En Hollywood. - Capítulo 44
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44: Capítulo 43 44: Capítulo 43 Capítulo 43: El Murmullo de la Colmena Estados Unidos – 5 de Febrero de 1995 El anuncio del 4 de febrero había caído como una bomba de tiempo en la cultura juvenil.
La estrategia de Michael de escalonar los lanzamientos los días 6, 7 y 8 de febrero había sido analizada, criticada y finalmente aceptada con una mezcla de ansiedad y desesperación.
Para millones de jóvenes, el 6 de febrero no era más que un obstáculo, un día de vacío en el que la única actividad posible era especular.
Pero ese día, una nueva variable entró en la ecuación.
Una filtración en la revista Entertainment Weekly y un breve segmento en E!
News confirmaron lo que hasta entonces eran solo rumores de pasillo en Hollywood: Michael Relish, el “niño genio de las viñetas”, acababa de terminar el rodaje de una película de terror y supervivencia titulada The Shallows.
En “Golden Apple Comics”, el santuario de los lectores en Manhattan, el ambiente estaba caldeado.
Grupos de adolescentes se agolpaban cerca de la sección de novedades, aunque sabían que no habría nada nuevo de Omnisciente hasta el domingo.
—¿Tres días?
¿En serio?
—protestó Kevin, un chico de 16 años con una camiseta de Dexter—.
Michael nos está torturando.
Quiere que compremos el de las Superpoderosas el lunes, pero no sabremos que pasará con Ben hasta el martes.
Es una estrategia de marketing descarada para obligarnos a ir a la tienda tres veces.
—Y lo vas a hacer, Kevin —le espetó su amigo Marcus, mientras revisaba un catálogo—.
Todos lo vamos a hacer.
Pero, ¿has oído lo de la película?
Dicen que Michael ha estado rodando en secreto una película de un tiburón con Cameron Diaz.
—¿Un tiburón?
—Kevin soltó una carcajada—.
¿En 1995?
Eso es tan…
años 70.
Spielberg ya hizo la película definitiva de tiburones.
¿Qué va a hacer Relish?
¿Ponerle rayos láser al tiburón?
Es un error.
Debería quedarse en los cómics.
El cine es para los grandes, y las películas de animales asesinos están muertas y enterradas.
—No sé —intervino una chica llamada Elena, que escuchaba la conversación—.
Si la película tiene la misma intensidad que el guion de Las Superpoderosas, podría ser increíble.
Michael no hace cosas “normales”.
Si él eligió un tiburón, debe haber una razón.
Yo iré a verla solo porque su nombre está en el póster.
Cerca del paseo marítimo de Venice, un grupo de chicos descansaba sobre sus tablas de skate.
Entre ellos, circulaba un ejemplar sobado del número 11 de Ben.
—Dicen que la película es solo una chica en una roca —comentó Chris, quitándose el sudor de la frente—.
Mi hermano trabaja en el catering de Malibú y dice que Cameron Diaz se pasó un par de días llorando y nadando.
Suena aburrido.
¿Quién quiere ver a una tía sola en una roca durante hora y media?
—Yo —dijo Javi, el más joven del grupo—.
Michael hizo que Dexter pareciera el tipo más cool del mundo siendo un empollón.
Si él dice que una chica contra un tiburón es una película, yo le creo.
Además, Cameron Diaz es…
bueno, es Cameron Diaz.
Solo por verla a ella en traje de neopreno ya vale la entrada.
—Es un movimiento arriesgado —insistió Chris—.
Si la película fracasa, los estudios se lo van a comer vivo.
En Hollywood no perdonan a los chicos que intentan ser más listos que los ejecutivos.
Pero si le sale bien…
joder, el tipo será el dueño del mundo antes de cumplir los 24.
En un instituto de Seattle, la clase de literatura se había convertido en un foro de debate sobre la narrativa transmedia, aunque los alumnos no conocían ese término.
Megan, una estudiante de honor, escribía en su cuaderno teorías sobre el final del crossover.
—¿Crees que Michael matará a alguien importante?
—le susurró su amiga Chloe.
—No lo sé.
Pero he leído en un foro de BBS que la película de el tiburón tiene un tono muy diferente a los cómics —respondió Megan—.
Dicen que es oscura, casi como un thriller psicológico.
Me parece inteligente.
Los cómics son para nosotros, pero la película es para demostrarle a los adultos que él puede jugar en su liga.
Mi madre dice que las películas de tiburones son basura de serie B, pero cuando le dije que el director era el que hacía mis cómics favoritos, se quedó pensando.
Esa era la magia de Michael.
Estaba rompiendo las barreras generacionales.
Mientras los jóvenes lo veían como un ídolo, los adultos empezaban a sentir una curiosidad incómoda.
Michael no había lanzado un tráiler todavía, pero el hecho de que se hablara de The Shallows en el mismo aliento que el final de su crossover era parte del plan.
Él quería que la marca “Michael Relish” fuera un ecosistema.
Si te gustaba el suspenso de sus viñetas, te gustaría el suspenso de su edición cinematográfica.
+———————–+ Susan , en la oficina, monitoreaba las llamadas.
—Michael, la prensa está volviéndose loca.
Quieren saber por qué has elegido un género “muerto”.
Dicen que Jaws dejó el listón tan alto que cualquier cosa después es una parodia.
Michael, que estaba revisando los negativos ese 4 de febrero, solo sonrió.
—Deja que hablen, Susan.
El escepticismo es mi mejor aliado.
Cuanto más digan que el género está muerto, más impactante será cuando vean lo que Cameron ha hecho en esa roca.
No estamos haciendo una película de monstruos; estamos haciendo una película sobre la voluntad de no morir.
Y eso nunca pasa de moda.
A medida que el sol se ponía el 4 de febrero, la sensación de “calma antes de la tormenta” se hacía más evidente.
En las habitaciones de los adolescentes, los cómics de Omnisciente estaban apilados como tesoros.
El retraso de unos días para el final del crossover, lejos de enfriar el interés, lo había recalentado hasta el punto de ebullición.
—Solo un día más para las Superpoderosas —decía Tommy en Chicago, mirando su reloj—.
Solo un día.
—¿Realmente Michael podrá con todo?
—se preguntaba Dylan en su oficina, viendo cómo las acciones de las empresas competidoras de distribución empezaban a fluctuar ante el rumor de que Michael entraría en el negocio del cine con su propia red—.
Este chico está estirando el chicle de la realidad.
Si no se rompe este fin de semana, no se romperá nunca.
Sin gastar un solo dólar en publicidad tradicional para la película todavía, Michael ya tenía a millones de personas hablando de ella.
Los fans de los cómics eran sus embajadores.
Incluso aquellos que decían que “las películas de tiburones son del pasado” sentían la necesidad de verla para poder criticarla con fundamento.
Michael había hackeado el sistema de atención de 1995.
El 2 de febrero terminó con un silencio expectante.
En las imprentas, las rotativas trabajaban a máxima velocidad para escupir los números del 6,7 y 8.
En la sala de edición, Michael cortaba el último frame del día.
El mundo estaba dividido entre los que esperaban un héroe de papel y los que esperaban el fracaso de un director arrogante.
Michael estaba listo para darles a ambos exactamente lo que no esperaban.
El 1995 acababa de empezar, y Michael Relish ya era el dueño de la conversación.
Solo quedaba ver si el clímax de sus historias estaba a la altura de la leyenda que él mismo había tejido.
Nueva York, Oficinas de DC Comics – 5 de Febrero de 1995 Mientras en las calles los adolescentes contaban las horas para el final del crossover de Omnisciente Comics, en el piso 17 del edificio de DC Comics el ambiente era lúgubre.
Una densa capa de humo de tabaco y el olor a café recalentado flotaban sobre una mesa de caoba donde se amontonaban informes de ventas, gráficos de barras descendentes y, para humillación de los presentes, varios ejemplares de Ben el legado y Las Jóvenes Superpoderosas.
Jenette Kahn, la presidenta de DC, observaba por la ventana el horizonte de Manhattan.
A su lado, Paul Levitz y Mike Carlin, figuras clave en la arquitectura de la editorial, mantenían un silencio sepulcral.
También estaban presentes representantes de Warner Bros., cuya preocupación no era el arte, sino la caída del 10% en las licencias de productos infantiles durante el último trimestre de 1994.
Paul Levitz aclaró su voz y golpeó suavemente un fajo de papeles sobre la mesa.
—Las cifras finales de enero han llegado —dijo con pesadez—.
Michael Relish no solo nos está quitando cuota de mercado; se está llevando a la demografía de entre 10 y 16 años por completo.
Nuestras ventas de Superman han caído un 8% y Batman se mantiene apenas gracias a los coleccionistas nostálgicos.
Pero los nuevos lectores…
los que compran juguetes y camisetas…
ellos no quieren a un tipo en mallas azules.
Quieren el reloj de Ben.
—Es un niño —gruñó uno de los ejecutivos de Warner—.
Un mocoso de veinte años con una oficina en Malibú.
¿Cómo es posible que esté superando a personajes con sesenta años de historia?
Tenemos a La Muerte de Superman a nuestras espaldas, acabamos de hacer Knightfall…
le rompimos la espalda a Batman, ¡por Dios!
Deberíamos ser intocables.
Mike Carlin suspiró, hojeando un número de Dexter.
—Ese es el problema.
Nosotros estamos rompiendo espaldas y matando iconos para generar impacto, pero Relish está construyendo algo nuevo.
Sus historias no dependen del valor de choque; dependen de la conexión.
Sus personajes son jovenes.
Jovenes inteligentes, jovenes con problemas, jovenes que no necesitan permiso de los adultos.
Nosotros vendemos dioses tratando de ser humanos; él vende humanos convirtiéndose en algo más.
La reunión se tornó tensa cuando mencionaron a la competencia directa.
Marvel estaba pasando por sus propios problemas financieros (que eventualmente los llevarían a la bancarrota años después), pero incluso ellos estaban perdiendo terreno frente a la marea de Omnisciente.
—Incluso Image Comics está sufriendo —añadió Levitz—.
Todd McFarlane y Jim Lee están furiosos porque los quioscos están dando prioridad a las portadas variantes de Relish.
Pero lo de Relish es más peligroso que Image.
Image era puro arte y músculos; Omnisciente es narrativa pura.
El crossover que termina el 7 de febrero tiene a todo el país en vilo.
Jenette Kahn se giró finalmente, cruzando los brazos.
—¿Qué tenemos para responder?
¿Cuál es nuestro plan para 1995?
—Estamos preparando La Noche Final y estamos en medio de las consecuencias de Hora Cero —respondió Carlin con poca convicción—.
Queremos limpiar la continuidad, hacerla más accesible.
—¿Accesible?
—Kahn señaló los cómics de Michael—.
Ese chico no limpia la continuidad, la crea sobre la marcha y la hace obligatoria.
El 6 de febrero él va a paralizar las tiendas.
Si no hacemos algo, Warner empezará a preguntarse por qué estamos gastando millones en mantener a la Liga de la Justicia cuando un solo creador independiente está generando el doble de ingresos por número.
Lo que más les dolía era el marketing.
Michael Relish no seguía el manual de DC.
Él usaba la televisión, el misterio y, sobre todo, la idea de que sus cómics eran “importantes”.
—He oído que está haciendo una película —dijo el ejecutivo de Warner—.
The Shallows.
Un thriller de tiburones.
Si esa película tiene éxito, Michael Relish pasará de ser un “chico de los cómics” a ser un “jugador de Hollywood”.
Y si eso ocurre, querrá llevar a sus personajes a la gran pantalla antes que nosotros podamos lanzar un nuevo Batman decente.
—No podemos permitir que controle ambos mercados —sentenció Kahn—.
Tenemos que recuperar la atención de los jóvenes.
Paul, quiero que hables con los mejores guionistas.
Si tenemos que rejuvenecer a nuestros héroes, lo haremos.
Si tenemos que crear una línea nueva que compita directamente con Ben 10, hacedlo.
Pero no quiero volver a ver una gráfica donde un niño de veinte años nos esté robando el almuerzo.
En un rincón de la sala, uno de los editores más jóvenes observaba los dibujos de las Jóvenes Superpoderosas.
Sabía lo que los veteranos se negaban a admitir: Michael Relish tenía el “pulso” de la calle.
Sus diálogos eran rápidos, sus referencias eran modernas y no tenía miedo de experimentar con la estructura de la página.
—¿Saben qué es lo peor?
—dijo el joven editor, atrayendo todas las miradas—.
Que sus cómics son buenos.
No son solo trucos de ventas.
El guion del número 11 de Dexter es una pieza de ingeniería narrativa que nosotros no hemos visto en años.
Él no nos está ganando con dinero, nos está ganando con ideas.
El silencio que siguió a esa declaración fue más pesado que cualquier informe de ventas.
Era la admisión de que el gigante estaba herido no por falta de recursos, sino por falta de visión.
La reunión terminó con una serie de directrices: acelerar los crossovers de DC, aumentar el presupuesto publicitario en televisión y tratar de contactar a Michael Relish para una posible “adquisición o colaboración”.
—Ofrecedle lo que quiera —dijo el hombre de Warner—.
Si no podemos vencerlo, lo compraremos.
—Ya nos rechazó, dudo que lo haga —murmuró Levitz mientras salían de la sala—.
Ese chico no quiere dinero de Warner.
Él quiere ser su propio jefe.
Mientras los ejecutivos abandonaban la sala, Jenette Kahn se quedó sola con un ejemplar de Las Jóvenes Superpoderosas #5.
Lo abrió por la mitad y leyó una de las frases de Blanche.
“El futuro no es algo que esperas, es algo que construyes con tus propias manos”.
Kahn cerró el cómic y miró hacia la calle.
Sabía que estos días de febrero marcarían un antes y un después.
Si Michael Relish lograba aterrizar ese avión, si el crossover era el éxito que todos predecían, DC Comics tendría que aceptar que ya no eran los únicos reyes del castillo.
En las sombras de los rascacielos de Nueva York, el gigante se preparaba para una guerra de papel.
Pero Michael Relish, en su soleada oficina, ya les llevaba tres días de ventaja, un tiburón en la recámara y una generación entera en el bolsillo.
La era de los dioses antiguos estaba bajo asedio, y el arquitecto del nuevo mundo no tenía intención de hacer prisioneros.
Burbank, California – 5 de Febrero de 1995 Las oficinas de la planta alta de Warner Bros.
solían ser un símbolo de opulencia y control absoluto sobre el entretenimiento mundial.
Pero hoy, la sala de juntas de la presidencia parecía una balsa salvavidas en medio de una tormenta perfecta.
Gerald Levin, el CEO de Time Warner, golpeaba la mesa con un informe que llevaba el sello de “URGENTE”.
A su alrededor, los jefes de división de cine, televisión y licencias mantenían la mirada baja, como soldados esperando una reprimenda tras una derrota aplastante.
La crisis no era solo una cuestión de orgullo; era una hemorragia financiera.
La caída en las ventas de DC Comics era solo la punta del iceberg.
Lo que realmente aterraba a los ejecutivos era la erosión de su marca en el sector infantil y juvenil, un mercado que Michael Relish había conquistado en menos de medio año con una eficiencia quirúrgica.
—¿Alguien puede explicarme cómo un solo individuo ha logrado que nuestras proyecciones de merchandising para 1995 se reduzcan a la mitad?
—preguntó Levin con una voz peligrosamente calmada—.
Tenemos a Batman, tenemos a Superman, tenemos los Looney Tunes…
y sin embargo, los informes de las jugueterías dicen que los niños están pidiendo “Omnitrixes” y figuras de acción de un niño llamado Dexter.
—Es el ecosistema, Gerald —respondió Bob Daly, co-presidente de Warner Bros.—.
Relish no solo vende historias; vende un universo interconectado que se siente vivo está hecho como si fuera una película.
Nuestros personajes se sienten como estatuas de museo.
Los suyos se sienten como amigos de los niños.
El crossover que termina está próxima semana ha creado una preventa que supera cualquier cosa que hayamos lanzado en la última década.
Daly proyectó una gráfica en la pantalla.
Las líneas de ingresos de Warner Bros.
Consumer Products mostraban un declive pronunciado, mientras que una línea roja —la de Omnisciente— subía de forma casi vertical.
—Si esto sigue así —continuó Daly—, las pérdidas por licencias podrían llevarnos a un recorte de personal masivo para finales de año.
Estamos hablando de una crisis de liquidez si no logramos recuperar la atención del público joven.
La reunión se tornó sombría cuando se discutió la posibilidad de una alianza.
Para los ejecutivos de Warner, acostumbrados a ser los depredadores, la idea de pedir ayuda a un joven de veinte años era una píldora amarga de tragar.
—Necesitamos a Michael Relish —dijo Terry Semel, el otro co-presidente—.
Él tiene las Propiedades Intelectuales (IP) más valiosas del momento.
Ben , Las Jóvenes Superpoderosas…
si logramos un acuerdo para que Warner Bros.
produzca y distribuya las películas de esos personajes, podríamos salvar el año fiscal.
Él tiene el contenido, nosotros tenemos la maquinaria.
—¿Y por qué aceptaría él?
—intervino Levin—.
El chico está editando su propia película, The Shallows.
Y hasta donde se sabe ahora es de Fox.
—Tranquilos si se firmó ese contrato como mucho serán dos años —respondió Semel con una sonrisa cínica—.
Al final, estará solo y todos quieren el logo de la Warner en su película.
Podemos ofrecerle un trato de distribución global cuando se separe de fox, darle acceso a nuestras salas y, a cambio, que él nos ayude a revitalizar a nuestros héroes.
Imaginad a Michael Relish escribiendo un nuevo arco para Batman o supervisando una película de la Liga de la Justicia.
Su “toque” podría salvarnos.
En un momento de la reunión, se mencionó la situación de la competencia.
Marvel Comics estaba al borde del abismo, asfixiada por deudas y malas decisiones editoriales.
—Si Marvel quiebra, será un golpe para toda la industria —comentó un ejecutivo de finanzas—.
Quizás deberíamos sugerirle a Relish que intervenga allí también.
A él le conviene que el mercado del cómic sea fuerte.
Si Marvel cae, los quioscos morirán, y eso afectaría a sus propias ventas.
Él tiene el capital; podría ser el caballero blanco que salve a Marvel mientras nosotros nos encargamos de su expansión cinematográfica.
Los hombres en la sala asintieron, convencidos de que su lógica era impecable.
Creían que Michael, siendo un amante de los cómics, querría proteger el medio que lo hizo famoso.
No podían estar más equivocados.
Mientras los ejecutivos de Warner planeaban cómo “usar” a Michael para salvarse, a pocos kilómetros de allí, en su estudio, Michael Relish tenía planes muy distintos.
Michael no quería salvar a los gigantes; quería heredarlos.
Su estrategia con Marvel no era de salvamento, sino de asedio.
Él sabía que la bancarrota de Marvel era inevitable, y su plan era dejar que se desangraran hasta que el valor de sus activos —Spider-Man, los X-Men, los Vengadores— cayera al suelo.
En ese momento, Michael aparecería no como un aliado, sino como el nuevo dueño.
No quería que Marvel sobreviviera bajo su propia bandera; quería que Marvel fuera una subsidiaria de Omnisciente.
Lo mismo aplicaba para Warner.
Michael no tenía intención de firmar acuerdos de producción que le quitaran el control creativo.
Si iba a tratar con Warner, sería para comprarles sus redes de distribución o sus salas de cine, no para pedirles permiso para rodar.
Levin suspiró, cerrando su carpeta.
—Bob, Terry…
quiero que contactéis con el representante de Relish inmediatamente.
Dylan, creo que se llama.
Ofrecedle una reunión privada aquí, en mi despacho.
No quiero intermediarios.
Si tenemos que darle el triple de lo que rechazó en un sobre en blanco para que traiga sus marcas a nuestro estudio, lo haremos.
La alternativa es ver cómo nuestra división de cine pierde relevancia frente a un chico que graba en un tanque de agua en Malibú.
—Hay un rumor —añadió Semel antes de salir—, que dice que Dylan está preguntando mucho sobre Trimark Pictures.
Si Relish quiere compra una distribuidora propia, ya no nos necesitará para nada.
Tenemos que movernos antes del 7 de febrero.
Una vez que termine ese crossover y él tenga esos millones adicionales en el banco, será imposible negociar con él.
La reunión terminó con una sensación de urgencia febril.
Los ejecutivos, hombres que habían moldeado el cine del siglo XX, se sentían como reliquias frente al cambio de paradigma que Michael representaba.
La crisis en Warner no era solo económica; era existencial.
Estaban ante un individuo que no solo creaba contenido, sino que controlaba la narrativa, el marketing y la distribución de una manera que ni siquiera Disney había logrado a esa escala en tan poco tiempo.
Mientras los Mercedes y limusinas salían del lote de Warner Bros.
esa noche, el sentimiento general era de derrota preventiva.
Michael Relish no era solo un competidor; era una fuerza de la naturaleza que estaba succionando el oxígeno de la habitación.
Y mientras Warner intentaba desesperadamente encontrar una forma de invitarlo a su mesa, Michael ya estaba diseñando la mesa donde ellos, algún día, tendrían que sentarse a pedir clemencia.
El 5 de febrero de 1995 quedaba marcado en los anales de Warner Bros.
como el día en que el gigante admitió, a puerta cerrada, que su corona estaba en juego.
El arquitecto seguía construyendo, y el muro que estaba levantando alrededor de Hollywood era cada vez más alto, dejando a los antiguos reyes fuera, en el frío, esperando una llamada que Michael Relish no tenía prisa por devolver.
Nueva York, Oficinas de Miramax – 5 de Febrero de 1995 Harvey Weinstein era un hombre que se alimentaba del poder, el miedo y la sensación de ser el árbitro absoluto del gusto cinematográfico en Estados Unidos.
Pero esa tarde, el aire en su oficina de Tribeca estaba cargado de una toxicidad que incluso sus empleados más veteranos temían.
Harvey no estaba simplemente enfadado; estaba consumido por una envidia corrosiva que se manifestaba en cada golpe que daba sobre su escritorio de caoba.
Frente a él, su hermano Bob Weinstein fumaba en silencio, observando cómo Harvey arrojaba una copia de la revista Variety al suelo.
En la portada, aunque pequeña, una columna mencionaba el final del rodaje de The Shallows y la increíble racha de éxitos de Michael Relish en el mundo editorial.
—¡Es un insulto!
—rugió Harvey, su rostro adquiriendo un tono violáceo—.
¡Ese mocoso de Malibú no ha cumplido los veinticuatro y ya lo tratan como si fuera el maldito Orson Welles!
¿Quién se cree que es?
¿Un director?
¿Un magnate?
¡Es un niño con suerte que dibuja caricaturas para adolescentes que no saben nada de cine de verdad!
Harvey se levantó y empezó a caminar de un lado a otro, su respiración pesada resonando en la habitación.
Para Harvey, el éxito de Michael Relish era una afrenta personal.
Él y Bob habían trabajado décadas para posicionar a Miramax, habían luchado contra los grandes estudios y ahora, bajo el ala de Disney, se sentían los reyes del cine “inteligente”.
Que un joven independiente estuviera generando más titulares que sus propias producciones ganadoras del Oscar era algo que no podía tolerar.
—Todo lo que tiene es suerte, Bob.
Una racha de suerte estadística —continuó Harvey, señalando con un dedo acusador hacia el techo—.
Perdió a su familia, la prensa se compadeció de él y ahora cualquier cosa que escupe se convierte en oro porque el público es idiota.
Pero el cine…
el cine es nuestro territorio.
Y no voy a dejar que un fabricante de juguetes venga a decirnos cómo se cuenta una historia.
Harvey se detuvo y miró fijamente a su hermano.
—¿Qué tenemos, Bob?
Dime que hemos encontrado algo.
Necesito una película que aplaste esa estúpida historia del tiburón.
Necesito algo que le recuerde al mundo que Miramax es donde reside el talento real.
Bob Weinstein, siempre el más pragmático de los dos, suspiró y ajustó sus gafas.
—Estamos revisando el catálogo de adquisiciones de Sundance y Toronto, Harvey.
Tenemos varias cosas de terror psicológico y un par de thrillers de presupuesto medio.
Pero nada que sea…
bueno, un tiburón.
La gente de marketing dice que el género de animales asesinos es difícil de vender como “cine de prestigio”.
—¡Me importa un bledo el prestigio ahora mismo!
—gritó Harvey—.
Quiero impacto.
Quiero que cuando Relish estrene su película, haya algo en cartelera que lo haga parecer un aficionado.
¿Qué hay de ese proyecto de suspense en el pantano?
¿O la de los cocodrilos en Australia?
Tenemos que encontrar algo que podamos lanzar en la misma ventana de tiempo.
Si él quiere guerra en el agua, le daremos guerra.
Lo que más le dolía a Harvey era que, a pesar de estar bajo el paraguas de Disney, sentía que la Casa del Ratón estaba observando a Michael Relish con demasiado interés.
Había rumores de que Michael Eisner estaba impresionado con las cifras de Omnisciente Comics.
—Esos idiotas de Disney están babeando por sus personajes —dijo Harvey, bajando la voz a un susurro sibilante—.
No entienden que Relish es un lobo.
Si lo dejan entrar, se quedará con todo el pastel.
Nosotros somos los que les damos los premios, nosotros somos los que hacemos que la marca Disney parezca adulta y sofisticada.
Ese chico solo les dará plástico y efectos especiales baratos.
—Harvey, cálmate —dijo Bob—.
Relish está solo.
Nosotros tenemos la infraestructura de Miramax y el músculo de distribución de Disney.
Él tiene que comprar su propia distribuidora si quiere competir de verdad.
Por eso se está vendiendo a fox.
Si logramos bloquear que sus películas sean menos que la de nosotros Fox lo dejara de lado.
Tendrá una película terminada que fallo y ningún lugar donde volver y será olvidado.
Harvey se detuvo, una sonrisa malévola formándose en sus labios.
La idea de asfixiar a Michael antes de que pudiera respirar le devolvió el color al rostro.
—Eso es…
eso es brillante, Bob.
Pero sigue buscando la película que todo estará para nosotros.
Harvey volvió a sentarse, entrelazando sus dedos sobre su estómago.
—Quiero que la prensa empiece a escribir sobre los problemas en el set de The Shallows.
Inventa algo.
Di que Cameron Diaz está descontenta, di que el tiburón no funciona, di que el presupuesto se ha triplicado por problemas del tiburón.
Siembra la duda.
Necesito que el mundo crea que ese joven es solo un espejismo.
Para Harvey Weinstein, Michael Relish representaba todo lo que él odiaba: juventud, independencia financiera real y una conexión orgánica con el público que Harvey solo podía comprar con campañas de marketing millonarias.
Harvey se sentía el “Rey de Nueva York”, y no iba a permitir que un chico de Malibú le robara el trono de “Rey del Cine”.
—Michael Relish…
—masfulló Harvey, saboreando el nombre como si fuera veneno—.
Cree que puede jugar en nuestra liga porque sabe vender papel pintado a niños de diez años.
Vamos a enseñarle que en Hollywood, si no estás en la mesa comiendo con nosotros, eres lo que hay en el menú.
La reunión terminó con Harvey ordenando a sus publicistas que iniciaran una campaña de desprestigio silenciosa.
Miramax, conocida por su agresividad en las temporadas de premios, iba a usar todas sus tácticas sucias contra un solo objetivo.
Mientras Bob salía de la oficina para hacer las llamadas, Harvey se quedó solo, mirando una foto de una de sus producciones pasadas.
Su ego no le permitía ver la realidad: que Michael no era un suertudo, sino un estratega superior.
Harvey pensaba que esto era una pelea por el cine, pero para Michael, era una partida de ajedrez por el control de la cultura global.
—Suerte…
—susurró Harvey para sí mismo, encendiendo un cigarrillo—.
Ya veremos cuánta suerte tiene cuando Miramax le cierre todas las puertas de esta ciudad.
El 5 de febrero de 1995, el conflicto entre el viejo Hollywood de los matones y el nuevo Hollywood, el arquitecto de universos se volvió oficial.
Harvey Weinstein había declarado la guerra, y aunque Michael Relish aún no lo sabía, el tiburón en su película no sería la única criatura peligrosa que intentaría devorarlo ese año.
Pero Harvey olvidaba una cosa: Michael ya estaba acostumbrado a nadar en aguas mucho más profundas y peligrosas que las de Miramax.
📝 +——————————–+ Ojalá le guste está historia la verdad es que no sabía que escribir, y como en los anteriores no parecía que les gusta o no había comentarios los dejé y me puse a pensar que sería bueno escribir.
Intentaré subir tres capitulo por semana, si les gusta comenten y si no también, igual no soy escritor y siempre quise escribir una historia de regresión, hacer todo lo que no me atrevi en mi vida por miedo al fracaso.
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Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com