima Potencia): $24,300,000 (Semana 3 – Manteniendo un éxito brutal)

* The Mask (La Máscara): $23,117,068 (Estreno)

* Forrest Gump: $18,020,256 (Semana 4)

* True Lies (Mentiras Arriesgadas): $12,671,443 (Semana 3)

— Arnold: ¡Cuarto puesto! —rugió, lanzando el informe contra la pared—. ¡He pasado de ser el Rey de acción a estar por debajo de un tipo que corre por un parque y un novato con la cara pintada de verde!

En ese momento, el teléfono de su escritorio sonó. Era su contacto directo en 20th Century Fox. Arnold arrebató el auricular antes de que terminara de sonar.

— ¡Escúchame bien! —gritó Arnold sin dejar que el ejecutivo hablara—. Ustedes son los distribuidores de True Lies, ¡pero también son los de Speed! ¡¿Qué demonios están haciendo?! Estoy viendo más anuncios del autobús de Keanu Reeves en la televisión que de mi avión Harrier. ¡Están canibalizando mi película!

— Arnold, cálmate… Speed es un fenómeno inesperado, el público joven está… —intentó decir el ejecutivo.

— ¡No me digas que me calme! —interrumpió Arnold, con la vena del cuello a punto de estallar—. Yo les di una película de 110 millones de dólares. James Cameron y yo nos jugamos el cuello. Quiero que retiren el presupuesto de marketing de Speed hoy mismo y lo pongan en True Lies. Si vuelvo a ver un póster de ese autobús antes que mi cara en Sunset Boulevard, vamos a tener un problema legal que ni todos sus abogados podrán arreglar. ¡Quiero que el público sepa que la verdadera acción es la mía!

Colgó el teléfono con tal violencia que el aparato saltó de la mesa.

Media hora después, Arnold salió del edificio. Necesitaba aire, necesitaba ir al gimnasio Gold’s Gym para quemar la furia que sentía. Su asistente y su agente, Lou, intentaron detenerlo.

— Arnold, hay gente afuera, quédate aquí un momento —advirtió Lou.

— ¡Muévete, Lou! No voy a esconderme en mi propia oficina —respondió Arnold, abriendo la puerta de cristal con fuerza.

Al salir a la acera, el calor de Los Ángeles le golpeó la cara, pero no tanto como el destello de un flash. Un paparazzi de la revista Star, conocido por ser particularmente agresivo, estaba a solo dos metros de él. El fotógrafo, viendo la cara de furia de Arnold, supo que tenía la portada del año: “El Gigante en Crisis”.

— ¡Hey, Arnold! —gritó el paparazzi mientras seguía disparando ráfagas de fotos—. ¿Cómo se siente ser el segundón de un joven llamado Keanu? ¿Vas a retirarte ahora que el público prefiere a los jóvenes? ¡Danos una sonrisa de perdedor!

Arnold se detuvo en seco. Lou, detrás de él, gritó: —¡Arnold, no! ¡Sigue caminando!—

Pero fue demasiado tarde. La frustración por la traición de la Fox, el éxito de Speed y el acoso del fotógrafo colapsaron en un solo segundo. Arnold dio un paso rápido, cerrando la distancia con una velocidad aterradora para un hombre de su tamaño.

El paparazzi intentó bajar la cámara, pero el brazo de Arnold, duro como el acero, se lanzó en un gancho corto. No fue un golpe para matar, pero fue un golpe de Schwarzenegger. El puño impactó directamente en el hombro del fotógrafo y en la lente de la cámara, mandando al hombre al suelo y destrozando el equipo profesional contra el cemento.

— Arnold: (Inclinándose sobre el hombre caído, con voz siseante) ¡No me vuelvas a faltar al respeto cuando estoy trabajando!

El paparazzi, asustado y con el hombro entumecido, solo pudo ver cómo Arnold se subía a su Humvee negro y arrancaba quemando neumáticos.

+—————+

Michael estaba en su oficina de la Fox, rodeado de maquetas de autobuses y gráficos que mostraban una curva de ascenso sin precedentes. A sus 22 años, acababa de lograr lo imposible: su película, Speed, no solo había aguantado el embate de los grandes estrenos, sino que en su tercera semana seguía en el Puesto #1 con 24.3 millones de dólares, dejando a la superproducción de Schwarzenegger, True Lies, mordiendo el polvo en un humillante cuarto lugar.

El teléfono de Michael sonó. Era Barry, uno de los altos ejecutivos de marketing de Fox.

—Michael, felicidades. No sé si te lo dijo Susan pero los números de estás últimas tres semanas con un índice de muy bajo porcentaje de caída para tu película, es un exito. Has jubilado a los héroes de los 80 en un solo fin de semana. Keanu es el nuevo rey y tú eres el arquitecto.

Michael sonrió, pero antes de que pudiera responder, escuchó un alboroto en el pasillo. La televisión de la oficina, sintonizada en E! News, mostró de repente una imagen borrosa tomada con una cámara de mano.

—“¡Última hora! Escándalo en Santa Mónica. Arnold Schwarzenegger agrede violentamente a un fotógrafo tras conocer los resultados de taquilla…”

Michael subió el volumen. En la pantalla, se veía al gigante austríaco, con el rostro desencajado por una furia que no era actuación, golpeando la cámara de un paparazzi. El impacto fue seco, brutal.

Mientras tanto, en la oficina de Arnold, el caos era absoluto. Lou, su agente, estaba lívido. Acababa de colgar con los abogados.

—¡Arnold, te dije que no salieras! —gritó Lou, caminando de un lado a otro—. ¡Ese fotógrafo ya está llamando a TMZ y a la policía! ¡Y para colmo, la Fox está con dolor de cabeza y están pensando en quitar el presupuesto de marketing.

—¡Michael! —rugió Arnold, golpeando su escritorio—. Ese chico… ese director novato me ha quitado el presupuesto publicitario. La Fox ha desviado los fondos de True Lies para alimentar al monstruo de Speed. ¡Me han traicionado por un director que hace un año nadie conocía!

—No podemos pedir clemencia, Arnold. Michael es el chico de oro de la Fox ahora mismo. Si él dice “salten”, ellos preguntan “¿a qué altura?”. Pero tú acabas de darle a la prensa lo que quería: la imagen de un hombre acabado que recurre a la violencia porque ya no puede ganar en la pantalla.

Esa misma tarde, Michael decidió que no podía quedarse de brazos cruzados. A pesar de la rivalidad, él respetaba la carrera de Arnold; pero sabía que el viejo león estaba herido y era peligroso. Bajó al garaje de la Fox para recoger su coche, pero en la penumbra del estacionamiento, vio un Humvee negro bloqueando la salida.

La puerta se abrió y Arnold bajó. Su presencia llenaba todo el espacio. Michael se mantuvo firme, aunque su corazón latía con fuerza.

—¿Has venido a restregarme tus 90 millones en tres semanas, chico? —preguntó Arnold con voz ronca, acercándose hasta quedar a pocos centímetros de Michael.

—He venido a decirte que no tengo la culpa de que el público quiera algo nuevo, Arnold —respondió Michael con calma, sosteniéndole la mirada—. Yo hice mi película. Tú hiciste la tuya. Que la Fox haya decidido poner el dinero donde hay más gente no es un ataque personal, es el negocio.

Arnold soltó una risa amarga, una que no llegaba a sus ojos.

—El negocio… Yo construí este negocio piedra a piedra. Y ahora tú y tu autobús llegan y me empujan al cuarto puesto. ¿Sabes qué dicen en las noticias? Que estoy viejo. Que el fotógrafo al que golpeé es una víctima de mi “ego herido”.

—Lo es, Arnold —dijo Michael sin retroceder—. Le pegaste porque no podías pegarle a los números de la taquilla. Pero si quieres salvar lo que queda de tu estreno, más vale que dejes de pelear con la prensa y conmigo.

Arnold apretó los puños, y por un momento, Michael pensó que él sería la siguiente víctima. Pero el veterano actor suspiró, una exhalación pesada que parecía cargar con todo el peso de su carrera.

—La Fox te escucha a ti ahora, Michael. Me han dicho que tienen una campaña de “reforzamiento” preparada para Speed la próxima semana. Si eso sale, True Lies morirá antes de agosto.

Michael guardó silencio. Sabía que Arnold tenía razón. El estudio estaba listo para enterrar la película de Schwarzenegger para maximizar las ganancias de Speed.

—No voy a pedirle a la Fox que pierda dinero —dijo Michael finalmente—. Pero puedo decirles que compartamos el espacio en los eventos de prensa en Europa. Si aparecemos juntos, la narrativa cambia. Ya no será “el joven que destruyó al viejo”, sino “los dos titanes de la acción”. Eso salvará tu imagen y mantendrá a los paparazzi lejos de tu puño.

Arnold lo miró con desconfianza, pero también con un destello de respeto. El chico no solo era un buen director; sabía jugar al ajedrez en Hollywood.

—¿Por qué me ayudarías? —preguntó Arnold—. Me has ganado. Podrías dejar que me hunda.

Michael subió a su coche y arrancó el motor. Antes de irse, bajó la ventanilla.

—Porque algún día yo seré el viejo, Arnold. Y espero que cuando llegue un chico de veinti tanto años a quitarme el puesto, tenga la decencia de no dejar que me desangre en el suelo.

Michael salió del garaje, dejando a Schwarzenegger solo en la oscuridad, con el eco de sus propias palabras y la sombra de una derrota que, gracias a su rival, quizás no sería total.

Cuarto Fin de Semana (32% de caída): Cerró el mes con $16.5 millones adicionales quedando en segundo lugar, ya que se estreno Peligro inminente con una taquilla de $20,348 millones, seguido en tercer puesto The Mask con $16,23 millones, aquí hubo una sorpresa ya que estuvieron casi empatados True Lies con $13.1 millones con un aumento en taquilla que la anterior semana y en cuatro Lugar Forrest Gump con $13.09 millones.

Al sumar los días laborables (lunes a jueves), que promediaron unos 3 millones diarios gracias a que el público joven estaba de vacaciones, el acumulado doméstico cerró en 120.5 millones de dólares. Romper la barrera de los 100 millones en un mes en 1994 era la señal inequívoca de que una película entraría en la historia.

Sin embargo, el verdadero poder de la visión de Michael se manifestó en el mercado internacional. Siguiendo su estrategia de lanzamientos coordinados, la película explotó en el extranjero, superando los números locales por un margen de 15 millones de dólares:

Japón y Corea del Sur: La fascinación por la tecnología y el ritmo acelerado generó 28 millones.

Reino Unido e Irlanda: La química de Keanu y Naomi cautivó a los británicos, sumando 18 millones

.

Europa Continental (Francia, Alemania, Italia): Un bloque sólido que aportó 45 millones.

Latinoamérica y Oceanía: Otros 30 millones acumulados.

El total internacional ascendió a 121 millones de dólares. Sumado a los 120.5 domésticos, Speed cerró su primer mes con un total global de 241.5 millones de dólares. Era una cifra asombrosa, realista y libre de inflaciones innecesarias; era el resultado de un producto superior ejecutado con una precisión quirúrgica.

De vuelta en la sala, la televisión estaba sintonizada en la ABC. Elizabeth dio un pequeño salto de emoción y señaló la pantalla con el dedo.

—¡Ahí están, Michael! ¡Mira! —exclamó con una sonrisa radiante.

En la pantalla aparecieron las letras de The Late Show with David Letterman. La música de la banda de Paul Shaffer retumbaba mientras Letterman, con su característica ironía, presentaba a los invitados de la noche.

—”Damas y caballeros, esta noche nos acompañan los responsables de que nadie en Nueva York quiera volver a subirse a un autobús… ¡Keanu Reeves y la maravillosa Naomi Watts!” —anunció el presentador.

La audiencia estalló en un aplauso ensordecedor. Naomi entró al set luciendo un vestido de seda azul que capturaba todas las luces del estudio. Se veía segura, glamurosa y con una chispa en los ojos que solo tienen las estrellas que saben que han conquistado el mundo. Keanu, con su habitual timidez encantadora, la seguía de cerca.

—Se ven tan bien juntos —murmuró Michael, observando la entrevista con ojo clínico—. Naomi ha aprendido a manejar a la prensa mucho más rápido de lo que esperaba. Mira cómo domina el tiempo de la broma.

—Es porque ella sabe que tú confiaste en ella cuando nadie más lo hizo, Michael —respondió Elizabeth, apoyando su cabeza en el hombro de él—. Esa seguridad que tiene en la pantalla es un reflejo de la libertad que le diste en el set. Todo el país está enamorado de ellos, pero nosotros sabemos quién movió los hilos detrás de la cámara.

En la entrevista, Letterman bromeaba sobre si de verdad habían conducido el autobús. Naomi rió y dijo: “David, con un director como Michael Relish, o conduces el autobús o te conviertes en parte del asfalto. Él no acepta un ‘no’ por respuesta cuando se trata de realismo”. La mención de Michael provocó otro aplauso del público neoyorquino.

El momento de paz fue interrumpido por el chirrido de la máquina de fax en el estudio privado de Michael, seguida inmediatamente por el repique del teléfono. Michael se levantó con calma y contestó.

—Dime, Susan.

—Michael, espero que estés sentado —la voz de Susan Wells sonaba a través de la línea con una mezcla de cansancio y triunfo absoluto—. Acabo de recibir la validación de Fox. Los datos del primer mes están cerrados. Hemos superado los 100 millones en Estados Unidos… terminamos con 120.5 exactamente.

Michael asintió, pero Susan aún no terminaba.

—Pero lo mejor viene de fuera, Michael. El mercado internacional nos ha dado 121 millones. Estamos en 241.5 millones globales en 31 días. El extranjero está respondiendo igual que el mercado doméstico, tal como predijiste que pasaría si enfocábamos el marketing en la acción visual más que en los diálogos.

Michael se quedó en silencio un segundo. Aunque en su vida pasada sabía que la película funcionaría, los ajustes que él había introducido —la tensión aumentada, el papel más profundo para Naomi y la campaña de marketing agresiva— habían elevado el producto a un nivel superior. Estaba superando las proyecciones más optimistas de Fox por un margen saludable pero creíble.

—Es una cifra sólida, Susan —respondió Michael—. ¿Fox ya envió el desglose de nuestra participación neta?

—Sí. El fax está saliendo ahora mismo. Michael… si seguimos a este ritmo, la película terminará su recorrido comercial por encima de los 400 millones. Naomi tenía razón: eres un genio.

Michael colgó el teléfono y caminó hacia la máquina de fax. El papel térmico aún estaba caliente. Leyó las columnas de números: las recaudaciones de fin de semana, los porcentajes de distribución, los bonos por superar los 100 millones domésticos… El brillo en sus ojos fue inevitable. No era solo alegría por el dinero; era la satisfacción del estratega que ve su mapa de guerra ejecutado a la perfección.

Elizabeth se acercó por detrás y lo rodeó con sus brazos, leyendo los números sobre su hombro.

—Doscientos cuarenta y un millones… —susurró ella, asombrada—. Michael, esto cambia todo. Ya no eres solo un director con talento. Eres una potencia económica.

Michael se giró para mirarla, tomándola de la cintura. —Esto es solo la base, Liz. Es el combustible.

Elizabeth lo besó con pasión, una mezcla de admiración y amor. Ella lo había elegido cuando era una promesa, y ahora, verlo convertido en el hombre más poderoso de Hollywood validaba cada uno de sus instintos. Mientras tanto, en la televisión, Naomi terminaba la entrevista enviando un saludo al equipo de producción. Michael apagó la pantalla. El mundo estaba celebrando su presente, pero él ya estaba construyendo su futuro.

+———————–+

El ambiente en la suite presidencial del Hotel Ritz en París era de un lujo absoluto, pero Arnold Schwarzenegger apenas se fijaba en las molduras de oro o las vistas a la Plaza Vendôme. Estaba sentado en un sofá de terciopelo, con su agente Lou al lado, quien sostenía una copia fresca del International Herald Tribune.

Era el lunes por la mañana y los datos de la taquilla estadounidense acababan de cruzar el Atlántico.

Lou ajustó sus gafas y leyó en voz alta, con una sonrisa de alivio que no había tenido en semanas:

—Arnold, escucha esto: Clear and Present Danger se llevó el primer puesto con 20 millones, como esperábamos. Harrison Ford tuvo un buen estreno. Pero aquí viene lo bueno… Speed está segunda con 16.5 millones, y nosotros… nosotros hemos dado la sorpresa. True Lies está cuarta con 13 millones.

Arnold levantó la vista, dejando de lado su café.

—¿Trece? —preguntó Arnold—. Las proyecciones decían que caeríamos a los 9 millones después de lo que pasó con el fotógrafo.

—Es el efecto de la campaña conjunta, Arnold —dijo Lou, señalando el periódico—. El marketing que Michael aceptó dividir nos ha salvado. Al aparecer juntos en los anuncios y presentar las películas como “El Verano de la Acción”, la gente que iba a ver Speed también sacó entradas para True Lies. Hemos empatado con Forrest Gump en su quinta semana. Estamos vivos.

Arnold se quedó pensativo un momento. Recordó la tensión en el garaje de la Fox, el sudor frío en la frente de Michael y cómo él mismo estuvo a punto de cometer el error más grande de su carrera golpeando al chico que, irónicamente, tenía la llave de su salvación.

—Lou, pásame el teléfono —ordenó Arnold.

—¿A quién vas a llamar? ¿A los abogados para lo del fotógrafo?

—No. Llama a Michael.

A miles de kilómetros de distancia, en Los Ángeles, todavía era de noche. Michael fue despertado por el sonido insistente del teléfono en su mesita de noche. Al contestar, escuchó esa voz inconfundible, resonando con la claridad de un trueno.

—Arnold: ¿Michael? Soy Arnold. Espero no haberte despertado, aunque un director con una película en el número dos no debería estar durmiendo tanto.

Michael se incorporó en la cama, despejándose al instante.

—Arnold… no, no pasa nada. He visto los números de París. Felicidades por esos 13 millones. Es una recuperación increíble.

—Arnold: Por eso te llamo, chico —la voz de Arnold sonaba sincera, sin rastro de la furia de la semana pasada—. He estado mirando el periódico con Lou. Estaba convencido de que habías venido a mi oficina solo para burlarte, para ver cómo el “viejo roble” se caía. Casi cometo un error estúpido contigo en ese garaje.

Michael guardó silencio, escuchando.

—Arnold: Veo que eres un hombre de palabra, Michael. En este negocio, la mayoría me habría pisado la cabeza para llegar al número uno con más margen. Tú dividiste tu marketing conmigo cuando tenías todas las de ganar. Gracias a eso, mi película sigue respirando.

—Lo que dije en el garaje era verdad, Arnold —respondió Michael con voz suave pero firme—. El cine de acción es una fraternidad. Si tú ganas, yo gano. Además, todavía tengo que convencerte para que trabajes en uno de mis guiones en el futuro, ¿no?

Arnold soltó una carcajada que se escuchó a través de todo el satélite.

—Arnold: (Riendo) Eres un estratega brillante, Michael. Me has salvado el pellejo y encima te aseguras un actor para el futuro. Está bien, disfruta de tu éxito. Cuando vuelva a California, fumaremos un puro de los buenos. Pero no te acostumbres a ganarme, porque para la próxima, ya no seré tan amable.

—No lo esperaría de otra forma, Arnold. Disfruta de París.

Michael colgó el teléfono y se quedó mirando el techo en la oscuridad. Había logrado lo imposible: no solo tenía un éxito masivo en taquilla, sino que se había ganado el respeto del hombre más poderoso de la industria.

📝 +——————————–+

Ojalá le guste está historia la verdad es que no sabía que escribir, y como en los anteriores no parecía que les gusta o no había comentarios los dejé y me puse a pensar que sería bueno escribir. Intentaré subir tres capitulo por semana, si les gusta comenten y si no también, igual no soy escritor y siempre quise escribir una historia de regresión, hacer todo lo que no me atrevi en mi vida por miedo al fracaso. Like si te gusta y like si no 😂

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo