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En Hollywood. - Capítulo 37

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Capítulo 37: Capítulo 36

Capítulo 36: El Peso de la Realidad y el Vuelo de Gravity

Relish Productions, Beverly Hills – 20 de Noviembre de 1994

La mañana del 20 de noviembre marcó el inicio de una nueva etapa para Michael Relish. No solo era el día señalado para comenzar el rodaje de The Shallows, sino que era el momento en que las piezas del gran rompecabezas financiero de Michael empezaban a encajar. En su oficina, el aire se sentía cargado de una calma productiva.

La puerta se abrió y Eleonor entró con una confirmación bancaria en la mano.

—Michael, se ha confirmado la transferencia —dijo Eleonor con una sonrisa—. Fox ha depositado los 105 millones de dólares correspondientes a la recaudación final de Speed que estaba pendiente. Es el primer pago oficial tras la firma del contrato.

Michael asintió con sobriedad. —Perfecto. Eleonor, busca a Susan. Necesito que calcule de inmediato cuánto de ese dinero debe reservarse para los impuestos antes de moverlo y que venga enseguida.

Apenas Eleonor salió, la secretaria anunció a Clara, la joven bibliotecaria que Michael había contratado para redactar la novela de Gravity. Clara entró sosteniendo un manuscrito con manos temblorosas pero ojos brillantes.

—Buenos días, joven Michael. Aquí tiene el libro —dijo Clara con orgullo—. Está terminado, editado y listo.

Michael tomó el manuscrito. —Toma asiento, Clara. Quiero leerlo ahora mismo.

Michael se sumergió en la lectura. Conocía la historia de memoria de la película, pero lo que Clara había hecho bajo su guía era una obra maestra literaria. El libro exploraba la soledad humana en el vacío absoluto de una manera que la película original no podía. Los pensamientos de los astronautas, la angustia de ver la Tierra tan cerca y a la vez tan inalcanzable, y la voluntad de hierro para sobrevivir estaban plasmados con una profundidad sobrecogedora.

Michael estuvo absorto en la lectura durante dos horas. Susan llegó a la oficina tras la primera hora y, al ver a Michael concentrado, decidió esperar en silencio junto a Clara. El silencio solo era roto por el pasar de las páginas.

Finalmente, Michael cerró el manuscrito y miró a Clara. —Es magnífico. Es una mejora sustancial en cada detalle psicológico de lo que te explique. Como prometí, el libro se publicará con nuestros dos nombres en la portada. Ve y lánzalo hoy mismo.

Clara, emocionada, se despidió agradecida. Michael se frotó los ojos y se dirigió a Susan.

—Hola, Susan. Perdona la espera —dijo Michael—. ¿Calculaste lo de Fox?

—Sí, Michael —respondió Susan, abriendo su libreta—. Fox envió 105 millones de dólares. Según el cálculo del 35% de impuestos que me pediste, debemos reservar 36.75 millones, más 1.25 millones de lo que faltaba de los 75 anteriores. Eso nos deja 67 millones de dólares netos de este pago. Pero Michael, insisto, deberíamos guardarlos en una cuenta segura.

Michael sonrió y se reclinó en su silla. —No, Susan. Ese dinero va directo a mi fondo de inversión. Déjame explicarte por qué.

Michael abrió sus registros financieros de julio.

—El 21 de julio invertí 47 millones de dólares propios con un apalancamiento de X3. Dividí el capital: 22 millones en el NASDAQ 100 y 25 millones en el S&P 500.

Susan escuchaba con atención mientras Michael señalaba los gráficos en su monitor.

—Desde el 21 de julio hasta hoy, 20 de noviembre, el mercado ha sido generoso. El NASDAQ 100 (NASDAQ Composite) ha subido un 6.7%. Con el apalancamiento X3, mi retorno real es del 20.1% sobre esos 22 millones, lo que nos da una ganancia de 4.422 millones. Por otro lado, el S&P 500 ha subido un 3%. Con el apalancamiento X3, el retorno es del 9% sobre los 25 millones, sumando 2.25 millones.

Michael hizo una pausa para que Susan procesara los números.

—En total, mi inversión inicial de 47 millones ha generado una ganancia neta de 6.647 millones de dólares en solo cuatro meses. Mi capital de inversión ahora es de 53.647 millones, pero sigo operando con una fuerza de mercado de un aproximado de 160 millones gracias al apalancamiento.

Susan miró los datos. —Has ganado casi 7 millones de dólares mientras hacías preproducción y negociabas con tres estudios.

—Por eso voy a meter los 67 millones que quedan del pago de Fox (tras impuestos) al mismo fondo —sentenció Michael—. Al sumarlos a mis 53.647 millones actuales, tendré una base de 120.647 millones de dólares. Con el apalancamiento X3, estaré moviendo en el mercado casi 360 millones de dólares. Para cuando Fox nos pague el resto de la venta el próximo año, no seré solo un director con dinero; seré el dueño de una fortuna que se multiplica sola.

Susan se quedó pensativa. —Michael, el apalancamiento es peligroso, pero los números no mienten. Estás construyendo un muro de capital que nos protegerá de cualquier intento de sabotaje de los estudios.

—Exacto, Susan —dijo Michael levantándose y tomando su gorra de director—. El dinero en el banco es para los que no tienen un plan. Yo tengo una industria que comprar.

Michael caminó hacia la puerta. —Hoy es 20 necesito que revises todo para el rodaje. Tenemos un tiburón que filmar y un imperio que financiar.

Susan lo siguió, sintiendo que el joven que caminaba delante de ella ya no era solo su amigo y jefe, sino una fuerza de la naturaleza financiera que Hollywood todavía no sabía cómo manejar.

Faltaban exactamente diez días para que la primera claqueta de The Shallows sonara en el tanque de Santa Mónica, pero para Michael Relish, el trabajo más importante de la semana no se encontraba en el guion, sino en los libros contables.

Michael se encontraba en la parte trasera de su sedán negro, revisando una serie de documentos junto a Susan. El coche se desplazaba suavemente hacia el distrito financiero, donde los rascacielos de cristal albergaban el verdadero poder de la ciudad.

Distrito Financiero, Los Ángeles

Marcus Goldman, el gestor que había estado manejando el capital de Michael desde julio, los esperaba con la seriedad de un general antes de la batalla. En sus pantallas, los gráficos del NASDAQ 100 y el S&P 500 mostraban la tendencia alcista que Michael había predicho meses atrás.

—Michael, Susan. Tomen asiento —dijo Marcus, yendo directo al grano—. He revisado el rendimiento de nuestras posiciones desde el 21 de julio. Como ya saben, el mercado ha sido generoso. Pero lo que me pides hacer hoy es escalar nuestra exposición a un nivel que pocos inversores individuales se atreven a tocar.

Michael se inclinó hacia adelante. —Marcus, el tiempo es nuestro recurso más escaso. Tengo diez días antes de quedar atrapado en un set de rodaje durante meses. Quiero que mi capital trabaje con la misma intensidad con la que yo trabajaré bajo el agua.

Michael sacó un gráfico donde había proyectado el crecimiento esperado del 6.7% mensual que Marcus le había mencionado en comunicaciones previas.

—Actualmente —comenzó Michael—, en el NASDAQ 100 tenemos una posición neta de 26.422 millones de dólares. Esa cifra es el resultado de nuestra inversión inicial de julio y el crecimiento acumulado. Quiero inyectar 38 millones de dólares adicionales de forma inmediata sin cerrar la inversión.

Marcus anotó la cifra. —Eso nos deja un capital base de 64.422 millones de dólares en el sector tecnológico. Y mantendremos el apalancamiento, supongo.

—Exacto —confirmó Michael con firmeza—. Mantén el apalancamiento X3. Quiero que para el 1 de diciembre nuestra fuerza operativa en el NASDAQ sea de 193.266 millones.

Susan tragó saliva, pero Michael no se detuvo.

—Para el S&P 500, nuestra posición actual es de 27.25 millones de dólares. Vamos a sumarle 29 millones de dólares más de los fondos que recibimos hoy. Esto nos da un capital base total de 57.25 millones en ese índice. Nuevamente, aplica el apalancamiento X3.

Marcus Goldman dejó su pluma sobre la mesa y miró a la pareja. —Hagamos el balance final de lo que estamos moviendo hoy, 20 de noviembre sin cerrar posición. Sumando ambas posiciones, tu capital neto invertido —tu “skin in the game”— será de 121.672 millones de dólares. Al aplicar el multiplicador X3, estarás moviendo en el mercado una fuerza total de 365.016 millones de dólares desde el 1 de diciembre.

Susan se frotó las sienes. —Es el múltiplo de 7 del presupuesto de la película que vamos a filmar. Michael, si el mercado estornuda, perdemos el capital que nos iba a dar la independencia.

—El mercado no va a estornudar, Susan —respondió Michael con una seguridad que rayaba en lo profético—. Los fundamentos están ahí. Marcus, quiero que estas posiciones se mantengan activas, renovándose automáticamente mes a mes, hasta septiembre de 1995. Mi objetivo es capturar esos % de crecimiento mensual sobre una base de 365 millones. Pero Marcus necesito que sigas normalmente sin cerrar posición, el dinero seguirá hasta el 31 de julio.

Marcus asintió, impresionado por la visión a largo plazo. —Si el mercado mantiene ese ritmo, para finales de julio del próximo año, solo en beneficios netos podrías estar sumando una cifra que dejaría en ridículo a cualquier salario de director en Hollywood. Estarías creando una fortuna líquida de cientos de millones, independiente de lo que Fox te pague por la venta de la productora.

Al salir de la oficina de Marcus, el aire de la tarde en Los Ángeles se sentía más ligero para Michael. El peso de los 67 millones ahora estaba en los cables de fibra óptica de Wall Street, multiplicándose.

—Susan —dijo Michael mientras caminaban hacia el coche—, ya tenemos la estructura financiera blindada. Ahora podemos dedicarnos en cuerpo y alma a The Shallows. El dinero para comprar Orion Pictures en septiembre de 1995 ya está en camino. Se está fabricando mientras nosotros dormimos.

Susan lo miró, todavía procesando la magnitud de los 365 millones que ahora estaban “flotando” en el mercado bajo su nombre.

—A veces me pregunto si de verdad eres un cineasta, Michael —comentó ella mientras subían al vehículo—. O si eres un estratega financiero que usa el cine como una forma de entretenimiento personal.

Michael se rió, mirando hacia el horizonte donde el sol se ponía sobre los estudios de Hollywood. —Soy ambas cosas, Susan. En este negocio, si no eres un tiburón en la oficina, terminas siendo la comida en el set. Y yo no planeo ser la comida de nadie. Necesito que hagas una cosa por mi Susan, necesito que hagas circular noticias que yo quiero comprar unas activos o IP de MGM.

Susan lo quedó viendo y solo respondió, —Entendido.—

El coche arrancó. Michael ya no pensaba en los 121 millones de inversión. Su mente ya estaba en el 1 de diciembre cuando comienza su nueva inversión e imaginando el primer plano de Cameron Diaz, el movimiento del agua y la sombra del tiburón mecánico. El capital estaba asegurado; ahora era el turno del arte.

Faltaban diez días para el rodaje. El imperio de Michael Relish acababa de dar su paso más ambicioso en el tablero de ajedrez de Wall Street.

Santa Mónica, California – 1 de Diciembre de 1994

El hangar de rodaje en Santa Mónica parecía una catedral dedicada a la ingeniería moderna. En el centro, el gigantesco tanque de agua, una maravilla de la logística construida bajo la supervisión de Susan Wells, brillaba bajo las luces cenitales. El agua, tratada para tener la claridad cristalina de las costas de Baja California, estaba en calma, pero todos los presentes sabían que bajo esa superficie descansaba el depredador mecánico más avanzado jamás construido por el equipo de Stan Winston.

Era el primer día de rodaje de The Shallows. Michael Relish caminaba por el set con una calma que desmentía la presión de los millones de dólares que colgaban de cada una de sus decisiones. Llevaba su gorra de director y unos auriculares colgados al cuello, observando cómo las grúas de cámara se posicionaban con precisión milimétrica.

Mientras revisaba el monitor principal, Eleonor se acercó con paso rápido, sosteniendo un comunicador.

—Michael —dijo ella, bajando la voz para no interferir con los técnicos—, acaba de confirmarse. Los 25 millones de dólares correspondientes al primer reembolso del presupuesto por parte de Fox han entrado en la cuenta operativa. Estamos totalmente cubiertos para esta fase del rodaje.

Michael asintió sin apartar la vista del tanque. —Excelente, Eleonor. Infórmale a Susan. Ahora que el dinero está en su lugar, podemos concentrarnos en que cada centavo se vea reflejado en la pantalla. Gracias.

Michael se dirigió al centro del set, donde el Director de Fotografía (DoP) y el Director de Sonido lo esperaban. La cinematografía de esta película era un reto: Michael no quería el look granulado de Tiburón de 1975; quería algo vibrante, saturado, que contrastara la belleza del paraíso con el horror de la supervivencia.

—Quiero que la luz se sienta opresiva, pero hermosa —le dijo Michael al DoP—. Cuando Nancy esté en el coche, la luz debe ser cálida, como un recuerdo. Pero en cuanto toque el agua, quiero que los azules sean tan profundos que se sientan peligrosos.

—Entendido, Michael —respondió el fotógrafo—. Estamos usando lentes anamórficos para darle esa amplitud épica a la soledad de la playa.

El director de sonido intervino: —Michael, para la escena del coche, hemos preparado un diseño sonoro que mezcla el viento de la costa con el motor viejo del Jeep. Queremos que el espectador sienta la libertad antes de que el silencio del mar se convierta en una trampa.

Michael asintió, satisfecho. Estaba rodeado de los mejores, y eso le permitía exigir la perfección.

Michael se acercó a la zona donde se encontraba el vehículo de la escena inicial. Al ser 1994, Michael había tenido que hacer ajustes creativos. En la película original de su memoria, Nancy usaba un smartphone para mirar fotos y comunicarse. Aquí, Michael tuvo que adaptar la tecnología a la época, pero manteniendo la esencia narrativa.

En el asiento del pasajero, Michael revisó los “props” o utilería:

La Cámara: Una Nikon de película, robusta, que Nancy usaría para documentar su viaje.

El Celular: Un teléfono móvil de mediados de los 90, algo voluminoso pero funcional, que servía para mostrar que ella aún tenía un vínculo con la civilización.

La Fotografía: Un retrato físico, desgastado en las esquinas, que mostraba a una joven Nancy con su padre.

Michael sabía que la fotografía era el ancla emocional. En un mundo sin Instagram ni almacenamiento en la nube, ese trozo de papel era el único tesoro que Nancy llevaba consigo al santuario de su madre fallecida.

Cameron Diaz esperaba junto al coche. Se veía joven, atlética y con una energía que Michael sabía que la cámara adoraría. Sin embargo, The Shallows no era The Mask. Aquí no habría risas ni efectos de caricatura; habría dolor, agotamiento y una lucha cruda por la vida.

Michael se acercó a ella y la tomó del hombro de manera paternal, a pesar de que él era más joven que ella.

—Cameron, escúchame —dijo Michael suavemente—. En esta primera escena, no solo estás llegando a una playa secreta. Estás llegando al último lugar donde tu madre fue feliz. La cámara está en tu mano porque quieres capturar lo que ella vio. Pero cuando mires esa fotografía de tu padre, quiero que sintamos la culpa. La culpa de haberte alejado, de estar buscando algo en el océano que quizás no puedas encontrar.

Cameron escuchaba con atención, asimilando la dirección.

—No quiero una actuación de “chica bonita” —continuó Michael—. Quiero que la audiencia vea a una mujer que está tratando de encontrarse a sí misma antes de que el mundo intente devorarla. Tus emociones son el mapa de esta película. Si tú no sufres, ellos no sufren.

Cameron asintió, cerrando los ojos por un momento para entrar en el estado mental de Nancy. —Lo entiendo, Michael. Es una peregrinación, no unas vacaciones.

—Exacto —concluyó Michael—. Prepárate. Vamos a rodar.

Michael se sentó en su silla de director. El silencio cayó sobre el hangar como un manto pesado. Los técnicos contuvieron la respiración.

—¡Sonido! —gritó el asistente.

—¡Grabando! —respondió el director de sonido.

—¡Cámara!

—¡Velocidad!

La claqueta apareció frente a la lente: The Shallows – Escena 1, Toma 1. El chasquido resonó en todo el estudio.

—¡Acción! —ordenó Michael.

La escena comenzó con un plano medio de Cameron dentro del Jeep. El movimiento de la cámara simulaba el traqueteo del camino de tierra. Ella sostenía la cámara Nikon, fingiendo tomar fotos del paisaje inexistente que luego se añadiría mediante efectos visuales y rodaje en exteriores.

Michael observaba el monitor. Cameron lo estaba haciendo de maravilla. Sus dedos acariciaron el borde de la fotografía de su padre. En sus ojos, Michael pudo ver exactamente lo que había pedido: una mezcla de nostalgia, tristeza y una determinación feroz. Cuando ella dejó la foto y miró hacia el frente, su expresión cambió a una de asombro melancólico.

—Corten —dijo Michael después de unos segundos—. Ha sido una toma excelente, pero vamos a repetirla una vez más. Cameron, esta vez, cuando mires la foto, quiero que te demores un segundo más. Siente el papel. Recuerda que es lo único físico que te queda de ese vínculo.

El equipo se preparó para la toma 2. Mientras tanto, Michael miró hacia el fondo del set, donde el tiburón mecánico de Winston estaba siendo revisado por los ingenieros. Sabía que la paz de esta primera escena era el preludio de la tormenta.

Afuera del hangar, el mundo seguía girando. Sus millones de dólares estaban moviéndose en la bolsa de Nueva York, generando intereses segundo a segundo. Pero aquí, bajo las luces de Santa Mónica, Michael Relish era solo un artista capturando la fragilidad humana. El rodaje había comenzado, y con él, el primer ladrillo de lo que sería, sin duda, la película de supervivencia más impactante de la década de los 90.

Michael sonrió para sus adentros. Todo estaba en su sitio.

—¡De nuevo a sus puestos! —gritó con entusiasmo—. ¡Toma dos!

El rodaje de The Shallows había entrado en su fase más crítica: el agua. Tras completar las escenas iniciales del Jeep y la llegada a la playa, Michael Relish trasladó a todo el equipo al interior del hangar principal, donde el tanque de 20 millones de galones se había convertido en el ecosistema privado del director.

Michael estaba sentado en una plataforma elevada, una estructura metálica que le permitía estar a solo unos metros de la superficie del agua sin mojarse. Sus ojos, rojos por la falta de sueño y el cloro que impregnaba el ambiente, no se despegaban del monitor. A su lado, Susan observaba el cronograma con una mezcla de orgullo y ansiedad. Michael no solo estaba dirigiendo; estaba coreografiando un ballet de muerte entre una mujer y una máquina.

—¡Cameron, necesito más tensión en los hombros! —gritó Michael a través del megáfono—. ¡Recuerda que no estás nadando por placer, estás huyendo de algo que no ves pero que sientes en la vibración del agua!

En el centro del tanque, Cameron Diaz flotaba sobre una tabla de surf diseñada específicamente para el filme. En 1994, las tablas eran ligeramente más largas y pesadas que las que Nancy usaría en la versión de 2016, lo que le daba a los movimientos de Cameron una cualidad más física y menos estilizada. Michael quería que el público sintiera el peso del esfuerzo.

—Michael, el sistema de oleaje está al 70% —informó el técnico de efectos mecánicos—. Si subimos más, el rebote contra las paredes del tanque creará una turbulencia que la cámara no podrá seguir.

Michael se ajustó los auriculares. —Manténganlo al 70%. Quiero que Cameron luche contra la corriente, pero necesito ver su rostro. Si la espuma la cubre, perdemos la conexión emocional.

Michael estaba concentrado al límite. Para él, cada fotograma era una inversión. Sabía que en la postproducción los efectos digitales de 1994 serían limitados, por lo que estaba forzando a que casi todo fuera práctico. El agua debía verse real porque era real. El sudor en la frente de Cameron era real.

—¡Corten! —exclamó Michael—. ¡Traigan a Cameron a la plataforma!

Mientras el equipo de seguridad ayudaba a la actriz a subir, Michael bajó de su silla para recibirla. Cameron llegó tiritando levemente a pesar de que el agua estaba climatizada. Una asistente le puso una bata gruesa de inmediato. Michael le entregó una botella de agua y se sentó a su lado, lejos del bullicio de los técnicos.

—Lo estás haciendo increíble, Cam —dijo Michael, bajando el tono de voz para crear un espacio de confianza—. Pero hay algo en la forma en que miras hacia atrás que me preocupa.

Cameron bebió un sorbo de agua y lo miró fijamente. Sus ojos azules estaban inyectados en sangre por el agua salinizada. —¿A qué te refieres, Michael? Estoy intentando mostrar miedo.

—Ese es el problema. Estás mostrando miedo genérico. Como si tuvieras miedo de un fantasma —explicó Michael, gesticulando con las manos—. Nancy es estudiante de medicina. Es una científica. Su miedo es racional. Ella está calculando la distancia, la velocidad del depredador, la profundidad del arrecife. Quiero que cuando mires atrás, tus ojos estén analizando, no solo huyendo. 1994 no es una época de heroínas que solo gritan. Quiero que seas la heroína que sobrevive porque es más inteligente que el monstruo.

Cameron sonrió débilmente, apreciando la profundidad de la dirección. —Es difícil ser inteligente cuando tienes un tiburón de acero de dos toneladas persiguiéndote los talones, aunque sepa que es una máquina de Stan Winston.

Michael soltó una pequeña carcajada y le puso una mano en el brazo. —Ese es el truco del cine. Olvida a Stan. Olvida a los cincuenta tipos con luces. Solo estás tú, el océano y la voluntad de volver a ver a tu padre. ¿Puedes darme esa mirada de cálculo en la próxima toma?

—Cuenta con ello, director —respondió ella, poniéndose de pie con renovada energía.

Michael regresó a su posición. Tenía que lidiar con un cambio importante: la tecnología. En la escena que estaban a punto de rodar, Nancy intentaba usar su reloj para medir el tiempo de ataque del tiburón. En 1994, Michael reemplazó el reloj digital avanzado por un robusto Casio G-Shock de la época. Era un detalle pequeño, pero le daba a la película una autenticidad táctil.

—¡Director de fotografía! —llamó Michael—. Quiero un primer plano del reloj de Nancy. El segundero debe ser el metrónomo de la escena. El tic-tac será el único sonido que compita con el latido de su corazón.

El rodaje continuó con una intensidad agotadora. Michael estaba en todas partes: revisando la temperatura del agua, ajustando el ángulo de la cámara submarina y asegurándose de que el “sangre” artificial tuviera la densidad adecuada para no disolverse demasiado rápido.

Su concentración era tal que apenas registraba el paso de las horas. Para Michael, el set era un santuario donde el tiempo se detenía. Solo existía la luz, el agua y la verdad que Cameron estaba proyectando.

Cerca del final de la jornada, Michael y Cameron se encontraron nuevamente junto al monitor para revisar los diarios (las tomas del día). Estaban solos, con el resto del equipo recogiendo cables y preparando el equipo para el día siguiente.

—Mira eso —dijo Michael, señalando un plano donde Cameron emergía del agua, con el cabello pegado a la cara y una expresión de pura determinación—. Esa es la película. Ahí es donde el público se va a enamorar de Nancy.

Cameron observó su propia imagen con asombro. —Nunca me habían filmado así, Michael. En The Mask todo era glamour y luces suaves. Aquí… aquí parezco una guerrera.

Michael se giró hacia ella. —Porque lo eres. Tienes una fuerza que Hollywood aún no sabe cómo explotar, pero con The Shallows, eso va a cambiar. No solo vas a ser la chica de la comedia; vas a ser la mujer que definió el cine de supervivencia en los 90.

Hubo un momento de silencio cargado de respeto profesional. Cameron sintió que Michael, a pesar de ser menor que ella, tenía una visión que la elevaba como artista. No era solo un jefe; era un creador que creía en ella más que nadie en la industria.

—Gracias, Michael —dijo ella suavemente—. Por creer que puedo llevar esta película yo sola en mis hombros.

—No la llevas sola, Cam. La llevamos los dos. Yo pongo el marco, y tú pones el alma —respondió Michael con una sonrisa sincera.

Michael se levantó y empezó a recoger sus cosas. Eran las diez de la noche. Mientras salía del hangar, su mente ya estaba volando hacia los informes financieros que Marcus Goldman le enviaría.

El rodaje de The Shallows apenas comenzaba, pero Michael ya sabía que tenía algo especial entre las manos. Algo que cambiaría la carrera de Cameron y consolidaría su leyenda.

Santa Mónica, California – 9 de Diciembre de 1994

La humedad en el hangar se había vuelto tan densa que se podía sentir en la garganta. El olor a neopreno, grasa mecánica y agua tratada era el perfume diario de Michael Relish. Eran las tres de la mañana y el set estaba sumido en un silencio tenso, solo roto por el goteo constante del agua que caía de las rejillas superiores. Michael estaba de pie en el borde del tanque, observando cómo los buzos de seguridad y los ingenieros de Stan Winston terminaban de calibrar al “Gran Blanco”.

En 1994, no había capas digitales para ocultar los fallos. Si el tiburón no se movía como un animal real, la película fracasaría. Michael lo sabía. Había invertido una fortuna en este animatrónico, exigiendo que los servomotores fueran lo suficientemente rápidos para romper la superficie del agua con la violencia de un proyectil.

—Michael, estamos listos para la escena del ataque a la boya —dijo Susan, acercándose con una taza de té humeante—. Cameron está en maquillaje, le están aplicando las heridas de la pierna. Está un poco nerviosa. El tamaño de esa cosa es… intimidante.

Michael miró al tiburón, que flotaba inerte, con sus ojos negros y sin vida reflejando las luces del set. —Tiene que estarlo, Susan. Si no tiene miedo de esa máquina, el público no tendrá miedo en el cine. Pero iré a hablar con ella.

Michael entró en el tráiler de maquillaje. Cameron estaba sentada mientras dos artistas aplicaban capas de látex y sangre artificial en su muslo izquierdo. La “mordida” se veía grotescamente real para los estándares de los 90. Al ver a Michael, Cameron forzó una sonrisa, pero sus ojos delataban la fatiga.

—Parece que un camión te pasó por encima —bromeó Michael, sentándose frente a ella.

—Se siente así —respondió Cameron—. Michael, he estado viendo las pruebas del tiburón. La velocidad a la que cierran las mandíbulas… si algo sale mal con el sensor de proximidad, podría romperme la tabla de surf conmigo encima.

Michael se puso serio y le tomó la mano, evitando tocar el maquillaje fresco. —Cam, he revisado los protocolos de seguridad personalmente tres veces hoy. Hay tres buzos de seguridad a menos de dos metros de ti en todo momento, invisibles para la cámara. Pero lo más importante es esto: yo estoy operando el interruptor de emergencia desde mi mesa. Si veo que el brazo hidráulico se desvía un centímetro de la trayectoria, el sistema se bloquea instantáneamente.

Cameron lo miró a los ojos, buscando la seguridad que solo un director que tiene el control total puede dar. —Confío en ti, Michael. Es solo que… es tan real. El sonido de los pistones bajo el agua suena como un gruñido.

—Úsalo —le pidió Michael—. No luches contra el miedo, deja que el miedo trabaje para ti. En esta escena, Nancy está atrapada en la boya. El tiburón no solo nada a su alrededor; está golpeando la estructura. Quiero que sientas la vibración en tus huesos. No estás actuando frente a una pantalla azul como harán en el futuro; estás ahí, en el agua, con un monstruo de metal que quiere cenar.

De vuelta en el set, Michael se posicionó en su estación de mando. El tanque estaba envuelto en una niebla artificial para simular la bruma marina. Cameron fue colocada sobre la estructura de la boya metálica, una pieza de utilería que se balanceaba peligrosamente sobre el agua.

—¡Luces! ¡Cámara! —gritó el asistente.

Michael se inclinó hacia el monitor, con la mano izquierda sobre el control de emergencia y la derecha sosteniendo el comunicador. Su concentración era absoluta; en ese momento, el mundo financiero, el libro de Gravity. Solo existía el encuadre.

—¡Acción! —ordenó Michael.

El operador del tiburón activó la secuencia. Bajo el agua, la mole de acero y piel de silicona cobró vida. El tiburón rompió la superficie a escasos metros de Cameron, con las mandíbulas abiertas, mostrando hileras de dientes de resina afilados. El impacto contra la boya hizo que la estructura vibrara violentamente.

Cameron gritó, y esta vez no era una actuación ensayada. El terror en su rostro era genuino. Se aferró a los tubos oxidados de la boya mientras el tiburón volvía a sumergirse, dejando una estela de espuma y furia.

—¡Mantén la cámara en sus ojos! —ordenó Michael por el intercomunicador al operador de la grúa—. ¡Quiero ver el pánico transformándose en instinto de supervivencia!

La escena duró tres minutos agónicos. El tiburón golpeaba, rodeaba y volvía a atacar. Michael observaba cada movimiento, calculando las distancias. Cuando el tiburón hizo su última pasada, pasando tan cerca de la pierna de Cameron que el agua desplazada la empapó por completo, Michael vio el plano perfecto.

—¡Corten! ¡Corten! —gritó Michael, soltando el aire que había estado reteniendo.

El equipo de seguridad sacó a Cameron del agua de inmediato. Estaba pálida y tiritaba, pero cuando sus pies tocaron tierra firme, miró hacia Michael y levantó el pulgar. Michael bajó corriendo de la plataforma y la envolvió en una manta térmica él mismo.

—¡Eso ha sido increíble, Cam! La toma es histórica —dijo Michael con entusiasmo contagioso.

—Dime que no tenemos que hacer otra toma de esa —dijo ella, riendo entre dientes mientras intentaba recuperar el aliento.

—Solo una más para los insertos de las manos, pero el tiburón estará apagado —le aseguró Michael—. Lo que hiciste ahí arriba… esa vulnerabilidad… va a hacer que esta película sea un clásico. Nadie ha visto un nivel de realismo así en una película de criaturas desde Aliens.

Se sentaron un momento en las sillas de lona. Cameron se apoyó un momento en el hombro de Michael, compartiendo el agotamiento del momento. En ese instante, la diferencia de edad desaparecía; eran dos artistas en las trincheras, creando algo que sabían que era más grande que ellos.

—Michael —dijo ella después de un momento—, ¿cómo es que siempre sabes exactamente qué decir para que deje de tener miedo?

Michael miró hacia el tanque, donde el equipo estaba remolcando al tiburón de vuelta a su base. —Porque yo también tengo miedo, Cam. Tengo miedo de fallar, de no estar a la altura de la visión que tengo en mi cabeza. Pero he aprendido que en este negocio, el miedo es el combustible. Si no tienes miedo, es que no te importa lo suficiente.

Mientras el equipo se preparaba para la siguiente escena, Eleonor se acercó a Michael con un fajo de periódicos y una carpeta.

—Michael, perdón por interrumpir el rodaje, pero tienes que ver esto —dijo Eleonor, entregándole el New York Times.

Michael leyó el titular de la sección de cultura: “¿El nuevo Orson Welles? Michael Relish conquista las librerías con Gravity mientras rueda su próxima película”. El artículo hablaba sobre cómo el libro estaba agotando existencias y cómo la crítica literaria estaba asombrada por la precisión técnica y el alma de la novela.

—El libro es un éxito total, Michael —dijo Eleonor—. Pero Susan me pidió que te advirtiera algo. Los ejecutivos de Fox han estado llamando. Han visto las fotos de producción del tiburón y están preocupados por la calificación de edades. Dicen que es “demasiado sangriento” para una película de verano.

Michael cerró el periódico con un gesto brusco. Sus ojos se volvieron fríos, recuperando esa mirada de tiburón financiero que Susan tanto temía.

—Diles a los ejecutivos de Fox que si quieren una película de Disney, que se vayan a Burbank —sentenció Michael—. Yo estoy haciendo una película sobre la cadena alimenticia. Y en la cadena alimenticia, hay sangre. Que se preocupen por cobrar sus cheques el próximo año; la visión creativa es mía.

Michael se levantó, dejando atrás el éxito del libro y las quejas de los estudios. Se puso los auriculares y volvió a su silla.

—¡Equipo! ¡Escena 42, Nancy en la roca! ¡Traigan al tiburón de vuelta! ¡Tenemos luz!

El rodaje seguía. Michael Relish no iba a permitir que nada, ni el miedo de una actriz, ni las dudas de un estudio, ni el éxito de un libro, lo desviara de su camino hacia la cima de Hollywood. El depredador de acero volvió a sumergirse, y con él, la ambición de Michael de devorar la industria entera.

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Ojalá le guste está historia la verdad es que no sabía que escribir, y como en los anteriores no parecía que les gusta o no había comentarios los dejé y me puse a pensar que sería bueno escribir. Intentaré subir tres capitulo por semana, si les gusta comenten y si no también, igual no soy escritor y siempre quise escribir una historia de regresión, hacer todo lo que no me atrevi en mi vida por miedo al fracaso. Like si te gusta y like si no 😂

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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