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En Hollywood. - Capítulo 47

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Capítulo 47: Capítulo 46

Capítulo 46: Los Engranajes del Sistema

Century City, Los Ángeles – 3 de Abril de 1995

La sala de juntas de 20th Century Fox tenía una vista panorámica que abarcaba desde los edificios de Beverly Hills hasta la silueta del Pacífico. Pero nadie miraba por la ventana. En la mesa, rodeados de carpetas de proyecciones financieras y datos de marketing, los hombres más poderosos del estudio acababan de presenciar una copia del montaje final de ‘The Shallows’.

Tom Sherak, que había traído la cinta desde la productora de Michael, permanecía de pie, observando las caras de sus colegas. El silencio era denso. No era el silencio de la duda, sino el de la codicia contenida. Habían visto a una Cameron Diaz transformarse de una chica de portada en una superviviente sangrienta y feroz, y habían visto a un tiburón que, sin necesidad de efectos digitales excesivos, se sentía como una fuerza de la naturaleza imparable.

—Es un éxito —sentenció Joe Roth, el entonces jefe de producción del estudio—. No hay vuelta de hoja. Michael Relish lo ha vuelto a hacer. Ha tomado un concepto que parece de “Clase B” y lo ha elevado a una categoría de thriller de prestigio. Es cine puro, visualmente impactante y, lo más importante, es una mina de oro para el mercado juvenil que tanto nos cuesta capturar.

La discusión pasó rápidamente del arte a los dólares. El contrato de Michael estipulaba que tras la entrega del filme completo recibiría la mitad del pago restante, y la otra mitad tras el estreno el 28 de abril.

—Sherak sugiere que le paguemos todo ahora —dijo un ejecutivo de finanzas, ajustándose las gafas con escepticismo—. Estamos hablando de varios millones de dólares por adelantado. ¿Por qué deberíamos hacer eso? El contrato está para protegernos. Si la película falla en el estreno —aunque lo dudo—, perdemos nuestra palanca de negociación.

—Al contrario —intervino Tom Sherak con firmeza—. Pagarle todo ahora es un movimiento político. Michael Relish es el activo más valioso de Hollywood en este momento. Warner Bros. le está respirando en la nuca, intentando comprar su editorial de cómics. Disney está mirando de cerca sus movimientos. Si le pagamos el contrato completo ahora, le estamos enviando un mensaje: “Eres parte de la familia Fox”. Queremos que cuando piense en su siguiente gran idea, no llame a Bob Daly en Warner, sino que venga directamente a nosotros.

—Además —añadió Roth—, ese chico no tiene problemas de dinero. Ha vendido tres millones de cómics en un mes. Si no le pagamos, no lo vamos a quebrar; solo lo vamos a molestar. Y no quieres molestar al tipo que sabe cómo hacer que los adolescentes vacíen sus carteras.

Tras un breve debate, la decisión fue unánime: Fox liquidaría el contrato completo de The Shallows en dos semanas. Querían que Michael se sintiera el rey de la montaña antes del estreno.

Sin embargo, el ambiente cambió cuando se puso sobre la mesa el próximo proyecto de Michael. Los espías del estudio ya se habían enterado de que Michael estaba preparando una película —escrita por Laura— que se centraba exclusivamente en la vida de cuatro mujeres, un drama más psicológico y de personajes, sin tiburones ni explosiones.

—Aquí es donde me preocupa —dijo un ejecutivo de marketing, lanzando un informe sobre la mesa—. Michael es un genio del género, de la acción, de lo visual. Pero, ¿una película de “solo mujeres”? Estamos en 1995. El mercado para el drama femenino es limitado y difícil de vender fuera de la temporada de premios. Es un riesgo innecesario. Deberíamos pedirle que haga The Shallows 2 o algo de sus cómics.

—Michael dice que puede contar cualquier historia —replicó Sherak—. Argumenta que el público femenino es una audiencia desatendida que él puede conquistar.

—Es demasiado arriesgado —insistió otro ejecutivo—. Si le damos carta blanca para esa película y fracasa, dañará la marca Relish que acabamos de comprar. Una mujer en una roca luchando por su vida es una cosa; cuatro mujeres hablando en una habitación es algo que Miramax haría, no Fox.

Joe Roth se frotó la barbilla, pensando en la ambición de Michael. Conocía a jóvenes talentos, pero Michael era diferente. No pedía permiso; él presentaba realidades.

—Hagamos esto —propuso Roth—. Le pagamos lo de The Shallows por completo. Eso lo mantendrá contento y le dará la liquidez que parece querer. Pero sobre la película de las cuatro mujeres… no nos comprometeremos todavía. Le diremos que queremos esperar a ver los resultados del estreno de abril. Si The Shallows rompe la taquilla como esperamos, será más difícil decirle que no. Pero si solo es un éxito moderado, lo presionaremos para que su siguiente proyecto sea algo más “tradicional”.

—¿Y si la hace de todas formas? —preguntó Sherak—. Tiene el dinero de los cómics. Y lo que vamos a pagar, podría financiarla él mismo.

—Si la financia él mismo, perderemos el control de la IP —advirtió finanzas—. Tenemos que jugar con cuidado. Digámosle que “estamos interesados pero necesitamos ver el desarrollo”. No cerremos la puerta, pero tampoco firmemos el cheque todavía. Queremos ver si su “toque de Midas” funciona también sin la adrenalina del terror.

La reunión concluyó con una sensación mixta. Para Fox, Michael Relish era un motor económico increíble que tienen en sus manos, pero también un joven cuya independencia empezaba a ser incómoda. Les asustaba que alguien de 24 años tuviera una visión tan clara que no dependiera de los consejos de los veteranos del estudio.

—Ese chico piensa que puede cambiar las reglas de Hollywood —comentó un ejecutivo mientras salían de la sala—. Películas de mujeres, cómics interconectados… se va a estrellar contra un muro tarde o temprano.

—O —dijo Tom Sherak, mirando la cinta de The Shallows que aún estaba sobre la mesa— va a construir un muro nuevo y nos va a cobrar entrada para pasar. Por ahora, paguémosle. El 28 de abril sabremos si somos sus socios o simplemente sus cajeros automáticos.

Fox no sabía que Michael contaba exactamente con esa reacción. Sabía que dudarían de la película de las mujeres porque el viejo Hollywood no entendía el cambio de demografía. Pero Michael no necesitaba que Fox estuviera “seguro”. Solo necesitaba que Fox le diera el dinero de The Shallows para comprar su libertad definitiva.

Mientras el departamento de contabilidad de Fox preparaba la transferencia de millones de dólares, la maquinaria de marketing del estudio se ponía en marcha. Posters del tiburón acechando la pierna de Cameron Diaz empezaron a aparecer en las paradas de autobús de todo el país. Fox iba a apostar fuerte por abril, sin saber que cada dólar de beneficio que generaran para Michael sería un clavo más en el ataúd de su control sobre él.

El 3 de abril terminaba con el gigante corporativo convencido de que tenía la sartén por el mango. Fox creía que al pagarle todo a Michael, lo estaban atando. No sabían que Michael Relish ya estaba mirando los planos de Orion Pictures y que el dinero de Fox era, en realidad, el capital para su propia liberación.

Santa Mónica, California – 3 de Abril de 1995

En el departamento de finanzas de Relish Productions, el teléfono de Susan sonó con la insistencia característica de las grandes noticias. Al otro lado de la línea se encontraba uno de los vicepresidentes de gestión de activos de 20th Century Fox, el hombre encargado de mover los hilos de los presupuestos multimillonarios del estudio.

—Susan, soy David, de Fox —la voz sonaba inusualmente jovial—. Tengo órdenes directas de Tom Sherak y Joe Roth. Hemos revisado el progreso de The Shallows y la respuesta interna ha sido tan abrumadora que el estudio ha decidido omitir la cláusula de espera del estreno. Vamos a proceder con el depósito del cien por ciento del contrato restante en este momento a la cuenta de Michael Relish.

Susan, siempre pragmática y con una mente de acero para los negocios, no permitió que la sorpresa se filtrara en su voz.

—Es una decisión generosa por parte de Fox, David —respondió ella, manteniendo el tono profesional—. Michael apreciará el gesto de confianza. ¿Cuál es el cronograma para la transferencia?

—Al ser una suma tan significativa, los protocolos bancarios de Nueva York y los seguros de transferencia requieren un margen. El dinero saldrá de nuestras cuentas hoy mismo, pero debido a la magnitud de los fondos, tardará dos a tres semanas completas en reflejarse en las cuentas de Relish Productions. El papeleo que firmamos al inicio de la producción ya cubre esta eventualidad, así que solo es cuestión de esperar a que el sistema procese los millones. Considéralo una “buena acción” de Fox para fortalecer nuestra relación a largo plazo.

Susan colgó el teléfono, se ajustó las gafas y se tomó un momento para procesar la cifra. Era el capital que Michael necesitaba para dejar de ser un “director contratado” y convertirse en un dueño de estudio con distribuidora.

Michael estaba en su oficina, revisando unos bocetos para la nueva línea de ropa de Omnisciente, cuando Susan entró. No necesitaba que ella dijera una palabra para saber que algo importante había ocurrido; la forma en que Susan cerraba la puerta siempre indicaba la magnitud de la noticia.

—Fox acaba de capitular, Michael —dijo Susan, sentándose frente a él—. Han decidido pagarnos todo el contrato por adelantado. No quieren esperar al 28 de abril. Dicen que es un gesto de buena voluntad, pero ambos sabemos que están intentando comprar tu exclusividad antes de que el mercado vea los números de taquilla.

Michael dejó los bocetos sobre la mesa y se recostó en su silla de cuero, entrelazando las manos tras la cabeza. Una sonrisa tranquila, casi depredadora, apareció en su rostro.

—Dos o tres semanas, Susan, tendremos el control total de nuestra liquidez —comentó Michael—. Es perfecto. No esperaba que fueran tan previsibles, pero Tom Sherak tiene miedo de perderme. Cree que el dinero es la cadena que me mantendrá en su patio trasero.

—Es una cantidad inmensa, Michael —añadió Susan—. Sumado a los ingresos de la “Trilogía del Destino” de los cómics, tendremos más efectivo disponible que muchas productoras medianas de Burbank juntas. ¿Seguimos con el plan de impuestos?

—Sí. Aparta el porcentaje exacto para el IRS inmediatamente después de que el depósito se limpie —ordenó Michael—. Quiero que mis cuentas sean un búnker. Una vez que el gobierno tenga su parte, el resto se dividirá: una mitad para el fondo de adquisición de Orion/Trimark y la otra en espera.

Susan asintió y luego cambió de carpeta. Su rostro se iluminó con la satisfacción de quien ha completado una misión logística compleja.

—Hablando de infraestructura, Michael, he cerrado la operación que discutimos. Hemos adquirido formalmente una pequeña empresa de manufactura en Ohio, Apex Moldings. Era una fábrica de juguetes de escala pequeña-mediana que estaba a punto de entrar en concurso de acreedores. Tenían la maquinaria y los moldes básicos, pero les faltaba una licencia fuerte.

Michael se inclinó hacia adelante, interesado. —¿Y el personal?

—Mantenemos a los operarios más experimentados. Ya han comenzado la fase de producción masiva. He visto los primeros prototipos de las figuras de acción de Ben alienígena y las maquetas de El Laboratorio de Dexter. Son impresionantes, Michael. Estamos utilizando plásticos de alta densidad que les dan un peso real, nada de esa sensación barata de los juguetes de regalo de comida rápida.

—¿Y las ediciones de colección? —preguntó Michael, recordando su propia infancia en su vida pasada, donde los juguetes limitados eran el santo grial de los fans.

—Estamos siguiendo tus instrucciones al pie de la letra —explicó Susan—. La línea “Diamond” será de producción limitada. Son figuras con piezas intercambiables, caras con diferentes expresiones y accesorios metálicos. Solo sacaremos dos mil unidades de cada personaje para el lanzamiento de julio. Las tiendas especializadas ya están enviando órdenes de compra a ciegas solo por el prestigio de tu nombre. Saben que si Michael Relish lo hace, serán de colección.

Michael se levantó y caminó hacia el ventanal que daba a la costa. A sus 24 años, estaba logrando lo que a hombres como George Lucas o Steven Spielberg les tomó décadas: el control vertical total.

—Esa es la clave, Susan. No quiero que Mattel nos diga qué personajes son vendibles. Nosotros creamos el cómic, nosotros escribimos la historia, nosotros dirigimos la película y ahora, nosotros fabricamos el juguete. El ciclo está completo.

Michael pensó en los dos días de espera para el dinero de Fox. Para otros, sería una eternidad de nerviosismo; para él, era el tiempo justo para terminar de coordinar con los abogados de Dylan el primer acercamiento “fantasma” a los acreedores de Orion Pictures.

—¿Te imaginas la cara de los ejecutivos de Fox cuando se enteren de que usamos una parte de su “pago de buena voluntad” para comprar la fábrica que competirá con sus socios de licencias? —preguntó Michael con una risa suave.

—Probablemente no les haga gracia —respondió Susan con una pizca de humor—, pero para cuando se den cuenta, los juguetes de Omnisciente estarán en todas las estanterías de Estados Unidos. Ya estamos negociando espacios con Toys “R” Us y Walmart. El éxito del crossover de los cómics nos ha dado una palanca de negociación brutal. Nadie quiere quedarse fuera del “efecto Relish”.

Michael se sintió en un estado de gracia. Todo estaba alineado. Su vida personal con Cameron, Naomi y Elizabeth le daba la estabilidad emocional necesaria que nunca pensaba que iba a tener; el equipo creativo de los cómics estaba trabajando en las historias de julio; la película estaba lista para asustar al mundo; y ahora, el músculo financiero de Fox fluía hacia sus venas para alimentar sus sueños de independencia.

—Buen trabajo, Susan —dijo Michael, volviéndose hacia ella—. Avisa a Dylan. En cuanto el dinero aparezca en el sistema en dos días, quiero que se inicie el proceso formal de auditoría externa para nuestra oferta por Orión y Trimark. No vamos a esperar a que Fox decida si “confía” en mi película de mujeres. Para cuando ellos decidan o se enteren que estoy negociando con las productoras aceptarán enseguida. Pero ellos no saben que necesito eso mismo, pero por todo ese dinero si aceptan la película de solo mujeres, también le daré una película que será de buena críticas.

Susan recogió sus papeles, sabiendo que acababa de presenciar el nacimiento de una nueva era en la industria. Michael no estaba jugando a hacer películas; estaba jugando a ser el dueño del tablero.

En abril de 1995 quedaba marcado como el día en que Fox, creyendo que estaba asegurando su futuro, en realidad estaba financiando la mayor competencia que jamás habrían imaginado. Michael se quedó solo en su oficina, mirando el horizonte, sabiendo que, el mundo sería un lugar muy diferente para él. El Arquitecto tenía los fondos, los planos y la ambición. Ahora, solo faltaba que el reloj siguiera avanzando.

Santa Mónica, California – 10 de Abril de 1995

El 10 de abril de 1995 quedará grabado en los libros de contabilidad de Hollywood como el día en que un joven de 24 años se convirtió en uno de los hombres más líquidos de la industria. El sol brillaba sobre el edificio de Relish Productions, pero dentro, la atmósfera era de una calma gélida y profesional.

Susan entró en la oficina de Michael con una simple hoja de papel. No hacían falta discursos. El comprobante de transferencia mostraba que los fondos de 20th Century Fox habían sido liberados tras la semana de espera bancaria. Michael Relish, el chico que hace apenas unos años era un desconocido, era ahora un millonario con la capacidad de financiar sus propios sueños sin pedir permiso.

—Ya somos dueños de nuestro destino, Michael —dijo Susan, dejando el papel sobre el escritorio de caoba.

Michael miró la cifra. Tras el pago de impuestos que ya había sido movilizado a una cuenta de reserva, el capital neto era suficiente para hacer temblar a Orion y Trimark.

—Esto es solo el combustible, Susan —respondió Michael con voz pausada—. El motor es la película. Y hoy, el motor empieza a rugir.

En las calles de Los Ángeles, Nueva York y Chicago, la maquinaria de Fox había comenzado su asalto. Los carteles de The Shallows (Miedo Profundo) no eran los típicos pósters de terror de los años 80. Eran minimalistas, elegantes y aterradores. En ellos se veía una toma cenital de Cameron Diaz nadando sobre un azul profundo, y justo debajo, una sombra inmensa, una mancha oscura que prometía una muerte inevitable.

El eslogan era corto: “Solo tienes que aguantar la respiración”.

En las paradas de autobús, en las vallas publicitarias de Sunset Boulevard y en los cortos de televisión de 30 segundos entre programas como Seinfeld o Friends, la imagen de Michael Relish empezaba a asociarse con una nueva forma de tensión.

Lincoln Center, Nueva York – 42 años

Robert, un editor de una revista literaria que tenía memoria de sobra para recordar el verano de 1975, miraba el póster en una estación de metro. Él había hecho fila para ver Tiburón (Jaws) de Steven Spielberg cuando era un estudiante.

—Otro chico intentando imitar al maestro —murmuró Robert para sí mismo, ajustándose el abrigo—. Spielberg cambió el mundo con una nota de piano y un tiburón mecánico que ni siquiera funcionaba. Este Relish tiene 24 años. ¿Qué puede saber él de la angustia existencial o del suspense? Apuesto a que será una película aburrida, llena de gritos de una modelo de moda y efectos visuales baratos. No se puede superar lo perfecto, y Jaws es perfecta.

Para Robert y su generación, Michael era un intruso. Un joven con demasiada suerte y demasiado dinero que se atrevía a tocar el “cine de monstruos marinos” que Spielberg había reclamado para sí mismo hacía dos décadas.

Santa Monica High School – 17 años

Jason y sus amigos estaban sentados en las escaleras del instituto, hojeando un ejemplar de Las Jóvenes Superpoderosas #12. De repente, uno de ellos señaló un anuncio a toda página en la contraportada del cómic que promocionaba la película.

—Tío, si la película es la mitad de intensa que el crossover de los cómics, va a ser una locura —dijo Jason, emocionado—. He visto el tráiler en MTV anoche. Cameron Diaz se ve maltratada, real. No parece una de esas películas de terror donde todos son idiotas y mueren porque no saben correr. Michael Relish sabe cómo contar historias de gente inteligente bajo presión. Mira sus cómics.

—No sé, tío —respondió su amigo—. Es solo una tía en una roca. ¿Cómo vas a hacer que eso no sea aburrido durante una hora y media? Spielberg tenía un barco, tres tíos locos y una caza por todo el océano. Michael se ha encerrado en un solo lugar. O es un genio, o nos va a aburrir mortalmente.

—Yo confío en él —sentenció Jason—. El tipo nos dio buenos cómics. No nos va a fallar ahora.

+————————-+

En los círculos más intelectuales de Hollywood, el escepticismo era el deporte nacional. En los cafés de Silver Lake, los aspirantes a directores hablaban con envidia del “Niño de Oro”.

—Tiene 24 años y Fox le ha dado las llaves del reino —decía un joven director que acababa de terminar un cortometraje—. Es insultante. The Shallows parece un ejercicio técnico vacío. ¿Dónde está el mensaje social? ¿Dónde está el arte? Es solo comercialismo puro envuelto en una cara bonita. Spielberg tenía a John Williams; Michael tiene… bueno, tiene un departamento de marketing de Fox. Pero no durará. En cuanto el tiburón aparezca y se vea como un muñeco, su carrera se hundirá.

Mientras tanto, en su oficina, Michael escuchaba los informes de Dylan sobre el sentimiento del público. Sabía que la comparación con Spielberg era inevitable y, de hecho, la había buscado.

—¿Qué dicen, Dylan? —preguntó Michael, mirando por la ventana hacia el muelle de Santa Mónica.

—La generación de más de 40 años está a la defensiva. Creen que estás profanando un templo —respondió Dylan con una sonrisa—. Los jóvenes están intrigados pero tienen miedo de que la película sea estática. La palabra “aburrida” aparece mucho en los grupos de enfoque. No entienden cómo vas a mantener el ritmo en un solo escenario.

Michael se dio la vuelta, sus ojos brillando con una determinación que habría asustado a los ejecutivos de Fox.

—Eso es perfecto. El escepticismo es el mejor fertilizante para un impacto masivo. Cuando se sienten en esa sala el 28 de abril y se den cuenta de que no han parpadeado en 80 minutos, el choque será doble. No quiero ser Spielberg, Dylan. Spielberg hacía que la gente tuviera miedo de entrar al agua. Yo voy a hacer que tengan miedo de su propia sombra en el agua.

El 10 de abril terminaba con Michael revisando su cuenta personal. El dinero estaba ahí. Ya no era un empleado de lujo; era un patrón.

—Susan —llamó Michael por el intercomunicador—, inicia la segunda fase. Comencemos con Trimark. Quiero que los abogados de Trimark reciban la primera carta de interés no vinculante mañana por la mañana. No usaremos el nombre de Relish Productions. Usaremos la sociedad pantalla que creamos en Delaware.

—Entendido, Michael. ¿Y la película de las mujeres?

—Dile a Eleonor que empiece a buscar localizaciones discretas con laura —respondió Michael—. Fox cree que estoy esperando su permiso. Lo que no saben es que ya tengo el dinero para rodarla tres veces si quiero.

Michael se sentó frente a su escritorio. A su izquierda, una figura de acción prototipo de Ben cuatro brazos que acababa de llegar de la fábrica de Ohio. A su derecha, el contrato liquidado de Fox. Frente a él, el mundo.

El marketing de The Shallows apenas comenzaba, pero la guerra de Michael Relish contra el sistema de Hollywood ya estaba en su fase más agresiva. El 28 de abril no sería solo un estreno; sería el día en que el tiburón de Michael despedazaría las expectativas de los veteranos y consolidaría el reinado del director más joven que ya no tenía nada que perder y todo un imperio que construir.

Michael se puso su chaqueta y salió de la oficina. Tenía una cita con Naomi, pero antes, se detuvo frente a un póster de su propia película en la calle. Un hombre de unos 50 años estaba allí, mirando la sombra del tiburón con desdén. Michael sonrió para sí mismo y siguió caminando.

“Espera al 28”, pensó. “Te vas a olvidar de Spielberg por esas semanas”.

Nueva York – 21 de Abril de 1995

Las oficinas de Miramax en Tribeca exhalaban una atmósfera de triunfo prematuro. Harvey Weinstein, el hombre que había transformado el cine independiente en una máquina de guerra comercial, caminaba de un lado a otro en su despacho, rodeado de nubes de humo de cigarro y el aroma a café caro. Frente a él, Bob Weinstein revisaba unos informes de distribución con una sonrisa gélida.

Faltaba exactamente una semana para el 28 de abril, la fecha en que Michael Relish lanzaría su “tiburón” al mundo. Pero Harvey no tenía miedo. Al contrario, se sentía como un cazador que acababa de poner la trampa perfecta.

—Fox cree que tiene el mercado de suspenso asegurado —gruñó Harvey, dejando caer una copia de Variety sobre su escritorio—. Creen que un chico de 24 años con una modelo en una roca puede sostener una película. Es un insulto a lo que hacemos aquí.

Tras meses de búsqueda en festivales, los hermanos Weinstein habían encontrado lo que consideraban el antídoto contra el “Efecto Relish”. En el Festival de Cine de Sundance de ese mismo año, habían adquirido los derechos de distribución de un thriller psicológico llamado The Passion of Darkly Noon (La pasión de Darkly Noon), dirigida por Philip Ridley y protagonizada por Brendan Fraser y Ashley Judd.

Aunque la película era una producción extraña, onírica y con tintes de obsesión religiosa, Harvey la había rebautizado internamente como su “asesino de taquilla”. En su mente, mientras Michael ofrecía un tiburón mecánico y una rubia en bikini, Miramax ofrecería “cine de verdad”: una historia de suspenso psicológico, con actores de prestigio que venían de éxitos reales y una atmósfera que los críticos de Nueva York adorarían.

—Mira los nombres, Bob —dijo Harvey, señalando el póster que acababan de imprimir—. Brendan Fraser es una estrella en ascenso. Ashley Judd es la chica del momento. La crítica va a destrozar a Relish por ser “superficial” y van a elevar nuestra película como el thriller inteligente del año. Vamos a estrenar en el mismo número de salas estratégicas. Vamos a asfixiar su distribución.

Bob Weinstein sirvió dos copas de cristal con un whisky que costaba más que el alquiler de un mes en Brooklyn.

—Lo que más me gusta —dijo Bob— es que Relish se esta gastado el dinero de Fox en juguetes y en comprar una fábrica en Ohio. El chico cree que es Walt Disney. No entiende que en este negocio, si tu película falla el primer fin de semana, tu marca se convierte en basura radiactiva.

Harvey soltó una carcajada estrepitosa que retumbó en las paredes de madera. —¡Ohio! El idiota está fabricando muñecos de plástico mientras nosotros estamos ganando Óscars. He hablado con mis contactos en los periódicos de la Costa Este. Mañana empezarán a salir las primeras columnas “de opinión” cuestionando si el éxito de los cómics de Michael no fue más que una burbuja inflada por el marketing. Vamos a sembrar la duda antes de que el primer espectador compre una entrada para The Shallows.

Ambos brindaron. Estaban convencidos de que The Passion of Darkly Noon —una película que, en el mundo real, terminaría siendo un fracaso de culto casi olvidado— era la obra maestra que enterraría la carrera de Michael Relish. Para Harvey, Michael no era más que un “accidente” del sistema, un joven que no respetaba las jerarquías y que necesitaba ser puesto en su lugar.

Lo que los Weinstein no veían —o se negaban a ver— era el cambio generacional. Mientras ellos se encerraban en sus oficinas de terciopelo celebrando adquisiciones de festivales de arte, Michael Relish estaba conectado directamente con la fibra óptica de la cultura popular.

Harvey pensaba que el público quería “suspenso intelectual”. No entendía que después de una década de thrillers eróticos y dramas pesados, los adolescentes y jóvenes de los 90s estaban hambrientos de algo visceral, rápido y técnicamente impecable como lo que Michael había filmado en su tanque de agua.

—Ese chico no sabe nada de cine —continuó Harvey, sentándose pesadamente en su sillón—. Cree que por dirigir un par de éxitos de bajo presupuesto y vender cómics ya puede jugar con los grandes. El 28 de abril le vamos a enseñar lo que es la realidad. Le vamos a quitar las pantallas de los cines importantes y le vamos a dejar las sobras. Fox no va a poder salvarlo cuando las críticas digan que su tiburón parece un juguete de su propia fábrica en Ohio.

Bob Weinstein revisó el plan de marketing de Miramax. Habían invertido una cantidad desproporcionada de dinero en anuncios impresos que comparaban indirectamente ambas películas, sugiriendo que “el verdadero suspenso no necesita efectos especiales, solo grandes actuaciones”.

—He hablado con los programadores de las cadenas AMC y United Artists —dijo Bob—. Les hemos dado incentivos para que mantengan nuestra película en las salas principales. Relish se va a encontrar con que su estreno “masivo” no es tan masivo como Fox le prometió.

Harvey asintió, encendiendo otro cigarro. —Quiero que sufra. Quiero que vea cómo su precioso imperio de plástico se desmorona porque no pudo sostener una película de una sola actriz. Y cuando esté en el suelo, tal vez le compre sus derechos de los cómics por una fracción de lo que valen hoy. Solo para que aprenda.

A miles de kilómetros de allí, en Los Ángeles, Michael Relish recibía un informe de Dylan sobre los movimientos de Miramax.

—Harvey ha movido The Passion of Darkly Noon para competir directamente con nosotros en el estreno —dijo Dylan, algo preocupado—. Está usando su peso político para acaparar salas en Nueva York y Chicago.

Michael, que estaba terminando una llamada con la fábrica de Ohio sobre los controles de calidad de las figuras, ni siquiera levantó la vista.

—Déjalo, Dylan —dijo Michael con una calma que resultaba aterradora—. Harvey Weinstein vive en un mundo donde cree que puede intimidar a la realidad. Darkly Noon es una película extraña, demasiado lenta para el público comercial y demasiado pretenciosa para los jóvenes. Es el sacrificio perfecto.

—Pero nos va a quitar salas, Michael.

—Solo por tres días, Dylan —respondió Michael, levantándose y mirando el calendario—. El viernes se estrenarán ambas. El sábado, la gente estará haciendo cola para ver a Cameron Diaz luchar por su vida. El domingo, la película de Harvey será retirada de la conversación. Harvey está peleando una guerra de 1985 en 1995. Nosotros no estamos compitiendo contra Miramax; estamos compitiendo contra el aburrimiento. Y yo se lo que los jóvenes necesitan.

El 21 de abril terminaba con dos visiones del mundo enfrentadas. En Nueva York, los Weinstein celebraban su supuesta superioridad intelectual y su poder de intimidación. En Los Ángeles, Michael Relish supervisaba los últimos detalles de una maquinaria industrial y cinematográfica que no dependía de favores, sino de resultados.

Michael sabía que Harvey Weinstein acababa de cometer el error más grande de su carrera: creer que el cine era solo política de oficina y pensar en pelear conmigo, no sabe que vengo del futuro y se que cosas es lo que busca la gente. Michael, sabía que el cine era, por encima de todo, una experiencia. Y mientras Harvey preparaba su brindis de victoria, Michael preparaba el tiburón que iba a devorar no solo la taquilla, sino también el orgullo de los hermanos Weinstein.

La batalla por el 28 de abril ya no era solo una cuestión de dinero; era una guerra por el alma del nuevo Hollywood. Y Michael, con su cuenta llena de millones de Fox y sus fábricas produciendo héroes de plástico, estaba más que listo para la colisión.

Hollywood, California – 27 de Abril de 1995

Hollywood Boulevard estaba bloqueado por una marea de luces de neón, limosinas negras y miles de fans que gritaban nombres que pronto serían historia. El Teatro Chino de Grauman, con su arquitectura imponente, servía como el coliseo donde Michael Relish presentaría su ofrenda al público.

Mientras el caos de los flashes estallaba afuera, Michael ya se encontraba en el interior del vestíbulo privado del teatro. No sentía la necesidad de pavonearse ante la prensa en la alfombra roja; prefería observar el tablero desde las sombras antes de que comenzara el juego. Vestía un traje de Armani hecho a medida, negro sobre negro, que le daba un aire de seriedad arquitectónica. A su lado, Naomi y Elizabeth, vestidas con una elegancia que quitaba el aliento, actuaban como su guardia de honor, ellas fueron unas de las primeras en pasar por la alfombra roja.

Michael observaba a través de las pesadas cortinas de terciopelo cómo los invitados de Fox hacían su entrada. Tom Sherak y Joe Roth habían tirado la casa por la ventana. No era solo un estreno de una película de suspenso; era una demostración de fuerza contra Disney y Warner.

De repente, el murmullo del vestíbulo subió de intensidad. Tom Cruise y Nicole Kidman entraron en el recinto. Era la segunda vez que Michael coincidía con Cruise, y la presencia del actor seguía siendo magnética. Tom recorrió la sala con la mirada hasta que sus ojos se encontraron con los de Michael. Con una sonrisa de un millón de vatios, se acercó, dejando atrás a una nube de asistentes.

—Michael, el hombre del momento —dijo Cruise, estrechando la mano de Michael con firmeza—. He oído que lo que has hecho en ese tanque de agua es revolucionario. Nicole y yo no queríamos perdernos esto.

—Gracias por venir, Tom. Nicole —asintió Michael con respeto—. Espero que hayáis traído algo para los nervios. Esta película no es precisamente un paseo por el parque.

—Me gusta la intensidad, ya lo sabes —respondió Cruise, bajando un poco la voz—. He oído lo de Harvey y su película de Miramax. Está intentando mover hilos en Nueva York para eclipsarte. Mi consejo: ignóralo. Una vez que las luces se apaguen, lo único que importa es lo que hay en la pantalla. Y tú pareces ser muy bueno en lo que pones en la pantalla.

A medida que el vestíbulo se llenaba, Michael divisó a otras figuras que Fox había invitado para dar peso al evento. Vio a un joven Brad Pitt, que venía del éxito de Entrevista con el Vampiro, conversando con una todavía poco conocida Gwyneth Paltrow. Los fotógrafos se volvían locos con ellos, pero para Michael, solo eran piezas en el ecosistema de su industria.

También notó a algunos actores que apenas hacían ruido con los periodistas de la entrada, futuros titanes que en 1995 todavía estaban buscando su gran oportunidad. Vio a Matt Damon y Ben Affleck en un rincón, luciendo un poco fuera de lugar con trajes que parecían alquilados, observando la opulencia del evento con ojos hambrientos. Michael les dedicó un breve asentimiento; sabía que en un par de años, esos dos serían nombres fundamentales, y tal vez, activos para su futuro estudio.

De repente, una figura elegante y con una sonrisa serena se acercó a Michael. Era Sandra Bullock, quien acababa de convertirse en alguien conocida con la película ‘Mientras dormías’ que se estreno la semana pasada.

—Director Relish —dijo Sandra con un tono amigable—. He visto los pósters por todo Santa Mónica. Si logras que tenga miedo de nadar en mi propia piscina, te enviaré la factura del terapeuta.

Michael sonrió de forma genuina. —Sandra, es un placer. Si la película cumple su objetivo, mañana mismo las ventas de piscinas privadas van a caer un diez por ciento. Disfruta de la función.

El clímax de la alfombra roja llegó con la entrada de la protagonista. Cameron Diaz apareció luciendo un vestido que evocaba el agua: una seda azul metálico que fluía con cada paso. Los gritos de los fans fueron ensordecedores. Cameron manejó a la prensa con una maestría que Michael sabía que había pulido durante las semanas de promoción.

Cuando finalmente entró al vestíbulo y se reunió con Michael, sus ojos brillaban con una mezcla de agotamiento y triunfo.

—Lo hemos logrado, Michael —susurró ella mientras los fotógrafos del interior capturaban la imagen del director y su musa—. Toda la ciudad está hablando de esto.

—Mañana hablará el mundo entero, Cameron —respondió él, ofreciéndole su brazo—. Prepárate. A partir de esta noche, ya no eres solo la chica de The Mask. Eres Nancy. La mujer que venció al océano.

Tom Sherak se acercó al grupo, frotándose las manos con entusiasmo. Estaba radiante.

—Michael, la lista de invitados es perfecta. Tenemos a los jefes de las tres cadenas de cines más grandes de EE.UU. en la sala. Warner ha enviado “espías” para ver el material, y he visto a un par de asociados de los Weinstein merodeando por la entrada con caras largas.

—Que miren bien, Tom —dijo Michael con calma—. Quiero que vean cada fotograma. Quiero que entiendan que el dinero de Fox no se gastó en marketing, se gastó en talento y visión.

—Hablando de visión —Sherak bajó la voz—, he estado recibiendo llamadas sobre tu “Proyecto de las Mujeres”. Hay mucha curiosidad, pero también mucha resistencia. Después de ver cómo reacciona el público esta noche, creo que tendremos la palanca necesaria para callar a los escépticos en el consejo.

Michael no respondió. En su mente, ya no importaba lo que Fox pensara. Los cheques ya habían sido cobrados, la pequeña fábrica de juguetes estaba produciendo a máxima capacidad y su plan para Orion/Trimark estaba en marcha. Este estreno era uno de los tres golpes para el final que el quiere asegurar, para que nadie pudiera cuestionar su capacidad de generar beneficios antes de dejar Relish Productions a Fox.

La campana del teatro sonó, anunciando que la proyección estaba por comenzar. Michael observó a la multitud: la mezcla de estrellas consolidadas, directores curiosos y ejecutivos depredadores. Todos estaban allí para ver si el “Niño de Oro” finalmente tropezaba o si lograba elevarse por encima de la leyenda de Spielberg.

Vio a Nicole Kidman sentándose junto a Tom Cruise, a Brad Pitt susurrando algo al oído de Gwyneth, y a las futuras estrellas en las filas de atrás, observando el trono que Michael había construido para sí mismo.

Michael tomó su asiento en la zona central, rodeado de sus tres mujeres. Naomi le apretó la mano izquierda; Elizabeth la derecha. Cameron, a su lado, le dedicó una última mirada de complicidad antes de que las luces comenzaran a atenuarse.

—Que empiece el espectáculo —pensó Michael.

El rugido del proyector de 35mm comenzó. El logo de 20th Century Fox iluminó la sala, seguido inmediatamente por el de Relish Productions. El silencio en el Teatro Chino se volvió absoluto. El mundo estaba a punto de descubrir que a veces, para dominar Hollywood, no hace falta un ejército, sino un tiburón, una mujer valiente y un director joven que no conocía el significado de la palabra “imposible”.

El aire en el teatro se enfrió. La primera toma del océano azul profundo apareció en pantalla. La guerra de abril había comenzado oficialmente, y Michael Relish ya había ganado la primera batalla: el respeto silencioso de sus pares.

Las luces del Teatro Chino de Grauman se apagaron por completo, sumergiendo a la élite de Hollywood en una oscuridad expectante. Michael se recostó en su asiento, sintiendo la energía de la sala. Sabía que la versión de The Shallows que estaba a punto de proyectarse no era simplemente un “remake” de lo que recordaba de su vida pasada; era una versión refinada, adaptada a la tecnología de 1995 y cargada de una profundidad emocional que la película original a veces sacrificaba por el ritmo.

La película comenzó con una belleza plástica que dejó a los directores de fotografía en la sala sin aliento. Michael había eliminado los dispositivos modernos del futuro; no había smartphones ni cámaras GoPro. En su lugar, la Nancy de Cameron Diaz llevaba una cámara Nikon sumergible de la época y, lo más importante, una billetera de cuero desgastada.

A mitad de la película, Michael introdujo los cambios que realmente elevaron el guion. En lugar de videollamadas, Nancy sacaba una fotografía doblada de su billetera: una imagen de su madre en la misma playa años atrás. Michael utilizó flashbacks breves y etéreos, filmados en un grano de película diferente, para contar la historia de la pérdida de su madre por el cáncer.

—No se trata solo del tiburón —susurró Tom Cruise a Nicole Kidman durante una de estas escenas—. Se trata de su voluntad de vivir. Michael está usando el tiburón como una metáfora de la enfermedad que mató a su madre. Es brillante.

Estas mejoras hacían que el miedo de Nancy no fuera solo físico. Ella estaba allí para conectar con el pasado, y el tiburón era el obstáculo final que le impedía cerrar su duelo. La gente en la sala no solo quería que ella sobreviviera; necesitaban que ganara.

Cuando la película llegó a su tercer acto, la tensión era tan insoportable que se escuchaban jadeos reales en el teatro. Michael había pulido las secuencias de efectos especiales mecánicos combinándolos con sombras inteligentes, haciendo que el tiburón se sintiera masivo y real.

Pero el momento cumbre fue la actuación de Cameron Diaz en la boya. Michael le había exigido un nivel de desesperación que la actriz nunca había explorado. En la escena final, donde Nancy debe decidir entre rendirse al océano o luchar con las pocas fuerzas que le quedan, el primer plano de Cameron —con el rostro quemado por el sol, los labios agrietados y una mirada de furia pura— electrizó la pantalla.

—¡Dios mío, ella es increíble! —exclamó Sandra Bullock en voz baja, inclinándose hacia adelante en su asiento.

Cameron no solo gritaba; su actuación transmitía una inteligencia táctica. El público veía cómo su mente trabajaba, cómo calculaba los tiempos de la marea y la posición del tiburón. Era una heroína de acción con el corazón de un drama de prestigio.

Cuando los créditos finales aparecieron sobre el fondo negro, acompañados solo por el sonido de las olas rompiendo, el teatro quedó en un silencio sepulcral durante casi diez segundos. Michael sintió un nudo en el estómago; ese silencio podía significar el éxito total o el rechazo absoluto.

De repente, una sola persona se puso de pie en la oscuridad. Fue Steven Spielberg, invitado de honor, quien comenzó a aplaudir lentamente. Un segundo después, como una explosión, las mil personas presentes se pusieron de pie.

Los aplausos fueron ensordecedores. No eran aplausos de cortesía; eran vítores de una audiencia que acababa de ser sacudida.

Cuando las luces se encendieron, Michael al salir de la sala y fue a la recepción fue rodeado de inmediato. Tom Cruise se abrió paso entre la multitud y le dio un abrazo fraternal.

—Michael, ese suspense… la escena de la marea subiendo mientras ella intenta alcanzar la boya es lo más estresante que he visto en una década —dijo Cruise con los ojos brillando—. Has logrado que un solo escenario se sienta como un campo de batalla épico.

Nicole Kidman asintió, todavía visiblemente conmovida. —La forma en que manejaste el recuerdo de la madre, Michael… le diste alma a una película de monstruos. Es una actuación de premio para Cameron.

Incluso los futuros talentos como Matt Damon y Ben Affleck se acercaron tímidamente.

—Señor Relish, esa edición es increíble —dijo Ben Affleck—. La forma en que cortas entre el tiburón y los flashbacks nos mantuvo a todos al límite. Gracias por la lección.

Joe Roth, el jefe de Fox, estaba radiante. Se acercó a Michael con una copa de champán y una sonrisa que iba de oreja a oreja. La preocupación que había mostrado semanas atrás sobre si el público aceptaría una película de “una mujer y un tiburón” se había evaporado por completo..

—¡Michael! ¡Es un jonrón! —exclamó Roth, palmeándole la espalda—. He estado observando a los dueños de los cines durante la proyección. Estaban haciendo números con los dedos. Prevemos que va a romper récords de taquilla el fin de semana de abril. No es solo una película, es un evento.

—Me alegra que los números cuadren, Joe —respondió Michael con su habitual calma—. Pero lo que más me importa es que la gente sintió la historia.

—La sintieron, créeme —dijo Tom Sherak, que se unió al grupo—. Harvey Weinstein va a tener pesadillas con esta película. Su “drama psicológico” se va a ver como un documental aburrido comparado con la energía que acabas de soltar aquí. Michael, hoy has consolidado un poco más tu lugar. Mañana, las acciones de Fox van a subir gracias a ti.

Michael miró a su alrededor. Vio a Cameron siendo felicitada por Brad Pitt y Gwyneth Paltrow; vio a Naomi y Elizabeth compartiendo miradas de orgullo. Había logrado lo imposible: mejorar una idea del futuro, adaptarla al pasado y convencer a los mayores titanes de Hollywood de que él era el nuevo arquitecto del cine.

Mientras salían del teatro hacia la fiesta posterior, Michael se detuvo un momento bajo la marquesina del Grauman. Los fans seguían allí, gritando su nombre.

—joven —susurró Michael para sí mismo—. Y esto es solo el principio.

A lo lejos, pudo ver a un par de asociados de Miramax hablando frenéticamente por sus teléfonos móviles, probablemente informando a Harvey Weinstein de que el “desastre” que esperaban se había convertido en un triunfo histórico.

El preestreno terminó con Michael Relish siendo el rey indiscutible de Hollywood Boulevard. Había entregado la película, había ganado a la crítica y había demostrado que su visión era infalible. Ahora, solo faltaba esperar al 28 de abril para que el público general confirmara lo que los expertos ya sabían: el mundo del cine acababa de cambiar para siempre.

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Ojalá le guste está historia. Intentaré subir tres capitulo por semana (se me daño la laptop y con el celular me demoro mucho mientras escribo, investigo ordenó y arreglo), si les gusta comenten, estoy viendo que me conviene al escribir de diferentes formas. Ya sea muy rápido, con sistema o ahora este un poco serio. Like si te gusta

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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