En Hollywood. - Capítulo 39
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39: Capítulo 38 39: Capítulo 38 Capítulo 38: De la Fama al Sentimiento Malibú, Los Ángeles – 24 de Diciembre de 1994 La mañana de Nochebuena amaneció con un sol pálido que bañaba las colinas de Los Ángeles con una luz dorada y engañosa.
Cameron Diaz detuvo su coche frente a la residencia de Naomi Watts (Michael), una propiedad elegante, aunque no ostentaba la opulencia agresiva de las mansiones de los grandes productores.
Era un refugio, un lugar que se sentía privado y resguardado del ruido de la industria.
Cameron se miró en el espejo retrovisor.
No había dormido bien.
El eco de las palabras de Michael sobre “compartir” y “reglas propias” le había dado vueltas en la cabeza como un tiburón en un estanque cerrado.
Con un suspiro de determinación, bajó del vehículo y caminó hacia la entrada.
La puerta se abrió antes de que pudiera llamar.
Naomi Watts la recibió con una sonrisa serena, vestida de manera informal pero impecable.
Detrás de ella, en el salón que daba a una terraza con vistas a la playa, estaba Elizabeth Banks.
El contraste entre las tres era fascinante: la elegancia clásica de Naomi, la energía chispeante de Elizabeth y la belleza atlética y californiana de Cameron.
—Pasa, Cameron.
Estábamos esperándote —dijo Naomi, invitándola a entrar.
Cameron caminó hacia el salón, sintiéndose extrañamente como una intrusa en un ecosistema perfectamente equilibrado.
Se sentó en un sillón de cuero frente a ellas.
El silencio duró apenas unos segundos antes de que Elizabeth, fiel a su naturaleza impulsiva y directa, rompiera el hielo con una punzada de ironía.
—¿Y bien?
—soltó Elizabeth, cruzándose de brazos mientras la observaba con curiosidad—.
¿Cómo es que la nueva “novia de América” siente que necesita una reunión de emergencia con nosotros en plena víspera de Navidad?
Cameron no se dejó intimidar.
Había sobrevivido a semanas de rodaje bajo la presión de Michael; una pregunta directa no la iba a quebrar.
—Hola, Elizabeth.
Naomi —saludó Cameron, manteniendo la voz firme—.
He venido porque Michael fue muy honesto conmigo anoche.
Me dijo que tiene una relación con ambas y que ustedes están al tanto.
Empecé a tener sentimientos por él durante el rodaje…
sentimientos reales.
Pero antes de dar un paso más en cualquier dirección, necesitaba entender esto.
Necesitaba verlas a la cara.
Naomi tomó un sorbo de su café y dejó la taza sobre la mesa con una calma que resultaba casi hipnótica.
Miró a Cameron con una mezcla de respeto y pragmatismo.
—Es verdad, Cameron.
Estamos con él —comenzó Naomi—.
Pero para entender por qué aceptamos esto, tienes que entender cómo empezó.
Michael no es un hombre común, y nuestra unión tampoco lo fue.
Al principio, tanto Elizabeth como yo éramos solo dos actrices más en este mar de tiburones llamado Hollywood.
Necesitábamos a alguien con visión, alguien que tuviera las ideas y el poder para hacernos famosas.
Michael era ese hombre.
Cameron escuchaba con atención, sintiendo que estaba accediendo a un nivel de realidad de la industria que pocos llegaban a ver.
—Después del éxito de Scream —continuó Naomi—, hicimos un pacto.
Un contrato implícito, si quieres llamarlo así.
Si queríamos estar a su lado, él nos ayudaría con el protagonismo y las oportunidades que merecíamos.
Yo ya estoy viendo los frutos; mi carrera ha despegado de una forma que nunca imaginé.
Elizabeth está un paso atrás, pero su camino está trazado.
Michael cumple sus promesas, siempre.
Elizabeth intervino, suavizando un poco su tono, dejando traslucir una sinceridad que Cameron no esperaba.
—Como dijo Naomi, al principio se trataba de ambición.
Yo quería ser famosa, quería salir de la oscuridad de los castings secundarios.
Pero algo cambió en el camino —confesó Elizabeth, mirando hacia el ventanal—.
Me enamoré de él.
Ya no me importa si mañana me da un papel protagonista o si me deja en un segundo plano.
Michael tiene algo…
una gravedad.
Te atrae hacia su órbita y, una vez que estás ahí, te das cuenta de que el mundo exterior es aburrido en comparación con sus planes.
Elizabeth miró fijamente a Cameron.
—Sé que Michael será alguien inmenso, mucho más de lo que es ahora.
Y he aceptado que para estar a su lado, tengo que mejorar, tengo que crecer al ritmo que él crece.
No puedo exigirle exclusividad a un hombre que está tratando de comprar la industria entera.
Nos compartimos porque entendemos que él no pertenece a una sola persona; pertenece a su visión.
Cameron sintió un nudo en el estómago.
Las palabras de Elizabeth y Naomi pintaban un cuadro de Michael que era a la vez fascinante y aterrador.
No era solo un hombre; era un motor de cambio, un arquitecto de destinos.
Y ellas, lejos de ser víctimas, eran socias en una empresa emocional y profesional que ella apenas lograba procesar.
—Entiendo…
—susurró Cameron, bajando la mirada hacia sus manos—.
Entiendo lo que dicen.
Pero mi forma de ver el amor es…
diferente.
O al menos, lo era hasta que entré en ese set de rodaje.
Se hizo un silencio largo.
Cameron procesó la información: la ayuda en sus carreras, el amor nacido de la admiración mutua y la aceptación de una libertad que rompía los tabúes de 1994.
—Todavía estoy muy confundida —admitió Cameron, levantándose lentamente—.
Lo que han compartido conmigo es mucho para asimilar en una mañana.
Necesito tiempo para pensar, para saber si yo encajo en un rompecabezas como este o si simplemente soy una pieza de otra caja.
Naomi se levantó también, mostrando una cortesía impecable.
—Tómate el tiempo que necesites, Cameron.
Michael no te va a presionar.
Él ya te dio la verdad; ahora la pelota está en tu campo.
—Disculpen por haberlas molestado en un día como hoy —añadió Cameron, dirigiéndose hacia la puerta—.
Solo quería saberlo todo por boca de ustedes, y ya me lo han explicado.
—No es molestia —dijo Elizabeth con una media sonrisa—.
Bienvenida al mundo real de Michael Relish, Cameron.
Es más complicado que las películas, ¿verdad?
Cameron salió a la calle y sintió el aire fresco de la mañana.
Se subió a su coche y se quedó un momento con las manos en el volante, sin encender el motor.
La reunión no había sido el enfrentamiento de celos que su mente cinematográfica había imaginado.
No hubo gritos, ni lágrimas, ni competencia.
Hubo una lógica empresarial y emocional que la dejó descolocada.
Michael las ayudaba a ser estrellas, y ellas lo ayudaban a él a no estar solo en la cima.
Era un intercambio de poder y afecto que funcionaba con la precisión de un reloj suizo.
“¿Podría yo ser parte de eso?”, se preguntó.
“¿Podría compartir al hombre que me hace sentir que soy la única mujer en el mundo cuando me mira a través de la cámara?”.
Arrancó el coche y se alejó de las colinas.
Tenía una semana por delante para decidir.
Una semana antes de que el 1 de enero llegara y tuviera que volver a ver a Michael a los ojos en el set de The Shallows.
El rodaje de la película de supervivencia acababa de volverse mucho más personal.
Ahora, la verdadera lucha por la supervivencia no estaba en el estanque con el tiburón mecánico, sino en su propio corazón.
Cameron llegó a su casa, cerró la puerta y se preparó para pasar una Navidad en silencio, con el peso de una verdad que la industria de Hollywood, con todo su brillo y sus secretos, rara vez se atrevía a pronunciar.
Malibú – 24 de Diciembre de 1994 (Mediodía) Elizabeth Banks observó la puerta de la casa cerrarse tras la salida de Cameron Diaz.
Se quedó en silencio un momento, con los brazos cruzados, procesando la brevedad del encuentro.
Había esperado un melodrama digno de un guion de Douglas Sirk; esperaba súplicas, negociaciones o incluso una demanda de exclusividad por parte de la estrella de The Mask.
Pero lo que recibió fue a una mujer procesando una realidad que superaba su imaginación.
—Eso ha sido…
anticlimático —dijo Elizabeth, rompiendo el silencio y mirando a Naomi—.
Pensé que vendría a decirnos algo como: “Por favor, dejen a Michael para que yo pueda estar con él”, o que intentaría darnos una lección de moralidad.
Pero se limitó a escuchar y se marchó.
Fue muy extraño, no dijo casi nada después de que le soltamos la verdad.
Naomi asintió lentamente, recogiendo las tazas de café.
—Así es como reacciona alguien que está verdaderamente confundido, Liz.
Ella no vino aquí a pelear, vino a confirmar si lo que Michael le dijo era una locura de un solo hombre o un sistema consensuado.
Ahora sabe que es lo segundo, y su mente está tratando de encajar las piezas.
No sabe qué hacer porque sus sentimientos por Michael chocan con todo lo que le enseñaron sobre cómo debería ser una relación.
Elizabeth se encogió de hombros, dejando atrás el tema de Cameron.
Michael era un imán para las mujeres con talento, y ella ya había aceptado que otras podrían gravitar hacia su órbita.
Lo que realmente le importaba era lo que sucedería esa noche.
—Bueno, que se confunda en su casa —sentenció Elizabeth con una sonrisa pícara—.
Hoy es nuestra primera Navidad oficial con Michael, y no pienso dejar que la sombra de una surfista confundida nos arruine el plan.
Tenemos mucho que hacer y muy poco tiempo antes de que él salga del set.
Media hora después, las dos mujeres estaban en el coche de Naomi, dirigiéndose hacia las boutiques exclusivas de Rodeo Drive.
A pesar de que Los Ángeles no tenía nieve, el ambiente navideño era palpable en las decoraciones de cristal y las guirnaldas de terciopelo rojo que adornaban las fachadas de Chanel y Dior.
—Michael ha estado trabajando como un loco en ese estanque —comentó Elizabeth mientras caminaban por la acera bañada por el sol—.
Susan me dijo que apenas come y que duerme en el tráiler la mitad de la semana.
Se merece algo más que un pavo relleno esta noche.
—Tienes razón —coincidió Naomi—.
Él nos ha dado mucho este año.
Mi carrera en ascenso, tu estabilidad, esta sensación de que somos parte de algo grande.
Queremos darle una sorpresa que no pueda calcular en una hoja de cálculo.
Entraron en una boutique de moda de alta gama.
Elizabeth, siempre más audaz en sus elecciones, empezó a buscar vestidos que contrastaran entre sí.
—Tú deberías ir de blanco o plateado, Naomi —sugirió Elizabeth, sosteniendo un vestido de seda que parecía líquido bajo las luces de la tienda—.
Te da ese aire de elegancia clásica, de estrella de la época dorada que Michael tanto admira.
Yo iré de rojo oscuro o negro.
El contraste visual cuando estemos las dos con él será…
impactante.
Tras elegir los vestidos, se dirigieron a una de las lencerías más discretas y lujosas de la ciudad, un lugar donde las cortinas de terciopelo protegían la privacidad de las clientas más famosas de Hollywood.
El aire aquí olía a jazmín y talco caro.
Elizabeth se movía entre los estantes de encaje con una determinación absoluta.
—Hasta ahora, siempre hemos estado con él por separado, Naomi.
Pero esta noche es diferente.
Si vamos a dar el paso de estar las dos con él al mismo tiempo, la presentación tiene que ser perfecta.
Michael es un director; vive por la estética.
—Me pone nerviosa, no voy a mentir —confesó Naomi, acariciando un conjunto de encaje francés en color perla—.
Pero hay algo en la idea que me hace sentir más unida a ti también.
Michael siempre dice que somos su equipo, su pilar.
Esto es simplemente llevar esa unión al nivel más íntimo.
Elizabeth sacó un conjunto de seda negra con ligueros a juego.
—Él no se lo va a esperar.
Cree que llegaremos, cenaremos y quizás veremos alguna película vieja.
Pero cuando vea que estamos totalmente coordinadas…
será la mejor Navidad de su vida.
Conversaron sobre los detalles con una complicidad que habría escandalizado a la sociedad conservadora de los 90′.
Hablaron sobre cómo sorprenderlo, sobre el orden de la noche y sobre cómo querían que Michael se sintiera: no solo como un hombre poderoso, sino como un hombre amado y deseado por las dos personas que mejor lo conocían.
—¿Crees que Elizabeth Banks y Naomi Watts se convertirán en los nombres más mencionados de 1995?
—preguntó Elizabeth mientras pagaban sus compras, cargando las bolsas de papel de seda.
—Si Michael tiene éxito con The Shallows y su plan con Orion Pictures, seremos mucho más que nombres en una lista —respondió Naomi—.
Seremos parte de la historia de cómo un chico de veinte años se apoderó de Hollywood.
Y nosotras estuvimos allí desde el principio, en su cama y en su vida.
Regresaron a la casa de Michael para empezar a prepararse.
El salón ya estaba decorado con un árbol de Navidad sobrio pero elegante, y el servicio de catering que Michael había contratado ya había dejado los platos principales listos para ser calentados.
Elizabeth se miró en el espejo del vestidor, sosteniendo su nueva adquisición de lencería.
—Cameron Diaz no tiene ni idea de lo que se pierde si decide no entrar en este mundo, ¿verdad?
Naomi, que estaba terminando de arreglarse el cabello, se acercó y le puso una mano en el hombro.
—Ella ve un problema donde nosotras vemos una oportunidad.
Ella ve una traición donde nosotras vemos lealtad compartida.
Michael no es para mujeres que buscan una valla blanca y un perro en el jardín, Liz.
Michael quiere conquistar el mundo y tenemos que ser esas mujeres que también quieren conquistar el mundo.
A medida que el sol se ponía y las luces de la ciudad empezaban a brillar con más intensidad, la tensión expectante crecía en la casa.
Elizabeth y Naomi se ayudaron mutuamente con el maquillaje y los vestidos, asegurándose de que cada detalle fuera perfecto.
El contraste era, tal como Elizabeth había predicho, espectacular.
Naomi parecía una visión etérea en seda clara, mientras que Elizabeth desbordaba una energía sensual y vibrante en su atuendo oscuro.
Eran las dos caras de la moneda que Michael Relish había acuñado.
—Él ya debe estar saliendo de la oficina—dijo Elizabeth, mirando el reloj de pared—.
Susan dijo que como tienen que arreglar el tiburón mecánico, fueron a Relish Productions, pero ya conocemos a Michael.
Se habrá quedado revisando alguna toma del tiburón o hablando con Marcus Goldman por teléfono.
—Déjalo —dijo Naomi con una sonrisa tranquila—.
Cuanto más trabaje y más frío pase en la oficina, más apreciará el calor que le tenemos preparado aquí.
Elizabeth se sentó en el sofá, alisando su vestido y sintiendo el roce de la seda cara contra su piel.
Estaba emocionada.
Sabía que esa noche no solo era una celebración de la Navidad, sino la consolidación de un pacto que las mantendría unidas a Michael por encima de cualquier estrella de cine que intentara interponerse.
Cameron Diaz podía tener sus dudas, pero Elizabeth y Naomi ya habían cruzado el Rubicón.
Esa noche, Michael Relish no llegaría a una casa vacía, ni a una relación convencional.
Llegaría al centro de un imperio personal que él mismo había diseñado, donde dos mujeres estaban listas para demostrarle que el poder es mucho más dulce cuando se comparte bajo sus propias reglas.
—Hoy la fiesta de navidad será una locura, Liz —dijo Naomi, levantando una copa de vino.
—Si, Naomi.
Hagamos que Michael nunca olvide este 1994 —respondió Elizabeth, brindando con un brillo de ambición y deseo en los ojos.
Malibú, California – 24 de Diciembre de 1994 (Tarde-Noche) La mansión de Michael en Malibú respiraba una elegancia sobria y moderna.
A falta de cinco horas para la medianoche, el ambiente estaba cargado de una anticipación eléctrica.
Michael Relish se encontraba frente al espejo de su vestidor, ajustándose una corbata de seda negra sobre una camisa blanca inmaculada.
Su traje, cortado a medida en Savile Row pero con un estilo joven y agresivo, reflejaba exactamente quién era: un tiburón de las finanzas con alma de artista.
A su lado, Naomi lucía un vestido de seda plateada que recordaba al glamour de la vieja escuela de Hollywood, mientras que Elizabeth, con un vestido rojo oscuro de escote pronunciado, aportaba una energía vibrante y magnética.
Michael las observó a través del espejo y sintió una punzada de orgullo.
No era solo por su belleza, sino por la lealtad que emanaban.
—Están espectaculares —dijo Michael, girándose para besarlas a ambas en la mejilla—.
Hoy no solo celebramos la Navidad.
Celebramos que somos los dueños de nuestro propio destino.
—Y que hemos sobrevivido a la primera mitad del rodaje —añadió Elizabeth con una sonrisa pícara, ajustándole el pañuelo del bolsillo a Michael—.
Vamos, director.
Tu equipo te espera.
El restaurante, reservado exclusivamente para Relish Productions, estaba situado en una zona privada de Santa Mónica, con vistas al Pacífico.
Al llegar, el despliegue de seguridad era notable, una necesidad debido a la creciente fama de Michael y la presencia de estrellas en ascenso.
Al entrar, el murmullo de las conversaciones se detuvo por un breve segundo antes de estallar en un aplauso espontáneo.
Allí estaban todos: el equipo técnico de The Shallows, los ingenieros de Stan Winston, la editora de Gravity, y varios actores que Michael había conocido o con los que planeaba trabajar.
Michael caminó por el salón con Naomi a su derecha y Elizabeth a su izquierda.
Era una declaración de principios sin palabras.
En el Hollywood de 1994, entrar con dos mujeres de esa manera habría causado escándalo en otros círculos, pero en Relish Productions, Michael era la ley.
Sus empleados lo miraban con una mezcla de reverencia y gratitud; después de todo, él era el hombre que les pagaba los mejores bonos de la industria y que les había dado vacaciones pagadas en plena producción.
—¡Michael!
¡Qué gran fiesta!
—exclamó el director de fotografía de The Shallows, acercándose con una copa de champán—.
Gracias por el descanso, de verdad lo necesitábamos.
—Te lo has ganado, David —respondió Michael, estrechándole la mano—.
Pero el 1 de enero te quiero con el ojo más afilado que nunca.
Tenemos que terminar esa película y hacer que el mundo le tenga miedo al agua otra vez.
Michael se movió por la sala con la destreza de un político experimentado.
Saludó a los buzos de seguridad, bromeó con los encargados de catering y mantuvo conversaciones breves pero intensas con sus jefes de departamento.
Susan se acercó a él, luciendo un elegante traje de chaqueta oscuro.
—Todo está saliendo perfecto, Michael.
Los empleados están felices.
He escuchado a varios decir que nunca habían trabajado para alguien tan joven y a la vez tan seguro de sí mismo.
—La seguridad viene del control, Susan —respondió Michael—.
Y hoy, tenemos el control absoluto.
A pesar de la tranquilidad de la fiesta, Michael no dejaba de observar.
Vio a Cameron Diaz en una esquina, conversando con algunos técnicos.
Ella lo saludó con un gesto breve de cabeza, una mirada cargada de todas las verdades que había descubierto esa mañana en la reunión con Naomi y Elizabeth.
Michael le devolvió el saludo con una sonrisa enigmática, sabiendo que el silencio de ella era parte de su proceso de asimilación.
Hubo música suave, pequeños bailes y una cena de cinco tiempos que fue calificada de legendaria.
Elizabeth y Naomi se turnaban para bailar con Michael, atrayendo todas las miradas del salón.
La química entre los tres era un espectáculo en sí mismo; no había celos, solo una coreografía perfecta de afecto y apoyo.
A medida que avanzaba la noche, el ambiente se volvió más íntimo.
Michael pronunció un breve discurso de agradecimiento.
—Este año ha sido el comienzo de algo que la historia recordará —dijo Michael, levantando su copa—.
No somos solo una productora.
Somos una visión de lo que el cine y los negocios pueden ser cuando no se tiene miedo.
Gracias por su trabajo duro.
Disfruten con sus familias, porque en 1995 vamos a conquistar Hollywood.
¡Feliz Navidad!
El brindis fue unánime y estruendoso.
Faltaba exactamente una hora para la medianoche cuando los invitados empezaron a retirarse.
Uno a uno, los empleados se acercaron a Michael para estrecharle la mano o darle un abrazo.
—Gracias, señor Relish.
Feliz Navidad.
—Increíble fiesta, Michael.
Nos vemos el primero.
Cameron Diaz fue una de las últimas en salir.
Se acercó a Michael, quien estaba junto a Naomi y Elizabeth cerca de la salida.
—Ha sido una fiesta preciosa, Michael —dijo Cameron, con una voz calmada pero distante—.
Gracias por la invitación.
—Gracias por venir, Cam.
Descansa —respondió Michael.
Sus ojos se encontraron por un segundo, un recordatorio de que el rodaje y su relación personal todavía tenían muchos capítulos por escribir para su historia.
Para las once de la noche, el restaurante estaba casi vacío.
El personal de limpieza empezaba a recoger discretamente mientras el eco de las risas todavía flotaba en el aire.
Michael se quedó solo con sus dos compañeras en el centro del salón ahora silencioso.
—Se han ido todos —susurró Elizabeth, abrazando el brazo de Michael—.
Ahora la fiesta de verdad puede empezar en casa.
—Hemos cumplido con el mundo —dijo Naomi, acariciando el hombro de Michael—.
Ahora es momento de cumplir con nosotros mismos.
Michael miró el reloj.
Sesenta minutos para la Navidad.
El 1994 estaba llegando a su fin con un éxito rotundo.
Tenía el dinero, tenía un poco del respeto de su industria y tenía a las dos mujeres que nunca hubiera imaginado tener con el.
Pero mientras salían del restaurante hacia el coche que los esperaba, Michael no pudo evitar pensar en la sorpresa que las chicas le tenían preparada y en los movimientos financieros que Marcus Goldman ejecutaría en cuanto abrieran los mercados tras el festivo.
La paz de la Navidad era solo el preludio de un 1995 que prometía ser una guerra total por el trono de Hollywood.
Pero por ahora, el Rey Midas podía permitirse una noche de placer antes de volver a la batalla.
Malibú, California – 24 de Diciembre de 1994 (Medianoche) La casa de Malibú estaba sumida en una calma absoluta.
El rugido del Pacífico contra las rocas debajo del acantilado era el único sonido que competía con el suave crepitar de la chimenea en el salón principal.
Tras el bullicio de la fiesta con los empleados de Relish Productions, el silencio de la mansión se sentía como un lujo necesario.
Michael se había quitado la chaqueta del traje y desabrochado los primeros botones de su camisa, disfrutando de la sensación de haber cumplido con sus responsabilidades sociales.
Faltaban apenas diez minutos para la medianoche.
El reloj de pie en el pasillo marcaba el compás de los últimos instantes de la Nochebuena.
Michael, sintiendo el cansancio acumulado de semanas de rodaje y negociaciones financieras, se dirigió a la cocina.
No quería más champán ni alcohol; quería algo que lo conectara con la calidez de la noche.
—Voy a preparar un poco de chocolate caliente —anunció Michael, mirando a Naomi y Elizabeth, que descansaban en el sofá—.
Un brindis diferente para nuestra primera Navidad juntos.
Mientras el chocolate se calentaba en la cocina de acero inoxidable, Michael observó a través del gran ventanal.
Las luces de los barcos en el horizonte parecían estrellas caídas al mar.
Su vida había dado un giro que desafiaba cualquier lógica estadística.
Tenía veinte tres años, millones en el banco, un libro éxito de ventas y una película que prometía revolucionar el cine.
Pero lo más valioso, lo que realmente le daba sentido a todo ese poder, eran las dos mujeres que lo esperaban en la otra habitación.
Preparó tres tazas de chocolate espeso, con una pizca de canela y vainilla, tal como le gustaba.
Al regresar al salón, las encontró conversando en susurros, con una complicidad que le hizo sonreír.
Eran su “nueva familia”, una estructura que él había diseñado fuera de los márgenes de la sociedad convencional.
—Aquí tienen —dijo Michael, entregándoles las tazas—.
Por nosotros.
Por lo que hemos construido y por lo que vamos a conquistar el próximo año.
Bebieron en silencio, disfrutando del calor del chocolate mientras el reloj marcaba las 11:55 PM.
Elizabeth dejó su taza en la mesa y miró a Naomi.
Hubo una señal silenciosa entre ellas, un acuerdo que habían forjado durante su tarde de compras en Beverly Hills.
—Michael —dijo Elizabeth, levantándose y caminando hacia él con un brillo travieso en los ojos—.
Naomi y yo tenemos un regalo especial para ti.
Pero no es algo que puedas abrir en el salón.
Michael arqueó una ceja, intrigado.
—Pensé que el regalo era este momento de paz.
—Eso fue solo el preludio —intervino Naomi, poniéndose de pie con una elegancia felina—.
Para este regalo, necesitamos que confíes plenamente en nosotras.
Naomi sacó un pañuelo de seda negra de su bolso.
Con movimientos delicados, se colocó detrás de Michael y le vendó los ojos.
La oscuridad se apoderó de su visión, agudizando sus otros sentidos: el aroma del perfume de Naomi, el suave roce de las manos de Elizabeth en sus hombros y el sonido de sus risas contenidas.
—Déjate llevar, director —susurró Elizabeth al oído de Michael, provocándole un escalofrío.
Lo guiaron lentamente por el pasillo.
Michael se dejó conducir, confiando ciegamente en ellas.
El trayecto hacia el dormitorio principal pareció más largo de lo habitual debido a la anticipación.
Escuchó el sonido de la puerta abriéndose y el clic del cerrojo cerrándose detrás de ellos.
Lo sentaron en el borde de la gran cama de roble.
—No te quites la venda hasta que te digamos —instruyó Naomi.
Michael esperó en la oscuridad.
Escuchó el roce de la seda cayendo al suelo, el murmullo de cremalleras y el suave movimiento de las sábanas.
El tiempo pareció dilatarse.
Su mente, normalmente llena de cifras del NASDAQ y ángulos de cámara, se vació de todo lo que no fuera la presencia de ellas.
—Ahora —susurraron ambas al unísono.
Michael se quitó la venda y parpadeó para ajustar su vista a la luz tenue de las velas que habían encendido.
Lo que vio le robó el aliento.
Frente a él, Naomi y Elizabeth estaban de pie, juntas.
Naomi lucía el conjunto de encaje francés en color perla que había comprado esa mañana, una visión de sofisticación y pureza que resaltaba su piel pálida.
A su lado, Elizabeth vestía el conjunto de seda negra y ligueros, desbordando una sensualidad agresiva y moderna.
Eran el equilibrio perfecto entre la luz y la sombra, la calma y el fuego.
Pero lo que más sorprendió a Michael no fue la lencería de lujo, sino el hecho de que estaban allí, juntas, para él.
Era la primera vez que rompían la regla no escrita de sus encuentros individuales.
Era una declaración de lealtad total, una entrega que trascendía lo físico para convertirse en un pacto de unión absoluta.
—Desde la primera vez de nuestro acuerdo, no nos habías tenido a las dos así, Michael —dijo Elizabeth, con la voz cargada de emoción—.
Queríamos que supieras que no tienes que elegir.
Que somos tu equipo en todo.
Michael no dijo nada al principio.
Solo sonrió, una sonrisa de triunfo y agradecimiento.
Se levantó lentamente y se acercó a ellas.
Extendió sus manos y las tomó a ambas de la cintura, sintiendo el calor de su piel y la suavidad de las telas.
—Es el mejor regalo que me han hecho en mi vida —susurró Michael.
Los atrajo hacia sí, sintiéndose el hombre más afortunado del planeta.
En ese momento, las campanadas de medianoche empezaron a sonar en algún lugar de la casa, anunciando el inicio de la Navidad.
Michael las guió hacia la cama, donde la seda y el encaje se mezclaron en una coreografía de deseo y afecto que borró cualquier rastro de la frialdad del rodaje o el estrés de las finanzas.
Esa noche, Michael Relish no era el director implacable ni el genio financiero; era el centro de un universo que él mismo había creado, un hombre amado por dos mujeres que habían decidido que el futuro les pertenecía a los tres.
La Navidad de 1994 se selló entre las sábanas de Malibú, con la promesa silenciosa de que, mientras estuvieran unidos, nadie en Hollywood podría detenerlos.
Michael sabía que cuando el 1 de enero regresara al set de The Shallows y viera a Cameron Diaz, lo haría con una fuerza renovada.
Había encontrado su santuario, y estaba listo para la guerra que vendría después de las fiestas.
El fuego en la chimenea del salón se fue apagando lentamente, pero en el dormitorio principal, el calor de la trinidad apenas comenzaba a arder.
1995 estaba a la vuelta de la esquina, y el mundo no estaba preparado para lo que Michael Relish y sus dos aliadas iban a desatar.
📝 +——————————–+ Ojalá le guste está historia la verdad es que no sabía que escribir, y como en los anteriores no parecía que les gusta o no había comentarios los dejé y me puse a pensar que sería bueno escribir.
Intentaré subir tres capitulo por semana, si les gusta comenten y si no también, igual no soy escritor y siempre quise escribir una historia de regresión, hacer todo lo que no me atrevi en mi vida por miedo al fracaso.
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