En Hollywood. - Capítulo 30
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
Capítulo 30: Capítulo 29
Capítulo 29: El Sabor Amargo del “Hubiera”
Ed Sullivan Theater, Nueva York – Agosto de 1994
Punto de vista de Naomi Watts
El mundo se había vuelto un lugar muy ruidoso y extrañamente brillante en las últimas tres semanas.
—Respira, Naomi. Solo es televisión nacional. Millones de personas. Nada que no hayas hecho antes… excepto que antes lo hacías para anuncios de cereales que nadie veía —se susurró a sí misma frente al espejo del camerino.
Su reflejo le devolvió la imagen de una mujer que apenas reconocía. Llevaba un vestido de seda azul que Elizabeth le había ayudado a elegir (vía telefónica, con descripciones detalladas que la hicieron reír) y su cabello tenía ese brillo de “estrella de cine” que solo el dinero de un gran estudio puede comprar. Pero debajo de la seda y el maquillaje, su corazón latía con la fuerza de un motor fuera de borda.
Lo más difícil no era la fama. Lo más difícil era el secreto.
Llevaba tres semanas en una gira agotadora, durmiendo en hoteles de cinco estrellas y respondiendo las mismas preguntas sobre “la química” con Keanu Reeves. Cada vez que un periodista le preguntaba si había “chispas” entre ellos, Naomi sentía un impulso casi irresistible de gritar: “¡No, las chispas son con el genio que está en Los Ángeles moviendo los hilos de esta película!”. Pero no podía. Michael y ella habían acordado que el misterio era mejor para sus carreras por ahora.
—¡Cinco minutos, señorita Watts! —gritó un asistente de producción golpeando la puerta.
Naomi salió al pasillo, donde se encontró con Keanu. Él vestía su clásico traje oscuro, un poco desaliñado, con esa actitud de “estoy aquí pero mi mente está en otra galaxia” que lo hacía tan encantador.
—¿Lista para el circo, Naomi? —preguntó Keanu con su voz profunda y pausada.
—Solo si tú me atrapas si me caigo de la cuerda floja, Keanu —bromeó ella, ajustándose un pendiente.
—Tranquila. Solo sigue la corriente. Letterman es como un autobús sin frenos: solo hay que mantenerse a bordo y tratar de no chocar.
Caminaron hacia la cortina lateral del escenario. Desde allí, Naomi podía oír la música de la Paul Shaffer Band. El ritmo del jazz moderno y los aplausos del público neoyorquino creaban una vibración que sentía en la punta de sus pies.
David Letterman, sentado detrás de su icónico escritorio con la silueta de los rascacielos de Nueva York de fondo, ajustó sus gafas y miró a la cámara con esa sonrisa pícara que lo caracterizaba.
—Saben, he estado pensando —dijo Letterman al público—. He pasado mucho tiempo en autobuses en esta ciudad. Y lo más emocionante que me ha pasado es encontrar un asiento que no esté pegajoso. Pero estos chicos… estos chicos han convertido un viaje diario al trabajo en la película más emocionante del año.
El público prorrumpió en risas y aplausos. Letterman consultó sus tarjetas.
—Ella es australiana, es talentosa y, según mi madre, es demasiado bonita para estar manejando vehículos pesados. Él es… bueno, él es el hombre que hizo que el corte de pelo militar se viera bien otra vez. ¡Damas y caballeros, denle la bienvenida a las estrellas de Speed, Keanu Reeves y Naomi Watts!
La cortina se abrió y una pared de luz y sonido golpeó a Naomi. Caminó hacia el escenario intentando que sus piernas no temblaran. Keanu la seguía, saludando con la mano de forma relajada.
Mientras caminaba hacia el famoso sofá, Naomi tuvo un pensamiento fugaz: “Michael, espero que estés viendo esto desde el sofá de casa, porque esto es todo culpa tuya”.
Se sentaron. Naomi a la derecha de Keanu, quedando justo al lado de Letterman. Dave los miró de arriba abajo, soltó una de sus risas secas y se acomodó la corbata.
—Vaya, vaya —dijo Letterman, mirando a Naomi—. Naomi, bienvenida. Debo decirte que después de ver la película, tengo miedo de que si este show baja de los 50 puntos de rating, el escritorio explote. ¿Michael Relish te hizo conducir así de verdad o todo fue magia de Hollywood?
Naomi soltó una risa nerviosa pero encantadora, cruzando las piernas y acomodándose en el sofá. El “Show de Relish” fuera de cámaras acababa de empezar, y ella tenía que dar la actuación de su vida.
David Letterman se inclinó hacia adelante, apoyando los codos sobre su escritorio, con esa mirada inquisitiva que precedía a las preguntas que realmente le interesaban al público.
—Naomi, hemos oído historias —dijo Letterman, bajando el tono de voz para darle dramatismo—. Historias sobre el rodaje en la autopista 105. Dicen que hubo un momento en que el autobús se salió de control de verdad. No “magia de cine”, no efectos especiales… sino un llanta estallada y casi un vuelco. ¿Es cierto que casi terminas en el hospital antes de terminar la película?
Naomi respiró hondo, sintiendo el peso de la mirada de Keanu a su lado. El recuerdo del accidente todavía le erizaba la piel.
—Fue… intenso, Dave —comenzó Naomi, tratando de mantener la sonrisa pero dejando que la gravedad de la anécdota se notara—. Había una escena donde si se debía pinchar la llanta pero era minimo. Pero debido a un fallo y la llanta exploto, fue difícil tener el autobús recto, Michael Relish antes que pase a mayores estaba muy atento y no pasó a mayores pero fue horrible yo tenía miedo de que se vuelque.
El público soltó un murmullo de asombro. Keanu intervino, asintiendo con seriedad.
—Yo estaba junto a ella en el bus en ese momento —añadió Keanu—. Me golpee en el hombro. Cuando el bus se detuvo, todos corrieron y nos hicieron chequeos. Naomi solo se golpeó en la mano no era nada serio, ella dijo en todo de broma en ese momento: “¿Esa toma sirvió o tengo que hacerlo de nuevo?”.
—¡Vaya! —exclamó Letterman, aplaudiendo—. Eso es ser una profesional de la vieja escuela. ¿Cómo es trabajar con un director tan joven en momentos así? Porque Michael Relish tiene, ¿qué?, ¿veinti dos años? A esa edad yo apenas sabía cómo usar una tostadora.
Naomi soltó una carcajada auténtica. —Michael es… especial. En el momento del accidente, estaba aterrorizado por mi seguridad, pero una vez que supo que yo estaba bien, sus ojos volvieron a ese estado de “perfeccionismo absoluto”. Él no solo dirige una película, él vive dentro de ella. Te hace sentir que el riesgo vale la pena porque la historia es lo único que importa. Es un visionario, pero uno muy exigente.
Letterman, siempre buscando el ángulo picante, señaló a una sección del público donde un micrófono estaba listo para preguntas de la audiencia. Una joven se puso de pie, visiblemente emocionada.
—¡Hola! Mi pregunta es para Naomi y Keanu —dijo la joven—. La química entre ustedes en la pantalla es increíble, parece tan real que todos nos preguntamos… ¿están saliendo en la vida real? ¡Hacen una pareja perfecta!
El público estalló en vítores y silbidos. Naomi sintió que el mundo se detenía. Si decía que no, sonarían aburridos. Si decía que sí, estaría mintiendo y Michael se sentiría herido. Miró a Keanu, suplicando con la mirada que la ayudara.
Keanu, con su habitual torpeza encantadora, decidió que era el momento de ser “protector”.
—Bueno… —comenzó Keanu, rascándose la nuca y sonriendo tímidamente—. Naomi es una mujer maravillosa. Pasamos mucho tiempo juntos, ya sabes, en el autobús, en los hoteles de la gira… Digamos que hay un vínculo muy profundo. Estamos muy unidos, ¿verdad, Naomi? Somos… muy cercanos en este momento.
Keanu lo dijo con un tono tan misterioso y una mirada tan dulce hacia ella que, para cualquier espectador, era una confirmación implícita de que estaban juntos. Letterman gritó: “¡Ahí lo tienen, amigos! ¡Primicia mundial!”.
Naomi entró en pánico interno. ¡No, Keanu, estás empeorando todo!, pensó.
+—————–+
—¡Estamos de vuelta! —anunció David Letterman tras la pausa comercial, mientras la banda de Paul Shaffer tocaba un ritmo frenético—. Antes de dejar que estas dos superestrellas se vayan a seguir con su “relación mística”, vamos a jugar a algo rápido. Lo llamo: “¿Quién es más propenso a…?”.
Letterman sacó unas paletas con los nombres de Keanu y Naomi.
—Muy bien. Naomi, Keanu, miren a la audiencia. ¿Quién es más propenso a quedarse dormido en medio de una explosión en el set?
Keanu levantó inmediatamente la paleta con su propio nombre. —Definitivamente yo. Michael tuvo que despertarme con un megáfono un par de veces entre tomas —confesó Keanu, provocando la risa del público.
—¿Quién es más propenso a conducir un autobús en la vida real si el tráfico de Nueva York se pone pesado? —disparó Letterman.
Naomi levantó su paleta. —Después de tres meses de entrenamiento, creo que tengo más licencia de conducir buses que de autos normales. ¡Cuidado en la Quinta Avenida mañana!
—Y finalmente —dijo Letterman con una sonrisa maliciosa—, ¿quién es más propenso a ganar un Oscar primero bajo la dirección del joven genio Michael Relish?
Ambos se miraron y, con una sincronización perfecta, levantaron la paleta del otro. El público estalló en un aplauso genuino, cerrando el segmento con una nota de respeto profesional que equilibró el caos anterior.
—¡Speed ya está en cines! ¡Vayan a verla antes de que estos dos se escapen en un bus! ¡Gracias, Naomi! ¡Gracias, Keanu!
Al bajar del escenario y entrar en la zona de camerinos, el silencio relativo del pasillo se sintió como un bálsamo. Naomi sentía que la adrenalina empezaba a abandonar su cuerpo, dejándole un ligero temblor en las manos.
—Eso fue… salvaje —dijo Naomi, apoyándose contra la pared—. Keanu, por un momento pensé que nos casarías en vivo.
Keanu soltó una risita suave, despeinándose aún más. —Lo siento, Naomi. Solo intentaba ser amable. Pero lo del “hablar entre misterios” fue brillante. Nadie va a saber qué creer ahora. Estás aprendiendo rápido.
Naomi sonrió, pero su mente ya estaba en su bolso de mano. Sacó su teléfono celular —un dispositivo pesado para la época— y vio que tenía un mensaje en el contestador de su oficina. Con manos rápidas, marcó para revisar.
Estaba aterrada de que Michael estuviera molesto. Hollywood podía ser cruel, y ver a tu pareja siendo vinculada románticamente con un galán como Keanu Reeves frente a millones de personas no era plato de buen gusto para nadie. Sin embargo, cuando escuchó la voz de Michael en el mensaje, se quedó helada.
“Naomi, te vi en Letterman. Estuviste magnífica. Lo de ‘su relación’ con Keanu fue un toque de genio absoluto para la taquilla de la película; Susan casi escupe su café de la risa. No te preocupes por los rumores con Keanu, es justo lo que la película necesita ahora mismo para mantener el interés. Disfruta tu última noche en Nueva York. Te espero aquí.”
Naomi suspiró, cerrando los ojos. Michael no solo no estaba celoso, sino que lo veía como una jugada de marketing exitosa. A veces olvidaba que Michael no era un chico normal de veinte años; él entendía la industria como si la hubiera inventado.
Una hora después, Naomi llegó a su suite en el hotel Plaza. Se quitó los tacones con un suspiro de alivio y se lanzó sobre la cama King Size, rodeada de ramos de flores de admiradores y notas de ejecutivos. Marcó el número directo de la oficina de Michael.
Él contestó al primer tono.
—¿Hola?
—Soy yo, la actriz más buscada —bromeó Naomi, dejando que su voz se relajara por primera vez en días.
—Hola, estrella —respondió Michael, y Naomi pudo oír la sonrisa en su voz—. Has causado un terremoto en Nueva York. Susan dice que las llamadas para entrevistas han subido un 200% solo en la última hora.
—Michael, ¿de verdad no te molestó lo de Keanu? —preguntó ella, bajando el tono—. Parecía que él estaba confirmando algo y yo… tuve que inventar esa locura sobre nosotros y Elizabeth para confundirlos.
—Naomi, escucha —la voz de Michael se volvió seria pero reconfortante—. Sé cómo funciona Hollywood. En mi… en mi visión de cómo deben ser las cosas, los romances de pantalla venden entradas. La gente quiere creer en la fantasía. Mientras tú y yo sepamos la verdad, pueden decir lo que quieran. De hecho, me ayuda a mantener nuestro secreto a salvo. Eres una actriz increíble, Naomi, y hoy demostraste que también eres una gran estratega.
Naomi sintió un calor dulce en el pecho. —Gracias, Michael. Te extraño horrores. La buena noticia es que ya terminé. Mañana es el último evento programado en Nueva Jersey y luego… soy libre. Se acabó la promoción.
—Perfecto —dijo Michael—. Porque te necesito aquí, ya te extraño. Además, Susan ya tiene los reportes de los datos bien detallados de la taquilla… nos está yendo mejor de lo esperado.
—Mañana por la noche estaré en Los Ángeles —prometió Naomi—. Prepárame algo de comer que no sea de hotel, por favor.
—Hecho. Descansa, Naomi. Te lo has ganado.
Al colgar, Naomi se quedó mirando el techo del hotel. Había sobrevivido a la prensa de Nueva York, había protegido su relación y ahora regresaba a casa convertida en una de las mujeres más deseadas del mundo. Pero para ella, el único aplauso que realmente importaba era el de ese joven director que la esperaba al otro lado del país.
West Hollywood, Los Ángeles – Agosto de 1994
Parker Posey observaba el mundo a través de las cortinas entreabiertas de su apartamento, sintiendo que la ciudad de Los Ángeles le gritaba un nombre que ella intentaba ignorar: Speed. En cada valla publicitaria, en cada parada de autobús y en la portada de cada revista en el quiosco de la esquina, el rostro de Naomi Watts la perseguía.
Sobre su mesa de centro, un ejemplar arrugado de Variety mostraba un titular que Parker ya se sabía de memoria: “Speed rompe la barrera de los 100 millones domésticos en tiempo récord; el fenómeno global alcanza los 241 millones en su primer mes”.
Parker sintió una punzada en el estómago, una mezcla de náusea y arrepentimiento que se había vuelto su compañera constante. Se llevó una mano a la cintura, notando cómo sus jeans le quedaban más holgados de lo normal. En las últimas tres semanas, el hambre había sido sustituida por una ansiedad que le cerraba la garganta. Apenas podía terminar un plato de pasta sin pensar en que ella, y no Naomi, debería estar sentada en el sofá de David Letterman hablando sobre “la química” con Keanu Reeves.
El sonido del timbre rompió el silencio sepulcral de la estancia. Era su agente, Sarah, que entraba sin esperar invitación, cargando un par de bolsas con comida para llevar y un guion bajo el brazo. Al ver a Parker, Sarah se detuvo en seco, dejando escapar un suspiro de preocupación.
—Parker, por el amor de Dios… pareces un espectro —dijo Sarah, dejando las bolsas sobre la encimera—. ¿Has comido algo hoy? ¿O te estás alimentando solo de remordimientos?
Parker se encogió de hombros, hundiéndose más en su sillón. —No tengo hambre, Sarah. El aire de Los Ángeles está lleno de smog y de los gritos de la gente celebrando la película de Michael.
Sarah se acercó y le puso un recipiente con ensalada frente a ella. —Tienes que comer. Estás perdiendo peso demasiado rápido y eso no es bueno para tu imagen, ni para tu salud. Parker, mírame. Tienes que dejar de torturarte. Sí, Speed es un éxito masivo. Sí, Michael Relish resultó ser el maldito Rey Midas. Pero tú tomaste una decisión basada en tu integridad artística. Elegiste Sleep with Me.
Parker soltó una risa seca y amarga. —Integritad artística… ¿Sabes cuánto va a recaudar Sleep with Me cuando se estrene en septiembre? Con suerte, llegará a los cien millones. Michael tiene 227 millones en un mes. Naomi Watts pasó de ser una actriz que nadie podía ubicar a ser “la novia de América”. Ella está en la cima del mundo porque aceptó el riesgo que yo rechacé por miedo a parecer “comercial”.
—No fue miedo, fue criterio —intentó consolarla Sarah, aunque su voz carecía de la convicción habitual—. Eres la reina del cine independiente, Parker. Tienes un estilo que Naomi nunca tendrá.
—El estilo no paga las cuentas de Beverly Hills, Sarah —replicó Parker, levantándose y caminando hacia la ventana—. El estilo no te permite llamar a un banco y pedir 114 millones de dólares para jugar en la bolsa. Michael es un genio, y yo lo traté como si fuera un niño con suerte. Fui una estúpida. Fui arrogante. Pensé que las ideas de Michael no llegarían a nada, aparte de Scream, pero ví corre Lola corre y ahora había un autobús involucrado, y Michael lo convirtió en poesía de acción.
Sarah se mantuvo en silencio por un momento, observando la fragilidad de su cliente. Parker Posey era una de las actrices más talentosas de su generación, pero Hollywood no perdonaba a quienes le daban la espalda a la grandeza cuando esta llamaba a la puerta.
—Escúchame —dijo Sarah con firmeza—. Sleep with Me se estrena en unas semanas. Es una película inteligente, íntima. Quizás no gane más que Speed, pero te mantendrá en el radar de los directores que importan. Eres joven, Parker. Tienes 25 años. Tu carrera no se acaba porque un chico de 22 años haya conquistado el mundo. Habrá otros papeles, otros directores.
Parker miró el guion que Sarah había traído. Lo tomó con desgana. —A veces sueño con el set de Speed. Sueño que estoy ahí, con el volante en las manos, y que Michael me mira a través de la cámara con esa intensidad que tiene… esa forma de hacerte sentir que eres lo más importante del universo en ese segundo. Naomi tiene eso ahora. Ella tiene su atención.
—Michael Relish seguirá haciendo películas —insistió Sarah—. Y tú volverás a estar en su radar si dejas de autodestruirte. Come, recupera tu energía. No puedes ir a las audiciones pareciendo una víctima de la hambruna.
Parker asintió mecánicamente, abriendo el recipiente de comida. El sabor era ceniza en su boca. Sabía que Sarah intentaba ayudar, pero la realidad era ineludible: en la gran partida de ajedrez de 1994, ella había entregado a su reina por un peón, y ahora le tocaba observar desde la distancia cómo el tablero se rendía ante el nuevo rey.
Septiembre estaba a la vuelta de la esquina. El estreno de su película pequeña se sentía como un funeral comparado con la fiesta eterna que rodeaba a Michael Relish. Parker Posey se obligó a masticar, preguntándose si alguna vez volvería a recibir una llamada de esa oficina en Beverly Hills que ahora dictaba las reglas del juego.
Burbank, California – Agosto de 1994
Mientras el sol de agosto caía sobre las estructuras de los estudios de Burbank, el ambiente en los niveles ejecutivos de Walt Disney Studios y Warner Bros. era de todo menos tranquilo. El éxito de Speed había dejado de ser una curiosidad de la industria para convertirse en una herida abierta en el orgullo de los competidores de Fox.
Jeffrey Katzenberg caminaba de un lado a otro en su oficina, con una copia de los reportes de taquilla del fin de semana sobre su escritorio. Disney estaba viviendo un año histórico gracias a El Rey León, que había dominado la taquilla veraniega, pero la irrupción de Michael Relish había cambiado la narrativa. Ya no se hablaba del renacimiento de la animación de Disney; se hablaba del joven director que había reinventado el cine de acción con una fracción del presupuesto que Disney gastaba en sus producciones de acción real.
—Es inaceptable —sentenció Katzenberg, mirando hacia el equipo de Touchstone Pictures, el brazo de Disney para películas de adultos—. Tenemos El Rey León recaudando fortunas, sí, pero Michael Relish nos está robando el “momentum” cultural. Speed ha recaudado 120 millones en EE. UU. en un mes. Nuestra película de acción para este verano, I Love Trouble con Julia Roberts y Nick Nolte, ha sido un desastre comparada con eso. Apenas llegamos a los 30 millones. ¡Julia Roberts ha sido derrotada por una desconocida australiana y un autobús!
Los ejecutivos bajaron la mirada. Disney siempre se había sentido segura en su trono de cine familiar, pero Katzenberg sabía que para dominar Hollywood necesitaban el sector de los adultos jóvenes, ese grupo demográfico que ahora estaba obsesionado con la estética de Michael.
—Necesitamos nuestra propia respuesta a Relish —continuó Katzenberg—. Si el público quiere adrenalina y tensión realista, se la daremos. Quiero que aceleren la producción de Crimson Tide (Marea Roja). Necesitamos que Tony Scott le dé esa intensidad que tiene el chico de Fox. Y quiero que vigilen de cerca lo que está haciendo Michael para 1995. No podemos permitir que Fox se quede con el monopolio de la acción moderna. Si Disney no se moderniza en sus thrillers, nos convertiremos en el estudio de los dibujos animados y nada más.
Katzenberg sabía que para 1995 tenían proyectos como Pocahontas, pero en el fondo le dolía que la película que todo el mundo comentaba en las cenas de Malibú no tuviera el logo del castillo de Disney al principio. La envidia era un motor poderoso en Burbank, y Michael Relish acababa de encender la mecha.
+—————+
A pocos kilómetros de distancia, en los históricos estudios de Warner Bros., la atmósfera era diferente. No había el pánico de Disney, sino un cálculo frío y depredador. Bob Daly y Terry Semel, los copresidentes, compartían un puro mientras analizaban el fenómeno.
—Fox ha tenido suerte con este chico, hay que admitirlo —dijo Daly, expulsando una nube de humo—. Tres películas seguidas: Corre Lola Corre, Scream y ahora Speed. Es una racha que desafía las probabilidades.
—No es suerte, Bob, es visión —corrigió Semel—. El chico entiende el ritmo. Pero Fox es un estudio pequeño en comparación con nuestra infraestructura. Dejemos que Fox le dé sus “juguetes” ahora. Michael Relish es joven, y tarde o temprano, su ambición superará los recursos de Fox. Y ahí es donde entraremos nosotros.
En la pizarra de la sala de juntas de Warner, los planes para 1995 ya estaban grabados en piedra. El proyecto más grande del estudio, Batman Forever, acababa de terminar su rodaje principal bajo la dirección de Joel Schumacher. Warner estaba apostando todo a la estética neón y el regreso del Caballero Oscuro para recuperar el trono de la taquilla.
—¿Qué sabemos de su próximo movimiento? —preguntó Daly.
—Nuestras fuentes dicen que Michael se ha tomado un breve descanso hasta diciembre o enero del próximo año —respondió un asistente—. Ha hecho tres películas casi sin pausa. Pero no se va a quedar quieto mucho tiempo. El rodaje de su próximo proyecto, ya ha registrado dos proyectos, pero se dice que va hacer esa película de la bióloga marina y el tiburón, está programado para estrenarse en 1995.
—Diciembre o enero… —Semel asintió—. Bien. Eso nos da tiempo para que Batman Forever se establezca. Pero escuchen bien: no quiero que se nos escape de nuevo. La próxima vez que Michael Relish busque un proyecto de gran escala, especialmente si decidimos expandir nuestras franquicias de superhéroes o thrillers de alto presupuesto como el guion que tenemos de Heat, quiero que seamos los primeros en su puerta.
Warner Bros. tenía una filosofía: los directores son como estrellas fugaces, pero los estudios son los planetas. Creían que Michael, es ambisioso y no estará mucho tiempo con Fox y Relish Productions, eventualmente buscaría la “maquinaria pesada” de Warner.
—Si Fox quiere jugar a los héroes este año, que lo haga —concluyó Daly—. Pero cuando Michael quiera hacer algo que realmente cambie la historia del cine, algo con el presupuesto de una nación pequeña, sabrá que Warner es el único lugar capaz de dárselo. Mantengan a sus agentes bajo vigilancia. Esta vez, tenemos que ganarle a Fox, a Paramount y a quien se cruce. No soltaremos a Michael cuando llegue el momento de Batman o de algo superior.
+———————–+
El impacto de Michael Relish había creado una división clara en Hollywood. Por un lado, Disney, herida en su orgullo, buscaba imitar su fórmula de tensión y realismo. Por otro, Warner Bros., jugando al largo plazo, esperaba el momento en que el joven director necesitara un lienzo más grande para su arte.
Lo que ninguno de los dos estudios comprendía del todo era que Michael no buscaba unirse a ellos para ser un empleado de lujo. El apalancamiento en la bolsa, los 227 millones de Speed y el control total sobre sus guiones eran parte de un plan para que, en unos años, no fuera Michael quien golpeara la puerta de Warner, sino los propios estudios los que tuvieran que pedirle permiso a Relish Productions para co-distribuir sus películas.
En las oficinas de Fox, los ejecutivos celebraban con champán, ignorando que los gigantes de Burbank ya estaban afilando sus garras. El descanso de Michael en agosto era solo la calma antes de una nueva tormenta que, en enero de 1995, volvería a sacudir los cimientos de la industria con el inicio del rodaje de The Shallows. El juego de tronos de Hollywood había comenzado, y el rey actual solo tenía 21 años.
Tokio, Japón – 15 Agosto de 1994
El resplandor de los carteles de neón de Shinjuku se filtraba a través de los ventanales de la suite de lujo donde Cameron Diaz intentaba recuperar el aliento. La gira de promoción de La Máscara estaba siendo un caos absoluto de flashes, gritos de fans y entrevistas cronometradas. Cameron, que hace apenas unos meses era una modelo con aspiraciones, se encontraba ahora en el centro de un torbellino.
Su agente, parado junto a la mesa donde reposaba un servicio de té intacto, sacó un sobre grueso con el logotipo de Relish Productions.
—Cameron, esto acaba de llegar por mensajería prioritaria desde Los Ángeles —dijo su agente, extendiéndole el guion—. Es de Michael Relish. Se titula The Shallows.
Cameron tomó el libreto, sintiendo el peso del papel. —Ya he hablado con el, había dicho que tenía un proyecto pero pensé que era para ella y Jim juntos de nuevo, pero ¿Viste los números de Speed? Es una locura.
—Por eso mismo —insistió su agente, sentándose frente a ella—. Escúchame bien: ahora mismo eres la chica de moda gracias a Jim Carrey, pero necesitas demostrar que puedes sostener una película por ti misma. Michael Relish tiene el toque de oro. Los jóvenes no solo ven sus películas, las adoran. Este guion es para un papel protagónico absoluto. Prácticamente estarías sola en pantalla el 90% del tiempo. Es un riesgo, pero si sale bien, te pondrá en una categoría donde no necesitarás a un comediante al lado para brillar.
Cameron se recostó en la cama, abriendo la primera página. Durante las siguientes dos horas, el ruido de Tokio desapareció. Se sumergió en la historia de Nancy, la bióloga marina atrapada en una roca, acechada por un gran blanco. Podía sentir la sal en su piel y el miedo en su garganta mientras pasaba las páginas. El guion era tenso, visual y, sobre todo, humano.
—Es bueno… —susurró Cameron, cerrando el guion a la mitad para mirar a su agente—. Es realmente bueno. No es solo una película de monstruos. Es una historia de supervivencia pura.
—Piénsalo mientras terminamos la gira en Londres —dijo su agente—. Pero no tardes mucho. Michael es joven, pero no espera a nadie. Tiene a la industria a sus pies y si tú no dices que sí, habrá una fila de actrices dispuestas a saltar al agua mañana mismo.
Cameron volvió a mirar la portada del guion. Una parte de ella estaba asustada por el desafío físico, pero otra parte, la que la había llevado a dejar el modelaje por el cine, estaba emocionada. Michael Relish tenía una visión y ella quería ser parte de ese cuadro.
—Dile que me gusta —dijo Cameron con una sonrisa decidida—. Dile que terminaré de leerlo en el avión, pero que lo que he visto me tiene muy interesada. Estamos en el mismo canal.
Mientras tanto, a miles de kilómetros, en la paz de su mansión en Beverly Hills, Michael Relish disfrutaba de su primer día de descanso real. Naomi acababa de llegar de Nueva York, dejando las maletas en la entrada y lanzándose a los brazos de Michael con un suspiro de alivio. El olor de la casa y la tranquilidad eran el mejor premio tras semanas de hoteles y cámaras.
Más tarde, mientras Michael revisaba unos bocetos de producción para los efectos especiales del tiburón, encontró a Naomi sentada en la terraza, leyendo una revista de chismes de la industria que circulaba entre los círculos más privados de Hollywood.
—¿Algo interesante en la “prensa del corazón”? —preguntó Michael, acercándose con una sonrisa.
Naomi frunció el ceño, señalando un pequeño párrafo en una sección de rumores anónimos sobre Miramax.
—Dice aquí que las cosas en la oficina de Harvey están… raras —comentó Naomi con un tono de inquietud—. Hay rumores de que ha vuelto a tener ataques de ira. Dicen que su última secretaria renunció hace dos días de forma repentina y que se la vio salir llorando. Hay quien dice que llegó a golpearla, aunque nadie se atreve a poner su nombre en la noticia.
Michael sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con la brisa nocturna. En su vida pasada, conocía perfectamente las historias que quedarían enterradas durante décadas antes del estallido del movimiento Me Too. Harvey Weinstein estaba en la cima de su poder tras el éxito de sus películas independientes, y su impunidad era absoluta.
—Ese hombre es un animal, Naomi —dijo Michael, su voz volviéndose fría y distante—. Lo que dicen las revistas es probablemente solo la punta del iceberg. Renuncian, se van con acuerdos de confidencialidad y el mundo sigue girando como si nada pasara.
—Es horrible —asintió Naomi, dejando la revista a un lado—. Me alegra tanto estar aquí, contigo, y no en un lugar como ese. Relish Productions se siente como un refugio comparado con lo que se oye de otros estudios.
Michael la abrazó, mirando hacia las luces de la ciudad. Sabía que, aunque él estaba cambiando la taquilla y la forma de invertir, había monstruos en Hollywood mucho más peligrosos que el tiburón de su próxima película. Monstruos que se escondían en oficinas lujosas tras premios Oscar.
—Algún día, Naomi —susurró Michael—, este negocio tendrá que cambiar. Pero por ahora, nos aseguraremos de que nuestro set sea el lugar más seguro del mundo.
La noche cayó sobre Los Ángeles. Michael tenía el éxito, tenía el dinero y tenía a la mujer que amaba. Pero mientras cerraba los ojos, sabía que el 1 de enero de 1995 estaba cada vez más cerca, y con él, el inicio de una filmación que definiría si su racha de triunfos podía mantenerse en lo más alto, mientras las sombras de la industria seguían acechando en la periferia.
Restaurante “The Ivy”, West Hollywood – 27 Agosto de 1994
La noche en West Hollywood era vibrante, pero dentro de uno de los reservados más discretos de The Ivy, el ambiente era de una camaradería íntima y relajada. Michael, Naomi y Elizabeth habían decidido salir a cenar, un lujo que ahora requería una logística de espionaje. Michael llevaba una gorra de béisbol oscura y gafas de montura fina; Naomi ocultaba su cabellera rubia bajo una peluca castaña de corte bob y Elizabeth lucía una gabardina elegante con el cuello subido.
—Es extraño —susurró Naomi, probando su copa de vino—. Hace dos meses podíamos caminar por Santa Monica Boulevard sin que nadie nos mirara. Ahora, siento que incluso los camareros intentan leerme el pensamiento.
Michael sonrió, tomando la mano de Naomi por debajo de la mesa. —Es el precio de haberle dado al mundo algo de qué hablar. Pero aquí estamos seguros. Disfrutemos de la comida.
La conversación fluía con naturalidad. Hablaban de los bocetos del tiburón mecánico y de la posible incorporación de Cameron Diaz, hasta que un movimiento en la entrada del reservado captó la atención de Elizabeth.
Parker Posey entró al restaurante acompañada de un conocido productor de cine independiente. Se veía delgada, casi frágil, pero mantenía esa aura de “reina del indie” que la caracterizaba. Al pasar cerca de la mesa del rincón, sus ojos se cruzaron con los de Michael. Parker se detuvo en seco, reconociendo de inmediato a pesar de los disfraces.
—¿Michael? —preguntó Parker, acercándose con una sonrisa que intentaba ser casual pero que denotaba nerviosismo—. ¡Vaya! No esperaba encontrarte aquí. Hola… Naomi, Elizabeth.
Michael levantó la vista. Sus ojos eran fríos, desprovistos de la calidez que solía mostrar cuando se conocieron.
—Hola —respondió Michael con una cortesía distante, casi mecánica—. Disculpa, estamos en medio de una cena privada. Que tengas una buena noche.
Parker parpadeó, desconcertada por la frialdad. Recordó las palabras de Michael meses atrás: “Si no estás en mi barco, no me pidas que te reconozca cuando lleguemos a puerto”. Él hablaba en serio. Para Michael Relish, Parker Posey ya no era una colaboradora potencial; era una extra en el decorado de su vida.
Elizabeth, que nunca había olvidado el desplante de Parker cuando rechazó el papel principal de Speed, no pudo evitar intervenir. Se reclinó en su silla con una elegancia depredadora.
—Vaya, Parker —dijo Elizabeth con una sonrisa afilada—. Qué coincidencia. Estábamos justo hablando de lo bien que le queda el papel de Annie a Naomi. Sabes, Parker, en su momento fuiste la primera en elegir… pero sinceramente, me alegro de que te hayas ido. Nos ahorraste mucho tiempo de discusiones artísticas y nos dejaste más papeles y más gloria para Naomi.
El comentario fue un golpe directo al estómago. Parker sintió que el rostro se le encendía de vergüenza. El silencio en la mesa se volvió pesado.
—Elizabeth, por favor —intervino Naomi con suavidad, ejerciendo de mediadora—. Hola, Parker. ¿Cómo has estado? He oído que tu película, Sleep with Me, se estrena en septiembre. Ojalá te vaya muy bien, de verdad. He oído que es una historia muy íntima.
Parker miró a Naomi. No había malicia en los ojos de la actriz australiana, solo una compasión que dolía casi más que los dardos de Elizabeth.
—Gracias, Naomi —respondió Parker con voz baja—. Sí, se estrena en unas semanas. Yo… bueno, solo quería saludar. Michael, de verdad me alegro por el éxito de Speed. Fue una gran jugada.
Michael solo asintió levemente, volviendo su atención a su plato, ignorando efectivamente la presencia de Parker. Fue la señal definitiva.
Parker se despidió con un gesto torpe y se retiró a su mesa, sintiendo que el aire del restaurante se volvía irrespirable. Elizabeth soltó una pequeña risa triunfal antes de que Michael le lanzara una mirada de advertencia, aunque no del todo molesta.
—No tenías que ser tan dura, Liz —dijo Michael, aunque su tono era neutro.
—Alguien tenía que decirle la verdad —replicó Elizabeth, cruzando los brazos—. En este negocio, la arrogancia se paga con el olvido. Ella pensó que tú eras un niño con el que podía jugar, y ahora tiene que ver desde la acera cómo pasa nuestro desfile.
Naomi suspiró, mirando hacia donde Parker se había sentado. —Me da un poco de pena. Fue su decisión, sí, pero debe ser duro ver estos números de taquilla desde fuera.
—En Hollywood no hay espacio para la pena, Naomi —sentenció Michael, recuperando su tono profesional—. Hay espacio para los que se arriesgan y para los que miran. Ella eligió mirar. Ahora, volvamos a nosotros. Tenemos una película que rodar en enero y una fortuna que proteger.
La cena continuó, pero para Parker Posey, al otro lado del salón, la comida perdió todo su sabor. Había visto de cerca el brillo del poder de Michael Relish, y se dio cuenta de que lo que más dolía no era el éxito de él, sino el hecho de que ella ya no significaba absolutamente nada en su mundo. Michael no la odiaba; simplemente la había borrado del guion.
📝 +——————————–+
Ojalá le guste está historia la verdad es que no sabía que escribir, y como en los anteriores no parecía que les gusta o no había comentarios los dejé y me puse a pensar que sería bueno escribir. Intentaré subir tres capitulo por semana, si les gusta comenten y si no también, igual no soy escritor y siempre quise escribir una historia de regresión, hacer todo lo que no me atrevi en mi vida por miedo al fracaso. Like si te gusta y like si no 😂
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com