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En Hollywood. - Capítulo 49

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Capítulo 49: Capítulo 48

Capítulo 48: La Selección de las Almas

West Hollywood, California – 6 de Mayo de 1995

Mientras el resto de la industria seguía obsesionada con los números del segundo fin de semana de The Shallows —que, según los primeros informes, estaba mostrando una retención de audiencia histórica—, en las oficinas temporales de casting de Fox R. Studio el ambiente era de una concentración absoluta. Susan no tenía tiempo para celebrar que Michael acababa de sumar otros millones a su cuenta; ella tenía una misión: encontrar las piezas faltantes de un rompecabezas humano que debía estar listo para rodar en julio.

Frente a ella estaba Victoria Thomas, una de las directoras de casting más respetadas de la industria que Dylan había logrado atraer gracias al prestigio acumulado de Michael. Sobre la mesa, cientos de fotografías de actrices (headshots) se mezclaban con cintas de video VHS de audiciones previas.

—Michael fue muy específico, Victoria —dijo Susan, ajustándose las gafas y señalando el organigrama en la pared—. Elizabeth Banks es nuestra protagonista, ‘Elena’. Cameron Diaz ya está confirmada como ‘Sarah’, la amiga de la infancia. La química entre ellas es el ancla de la película. Pero sin una hermana creíble y una madre que proyecte la sombra necesaria en los flashbacks, la estructura se cae.

Victoria asintió, tomando una fotografía de una joven actriz.

—Para la hermana de Elizabeth, necesitamos a alguien que comparta esa intensidad pero que parezca más joven, más vulnerable. Alguien que el público quiera proteger. He preseleccionado a Sarah Michelle Gellar y a una chica que está llamando mucho la atención en el circuito independiente, Chloë Sevigny.

Susan revisó las fotos. —Michael mencionó que quería que la relación de hermanas fuera el corazón del trauma. Necesitamos a alguien que pueda aguantar un primer plano de dos minutos sin parpadear. Sarah Michelle tiene esa energía, pero está muy ligada a la televisión ahora mismo. Traigamos a ambas para una lectura de química con Elizabeth el jueves.

El guion de Laura (con Michael) introducía un personaje fundamental: ‘Miller’, una oficial de policía local que es amiga del grupo pero que debe mantener la objetividad profesional mientras el suspenso escala.

—Para la policía, Michael quiere a alguien que no sea la típica cara de modelo de Hollywood —explicó Susan—. Necesitamos gravedad. Alguien que proyecte que ha visto lo peor de la humanidad pero que aún conserva la empatía.

—He pensado en Pam Grier —sugirió Victoria—. Está buscando un regreso triunfal y tiene una presencia física que intimida. Pero también tengo a Holly Hunter. Si queremos algo más cerebral, Holly es la opción.

Susan anotó los nombres. La idea de Holly Hunter trabajando bajo la dirección de Michael era fascinante; le daría a la película un pedigrí de prestigio que silenciaría a los críticos que aún veían a Michael como un director “comercial”.

El papel de la madre era quizás el más complejo. Aunque aparecía principalmente en flashbacks y secuencias oníricas, su influencia debía sentirse en cada decisión de la protagonista.

—Michael quiere a alguien que sea la “realeza” del cine —dijo Susan—. Alguien que con solo entrar en la habitación te haga sentir que hay una historia detrás. Me sugirió a Jessica Lange o Sissy Spacek.

Victoria levantó las cejas, impresionada por el nivel de ambición. —Son nombres de peso, Susan. Pero con el éxito de The Shallows, creo que podemos conseguir a quien queramos. Michael es el director con el que todas las actrices quieren trabajar ahora mismo. Él ha demostrado que sabe cuidar a sus actrices, que les da espacio para actuar, no solo para verse bien.

Era el primer día de una maratón de siete días de audiciones. Michael era implacable con los plazos. Quería comenzar la preproducción técnica en junio para estar rodando en exteriores o sets construidos para julio o agosto. No quería perder la “luz de verano” que tanto beneficiaba al estilo visual que tiene pensado para la película.

—Dylan dice que Michael ya está revisando las localizaciones en el norte de California —comentó Victoria—. ¿Cómo lo hace? La película del tiburón sigue en el número uno y él ya está pensando en la paleta de colores de la siguiente.

—Michael no vive en el presente, Victoria —respondió Susan con una sonrisa enigmática—. Él vive en una línea de tiempo donde en su cerebro todo ya está imaginado y él solo está asegurándose de que los detalles coincidan. Por eso nos paga: para que el casting sea tan perfecto como su visión.

A las 10:00 AM, las puertas se abrieron para las primeras actrices de reparto. Susan observaba desde la mesa, evaluando no solo el talento, sino la disciplina. Victoria detestaba la impuntualidad y el ego excesivo. Buscaba actrices que estuvieran dispuestas a ensuciarse, a llorar de verdad y a sumergirse en la atmósfera claustrofóbica de su nuevo thriller.

Vieron a varias actrices jóvenes para el papel de la hermana. Algunas eran demasiado teatrales; otras, demasiado tímidas. Susan buscaba esa “chispa Relish”, ese momento en que la actriz deja de leer el guion y empieza a vivir la escena.

—Esa chica, Liv Tyler —susurró Victoria tras una audición—. Tiene algo. Una melancolía natural que encajaría con el tono de los flashbacks de la madre.

—Anótala —dijo Susan—. Pero quiero ver a Claire Danes mañana. Michael mencionó que su trabajo en My So-Called Life tiene la honestidad que busca para este proyecto.

Durante el almuerzo, Susan finalmente permitió que su nueva asistente le mostrara los datos preliminares del segundo fin de semana de The Shallows. La película solo había caído un 20%, algo casi inaudito en el cine moderno. El boca a boca estaba transformando la película en un evento cultural.

—Michael va a ser billonario antes de los 30 si sigue así —comentó Victoria mientras miraba los números en la revista Variety.

—El dinero es solo una herramienta para él —respondió Susan, mirando hacia la puerta donde la siguiente actriz esperaba su turno—. Lo que Michael quiere es el control total de la narrativa. Y este casting es el siguiente paso para asegurar que nadie en Fox pueda decirle qué hacer. Si logramos un elenco con tres buenas actrices y el éxito de Cameron Diaz, Michael será el dueño de Hollywood antes de que termine el año.

Susan cerró su carpeta. El primer día de casting estaba siendo productivo, pero sabía que Michael esperaría nada menos que la perfección absoluta al final de la semana. Tenían seis días más para encontrar a las mujeres que darían vida a la nueva pesadilla de Michael Relish, y Susan no pensaba descansar hasta que cada nombre en la lista estuviera a la altura del genio que las dirigiría.

El sol de mayo calentaba las calles de West Hollywood, pero dentro de la sala de casting, el aire era frío y cargado de la tensión necesaria para crear arte. El imperio de Fox R. Studio estaba naciendo, y Susan era la partera que aseguraba que cada detalle fuera impecable.

West Hollywood, California – 8 de Mayo de 1995

El murmullo en el pasillo exterior de la sala de casting de Fox R. Studio cambió de frecuencia a las once de la mañana. No era el nerviosismo habitual de las actrices jóvenes o la charla técnica de los agentes. Era un silencio cargado de asombro. Nicole Kidman, vestida con una sencillez calculada —unos pantalones negros rectos y una camisa de seda color crema que resaltaba su palidez de porcelana—, caminaba por el pasillo sin séquito, con solo un sobre de manila en la mano.

En el interior de la sala, Susan y Victoria Thomas revisaban los perfiles de la tarde cuando la puerta se abrió tras un breve golpe.

Susan levantó la vista, esperando a la siguiente candidata para el papel de la hermana de la protagonista. Cuando vio a Nicole, sus cejas se elevaron casi hasta el nacimiento del pelo.

—¿Nicole? —preguntó Susan, levantándose por instinto—. ¿Qué haces aquí? No teníamos una reunión agendada con tu agente para hoy.

Nicole dedicó una sonrisa suave, pero con una determinación en la mirada que Susan reconoció de inmediato. Era la mirada de alguien que sabe exactamente lo que quiere.

—No vengo a través de mi agente, Susan —dijo Nicole, su acento australiano suavizado por los años en Estados Unidos—. Vengo porque he visto The Shallows dos veces esta semana. Una con Tom y otra yo sola, en una función de tarde en el Village Theatre. Me pasé toda la noche pensando en el guion que habían comentado. El de las mujeres.

Victoria Thomas, que había visto pasar a miles de actrices por sus manos, se quedó sin habla por un momento. Que una actriz de la talla de Kidman se presentara por su cuenta a una sala de casting, en lugar de negociar una oferta directa en un restaurante de lujo, era un movimiento de humildad y hambre actoral que decía mucho sobre el peso que Michael Relish tenía ahora mismo en la industria.

—Michael es muy estricto con el proceso, Nicole —advirtió Susan, recuperando la compostura—. Él no da papeles por amistad. Elizabeth y Cameron ya están dentro porque el guion fue escrito con ellas en mente, pero para la hermana de la protagonista, él exige una prueba real. No quiere estrellas; quiere personajes.

—Eso es exactamente lo que busco, Susan —respondió Nicole, dando un paso hacia el centro de la habitación, bajo la luz cenital—. Estoy cansada de ser “la esposa de” o “la cara bonita” en las superproducciones de estudio. Lo que Michael ha hecho con Cameron Diaz es un milagro. Ha sacado una actriz de las entrañas de una modelo. Yo quiero que Michael me desmonte y me vuelva a armar. Quiero ese papel de la hermana, la que tiene ese conflicto de inferioridad con el personaje de Elizabeth.

Susan miró a Victoria. La directora de casting asintió, visiblemente intrigada.

—Muy bien —dijo Victoria, entregándole unas hojas con el diálogo de la Escena 42—. Es el momento en que las dos hermanas están en el sótano, esperando a que pase la tormenta, y Elena (Elizabeth) descubre que tú has estado guardando el secreto del testamento de la madre. Es una escena de traición silenciosa. ¿Necesitas tiempo?

—Conozco la energía de la escena —dijo Nicole, dejando su sobre en una silla—. Empecemos.

Susan se sentó para hacer la réplica del personaje de Elizabeth. Se produjo un silencio denso. Nicole cerró los ojos un segundo, ajustando su respiración. Cuando los abrió, la “estrella de cine” había desaparecido. Su postura se encogió ligeramente, su mandíbula perdió esa rigidez perfecta y sus ojos empezaron a brillar con una mezcla de culpa y resentimiento.

—¿Por qué lo hiciste? —preguntó Susan, leyendo la línea de Elizabeth—. Ella te lo dio a ti porque sabía que yo era la fuerte. Sabía que yo no lo necesitaba.

Nicole no respondió de inmediato. Se humedeció los labios secos, miró al suelo y luego, con una voz que temblaba pero que cortaba como un vidrio roto, dijo su línea:

—No lo hizo porque fueras fuerte, Elena. Lo hizo porque te tenía miedo. Tenía miedo de que si no te daba el control de todo, te marcharías y no volverías nunca. Y yo… yo me quedé. Yo cuidé de ella mientras se marchitaba. Yo limpié sus platos mientras tú estabas en Nueva York siendo “la mujer de éxito”. El testamento no era un regalo para mí, era el pago por mi entierro en vida en esta casa.

El aire en la sala pareció agotarse. Victoria Thomas dejó de tomar notas. La actuación de Nicole fue de un realismo crudo; no había rastro de glamour. Había una verdad en su dolor que sugería que Nicole estaba canalizando todas sus propias frustraciones sobre la percepción que Hollywood tenía de ella.

Al terminar la escena, Nicole se quedó inmóvil un momento, todavía atrapada en la emoción del personaje. Luego, suspiró y volvió a erguirse, recuperando su elegancia natural.

—Gracias, Susan. Gracias, Victoria —dijo Nicole, con la voz volviendo a su tono normal, aunque un poco más ronca.

Susan y Victoria intercambiaron una mirada de complicidad profesional. Ambas sabían que Nicole acababa de destruir cualquier duda sobre su capacidad para el papel. Había una química potencial con Elizabeth que podía elevar la película a un nivel de drama de prestigio que incluso la crítica más cínica tendría que aplaudir.

—Nicole, ha sido… impactante —dijo Victoria, rompiendo el silencio—. De verdad. No muchas actrices de tu nivel se atreverían a mostrar esa fealdad emocional tan abiertamente en una audición.

—Como te dije, quiero trabajar con Michael —reiteró Nicole—. Creo que él ve cosas que otros directores ignoran.

Susan se levantó y se acercó a Nicole. Aunque eran amigas, en este edificio Susan era la representante de los intereses del “Arquitecto”.

—Sabes cómo funciona esto, Nicole. Victoria y yo prepararemos el informe del día. Michael revisará todas las cintas mañana por la noche. Él tiene la última palabra. Pero puedo decirte una cosa… —Susan hizo una pausa, mirando a Nicole directamente a los ojos—. Has cambiado nuestra percepción de quién es “la hermana”. Pensábamos en alguien más joven, pero esta dinámica de dos mujeres adultas luchando por el fantasma de su madre es mucho más poderosa.

—Te llamaremos, Nicole —añadió Victoria—. Probablemente el lunes, después de que Michael tenga tiempo de procesar todo.

Nicole asintió con gratitud, recogió sus cosas y salió de la sala con la misma sencillez con la que había entrado. En el pasillo, las demás actrices que esperaban su turno la vieron pasar y el ambiente se llenó de un murmullo de pánico. Si Nicole Kidman estaba audicionando, las posibilidades para las demás se acababan de reducir a cero.

Dentro de la oficina, Victoria se giró hacia Susan.

—Bueno, creo que acabamos de encontrar a nuestra hermana —dijo Victoria, tachando los otros tres nombres que tenía para ese papel—. Es increíble. Michael atrae el talento como un imán. Hace dos semanas, Kidman habría pedido un contrato de cinco millones y el nombre arriba en el póster. Hoy, ha venido aquí a mendigar una dirección de Relish.

—Es el efecto Relish, Victoria —respondió Susan, mirando la cinta VHS que acababan de grabar—. El éxito de The Shallows ha dejado claro que Michael no solo hace dinero; hace leyendas. Nicole sabe que si Michael la dirige, su carrera pasará a otra dimensión. Ahora solo falta ver si Michael cree que su presencia eclipsará a la película o si la complementará.

Susan guardó la cinta en una caja especial. Sabía que Michael disfrutaría viendo esta audición. Era otra victoria para su sistema: el poder de la visión sobre el poder de la celebridad. El casting de la “película de mujeres” acababa de subir de nivel, y el lunes prometía ser el día en que el reparto más potente de la década empezaría a tomar forma bajo el mando del joven Michael Relish.

Los Ángeles, California – 7 de Mayo de 1995

La noche había caído sobre la ciudad, pero las luces de la oficina de Michael en Fox R. Studio seguían encendidas. Michael estaba solo, rodeado por el silencio de un edificio que durante el día era un hervidero de actividad. Sobre su escritorio descansaban los reportes de taquilla del segundo fin de semana de The Shallows.

Michael deslizó el dedo sobre las cifras. El viernes 5 de mayo, el sábado 6 y las proyecciones del domingo 7 sumaban un total de $28.4 millones de dólares. Una caída de apenas el 30% respecto al estreno, algo que en 1995 se consideraba un éxito de “piernas largas”. El total acumulado nacional ascendía a $79.1 millones de dólares en apenas diez días de exhibición.

Michael dejó el reporte a un lado y tomó una nota interna sobre la competencia. The Passion of Darkly Noon, la apuesta de Miramax, estaba sufriendo una muerte pública y dolorosa. Los exhibidores, hambrientos de ingresos, habían empezado a retirar la película de las salas principales.

—De 400 salas a menos de 100 en una semana —murmuró Michael para sí mismo—. Harvey debe estar buscando a quién culpar.

Las críticas habían sido feroces. Los periódicos no solo decían que la película era mala, sino que era “irrelevante” frente a la frescura de la dirección de Relish. Michael sintió una satisfacción pragmática. No era odio hacia Weinstein, era la confirmación de que su método de priorizar la estructura y la emoción sobre el ego intelectual era el camino correcto.

Un suave golpe en la puerta interrumpió sus pensamientos. Susan entró cargando una caja de plástico transparente llena de cintas VHS y un sobre de manila.

—Es la primera tanda, Michael —dijo Susan, dejando la caja con cuidado—. He seleccionado las mejores del día uno y dos. Mañana seguiré con el resto, pero Victoria y yo pensamos que deberías echar un vistazo a estas antes de que el proceso se vuelva más denso.

Susan le entregó una hoja de papel con una lista de nombres. Michael notó inmediatamente que algunos estaban subrayados en azul y uno, en particular, estaba resaltado en rojo: Nicole Kidman.

—Nicole se presentó sin avisar —explicó Susan, notando la mirada de Michael—. Hizo una audición para el papel de la hermana, pero Victoria sugirió que también la consideráramos para la amiga policía si el perfil de la hermana no encajaba. La cinta está marcada. Jennifer Connelly también está ahí, para el papel de la amiga inestable.

Michael asintió, manteniendo su rostro impasible. —Gracias, Susan. Ve a descansar. Has hecho un trabajo enorme hoy.

—Mañana a las ocho seguimos, Michael. No te quedes hasta muy tarde —respondió ella antes de salir y cerrar la puerta tras de sí.

Michael se levantó y caminó hacia el monitor de alta resolución y el reproductor. Tomó la cinta de Jennifer Connelly primero. Al verla en pantalla, Michael reconoció esa intensidad melancólica que la haría famosa años después en Requiem por un sueño.

—Tiene los ojos adecuados para el colapso —anotó Michael en su cuaderno—. Pero quizás sea demasiado joven para la dinámica con Elizabeth.

Pasó varias cintas más, viendo a actrices talentosas que simplemente no “encajaban” en la frecuencia de su guion. Michael buscaba algo específico: una honestidad que no se sintiera como actuación. Muchas actrices todavía tenían ese estilo teatral heredado de los 80, y Michael quería naturalismo puro.

Finalmente, insertó la cinta de Nicole Kidman. Al principio, Michael se sintió escéptico. Nicole era una de las mujeres más famosas del mundo; su presencia podía romper la inmersión de la película. Pero en cuanto empezó la escena del sótano, Michael se inclinó hacia adelante.

Observó cómo Nicole manejaba el silencio. Cómo su labio inferior temblaba casi imperceptiblemente antes de lanzar la línea sobre el testamento. No era la Nicole Kidman de las alfombras rojas; era una mujer rota por el resentimiento.

—Increíble —susurró Michael—. Ella no quiere el papel de la policía. Ella quiere demostrar que puede actuar sin el maquillaje de estrella.

Michael retrocedió la cinta y la vio de nuevo. Susan había sugerido a Nicole para la policía en la nota roja, quizás como una forma de “asegurar” a una estrella en un papel secundario pero fuerte. Pero Michael vio algo más. La química que proyectaba Nicole, incluso con Susan haciendo la réplica, era lo suficientemente potente como para equilibrar con Lizzi.

Michael tomó su bolígrafo y tachó la sugerencia de “Policía” al lado del nombre de Nicole. En su lugar, escribió con letras firmes: “Hermana / Protagonista secundaria”.

Sabía que contratar a Kidman elevaría el presupuesto, pero el dinero no era el problema, igual Fox no tendría argumentos para negarse si al final deciden unirse. Además, el valor de marketing de tener a Banks, Diaz y Kidman juntas en un thriller psicológico era incalculable. Sería la película que definiría el poder femenino,eso es lo que quería Michael, ya que quiere algo diferente no solo acción y comedia.

Michael apagó el monitor. Tenía lo que necesitaba por hoy. El ya tenía dinero por la venta de su productora, tenía dinero en inversion en NASDAQ y por último está siendo conocido por sus películas y cómics.

Michael regresó a su escritorio y miró la foto de su madre en este tiempo, que guardaba en un cajón, la misma que había inspirado gran parte de la carga emocional de Nancy en su película, ya que sabía que la película original le faltaba eso carga emocional.

—Mañana será un día largo —pensó.

Tenía que ultimar los detalles con los acreedores de Trimark. El éxito del segundo fin de semana de The Shallows había disparado el interés de los bancos en financiar sus movimientos. Ya no era un riesgo; era la apuesta más segura de Hollywood.

Michael apagó la luz de la oficina. Al salir, pasó por el pasillo donde el nuevo logo de Fox R. Studio brillaba bajo la luz de seguridad. El joven caminaba con la seguridad de quien ya ha visto el final de la partida. Harvey Weinstein estaba perdiendo sus salas de cine, mientras Michael estaba ganando las almas de las mejores actrices del mundo. Ese día cerraba con una victoria silenciosa pero total. El casting seguía, la taquilla seguía subiendo y el imperio de Michael Relish estaba a un solo paso de convertirse en el nuevo estándar de la industria. Solo faltaba que el mundo viera lo que estas mujeres eran capaces de hacer bajo su mando.

Nueva York, Oficinas de Miramax – 8 de Mayo de 1995

El sonido de un jarrón de cristal de Murano estallando contra la puerta de madera maciza resonó por todo el pasillo de la sede de Miramax en Nueva York. Los empleados, acostumbrados a los arrebatos de su jefe, se quedaron paralizados en sus cubículos, conteniendo la respiración. Dentro de la oficina, el aire estaba saturado de un olor a sudor rancio, humo de cigarro y el aroma dulzón de un vino caro que ahora empapaba la alfombra.

Harvey Weinstein estaba fuera de sí. Su rostro, habitualmente rojizo, había pasado a un tono púrpura alarmante. Tenía el informe de taquilla del segundo fin de semana de The Shallows arrugado en su mano derecha como si fuera el cuello de un enemigo.

—¡Setenta y nueve millones! —rugió Harvey, golpeando su escritorio con el puño cerrado—. ¡Setenta y nueve millones de dólares por una maldita mujer en una roca! ¡Es un insulto a la inteligencia humana! ¡Es un escupitajo en la cara de todos los que nos esforzamos por hacer arte de verdad!

Harvey se giró hacia una estantería llena de premios y ediciones especiales de guiones. Con un movimiento violento de su brazo, barrió todo al suelo. Las estatuillas de festivales menores rodaron por el piso, y los marcos de fotos con actores de renombre se quebraron bajo su bota.

—¿Dónde están los críticos? —gritó a la nada—. ¿Dónde están esos perros falderos que se supone que deben proteger el cine de autor? ¡Están todos lamiéndole las botas a ese mocoso de Relish! ¡Escriben sobre él como si fuera el nuevo Hitchcock! ¡Hitchcock no hacía películas de tiburones para adolescentes con hormonas alborotadas!

Para Harvey, el éxito de Michael no era solo una pérdida financiera; era una humillación personal. Él se consideraba el guardián del cine de prestigio, el hombre que decidía qué era “bueno” en Hollywood. Que un joven hubiera entrado en su terreno y hubiera ganado sin pedir permiso le provocaba una bilis que sentía quemándole el esófago.

La puerta se abrió lentamente. Bob Weinstein entró en la oficina, esquivando los trozos de cristal en el suelo. Miró el desastre con una mezcla de cansancio y resignación. Él era la parte pragmática de la hermandad, el hombre que prefería los números fríos a los arrebatos pasionales.

—Harvey, detente —dijo Bob con voz monótona—. Romper la oficina no va a cambiar el hecho de que nuestra película es un fracaso comercial. Los exhibidores nos están echando. Tenemos que aceptar la pérdida y movernos al siguiente proyecto. Tenemos la temporada de premios a la vuelta de la esquina. Concentrémonos en el Óscar, eso es lo que mejor hacemos.

—¿El Óscar? —Harvey se giró hacia su hermano con los ojos inyectados en sangre—. ¿Crees que me importa el Óscar ahora mismo? ¡Ese chico tiene el control con la ayuda de Fox! ¡Tiene millones de dólares en efectivo en el banco! Si dejamos que siga así, el año que viene él será quien compre los Óscars. ¡Él no respeta las reglas, Bob!

Harvey se acercó a Bob, invadiendo su espacio personal, con la respiración pesada chocando contra el rostro de su hermano.

—Tenemos que romper esa relación —siseó Harvey—. Michael Relish y Fox… esa unión es lo que lo hace peligroso. Fox le da la plataforma y él les da el dinero. Es un círculo vicioso. Tenemos que meter una cuña entre ellos. Algún escándalo, alguna filtración sobre su “independencia” que haga que Murdoch o Joe Roth sientan que les está robando por la espalda.

Bob suspiró y se alejó un paso. —Harvey, estás paranoico. No hay nada que filtrar. El chico es limpio. Susan, esa ejecutiva que tiene, es una fiera. No deja ni un cabo suelto. Y lo más importante: a Fox no le importa si es independiente o no mientras les llene las arcas. El dinero es el único lenguaje que entienden en Century City. Deja de perseguir fantasmas.

—¡Eres un cobarde, Bob! —gritó Harvey, volviendo a golpear el escritorio—. ¡Siempre has sido el que se conforma con las sobras! ¡Yo construí este lugar! ¡Yo hice de Miramax un nombre que hace temblar a la gente! No voy a quedarme sentado mientras un niño con suerte se queda con mi corona. Si no podemos ganarle en la taquilla, lo destruiremos en el fango.

—¡Lo que estás haciendo es suicidio profesional! —le gritó Bob, perdiendo finalmente la paciencia—. ¡Disney nos está vigilando! Michael Eisner está esperando una excusa para recortar nuestro presupuesto. Si te pillan intentando sabotear una producción de Fox, nos van a despedir a los dos. ¡Olvida a Relish! Él es un fenómeno de un año, nada más. El público se cansará de él.

—¡El público no se cansa del éxito, Bob! —replicó Harvey—. Se alimenta de él. Y yo voy a cortarle los suministros. Voy a llamar a mis contactos en la prensa amarilla. Voy a inventar que Relish está maltratando a sus actrices, o que está usando dinero negro para financiar sus cómics. ¡Cualquier cosa!

Bob miró a su hermano con una mezcla de lástima y miedo. Sabía que cuando Harvey entraba en este estado, no había lógica que valiera. La oficina, antes un símbolo de poder, ahora parecía la celda de un loco.

—Si sigues este camino, Harvey, lo harás solo —dijo Bob con frialdad—. No voy a dejar que hundas a Miramax por una vendetta personal contra un chico que ni siquiera sabe que existes. Voy a mi oficina a trabajar en la campaña de The English Patient. Eso es cine de verdad. Lo tuyo es… es patético.

Bob salió de la habitación, cerrando la puerta con un golpe seco que hizo vibrar los cristales restantes.

Harvey se quedó solo en medio del desorden. El silencio que siguió fue más aterrador que sus gritos. Se acercó a la ventana y miró hacia las calles de Nueva York. En su mente, Michael Relish era una sombra que se extendía sobre su imperio.

—Crees que has ganado, ¿verdad, Michael? —murmuró Harvey, apretando los dientes—. Crees que porque tienes a las actrices hermosas y el dinero, ya eres parte del club. Pero en este negocio, el éxito es solo un blanco más grande en tu espalda. Y yo soy un experto tirador.

Harvey tomó el teléfono y marcó un número que no estaba en la agenda oficial de la empresa. Era un contacto en un tabloide británico conocido por su falta de escrúpulos.

—Tengo una historia para ti —dijo Harvey, su voz volviendo a ser un susurro venenoso—. Sobre el nuevo chico de oro de Hollywood. Sí, Relish. Empecemos a escarbar en su pasado. Quiero saber hasta qué marca de jabón usa. Y si no encontramos nada… bueno, siempre podemos “interpretar” los hechos, ¿no?

Colgó el teléfono y una sonrisa cruel se dibujó en su rostro. La oficina estaba destrozada, su película era un fracaso y su hermano le había dado la espalda, pero Harvey Weinstein se sentía vivo de nuevo. Tenía una guerra que pelear, y en el fango, él siempre creía llevar la ventaja. Lo que no sabía era que Michael Relish no solo conocía las reglas del juego, sino que ya las había reescrito mucho antes de que Harvey siquiera aprendiera a jugar contra el.

Estudios Fox R. (Anteriormente Relish Productions) – 9 de Mayo de 1995

Michael Relish estaba solo en su sala de proyecciones privada. El brillo de la pantalla se reflejaba en sus ojos mientras terminaba de ver la última tanda de audiciones. Había tomado decisiones de peso. Nicole Kidman, tras su impresionante prueba, no sería la hermana; Michael había decidido que su presencia y su estatura actoral encajaban mejor como la amiga policía, dándole a ese rol una relevancia y una elegancia que el guion original no poseía. Para el papel de la hermana, Michael había fijado su mirada en Julianne Moore. Julianne tenía esa capacidad de romperse emocionalmente de una manera tan estética y real que contrastaba perfectamente con la fortaleza de Elizabeth Shue.

—Moore y Lizzie como hermanas… Kidman como la ley —murmuró Michael, anotando en su libreta—. Y contando con Cam serían cuatro reinas en una sola película.

Sin embargo, Michael no estaba del todo satisfecho. El éxito de taquilla de su película del tiburón le había recordado algo vital: el público amaba las sorpresas, pero él quería darles algo más que un susto; quería darles una duda existencial.

Michael abrió el guion de suspenso que había hecho Laura, el que provisionalmente llamaba The Glass Memory. Sabía que necesitaba llamar a Laura, su guionista de confianza, para pulir los diálogos, pero antes de eso, él mismo debía asentar las bases del tercer acto. El clímax actual se sentía demasiado convencional para su gusto: las chicas escapando de un laboratorio secreto de una corporación farmacéutica y exponiendo la verdad al mundo.

—Demasiado feliz. Demasiado predecible —se dijo Michael.

Empezó a teclear con furia. En su nueva versión, el escape del laboratorio donde experimentaban con la supresión de la memoria traumática sería visceral y aterrador. Elizabeth bank, Julianne Moore y las otras dos amigas Cameron díaz y Nicole Kidman lograrían salir con vida, cargando con documentos y cintas que incriminaban a la empresa en experimentos ilegales de alteración cognitiva masiva.

Pero el giro vendría después.

Michael imaginó la escena final. Meses después del escape. La protagonista (Elizabeth) intenta buscar las noticias sobre el juicio. Pero no hay nada. En los archivos de los periódicos, las evidencias que entregaron se han “extraviado”. Los testigos han desaparecido o, peor aún, han cambiado su testimonio.

—La impunidad —anotó Michael—. En los 90s, la desconfianza en las instituciones está creciendo. Este final resonará.

Escribió sobre un momento íntimo: Elizabeth encuentra una vieja grabadora que pertenecía a su madre (la que supuestamente murió en un accidente). Al darle al play, escucha la voz de su madre, grabada en una cinta magnética que suena con ese siseo nostálgico de los noventa.

“Si estás escuchando esto, es porque alguien no me olvidó. Porque tu mente fue más fuerte que su medicina. No busques justicia, busca la verdad, porque la justicia es solo un recuerdo que ellos pueden borrar”.

Michael visualizó la secuencia de cierre en una cafetería clásica de Los Ángeles, bañada por una luz dorada de atardecer. Elizabeth está sentada con Julianne (su hermana), Cameron Diaz (la amiga de la infancia) y la cuarta integrante del grupo Nicole Kidman.

Ríen. Parecen felices. Elizabeth intenta mencionar el laboratorio, la cicatriz en su brazo, el horror que vivieron. Pero cuando mira a Cameron, se da cuenta de algo aterrador. Cameron no sabe de qué está hablando.

—¿Laboratorio? Elena, de qué hablas, si ese fin de semana estuvimos en Las Vegas, ¿recuerdas? —diría el personaje de Cameron con una sonrisa vacía.

Elizabeth mira a su hermana, Julianne. Julianne la mira con una tristeza infinita y asiente levemente. Julianne también recuerda. Pero las otras dos… sus mentes han sido “reseteadas” de nuevo por la corporación. Un cambio de memoria masivo. Elizabeth y Julianne están atrapadas en una realidad donde son las únicas que saben la verdad, mientras el mundo a su alrededor ha sido reescrito.

—Es el horror de la soledad —pensó Michael—. El saber que el enemigo ganó porque ni siquiera te permite odiarlo junto a tus amigos. Al final una escena donde las dos chicas que rescataron llega a la casa de elizabeth y Julianne y le dicen que está pasando porque la dejaron en la policía. Y se acaba.

Michael cerró la computadora. Estaba satisfecho con la dirección del guion. Ahora le faltaba completar el casting de “la madre” y las dos chicas restantes que son rescatadas.

Para la madre, Michael quería a alguien que pudiera grabar esa cinta y dejar una huella imborrable con solo unos minutos en pantalla. Pensó en la cinta de Jessica Lange o Meryl Streep. Necesitaba una presencia que se sintiera maternal pero misteriosa.

Para las otras dos chicas, buscaba un contraste con Elizabeth y Cameron. Una debía ser la que pierde la memoria (la víctima total) y la otra la que, junto a Elizabeth, conserva el recuerdo (la cómplice del trauma).

—Necesito a alguien como Gwyneth Paltrow para la que olvida —anotó—. Tiene esa imagen de pureza que haría que el olvido doliera más. Y para la otra… quizás Winona Ryder. Ella tiene esa energía nerviosa que encajaría con alguien que sabe que el mundo es una mentira.

Michael se reclinó en su silla, mirando el logo de Fox R. Studio en la pared. Estaba operando a un nivel que pocos directores podían siquiera soñar. Tenía el control total. Tenía el dinero. Y ahora, tenía un guion que no solo ganaría dinero, sino que obsesionaría a la gente.

Sabía que Susan estaría preocupada por el final “oscuro”. Fox seguramente querría un final donde la corporación explota y todos son felices. Pero Michael ya no era el chico que pedía permiso. Con The Shallows era su escudo y su espada.

—Si quieren un final feliz, que compren una película de Disney —murmuró con una sonrisa—. Conmigo van a tener la realidad. O al menos, la realidad que yo decida dejarles recordar.

Michael sabía que el rodaje en julio sería intenso. Las localizaciones debían ser frías, asépticas para el laboratorio, y cálidas pero nostálgicas para los exteriores. Quería que el espectador sintiera que el mundo era hermoso pero frágil, como un cristal que puede romperse en cualquier momento.

Antes de irse, Michael tomó el teléfono para dejarle un mensaje a Laura.

—Laura, es Michael. Tengo el tercer acto. Es oscuro, es cínico y es perfecto. Ven mañana a primera hora. Vamos a pulir los diálogos de Moore y Lizzie. Y prepárate, porque vamos a reescribir la memoria de Hollywood este verano.

Michael salió de la oficina, dejando atrás los monitores apagados. En su mente, la escena de la cafetería ya se estaba reproduciendo. Podía oír la voz de la madre en la grabadora. Podía ver el miedo en los ojos de Lizzie al darse cuenta de que su amiga la había olvidado. Michael Relish no solo estaba haciendo cine; estaba diseñando una experiencia de la cual el público no podría escapar fácilmente. La “película de mujeres” ya no era un experimento de estudio; era algo que quería ver si tenía exito en este tiempo con algo que buscaba en este tiempo.

Estudios Fox R., Los Ángeles – 12 de Mayo de 1995

La atmósfera en la oficina de Michael se sentía densa, cargada con la gravedad que solo los números de nueve cifras pueden imponer. Sobre la mesa de caoba no había café ni distracciones; solo los estados de cuenta definitivos que Susan había tardado días en consolidar. Michael, sentado en su sillón de cuero, observaba el techo mientras Dylan, su agente, tamborileaba los dedos sobre un informe de Orion Pictures.

—Es el momento de la verdad, Michael —dijo Susan, rompiendo el silencio con su tono profesional pero cargado de cautela—. Hemos pasado un par de semanas moviendo fichas, vendiendo la productora, cobrando los bonos de Speed y gestionando los ingresos de Omnisciente. Pero ahora que estamos a las puertas de adquirir Orion y Trimark, tenemos que ver qué nos queda realmente en la caja fuerte después de que el Tío Sam se llevara su parte.

Susan abrió una carpeta roja y comenzó a desglosar el capital líquido real de Michael.

—Después de la venta de Relish Productions a Fox por los 800 millones de dólares, y tras pagar los impuestos federales y estatales —que en este nivel de ingresos son brutales—, además de los honorarios legales y las comisiones de cierre, el neto fue masivo. Pero —hizo una pausa enfática—, hemos tenido gastos estratégicos importantes.

Michael asintió. Recordaba perfectamente la transferencia multimillonaria para la adquisición de la planta de producción de juguetes en Asia y los centros de distribución para Omnisciente. No quería ser solo un creador de contenido; quería controlar el merchandising de raíz.

—Sumando lo que ganaste con Speed, los ingresos residuales de tus otras películas y restando lo invertido en la infraestructura de juguetes y Omnisciente —continuó Susan—, el saldo neto disponible en tus cuentas ahora mismo es de $525,000,000 de dólares sin contar tu dinero en inversiones.

Michael guardó silencio, procesando la cifra. 525 millones de dólares en efectivo. Era una cantidad que lo situaba en el 0.1% de la industria, pero ante la ambición de sus planes actuales, la cifra se sentía apenas justa.

Dylan intervino, proyectando los costos de la doble adquisición que Michael tenía en mente.

—Orion Pictures no es solo un nombre, Michael. Es una red de distribución nacional, un catálogo de clásicos y una infraestructura que ha ganado Óscars. Sus acreedores no van a aceptar menos de $520,000,000. Están desesperados, pero saben lo que vale su librería. Por otro lado, Trimark, que es nuestra llave para el mercado del video doméstico y el cine de género, está pidiendo $60,000,000.

Michael hizo el cálculo mental rápidamente. 520 más 60 sumaban 580 millones de dólares.

—Susan —dijo Michael, bajando la vista hacia ella—, si el costo total es de 580 millones y tengo 525 millones en la cuenta… la matemática no cuadra. Me faltan 55 millones solo para cerrar la compra, y eso me dejaría en cero absoluto. Sin dinero para pagar nóminas, sin dinero para marketing, sin dinero para vivir.

—Exactamente —respondió Susan—. Por eso tenemos que ser inteligentes. No podemos gastar hasta el último centavo en la compra y quedarnos sin “cash” para operar. Un estudio sin capital de trabajo es un estudio muerto antes de abrir.

Susan sacó un documento con el logo de un importante banco de inversión de Wall Street.

—He estado hablando con JP Morgan y Chase. Ellos están viendo tus números en Fox. The Shallows es un éxito rotundo, y Speed todavía sigue generando dinero. Ellos están dispuestos a otorgarte un préstamo de $150,000,000 de dólares.

Michael arqueó una ceja. No le gustaba la idea de deber dinero, pero entendía la lógica corporativa.

—Si tomamos ese préstamo —explicó Susan—, tendríamos un total de $675,000,000 disponibles. Después de pagar los 580 millones por la adquisición total de Orion y Trimark, nos quedarían $95,000,000 de dólares en efectivo en la cuenta.

—Esos 95 millones son nuestro oxígeno —añadió Dylan—. Con eso podemos financiar el lanzamiento de las primeras películas bajo tu propio sello, mantener las oficinas y, lo más importante, no parecer desesperados ante los bancos el próximo año.

Michael reflexionó. Los 525 millones que tenía eran fruto de su esfuerzo, pero para jugar en las grandes ligas como dueño de un estudio, necesitaba usar el dinero de otros.

—Está bien —cedió Michael—. Las negociaciones sobre el préstamo de los 150 millones. Me gustaría tener ese colchón. No quiero que Orion nazca con las manos atadas.

Michael se levantó y caminó hacia la ventana, observando el tráfico de Los Ángeles. Su mente ya estaba en el set de rodaje del 1 de agosto. Recogió su taza con vino el bebió un sorbo y se giró con una sonrisa gélida.

—Pero en este momento aún no, Susan. Wall Street es un animal hambriento; si los dejamos entrar demasiado pronto, querrán sentarse a la mesa antes de que la cena esté servida. El dinero está asegurado, sí, pero el momento es lo que nos dará la victoria, no solo el efectivo.

Dylan frunció el ceño, confundido.

—¿A qué esperas entonces? Si tenemos el capital, ¿por qué no comprar Orión mañana mismo?

—Porque todavía tengo una cita en el vientre de la bestia —respondió Michael con calma—. Falta la reunión final con Fox. Dónde tendríamos que cerrar el presupuesto para mi nueva película, el thriller de suspenso con el reparto femenino. Ellos creen que sigo siendo su “chico de oro”, el director que les dará éxito de taquilla.

—¿Vas a pedirles dinero a ellos sabiendo que planeas dejarlos? —preguntó Dylan con una pizca de admiración.

—Exactamente —Michael se sentó frente a ellos, inclinándose hacia adelante—. Escuchad mi línea de tiempo, porque es la única forma en que esto funciona sin que nos corten la cabeza. Estamos en mayo. Durante todo el verano, voy a dejar que Fox financie esta película. Quiero que pongan cada centavo, que usen su maquinaria para el casting y que preparen el terreno. Mientras tanto, nosotros mantendremos a nuestra inversora de Wall Street en la sombra.

Michael trazó una línea imaginaria en el aire con el dedo.

—Si mantenemos el perfil bajo y las filtraciones a raya, las conversaciones serias con los inversores de Nueva York se intensificarán en agosto. Para octubre o noviembre, las negociaciones habrán madurado lo suficiente. Para ese entonces, mi película de suspenso ya estará en postproducción o lista para estreno, financiada y protegida por los contratos que ya están firmados.

Susan asintió, empezando a ver el dibujo completo.

—Y para inicios del próximo año…

—Para el próximo año —completó Michael—, el dinero de Wall Street caerá como una maza. Ejecutaremos la compra de Orión y Trimark en un movimiento relámpago. Para cuando Fox se despierte y se dé cuenta de que ya no soy un “empleado” de lujo, yo ya tendré mi propia infraestructura de distribución. Se quedarán con cara de idiotas viendo cómo su director estrella ahora es su competidor directo, con su propio imperio y sus propias reglas.

—Es un Caballo de Troya —murmuró Dylan—. Estás usando su propio presupuesto para mantenerte relevante mientras construyes el arma que los dejará obsoletos.

—Pero para que esto funcione, Dylan, Susan… —la voz de Michael se volvió severa—, el secreto tiene que ser absoluto. Si alguien en Fox, o algún periodista de Variety, escucha siquiera un susurro sobre nuestra conexión con Wall Street o nuestro interés por Orión, todo se desmorona. Si Fox sospecha que me voy a independizar, cancelarán la película de suspenso,aunque no me demandarán por incumplimiento de lealtad , pero es posible que me bloqueen lo del contrato de las dos películas y la película de ahora tendría que buscar otra distribuidora, aunque me quedara con todo ese dinero no me serviría de nada.

Susan suspiró, cerrando su carpeta.

—Entendido. Seguiremos con el teatro. Yo me encargaré de calmar a la inversora en Nueva York, dándole largas estratégicas, diciéndole que estás “puliendo los detalles operativos”. Mantendré los documentos de la adquisición bajo doble llave, literalmente.

—Bien —dijo Michael—. Y Dylan, tú asegúrate de que en el set de la película de las mujeres nadie hable de nada que no sea el guion. Que Fox crea que estoy obsesionado con el encuadre y el suspenso, que piensen que mi única preocupación es si la protagonista femenina logra transmitir el terror adecuado. Que nos vean vulnerables, entregados al arte.

Michael se levantó de nuevo, caminando hacia la cristalera que daba a la ciudad.

—Quiero que esa película de suspenso sea impecable. Será lo penúltimo que haga para ellos. Será mi despedida del viejo Hollywood. Mientras ellos celebran el éxito de esa cinta, nosotros estaremos en las oficinas de Orión cambiando los carteles de la entrada.

—Independencia total —dijo Dylan, levantando su vaso en un brindis silencioso.

—Independencia total —repitió Michael—. Pero recordad: hasta octubre, somos los socios perfectos de Fox. Nadie puede saber que tenemos 150 millones de dólares esperando en la recámara para comprarles el mercado bajo sus pies. Si mantenemos el silencio, el próximo año Hollywood tendrá un nuevo dueño, y esta vez, no llevará el logo de una corporación de cien años.

Susan se puso de pie, lista para marchar.

—Llevaré las negociaciones de Wall Street con la discreción de un secreto de Estado, Michael. Tú solo encárgate de que Fox firme ese presupuesto mañana.

—Oh, lo harán —sonrió Michael—. Les encanta el suspenso. Lo que no saben es que el mayor giro de guion no está en la película, sino en esta oficina.

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Ojalá le guste está historia. Intentaré subir tres capitulo por semana (este sería el tercero), si les gusta comenten, estoy viendo que me conviene al escribir de diferentes formas. Ya sea muy rápido, con sistema o ahora este un poco serio. Like si te gusta

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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