En Hollywood. - Capítulo 35
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Capítulo 35: Capítulo 34
Capítulo 34: El Éxodo del Genio y la Quiebra de Orión
Beverly Hills, California – 5 de Noviembre de 1994
La oficina de Michael Relish se sentía ese día como el búnker de un estratega militar en vísperas de una invasión. El silencio era denso, roto únicamente por el suave zumbido del aire acondicionado y el roce de los papeles sobre el escritorio de caoba. Michael estaba sentado con una calma que resultaba casi antinatural, mientras frente a él, las dos personas que formaban su círculo más íntimo de poder aguardaban sus palabras.
Susan, su jefa de producción, mantenía una postura rígida. En sus ojos se reflejaba una mezcla de agotamiento y orgullo; ella había sido la mano derecha que convirtió Speed en un fenómeno. Junto a ella estaba Dylan, el agente estrella de la William Morris Agency (WMA), un hombre que respiraba contratos y exhalaba poder, pero que ese día parecía inusualmente cauteloso ante el joven que tenía enfrente.
Michael rompió el silencio con una voz gélida pero decidida.
—Ya le di instrucciones a Eleonor para que procese mi respuesta —comenzó Michael, mirando a Dylan directamente a los ojos—, pero quiero que ustedes dos lo escuchen de mi boca para que no haya margen de error. No estoy simplemente vendiendo una empresa; estoy comprando mi futuro.
Susan sintió un nudo en la garganta. Ella sentía que Relish Productions era su hijo, el lugar donde habían demostrado que el talento joven podía doblegar a Hollywood. La idea de venderlo le quemaba el pecho.
—Aceptaré la oferta de venta —soltó Michael, y Susan cerró los ojos un instante, sintiendo una punzada de pérdida—. Pero bajo mis términos. El precio de salida son $850 millones de dólares. Y la transacción debe liquidarse íntegramente aquí, en California. En este momento, la estructura fiscal nos permite pagar un 35% de impuestos, lo cual nos deja con una liquidez neta que necesito para el siguiente paso.
Michael se inclinó hacia adelante, enumerando los puntos con precisión quirúrgica:
—Primero: Haré los guiones de Speed 2, pero no la dirigiré.
Segundo: Terminaré The Shallows, pero el estudio que compre debe reembolsarme cada centavo del presupuesto que ya he utilizado de mi propio capital ($50 millones) y pagarme para poder dirigir lo con el porcentaje que digan en su contrato.
Tercero: Haré una película adicional basada en un guion de su propia biblioteca, pero yo mismo elegiré cuál después de leer las opciones.
Cuarto: Se quedan con los derechos de Scream, Speed y The Shallows, pero mis IP de los cómics de Omniscience son intocables.
Y el quinto punto es el más importante: Renunciaré como jefe de la productora tras la venta. Si en el futuro hago otra película, sera la primera opción para venderla y la distribución internacional, intentemos ser aquí un poco ambiguo, luego exigiéndoles un 10% de la recaudación total desde el primer dólar.
Susan se levantó de golpe, su rostro reflejaba una angustia profunda. —Michael, ¡es una locura! ¿Por qué aceptarías eso? Si renuncias, nos quedaremos a la deriva. Estás entregando el nombre que construimos, no, que tú contruistes desde una productora que estaba por quebrar, estás entregando tu casa. ¿Qué pasará con nosotros? ¿Qué pasará con todo lo que tenemos por delante?
Michael miró a Susan con una suavidad que rara vez mostraba. Sabía que ella veía la empresa como una meta, mientras que para él era solo un peldaño.
—Acepto esto, Susan, porque lo que quiero es el poder real. No quiero pedir permiso para estrenar una película. Con la ayuda de Dylan y WMA, voy a utilizar lo que queda de los $850 millones y lo que queda de la recaudación de Speed para comprar mi propia infraestructura.
Dylan, que hasta entonces había estado procesando los números, intervino con voz ronca.
—Michael, después de ese 35% de impuestos y sumando tus ganancias actuales, te quedarías con una liquidez neta de más de $600 millones de dólares. Con ese dinero… podrías ir tras Orion Pictures. Como sabes, Orion entró en quiebra técnica en el 91. Tienen una biblioteca de prestigio increíble, pero están hundidos en deudas.
Susan frunció el ceño, tratando de entender la jugada. Dylan continuó:
—Podemos comprar el 51% o un poco más de Orion por unos $150 o $180 millones. Luego, pagamos su deuda de entre $200 y $250 millones. Aún tendrías cerca de $100 o $150 millones en efectivo para operar. Michael, tendrías un estudio con distribución nacional propia de un mínimo de 1000 salas de cine. Serías un “Major” instantáneo.
—Exactamente —asintió Michael—. Pero hay un detalle, Dylan. Necesito que WMA investigue más. Ya que si no me equivoco en estos momentos cualquier productora grande puede intentar comprarla por su biblioteca, porque si ya están en negociaciones o están por casi terminar la compra, necesitare que busques cualquier otra productora mediana que cumpla el mismo requisito: debe tener una red de distribución nacional de al menos 1000 salas. No me importa si está en quiebra, siempre que la infraestructura esté ahí. Con más de 600 millones en el bolsillo, podemos comprar la libertad de distribución.
Dylan asintió, impresionado por la claridad de Michael. —Entendido. Utilizaré todos los recursos de la agencia para mapear las opciones.
Cuando Dylan salió de la oficina, el silencio regresó, pero esta vez era más pesado. Susan se quedó de pie, mirando a Michael con ojos vidriosos. Se sentía pequeña, como si el suelo bajo sus pies se hubiera convertido en arena movediza.
—¿Y yo qué, Michael? —preguntó ella en un susurro—. Si haces todo eso… ¿dónde quedo yo? Me pides que siga rodando una película mientras planeas prenderle fuego a la empresa.
Michael se levantó y caminó hacia ella, deteniéndose a solo unos pasos.
—Susan, Relish Productions podrá ser una subsidiaria de cualquier productora que la compre. Si te quedas, serás una de las ejecutivas de un gran estudio como Fox o Warner. Tendrás un sueldo masivo y seguridad. Pero… —Michael hizo una pausa, mirándola con intensidad—, cuando yo me vaya a esa nueva productora que compraré, puedes venir conmigo. Serás mi mano derecha en un imperio que nosotros mismos controlaremos desde la cima, sin jefes, sin consejos de administración. Todo depende de ti.
Susan sintió un escalofrío. El miedo a lo desconocido luchaba con la fe ciega que le tenía al joven que nunca había fallado. Se dio cuenta de que Michael no estaba huyendo; estaba ascendiendo.
—Me asustas, Michael —confesó ella, intentando sonreír a pesar de la tensión—. Pero creo que me asusta más quedarme en un lugar donde tú no estés. Si te vas, yo voy contigo. Tu eres el joven Midas, así que me quedaré con usted jefe. Siempre.
Michael asintió con una leve sonrisa de satisfacción. —Sabía que dirías eso. Pero por ahora, no pensemos en contratos. Pensemos en The Shallows. Es probable que los estudios intenten regatear mis términos, especialmente lo de la renuncia. Mientras ellos se pelean por mi oferta, nosotros tenemos un tiburón mecánico que necesita empezar a morder. Necesito que también comeinces a poner a mi nombre todos los IP de Marvel para que cuando me valla estén conmigo. El 1 de diciembre es nuestra fecha de otro trabajo de Midas.
Susan respiró hondo recomponiéndose. El peso en su pecho no había desaparecido, pero ahora tenía una dirección comenzando con pasar los activos de Marvel a Michael. Michael Relish estaba a punto de devorar Hollywood, y ella sería la encargada de asegurarse de que no quedaran ni las sobras.
Relish Productions, Beverly Hills – 6 de Noviembre de 1994
La mañana en las oficinas de Michael Relish comenzó con una reunión que olía a estrategia y café cargado. Susan, con el peso de la responsabilidad marcado en su postura, observaba a Eleonor y a Dylan. Michael les había dado las instrucciones, pero era Susan quien debía coordinar el despliegue. Tras la revelación de los planes de Michael de vender para luego comprar su propia infraestructura de distribución, el ambiente en el equipo se sentía como el de un grupo de insurgentes planeando un asalto al banco central.
—Escuchen bien —comenzó Susan, apoyando las palmas sobre la mesa de cristal—. Los tres grandes han respondido. Disney, Fox y Warner quieren negociar en persona. Saben que Michael no es un novato, pero creen que pueden doblegarnos si nos separan. Michael ha sido claro: no vamos a ceder ni un milímetro en sus términos.
Susan miró a Eleonor, cuya eficiencia financiera era el motor invisible de la empresa.
—Eleonor, tú te encargas de Disney. Michael cree que ellos serán los más difíciles por su estructura corporativa. Si no aceptan los cinco puntos, especialmente la renuncia de Michael y el reembolso del presupuesto de The Shallows, deja la negociación en un punto muerto. Michael dice que no nos importa perderlos; su orgullo es demasiado grande para los términos que estamos exigiendo.
Eleonor asintió con una sonrisa gélida. —Entendido. Les recordaré que no somos solo una productora, somos dueños de los personajes que los jovenes adoran.
—Dylan —Susan se volvió hacia el agente de WMA—, tú irás a Warner Bros. Aprovecha que ellos están desesperados por el 51% de Omniscience. Usa eso como palanca, pero recuerda: los cómics no se venden. Después de la reunión, quiero que sigas investigando lo de la productora con distribución propia de mil salas. Necesitamos saber si hay alguna otra opción aparte de Orion.
Dylan ajustó su reloj de oro con un gesto profesional. —Haré que Warner sienta que están a punto de perder el contrato del siglo. Como soy nuevo en el equipo de Michael, quiero demostrar por qué WMA es la mejor agencia del mundo. No regresaré con menos de lo que Michael pidió.
—Y yo me encargaré de Fox —concluyó Susan con un suspiro—. Conozco a Chernin. Sé cómo piensa. Intentaré que entiendan que Michael prefiere quemar el estudio antes que ser su empleado de por vida.
Con el plan trazado, los tres salieron de la oficina. Cada uno representaba una extensión de la voluntad de Michael Relish, un director que a sus veinte años estaba obligando a los presidentes de las corporaciones más poderosas del mundo a sentarse a su mesa.
Mientras Susan estaba en una reunión, Michael tamborileó los dedos sobre un informe de producción. Tenía el talento, tenía las ideas y tenía a Relish Productions creciendo a un ritmo vertiginoso, pero sabía que las grandes productoras no se quedarian con los brazos cerrados, si aceptaban la renuncia de el después de adquirir Relish Productions, tendría que comenzar de nuevo: una red de distribución propia eso era lo primero. Para un productor en los 90, depender de los “Majors” era como construir un castillo en tierra alquilada. Él necesitaba el control. Necesitaba, al menos, un alcance de 1,000 salas para garantizar que sus películas no fueran devoradas por las comisiones de terceros como las dos veces que le a pasado.
—Orion —susurró para sí mismo, dejando que el nombre que Dydan había dicho.
En su “vida anterior”, Michael recordaba a Orion Pictures como el estudio que pudo ser y no fue. En los 80, eran los reyes de la calidad. Habían ganado el Oscar a Mejor Película de forma consecutiva con Dances with Wolves y The Silence of the Lambs. Pero el éxito artístico no siempre se traducía en salud financiera. Orion estaba en una situación de “muerto viviente”, apenas saliendo de una bancarrota técnica que los había dejado vulnerables ante los depredadores.
Michael cerró los ojos y visualizó las noticias y videos históricos que había consultado años en el futuro. En este 1994, MGM estaba bajo el control de Crédit Lyonnais, el banco francés que se había quedado con el estudio tras el desastroso mandato de Giancarlo Parretti. Pero el verdadero jugador detrás de las cortinas era Frank Mancuso Sr., quien había sido nombrado para limpiar el desastre.
MGM no quería a Orion por su capacidad de producción actual, que era nula, sino por su biblioteca. Michael recordaba perfectamente los detalles: MGM eventualmente cerraría el trato por una cifra cercana a los 225 millones de dólares (aunque la consolidación total con otras empresas como Samuel Goldwyn elevaría los costos y activos años después). Pero lo que más le interesaba a Michael era la infraestructura de distribución que Orion aún mantenía, aunque estuviera oxidada por la falta de uso.
Recordaba que Orion tenía contratos con cadenas de exhibición que le daban acceso prioritario a esas 1,000 pantallas que él tanto ansiaba. El problema era la deuda. Orion arrastraba un lastre financiero que asustaba a cualquiera que no tuviera la visión —o la información privilegiada— necesaria. Michael sabía que la librería de Orion, que incluía éxitos como RoboCop y The Terminator (aunque los derechos de esta última eran un rompecabezas legal), valdría billones en la era del streaming que estaba por venir.
Lo que más le inquietaba era la precisión de sus recuerdos. Sabía que MGM usaría a Orion para resurgir brevemente antes de volver a caer en manos de Kirk Kerkorian y, finalmente, terminar siendo una pieza de ajedrez comprada por Amazon por 8,450 millones de dólares tres décadas después.
—Tengo tres años de ventaja antes de que el martillo caiga definitivamente —analizó Michael—. MGM está negociando con Metromedia, de John Kluge, quien posee la mayor parte de Orion en este momento. Kluge quiere salir del negocio del cine. Está cansado de las pérdidas.
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A las 11:30 AM del 6 de noviembre, Eleonor llegó a la sede central de Disney en Burbank. El complejo era un monumento a la fantasía y al control corporativo. Tras pasar por varios controles de seguridad, fue escoltada a una sala de juntas que parecía más un salón del trono que una oficina.
Frente a ella estaba el equipo legal de Disney y uno de los altos ejecutivos cercanos a Michael Eisner. Para ellos, Relish Productions no era más que una “anomalía estadística”. Acababan de adquirir Miramax de los hermanos Weinstein y se sentían los reyes del cine independiente. Para la cúpula de Disney, Michael Relish era solo otro joven engreído que eventualmente se daría cuenta de que necesitaba la maquinaria del ratón para sobrevivir.
—Señorita Eleonor —comenzó el ejecutivo, sin siquiera ofrecerle agua—, hemos revisado los “términos” de su jefe. Debo decir que nos parecieron bastante… pintorescos. 850 millones de dólares por una productora que solo tiene tres éxitos es una cifra que raya en lo absurdo.
Eleonor mantuvo la espalda recta, su voz sonando como seda y acero.
—Nuestros “tres éxitos”, como usted dice, han generado más beneficios netos este año que toda la división de cine de imagen real de Disney, exceptuando sus animaciones. Speed ha cruzado los 500 millones. Michael Relish es el único director en la historia que garantiza ese retorno.
El ejecutivo de Disney soltó una carcajada seca. —Ustedes son pequeños. Una mota de polvo comparada con nuestro imperio. Acabamos de comprar Miramax. Sabemos cómo manejar a gente como ustedes. Michael Relish debería estar agradecido de que Disney siquiera considere poner su nombre junto al de Walt.
—Entonces hablemos de los puntos —interrumpió Eleonor, imperturbable—. Primero: 850 millones pagados en California. Segundo: Michael renuncia como jefe de la productora tras entregar The Shallows y el guion de Speed 2. Tercero: El reembolso de los 50 millones que Michael ya gastó en la película de los tiburones…
—¡Basta! —el ejecutivo golpeó la mesa—. ¿Renunciar? ¿Cree que vamos a pagar casi mil millones de dólares por una empresa para que el motor creativo se marche al día siguiente? Disney compra talento, no solo nombres en una puerta. Michael Relish trabajará para nosotros bajo un contrato exclusivo de siete años si quiere ver un solo dólar de nuestro tesoro.
—Esa no es una opción —respondió Eleonor con calma—. Michael no busca empleo. Busca una transacción de activos. Si Disney no puede aceptar que él es un creador independiente, entonces no hay nada más que discutir.
El ambiente se volvió gélido. Los abogados de Disney se miraron entre sí con desprecio. Para ellos, que una “pequeña productora” les pusiera condiciones era un insulto personal.
—Escuche bien —dijo el ejecutivo, inclinándose hacia adelante—, no aceptaremos el reembolso de los 50 millones. Si compramos la empresa, compramos la película como está. No aceptaremos su renuncia. Y por supuesto, no aceptaremos que él elija un guion de nuestra biblioteca sin nuestra supervisión total. Disney es quien manda aquí. Siempre.
Eleonor se levantó lentamente, cerrando su carpeta de cuero.
—Entiendo —dijo ella, mirando al ejecutivo a los ojos—. Michael me dijo que si llegábamos a este punto, dejara la negociación muerta. Disney se cree demasiado grande para negociar, pero el mundo está cambiando. Michael Relish no necesita a Mickey Mouse. Tal vez, en unos años, sea al revés.
—No sea ridícula —bufó el ejecutivo—. Pueden salir por donde vinieron. Hay cientos de directores deseando una oficina en este lote.
Eleonor salió de la oficina sin decir otra palabra. Mientras caminaba por los impecables pasillos de Disney, sintió una extraña satisfacción. Michael le había advertido que la arrogancia de Disney sería su propio muro. Al quedar en un punto muerto, Michael tenía la excusa perfecta para descartarlos y centrarse en Fox o Warner, o simplemente seguir adelante con el plan de Orion.
Al subir a su coche, llamó de inmediato a Susan.
—Disney está fuera —dijo Eleonor, encendiendo el motor—. Se creen dioses. No aceptaron ni uno solo de los términos. Estamos en punto muerto oficial.
—Excelente —respondió Susan al otro lado de la línea—. Eso es un problema menos. Michael estará encantado de saber que su intuición sobre la arrogancia de Eisner era correcta. Ahora, veamos qué dicen Fox y Warner. Si ellos también fallan, Michael tendrá que apretar el botón de emergencia y usar su propio cash para Orion antes de lo previsto.
Eleonor colgó y miró hacia el icónico edificio de Disney por el retrovisor. Sabía que Michael no estaba perdiendo una oportunidad; estaba ganando tiempo. Y en el Hollywood de los 90, el tiempo era lo único que el dinero no siempre podía comprar.
Burbank, California – 6 de Noviembre de 1994
Mientras el sol de la tarde se filtraba por las ventanas de los icónicos estudios de Warner Bros. en Burbank, Dylan, el agente estrella de la William Morris Agency, ajustaba el nudo de su corbata de seda italiana. Sabía que esta no sería una reunión ordinaria. A diferencia de la burocracia rígida de Disney, Warner tenía una larga tradición de trabajar con “autores” y directores rebeldes, pero también tenían una sed insaciable de Propiedad Intelectual. Su objetivo no era solo Michael Relish, el director; era el universo que Michael estaba construyendo en el papel.
Dylan fue conducido a una oficina espaciosa, decorada con pósters de clásicos del cine y figuras de DC Comics. Al fondo, tras un escritorio de roble, lo esperaba el jefe de adquisiciones y estrategia del estudio, flanqueado por dos abogados de rostro impasible que parecían esculpidos en granito.
—Dylan, es un placer —dijo el ejecutivo, señalando un sillón de cuero—. WMA nos envió los términos de Relish. Debo decir que Michael tiene agallas. Pedir 850 millones y luego anunciar que se marcha por la puerta trasera es algo que solo alguien con su historial de taquilla se atrevería a proponer.
Dylan se sentó, manteniendo una expresión de absoluta confianza profesional. —Michael no es solo un director, Robert. Es una marca. Lo que les estamos vendiendo es el control de las franquicias más calientes de la década. Speed y Scream son máquinas de imprimir dinero. El precio es justo si consideras el retorno de inversión.
El ejecutivo de Warner se inclinó hacia adelante, entrelazando sus dedos. —Hablemos de negocios reales. Hemos analizado los cinco puntos. Pero Warner no está aquí para comprar una “visita” de Michael Relish. Queremos su legado.
—El punto de que Michael elija una película de nuestra biblioteca para dirigirla antes de irse es inaceptable —soltó el ejecutivo de Warner—. Si pagamos 850 millones, no queremos que elija un proyecto pequeño y se marche. Queremos un compromiso de permanencia. Proponemos un contrato de cuatro películas. Él puede elegir dos guiones, sí, pero bajo nuestra aprobación verde y dos películas de superhéroes con un calendario de producción que cubra los próximos cinco años.
Dylan anotó el cambio en su libreta, aunque sabía que Michael rechazaría cualquier cosa que oliera a “permanencia”. —Cuatro películas es un compromiso masivo para alguien que busca fundar su propia infraestructura, Robert. Michael quiere libertad.
—La libertad se compra con resultados, y nosotros le estamos dando el cheque —respondió el ejecutivo—. Además, aceptamos reembolsar los 50 millones de dólares que Michael ya invirtió en The Shallows. Consideramos que es una inversión en el activo que estamos adquiriendo. Pero a cambio, queremos el control total sobre cualquier secuela de esa película sin que Michael tenga voz ni voto en el futuro, a menos que decida dirigirla bajo el nuevo contrato de cuatro filmes.
Aquí fue donde la conversación cambió de tono. El ejecutivo de Warner sacó un ejemplar del número 1 de Ben (El Portador del Legado) y lo puso sobre la mesa.
—Hablemos de lo que realmente nos interesa. Omniscience Universe. Hemos seguido de cerca las ventas. Treinta y nueve millones de dólares brutos en seis meses con solo dos series es algo que no veíamos desde los años dorados. Warner posee DC Comics, pero sabemos que el mercado se está moviendo hacia lo que Michael está haciendo: historias más crudas, universos interconectados desde el primer día.
Dylan sintió que la trampa se cerraba. —Michael fue claro: los cómics están fuera del trato de la productora.
—Nuestra oferta inicial de 100 millones por el 51% de la editorial era tentativa —dijo el ejecutivo, ignorando la negativa de Dylan—. Ahora, estamos dispuestos a subir esa cifra a 150 millones de dólares por el 51% de Omniscience. Queremos integrar a Ben y Dexter en la estructura de DC. Imagina un crossover con Batman o Superman en los próximos diez años. Sería la mayor explosión en la historia del entretenimiento.
Dylan se mantuvo impasible, aunque por dentro calculaba el valor. —Michael ve a Omniscience como su patrimonio personal. No es solo papel; es el origen de sus futuras películas. Si les vende el 51%, ustedes controlan el destino de sus personajes. Él no aceptará perder el control creativo.
—Le daremos una posición de consultor creativo vitalicio en la editorial —ofreció Warner—. Pero Warner necesita la propiedad. Si vamos a invertir 850 millones en Relish Productions, queremos asegurar que el “vivero” de sus ideas esté en nuestra casa. No queremos que venda la productora hoy y mañana use sus cómics para construir una competencia con otra empresa.
La reunión se prolongó por dos horas más. Dylan luchó por cada centímetro, defendiendo la necesidad de Michael de renunciar tras The Shallows, mientras Warner insistía en que la renuncia era un “suicidio corporativo” para ellos.
—Escucha, Robert —dijo Dylan finalmente, cerrando su carpeta—. Michael no es un hombre que se deje intimidar. El punto de la renuncia es vital porque él no busca ser un empleado. Si quieren las cuatro películas, tendrán que mejorar drásticamente los incentivos y dejar los cómics fuera de la ecuación o subir el precio de la editorial a niveles que reflejen su potencial real, no solo sus ventas actuales.
El ejecutivo se puso en pie, señal de que la sesión había terminado. —Dile a Michael esto: aceptamos los 850 millones. Aceptamos el reembolso de los 50 millones. Pero a cambio, queremos las cuatro películas y el 51% de los cómics por 150 millones. Es nuestra mejor oferta. Si acepta, se convertirá en el hombre más rico de Hollywood antes de cumplir los 23. Si no… bueno, el mercado de las productoras independientes es muy volátil.
Dylan le estrechó la mano. —Le llevaré sus opciones. Pero conozco a Michael. Él no mide su éxito por el dinero en el banco, sino por el control que tiene sobre su propia visión. Volveré a negociar cuando tenga su respuesta.
Dylan salió de los estudios Warner y subió a su coche. Marcó de inmediato el número directo de Susan.
—Susan, acabo de salir de Warner —dijo Dylan, soltando un suspiro de agotamiento—. No nos despreciaron, pero están intentando ponernos una correa de oro.
—¿Qué ofrecieron? —preguntó Susan al otro lado, su voz cargada de la ansiedad que la perseguía desde la mañana.
—Aceptan el precio y el reembolso de los 50 millones, pero exigen cuatro películas y el 51% de los cómics por 150 millones. Básicamente, quieren comprar a Michael por completo. Quieren su pasado, su presente y su futuro.
—Michael puede aceptar las cuatro películas —sentenció Susan—. Pero la opción de perder el control de los cómics. Él prefiere quedarse con su pequeña productora y luchar desde el barro que ser un esclavo de Warner.
—Lo sé —respondió Dylan—. Pero ahora tenemos algo con qué trabajar. Warner está dispuesta a pagar. Ahora solo tenemos que convencerlos de que pueden tener las películas, pero no al hombre. Mañana me reuniré con Michael para presentarle este rompecabezas. ¿Cómo le fue a Eleonor en Disney?
—Punto muerto total —dijo Susan—. Disney fue un desastre de arrogancia. Así que ahora mismo, Warner es nuestra única vía real si Michael quiere esos 850 millones para comprar Orion.
Dylan colgó y miró el horizonte de Burbank. La batalla por el alma de Relish Productions apenas comenzaba. Michael quería libertad, Warner quería control, y en medio de ellos, millones de dólares esperaban a que alguien parpadeara primero.
Century City, Los Ángeles – 7 de Noviembre de 1994
Susan Davies caminaba por la plaza de Century City hacia el imponente edificio de la 20th Century Fox con una sensación de pesadez que no podía sacudirse. Sus tacones resonaban contra el pavimento, un eco rítmico que parecía contar los segundos hacia el fin de una era. Por su mente desfilaban imágenes de este ultimo año: las noches de pizza fría editando la película de Scream, los gritos de alegría cuando recibieron las primeras cifras de taquilla, y la mirada intensa de Michael cuando hablaba de cambiar el mundo del cine.
¿Qué soy yo sin Michael Relish?, se preguntó de repente, y el pensamiento la asustó. Susan siempre se había considerado una profesional independiente, una mujer capaz de navegar los tiburones de Hollywood por su cuenta. Pero Michael no era solo un jefe; era un catalizador. Bajo su mando, ella no solo gestionaba películas, ella estaba haciendo historia. La idea de que Relish Productions fuera vendida y Michael renunciara la hacía sentir como si estuviera a punto de ser expulsada de un barco en medio de una tormenta perfecta.
Si Michael se iba a fundar otro imperio, ¿debía ella seguirlo al abismo de la incertidumbre o aceptar la seguridad dorada que un estudio como Fox seguramente le ofrecería para mantenerla en sus filas?
Susan fue conducida directamente a la oficina de Peter Chernin. El ambiente en Fox era distinto al de Disney o Warner. Aquí no había la arrogancia de los cuentos de hadas ni el misticismo de los cómics; había una energía puramente comercial, agresiva y pragmática. Chernin la esperaba con una sonrisa que no llegaba a sus ojos, flanqueado por su jefe de finanzas.
—Susan, siempre es un placer verte. Eres la verdadera razón por la que esa productora no se ha incendiado todavía —dijo Chernin, ofreciéndole una silla con un gesto de falsa calidez.
Susan se sentó, manteniendo la barbilla alta. —Michael tiene un talento que no necesita extintores, Peter. Pero gracias por el cumplido. Supongo que han revisado nuestra contraoferta.
Chernin suspiró, dejando caer una carpeta sobre la mesa. —La hemos revisado. 850 millones por una productora donde el dueño planea irse es… audaz, por decir lo menos. Sin embargo, en Fox valoramos la relación que hemos construido con Michael. Pero no podemos aceptar los términos tal como están.
Susan sintió que sus instintos de negociación se activaban, dándole un respiro a sus dudas internas. —Dime qué tienen en mente.
—No llegaremos a los 850. Nuestra oferta final se queda en $800 millones de dólares —sentenció Chernin—. Pero aceptaremos el pago en California para esos beneficios fiscales que Michael tanto desea. También aceptamos reembolsar los 50 millones de dólares de The Shallows. Queremos esa película bajo nuestro sello de forma total.
Susan anotó la cifra. Cincuenta millones menos que la petición original, pero seguía siendo una fortuna. Sin embargo, sabía que el “pero” estaba por venir.
—Sobre la renuncia de Michael —continuó Chernin, cruzando las piernas—, no podemos permitir que se vaya inmediatamente después de los tiburones. Fox necesita una transición. Queremos que, además de The Shallows, Michael dirija otra película original bajo el sello de Relish Productions antes de su salida oficial. Y para asegurarnos de que el trato sea rentable, deberá elegir dos películas de nuestra biblioteca para desarrollar y producir, aunque no necesariamente dirigirlas él mismo, pero sí supervisarlas como productor ejecutivo.
Susan analizó la propuesta. Era menos asfixiante que las cinco películas de Warner, pero seguía siendo un ancla.
—Michael quiere libertad, Peter —dijo Susan con firmeza—. Obligarlo a quedarse para tres proyectos más (uno original y dos de biblioteca) es retrasar su plan de vida al menos dos o tres años.
—Es el precio de la entrada, Susan —respondió Chernin—. Le estamos dando 800 millones. Con ese dinero puede comprarse una isla y jubilarse. Si quiere jugar al gran empresario comprando productoras en quiebra, necesita el capital, y nosotros se lo damos a cambio de su tiempo. Las demás opciones, los porcentajes de recaudación y la distribución futura de sus películas con un 10% para él, las aceptamos. Fox quiere ser su hogar de distribución, incluso si él se va.
Susan se quedó mirando el logo de Fox en una de las paredes. ¿Qué pasaría conmigo si esto se firma?, pensó. Chernin la observaba como si pudiera leer sus dudas.
—Susan —dijo el ejecutivo en un tono más bajo—, si este trato se cierra, Relish Productions se convertirá en una división estelar de la Fox. Michael se irá eventualmente, pero alguien tendrá que dirigir esta división. Alguien que conozca los activos, que conozca el ritmo. No queremos que te vayas con él al desierto. Aquí tienes un futuro como presidenta de división. Piénsalo.
Susan salió de la oficina de Fox sintiendo que el sol de la tarde le quemaba la piel. Caminó hacia su coche, pero no arrancó de inmediato. Se quedó sentada, aferrada al volante, mirando hacia el horizonte de Century City.
Su mente era un torbellino. Por un lado, la oferta de Fox era “razonable” dentro de la locura que era este negocio. Ochocientos millones eran suficientes para que Michael ejecutara su plan de Orion. Pero las condiciones de permanencia eran las que Michael odiaba.
Todavía ni siquiera acepta vender y yo ya estoy planeando mi funeral profesional, se recriminó a sí misma. Incluso si firma hoy, todavía falta como mínimo un año de producción y postproducción de The Shallows antes de que la renuncia sea efectiva. Hay tiempo.
Pero el tiempo en Hollywood es relativo. Un año pasa en un abrir y cerrar de ojos entre sets, ediciones y viajes. Susan se vio a sí misma en un futuro cercano: Michael en su nueva productora, comprando cines, cambiando la industria, y ella… ¿donde estaría ella? ¿Siendo la presidenta de una cáscara vacía en Fox, gestionando las secuelas de Speed que Michael ya no quería tocar? ¿O arriesgándose de nuevo con él, empezando desde cero en una empresa con deudas como Orion?
Él es un genio, pero yo soy la que hace que el genio funcione, pensó con una mezcla de orgullo y amargura.
Encendió el motor. Sabía lo que tenía que hacer. Tenía que llevarle esta oferta a Michael, junto con el reporte de Dylan sobre Warner y el fracaso de Eleonor con Disney.
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Cuando Susan llegó a las oficinas de Relish Productions, se encontró con Eleonor en el vestíbulo.
—Disney fue un muro de piedra —dijo Eleonor, caminando junto a ella hacia la oficina de Michael—. Se creen que somos una hormiga.
—Fox es más astuto —respondió Susan—. Quieren comprarnos, pero también quieren quedarse con Michael un poco más de tiempo. Ofrecen 800 millones y el reembolso de los 50 de la película.
—¿Y Michael? —preguntó Eleonor.
—Michael está en el tanque de agua, ignorando el mundo —dijo Susan con una sonrisa irónica—. Vamos a buscarlo. Dylan también debe estar por llegar con lo de Warner.
Susan sintió que su resolución se fortalecía al entrar en el edificio. No importaba lo que Fox le ofreciera, o lo que Warner intentara comprar. Su lealtad no era hacia una marca o un edificio de oficinas, sino hacia la visión de ese joven que, en ese momento, probablemente estaba cubierto de agua salada tratando de hacer que un tiburón de goma pareciera una pesadilla real.
—No importa lo que pase con la venta —se susurró Susan a sí misma antes de entrar al set—, todavía tenemos una película que terminar. Y mientras haya una cámara rodando, yo sé exactamente quién soy.
Caminó con paso firme hacia el tanque de rodaje, dejando atrás sus dudas. La negociación seguía en el aire, la venta era una posibilidad lejana y llena de obstáculos, pero el presente exigía su atención total. Michael Relish estaba a punto de cambiar las reglas del juego una vez más, y Susan, como siempre, estaría allí para asegurarse de que nadie hiciera trampa.
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Ojalá le guste está historia la verdad es que no sabía que escribir, y como en los anteriores no parecía que les gusta o no había comentarios los dejé y me puse a pensar que sería bueno escribir. Intentaré subir tres capitulo por semana, si les gusta comenten y si no también, igual no soy escritor y siempre quise escribir una historia de regresión, hacer todo lo que no me atrevi en mi vida por miedo al fracaso. Like si te gusta y like si no 😂
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