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En Hollywood. - Capítulo 31

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Capítulo 31: Capítulo 30

Capítulo 30: El Balance del Verano Sangriento

Los Ángeles – Último dia de agosto de 1994

El aire en los pasillos de los grandes estudios de Hollywood se sentía pesado, cargado con el aroma del café rancio de las reuniones de emergencia y el sudor frío de los ejecutivos que veían cómo sus proyecciones anuales se desmoronaban. Agosto de 1994 estaba llegando a su fin, y con él, se cerraba uno de los capítulos más reveladores en la historia moderna del cine. La temporada estival, tradicionalmente el campo de juego de los veteranos y los presupuestos de cien millones de dólares, había sido secuestrada por un joven de veintiún años que operaba bajo sus propias reglas.

Los informes de cierre de temporada de The Hollywood Reporter y Variety no dejaban lugar a dudas: la industria estaba sufriendo una mutación. Ya no bastaba con poner una cara famosa en un póster; el público había desarrollado un paladar mucho más exigente, buscando una mezcla de adrenalina visceral y autenticidad emocional que Michael Relish había perfeccionado.

En la cúspide de la pirámide, Speed se erigía como el monumento al éxito moderno. Tras un mes y medio en cartelera, la película de Michael Relish había desafiado todas las leyes de la inercia cinematográfica. Mientras la mayoría de los blockbusters sufrían caídas estrepitosas tras su estreno, el “autobús 2525” se mantenía firme con una retención de audiencia asombrosa.

En la historia de este negocio, solemos hablar de “prodigios”. Hablamos de Spielberg a los 26 con Tiburón o de Orson Welles a los 25 con Citizen Kane. Pero lo que Miguel está logrando a los 22 años no es solo un éxito temprano; es una toma de rehenes de la taquilla global.

Hace apenas seis semanas, el estreno de “SPEED” parecía una apuesta arriesgada para la Fox: un director casi adolescente manejando un presupuesto de acción. Hoy, las oficinas de contabilidad están en shock. En apenas un mes y medio, la cinta del autobús ha recaudado la asombrosa cifra de $350 millones de dólares.

Con un cierre doméstico en Estados Unidos de 173.1 millones de dólares y una explosión internacional de 182 millones, el total global de 353.1 millones en solo mes y medio posicionaba a Michael no solo como un director rentable, sino como un estratega capaz de conectar con diversas culturas de forma simultánea. El éxito internacional, que superaba al nacional por diez millones, confirmaba la teoría de Michael: la acción visualmente impecable y la tensión universal no necesitan traducción.

Lo que hace a Miguel un “espécimen” único en Hollywood es su versatilidad quirúrgica. En 1993, nos dio “SCREAM”, revitalizando un género muerto (el slasher) y llevándolo a los $250 millones. Entre medias, se permitió un capricho artístico con la alemana “CORRE LOLA, CORRE”, donde convirtió medio millón de dólares en $40 millones y un estatus de culto instantáneo.

Miguel no solo dirige películas; dirige la cultura popular. Si sumamos sus tres últimos proyectos, este joven ha generado más de $600 millones de dólares en menos de 12 meses. Para ponerlo en perspectiva: ha generado más ingresos brutos que el PIB de algunas naciones pequeñas, y aún no tiene edad suficiente para alquilar un coche en algunas agencias de Los Ángeles sin un recargo por ser menor de 25 años.

El éxito de Speed ha tenido un efecto colateral fascinante. Mientras que veteranos como Schwarzenegger han tenido que luchar por cada dólar este verano, Miguel parece navegar en aguas tranquilas. Su capacidad para manejar la prensa (y para calmar a fieras como Arnold en privado) sugiere una madurez política que iguala su talento técnico.

La pregunta en Hollywood ya no es si Miguel es real, sino: ¿Qué sigue? Con Jim Carrey y Cameron Diaz pidiendo a gritos trabajar con él, y los estudios ofreciéndole cheques en blanco, el joven director tiene el mundo a sus pies.

Sin embargo, el fenómeno no se limitaba a la recaudación. El verano de 1994 fue el año en que nacieron dos mitos modernos. En las calles de Los Ángeles, Nueva York y Chicago, el debate juvenil no era sobre política o deportes; era sobre Naomi Watts y Cameron Diaz.

Por un lado, Naomi, tras el éxito de Speed, se había convertido en la personificación de la “heroína de al lado”. Las jóvenes de Estados Unidos imitaban su corte de pelo y su estilo natural, viendo en ella una mezcla de fortaleza y vulnerabilidad que resultaba magnética. Por otro lado, Cameron Diaz irrumpía con la fuerza de un huracán gracias a La Máscara. Su sonrisa deslumbrante y su energía vibrante la convertían en el ideal de glamour de los noventa. Ambas actrices, representadas por el aura de “chicas del momento”, eran el objetivo principal de todas las agencias de marketing del país.

Arnold cierra la revista Variety y se la pasa a Lou.

—Arnold: “El Niño de Oro”, Lou. Así es como lo llaman ahora.

—Lou: Se lo ha ganado, Arnold. 600 millones acumulados con tres películas de géneros totalmente distintos… eso no es suerte. Es un sistema.

Arnold enciende un puro, mirando la foto de Miguel en la portada.

—Arnold: Me alegra que no le rompiera la cara en aquel garaje.

+—————————+

El despacho de los Weinstein parecía una zona de guerra. Harvey estaba fuera de control, no solo por el éxito ajeno, sino por la incompetencia que percibía a su alrededor.

— ¡¿Y dónde está mi café?! —rugió Harvey, mirando hacia la puerta.

— La nueva todavía no llega, Harvey —dijo Bob suspirando—. Despediste a la anterior porque no pudo conseguirte el número privado de Miguel en menos de cinco minutos. El departamento de recursos humanos está buscando a alguien con “piel de rinoceronte” para el puesto, pero nadie quiere el cargo.

Harvey gruñó, sentándose pesadamente. La ausencia de una secretaria eficiente solo alimentaba su paranoia. Sentía que el mundo se movía más rápido que él, y Miguel era el motor de esa velocidad.

Bob deslizó una carpeta azul sobre el escritorio, tratando de desviar la atención de su hermano hacia la inteligencia que habían recolectado.

— Olvida a la secretaria por un momento, Harvey. Esto es lo que importa. Mis fuentes en la CAA (Creative Artists Agency) dicen que Miguel no está descansando. El chico ya terminó dos guiones originales.

Harvey abrió los ojos, interesado.

— ¿Dos? ¿De qué tratan?

— Son un secreto absoluto —respondió Bob—. Los tiene bajo llave en su propia productora. Pero el rumor en la industria es que uno de ellos es una película de tiburón y la otra es de autor. La Fox y MGM están peleándose por los derechos de distribución. La intención de Miguel es comenzar la producción en enero de 1995, para tener un estreno masivo ese mismo año.

Harvey golpeó la mesa, pero esta vez con un ritmo calculado.

— Quiere repetir el truco de Speed. Rodar rápido, editar rápido y golpear la taquilla mientras su nombre sigue caliente. Si empieza en enero, para el verano o el otoño de 1995 tendrá otra bomba de 200 millones en los cines. ¡Y nosotros no tenemos nada en el contrato!

— El chico es una máquina, Harvey —continuó Bob—. Escribió Scream en un fin de semana largo y mira lo que pasó. Si esos dos guiones son la mitad de buenos, 1995 será otro año donde estaremos recogiendo sus migas si no nos movemos ya. Todavía no se sabe cuál de los dos elegirá para enero, pero el que sea, va a atraer a todos los actores de la lista A.

Harvey se levantó y caminó hacia la ventana, mirando hacia el skyline de Nueva York. Le dolía el estómago de pensar que Miguel tenía dos balas de plata listas para disparar y ninguna tenía el sello de Miramax.

— Tenemos que interceptar esos guiones, Bob. No me importa si tenemos que sobornar al servicio de mensajería o a la nueva secretaria que contrate él. Si Miguel empieza a rodar en enero sin nosotros, nos va a dejar fuera del juego de los 90.

Se giró, con los ojos inyectados en sangre.

Olvida lo de interceptar los guiones, Harvey—dijo Bob, con una calma—. Si robamos el guion, solo lo convertimos en un mártir o le damos publicidad gratuita.

Harvey se inclinó sobre la mesa, señalando un calendario de 1995.

— Averigua la fecha exacta. No me importa si tienes que acostarte con alguien en el departamento de postproducción de la Fox o sobornar a los que imprimen las cintas. Necesito saber qué viernes de 1995 tiene Miguel marcado en rojo para su estreno de enero.

Bob lo miró con curiosidad.

— ¿Para qué, Harvey?

— Para ponerle una muralla enfrente —respondió Harvey con voz siseante—. Yo soy el Rey de Hollywood. He construido este imperio desde la nada, descubriendo talentos mientras ese niño todavía estaba en pañales. No voy a permitir que un mocoso de 22 años me vuelva a dejar en ridículo en los periódicos. Cuando sepamos su fecha, buscaremos en nuestro catálogo o compraremos la película más potente que encontremos en Sundance o en Toronto. Vamos a lanzar nuestro mejor caballo de batalla el mismo maldito día.

Harvey golpeó el calendario con el puño.

— Quiero una guerra de taquilla. Quiero que los críticos tengan que elegir, que los cines tengan que elegir. Si el Niño de Oro quiere estrenar en 1995, se va a encontrar con que Harvey Weinstein ha movido cielo y tierra para que su película sea la segunda opción. No voy a perder de nuevo con un niño. No en mi terreno.

En ese momento, Harvey miró hacia la puerta exterior de su despacho y su rostro volvió a oscurecerse.

— ¡¿Y la secretaria?! —gritó de nuevo—. ¡Llevo tres horas sin nadie que me filtre las llamadas!

— Ya te lo dije, Harvey, es difícil encontrar a alguien que aguante tu ritmo después de que la última saliera llorando —respondió Bob con un suspiro—. Estamos en ello. Pero Michael… él ya ha contratado a una nueva. Dicen que es joven, brillante y que le organiza la vida de forma militar. El chico se está blindando.

Harvey gruñó, aplastando el puro en el cenicero.

Julio y agosto fueron meses de una competencia feroz. Michael no tuvo un camino despejado; tuvo que pelear contra gigantes que, en cualquier otro año, habrían aplastado a cualquier competidor:

Forrest Gump (Paramount): Estrenada a principios de julio, la odisea de Tom Hanks se convirtió en el “gigante silencioso”. Aunque no competía directamente por el mismo público de acción, Forrest Gump acaparaba las salas premium. Sin embargo, Speed logró algo que parecía imposible: robarle las sesiones nocturnas del público joven que prefería la velocidad a la nostalgia. Mientras Hanks ganaba corazones, Keanu y Naomi ganaban la adrenalina del sábado por la noche.

True Lies (20th Century Fox): La gran apuesta de James Cameron y Arnold Schwarzenegger fue la verdadera prueba de fuego para Michael. Fox se encontraba en la extraña posición de tener dos éxitos masivos peleando entre sí. Aunque True Lies recaudaba cifras espectaculares, la prensa especializada no dejaba de comparar el estilo “clásico y explosivo” de Cameron con el estilo “moderno, tenso y minimalista” de Relish. La conclusión de muchos críticos fue devastadora para el veterano: Michael Relish hacía que el cine de acción tradicional pareciera ruidoso y anticuado.

The Lion King (Disney): El monarca de la animación seguía su curso histórico, pero Disney empezó a notar una tendencia alarmante a finales de agosto. El público de entre 15 y 25 años, que usualmente repetía visionados de las joyas de Disney, este año estaba gastando su dinero en ver Speed por segunda o tercera vez. La “fiebre del autobús” estaba canibalizando la lealtad hacia la marca Disney en el sector joven.

Para Disney y Miramax, el verano de 1994 fue una lección dolorosa en humildad y estrategia.

Disney, operando a través de Touchstone Pictures, sufrió uno de los fracasos más comentados de la década con I Love Trouble. Con un presupuesto inflado y la presencia de Julia Roberts —la actriz mejor pagada del mundo en ese momento— y Nick Nolte, la película fue recibida con un bostezo monumental. Recaudar apenas 30 millones frente a una inversión masiva dejó a Jeffrey Katzenberg en una posición vulnerable. Disney se dio cuenta de que su fórmula de “estrellas consagradas en comedias románticas genéricas” estaba muerta frente al cine de concepto alto y caras frescas que Michael Relish estaba promoviendo. El fracaso fue tal que se dice que en los pasillos de Burbank se prohibió mencionar el nombre de Michael para evitar los ataques de ira de los ejecutivos.

Por su parte, Miramax y los hermanos Weinstein experimentaron un estancamiento peligroso. Mientras intentaban posicionarse como los “rebeldes inteligentes” de la industria, el éxito de Michael demostró que se podía ser inteligente, artístico y comercial al mismo tiempo. Las películas de Miramax de ese verano se sintieron pequeñas, pretenciosas y, lo peor de todo en Hollywood, irrelevantes.

A esto se sumaba la atmósfera tóxica que empezaba a filtrarse desde las oficinas de Tribeca y Nueva York. Los rumores sobre los ataques de furia de Harvey Weinstein y el trato humillante a sus empleados empezaban a ser el “secreto a voces” que manchaba la reputación del estudio. Comparado con el ambiente profesional y el éxito orgánico de Relish Productions, Miramax empezaba a parecer un imperio construido sobre el miedo y la manipulación, algo que el público joven, con su nueva sensibilidad, empezaba a rechazar inconscientemente.

Al cerrar agosto, el balance era definitivo. Hollywood ya no era el mismo que en mayo. Michael Relish había demostrado una vez más que era un director de 22 años podía manejar presupuestos de forma más eficiente que Disney, atraer más público joven que Warner y generar más respeto crítico que Miramax.

La dualidad entre Naomi Watts y Cameron Diaz marcaba el inicio de una nueva era de estrellas que no dependían del sistema antiguo. Mientras Michael descansaba en su casa junto a Naomi, leyendo los informes de taquilla y las propuestas de nuevos guiones, el resto de la industria se preparaba para un septiembre de introspección y miedo.

El “Verano Sangriento” terminaba con Michael Relish como el último hombre en pie. Con la invitación de Cameron Diaz sobre la mesa para The Shallows y su posición financiera en la bolsa disparándose hacia las nubes, el joven director estaba listo para dejar de ser una promesa y convertirse en el arquitecto del Hollywood del siglo XXI. El descanso de agosto era solo la pausa dramática antes de que, en enero de 1995, el mundo conociera el verdadero significado del terror bajo el agua.

Beverly Hills, California – 1 Septiembre de 1994

En el número 9830 de Wilshire Boulevard, el edificio de la Creative Artists Agency (CAA) se alzaba como un monolito de cristal y mármol diseñado por I.M. Pei. En 1994, entrar en ese edificio no era simplemente ir a una oficina; era entrar en la catedral del poder de Hollywood. Dentro, el aire estaba filtrado, los suelos estaban impecables y el silencio era absoluto, roto solo por el susurro de los agentes que vestían trajes de Armani de tres mil dólares.

En la oficina principal, rodeado por obras de arte de Lichtenstein y una vista panorámica de Beverly Hills, Michael Ovitz, el hombre más poderoso de la industria, revisaba un informe de color gris. Frente a él estaban sentados sus “Young Turks”, los agentes más agresivos de la nueva generación.

—Explíquenme de nuevo —dijo Ovitz con esa voz pausada y gélida que hacía temblar a los presidentes de los estudios— cómo es posible que el director que ha generado 227 millones de dólares en un mes siga colgando el teléfono a nuestras secretarias y manteniéndose sin agente.

—Michael, es complicado —respondió uno de los agentes, ajustándose la corbata—. Michael Relish no es el típico director joven que busca una fiesta y un coche deportivo. Está blindado con su propia productora, específicamente por Susan que ella hace la mayoría de trabajo utilizando cualquier agencia, por lo cual le ha dado una libertad creativa que nosotros solemos reservar solo para Spielberg o Coppola.

Ovitz dejó el informe sobre la mesa.

—En este negocio, “complicado” es solo una palabra que usan los mediocres para justificar un fracaso —sentenció Ovitz—. Michael Relish tiene 22 años. Controla su propia productora, tiene a Naomi Watts bajo contrato personal, está en convenciones con Cameron Diaz y, según los rumores que llegan de Wall Street, está moviendo capitales que harían palidecer a un fondo de inversión de Nueva York. No quiero que sea un “cliente”. Quiero que sea un activo de CAA.

Ovitz se levantó y caminó hacia el ventanal. Para él, Hollywood era un tablero de ajedrez, y Michael Relish era la reina que le faltaba para darle el jaque mate definitivo a cualquier agencia.

—WMA está muy callada —continuó Ovitz—. Nosotros tenemos que ofrecerle el futuro. Tenemos que atacar por tres frentes. Primero: el empaquetado. Relish quiere hacer The Shallows. El está buscando actores, pero nosotros tenemos a los actores. Quiero una lista de cada cliente de CAA que pueda encajar en sus próximos tres proyectos. Si él necesita un actor, un director de fotografía o un compositor, debe saber que la mejor opción está aquí.

—¿Y el segundo frente? —preguntó otro agente.

—El dinero —respondió Ovitz—. Relish está jugando en la bolsa. Averigüen quién es su corredor. Si es alguien conocido, busquen una conexión. No queremos robarle sus acciones, queremos ofrecerle una estructura financiera que el no puede ni soñar. Queremos ofrecerle tratos de co-financiación con bancos japoneses. Si quiere ser un magnate, mostrémonos como los únicos que saben hablar el lenguaje de los magnates.

—¿Y el tercero? —preguntó el agente más joven.

Ovitz se giró, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos. —El tercer frente es el ego. A los 22 años, todos quieren ser validados. Invitaremos a Michael a una cena privada. Nada de agentes junior, nada de salas de reuniones. Una cena en mi casa. Solo él, yo y quizás Dustin Hoffman o Bill Murray. Tenemos que hacerlo sentir que cualquier agencia que no sea CAA, es secundaria.

—Hay un problema, Michael —intervino el jefe del departamento cinematográfico—. Relish tiene una lealtad inusual hacia su círculo cercano. Susan Davies controla sus finanzas, Elizabeth Banks de vez en cuando maneja la productora con los profesionales de la empresa. Relish no es alguien que se deje deslumbrar por los nombres famosos. Él mismo es el nombre más famoso ahora.

Ovitz apretó la mandíbula. En 1994, la CAA no aceptaba un “no” por respuesta. Su técnica de “empaquetado” (packaging) —donde la agencia proporcionaba el guion, el director y los actores de una sola vez— había dominado la década. Pero Michael Relish estaba haciendo su propio empaquetado a través de Relish Productions. Estaba saltándose el sistema de peaje de Ovitz.

—Entonces encontraremos la grieta —dijo Ovitz—. Si no podemos atraerlo por la ambición, lo atraeremos por la necesidad. Vigilen el rodaje de The Shallows. Es una película difícil, en el agua, con efectos complejos. En el momento en que algo salga mal, en el momento en que Fox no les pague su dinero, quiero estar ahí con un cheque y una solución que nos dará la oportunidad.

La reunión terminó con una orden clara: infiltrarse en el círculo de Michael Relish. La CAA estaba dispuesta a gastar lo que fuera necesario para fichar al nuevo director ‘la manos de midas’. Para Ovitz, Michael no era solo un director; era el símbolo de una nueva era. Si Michael Relish seguía operando fuera del control de la CAA, el modelo de negocio de Ovitz corría peligro. Otros directores jóvenes podrían seguir su ejemplo y empezar a producir sus propias películas, rompiendo el monopolio de las agencias.

—Recuerden —concluyó Ovitz antes de que salieran—, Michael Relish piensa que es un jugador independiente. Nuestra misión es recordarle que en Hollywood, nadie es independiente si no tiene la bendición de este edificio. Quiero una reunión con él para finales de mes. Y no quiero excusas.

Mientras los agentes salían a toda prisa para empezar las llamadas, Ovitz se quedó solo en su oficina, mirando el informe de taquilla de Speed. Sabía que estaba ante un oponente diferente. Michael Relish no era un artista ingenuo; era un estratega que parecía conocer los movimientos de la industria antes de que ocurrieran. Lo que Ovitz no sabía es que Michael, en su vida pasada, ya había estudiado el ascenso y la caída de la CAA, y que estaba más que preparado para el asalto que se avecinaba.

Polo Lounge, Hotel Beverly Hills – 2 Septiembre de 1994

El Polo Lounge era el epicentro del poder en Hollywood, un lugar donde el tintineo de los cubiertos de plata era superado por el susurro de contratos multimillonarios. Michael Relish se sentó en un reservado de cuero verde frente a Richard Lovett, uno de los “Jóvenes Turcos” de la CAA. Lovett no estaba allí para adular a Michael; estaba allí para reclutarlo para la “Estrella de la Muerte”, la agencia que bajo el mando de Michael Ovitz controlaba el destino de la industria.

Lovett colocó una carpeta de cuero negro sobre la mesa. No contenía un guion, sino un plan de vida.

—Michael, se sabe que no tienes agente —comenzó Lovett—. Pero nosotros no queremos que seas un pez. Queremos que seas el dueño del océano. Michael Ovitz ha diseñado esto pensando en cómo opera Relish Productions. No queremos cambiar tu forma de trabajar; queremos darle esteroides.

Michael tomó la carpeta y comenzó a leer despacio. Como alguien que conocía la historia del cine, sabía que la CAA había revolucionado el negocio con el packaging, pero esta oferta tenía términos específicos para un director-productor de su calibre.

Reducción de Comisión al 8% (Performance Based): A diferencia del 10% estándar que Michael pagaba en ICM, la CAA ofrecía reducir su comisión personal al 2%. ¿Cómo compensaban el resto? A través de una Cuota de Empaquetado (Packaging Fee) del 3% del presupuesto total de la película que la agencia cobraría directamente a 20th Century Fox. Era una jugada maestra: Michael ahorraba dinero de su bolsillo y la agencia ganaba mucho más extrayendo fondos directamente del estudio.

Fondo de Adquisición Prioritaria: La CAA pondría a disposición de Michael un equipo de diez analistas dedicados exclusivamente a buscar propiedades intelectuales (libros, artículos, guiones europeos) antes de que llegaran al mercado abierto. Michael tendría la “primera opción” sobre cualquier material que entrara en la agencia.

Línea de Crédito con Capital Japonés: Aprovechando las conexiones de Ovitz con Sony y Matsushita, el contrato incluía una carta de intención para un fondo de 40 millones de dólares destinado a la preproducción de proyectos de Relish Productions. Esto permitiría a Michael construir sets y contratar equipo técnico meses antes de que el estudio soltara el primer dólar.

La Conversación: El Ojo Clínico de Michael

Michael escuchaba mientras sus dedos tamborileaban rítmicamente sobre el contrato. Lovett lo observaba, intentando descifrar qué pasaba por la mente del chico que había puesto a un autobús a volar sobre una autopista.

—Richard, la estructura de la comisión del 8% es tentadora —dijo Michael finalmente—. Pero hablemos del elefante en la habitación: el empaquetado. Si acepto este contrato, la CAA esperará que cada actor, cada director de fotografía y cada editor de mis películas sea un cliente de esta agencia.

Lovett sonrió con una franqueza corporativa. —Es la forma más eficiente de trabajar, Michael. Si todos están bajo el mismo techo, no hay conflictos de agenda, no hay guerras de egos entre agencias. Creamos una máquina perfecta.

—Ese es el problema —replicó Michael, entrecerrando los ojos—. Una máquina perfecta produce resultados predecibles. Para The Shallows, ya tengo estoy cerrando con Cameron Diaz. Si acepto este paquete, ¿me van a presionar para que el papel del padre de la protagonista sea para un actor veterano de su lista que necesita un cheque, solo para que la agencia cobre otra cuota?

Lovett guardó silencio un segundo. No esperaba que un joven de 212años entendiera tan bien las tripas del negocio del empaquetado.

—Michael, solo nos interesa la excelencia —respondió Lovett—. Si tú dices que no a un actor, es no. Pero piénsalo: con nosotros, podrías haber tenido a un actor de primer nivel para el papel de Jeff Daniels en Speed por la mitad de esfuerzo que te costó negociar con su agente externo.

Michael pensaba en las películas que recordaba de su futuro. Sabía que muchas producciones de la CAA de finales de los 90 se sentían “procesadas”, carentes de alma porque el reparto se decidía en oficinas de agentes y no en salas de casting. Sin embargo, el acceso al capital japonés y la reducción de su comisión personal eran herramientas poderosas para hacer crecer su fortuna en la bolsa.

—Me gusta la cláusula de adquisición prioritaria —admitió Michael—. Me interesa el fondo de 40 millones. Me permitiría empezar a rodar The Shallows antes de tiempo con una infraestructura de efectos especiales que tengo pensado.

—Podemos tener ese dinero en tu cuenta de producción en diez días —aseguró Lovett, inclinándose hacia adelante—. Michael, Jeff Berg es un gran agente, pero es un hombre del pasado. Ovitz es el presente. Únete a nosotros y no tendrás que volver a preocuparte por un presupuesto en tu vida.

Michael cerró la carpeta. El contrato era, objetivamente, una obra de arte de la ingeniería financiera de Hollywood. Le permitía retener más dinero personal, tener más capital de trabajo y acceder a los mejores guiones del mundo. Pero el precio era entrar en una estructura donde él sería una pieza —la más brillante, pero una pieza al fin— de la maquinaria de Ovitz.

—Es una oferta sólida, Richard. Muy sólida —concluyó Michael—. Pero mi productora se basa en la independencia absoluta. Necesito una garantía por escrito de que el empaquetado de actores será opcional y no vinculante para que Relish Productions mantenga su estatus de “entidad creativa autónoma”.

Lovett asintió, tomando nota. —Lo consultaré con Ovitz. Pero creo que podemos llegar a un acuerdo. Él te quiere en el equipo, Michael. Dice que eres el único que entiende el negocio tan bien como él.

Mientras Michael salía del Polo Lounge, sentía la presión de la industria sobre sus hombros. La CAA no aceptaba un “no” fácilmente, y el contrato era tan bueno que rechazarlo parecería una estupidez financiera. Sin embargo, Michael sabía algo que Lovett no: la CAA, tal como existía en 1994, no duraría para siempre. Su objetivo era usar el poder de la agencia sin dejarse atrapar por ella. La partida de ajedrez apenas estaba comenzando.

Beverly Hills, Mansión de Michael – 3 de Septiembre de 1994

Michael se encontraba en su estudio, rodeado de informes financieros y el contrato de cuero negro de la CAA sobre su escritorio. El silencio de la tarde solo era interrumpido por el leve zumbido del aire acondicionado. Su mente era una calculadora en constante funcionamiento. Sabía que la CAA era una mediadora implacable, experta en adquirir productoras y expandir imperios; con ellos, Relish Productions podría convertirse en un gigante en meses. El acceso a los fondos japoneses y la infraestructura de Ovitz eran herramientas de inversión que cualquier estratega desearía.

“Se trata de eficiencia”, pensó Michael, frotándose las sienes. “Con la CAA, guardaría más capital neto para mis inversiones en tecnología. Pero, ¿a qué precio?”.

De repente, el timbre de la entrada principal rompió su flujo de pensamiento. Naomi estaba fuera con unas amigas, así que Michael mismo caminó hacia la puerta. Al abrirla, se encontró con un agente, era de WMA. Se presentó como Dylan Anson no lucía como el tiburón agresivo; se veía cansado, con el nudo de la corbata flojo y un sobre de manila apretado contra el pecho como si viniera corriendo a intentar contratarme parece que era un novato.

—Joven Michael, ¿tienes un momento? —preguntó Ryan. Su voz tenía un rastro de urgencia que no pudo ocultar.

—Pasa, señor Dylan. Estaba justo pensando sobre lo de agente —respondió Michael, haciéndose a un lado.

Se sentaron en la sala de estar. Dylan dejó el sobre sobre la mesa de café, pero no lo abrió de inmediato. Se quedó mirando a Michael por un momento, con una sinceridad que rara vez se ve en los códigos postales de Beverly Hills.

—Sé que estuviste en el Polo Lounge con Richard Lovett —comenzó Dylan sin rodeos—. Sé lo que la CAA pone sobre la mesa. Dinero, empaquetado, poder corporativo. Michael, ellos te ven como el activo más brillante de su portafolio. Te ven como un número que elevará sus acciones y sus cuotas de mercado.

Michael asintió lentamente. —Me ofrecen una estructura que me permitiría invertir más y preocuparme menos por la burocracia, Dylan.

—Lo sé —interrumpió, abriendo finalmente el sobre—. Pero en la WMA no te vemos como un activo. Te vemos como el futuro de esta industria. Jeff Berg y yo hemos pasado la última noche en vela discutiendo esto. No queremos que vallas a ninguna otra agencia, no solo por el dinero, sino porque creemos en tu visión de manera personal.

Dylan extendió el documento. Era un contrato de renovación por un año, una apuesta a a corto plazo para ver si te gusta estar con la agencia que superaba con creces el acuerdo inicial de un año que cualquier novato o alguien conocido para su primer contrato con WMA.

—Hemos bajado tu comisión al 5% —dijo Dylan con firmeza—. Es el punto más bajo que hemos dado a cualquier director en la historia de esta agencia. Pero hay más: te damos autonomía total documentada. WMA no te obligará a aceptar ningún actor de nuestra lista. No habrá cuotas de empaquetado ocultas que inflen tus presupuestos. Seguiremos siendo tu escudo para que tú sigas siendo el artista.

Michael revisó el documento. El 5% era un gesto agresivo; significaba que WMA estaba dispuesta a ganar menos para tenerlo cerca. Pero lo que realmente le impactó fue la duración: un año. En el Hollywood de los 90, un solo año eran un contrato para jóvenes actores desconocidos para que puedan resindir. WMA estaba diciendo que confiaban en que Michael sería el director dominante no solo de 1994, sino de toda la futura década.

Michael recordó su vida pasada. Recordó cómo la CAA de Ovitz eventualmente se fragmentó por su propia arrogancia. Recordó que la lealtad en Hollywood era un recurso más escaso que el petróleo. Dylan se nota que es un agente junior que espera tener más trabajo, Michael no pierde nada con tener un agente, puede ayudar mejor a Susan igual será un año si no va bien lo despide.

—Sabes que con la CAA podría comprar tres productoras antes de Navidad, ¿verdad? —preguntó Michael, aunque ya tenía la respuesta en su mente.

—Y con nosotros, serás el dueño de tu propia voz —respondió Dylan—. Michael, no somos una corporación que quiere absorberte. Somos tu equipo. Tu tienes la voz.

Michael tomó un bolígrafo de la mesa de centro. Sin más preámbulos, firmó el contrato de un año. La sensación de alivio en el rostro de Dylan fue casi palpable; era como si le hubieran devuelto el oxígeno.

—Gracias, joven Michael. No te arrepentirás —dijo Dylan, guardando el documento como si fuera un tesoro sagrado.

Michael se levantó y caminó hacia el ventanal, mirando hacia la piscina. —Dylan, hazme un favor. Llama a Susan y conversa con ella para que llames a la prensa. Haz un comunicado oficial de Relish Productions. “Michael Relish firma un contrato con WMA”. Deja claro que estoy feliz donde yo quiero estar. No quiero más llamadas de Lovett o de Ovitz. Estoy de vacaciones y quiero que mi teléfono deje de sonar por temas de agencias.

—Me encargo de eso de inmediato —respondió Dylan, ya sacando su propio celular—. Para mañana, todo Hollywood sabrá que Michael Relish no está a la venta.

Cuando Ryan se marchó, Michael sintió un peso menos sobre sus hombros. Había rechazado la “Estrella de la Muerte” y había elegido a su equipo original. Sabía que la CAA no se quedaría contenta, pero con el contrato de un año firmado y el apoyo total de WMA, Michael tenía la estabilidad legal necesaria para enfocarse en lo único que importaba ahora: The Shallows y la inmensa fortuna que seguía acumulando en la bolsa. Las vacaciones podían finalmente continuar, al menos hasta que el tiburón de enero llamara a su puerta.

📝 +——————————–+

Por el día de reyes.

Ojalá le guste está historia la verdad es que no sabía que escribir, y como en los anteriores no parecía que les gusta o no había comentarios los dejé y me puse a pensar que sería bueno escribir. Intentaré subir tres capitulo por semana, si les gusta comenten y si no también, igual no soy escritor y siempre quise escribir una historia de regresión, hacer todo lo que no me atrevi en mi vida por miedo al fracaso. Like si te gusta y like si no 😂

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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