En Hollywood. - Capítulo 38
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Capítulo 38: Capítulo 37
Capítulo 37: El Refugio de la Roca y el Eco del Agua
Santa Mónica, California – 15 de Diciembre de 1994
El rodaje de The Shallows había alcanzado casi su primer tercio. El hangar, que al principio parecía inmenso, se había convertido en un mundo claustrofóbico de azul y metal. Michael Relish pasaba más de catorce horas al día en ese entorno, y su piel ya empezaba a oler permanentemente a ozono y salitre.
Esa noche, la producción se centraba en las escenas de la “Roca”, el pequeño islote de coral donde Nancy queda atrapada mientras la marea sube. Era el núcleo emocional de la película. Aquí no había acción frenética ni ataques del tiburón; era el momento del agotamiento, del delirio y de la soledad compartida con una gaviota herida.
Michael estaba sentado en el borde del tanque, con los pies colgando sobre el agua, observando cómo el equipo de iluminación ajustaba los focos para simular el crepúsculo. Cameron estaba ya en la roca, una estructura de resina y fibra de vidrio que sobresalía del agua climatizada. Llevaba horas allí, con el maquillaje de la pierna cada vez más desmejorado para mostrar el paso del tiempo y la infección.
—¡Descanso de quince minutos! —gritó el asistente de dirección.
La mayoría del equipo se alejó hacia la mesa de catering, pero Michael no se movió. Observó a Cameron desde la distancia. Ella estaba sentada en la roca, abrazándose las rodillas, mirando el agua con una expresión que Michael no lograba descifrar. Ya no era la Cameron Diaz de las revistas de moda; era una mujer rota y superviviente.
Michael se quitó los zapatos, se remangó los pantalones y bajó al agua. Caminó a través del tanque hasta llegar a la roca. Cameron levantó la vista y sonrió débilmente cuando lo vio subir para sentarse a su lado.
—El agua está agradable hoy —dijo Michael, rompiendo el silencio.
—Me estoy convirtiendo en una sirena, Michael —respondió ella con la voz algo ronca—. A veces olvido que hay un mundo afuera de estas paredes de metal.
Michael la miró de cerca. Había una vulnerabilidad en ella que no estaba en el guion. El cansancio físico del rodaje en 1994, sin las comodidades modernas, estaba haciendo mella, y eso creaba una atmósfera íntima entre ambos.
—Lo estás haciendo muy bien, Cam —dijo Michael suavemente—. Sé que te estoy presionando mucho. Sé que estar aquí sola, rodeada de técnicos, es difícil.
Cameron suspiró y se apoyó ligeramente en el hombro de Michael. Fue un gesto espontáneo, cargado de una confianza que se había ido gestando en las trincheras del set. —Es más que eso. Es que… me haces sentir cosas que no sabía que podía proyectar. A veces, cuando dices “acción”, no veo a un director de veinte años. Veo a alguien que conoce el miedo mejor que yo. ¿Cómo es posible, Michael?
Michael sintió el calor de ella contra su hombro y guardó silencio un momento. La química entre ellos era innegable, una mezcla de admiración profesional y algo más profundo que flotaba en el aire estancado del hangar.
—Vengo de un lugar de mucha soledad, Cameron —confesó Michael, eligiendo sus palabras con cuidado—. He tenido que luchar por cada centímetro de mi vida, incluso antes de llegar aquí. Cuando te veo en esa roca, no solo veo a Nancy. Veo mi propia lucha por mantenerme a flote en una industria que quiere hundirme.
Cameron se giró para mirarlo a los ojos. Estaban tan cerca que podía ver el reflejo de las luces del set en las pupilas de Michael. Hubo un impulso, un clip de sentimiento puro donde el tiempo pareció detenerse. En ese hangar de 1994, con el tiburón de acero acechando en las sombras del tanque, cualquier cosa podría haber pasado. El ambiente era eléctrico.
Michael le acarició el rostro, retirándole un mechón de pelo húmedo. —Eres increíble, Cam.
Ella no se apartó. Al contrario, se acercó un poco más, buscando ese ancla en medio de la tormenta del rodaje. Pero antes de que el momento cruzara la línea definitiva, Michael recordó su propósito. Él era el director, y ella era su protagonista. Ese fuego, ese anhelo, debía estar en la cámara.
—Esa mirada… —susurró Michael, sin soltar su rostro—. Guárdala. No la pierdas. Úsala ahora que vamos a grabar la escena donde Nancy se despide de su madre mentalmente. Úsala para decirle al mundo que no te vas a rendir.
Cameron parpadeó, volviendo a la realidad, pero la chispa en sus ojos no se apagó. Asintió, entendiendo que Michael estaba usando incluso su propia conexión para elevar su arte. —Eres un genio terrible, Michael Relish.
Michael regresó a su silla. Su corazón latía con fuerza, pero su mente estaba de nuevo en modo “director”.
—¡A sus puestos! ¡Escena 54, toma 1! —gritó Michael.
La escena involucraba a Nancy hablando con la gaviota (un ave real entrenada por el equipo de animales de Hollywood). Michael decidió que esta escena debía ser cruda. En 1994, la falta de efectos digitales obligaba a una sincronización perfecta entre la actriz y el animal.
—¡Acción!
Cameron comenzó su monólogo. Hablaba con el ave sobre su padre, sobre la medicina, sobre el miedo a morir en una playa que nadie conocía. La cámara se acercó en un plano detalle extremo. Michael observaba en el monitor cómo el sentimiento que acababan de compartir en la roca se filtraba en la actuación de Cameron. Había una ternura y un dolor tan reales que el director de fotografía dejó de respirar para no mover la cámara.
—Eso es, Cam… —susurró Michael para sí mismo—. Dame el alma.
La toma fue perfecta. La gaviota, como si entendiera la gravedad del momento, permaneció inmóvil al lado de Cameron mientras ella le entablillaba el ala con un trozo de neopreno. Era una escena que en el futuro se recordaría como el momento en que Cameron Diaz demostró ser una actriz de calibre de Oscar.
—¡Corten! ¡Excelente! —exclamó Michael, levantándose para aplaudir.
Mientras el equipo preparaba el siguiente set de luces, Susan se acercó a Michael. Ella había estado observando la interacción en la roca desde lejos y tenía una mirada de advertencia.
—Michael, tenemos un problema —dijo Susan, entregándole un sobre—. Es de los abogados de MGM. Parece que ya han escuchado los rumores, y saben de tu reunión con Marcus Goldman y de la inyección masiva de capital en el mercado, piensan que quieres comprar algunos de sus activos.
Michael abrió el sobre y leyó rápidamente. MGM estaba intentando poner una medida cautelar sobre sus activos, alegando que estaba usando información privilegiada o fondos no declarados para manipular el mercado antes de una posible compra de activos.
—Están desesperados, Susan —dijo Michael con una sonrisa gélida—. Saben que para septiembre de 1995 tendré más liquidez que ellos. No pueden detener una inversión legal en índices públicos como el NASDAQ o el S&P 500. Diles a nuestros abogados que respondan con una demanda por acoso. No tengo tiempo para esto.
—También hay algo más —añadió Susan—. James Cameron llamó. Al parecer, escuchó rumores sobre lo que estás haciendo con el tiburón animatrónico y quiere pasarse por el set.
Michael arqueó una ceja. James Cameron era el rey de la tecnología en el cine de los 90. —Dile que es bienvenido a partir de la próxima semana. Pero que no traiga cámaras. Nadie ve al tiburón antes que el público.
El rodaje terminó a las cuatro de la mañana. El hangar estaba frío y el agua del tanque reflejaba la oscuridad. Michael estaba recogiendo su guion cuando Cameron se acercó a él. Ya estaba vestida con su ropa de calle, pero su pelo aún estaba algo húmedo.
—Michael —dijo ella, deteniéndolo cerca de la salida—. Lo que pasó hoy en la roca… gracias por no dejar que se convirtiera en otra cosa. Necesito este papel. Necesito que esta película sea perfecta.
Michael la miró y, por un segundo, volvió a ser el joven que sentía una conexión genuina con ella. —Lo será, Cam. Porque los dos sabemos lo que es estar en esa roca.
Se despidieron con una mirada que decía más que las palabras. Michael salió al aire fresco de Santa Mónica. Sus inversiones estaban creciendo, su libro era un éxito y su película estaba tomando una forma que asombraría al mundo. Pero mientras subía a su coche, no podía dejar de pensar en el calor del hombro de Cameron y en cómo, en el complejo juego de su vida, ella se había convertido en la única persona que realmente entendía la soledad de su ambición.
El rodaje de The Shallows seguía su curso, y con él, el destino de Michael Relish se entrelazaba cada vez más con el arte, el dinero y los sentimientos que no podía controlar del todo.
Santa Mónica, California – 22 de Diciembre de 1994
El rodaje de The Shallows había alcanzado la marca de los dos quintos de su cronograma, y el ambiente en el hangar de Santa Mónica era lo más parecido a una olla a presión. Hacía semanas que el equipo no veía la luz del sol más allá de los trayectos entre sus casas y el set. Michael Relish, con el rostro más afilado y los ojos inyectados en sangre, se había convertido en un espectro que solo vivía para los monitores.
Era el 22 de diciembre. Afuera, Beverly Hills estaba adornada con luces navideñas y los centros comerciales rebosaban de gente. Adentro, Michael estaba lidiando con la secuencia más peligrosa de la “Marea Alta”, donde la roca de Nancy desaparece bajo el agua y ella debe realizar un nado desesperado hacia la boya metálica mientras el tiburón la acecha en círculos concéntricos.
—¡No, Cameron! ¡Otra vez no! —gritó Michael por el megáfono, su voz resonando con una aspereza que hizo que los técnicos se miraran entre sí—. Si nadas con esa técnica de piscina olímpica, nos cargamos la película. ¡Nancy está agotada! ¡Su pierna es un peso muerto! ¡Quiero ver dolor, no una clase de natación!
Cameron emergió del agua, jadeando. Se apartó el pelo de la cara con un gesto brusco de impaciencia. Los roces entre ella y Michael habían aumentado en la última semana. La conexión emocional que compartieron en la roca días atrás parecía haber mutado en una tensión eléctrica que oscilaba entre la admiración y el resentimiento profesional.
—¡Llevo seis horas en el agua, Michael! —replicó Cameron, su voz cargada de irritación—. Tengo frío, me arden los ojos y ese estúpido traje de neopreno me está cortando la circulación. ¡Estoy haciendo lo que puedo!
Michael bajó de su plataforma y caminó hasta el borde del estanque. Los dos se miraron fijamente. Susan, observando desde la mesa de producción, contuvo el aliento. En 1994, Michael no era solo un director joven; era el jefe de un imperio en ciernes, y Cameron era la estrella que él mismo estaba moldeando.
—Lo que puedes no es suficiente para esta escena, Cam —dijo Michael, bajando la voz pero manteniendo un tono gélido—. Si Nancy nada bien, el tiburón no tiene oportunidad, y si el tiburón no tiene oportunidad, no hay tensión. Necesito que sientas que te vas a ahogar. Necesito que odies el agua tanto como me odias a mí en este momento.
Cameron guardó silencio, apretando la mandíbula. Había una chispa de furia en sus ojos, pero también ese “clip” de sentimiento que Michael sabía provocar. La línea entre su relación personal y el trabajo se había vuelto tan delgada que a veces no sabían dónde terminaba el personaje y dónde empezaba la persona.
—Vuelve a tu posición —ordenó Michael—. Y esta vez, no pienses en la cámara. Piensa en sobrevivir.
El estanque había sido llenado a su máxima capacidad para esta secuencia. En los 90, simular la inmensidad del océano en un entorno controlado requería un uso magistral de la oscuridad y los filtros. Michael había ordenado que se añadiera un tinte oscuro especial al agua para que el fondo del tanque fuera invisible, aumentando la sensación de abismo.
—¡Ingenieros de Winston! —llamó Michael—. Quiero al tiburón en modo automático para la toma de persecución lateral. No quiero que el operador lo guíe; dejen que la computadora siga la trayectoria programada. Si Cameron es lenta, el tiburón la alcanzará.
—Michael, eso es peligroso —advirtió el jefe de efectos—. El brazo hidráulico no tiene ojos. Si ella se cruza…
—Ella no se cruzará —sentenció Michael, mirando a Cameron, que ya estaba de nuevo en su marca—. ¿Verdad, Nancy?
Cameron asintió con una determinación feroz. El desafío de Michael había encendido algo en ella. Ya no era solo una actriz cumpliendo un contrato; era una competidora intentando demostrarle a ese genio de veinte años que podía soportar cualquier cosa que él le lanzara.
—¡Luces apagadas! ¡Solo los focos de superficie! —gritó Michael—. ¡Cámara submarina lista! ¡Acción!
La escena fue un caos controlado de una belleza aterradora. Cameron comenzó a nadar hacia la boya, sus movimientos eran erráticos, pesados, transmitiendo perfectamente la agonía de una pierna herida. Detrás de ella, bajo la superficie oscura, la mole de acero y silicona de Stan Winston se activó. El zumbido de los motores hidráulicos bajo el agua sonaba como un rugido mecánico.
Michael observaba el monitor de infrarrojos. El tiburón se acercaba a la velocidad programada. Cameron miró hacia atrás, y la cámara captó su terror absoluto al ver la aleta dorsal cortando el agua a menos de tres metros. En ese momento, no hubo roces, no hubo discusiones; hubo cine puro.
Cameron llegó a la boya y trepó por la estructura metálica justo cuando el morro del tiburón impactaba contra la base, levantando una columna de agua que la empapó por completo.
—¡Corten! ¡Dios mío, eso ha sido perfecto! —gritó Michael, olvidando por un momento su frialdad.
Tras la toma, Michael ordenó un descanso para que Cameron pudiera calentarse. Diez minutos después, entró en su tráiler privado. Ella estaba sentada frente al calentador, envuelta en tres toallas. La tensión de la discusión anterior seguía flotando en el aire, pero el éxito de la toma había suavizado las aristas.
—Ha sido la mejor toma del rodaje hasta ahora, Cam —dijo Michael, sentándose en el borde de la mesa, a una distancia respetuosa pero cercana—. Perdona por lo de antes. Sabía que tenías esa energía dentro y necesitaba sacarla.
Cameron levantó la vista. Su rostro estaba pálido, pero sus ojos estaban más vivos que nunca. —Eres un manipulador, Michael Relish. Sabes exactamente qué botones presionar para que me vuelva loca.
Michael sonrió levemente. —Es mi trabajo. Pero también sé que eres la única actriz en este momento que podría haber aguantado esa toma sin pedir un doble.
Cameron soltó una risa seca y se acercó un poco a él, rompiendo la barrera de las toallas. —A veces te odio. De verdad. Odio que tengas razón y odio que me conozcas tan bien después de solo tres semanas.
Hubo un silencio cargado. Michael sintió la electricidad entre ellos nuevamente. En la soledad del tráiler, con el sonido de la lluvia de California golpeando el techo de metal, el conflicto parecía transformarse en algo mucho más íntimo. Estaban a centímetros de distancia. Michael podía oler el cloro en su piel y ella podía ver la fatiga épica en el rostro del joven que estaba cambiando su vida.
—Faltan un par de días para Navidad, Michael —dijo ella en un susurro—. ¿Vas a dejarnos descansar o vas a hacerme nadar hasta Nochebuena?
Michael le acarició la mejilla, un gesto que en el set habría sido inapropiado pero que aquí se sentía natural. —Rodaremos hasta el 24 al mediodía. Luego, tendrás hasta el 1 de enero de descanso. Te los has ganado.
Cameron puso su mano sobre la de él, deteniéndola en su mejilla. —Ven a cenar conmigo en Navidad. Lejos del agua. Lejos de los tiburones. Lejos de Michael el Director. Solo Michael.
Michael sintió un vuelco en el corazón. Sus inversiones de millones estaban seguras, su libro era un éxito mundial, pero este era el único territorio que no podía controlar con cálculos. —Me encantaría, Cam. Pero ese mismo día es la fiesta de Relish Productions. Donde toda la gente que trabaja y ha trabajado conmigo está invitado, igual vos.
Michael salió del tráiler y se encontró con Eleonor, que lo esperaba con una carpeta de color rojo.
—Michael, tenemos noticias de Nueva York —dijo Eleonor—. Tus posiciones en el NASDAQ han subido un 1.2% esta semana. Los beneficios acumulados ya superan los 12 millones de dólares adicionales solo en diciembre. Pero… hay algo más.
Eleonor le entregó un recorte de prensa. MGM y Warner Bros han formado una alianza estratégica para revisar las normativas de “adquisiciones hostiles” en el sector de los medios. Es un ataque directo a tu plan para Orion o para cualquier productora que quieras comprar.
Michael leyó el informe bajo la luz fluorescente del hangar. —Creen que pueden cambiar las reglas del juego mientras yo estoy distraído con una cámara. No saben que mi mente nunca deja de operar. Eleonor, dile a Marcus que para cuando termine el rodaje de la película por febrero, quiero que empezaremos a comprar bonos de deuda de Orion de forma silenciosa a través de empresas fachada. Si no podemos comprar el estudio por la puerta de adelante, lo compraremos a través de sus deudas.
—Entendido —dijo Eleonor, retirándose.
Michael regresó al borde del estanque. El tiburón de acero estaba siendo limpiado por los técnicos. Miró el agua oscura y luego hacia el tráiler de Cameron. El rodaje de The Shallows era una prueba de resistencia para todos, pero Michael sabía que cada conflicto, cada roce y cada dólar invertido lo estaban acercando a la meta final.
En 1994, Michael Relish estaba construyendo un imperio, y el precio a pagar era la paz mental, pero por primera vez, sentía que no tenía que construirlo completamente solo.
—¡Equipo! —gritó Michael, recuperando su tono de mando—. ¡Última escena del día! ¡Nancy en la boya, plano corto! ¡Vamos a darle a Fox algo por lo que valga la pena pagar!
El rodaje continuó, con el eco de la Navidad acercándose y el rugido del tiburón mecánico marcando el compás de una ambición que no conocía límites.
Santa Mónica, California – 23 de Diciembre de 1994
La víspera de la Nochebuena llegó al hangar de Santa Mónica con un aire de triunfo agotado. El rodaje de The Shallows avanzaba a un ritmo frenético; Michael Relish había logrado completar casi la mitad del metraje en un tiempo récord, a pesar de que las secuencias con el tiburón animatrónico de Stan Winston eran auténticas pesadillas de ingeniería. Cada vez que el depredador de acero debía realizar una dentellada, el equipo de hidráulica contenía el aliento, sabiendo que un error de milímetros podría destruir la escenografía o herir a la protagonista.
Michael estaba en el centro del set, observando la última toma del día. En el monitor, el agua teñida de rojo oscuro se agitaba mientras Cameron, exhausta y cubierta de salitre, se aferraba a la boya. La iluminación simulaba una luna llena implacable que bañaba la escena de una frialdad casi fantasmal.
—¡Corten! ¡Excelente trabajo a todos! —gritó Michael, su voz resonando en las vigas metálicas—. ¡Acérquense todos un momento!
El equipo, compuesto por casi cien personas entre técnicos, buzos y asistentes, se reunió alrededor de la plataforma de dirección. Michael se quitó los auriculares y sonrió, una de las pocas veces que mostraba esa calidez humana en el set.
—Escuchen bien. Mañana es 24 de diciembre. Hemos trabajado como animales durante semanas y hemos logrado lo que muchos estudios dijeron que era imposible en este tiempo. Por eso, he decidido que a partir de mañana al mediodía, todos tienen vacaciones. Nos volvemos a ver aquí el 1 de enero para la segunda mitad del rodaje.
Disfruten con sus familias, descansen y aléjense del agua. ¡Se lo han ganado!
Un estallido de vítores y aplausos llenó el hangar. El alivio era palpable. Susan, desde la mesa de producción, le dedicó a Michael una mirada de aprobación; sabía que el equipo necesitaba este respiro para no romperse.
Mientras el equipo empezaba a recoger el equipo, Michael caminó hacia la zona de los tráileres para cambiarse. El ambiente era más relajado, con algunos técnicos compartiendo cervezas y deseándose felices fiestas. Justo antes de entrar en su espacio privado, una voz lo detuvo.
—Michael, espera.
Era Cameron. Aún llevaba el neopreno puesto, pero se había quitado la parte superior, dejando ver una camiseta térmica. Tenía el cabello húmedo y una mirada que Michael reconoció de inmediato: no era Nancy, era ella.
—Cam, ¿todo bien? Mañana ya podrás descansar —dijo Michael con amabilidad.
Ella se acercó, ignorando el frío del hangar. —Michael, he estado pensando mucho en lo que hablamos el otro día. En la cena de Navidad… y en lo que siento cuando estamos en esa roca. No puedo seguir fingiendo que solo es “química actoral”.
Michael guardó silencio, sintiendo el peso de la situación. Cameron tomó aire y continuó, con una honestidad que la hacía parecer vulnerable.
—Me he enterado de cosas, Michael. Hollywood es un pueblo pequeño. Sé que tienes… una relación, o algo parecido, con Naomi y con Elizabeth. Y aun así, después de estas semanas contigo, siento algo que no puedo ignorar. Me estoy enamorando de la persona que eres bajo todo este poder y dinero.
Michael la miró fijamente. En 1994, las estructuras sociales eran mucho más rígidas que en el futuro que él recordaba, pero Michael no vivía bajo las reglas de nadie. Se acercó un paso a ella, manteniendo un tono de voz bajo y honesto.
—No te has equivocado en lo que has oído, aunque son rumores Cameron —dijo Michael con una calma que la sorprendió—. Tengo una relación con Naomi y con Elizabeth. Pero hay algo que quizás no sepas: ellas lo saben todo. No es un engaño. Ambas aceptan nuestra dinámica, nos cuidamos y ellas me comparten entre sí porque entienden quién soy y lo que estamos construyendo juntos.
Cameron dio un paso atrás, parpadeando con incredulidad. —Eso es… Michael, eso es una locura. ¿Cómo pueden aceptarlo? ¿Cómo puedes vivir así?
—Vivimos bajo nuestras propias reglas, Cam —respondió Michael con firmeza—. No sigo el manual de moralidad de esta industria. Sé que esto te deja en shock, y puede que incluso te moleste o te haga cambiar de opinión sobre mí. Pero si de verdad quieres estar conmigo, si de verdad sientes algo, no tienes que convencerme a mí solo. Tendrías que hablar con ellas. Ellas ahora son parte de mi vida tanto como yo de la suya.
La actriz se quedó paralizada, en absoluto silencio. La idea de una poliamoría abierta y consensuada era algo que en los años 90 se consideraba escandaloso o simplemente inexistente en los círculos de poder. Miró a Michael como si fuera un alienígena, tratando de procesar que el hombre que amaba no solo era un genio financiero y cinematográfico, sino alguien que habitaba un universo ético totalmente distinto.
—Habla con ellas si quieres —repitió Michael suavemente—. Pero no te mentiré para que te sientas más cómoda. Esta es mi realidad.
Antes de que Cameron pudiera articular una respuesta, la voz de Susan Wells retumbó desde el borde del tanque.
—¡Michael! ¡Necesito que vengas ahora mismo! ¡Es urgente!
Michael le lanzó una última mirada a Cameron, quien permanecía allí de pie, inmóvil bajo la luz fluorescente del hangar, procesando la revelación. Michael no esperó; giró sobre sus talones y corrió hacia donde estaba Susan.
Susan estaba rodeada por el equipo de ingenieros de Stan Winston junto a uno de los paneles de control hidráulicos. Había un rastro de fluido aceitoso en el suelo y el olor a quemado era intenso.
—¿Qué ha pasado? —preguntó Michael, llegando al grupo.
—El sistema de la mandíbula del tiburón ha colapsado —explicó el jefe técnico, señalando los indicadores—. El sensor de presión falló durante la última toma y los pistones siguieron empujando hasta que reventaron los sellos. Michael, si no hubieras cortado la toma cuando lo hiciste, el tiburón habría explotado por la presión interna.
Michael observó el daño. El “monstruo” de acero estaba ahora inerte, con una mueca metálica deformada.
—¿Se puede arreglar? —preguntó Michael, recuperando su frialdad operativa.
—Necesitamos piezas nuevas de Detroit —respondió Susan—. Por eso es providencial que hayamos decidido tomar las vacaciones ahora. Si intentáramos rodar mañana, no tendríamos tiburón.
Michael asintió, mirando hacia el tanque oscuro. —Parece que el destino también quería que paráramos, Susan. Aseguren el equipo. No quiero que nadie se quede aquí esta noche. Mañana es Navidad y necesitamos que el equipo vuelva con la mente limpia.
Susan se quedó un momento con él mientras el resto del equipo se retiraba. Notó que Michael estaba algo distraído, mirando hacia la zona de los tráileres donde Cameron ya no estaba.
—¿Estás bien, Michael? —preguntó Susan con curiosidad—. Pareces haber visto un fantasma.
Michael forzó una sonrisa y se frotó las sienes. —No es nada, Susan. Solo el cansancio acumulado. Ha sido un mes intenso.
—Lo ha sido —coincidió ella—. Pero mira el lado positivo: tus inversiones en el NASDAQ acaban de cerrar en un máximo histórico antes del festivo. Tienes la película a mitad de camino y el mundo está a tus pies. Feliz Navidad, Michael.
—Feliz Navidad, Susan.
Michael se quedó solo en el hangar durante unos minutos. El silencio era casi absoluto, solo interrumpido por el eco del agua en el tanque. En su mente, las palabras de Cameron y el estado del tiburón se mezclaban. Estaba ganando en todos los frentes: el financiero, el artístico y el literario. Pero en el terreno de las emociones humanas, se encontraba navegando aguas tan profundas y desconocidas como las de su propia película.
Caminó hacia su coche, sabiendo que el 1 de enero regresaría para terminar la batalla. Pero por ahora, el joven que movía millones de dólares y dirigía a las futuras mayores estrellas del mundo, solo quería una noche de silencio antes de enfrentar las consecuencias de su verdad.
Los Ángeles, California – 23 de Diciembre de 1994 (Noche)
Cameron Diaz conducía su coche por Sunset Boulevard, pero sus ojos apenas registraban las luces de neón o los adornos navideños que decoraban las palmeras. En sus oídos todavía resonaba la voz calmada y gélida de Michael Relish: “Ellas saben todo… Ellas me comparten”.
El shock inicial había sido como una bofetada de agua helada en medio del desierto. Cameron estaba acostumbrada al caos de Hollywood; sabía que las estrellas de cine tenían aventuras, que los productores tenían segundas familias y que los matrimonios de fachada eran la moneda de cambio en la industria. Pero esto era diferente. Michael no estaba escondiendo nada detrás de una red de mentiras. Él le había ofrecido la verdad con una naturalidad que la hacía sentir que ella era la que estaba fuera de lugar por sorprenderse.
“¿Una relación triple?”, pensó Cameron, apretando el volante. “¿Naomi Watts y Elizabeth Banks?”.
Al llegar a su casa, Cameron no encendió las luces de inmediato. Se sentó en el sofá, dejando que la oscuridad la envolviera. Sus sentimientos por Michael eran reales; no eran solo el resultado de la tensión en el set o de la forma en que él la miraba a través de la lente. Era una atracción hacia su mente, hacia esa seguridad casi aterradora con la que él manejaba millones de dólares y dirigía a cientos de personas con apenas veinte años.
Pero ella quería ser la única. En su mente, el amor era un territorio de dos. Sin embargo, cuanto más lo pensaba, más se daba cuenta de que Michael Relish no era un hombre de territorios comunes. Él estaba construyendo un imperio, reescribiendo las reglas de Wall Street y revolucionando el cine. ¿Por qué iba a seguir las reglas convencionales en el amor?
—Hollywood es una locura —se dijo a sí misma en voz alta—. He oído rumores de fiestas en mansiones de Bel-Air que harían sonrojar a un marinero. He oído sobre directores que intercambian favores por papeles… pero esto es… honestidad. Es casi peor porque no puedo juzgarlo por mentiroso.
Cameron sabía que había cosas que no sabía. Rumores sobre pactos de silencio y estilos de vida alternativos en las colinas de Hollywood sobraban en 1994, pero siempre se mantenían en la sombra. Michael lo había puesto bajo la luz del sol.
A las diez de la noche, la curiosidad y la necesidad de entender superaron a su orgullo. Cameron tomó el teléfono y marcó el número de su agente.
—¿Hola? ¿Cam? Son casi las once, ¿pasa algo con el rodaje? —la voz de su agente sonaba preocupada.
—No, el rodaje está en pausa hasta el 1 de enero —respondió Cameron, tratando de sonar casual—. Necesito un favor. Quiero que consigas los números privados de Naomi Watts y Elizabeth Banks.
Hubo un silencio prolongado al otro lado de la línea. —¿Naomi y Elizabeth? ¿Para qué? ¿Michael te pidió que las contactaras para la película?
—No es para la película. Es un asunto personal, Jeff. Solo consíguelos. Sé que se mueven en los mismos círculos de casting.
—Está bien, está bien. Dame una hora. En esta ciudad, todos los números terminan en la misma base de datos si sabes a quién preguntar.
Cameron colgó. Caminó de un lado a otro de su estancia, mirando el guion de The Shallows que descansaba sobre la mesa. Michael le había dicho que si quería estar con él, tenía que hablar con ellas. Era un desafío. Era como si él estuviera diciendo: “Si eres lo suficientemente valiente para entrar en mi mundo, tienes que enfrentarte a sus cimientos”.
Cerca de la medianoche, sonó el teléfono. Jeff le dictó los dos números. Cameron anotó cada dígito con una mano que temblaba levemente. No llamó a Elizabeth primero; decidió llamar a Naomi. Había algo en la mirada de Naomi que había visto en algunas fotos de eventos —una serenidad similar a la de Michael— que la hacía pensar que ella era el eje de esa estructura.
El teléfono sonó tres veces antes de que una voz suave y calmada contestara.
—¿Diga?
—¿Naomi? Soy Cameron. Cameron Diaz.
Hubo una pausa, pero no de sorpresa, sino de reconocimiento. —Hola, Cameron. Michael me dijo que quizás llamarías.
Esa frase golpeó a Cameron con más fuerza que cualquier otra cosa. Michael ya lo había previsto. Él ya les había avisado.
—Necesito hablar con ustedes —dijo Cameron, recuperando su firmeza—. Con las dos. Mañana.
—Mañana es 24 de diciembre, Cameron —respondió Naomi con una voz que no mostraba hostilidad, sino una extraña comprensión—. Pero entiendo que esto no puede esperar hasta después de Navidad. Elizabeth está conmigo. Ven a la casa de Malibú a las once de la mañana. Tomaremos un café y hablaremos.
—Allí estaré —dijo Cameron.
Cameron colgó el teléfono y sintió un escalofrío. Mañana se enfrentaría a las dos mujeres que compartían la vida del hombre que estaba alterando su propio destino. Se sentía como si estuviera a punto de entrar en un club exclusivo donde las cuotas de entrada no eran dinero, sino una apertura mental que ella no estaba segura de tener.
Se preparó para dormir, pero el sueño no llegaba. Se imaginaba a las dos chicas, imaginaba su relación con Michael y trataba de buscar una fisura, una señal de que alguna de ellas estaba sufriendo o siendo manipulada. Pero la voz de Naomi había sonado… feliz. O al menos, en paz.
“Mañana sabré la verdad”, pensó Cameron mientras cerraba los ojos. “Mañana sabré si Michael Relish es el hombre de mis sueños o mi mayor error”.
Afuera, la ciudad de los ángeles seguía su curso, llena de secretos bien guardados, pero en la casa de Cameron Diaz, el secreto más grande de Michael Relish estaba a punto de ser diseccionado por tres mujeres que, de una forma u otra, estaban unidas por la misma ambición y el mismo hombre.
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Ojalá le guste está historia la verdad es que no sabía que escribir, y como en los anteriores no parecía que les gusta o no había comentarios los dejé y me puse a pensar que sería bueno escribir. Intentaré subir tres capitulo por semana, si les gusta comenten y si no también, igual no soy escritor y siempre quise escribir una historia de regresión, hacer todo lo que no me atrevi en mi vida por miedo al fracaso. Like si te gusta y like si no 😂
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com