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En Hollywood. - Capítulo 42

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Capítulo 42: Capítulo 41

Capítulo 41: El Refugio de los Aliados y el Brindis del Mañana

Malibú, California – 31 de Diciembre de 1994, 11:00 PM

La noche sobre Malibú era inusualmente clara. El sonido del oleaje del Pacífico chocando contra la costa servía de metrónomo para la celebración que tenía lugar en la mansión de Michael Relish. A diferencia de las ruidosas fiestas de la industria que inundaban las colinas de Hollywood esa noche, aquí el ambiente era de una calidez íntima y selecta. Michael no había invitado a ejecutivos de estudios ni a estrellas fugaces; había invitado a las personas que lo habían sostenido mientras él construía su mundo desde las cenizas.

La luz de las velas y el brillo de las lámparas de diseño creaban una atmósfera dorada en el salón principal. Michael había contratado a tres de los mejores chefs de Los Ángeles para preparar una cena que era, en sí misma, una obra de arte culinaria. El aroma a trufas, vino tinto de reserva y postres artesanales flotaba en el aire, mezclándose con el suave jazz que sonaba de fondo.

Susan Davies estaba allí, luciendo un elegante vestido azul marino, acompañada de su hija pequeña y su madre. Ver a Susan en un entorno familiar suavizaba su habitual fachada de eficiencia implacable; su madre observaba la mansión con orgullo, sabiendo que su hija era la mano derecha del hombre más brillante de la nueva generación.

Dylan, con una sonrisa relajada, conversaba animadamente con su novia mientras sostenían copas de cristal. Dylan sentía que este año no solo había ganado un cliente, sino un propósito. A su lado, Laura Sinclair reía con una amiga que la había acompañado, sintiendo el alivio de haber entregado varios guiones y casi cuarenta páginas de un guion que sabía que cambiaría su carrera. Eleanor, siempre puntual y profesional, estaba allí sola, disfrutando de la paz de la noche con una copa de jerez, observando con ojo crítico pero satisfecho cómo su “jefe” se movía entre los invitados.

Y, por supuesto, estaban las residentes de la casa: Naomi Watts y Elizabeth Banks. Ambas lucían espectaculares, moviéndose por el salón con una familiaridad que denotaba que esa mansión ya no era solo un lugar de trabajo, sino un hogar compartido. Ellas conocían al Michael que nadie más veía, el que se quedaba despierto hasta las 3:00 AM revisando balances y el que a veces se quedaba mirando el mar en silencio.

A las 11:30 PM, Michael se puso de pie y dio unos ligeros toques a su copa con una cuchara de plata. El murmullo cesó de inmediato. Michael no vestía un esmoquin rígido, sino un suéter de cachemira negro y pantalones oscuros, dándole un aire de juventud y madurez al mismo tiempo.

—Gracias a todos por estar aquí —comenzó Michael, y su voz, aunque tranquila, llevaba un peso emocional que sorprendió a más de uno—. Sé que no soy de los que hacen discursos largos, pero esta noche es diferente.

Michael miró a través de la gran cristalera hacia el océano negro. —Hace poco más de un año, mi vida se hizo pedazos. Perdí a mi familia, perdí el suelo bajo mis pies y, por un momento, pensé que el futuro era solo una palabra vacía. Me quedé solo en un mundo que no se detiene por el dolor de nadie.

Hizo una pausa, y por un segundo, los presentes pudieron ver al chico de veinte años que había tenido que crecer a golpes.

—Pero entonces aparecieron ustedes —continuó, mirando directamente a Susan—. Susan, fuiste la primera en creer que mis ideas no eran solo delirios de grandeza. Me diste orden cuando recién me hice con la productora. Laura, tú has tomado mis visiones y les has dado una voz que yo no sabía cómo expresar. Y Eleanor… tu lealtad y tu rigor han sido el escudo que me ha protegido de muchos errores.

Eleanor asintió levemente con la cabeza, sus ojos brillando por un segundo.

—Dylan, llegaste en el momento justo para enseñarme que este juego no se gana solo con talento, sino con estrategia. Y Naomi, Elizabeth… —Michael les dedicó una mirada cargada de un afecto profundo y privado—, ustedes han hecho que esta casa sea un hogar. Han estado a mi lado en los días de duda y en los de triunfo. Sin ustedes dos, este camino habría sido mucho más frío.

Michael levantó su copa, la luz del champán reflejándose en sus ojos. —1994 fue el año en que sobreviví. El año en que pusimos los cimientos de Omnisciente Comics y empezamos The Shallows. Hoy soy un director que la gente empieza a conocer, alguien que ha logrado hacerse un pequeño hueco en esta ciudad de tiburones.

—Pero 1995… —Michael sonrió, y esa chispa de ambición indomable regresó a su rostro—, 1995 será el año en que dejaremos de pedir permiso. Será el año de los juguetes, de las nuevas películas, de nuestra propia distribución y de consolidar lo que hemos empezado. Espero que el próximo año sea mejor para todos nosotros. No solo como socios o empleados, sino como la familia que hemos elegido ser.

—¡Por 1995! —exclamó Dylan, levantando su copa.

—¡Por Michael! —añadió Naomi con orgullo.

El brindis fue unánime. “¡Salud!”, resonó en el salón.

La cena se sirvió poco después. Michael se sentó entre Susan y Laura, escuchando las anécdotas de la hija de Susan y bromeando con la amiga de Laura sobre la intensidad de la industria. Por una noche, no se habló de trabajo. Se habló de cine, de sueños, de cómo la madre de Susan recordaba el Hollywood de los años 50 y de cómo Laura se sentía empoderada escribiendo escenas de acción para mujeres.

Michael se sentía extrañamente en paz. A pesar de las pérdidas que marcaron su inicio, se dio cuenta de que había construido algo sólido. Miró a Naomi y Elizabeth, que reían juntas al otro lado de la mesa, y sintió que su decisión de vivir de esta manera, fuera de las normas convencionales, era la única que le permitía ser él mismo.

A medida que los segundos se acercaban a la medianoche, todos salieron a la terraza principal. El aire fresco de la noche los envolvió. A lo lejos, se podían ver los fuegos artificiales estallando sobre el muelle de Santa Mónica y en las colinas.

—Diez… nueve… ocho… —comenzaron a contar todos a coro.

Michael sintió una mano en su hombro; era Susan. Al otro lado, Elizabeth se acercó a él, y Naomi le tomó la mano libre.

—…tres… dos… uno… ¡FELIZ AÑO NUEVO!

Los abrazos y los besos llenaron la terraza. Michael abrazó a Susan con gratitud, estrechó la mano de Dylan con firmeza y luego se encontró en medio de Naomi y Elizabeth.

—Lo logramos, Michael —le susurró Elizabeth al oído.

—Apenas estamos empezando —respondió él con una sonrisa.

Mientras el cielo se iluminaba de colores, Michael Relish miró hacia la oscuridad del océano. El 1994 quedaba atrás, un año de reconstrucción y guerra silenciosa. El 1995 se abría ante él como un lienzo en blanco, listo para ser pintado con su ambición. Con trece millones en el banco, un guion revolucionario en las manos de Laura y un equipo que moriría por él, Michael sabía que el mundo pronto aprendería lo que significaba realmente el nombre “Omnisciente”.

La fiesta continuó hasta la madrugada, pero el ambiente ya no era de celebración, sino de anticipación. El imperio estaba listo. El arquitecto estaba despierto. Y el nuevo año no tenía idea de lo que se le venía encima.

Malibú, California – 1 de Enero de 1995, 1:05 AM

El reloj de la repisa de mármol acababa de marcar las doce y cinco. El estruendo inicial de los brindis y los gritos de “Feliz Año” se había suavizado, convirtiéndose en un murmullo de conversaciones tranquilas y risas apagadas mientras los invitados disfrutaban de los primeros minutos de 1995. Susan, de pie cerca de la gran cristalera que daba al jardín, observaba el reflejo de la fiesta en el vidrio oscuro.

Tenía una copa de champán en la mano, pero apenas la había probado. Sus pensamientos estaban anclados en las palabras que Michael había pronunciado apenas unos minutos antes. El discurso de Michael no había sido la típica alocución corporativa llena de promesas vacías; había sido un desnudo emocional que ella no esperaba.

Susan recordaba perfectamente el día que compraron la productora y dijeron que tenía que trabajar con un joven de 20 años. En aquel entonces, él era solo un joven con una ambición que rayaba en la arrogancia y un fajo de ideas que parecían imposibles de ejecutar. Muchos en la industria lo habrían ignorado, pero ella vio algo en sus ojos: una determinación nacida de la pérdida, una voluntad que no aceptaba un “no” por respuesta.

—Todavía necesita gente buena a su lado —susurró Susan para sí misma, mientras observaba a Michael conversar con Dylan a unos metros de distancia—. Debajo de todo ese genio y esa frialdad para los negocios, hay alguien que valora la honestidad por encima de todo.

Susan tomó una decisión definitiva en ese instante. Hasta ahora, había visto su trabajo como una posición de alta responsabilidad, pero hoy comprendía que era algo más. Michael no solo estaba construyendo una empresa; estaba construyendo un refugio contra un mundo que le había quitado todo. Ella decidió que, sin importar qué empresa comprara Michael a continuación —ya fuera Orion, Trimark o cualquier otro gigante—, ella lo seguiría. Quería ser parte de esa historia, quería asegurarse de que el arquitecto tuviera siempre los cimientos sólidos que ella sabía proporcionar.

Mientras Susan estaba sumida en sus pensamientos, su hija de ocho años, Lily, se soltó de la mano de su abuela y corrió hacia Michael. Susan se tensó por un momento, por instinto profesional, pero se relajó al ver la reacción del joven director.

—¡Michael! ¡Michael! —exclamó la pequeña, tirando suavemente de la manga del suéter de cachemira de Michael.

Michael se inclinó, poniéndose a su altura con una paciencia que reservaba para muy pocos. —¿Qué pasa, pequeña Lily? ¿Ya pediste tus deseos para el año nuevo?

—Sí, pero tengo una pregunta —dijo la niña con la seriedad que solo los niños poseen—. ¿Crees que yo también podría ser una estrella? ¿Podría salir en una de tus películas como la chica rubia que sale en los cómics?

Susan se acercó lentamente, observando la escena. Michael miró a la niña y luego levantó la vista hacia Susan, compartiendo una mirada de complicidad.

—Ser una estrella requiere mucho más que una cara bonita, Lily —respondió Michael con suavidad pero con firmeza—. Tienes que estudiar mucho, leer todos los libros que puedas y entender cómo sienten las personas. Pero te diré algo: si sigues estudiando y te conviertes en una chica muy inteligente y preparada, y si algún día tengo un papel que encaje perfectamente contigo, se lo diré a tu madre de inmediato. Pero recuerda, el estudio es lo primero. En mi mundo, los actores más grandes son los que más saben.

—¡Lo prometo! —gritó Lily, emocionada, antes de dar un paso atrás.

En ese momento, Naomi Watts, que había estado observando la escena con una sonrisa dulce, se acercó a ellas. Naomi tenía esa calidez natural que la hacía parecer un ángel bajo las luces de la mansión. Se puso en cuclillas junto a Lily y comenzó a conversar con ella sobre lo divertido que era estudiar arte y cómo los libros eran como guiones mágicos. Ver a la famosa actriz tratando a su hija con tanta sencillez conmovió a Susan profundamente.

La madre de Susan se acercó a su hija y le puso una mano en el hombro. —Susan, querida, trabajas con buena gente. Realmente buena gente.

Susan miró a su madre y sintió un nudo de emoción en la garganta. Su madre lucía sana, su piel tenía un color que no había tenido en años.

—Lo sé, mamá —respondió Susan con una pequeña sonrisa, una de las pocas que permitía que llegaran a sus ojos—. Realmente lo sé.

Esa sonrisa escondía un alivio que solo Susan conocía en su totalidad. Gracias a Michael, gracias a los generosos bonos que él le había otorgado y al salario que superaba cualquier estándar de la industria, Susan había podido transformar su vida personal. Había pagado los tratamientos experimentales y las costosas pastillas que habían curado la dolencia crónica de su madre. Ya no había más noches de insomnio preocupándose por las facturas médicas. Además, apenas el mes pasado, había terminado de pagar la hipoteca de su casa. Por primera vez en su vida adulta, Susan Davies era una mujer libre de deudas, con seguridad financiera y un propósito claro.

Susan observó a Michael una vez más. Lo veía como un jefe exigente, sí. Sabía que él podía ser despiadado si alguien intentaba engañarlo o si la eficiencia bajaba del cien por ciento. Pero también veía al hombre que recordaba el nombre de su madre, al hombre que se tomaba el tiempo de darle un consejo de vida a una niña de ocho años y al hombre que había confiado en ella para manejar millones de dólares sin parpadear.

“Es un buen jefe”, pensó Susan. “Es un jefe que te exige la excelencia, pero que te devuelve la vida en el proceso”.

La fiesta continuaba a su alrededor, pero Susan sentía que el aire era distinto. El 1995 no era solo un año de trabajo; era el año en que consolidarían el imperio. Ella ya estaba visualizando en su mente los pasos para la adquisición de la distribuidora que Dylan había mencionado. Sabía que Michael necesitaría que ella revisara cada contrato de Trimark con lupa, que auditara cada sala de cine y que negociara los términos de las figuras de acción para que nadie le robara ni un centavo de sus regalías.

Susan levantó su copa hacia Michael, aunque él estaba distraído conversando con Elizabeth al otro lado del salón. Fue un brindis silencioso, un pacto que ella sellaba consigo misma en los primeros minutos del nuevo año.

—Por el próximo capítulo, Michael —murmuró—. Estaré aquí para asegurarme de que nadie detenga el camino.

Su madre y su hija regresaron a su lado, y Susan las abrazó a ambas. Se sentía bendecida. En la ciudad de los sueños rotos y las traiciones constantes, ella había encontrado un puerto seguro en la ambición de un joven que el mundo llamaba “Omnisciente”. Al salir de la mansión esa noche, Susan Wells no solo caminaba hacia su coche; caminaba hacia un futuro que ella misma, junto a Michael, estaba ayudando a diseñar. 1995 sería el año de la conquista, y ella sería la general que mantendría el orden en las filas de Michael Relish.

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Set de “The Shallows”, Costa de California – 16 de Enero de 1995

El 16 de enero amaneció con una neblina densa que el sol tardó horas en disipar, dejando tras de sí un calor húmedo y sofocante. Para Cameron Diaz, este día marcaba un punto de inflexión. Llevaba dos semanas de rodaje intenso en este nuevo año, pero lo que Michael le había pedido para hoy era diferente a todo lo anterior. No había tiburones mecánicos en el agua, no había explosiones de sangre artificial ni acrobacias de natación.

Hoy, el enemigo era el silencio.

Michael la llamó a un lado antes de que el equipo terminara de posicionar las luces de rebote. Él no llevaba su habitual gorra; su mirada estaba fija en el monitor, pero su mente estaba claramente en la psicología del personaje.

—Cameron —le dijo, bajando la voz para crear una atmósfera de intimidad—, hoy la película cambia. Hasta ahora, el tiburón ha sido la amenaza externa. Pero hoy, Nancy está sola. Necesito que el público sienta el peso de las horas. No quiero a la chica glamorosa de Hollywood. Quiero ver la deshidratación. Quiero ver tus labios agrietados por la sal, la piel quemada y, sobre todo, la desesperación mental.

Michael puso una mano en el hombro de Cameron, una señal de confianza que ella ya conocía. —Nancy está en esa roca. No tiene agua, no tiene comida y ha perdido mucha sangre. Su mente va a empezar a traicionarla. El silencio es más aterrador que el tiburón, porque en el silencio ella tiene que enfrentarse a lo único que ha estado evitando: la muerte de su madre.

Cameron asintió, sintiendo un nudo en la garganta. Michael había ajustado el guion para que el viaje de Nancy fuera paralelo al suyo. En la historia, Nancy se convirtió en médico para salvar a la gente, pero no pudo salvar a su madre del cáncer. Esa culpa era lo que la mantenía en esa roca, pensando que quizás merecía morir allí.

El equipo de maquillaje hizo un trabajo excepcional. Aplicaron capas de maquillaje seco sobre sus labios para simular grietas profundas, oscurecieron sus ojeras y añadieron una textura de “quemadura solar” en su nariz y hombros. Cuando Cameron se vio en el espejo, apenas se reconoció. Parecía una náufraga al borde del colapso.

—¡Acción! —gritó Michael.

Cameron se arrastró sobre la roca artificial. El calor de las luces del set simulaba perfectamente el sol del mediodía. El silencio en el set era absoluto; Michael había pedido que nadie se moviera ni hablara. Ella se quedó allí, mirando el agua azul. Su garganta se sentía realmente seca; no había bebido agua en las últimas dos horas para ayudar a la sensación.

Comenzó la escena. Su respiración era superficial, errática. En el silencio, su mente empezó a divagar según las notas que Michael le había dado. Empezó a imaginar a su madre. En el guion, Nancy recordaba los últimos días en el hospital, el olor a antiséptico y la mirada de despedida de la mujer que más amaba.

—Lo siento… —susurró Cameron, las lágrimas empezando a surcar la capa de sal de sus mejillas—. Lo siento, mamá. No pude hacer nada. No soy lo suficientemente buena.

Era una actuación cruda. Cameron dejó que el cansancio acumulado de las últimas semanas fluyera. Se sentía pequeña, insignificante ante la inmensidad del océano (y la inmensidad de la carrera que Michael le estaba exigiendo). Por un momento, el agotamiento fue real. Quiso rendirse. Quiso simplemente dejar de actuar, bajar de la roca y volver a ser la modelo que solo tenía que sonreír.

Michael, observando desde el monitor, no cortó la toma. Sabía que Cameron estaba llegando a ese lugar oscuro que él necesitaba.

En la escena, Nancy mira hacia el horizonte, a punto de dejarse caer al agua para que el tiburón termine con todo. Pero entonces, llega el recuerdo del padre. En la historia de Michael, el padre de Nancy era el que siempre le decía: “Nancy, las olas no te definen, te define cómo las surfeas”.

Cameron cerró los ojos y, en su mente, no solo vio al padre de Nancy, sino que sintió la presión de Michael. Michael era como ese padre exigente; él no aceptaría que ella se rindiera. Él creía en ella más de lo que ella creía en sí misma.

—No… —dijo Cameron, esta vez con una voz que recuperaba un rastro de fuerza—. Todavía no.

Sus ojos se abrieron, llenos de una chispa renovada. El cambio fue visible en cámara. La desesperación se transformó en una rabia fría y analítica. Nancy ya no era la víctima; era la cazadora esperando su momento. Empezó a revisar sus recursos: el traje de neopreno, el reloj, la marea. La decisión estaba tomada: iba a vivir. Iba a escapar de ese tiburón aunque tuviera que arrancarle los ojos con sus propias manos.

—¡Corten! ¡Dios mío, Cameron! —Michael se puso de pie, aplaudiendo lentamente.

El resto del equipo, que había estado conteniendo el aliento durante casi diez minutos de toma continua, rompió en un aplauso espontáneo. Eleanor, que rara vez mostraba emoción, le entregó a Cameron una toalla y una botella de agua con una mirada de profundo respeto.

—Has elevado esta película de un thriller a una obra de arte, Cameron —dijo Michael, acercándose a ella mientras ella aún intentaba salir del trance emocional—. Esa transición, ese momento en el que decides que no vas a morir… es lo mejor que se ha filmado en Hollywood este año. Te lo aseguro.

Cameron bebió el agua con avidez, sintiendo que sus músculos finalmente se relajaban. —Ha sido agotador, Michael. Realmente sentí que estaba en esa playa, sola. Me dolió recordar lo de la madre… fue como si mis propios miedos salieran a la superficie.

—Eso es lo que hace un gran actor —respondió Michael con una sonrisa cálida—. Usas tu dolor para alimentar la historia. Ahora descansa. Mañana rodaremos el enfrentamiento final, pero hoy has ganado la batalla más importante: la del público con tu personaje.

Más tarde esa noche, Cameron se sentó sola en su tráiler. El silencio ya no le daba miedo; le daba fuerza. Pensó en cómo Michael la había empujado hasta el límite. Él sabía exactamente qué hilos tocar para que ella diera esa actuación.

Se dio cuenta de que Michael no solo estaba haciendo una película sobre un tiburón. Estaba haciendo una película sobre la resiliencia humana. Y ella era el vehículo de esa visión.

“Elegí vivir”, pensó Cameron, recordando la escena. Y no se refería solo a su personaje. Se refería a su carrera. Ya no quería ser la chica de relleno. Quería este tipo de retos. Quería la intensidad, el cansancio y la satisfacción de saber que había dado todo de sí misma.

Miró por la ventana hacia la casa de Michael en lo alto de la colina. El 16 de enero de 1995 sería recordado como el día en que Cameron Diaz dejó de ser una promesa para convertirse en una fuerza de la naturaleza. Y todo era gracias al joven que, con solo veinte años, sabía que el verdadero terror no estaba en los dientes de un depredador, sino en la idea de rendirse antes de tiempo.

Mañana vendría la acción física, los gritos y el combate. Pero el alma de The Shallows ya estaba capturada en esa cinta, gracias a un momento de silencio, un recuerdo de amor y la voluntad inquebrantable de una mujer que decidió que no iba a ser devorada por la oscuridad.

Set de “The Shallows”, Costa de California – 28 de Enero de 1995

El ambiente en el set de rodaje esta mañana era una mezcla eléctrica de alivio, melancolía y una tensión casi insoportable. Era el último día. Tras semanas de lucha contra el agua, el sol abrasador, la hipotermia y el agotamiento psicológico, el equipo de Michael Relish se preparaba para filmar la secuencia final de The Shallows.

Cameron Diaz estaba de pie en el borde del muelle técnico, envuelta en una bata térmica, observando la boya metálica gigante que flotaba en el centro del tanque de filmación. El agua parecía más oscura hoy, más profunda. Sabía que lo que estaba a punto de rodar era la culminación de todo el viaje de Nancy, y también el suyo propio.

Michael se acercó a ella. No llevaba megáfono esta vez; su voz era un susurro que solo ella podía oír entre el bullicio de los técnicos que ajustaban los cables del tiburón mecánico “Carcharodon 2.0”.

—Cameron, esta es la toma —dijo Michael, con una intensidad en los ojos que parecía quemar—. Nancy está agotada. Su pierna es un desastre, su mente está al límite, pero ha encontrado una debilidad en el entorno. Esa boya tiene una estructura metálica salida, una punta de acero afilada. Ella va a usar la inercia del tiburón contra él mismo. Pero para que funcione, el público tiene que creer que estás dispuesta a morir para poder vivir.

Cameron asintió, sintiendo el frío del amanecer calar en sus huesos. —Lo entiendo, Michael. Es el todo o nada.

—Exacto. Antes de lanzarte, quiero que te tomes un segundo. Olvida las cámaras. Olvida que hay buzos de seguridad bajo el agua. Piensa en Nancy, piensa en su madre. Piensa en esa mujer que no se rindió hasta el final. Nancy no solo huye de un tiburón; está huyendo de la sombra de la derrota. Cuando te lances a ese canal de agua, quiero ver a una mujer que ha decidido que hoy no es el día de su funeral.

Michael se retiró a su silla tras el monitor y gritó: —¡Posiciones! ¡Cámaras listas! ¡Acción de agua!

Cameron se quitó la bata y quedó solo en su traje de neopreno desgarrado, la piel cubierta de maquillaje que simulaba sal, sangre y quemaduras de tercer grado. Subió a la pequeña roca artificial, el último refugio de su personaje. El viento soplaba con fuerza, despeinando su cabello enmarañado.

Cerró los ojos. Por un momento, el ruido de los generadores y las voces de los técnicos desapareció. Se obligó a pensar en el trasfondo que Michael le había dado: la habitación del hospital, el sonido del monitor cardíaco, el rostro pálido de su madre sonriéndole por última vez. Recordó la sensación de impotencia de no poder salvarla.

“No voy a dejar que termine así”, pensó Cameron, fusionando sus propios miedos con los de Nancy. “Mamá, me diste la vida para que la viviera, no para que la desperdiciara en esta roca”.

Sintió una oleada de calor recorriéndole el pecho. El miedo desapareció, reemplazado por una furia fría y necesaria. Abrió los ojos y miró la boya. Era ahora o nunca.

—¡Acción! —rugió Michael.

Cameron se lanzó al agua con un grito sordo. Nadó con todas sus fuerzas hacia la boya, sus brazos golpeando el agua con desesperación. El tiburón mecánico comenzó su trayectoria, una sombra masiva que se movía a una velocidad aterradora gracias a los nuevos sistemas hidráulicos que Michael había financiado.

Cameron llegó a la boya, se sumergió para esquivar la primera embestida, pero al salir a la superficie, su mano resbaló del metal oxidado y perdió el ritmo.

—¡Corten! —gritó Michael—. Cameron, llegaste tarde. El tiburón pasó antes de que pudieras posicionarte. Vamos de nuevo.

Tras quince minutos de reajustes, Cameron volvió a la roca. Estaba temblando, el agua del tanque empezaba a sentirse como hielo. Se lanzó de nuevo. Esta vez, su nado fue más rápido, más agresivo. Se sumergió justo a tiempo, pero cuando intentó atraer al tiburón hacia la parte salida de la boya, la cámara sumergible no captó el ángulo del rostro de Cameron.

—¡Corten! —la voz de Michael sonaba tensa—. El movimiento fue bueno, pero no tengo tu cara, Cameron. Necesito ver la desesperación en tus ojos cuando el tiburón está a centímetros de ti. Si no veo el miedo, no hay película. Una vez más. ¡Limpiad el set, reajustad el tiburón!

Cameron se apoyó en la boya, jadeando. Sentía que sus pulmones ardían. El equipo de maquillaje se acercó en una lancha para retocarle la sangre artificial que el agua había diluido.

—¿Estás bien? —le preguntó uno de los asistentes.

—Estoy bien —respondió ella con los dientes apretados—. Solo decidle a Michael que esta vez no voy a fallar.

Michael la observaba desde lejos. Sabía que la estaba llevando al límite físico. Podía ver el temblor en sus hombros, pero también veía esa mirada de acero que solo las grandes estrellas poseen cuando se ven acorraladas.

—¡Última toma, señores! ¡Hagamos que esta sea la que aparezca en los libros de historia! —gritó Michael—. ¡Cámaras! ¡Acción!

Cameron no esperó. Se lanzó al agua con una potencia que sorprendió a los buzos de seguridad. Cada brazada era un acto de fe. Llegó a la boya y se aferró a la estructura metálica. El tiburón, una mole de tres metros de acero y látex, se dirigía directamente hacia ella como un misil.

Nancy (Cameron) se hundió, dejando que el agua la envolviera. Vio la boca del tiburón abrirse, las hileras de dientes serrados acercándose. En ese segundo de silencio bajo el agua, Cameron vio la parte salida de la boya, ese pico de metal que era su única salvación. Con un movimiento desesperado, se impulsó hacia abajo, girando su cuerpo en el último milisegundo.

El tiburón, ciego en su ferocidad, se empaló directamente en la estructura metálica de la boya con un impacto que sacudió toda la plataforma. Cameron salió a la superficie, escupiendo agua, gritando de rabia y alivio mientras el depredador quedaba atrapado, retorciéndose en su propia inercia.

Ella nadó hacia la orilla, sus manos rascando la arena (el fondo del tanque preparado). Se arrastró fuera del agua, colapsando sobre la arena artificial, con los ojos fijos en el cielo, llorando y riendo al mismo tiempo.

—¡CORTE! —el grito de Michael resonó en todo el estudio, pero esta vez fue diferente—. ¡CORTEN Y TERMINAMOS! ¡HEMOS TERMINADO LA PELÍCULA!

El silencio duró apenas un segundo antes de que el set estallara en una ovación ensordecedora. Técnicos, maquilladores, iluminadores y buzos empezaron a aplaudir y a gritar. Michael se levantó de su silla, dejó caer sus auriculares y corrió hacia el tanque.

Cameron seguía tumbada en la arena artificial, incapaz de moverse. Sentía que cada músculo de su cuerpo se había convertido en líquido. Michael llegó a su lado y, sin decir una palabra, se arrodilló y le tendió la mano.

—Lo hiciste, Cameron —dijo él, con una sonrisa de puro orgullo—. Es la mejor maldita actuación que he visto en mi vida.

Cameron tomó su mano y se incorporó lentamente. Estaba empapada, sucia y agotada, pero se sentía más grande que nunca. Miró a Michael y, por primera vez, no vio solo a su director o al genio que estaba construyendo un imperio; vio al hombre que la había obligado a descubrir quién era ella realmente.

—Gracias, Michael —susurró ella, abrazándolo con fuerza ante la mirada de todo el equipo. Michael la sostuvo, permitiendo que por un momento la profesionalidad diera paso a la humanidad—. Gracias por no dejar que me rindiera.

Mientras el equipo empezaba a recoger los cables y a desmantelar el set, Michael y Cameron se quedaron un momento mirando el tanque vacío. The Shallows estaba terminada. El rodaje que muchos pensaron que sería un desastre debido a la juventud del director y la inexperiencia de la actriz, se había convertido en una epopeya de superación.

Cameron caminó hacia su tráiler por última vez como Nancy. Se sentía satisfecha. Sabía que esa última toma, la de la boya, sería la imagen que quedaría grabada en la retina del público mundial. Había mostrado el silencio, el miedo, la deshidratación y, finalmente, la victoria absoluta de la voluntad sobre el instinto de muerte.

Michael permanecía sentado frente al monitor de edición portátil, ignorando el bullicio del equipo de producción que guardaba cables, luces y cámaras a su alrededor.

En la pantalla, Cameron Diaz —en el papel que Michael sabía que la catapultaría al estrellato absoluto— luchaba contra la marea en una interpretación cruda y poderosa. Michael sonrió para sí mismo; el rodaje había sido agotador, pero la química entre su dirección y la entrega de Cameron había creado algo mágico.

Poco a poco, el silencio se apoderó de la playa. Todos se habían marchado a los remolques o al hotel, excepto una persona. Cameron se acercó lentamente, todavía con el cabello algo enredado por el salitre y vistiendo una sudadera holgada sobre su traje de baño.

—Sigues aquí —dijo ella con esa sonrisa radiante que iluminaba incluso la penumbra—. ¿Tanto te gusta cómo quedó?

—Es perfecto, Cam —respondió Michael, levantando la vista—. Has hecho un trabajo increíble. “The Shallows” va a cambiarlo todo para ti.

Ella se quedó en silencio un momento, observándolo con una intensidad diferente a la de los días anteriores. Sin previo aviso, caminó hacia él, lo rodeó con sus brazos en un abrazo cálido y, acortando la distancia, lo besó con una determinación que no dejó lugar a dudas.

Al separarse, Cameron no retrocedió. Mantuvo sus manos sobre los hombros de Michael.

—He estado pensando mucho durante estas semanas de rodaje —susurró ella—. Y he decidido que quiero tener algo contigo. Algo real.

Michael, sorprendido pero con una chispa de alegría en la mirada, comenzó a responder, pero ella puso un dedo sobre sus labios.

—Pero —añadió ella con una pizca de picardía—, aunque ya hayamos decidido esto, tienes que invitarme a una cita de verdad. Quiero un restaurante, una mesa bonita y que me conquistes fuera del set.

Michael soltó una carcajada suave y asintió, cautivado por su franqueza.

—Está bien, trato hecho. Te llevaré al mejor lugar de la ciudad en cuanto aterricemos.

Cameron le guiñó un ojo, le dio un último beso rápido en la mejilla y se alejó por la arena, despidiéndose con la mano.

Michael terminó de guardar las cintas y el equipo con una energía renovada. El viaje de vuelta fue largo, pero su mente estaba en otro lugar. Al llegar a su hogar, el silencio de la noche lo recibió, pero sabía que sus compañeras estarían esperando noticias.

Entró en la sala donde Naomi y Elizabeth descansaban. Michael dejó las llaves sobre la mesa y las miró con una sonrisa que mezclaba el cansancio del éxito y la emoción de lo nuevo.

—El rodaje ha terminado —anunció Michael—. Pero no solo traigo la película.

Naomi arqueó una ceja, intrigada por su expresión.

—¿Ah sí? ¿Hay algo más? —preguntó Elizabeth con curiosidad.

—Sí —respondió él, sentándose con ellas—. Vamos a tener una nueva integrante en la familia. Cameron se une a nosotros.

Esa noche, mientras Malibú se sumergía en la oscuridad, Michael Relish se sentó en su oficina con las latas de película que contenían el final. 28 de enero de 1995. El rodaje había terminado. El montaje empezaría mañana. Pero Michael ya sabía, mientras observaba el mar desde su ventana, que el mundo no estaba preparado para lo que él y Cameron habían creado.

Habían hecho historia en el agua. Y ahora, el arquitecto estaba listo para mostrarle al mundo el resto de su imperio.

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Ojalá le guste está historia la verdad es que no sabía que escribir, y como en los anteriores no parecía que les gusta o no había comentarios los dejé y me puse a pensar que sería bueno escribir. Intentaré subir tres capitulo por semana, si les gusta comenten y si no también, igual no soy escritor y siempre quise escribir una historia de regresión, hacer todo lo que no me atrevi en mi vida por miedo al fracaso. Like si te gusta y like si no 😂

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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