En Hollywood. - Capítulo 34
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Capítulo 34: Capítulo 33
Capítulo 33: El Pulso de los Gigantes y la Ingeniería del Miedo
Century City y Beverly Hills, California – 12 de Octubre de 1994
El éxito de Speed había dejado de ser una simple noticia de entretenimiento para convertirse en un fenómeno financiero sin precedentes. Al cierre de sus funciones principales el 12 de octubre, las cifras finales en la sede de 20th Century Fox eran un monumento a la nueva era del cine: $221 millones en la taquilla doméstica (EE.UU.) y $283 millones en el mercado internacional. Un total global de $504 millones.
Sin embargo, el verdadero pánico en el departamento contable de Fox no era la cifra en sí, sino el contrato que Michael Relish había blindado antes de rodar. Michael no era un director a sueldo; era, por contrato, el dueño de una parte masiva de la película.
En la planta noble de Fox, Peter Chernin observaba el desglose financiero con una expresión de incredulidad. El contrato de Michael era una obra maestra de la negociación agresiva: un 5% de la recaudación bruta desde el primer dólar (First Dollar Gross) y un 50% de los beneficios netos.
—Señores, el chico nos tiene contra la pared —informó el jefe financiero—. Solo por el 5% del bruto global, le debemos $25.2 millones inmediatamente. Pero el problema real es el beneficio neto. Tras descontar el marketing y la distribución, la película ha generado un beneficio de casi $260 millones. Michael tiene derecho a la mitad de eso más el presupuesto de la película.
—Eso significa que el total que debemos pagarle asciende a casi $180 millones de dólares —dijo un ejecutivo, con la cara pálida—. Si le entregamos ese dinero, Relish Productions se convierte instantáneamente en el estudio independiente más rico de la década.
Chernin golpeó la mesa. —No se los daremos todos de golpe. Vamos a jugar sucio. Le enviaremos un cheque de $75 millones hoy mismo. Le diremos que es el pago total de su participación bruta y un adelanto de la nacional. Los otros $105 millones restantes los meteremos en una “auditoría de rendición de cuentas internacional” que durará meses.
—¿Y si se queja?
—Le lanzaremos la oferta de compra de $700 millones por su productora. El mensaje es claro: “Michael, puedes esperar dos años a que te paguemos el resto de Speed peleando en los tribunales, o puedes aceptar 700 millones hoy y olvidarte de todo”. Queremos que se sienta presionado para financiar su película de tiburones.
Elena una productora responde —¿El 40%? Chernin, el contrato es claro y entregaron todo a tiempo. Si no les pagamos lo acordado, se van a ir a la competencia en cuanto termine la semana.
Chernin la quedó viendo y dice —Que se quejen si quieren. Tenemos otras prioridades ahora mismo.
Elena— No es solo que se quejen. ¿No aprendimos nada de la historia? Si los asfixiamos financieramente, nos va a pasar exactamente lo mismo que le pasó a MGM. Perderemos el talento, la creatividad de Michael, el nos pondrán en una lista negra y terminaremos como MGM con una posible secuela y nada mas. Págalos, o los perderemos para siempre.
Chernin Sonríe ligeramente— Es que no entiendes el juego, Elena. No es que no les queramos pagar nunca. La estrategia es no pagarles completo ahora.
Elena— ¿Y eso qué soluciona? Solo nos hace ver como morosos.
Chernin— Al contrario. Si los dejamos cortos de flujo de caja, su valoración en el mercado va a bajar. Mi plan es comprar la productora completa antes que Disney o Warner. Una vez que sean nuestros, bajo nuestra estructura, ahí es donde les pagaremos todo lo pendiente como parte del bono de adquisición.
Elena— Estás jugando con fuego. Estás forzando una venta creando una crisis de deuda.
Julián— Es la única forma de asegurar que no se lleven su siguiente éxito a otra parte. Si son dueños de su destino, son un peligro; si son nuestros, son una mina de oro.
+————————-+
Ajeno a la conspiración en Fox, Michael se encontraba en una oficina privada en el distrito financiero de Los Ángeles. Su gestor de inversiones le mostraba el estado de sus posiciones apalancadas en el NASDAQ 100 y el S&P 500.
—Señor Relish, su capital está creciendo a un ritmo exponencial —dijo el encargado—. Al estar apalancado, cada punto que sube el mercado tecnológico se traduce en millones para usted. Sus inversiones desde julio han sido un éxito total. Si no cerramos las posiciones hasta septiembre de 1995, como usted pidió, su fortuna personal será incalculable.
Michael miró los gráficos. Sabía que Fox intentaría retener su dinero. —No toques nada. Fox va a enviarme un cheque sustancial, aunque intentarán quedarse con la mayor parte para forzarme a vender. No necesito liquidar mis inversiones para pagar mis películas. Tengo suficiente con lo que ellos mismos me han generado.
Al regresar a Beverly Hills, Michael encontró a Susan Davies con el reporte de la transferencia de Fox.
—Michael, han llegado $75 millones —dijo Susan, entregándole el documento—. Dicen que el resto, casi 105 millones más según nuestros cálculos, está en auditoría. Además, Chernin ha vuelto a enviar la oferta de compra por 700 millones.
Michael sonrió con frialdad. —Setenta y cinco millones es más que suficiente para empezar, Susan. Chernin cree que dependo de su “auditoría” para trabajar, pero se equivoca. Vamos a usar ese dinero para blindar The Shallows y demostrar que somos imparables.
Michael extendió los planos del set sobre la mesa. El presupuesto estaba fijado en $50 millones, una cifra altísima para una película de una sola locación, pero Michael sabía en qué invertir cada dólar.
—Susan, quiero que los preparativos comiencen hoy mismo para rodar el 25 de octubre —ordenó Michael—. Aquí está el desglose:
No quiero CGI, ya que todavía no se ve bien. Quiero que el 60% de nuestro presupuesto vaya a la ingeniería. Quiero que contrates a expertos en robótica submarina para crear un animatrónico de 4.5 metros. Tendrá una fuerza de mordida hidráulica real y una piel de silicona reactiva que sangra y se desgarra de forma orgánica. Si el tiburón no asusta a los buzos en el set, no asustará al público.
Cameron Diaz todavía no ha aceptado oficialmente. Tras el éxito de The Mask, su caché ha subido, pero ella es la cara de la película pero si no se puede como te dije tocará cambiar un poco el guión e invitar a Mónica Bellucci. Cualquiera pasará el 90% del tiempo sola en pantalla; necesitamos alguien con carisma o que la camara la ame.
El tanque de agua gigante en nuestros terrenos, el equipo técnico y los efectos visuales para retocar el horizonte.
—¿Qué le decimos a Fox sobre su oferta? —preguntó Susan.
—Nada —respondió Michael—. Dile que hemos recibido el “pago parcial” y que estoy “considerando” la oferta de 700 millones mientras me concentro en el guion. Que sigan creyendo que estoy evaluando su dinero. Mientras ellos esperan mi respuesta, nosotros estaremos en el agua el día 25. Para cuando se den cuenta de que no necesito sus otros 90 millones para rodar, ya habremos terminado la película y nuestro valor de mercado será el doble, y tendremos más dinero con una nueva película y alguien más que distribuya la película.
Michael se quedó solo en su oficina, mirando una maqueta a escala del tiburón mecánico. Sabía que Fox intentaba asfixiarlo, pero con 75 millones en la mano y sus inversiones en Wall Street creciendo por segundo, el joven director ya no era una pieza del sistema. Era el sistema mismo, y para su nueva película, el mundo conocería el verdadero significado del miedo.
Los Ángeles, California – 22 Octubre de 1994
Susan Davies no era solo la jefa de producción de Michael Relish; era la arquitecta de su blindaje. Mientras Michael se movía en las altas esferas de Wall Street y su nuevo recluta el señor Dylan que lidiaba con los tiburones de Fox, Susan era quien bajaba al barro para convertir los sueños de su jefe en realidades tangibles. Con el cheque de $75 millones de dólares —el adelanto más grande que jamás hubiera pasado por sus manos—, Susan sabía que cada decisión que tomara esa semana definiría si Relish Productions ascendía al Olimpo o se estrellaba contra el pavimento.
I
Su primera parada no fue un estudio de cine, sino un taller industrial en Van Nuys que olía a resina, caucho y electrónica. Era el santuario de Stan Winston, el hombre que había traído a la vida a los dinosaurios de Jurassic Park y al Terminator.
Susan entró en el taller con la seguridad de quien lleva el respaldo de un imperio. Frente a ella, maquetas de velociraptores y bustos de criaturas alienígenas la observaban desde las sombras.
—Necesitamos algo que haga que Spielberg se sienta como un aficionado —dijo Susan, sentándose frente al equipo de ingenieros jefe de Winston.
—Michael quiere un Gran Blanco —respondió el jefe técnico, mirando los bocetos—. Pero no cualquier tiburón. Quiere un depredador de 4.5 metros, totalmente hidráulico, capaz de operar en agua salada y con una velocidad de embestida que rompa la tensión superficial.
Susan cruzó las piernas y puso la carpeta de Relish Productions sobre la mesa. —Queremos realismo absoluto. Nada de movimientos espasmódicos. Queremos que los ojos se dilaten, que las branquias se muevan con el flujo del agua y que la piel tenga la textura exacta de un escualo real.
El ingeniero suspiró, calculando mentalmente. —Susan, hacer eso es un desafío de ingeniería aeroespacial. Necesitaremos un endoesqueleto de fibra de carbono para que no sea demasiado pesado y motores hidráulicos de alta presión. Eso va a consumir una parte masiva de su presupuesto. Stan Winston Studio no es barato.
—Dime la cifra —ordenó Susan.
—Para un espécimen de 4.5 metros con tres versiones (ataque, nado y primer plano), el presupuesto es de $30 millones de dólares. Y para empezar hoy mismo, necesitamos el 50% por adelantado. Quince millones ahora, o no soldamos la primera pieza.
Susan no parpadeó. Sabía que Michael le había dado libertad total sobre esos $75 millones. —Hecho. Pero quiero el contrato firmado ahora mismo. La fecha límite es el 30 de octubre para las pruebas de tanque. Si el tiburón no muerde para esa fecha, hay cláusulas de penalización.
El ingeniero respondió rápido, —Señorita Susan no se puede tan rápido, necesitaremos un mes si todos trabajamos juntos para terminar el tiburon.
Susan se puso a pensar sabe que esto no se puede apurar ya que Michael quiere lo mejor y si se hace rápido y tiene falla no se puede, entonces acepto la fecha y firmó el contrato y autorizó la transferencia de $15 millones de dólares. Acababa de comprar al monstruo más caro de la historia del cine.
Al regresar a las oficinas en Beverly Hills, Susan llamó de inmediato a Eleonor, la encargada de finanzas y logística.
—Eleonor, necesito que le digas a Michael que tiene que tardar un mes las grabaciones para tener el tiburón, y dile que ya hemos soltado los primeros 15 millones para Winston —dijo Susan, mientras se quitaba la chaqueta—. Necesito que prepares los permisos para el tanque de agua gigante en nuestras propiedades. Quiero seguridad de nivel militar. Nadie de Fox, ni de Disney, ni un solo periodista puede ver lo que estamos construyendo. Si se filtra el diseño del tiburón antes de tiempo, perdemos el factor sorpresa.
Eleonor asintió, anotando frenéticamente. —Ya estoy en ello, Susan. He contratado a una empresa de seguridad privada. También tenemos a los ingenieros de sonido preparando los micrófonos hidroeléctricos. ¿Qué hay de la protagonista?
—Esa es mi siguiente parada —respondió Susan, mirando su reloj—. Michael quiere a Cameron Diaz. Y si no se puede el no rogara y ya tiene un plan B.
Susan llegó al prestigioso restaurante The Ivy, donde la luz del sol de California se filtraba entre las sombrillas blancas. Allí, sentada con una expresión algo tensa, estaba Cameron Diaz, acompañada de su agente, un hombre de traje impecable llamado Rick.
Cameron estaba en un momento extraño de su carrera. The Mask la había lanzado a la fama mundial, pero Hollywood todavía la veía como “la chica rubia y guapa”. Su agente estaba tratando de capitalizar su belleza rápidamente.
—Susan, qué placer —dijo Rick, aunque sus ojos buscaban el poder detrás de ella—. Estábamos justo comentando que Cameron tiene una agenda muy apretada. Estamos en negociaciones avanzadas para una película llamada Feeling Minnesota. Un drama con su anterior protagonista Keanu Reeves. Es un proyecto muy serio.
Susan sonrió con una amabilidad que no llegaba a sus ojos. Ella sabía cómo jugaban los agentes.
—Feeling Minnesota —repitió Susan, como si probara una fruta amarga—. Un drama pequeño, de bajo presupuesto, donde Cameron será “el interés romántico”. Entiendo. Es una opción segura, Rick. Pero yo no he venido aquí para ofrecerle a Cameron ser “la chica de alguien”.
Cameron, que hasta entonces había estado callada, se inclinó hacia adelante, sabiendo de que se trataba ser una protagonista.
—¿Entonces qué ofreces, Susan? —preguntó Rick.
—Te ofrezco protagonizar The Shallows —dijo Susan, sacando un guion encuadernado en cuero negro—. Es una película donde estarás sola el 90% del tiempo. Tú, una roca y un tiburón de 4.5 metros que quiere devorarte. No hay héroes que te rescaten, no hay diálogos románticos para rellenar el tiempo. Es una prueba de resistencia física y emocional. Michael Relish no quiere que seas “la cara bonita”. Quiere que seas la superviviente definitiva. Quiere que seas la próxima Sigourney Weaver.
Rick interrumpió, tratando de retomar el control. —Susan, suena agotador. Y Cameron ya tiene una oferta sobre la mesa. ¿De qué números estamos hablando? Porque Speed ha ganado 500 millones y sabemos que Michael tiene los bolsillos llenos.
Susan miró directamente a Cameron, ignorando al agente.
—Te ofrecemos un contrato de $5 millones de dólares. Es el sueldo más alto para una actriz de tu edad en este momento. Supera por mucho cualquier cosa que Feeling Minnesota pueda soñar con pagarte. Pero no aceptes por el dinero, Cameron. Acepta porque esta película cambiará cómo te ve el mundo. Pasarás de ser una modelo que actúa a ser una estrella de cine de Clase A.
Rick se quedó boquiabierto ante la cifra. Cinco millones de dólares era una cantidad inaudita para alguien que solo tenía una película de éxito. Empezó a balbucear sobre las fechas, pero Cameron levantó la mano.
—¿El tiburón es real? —preguntó Cameron con curiosidad—. ¿O estaré gritándole a una pelota de tenis verde?
—Es real, Cameron —respondió Susan con orgullo—. Stan Winston lo está construyendo. Son 30 millones de dólares en ingeniería robótica. Cuando esa cosa abra la boca frente a ti, no tendrás que actuar el miedo. Lo sentirás en tus huesos. Michael quiere que la audiencia sienta el agua fría y el aliento del animal. Es un rodaje duro. Estarás mojada, con frío y llena de moretones durante tres meses, necesito que comiences a practicar surf. Pero al final, serás una leyenda.
Cameron Diaz miró el guion, luego miró a su agente, quien ya estaba haciendo cálculos de su comisión del 10%. Finalmente, volvió a mirar a Susan. Había un brillo de ambición en sus ojos azules que Susan reconoció de inmediato: era el mismo brillo que tenía Michael.
—Dile a Michael que cuente conmigo —dijo Cameron con una sonrisa decidida—. Rick, cancela lo de Feeling Minnesota. Quiero enfrentarme a ese tiburón.
Susan regresó a Relish Productions al atardecer. Entró en el despacho de Michael, quien estaba revisando unos storyboards.
—Contrato de Stan Winston firmado: 15 millones entregados. Contrato de Cameron Diaz firmado: 5 millones asegurados —dijo Susan, dejándose caer en el sofá—. Tenemos a la bestia y tenemos a la presa, Michael.
Michael levantó la vista y sonrió. Era la primera vez en días que se le veía relajado. —Buen trabajo, Susan. Has asegurado los pilares de la película.
—Ha sido caro, Michael —advirtió ella—. Ya nos hemos pulido $20 millones solo hoy. Si Fox sigue reteniendo el resto de nuestro dinero de Speed, vamos a ir muy ajustados para el final del rodaje.
—No te preocupes por el dinero, Susan —respondió Michael, volviendo a sus dibujos—. Mis inversiones en Wall Street están funcionando mejor de lo esperado. Si quisiera podría sacar el dinero de la inversión y financiar otras dos películas The shallows, seremos tan ricos que podremos comprarle a Chernin su propia oficina si queremos. Lo importante es que tenemos que atrasar la fecha del rodaje, ya me dijo eleonor que se necesita tiempo, así que el 1 de diciembre, cuando las cámaras empiecen a rodar, el mundo vea algo que nunca ha visto antes.
Susan asintió, satisfecha. Había cumplido su misión. Relish Productions estaba lista para la guerra, y ella había sido quien afiló la espada. El rodaje de The Shallows ya no era un proyecto; era una cuenta atrás.
Beverly Hills y Malibú, California – 24 Octubre de 1994
Con el contrato de Cameron Diaz aún fresco y los ingenieros de Stan Winston trabajando a marchas forzadas, Susan Wells se enfrentaba a la siguiente fase crítica de la producción de Michael Relish. The Shallows era una película minimalista, pero ese minimalismo exigía una perfección absoluta. Cada elemento que apareciera en pantalla debía ser impecable, porque no habría explosiones ni persecuciones de coches para distraer al público de un mal actor o de un escenario poco convincente.
Susan se instaló en la sala de conferencias de Relish Productions con una pila de cintas de audición y fotos de perfil. Aunque la película era esencialmente un “tour de force” para Cameron Diaz, los personajes que aparecen al principio y al final son vitales para establecer el tono de aislamiento.
—Necesitamos a los dos surfistas que acompañan a Cameron al principio —le dijo Susan a su asistente de casting—. Tienen que verse como locales, naturales, que transmitan esa sensación de seguridad que el espectador pronto verá destruida.
Tras revisar varias opciones, Susan se detuvo en un joven que empezaba a llamar la atención por su aspecto rudo pero carismático: Josh Brolin. Aunque ya había hecho Los Goonies años atrás, estaba buscando relanzar su carrera con papeles más físicos.
—Brolin tiene esa energía de “chico de playa” que no le tiene miedo a nada —comentó Susan—. Y para el otro surfista, quiero a alguien que contraste. Alguien que parezca un aventurero internacional.
Susan anotó el nombre de Simon Baker, un actor australiano que acababa de llegar a Hollywood. Su acento natural y su habilidad real sobre la tabla de surf le darían a la película esa autenticidad que Michael tanto exigía.
Para el papel del padre de la protagonista, que solo aparece en breves flashbacks o a través de fotografías para dar contexto emocional, Susan buscó a alguien con una presencia reconfortante pero autoritaria. Tras descartar a varios veteranos, puso su mira en Sam Elliott. Su voz profunda y su imagen de hombre de familia íntegro eran perfectas para representar el hogar que Cameron intenta recuperar mientras lucha por su vida.
El guion de Michael exigía una playa que se sintiera como un paraíso olvidado, un lugar donde la belleza del paisaje hiciera que el horror fuera aún más impactante. Susan sabía que no podían rodar en las playas saturadas de Santa Mónica o Malibú.
—Necesito algo virgen, Eleonor —dijo Susan mientras revisaba mapas de satélite y fotos de exploradores de locaciones—. Una bahía cerrada, con rocas afiladas y una marea que sea traicionera.
Tras considerar locaciones en Hawái (demasiado caro y logísticamente complejo para el equipo mecánico de Winston) y México, Susan encontró el lugar ideal en la costa de Australia, específicamente en la Isla de Lord Howe.
—Es perfecta —explicó Susan a Michael esa tarde—. Es una zona protegida, las aguas son cristalinas y hay un arrecife que podemos usar para las tomas aéreas. Pero para la mayor parte del rodaje, construiremos nuestra propia “isla” de rocas en un tanque de agua masivo en los terrenos de nuestra productora. Combinaremos las tomas reales de Australia para los planos generales con el control total del tanque para los ataques del tiburón.
Michael aprobó la decisión de inmediato. La mezcla de localizaciones reales y control de estudio era el sello de calidad que buscaba.
Susan sabía que el mayor riesgo de la película no era el tiburón, sino que el público no creyera que Cameron Diaz era una surfista experimentada. Cameron era atlética, pero el surf de competición requiere una técnica y una musculatura específica.
Susan organizó una reunión en la piscina de la mansión de Michael para explicarle a Cameron lo que se esperaba de ella.
—Cameron, tienes exactamente cuatro semanas antes de que empecemos con las escenas de acción —dijo Susan, entregándole un traje de neopreno de alta tecnología—. No quiero que uses dobles en las escenas de remado. Michael quiere primeros planos tuyos sobre la tabla en medio del oleaje.
—¿Un mes para aprender a surfear como una profesional? —preguntó Cameron, riendo con nerviosismo mientras sostenía una tabla de fibra de carbono—. Susan, apenas puedo mantenerme en pie en una tabla de skate.
—Por eso hemos contratado a Laird Hamilton —respondió Susan con una sonrisa seria—. Él es el mejor surfista de olas grandes del mundo. Te llevará a una zona privada en el norte de Malibú está cerca de la casa de Michael, el entrenamiento cada mañana a las 5:00 AM. Vas a remar hasta que tus hombros ardan. Vas a aprender a leer las corrientes y a mantener el equilibrio. Michael quiere que tus manos se vean curtidas por la sal y que tu cuerpo se mueva con la tabla, no contra ella.
Susan se acercó a Cameron y le puso una mano en el hombro. —Esta película no se trata de gritar. Se trata de sobrevivir. Y para sobrevivir en el océano, tienes que respetarlo. Si no dominas la tabla, el público lo notará y el miedo no será real.
Cameron asintió, dejando de lado la broma. Se dio cuenta de que Susan y Michael no estaban jugando. Estaban construyendo una epopeya física.
Mientras Cameron empezaba su entrenamiento intensivo, Susan supervisaba la construcción del tanque de agua en los terrenos de Relish Productions. No era una piscina convencional; era una maravilla de la ingeniería de $5 millones de dólares con sistemas de oleaje artificial y una temperatura controlada para que los actores no sufrieran hipotermia durante las jornadas de 12 horas.
—El agua debe estar lo suficientemente clara para las cámaras, pero lo suficientemente turbia para que el tiburón pueda acechar en las sombras —instruyó Susan a los técnicos—. Y quiero que el sistema de filtración sea silencioso. No quiero que el ruido de las bombas arruine las tomas de sonido directo de Michael.
Susan revisó el presupuesto una vez más. Con los contratos de los actores secundarios, el alquiler de la locación en Australia, el entrenamiento de Cameron y la construcción del tanque, los $50 millones del presupuesto estaban moviendo con una velocidad vertiginosa.
—Susan —le dijo Eleonor mientras caminaban por el set en construcción—, estamos gastando a un ritmo que asustaría a cualquier estudio. Fox está esperando que nos quedemos sin dinero para venir con su oferta de compra.
—Que esperen sentados —respondió Susan con una mirada gélida—. Michael tiene sus propios recursos. Lo que Chernin no entiende es que nosotros no estamos gastando dinero; estamos invirtiendo en un legado. El 1 de diciembre, cuando Cameron se suba a esa tabla por primera vez frente a las cámaras, cada centavo que hemos gastado hoy se verá reflejado en la pantalla.
Susan cerró su libreta de notas. Tenía a los actores, tenía la playa, tenía el tanque y tenía a una protagonista dispuesta a romperse la espalda por la visión de Michael. Todo estaba listo para que el rodaje comenzara. La maquinaria de Relish Productions funcionaba con la precisión de un reloj suizo, y Susan era la cuerda que lo mantenía todo en marcha.
Beverly Hills, California – 26 de Octubre de 1994
La industria del cine es un organismo que respira a través de los contratos y expira por los retrasos. El 26 de octubre debía ser el preludio del caos en el set de The Shallows, pero una llamada del agente de Cameron Diaz cambió el cronograma. La actriz, aunque comprometida, necesitaba unos días más para cerrar flecos de su entrenamiento y compromisos previos. Michael, lejos de enfurecerse, aceptó de inmediato. No era solo por Cameron; el equipo de Stan Winston le había informado que los sensores de presión del tiburón de 4.5 metros necesitaban un ajuste fino para operar en el tanque de agua salada.
—Por eso retrasamos el rodaje al 1 de diciembre —dijo Michael a Susan—. Eso nos da margen para cualquier cosa. Un mes para que los estudios sigan desesperándose y para que yo termine de mover mis piezas.
Esa misma tarde, Michael se encerró en su oficina con tres carpetas de cuero sobre su escritorio. Eran las propuestas formales de los gigantes que querían devorar su creación. Michael las leyó con la frialdad de un analista de Wall Street, sabiendo que su valor no residía en lo que ellos ofrecían, sino en lo que él estaba dispuesto a ceder.
20th Century Fox: Ofrecían $700 millones de dólares por Relish Productions. Además, incluían un incentivo del 7% sobre la taquilla bruta de cada película que Michael dirigiera bajo su sello. Era una oferta de “continuidad”; querían que todo siguiera igual, pero con ellos como dueños totales.
The Walt Disney Company: Michael Eisner, fiel a su fama de negociador duro, ofrecía la cifra más baja: $600 millones de dólares. Su incentivo era casi insultante: un 1% de la recaudación. Disney apostaba a que su nombre y su maquinaria de marketing eran suficiente atractivo para convencer al joven director.
Warner Bros.: Esta era la oferta más agresiva y tentadora. Ofrecían $800 millones de dólares por la productora cinematográfica, pero añadían un movimiento maestro: $100 millones de dólares adicionales por el 51% de Omniscience Universe. Warner quería el control total de las IP para integrarlas con DC Comics.
Michael se recostó en su silla, observando el techo. Su mente trabajaba a mil por hora. Vender Relish Productions no significaba el fin de su carrera, sino una metamorfosis. Podía vender la cáscara —el nombre, los contratos vigentes, las secuelas de Speed y Scream— y usar ese capital para fundar algo aún más grande, algo que fuera 100% suyo desde el primer ladrillo, manteniendo la propiedad intelectual de sus futuras ideas originales.
Llamó a Eleonor, su secretario y también la nueva jefa de finanzas.
—Eleonor, prepara una contraoferta estandarizada para los tres —dijo Michael con voz firme—. Diles que acepto vender Relish Productions bajo una condición innegociable: Haré The Shallows como director contratado, escribiré el guion de la secuela de Speed como consultor, y puedo ser director de un guión que ellos tengan en su biblioteca sin utilizar, pero el mismo lo elige. Y cuando eso pase yo renunciaré de Relish Productions. Mis futuros proyectos originales y mi participación en los cómics no son parte del paquete de gestión diaria.
—Michael, eso es audaz —comentó Eleonor—. Básicamente les estás vendiendo el barco pero avisándoles que el capitán se va en cuanto lleguen al siguiente puerto.
—Exacto. Ellos quieren la marca “Relish”. Que la compren. Yo me quedaré con el capital y el genio creativo para fundar mi próxima etapa. Envíalo hoy mismo.
Mientras la guerra por la productora ardía, Michael se sumergió en los informes de ventas de Omniscience Universe. En los años 90, la industria del cómic estaba sufriendo una crisis de identidad y de ventas, pero Michael había encontrado la fórmula para romper la tendencia.
Los primeros 4 episodios de sus dos series principales, El Laboratorio de Dexter y El Portador del Legado (Ben), ya estaban en la calle. Los cálculos que Eleonor le entregó eran asombrosos para una editorial independiente:
Ventas por ejemplar: Cada número tenía un precio de $2.50 USD.
Tiraje y Ventas: Gracias al sistema de precompra, Omniscience estaba vendiendo una media de 1.2 millones de copias por número a nivel nacional e internacional.
Ingresos Brutos por serie (4 números): $2.50 x 1.2M x 4 = $12 millones de dólares por serie.
Total de las dos series: $24 millones de dólares en solo seis meses.
Tras descontar los costes de impresión (aprox. $0.60 por copia) y la distribución, Michael estaba generando un beneficio neto de casi $15.6 millones de dólares solo con el papel.
—La gente no solo está comprando una historia, Michael —explicó Eleonor—. Están comprando un universo. El hecho de que seas un director de cine de éxito le da a los cómics un estatus de “pre-guion cinematográfico”. Los jóvenes están coleccionando estos números como si fueran acciones de una empresa tecnológica.
Michael revisó los datos demográficos. Mientras Marvel y DC luchaban por mantener a sus lectores veteranos, Omniscience había capturado al público de 12 a 25 años. Su narrativa era cinematográfica, con un arte oscuro y realista que se alejaba de las mallas brillantes de los superhéroes clásicos. Era algo nuevo, fresco y, sobre todo, exclusivo.
—El 51% de esta empresa vale mucho más que los 100 millones que ofrece Warner —pensó Michael—. Si solo por 8 números de cómics hemos generado este impacto, cuando anunciemos la conexión total de las historias, el valor será incalculable.
Michael salió de su oficina y caminó por los pasillos de Relish Productions. Sabía que este mes de retraso (del 25 de octubre al 1 de diciembre) era el silencio antes de la tormenta.
Había decidido que The Shallows sería la última gran obra bajo este sello si la venta se concretaba. Las secuelas de sus éxitos anteriores, como Speed o Scream, quedarían en manos de los nuevos dueños, pero él ya estaba visualizando su siguiente movimiento: una productora que no solo hiciera películas, sino que dominara la convergencia entre tecnología, internet y entretenimiento.
—¿Crees que aceptarán la renuncia? —preguntó Eleonor.
—Disney dudará, Fox entrará en pánico y Warner… Warner es la que más posibilidades tiene si entienden que prefiero ser un aliado externo que un empleado interno —respondió Michael—. Mientras tanto, dile a Susan y Dylan que vengan, es momento de aprovechar todo el tiempo posible. Quiero que le digas a Stan que el tiburón sea capaz de morder un cable de acero. Y dile a Cameron que práctica con Laird Hamilton lo mejor que pueda; quiero que cuando se suba a esa tabla en diciembre, el público crea que nació en el océano.
Michael regresó a su escritorio y abrió el borrador del episodio 1 de las jóvenes poderosas. El mundo pensaba que estaba vendiendo su reino, pero Michael solo estaba cambiando de castillo para construir un imperio que ningún estudio pudiera contener.
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Ojalá le guste está historia la verdad es que no sabía que escribir, y como en los anteriores no parecía que les gusta o no había comentarios los dejé y me puse a pensar que sería bueno escribir. Intentaré subir tres capitulo por semana, si les gusta comenten y si no también, igual no soy escritor y siempre quise escribir una historia de regresión, hacer todo lo que no me atrevi en mi vida por miedo al fracaso. Like si te gusta y like si no 😂.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com