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En Hollywood. - Capítulo 50

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Capítulo 50: Capítulo 49

Capítulo 49: El Olvido (Parte I)

Santa Rosa, California – 1 de Agosto de 1995

El aire de la mañana en el norte de California era fresco, cargado con el aroma de los pinos y una neblina que se aferraba a los valles, proporcionando la atmósfera melancólica perfecta que Michael buscaba para el inicio de El Olvido. Michael Relish bajó de su vehículo negro y respiró hondo. Hoy comenzaba una nueva etapa.

Atrás quedaba el fenómeno de The Shallows. La película del tiburón, tras dos meses en cartelera, había desafiado todas las leyes de la gravedad financiera. Con $152 millones de dólares recaudados solo en el mercado doméstico, Michael había superado sus propios cálculos más optimistas, que situaban el techo en los 150 millones totales. Con un mes más de exhibición por delante, los analistas de Fox ya hablaban de un cierre cercano a los $175 millones. Internacionalmente, la cinta mantenía un ritmo sólido de $149 millones, demostrando que el miedo era un lenguaje universal.

Michael había decidido posponer el cobro de sus porcentajes finales de beneficios. Prefería que ese capital se acumulara como una reserva de guerra para su futura independencia con Orion y Trimark. Ahora, su mente estaba ocupada en otra cosa: la dinámica entre cuatro de las mejores actrices del futuro que el conoce.

Michael caminó por el set, que en este primer día era una cafetería de estilo diner clásico, pero con una paleta de colores ligeramente desaturada. El equipo de producción se movía con la precisión de un reloj suizo.

—¡Michael! —gritó el director de fotografía, revisando una lente—. Tenemos la luz filtrada que pediste. Si empezamos ahora, capturaremos esa sensación de “recuerdo empañado”.

Michael asintió y comenzó a revisar cada detalle. Habló con el iluminador sobre las sombras en las esquinas de los cubículos, ajustó la posición de un ventilador de techo que giraba perezosamente y conversó con el operador de cámara sobre los planos cerrados que quería para captar las micro-expresiones de las actrices.

—En esta película, la verdad está en los ojos —le dijo Michael al camarógrafo—. No quiero movimientos bruscos. Quiero que la cámara sea un observador silencioso, casi intrusivo.

Vio a las cuatro actrii —Lizzie , Julianne Moore, Nicole Kidman y Cam— conversando cerca de la zona de catering. Se veían espectaculares, cada una personificando su rol incluso antes de que se diera la orden de rodar.

—En veinte minutos quiero a las cuatro en el cubículo central —ordenó Michael a través de su asistente—. Vamos a desglosar la primera escena antes de encender las cámaras.

Veinte minutos después, Michael se sentó frente a ellas. El ambiente era eléctrico. Había un respeto mutuo, pero también la tensión natural de cuatro alfas creativas compartiendo un espacio reducido.

—Bienvenidas al primer día de El Olvido —comenzó Michael, mirándolas a los ojos—. Sé que todas han leído el guion diez veces, pero hoy quiero que se olviden de las palabras y se concentren en la subtextura. Esta primera escena es el reencuentro en este restaurante después de años de distancia para algunas.

Michael se dirigió a Elizabeth. —’Elena’, tú eres el centro. Llevas años huyendo de este pueblo y de lo que crees recordar. El abrazo con tus amigas debe sentirse genuino, pero cargado de una extrañeza que no puedes explicar.

Luego miró a Julianne Moore. —Tú eres la hermana, la que se quedó. Tú eres el puente. Ya has visto a Elena antes de esta reunión, así que tu papel es observar cómo las demás reaccionan ante ella. Eres la única que te sientes más retraídas que las demás ya que sabes que todo está mal. Desde que pedistes a tu madre y desde que se fue tu hermana.

—Para Sarah (Cameron) y la Oficial Miller (Nicole) —continuó Michael—, este encuentro debe ser una mezcla de nostalgia y una incomodidad enterrada. Sarah, tú eres la intelectual, la que siempre tiene una explicación para todo. Nicole, tú eres la ley, la que busca hechos, pero aquí los hechos no encajan con tus sentimientos.

Después de una hora de ensayo y ajustes técnicos, Michael finalmente gritó: —¡Acción!

La escena comenzó con el tintineo de la campana de la puerta. Elizabeth entró en la cafetería. El encuentro fue coreografiado para sentirse orgánico. Hubo abrazos, risas nerviosas y esa charla superficial típica de las reuniones de secundaria. Cameron proyectaba una energía vibrante, Julianne Moore mantenía una sonrisa protectora y Nicole Kidman, vestida con su uniforme de policía local pero relajada, aportaba una estabilidad necesaria.

Pero entonces, Michael hizo una señal sutil al operador de cámara para que hiciera un zoom lento hacia el rostro de Elizabeth.

—Chicas… —la voz de Elizabeth cortó la risa como un bisturí—. He estado pensando mucho en esto. Necesito saber la verdad. ¿Qué recuerdan realmente del verano en que murió mi madre?

El silencio que siguió fue asfixiante. Michael observó el monitor con una intensidad feroz. Era exactamente lo que quería.

Michael vio cómo cada actriz ejecutaba su matiz emocional con una precisión quirúrgica, tal como lo habían discutido.

Julianne Moore (La Hermana): Su rostro pasó de la calma a una confusión genuina y algo temerosa. Sus ojos se abrieron ligeramente y miró su taza de café como si buscara una respuesta que no existía. No esperaba que Elena rompiera el pacto de silencio implícito tan pronto.

Cameron Diaz (La Intelectual): Cameron realizó un movimiento magistral. Se llevó una mano a la sien, cerrando los ojos por un segundo. No era una actuación exagerada; era un gesto de alguien que siente una punzada de dolor repentino. Michael sabía que eso era la semilla del “recuerdo falso” implantado por la corporación. Estaba tratando de acceder a una memoria que había sido sobrescrita.

Nicole Kidman (La Policía): Nicole se enderezó en el asiento. Su postura se volvió profesional, defensiva. Su rostro se volvió una máscara de seriedad fría, pero debajo de esa superficie, Michael pudo notar un destello de incomodidad. Ella representaba a la autoridad que prefiere no investigar lo que ya está “cerrado”.

—Corten —dijo Michael en voz baja, pero con una satisfacción evidente—. Esa es la toma pero necesito algo mejor seguiremos está escena.

Michael se acercó a la mesa. Las actrices salieron de sus personajes, respirando con alivio.

—Esa tensión… —dijo Nicole, ajustándose el cinturón del uniforme—. Se sintió real, Michael. Sentí que realmente no quería responder a esa pregunta.

—Eso es porque tu personaje sabe, a nivel subconsciente, que la respuesta es un peligro —explicó Michael—. Cameron, ese gesto de la sien fue perfecto. No lo hagas más grande que eso. Es una interferencia en tu cerebro, no una migraña.

Elizabeth miró a Michael. —¿Fui demasiado directa?

—No, Elena está desesperada —respondió Michael—. Necesitas que ellas te validen, pero lo que recibes es el muro de la memoria alterada. Mañana seguiremos con la reacción de Julianne. Quiero que esa confusión se convierta en una sospecha lenta.

Mientras el equipo preparaba la siguiente escena, Michael se alejó un momento para revisar sus notas. El primer día había sido un éxito rotundo. Tenía el control total del set y el respeto absoluto de sus actrices.

Sin embargo, en su bolsillo, su teléfono vibró. Era un mensaje de Susan.

“Los tabloides de Nueva York acaban de publicar una nota anónima sobre ‘irregularidades’ en el presupuesto de tus películas anteriores. Se piensa que todo esto es Harvey dónde está empezando a jugar sucio”.

Michael guardó el teléfono sin cambiar la expresión de su rostro. Miró a sus cuatro estrellas, que ahora reían entre tomas, ajenas a la guerra que se libraba en las sombras.

—Que juegue —pensó Michael—. Lo que me importa es seguir haciendo películas, no importa si creen en esas mentiras, igual si alguien investiga bien todo se puede arreglar ya que desde que empecé en el cine todo está bien.

Nueva York, Wall Street – 1 de Agosto de 1995

Marcus Golman, un gestor de fondos con veinte años de experiencia en Wall Street, observaba las pantallas parpadeantes de su terminal Bloomberg con una mezcla de respeto y desconcierto. Marcus había visto pasar por su oficina a herederos impacientes, magnates del petróleo y tiburones de las finanzas, pero nadie era como su cliente más atípico: Michael Relish.

Hacía apenas unos días, mientras Michael estaba sumergido en los preparativos del rodaje de su película en San Francisco, Marcus había recibido una llamada que lo dejó perplejo.

—Marcus, quiero que saques unos 50 millones del capital líquido de nuestras posiciones actuales en el NASDAQ y S&P para el 1 de agosto —había dicho Michael con esa voz que nunca parecía dudar.

—Michael, tus posiciones en tecnología están rindiendo un 26 y 32% desde noviembre. Si sacamos 50 millones ahora, perderemos el impulso del tercer trimestre y tendrías que pagar como inversión en corto ya que como en anterior ahora comenzó en julio —había argumentado Marcus—. ¿En qué quieres reinvertir? ¿Bienes raíces? ¿Oro? ¿Alguna adquisición en el sector de los juguetes para tu empresa?

—En el IPO del 9 de agosto —respondió Michael—. Netscape.

Marcus recordó haber guardado silencio durante varios segundos. Netscape Communications era una empresa que fabricaba un navegador de Internet. Para el Wall Street tradicional, Internet era todavía un juguete para académicos y entusiastas de la informática. La empresa ni siquiera tenía beneficios; de hecho, perdía dinero.

—¿Netscape? Michael, es una locura. El precio de salida se ha duplicado antes de la oferta debido al hype de los entusiastas, pero no tienen ganancias. Los analistas dicen que es una burbuja de jabón.

—No es una burbuja, Marcus. Es el futuro —sentenció Michael—. Pon todo ese capital en la salida a bolsa. Y escucha bien: el 9 de agosto, en cuanto el mercado abra y la acción empiece su ascenso, quiero que vigiles el reloj. Al mediodía, no importa el precio, cierras la posición y vendes todo. No quiero quedarme a cenar; solo quiero el festín del almuerzo. Dinero rápido, Marcus. Necesito esa liquidez no importa las migajas, seguirá después invirtiendo en NASDAQ y S&P hasta 1 de mayo no importa si es inversión en cortos.

Ahora, sentado en su oficina el 1 de agosto, Marcus ejecutaba las órdenes de venta de las posiciones estables de Michael para generar la montaña de efectivo necesaria. Mientras veía cómo los millones de dólares se acumulaban en la cuenta de “reserva operativa” de Relish, Marcus no podía evitar pensar que Michael estaba siendo imprudente.

“Pensé que era un inversor de valor”, pensó Marcus, ajustándose las gafas. “Al principio, cuando empezó a invertir sus primeros NASDAQ y S&P 500, Michael invertir en algo serio y tangible. Pero ahora… ahora parece que solo quiere dinero rápido. Está jugando a la ruleta con Netscape”.

Marcus conocía los rumores de Hollywood. Sabía que Michael estaba intentando comprar un estudio de cine, conversando con una inversora para tener dinero y que Harvey Weinstein estaba intentando cortarle el paso. En el mundo de Marcus, cuando un cliente pedía “dinero rápido” de forma tan agresiva, solía ser una señal de desesperación.

“Se ha equivocado”, reflexionó Arthur. “Está apostando al NASDAQ cuando debería estar protegiendo su capital. Internet no va a salvar a un estudio de cine en crisis”.

Sin embargo, había una parte de Marcus que no podía ignorar el historial de Michael. Cada vez que el joven director le había pedido un movimiento inusual, los resultados habían sido estratosféricos. Michael tenía un instinto para los cambios de paradigma que Arthur, con toda su experiencia, a veces no alcanzaba a ver.

Set de “El Olvido”, Santa Rosa – 1 de Agosto de 1995 (Mediodía)

Michael observaba el monitor apagado mientras los técnicos de iluminación movían enormes paneles de difusión sobre las ventanas de la cafetería. El sol de mediodía era demasiado fuerte, demasiado “real” para el tono de la película, y necesitaba ser domado. El director de fotografía estaba en una discusión técnica con el gaffer sobre las sombras en el rostro de Nicole Kidman, cuya tez pálida reaccionaba de forma distinta a la luz en comparación con el tono más cálido de Cameron Diaz.

—Chicas, escuchen —dijo Michael, levantándose de su silla y acercándose al cubículo donde las cuatro actrices descansaban—. Vamos a aprovechar este tiempo. El equipo de luces tardará al menos una hora más en dejar el set como lo quiero. Vayan a vestuario, cámbiense a sus segundos atuendos y regresen. No vamos a rodar de inmediato. Vamos a hacer un ensayo “en seco”, sin cámaras, sin presión de cinta. Quiero ver si realmente entienden el subtexto antes de gastar un solo metro de película.

Las actrices asintieron. Lizzie y Julianne Moore intercambiaron una mirada de complicidad; ambas sabían que Michael era un perfeccionista, pero este método de ensayos extensos era más propio del teatro que de una superproducción de Hollywood de 25 millones de dólares o mayores.

Mientras el set se vaciaba de talento y se llenaba de técnicos, Michael se quedó solo en un rincón de la cafetería, garabateando en su cuaderno de dirección. Estaba reestructurando mentalmente el orden de rodaje. Sabía que rodar cronológicamente era un lujo que rara vez se permitía, pero para esta historia sobre la memoria, necesitaba que las actrices experimentaran el desgaste mental de sus personajes.

“Primero el restaurante (la duda), luego la clínica (el descubrimiento), después la persecución (la paranoia) y finalmente la cafetería de nuevo (el olvido)”, escribió Michael. Si lograba que el rodaje reflejara ese descenso a la locura, las actuaciones serían orgánicas.

Michael consultó su reloj. Había pasado exactamente una hora. Las puertas del set se abrieron y las cuatro mujeres regresaron, ahora con el vestuario completo. Nicole Kidman lucía impecable en su uniforme de policía, con el cabello recogido en una coleta severa que resaltaba sus rasgos afilados.

Elizabeth vestía una chaqueta de cuero desgastada, dándole un aire de fugitiva. Julianne y Cam llevaban ropa civil, pero con colores que contrastaban: Julianne en tonos tierra, Cameron en un azul clínico y frío.

—Bien, ocupen sus lugares —ordenó Michael—. No proyecten la voz para la cámara, proyecten la intención. Elizabeth, lanza la pregunta sobre tu madre otra vez.

Empezaron. Sin embargo, algo no encajaba. La escena se sentía rígida. Elizabeth lanzó la línea con demasiada agresividad, lo que provocó que Nicole reaccionara con una actitud casi defensiva que parecía sacada de una película de acción, no de un thriller psicológico. Cameron Diaz, por su parte, hizo el gesto del dolor de cabeza de forma tan marcada que parecía una caricatura.

—Corten —dijo Michael, aunque no estaban grabando—. Esto no funciona. Chicas, están actuando la escena, no están viviendo el momento. Nicole, eres una oficial de policía, sí, pero eres su amiga de la infancia antes me gustó tu actuación pero necesitamos que sepas que también tienes esos recuerdos locos. Tu seriedad no debe ser una barrera profesional, debe ser un miedo personal a que ella descubra algo que tú misma no quieres saber. Cameron, ese dolor de cabeza no es físico, es una interferencia. No te toques la cabeza como si te diera un síncope; solo parpadea, intenta enfocar.

Michael pasó las siguientes dos horas diseccionando cada línea. Fue un proceso agotador. Julianne Moore, la más experimentada en dramas intensos, intentaba ayudar a Lizzie a encontrar el tono, pero la química seguía sintiéndose fracturada. Michael no se desesperaba, pero su voz se volvía más gélida y precisa con cada intento fallido.

—Otra vez —decía Michael—. Desde el abrazo. Sientan el peso de los años. Sientan que hay algo en esta mesa que no debería estar aquí.

Hubo un momento de tensión cuando Nicole y Cam tuvieron un desacuerdo sobre el ritmo de una respuesta. Michael intervino de inmediato, recordándoles que en esta historia, el silencio era tan importante como el diálogo.

Casi a las tres de la tarde, durante el décimo intento del ensayo, algo cambió. Quizás fue el cansancio o quizás fue que finalmente comprendieron la visión de Michael, pero las piezas encajaron. El ambiente en la cafetería se volvió pesado. El aire parecía cargado de electricidad estática, fue mucho mejor.

—Eso es… —susurró Michael—. No se muevan. Equipo, ¡luces! ¡Cámaras! Vamos a rodar esto ahora mismo.

El equipo de producción, que había estado esperando en silencio, entró en acción en segundos. Michael se sentó frente al monitor, con el corazón latiendo con fuerza.

—¡Sonido grabado! ¡Cámara corriendo! —gritó el asistente.

—¡El Olvido, Escena 1, Toma 2! —claqueó la pizarra.

—¡Acción! —gritó Michael.

La cámara comenzó a deslizarse en un riel invisible, acercándose lentamente a la mesa.

ELIZABETH (ELENA): (Con voz temblorosa pero decidida) “¿Nadie va a decir nada? Han pasado diez años. Todas estábamos allí ese verano. ¿Por qué nadie menciona el nombre de mi madre?”

JULIANNE (CLAIRE): (Mirando a su hermana con una mezcla de lástima y terror) “Elena… mamá tuvo un accidente. Lo aceptamos. Tú fuiste la que no pudo superarlo.”

CAMERON (SARAH): (Parpadeando rápidamente, sus ojos desenfocados por un segundo) “Sí… recuerdo el lago. El coche. Estaba lloviendo, ¿verdad?” (Se detiene, una expresión de duda cruza su rostro) “O tal vez… tal vez hacía sol. Es raro. Siento que… no puedo ver el cielo en ese recuerdo.”

NICOLE (OFICIAL MILLER): (Apoyando las manos en la mesa, su tono es autoritario pero sus dedos tiemblan imperceptiblemente) “Elena, como oficial de este pueblo y como tu amiga, te pido que lo dejes ir. Los informes son claros. No revuelvas cenizas que ya están frías. No es bueno para ninguna de nosotros.”

La cámara se cerró en el rostro de Elizabeth Banks, quien dejó escapar una lágrima solitaria mientras miraba a sus amigas. Se dio cuenta de que no solo estaba luchando contra el tiempo, sino contra una realidad que ellas habían aceptado como absoluta.

—Corten —dijo Michael. Hubo un silencio total en el set durante cinco segundos—. Eso ha sido magnífico. Chicas, esa es la película. Esa es la química que necesito cada día de este rodaje.

Las actrices se relajaron, soltando el aire que habían estado conteniendo. Cameron Diaz se limpió el sudor de la frente, visiblemente afectada por la intensidad de la escena.

—Dios, Michael —dijo Cameron—. Realmente sentí que no podía recordar. Fue aterrador.

—Ese es el punto, Cameron —respondió Michael con una sonrisa cálida—. El horror no está en lo que ves, sino en lo que sabes que deberías ver pero no puedes.

Michael revisó la toma en el monitor. Era perfecta. La iluminación filtrada daba a la escena una calidad onírica, como si fuera un recuerdo que se está desintegrando mientras lo observas. Las actuaciones eran sutiles, cargadas de ese misterio que solo las grandes estrellas pueden proyectar.

Mientras el equipo empezaba a recoger para el siguiente montaje de luces, Michael se acercó a Julianne Moore.

—Julianne, estuviste increíble. Esa mirada de “yo sé la verdad pero no te la diré” fue exactamente lo que tenía pensado y lo que Laura escribió en la historia.

—Es un guion peligroso, Michael —respondió Julianne en voz baja—. Si lo hacemos bien, la gente va a salir del cine dudando de sus propios recuerdos.

Michael asintió. Ese era exactamente su plan. Pero mientras disfrutaba del éxito del primer día de rodaje real, no podía evitar pensar en las noticias que Susan le había dado. Harvey Weinstein estaba moviendo hilos, intentando sabotear su reputación con rumores financieros.

—Mañana rodaremos la escena del laboratorio —pensó Michael—. Necesito que la tensión suba. Harvey puede intentar borrar mi nombre en los periódicos, pero yo voy a grabar mi visión en la memoria de todo Hollywood.

El rodaje de agosto estaba oficialmente en marcha, y Michael Relish sabía que estaba creando algo que cambiaría las reglas del juego para siempre.

Localización “Sector 7”, San Francisco – 8 de Agosto de 1995

Había pasado una semana desde aquel primer día en la cafetería. El rodaje había avanzado a un ritmo frenético pero controlado. Michael había logrado capturar la química de las cuatro mujeres en exteriores y escenas de diálogo, pero hoy era un día crucial. Era la penúltima jornada donde Elizabeth Banks, Julianne Moore, Nicole Kidman y Cameron Diaz compartirían el set antes de que la narrativa las separara en subtramas individuales o en parejas.

El escenario era una antigua planta industrial en las afueras de San Francisco, reformada por el equipo de diseño de producción para convertirse en el “Laboratorio de Memory-Corp”. Por fuera, el edificio se veía ruinoso, cubierto de hiedra y grafitis, el lugar perfecto para ser ignorado. Pero al cruzar las pesadas puertas de acero, el espectador se encontraría con una realidad diferente: un entorno de alta tecnología, iluminado por luces fluorescentes parpadeantes y paredes de un blanco quirúrgico que resultaba agresivo a la vista.

Michael caminaba entre los cables y los focos, conversando con su director de fotografía.

—Quiero que la cámara se sienta mareada al principio —explicó Michael—. El guion dice que nadie se acerca aquí porque pierden la orientación. Es el campo de interferencia de la empresa. Pero esta es la tercera vez que ellas entran, aunque no lo sepan. Sus cerebros han desarrollado una inmunidad traumática. Ya no hay niebla para ellas, solo la cruda realidad.

Michael saludó a las actrices, que esperaban junto a un pasillo de cristal. La tensión de una semana de rodaje se notaba en sus rostros, lo cual era perfecto para la escena. Nicole Kidman llevaba su cinturón de oficial, pero esta vez cargaba con una cámara fotográfica profesional colgada al cuello.

—Chicas, escuchen —dijo Michael, reuniéndolas—. Esta es la escena del descubrimiento. Entran pensando que el lugar está abandonado y se encuentran con que el monstruo sigue vivo. No hay guardias, porque el sistema de seguridad es mental, no físico. Pero ustedes son el error en el sistema. Nicole, tú le darás la cámara a Cameron en cuanto entren en la sala principal. Quiero que documenten todo. Elizabeth, Julianne… ustedes son las que llevan el peso emocional. Lo que van a ver en esa sala no es solo ciencia, es la prueba de que les robaron años de vida.

Michael las guio hacia la “Sala de Recuperación”. El diseño era perturbador. En el centro de la habitación, rodeadas de monitores con señales de encefalograma estáticas, había dos camillas ocupadas por dos actrices jóvenes (las piezas de casting que Michael había seleccionado con tanto cuidado). Tenían cascos metálicos llenos de electrodos y cables que se perdían en el techo.

—Es aterrador —susurró Cameron Diaz, mirando los accesorios—. Parece algo que realmente podría pasar.

—Esa es la idea —respondió Michael—. La ciencia ficción más efectiva es la que parece que ocurrirá el próximo martes.

Michael se sentó en su silla de director. El equipo de sonido confirmó que los micrófonos de solapa estaban listos. El ambiente en el set era de un silencio absoluto, solo roto por el zumbido eléctrico generado por las máquinas de utilería.

—¡Silencio en el set! ¡Cámaras listas! —gritó el asistente.

—¡Acción! —ordenó Michael.

La escena comenzó con las cuatro mujeres avanzando por el pasillo aséptico. La iluminación era intermitente, creando un efecto estroboscópico que Michael quería usar para simbolizar la fragmentación de la memoria.

ELIZABETH (ELENA): (Susurrando, con la respiración entrecortada) “No debería estar funcionando… el informe decía que cerraron en el 85.”

NICOLE (OFICIAL MILLER): (Con la mano en su funda de arma, alerta) “No hay seguridad, Elena. No hay ni un solo guardia en la puerta. Es como si… como si el edificio para las demás personas sea un edificio abandonado.”

Llegaron a la puerta de cristal. Nicole sacó la cámara y se la entregó a Cameron.

NICOLE: “Sarah, toma esto. Toma fotos de cada panel, de cada número de serie. Si salimos de aquí, esto es lo único que nos creerá el fiscal. Yo vigilaré el pasillo.”

Entraron en la sala. La cámara de Michael hizo un barrido lento desde los pies de las chicas hasta las figuras en las camillas. Elizabeth se llevó las manos a la boca, sus ojos llenos de una realización horrorosa.

JULIANNE (CLAIRE): (Acercándose a una de las camillas, su voz es un hilo de dolor) “Dios mío… son solo niñas. Elena, mira las fechas en las pantallas. Esto está ocurriendo ahora.”

Cameron empezó a disparar el flash de la cámara. El destello blanco iluminaba el rostro de las chicas en las camillas, creando una imagen fantasmal. Elizabeth se acercó a un escritorio lleno de carpetas y empezó a revolverlas. No había muchos documentos impresos —la empresa era cuidadosa— pero encontró una cinta de audio igual a la de su madre.

ELIZABETH: “Tengo algo. Vámonos de aquí antes de que la cabeza me empiece a dar vueltas de nuevo.”

Michael pidió repetir la escena tres veces. En la primera, buscó el ritmo. En la segunda, ajustó los ángulos de los destellos del flash para que no arruinaran la exposición de la película. Pero en la tercera, ocurrió algo mágico.

Elizabeth improvisó un sollozo ahogado al tocar el cristal de uno de los monitores, y Julianne Moore la sostuvo por los hombros con una fuerza que no estaba en el guion, pero que gritaba “hermandad” ante el horror. Nicole Kidman, al fondo, mantenía una mirada de acero, pero Michael pudo ver el sudor en su frente.

—¡Corten! —exclamó Michael—. ¡Eso es! No necesito nada más. Chicas, esa toma fue oro puro.

Las actrices se separaron, aún bajo el efecto de la pesadez de la escena. El realismo del set y la intensidad de la narrativa estaban empezando a afectarlas, tal como Michael quería.

Michael se acercó a revisar el metraje en el monitor de alta definición. El contraste entre la piel humana y el frío metal de los aparatos era visualmente impactante.

—Michael —dijo Nicole, acercándose mientras se quitaba la gorra de policía—, esa sensación de pérdida de orientación… la estamos sintiendo de verdad. El diseño de este set es… inquietante.

—Es el efecto que buscamos, Nicole —respondió Michael—. Si ustedes se sienten perdidas, el público se sentirá perdido. Estamos rodando el colapso de la cordura.

Michael sabía que esta escena era el punto de no retorno. A partir de aquí, la película se volvía una carrera contra el tiempo y contra la propia mente. Habían recopilado la “información”, habían “salvado” a las chicas (o al menos lo intentaron), y ahora empezaba el descenso final.

Mientras el equipo preparaba el cambio de locación para las escenas individuales, Susan se acercó a Michael con un maletín de cuero. Se alejaron hacia una zona más privada del laboratorio.

—The Shallows ha cerrado el fin de semana con $159 millones —dijo Susan con una sonrisa—. Y en el mercado internacional ya vamos por $152 millones. Michael, las proyecciones de Fox eran conservadoras. Vas a terminar el verano con más de 350 millones globales.

Michael asintió, pero su mente estaba en otra parte.

—¿Y el préstamo? —preguntó.

—Los 150 millones están casi aprovados pero como dijistes, seguiremos esperando el momento exacto—confirmó Susan—. Los acreedores han aceptado los términos. En cuanto termines este rodaje, estaremos listos para firmar la adquisición total. Serás el dueño del estudio antes de que caiga la primera nieve en Nueva York.

Michael miró hacia el set, donde las actrices se preparaban para sus planos cortos. El éxito de The Shallows era el combustible, pero El Olvido era el motor que le daría el prestigio para gobernar su propio imperio.

—Diles a los bancos que preparen el papeleo —dijo Michael—. Y Susan… dile a Laura que empiece a preparar el anuncio de prensa. No quiero que Orion regrese con un susurro. Quiero que regrese con un grito que Harvey Weinstein escuche desde su oficina en Miramax.

Oficinas de Global Equity Management, Nueva York – 9 de Agosto de 1995 (08:00 AM EST)

Marcus Goldman se ajustó el nudo de su corbata de seda frente al reflejo de los ventanales que daban a la calle Broad. A sus cincuenta años, el ritmo de Wall Street rara vez le quitaba el sueño, pero hoy era diferente. Tenía sobre su escritorio una orden de ejecución que desafiaba la lógica conservadora de cualquier gestor de patrimonios.

—Cincuenta millones de dólares —susurró Arthur, mirando la cifra en su terminal—. Cincuenta millones líquidos, listos para ser arrojados a una empresa que ayer casi nadie conocía fuera de Palo Alto.

Michael Relish le había dado instrucciones precisas el 1 de agosto. Había retirado la mitad de su efectivo disponible, dejando el resto de su enorme cartera —basada en inversiones a largo plazo del NASDAQ y S&P— madurando para el cierre del año. Michael no quería tocar el “capital de seguridad”. Quería usar el “capital de guerra”.

Marcus no podía evitar sentir una punzada de envidia profesional, pero sobre todo de admiración. Mientras él estaba aquí, rodeado de analistas nerviosos y tazas de café frío, Michael estaba dirigiendo su nueva película, dirigiendo su segunda película del año, coordinando la compra de dos estudios de cine y, presumiblemente, preparándose para su siguiente gran paso.

—La resistencia de este chico es inhumana —pensó Marcus. —Cualquier otro hombre de su edad estaría celebrando el éxito de la venta de su productora en una playa de Malibú. Él está rodando en agosto y jugando al ajedrez con el mercado tecnológico al mismo tiempo. Hace todo demasiado rápido, pero lo hace con una precisión que da miedo.

A las 8:30 AM, el equipo de operaciones de Marcus ya estaba en sus puestos. La atmósfera en la oficina era eléctrica. El IPO (Oferta Pública Inicial) de Netscape Communications se perfilaba como el evento del año, a pesar de que la empresa no tenía ni un centavo de beneficio neto.

—Arthur, los bancos colocadores acaban de confirmar el precio de salida —gritó su jefe de operaciones desde el parqué interno—. ¡Se ha fijado en 28 dólares! Es el doble de lo que estimaban hace una semana.

Marcus asintió, manteniendo la calma. Sabía que Michael no le había pedido que cuestionara el precio, sino que ejecutara la entrada. Los 50 millones de dólares debían ser inyectados de forma estratégica para no disparar el precio antes de completar la posición, pero con la suficiente agresividad para asegurar el mayor volumen posible de acciones.

—Bien, señores —dijo Marcus, levantándose y caminando hacia el centro de la sala de trading—. Tenemos una orden de compra masiva. El cliente es Michael Relish. No quiero errores. Vamos a entrar en cuanto se abra la veda. No esperen a las confirmaciones secundarias. Quiero esos 50 millones convertidos en acciones de Netscape antes de que el resto de los fondos de inversión se despierten del todo.

Cuando el mercado abrió para Netscape, la demanda fue tan abrumadora que el sistema parecía tartamudear. Marcus observaba los “tickets” de compra fluir. La instrucción de Michael era clara: entrar rápido.

Arthur comenzó la inversión poco a poco, dividiendo los 50 millones en bloques de compra para intentar promediar el costo. Las primeras órdenes entraron a los 28 dólares fijados, pero la presión de compra de todo el mundo era tan feroz que el precio empezó a subir en saltos de 50 centavos por segundo.

—¡Compren! —gritaba Marcus—. ¡No miren el centavo, miren el volumen!

El equipo de Marcua trabajaba con una sincronía perfecta. Mientras un operador capturaba acciones a $28.50, otro entraba a $29.00. La marea de órdenes de Relish estaba inundando el mercado. Marcus sentía la adrenalina. Era una de esas operaciones que definen una carrera. Si Netscape se hundía antes del mediodía, él sería el hombre que quemó 50 millones de la estrella más brillante de Hollywood. Pero si Michael tenía razón…

Después de cuarenta minutos de actividad frenética, el silencio volvió a la oficina de Marcus, solo interrumpido por el tecleo constante de los analistas que registraban las confirmaciones de las operaciones. Marcus se sentó en su escritorio y abrió su hoja de cálculo.

—Veamos el daño —murmuró.

Había logrado colocar los 50 millones de dólares íntegros. Debido a la rapidez del ascenso del precio durante la primera hora, la media de compra final quedó establecida en $29.60 por cada acción.

Marcus hizo los cálculos rápidos en su calculadora financiera:

Capital invertido: $50,000,000.

Precio promedio: $29.60.

Total de acciones adquiridas: 1,689,189.19 acciones.

—Más de un millón de acciones —dijo Marcus en voz alta, frotándose los ojos—. Michael Relish acaba de convertirse en uno de los accionistas individuales más importantes de Netscape en su día de debut.

Arthur se recostó en su silla de cuero. Por un momento, pensó en la declaración de impuestos. Michael tendría que declarar esa salida de capital, pero eso no era problema; el flujo de caja que había generado en NASDAQ cubrían con creces cualquier obligación fiscal. Lo que realmente le importaba a Marcus era lo que vendría a continuación.

Marcus miró el reloj. Eran apenas las 10:00 AM en Nueva York. Michael probablemente estaba apenas llegando al set de El Olvido, o quizás ya estaba revisando el guion.

“¿Cómo puede estar tan tranquilo?”, se preguntó Marcus. “Tiene un millón de acciones de una empresa volátil en su bolsillo. Si la acción cae a 15 dólares al mediodía, habrá perdido 15 millones en tres horas”.

Pero entonces recordó la mirada de Michael durante su última reunión. Michael no hablaba de Netscape como una inversión; hablaba de ella como un fenómeno social inevitable. Michael entendía que el navegador Navigator era la interfaz que conectaría a la humanidad con la red, y que en 1995, el mercado pagaría cualquier precio por ser parte de esa historia.

—Michael no quiere dinero rápido por avaricia —concluyó Marcus—. Quiere independencia. Estos 50 millones son su apuesta para no tener que responder ante nadie en la industria del cine. Si esto sale bien, los bancos de Los Ángeles ya no podrán dictarle condiciones.

Marcus ordenó a su equipo que nadie se moviera de sus puestos. El plan de Michael era absoluto: vender al mediodía.

—Vigilen el volumen —ordenó Marcuw—. No me importa si la acción sube a 100 o baja a 20. A las 12:00 en punto, empezamos la liquidación total.

Marcus se sirvió otro café. Sus manos, generalmente firmes, tenían un ligero temblor. Sabía que estaba presenciando el nacimiento de una nueva economía, una donde el conocimiento y la visión de futuro valían más que los activos físicos. Michael Relish, un director de cine de apenas veintitantos años, estaba dándole una lección de finanzas al corazón de Wall Street.

—Es bueno ser joven —susurró Marcus con una sonrisa melancólica—. Tener esa resistencia, esa falta de miedo al abismo. Michael no está jugando a la bolsa; está usando la bolsa para financiar su propia realidad.

Marcus volvió a mirar su terminal. La acción de Netscape ya estaba cruzando la barrera de los $45 dólares a las 10:30 AM. En solo una hora y media, el millón de acciones de Michael ya valía un 50% más de lo que habían pagado.

—Dios mío, Michael —pensó Marcus—. Si esto sigue así, para el mediodía habrás ganado lo suficiente para comprar cualquier productora mediana dos veces.

La oficina se sumergió en una tensa calma. Marcus, el veterano de las finanzas, se quedó observando los números verdes en su pantalla, esperando el momento exacto para apretar el gatillo y convertir el instinto de su cliente en el imperio más grande de Hollywood. El 9 de agosto de 1995 no era solo el día de Netscape; era el día en que Michael Relish demostró que el no solo diseñaba películas, sino que también era el dueño del capital del futuro.

Marcus observaba la pantalla de su terminal con una mezcla de fascinación y vértigo. Teniendo en cuenta que Michael había entrado con un promedio de $29.50, la posición de un millón de acciones ya reflejaba una ganancia latente de más de 15 millones de dólares en apenas noventa minutos de mercado abierto.

—Es una locura —susurró Marcus para sí mismo—. Absolutamente nadie en este edificio esperaba una respuesta tan violenta del mercado.

Sintiendo que la tensión en sus hombros era excesiva, Marcus decidió que necesitaba alejarse de las pantallas. Michael había sido muy específico: la orden de cierre no se ejecutaría hasta el mediodía. Quedaba una hora y media de espera. Marcus se puso su chaqueta y salió de la oficina para buscar un desayuno tardío en un café cercano. Necesitaba aire fresco para despejar la duda que empezaba a corroer su juicio profesional.

Mientras caminaba por las calles de Manhattan, Marcus veía a otros corredores de bolsa hablando animadamente por sus teléfonos móviles primigenios, todos gritando el nombre de “Netscape”. El mundo financiero estaba sufriendo una catarsis.

“Si esto sigue así”, pensaba Marcus mientras esperaba su café, “podríamos llegar a los cien dólares al cierre del día. Michael quiere que cierre al mediodía, pero como su gestor, mi deber es maximizar su beneficio. Si cierro a las doce y la acción sube otros veinte dólares por la tarde, le habré hecho perder veinte millones de dólares potenciales”.

Marcus regresó a la oficina a las 11:45 AM. El ambiente en la sala de trading era ensordecedor. Se acercó a su terminal y casi deja caer su taza de café. Las acciones estaban en $68.

—¡Es un cohete! —gritó uno de sus analistas—. ¡Marcuw, el volumen de compra es inagotable! ¡Si aguantamos hasta las cuatro de la tarde, este chico Relish será el hombre más rico de Hollywood por un margen obsceno!

Marcus miró el reloj: 11:55 AM. Las acciones seguían subiendo: $69… $70… En el momento en que el reloj marcó las 12:00 PM en punto, el precio parpadeó en $71 dólares.

La tentación de ignorar la orden de Michael fue casi insoportable. Marcus sabía que en Wall Street, “dejar correr las ganancias” era el mandamiento sagrado. Pero entonces, un recuerdo frío y cortante cruzó su mente. Meses atrás cuando se conocieron, Michael le había dicho en una reunión privada:

“Marcus, te pago por tu ejecución, no por tu opinión sobre mis plazos. Si alguna vez ganas más dinero del que te pedí ignorando mis instrucciones, ese será el último día que manejes un solo centavo mío. Prefiero un soldado que siga el plan a un genio que se desvíe por codicia”.

Marcus sintió un escalofrío. Michael no era un cliente común. No buscaba el máximo beneficio posible por ego; buscaba una cifra exacta para un propósito exacto. El riesgo de perder a Michael como cliente por un exceso de ambición era demasiado real.

A las 12:10 PM, con el precio oscilando en los $71.45, Marcus tomó el teléfono de órdenes internas. Su rostro estaba serio, libre de la euforia que rodeaba al resto de la oficina.

—Vendan. Empiecen a liquidar la posición de Michael Relish ahora mismo —ordenó con voz de acero.

El proceso de venta de más de un millón de acciones no fue instantáneo. Para no hundir el precio de golpe, el equipo de Marcus tuvo que “alimentar” al mercado poco a poco, aprovechando la enorme demanda de los inversores minoristas que estaban entrando en pánico por comprar.

Estuvieron operando hasta las 12:45 PM. Durante más de media hora de frenesí, Marcus y su equipo lograron colocar los bloques finales de acciones. Debido a la inercia alcista de ese momento específico, el precio de venta promedio final fue de $72.75 por acción.

Marcus se desplomó en su silla, exhausto. La operación estaba cerrada.

El Desglose de la Operación:

Compra: 1,689,189 acciones a $29.60 = $50,000,000.

Venta: 1,689189 acciones a $72.60 = $122,635,135.

Ganancia Bruta: $72,635,135 dólares en apenas cuatro horas.

A partir de la 1:00 PM, Arthur se encerró con su equipo contable. Tenía que preparar la hoja de datos para Michael. Sabía que el fisco estadounidense (IRS) caería con fuerza sobre una ganancia de capital tan rápida.

—Necesitamos desglosar esto con precisión quirúrgica —instruyó Arthur—. Los 50 millones iniciales eran capital principal también por declarar en una inversión en corto, pero esta ganancia de 72.6 millones debe tener su reserva de impuestos inmediata. Separen el 35% para las obligaciones fiscales federales y estatales de Michael. No quiero que tenga un solo problema legal.

Durante dos horas, Arthur trabajó en el documento que enviaría al set de rodaje. La hoja de datos mostraba que, tras los impuestos, Michael tendría una liquidez neta adicional de aproximadamente 39.22 millones de dólares de las inversion de Nestcape, sumados a sus $50 millones originales que saco del NASDAQ, dónde tiene que pagar $7.442 millones. En total, Michael tenía casi 81,8 millones de dólares líquidos listos para ser movidos de nuevo a la cuenta de NASDAQ.

Marcus detallo toda la inversión anual de Michael que tenía en NASDAQ 100, desde julio de 1994 hasta 1 de agosto de este año 1995 tenía $34,544,500 y el S&P 500 esa misma fecha $31,592,000 más la inversión de 1 de diciembre de 1994 hasta 1 de agosto es de $33,685,500, entonces el total que tiene Michael en S&P 500 $65,277,500. Y con las ganancias de Nestcape van directo a NASDAQ 100 desde 10 de agosto 1995 hasta 1 de mayo de 1996 como había decidido con un total de $116,344,500.

A las 3:00 PM, Marcus, por pura curiosidad profesional, volvió a revisar la cotización de Netscape. Lo que vio le heló la sangre.

La acción, que había llegado a rozar los 75 dólares, estaba en caída libre. Los grandes inversores institucionales habían empezado a tomar beneficios y el mercado estaba sufriendo una corrección brutal. En ese momento, cotizaba a $61.

Marcus se secó el sudor de la frente con un pañuelo. Si hubiera cedido a la tentación de esperar hasta el final del día, la ganancia de Michael se habría evaporado en más de 11 millones de dólares en cuestión de una hora.

Al cierre del mercado (4:00 PM), Netscape terminó en $58.25.

—Casi 15 dólares por debajo de nuestro precio de venta —murmuró Marcus, incrédulo—. Michael lo sabía. Él sabía que el entusiasmo se agotaría al mediodía.

Marcus caminó hacia la máquina de fax a las 4:30 PM.

Estudios Fox R. / Localización de “El Olvido” – 15 de Agosto de 1995

El rodaje de El Olvido había entrado en su segunda semana con una eficiencia que asustaba a los veteranos de la industria. Michael Relish estaba logrando lo imposible: mantener a cuatro actrices de primer nivel en un estado de tensión creativa constante sin que los egos estallaran. Sin embargo, fuera del set, en el asfalto caliente de Nueva York y en las redacciones de los tabloides más influyentes, una tormenta de lodo estaba terminando de cocinarse.

Harvey Weinstein no era un hombre que aceptara la derrota con elegancia. El éxito de The Shallows le había costado millones en prestigio sobre todo en Disney y en posicionamiento para los premios con sus propias producciones de Miramax. Para Harvey, Michael no era solo un competidor; era una anomalía que debía ser corregida. Y la forma de corregir anomalías en Hollywood siempre había sido la misma: la destrucción de la reputación.

Susan estaba en su oficina provisional en el set, revisando los últimos contratos de seguros para la adquisición de Orion, cuando su fax empezó a escupir hojas a una velocidad alarmante. Eran recortes de prensa y cables internos de agencias de noticias. El titular del New York Post en su edición temprana era un dardo envenenado:

“¿EL JOVEN QUE LE DICEN EL ARQUITECTO O EL ESTAFADOR? LAS SOMBRAS TRAS EL IMPERIO DE MICHAEL RELISH”

Susan sintió un frío gélido recorrer su espalda. Leyó rápidamente. El artículo, firmado por un columnista conocido por ser el “perro de ataque” de Miramax, acusaba a Michael de utilizar “contabilidad creativa” y fondos de procedencia dudosa para financiar la compra de su productora al principio de su carrera. Pero lo más peligroso no era el dinero, sino una insinuación sutil pero letal sobre su comportamiento en los sets: hablaban de un “ambiente de trabajo coercitivo” y de cómo Michael “manipulaba psicológicamente a actrices jóvenes” para obtener interpretaciones, sugiriendo que su éxito no era talento, sino abuso de poder.

—Maldito seas, Harvey —susurró Susan, apretando los papeles—. Esto es pura ficción, pero en esta industria, una mentira bien contada durante una semana se convierte en un hecho.

Susan sabía que Michael estaba en medio de una escena técnica extremadamente compleja con Julianne Moore. Interrumpirlo podía arruinar el ritmo del día, pero dejar que la noticia corriera sin control por el set sería un suicidio. Los publicistas de las actrices —especialmente los de Nicole Kidman y Julianne— eran como tiburones; si olían un escándalo que pudiera manchar la imagen de sus clientes, las sacarían del set antes de que Michael pudiera decir “acción”.

Salió de la oficina y caminó hacia el set con paso rápido. Vio a varios miembros del equipo de producción susurrando y mirando sus teléfonos o periódicos locales. El veneno se estaba filtrando. Fox, por su parte, ya se había enterado a través de Joe Roth, pero el estudio estaba en una posición cómoda de “esperar y ver”. Si Michael sobrevivía, lo apoyarían; si se hundía, se quedarían con los derechos de su película y se lavarían las manos.

Michael estaba concentrado. Estaba ajustando la posición de una lámpara de luz ultravioleta que debía reflejarse en los ojos de Julianne para una escena de flashback.

—Julianne, necesito que cuando mires a la cámara, no pienses en miedo —decía Michael con voz calmada—. Piensa en la ausencia de algo. Como si buscaras una llave en tu bolsillo y te dieras cuenta de que nunca tuviste una casa.

Julianne asintió, totalmente inmersa. En ese momento, Susan entró en el perímetro de seguridad. El asistente de dirección intentó detenerla, pero ella le lanzó una mirada que lo hizo retroceder. Se acercó a Michael y le tocó el hombro.

Michael no se movió de inmediato. Terminó de dar la instrucción al director de fotografía y luego se giró. Vio el rostro de Susan y supo que la guerra había llegado a su puerta.

—Dime que es importante, Susan —dijo Michael, alejándose unos pasos del grupo principal.

—Harvey ha soltado a los perros, Michael. El Post, Variety y el Daily News tienen artículos coordinados. Nos acusan de fraude financiero en la venta a Fox y, lo que es peor, están cuestionando tu ética profesional con el elenco femenino. Hablan de “manipulación extrema”.

Michael tomó los recortes de prensa. Sus ojos recorrieron las líneas con una frialdad mecánica. No hubo ira, no hubo miedo. Había un cálculo puro.

—Es un ataque de tres flancos —analizó Michael en voz baja—. Primero, asustar a los bancos para que revisen el préstamo de los 150 millones. Segundo, poner a los agentes de mis actrices en mi contra. Tercero, manchar la imagen de The Shallows justo antes de la temporada de premios para que los votantes de la Academia se sientan “sucios” si votan por mí.

—¿Qué quieres hacer? —preguntó Susan—. Fox está callado. Joe Roth no ha devuelto mis llamadas en la última hora. Eso significa que están esperando a ver si esto tiene piernas.

Michael miró hacia donde Elizabeth Banks y Nicole Kidman conversaban. Nicole ya tenía un periódico en la mano. Su expresión era de una seriedad absoluta.

—Si no detengo esto ahora, el set se vendrá abajo para el almuerzo —dijo Michael—. Susan, necesito que llames a Eleonor. Quiero que ella rastree quién pagó por estas columnas. Sé que fue Harvey, pero necesito pruebas de transferencias o de favores intercambiados. En cuanto a lo financiero, prepara todos los libros de contabilidad. Que sean transparentes. No tenemos nada que ocultar.

Michael caminó hacia el centro del set. Sabía que todos lo estaban mirando. El silencio que se hizo fue sepulcral. Se dirigió directamente a Nicole Kidman y Elizabeth Banks.

—Sé lo que están leyendo —dijo Michael, su voz proyectándose con autoridad pero sin desesperación—. Harvey Weinstein está asustado. Está asustado porque este estudio le ha ganado mucho y porque esta película que estamos rodando va a hacer que sus producciones parezcan teatro de aficionados. Ha decidido atacar la única cosa que no puede comprar: mi integridad.

Nicole Kidman lo miró fijamente. —Michael, aquí dicen que usas tácticas de presión psicológica prohibidas. Mis agentes están preocupados por mi bienestar en este set.

—Nicole —respondió Michael, acercándose un paso—, tú has estado aquí una semana. ¿Alguna vez te he pedido algo que no fuera para la mejora de tu arte? ¿Alguna vez te has sentido coaccionada?

Nicole guardó silencio por un momento, evaluando al joven director. —No. De hecho, es el set más profesional en el que he estado. Pero el mundo exterior no sabe eso.

—Entonces hagamos que lo sepan —dijo Michael—. Susan va a emitir un comunicado oficial con los hechos financieros. Pero necesito que ustedes, si confían en lo que estamos haciendo, se mantengan firmes. Si una sola de ustedes duda, Harvey gana. Y si él gana, Hollywood seguirá siendo un lugar donde los matones deciden quién tiene éxito y quién no. Aunque no me importa mucho ya que si no se hace con ustedes, podría hacer con alguien más que no tenga miedo de las reseñas o tabloide.

Michael se volvió hacia Susan.

—No vamos a detener el rodaje. Eso es lo que él quiere. Quiere que entremos en pánico y perdamos días de producción para que el presupuesto se dispare. Susan, habla con los bancos. Diles que los libros están abiertos. Si necesitan una auditoría de 24 horas, que la hagan.

—¿Y sobre la prensa? —preguntó Susan.

—Diles la verdad sobre The Shallows —respondió Michael—. Recuérdales que somos la película más exitosa del verano y que esto es claramente una campaña de envidia profesional. Pero prepárate, Susan. Esto es solo el principio. Harvey no se detendrá con un par de artículos. Esto va a ser un problema durante los próximos meses, especialmente cuando estemos en la postproducción de esta película.

Michael se giró hacia el equipo de producción, que seguía paralizado.

—¡Señores! ¡Tenemos una película que terminar! —gritó—. Cualquier señor que quiere desprestigiarme no dirige esta película, la dirijo yo. Luces a media potencia. Julianne, a tu posición. Vamos a rodar la escena del descubrimiento.

El equipo, contagiado por la calma gélida de Michael, volvió al trabajo. Pero la tensión era palpable. Susan se alejó hacia su oficina con el teléfono ya en la oreja, empezando la contraofensiva legal.

Michael se sentó en su silla y miró el monitor. Sabía que Harvey había cometido un error táctico: lo había atacado demasiado pronto. Ahora Michael tenía tiempo para maniobrar, pero sabía que durante los próximos cinco capítulos de su vida, cada paso que diera sería analizado bajo un microscopio de malicia.

—Acción —dijo Michael.

La cámara empezó a rodar. En la pantalla, Julianne Moore interpretaba a una mujer que perdía la memoria. Fuera de la pantalla, Michael Relish estaba empezando a aprender que en Hollywood, la memoria de la gente es corta para los éxitos, pero eterna para los escándalos. Por la verdad y por su futuro acababa de volverse personal.

Mientras tanto, en Century City, Joe Roth observaba el mismo periódico. No estaba alegre, pero tampoco preocupado.

—Si Michael sobrevive a esto —le dijo a su asistente—, será el hombre poderoso y ese hombre poderoso está trabajando para nosotros. Si no… bueno, siempre tendremos el video doméstico de The Shallows y la pequeña biblioteca de Relish Productions. No hagamos nada todavía. Veamos cómo el chico maneja el fuego.

El ataque mediático estaba en marcha. Michael tenía el dinero, tenía el talento y tenía el apoyo de sus actrices por ahora. Pero el veneno de la tinta es difícil de limpiar, y Harvey Weinstein aún tenía muchas cartas bajo la manga. El rodaje de El Olvido continuaba, pero ahora, el verdadero suspenso no estaba en el guion, sino en los titulares de la mañana siguiente.

Set de “El Olvido”, San Francisco – 16 de Agosto de 1995

El ambiente en el set era una mezcla de asfixia emocional y profesionalismo gélido. Michael estaba en medio de un bloque de rodaje crucial: las escenas individuales de Lizzie (Elena) y Julianne Moore (Claire). Eran los momentos donde la película dejaba de ser un thriller de grupo para convertirse en un estudio profundo sobre la soledad del trauma.

—Elizabeth, escúchame —decía Michael, caminando con ella por el pasillo del laboratorio—. En esta escena no hay nadie para salvarte. No está Nicole para darte seguridad ni Cameron para distraerte. Solo estás tú y esa grabadora. Quiero que sientas que la voz que sale de ahí no es la de tu madre, sino una versión de ti misma que fue borrada.

Elizabeth asintió, con los ojos ligeramente enrojecidos. Se había metido tanto en el papel que apenas hablaba fuera de las tomas. Julianne Moore observaba desde el monitor, esperando su turno, analizando cada instrucción de Michael con la precisión de una académica.

—Julianne, después de que Elizabeth termine, iremos contigo —continuó Michael—. Tu escena es la otra cara de la moneda. Tú eres la que recuerda, la que carga con el peso de la verdad mientras ves a tu hermana desintegrarse. Necesito que tu silencio en el fondo de la toma sea tan ruidoso como sus gritos.

Michael regresó a su silla y ordenó el silencio total. Justo cuando el operador de cámara confirmaba que el foco estaba en el punto exacto, Michael divisó por el rabillo del ojo una figura que irrumpía en el set con una energía discordante. Era Susan.

Susan siempre era la personificación del control, pero hoy algo era diferente. Su cabello estaba ligeramente desordenado y su respiración, aunque intentaba ocultarlo, era errática. No interrumpió la escena —conocía las reglas de oro de Michael—, pero se quedó de pie junto al equipo de sonido, apretando una carpeta de cuero contra su pecho como si fuera un escudo.

Michael no dejó que eso lo distrajera. —¡Acción! —gritó.

Elizabeth entregó una actuación desgarradora. Durante cinco minutos, el único sonido en el set fue el de su respiración y el roce de sus manos contra las paredes de cristal. Michael mantuvo la toma más tiempo de lo habitual, forzando a la actriz a habitar el vacío. Cuando finalmente sintió que tenía lo que buscaba, cerró el puño.

—Corten —dijo Michael con voz firme—. Ha sido perfecto. Equipo, tomen media hora de descanso. Revisen la iluminación para el primer plano de Julianne. Elizabeth, descansa, hidrátate. Estuviste increíble.

En cuanto el equipo empezó a dispersarse, Michael se levantó y caminó hacia Susan. Ella no esperó a que él preguntara.

—Estamos bajo un asedio coordinado, Michael —dijo Susan, guiándolo hacia un rincón apartado del set, cerca de los generadores donde el ruido ocultaría su conversación—. No son solo los periódicos. Harvey ha ido directo a la yugular financiera. Dos de los bancos que forman parte del sindicato del préstamo de 150 millones han solicitado una “pausa de revisión de cumplimiento”.

Michael entrecerró los ojos. —Están usando las noticias de fraude para activar cláusulas de pánico.

—Exacto —confirmó Susan—. Dicen que necesitan asegurar que el colateral —tu catálogo y las acciones de Fox R.— no esté bajo investigación federal. Es una táctica de retraso. Si no firmamos los documentos de Orion en los próximos diez días, el contrato de opción expira y los acreedores de Orion pueden escuchar otras ofertas. Harvey quiere que el tiempo se nos acabe.

—¿Qué propones? —preguntó Michael, manteniendo la calma que tanto desquiciaba a sus enemigos.

—Tengo un plan de contingencia —respondió Susan, abriendo la carpeta—. Podemos liquidar parte de tus activos en Omnisciente Toys o vender una participación minoritaria de las regalías futuras de The Shallows a un fondo de inversión privado. Eso nos daría los 150 millones líquidos sin depender de los bancos. Sería más caro a largo plazo, pero nos daría independencia inmediata.

Antes de que Michael pudiera responder, Dylan apareció entre las sombras de los camiones de equipo. El agente no traía su habitual sonrisa de vendedor de seguros; traía una expresión de cazador.

—He oído lo de los bancos —dijo Dylan, uniéndose al círculo—. Y tengo otra opción, Michael. Una que Harvey no se espera.

Susan lo miró con escepticismo. —¿Qué tienes, Dylan?

—He estado hablando con mis contactos en Japón y con un grupo de capital riesgo en Silicon Valley que está desesperado por entrar en el contenido mediático —explicó Dylan—. Ellos no leen el New York Post. Ellos leen las cifras de taquilla de The Shallows. Están dispuestos a cubrir el préstamo de 150 millones bajo una estructura de “crédito puente” a cambio de los derechos de distribución de tus próximas dos películas en el mercado asiático.

Michael analizó las opciones. La propuesta de Susan era segura pero sacrificaba su propio capital. La de Dylan era agresiva y lo ataba a socios internacionales.

—Harvey cree que me ha acorralado en un callejón sin salida —dijo Michael, mirando hacia el set donde Julianne Moore lo esperaba—. Pero lo que no entiende es que yo no estoy jugando al mismo juego que él. Él juega a la política de Hollywood; yo estoy construyendo una corporación global.

Michael tomó la carpeta de Susan y miró a Dylan.

—Susan, quiero que prepares una auditoría relámpago. Llama a Deloitte & Touche. Quiero que entren en nuestras cuentas mañana mismo y emitan un certificado de limpieza total. Vamos a abofetear a esos bancos con la verdad antes de que tengan tiempo de cancelar nada.

—Eso llevará al menos tres días —advirtió Susan.

—Tres días que usaremos para alimentar a la prensa —respondió Michael—. Llama a The Hollywood Reporter. Dales la exclusiva de que Michael Relish está invitando voluntariamente a una auditoría para demostrar que Miramax está orquestando una campaña de difamación. Convierte el ataque de Harvey en una prueba de nuestra transparencia.

—Michael —dijo Susan—, ¿qué hay de las actrices? Los rumores siguen corriendo.

—Ya me encargué de eso —dijo Michael—. Pero necesito que organices una cena privada para el viernes. Elizabeth, Nicole, Cameron y Julianne. Quiero que vean que no hay grietas en nuestra armadura. Y Susan… busca a las personas que Harvey ha “silenciado” en el pasado. No para usarlas ahora, sino para tenerlas listas. Si él quiere hablar de ética profesional, le recordaremos quién es el verdadero monstruo en esta industria.

—Escúchenme bien —dijo Michael, cerrando el guion con un golpe seco—. No vamos a correr. No vamos a pedir favores y, sobre todo, no vamos a demostrar que esto nos afecta. Harvey quiere que nos apresuremos, porque cuando la gente se apresura, comete errores de cálculo.

Michael se puso de pie y comenzó a caminar lentamente por el set, asegurándose de que nadie más estuviera escuchando.

—No sé cómo se enteró Harvey de los detalles exactos de mis inversiones en la fábrica de juguetes o en la infraestructura de Omnisciente —comentó Michael con indiferencia—. Sospecho que algún administrativo de segundo nivel en el banco de inversión tiene una boca demasiado grande y una cuenta bancaria ahora más llena gracias a Miramax. Pero la realidad es esta: mientras Fox no se ponga nervioso, el juego sigue siendo mío.

—Pero Fox es un aliado voluble, Michael —advirtió Dylan—. Si ven que el préstamo de 150 millones se tambalea…

—Fox solo se mueve por el olor del dinero —lo interrumpió Michael—. Y The Shallows huele a éxito histórico. Susan, quiero que cambies la táctica. No les ruegues a los bancos. De hecho, diles que si necesitan una “pausa de revisión”, se la tomen. Es más, diles que estamos considerando cancelar la solicitud del préstamo por completo porque hemos encontrado fuentes de capital más eficientes.

Susan parpadeó, confundida. —¿Qué capital? No podemos liquidar Omnisciente de la noche a la mañana sin perder una fortuna en valor de mercado.

Michael sonrió con una frialdad que hizo que Dylan se estremeciera.

—No necesitamos liquidarlo. Necesitamos que ellos crean que podemos hacerlo. Quiero que vuelvas a las mesas de negociación con las productoras y los acreedores de Orion y Trimark. Diles que el préstamo es solo una herramienta de apalancamiento fiscal, no una necesidad. Asegúrales que tengo suficiente capital personal en inversiones diversificadas para cerrar la compra en efectivo si fuera necesario.

—Es un farol arriesgado —murmuró Dylan.

—No es un farol si ellos no pueden probar lo contrario —respondió Michael—. Mis cuentas privadas de las inversiones son un laberinto. Para cuando terminen de investigar si puedo o no sacar ese dinero, la compra ya estará firmada. Harvey está intentando asustar a los bancos; nosotros vamos a asustar a Harvey demostrando que su ataque es irrelevante porque mi bolsillo es más profundo de lo que él imagina.

Susan, procesando la lógica de Michael, empezó a notar cómo su propio ritmo cardíaco se normalizaba. Michael no estaba siendo imprudente; estaba aplicando la psicología inversa a una escala multimillonaria.

—Entiendo —dijo Susan, tomando notas rápidamente—. Si actuamos como si el préstamo no nos importara, los bancos se preguntarán qué sabemos nosotros que ellos no. El miedo a perderse el negocio de mi carrera los traerá de vuelta más rápido que cualquier auditoría.

—Exactamente —confirmó Michael—. Dylan, tú sigue con la opción de los japoneses y Silicon Valley, pero no cierres nada. Úsalos como un fantasma. Deja caer en las cenas de negocios que “Michael está considerando seriamente la financiación privada para mantener el control total del estudio”. Eso hará que los bancos tradicionales se mueran de envidia.

—¿Y qué pasa con la prensa? —preguntó Dylan.

—Dejen que Harvey siga gastando su dinero en columnas de chismes —dijo Michael, mirando hacia las cámaras—. El público olvida un escándalo en una semana, pero recuerda una película legendaria durante décadas. Mi respuesta a Harvey no será un comunicado de prensa; será el estreno de El Olvido.

Dylan sonrió por primera vez en el día. —Ese es el Michael que conozco. Estás convirtiendo un incendio en una barbacoa.

Michael miró su reloj. Su media hora de descanso había terminado.

—Vuelvan a Los Ángeles —ordenó Michael—. Susan, salva el préstamo. Dylan, prepara el anuncio de la auditoría. Yo tengo que terminar de romperle el corazón a Julianne Moore frente a una cámara.

Michael caminó de regreso al set con una paso firme. Se sentó en su silla, se puso los auriculares y miró a Julianne, que ya estaba en posición.

—¿Todo bien, Michael? —preguntó Julianne desde la camilla del laboratorio.

—Mejor que nunca, Julianne —respondió Michael con una sonrisa que no llegó a sus ojos—. Solo estábamos ajustando el presupuesto para el funeral de la reputación de alguien. ¡Luces! ¡Sonido! ¡Acción!

Susan y Dylan se retiraron, mucho más tranquilos. Habían entrado al set buscando un salvavidas y habían salido con un plan de batalla. Michael, por su parte, regresó a su monitor.

—¡Todo el mundo a sus puestos! —gritó Michael—. ¡Julianne, Elizabeth, las quiero en el cubículo!

La escena que seguía era el enfrentamiento verbal entre las dos hermanas en el pasillo del laboratorio. Elizabeth Shue debía proyectar la traición de haber sido engañada por su propia sangre, mientras que Julianne Moore debía defender el “olvido” como un acto de amor misericordioso.

—¡Cámara corriendo! —gritó el asistente.

—¡Acción!

ELIZABETH (ELENA): (Con la voz quebrada, señalando los tanques de recuperación) “¿Tú lo sabías? ¡Me viste llorar por una madre que pensaba que había muerto en un accidente y tú sabías que estaba en una de estas cajas!”

JULIANNE (CLAIRE): (Sin pestañear, con una calma aterradora que recordaba a la de Michael hace un momento) “No estaba en una caja, Elena. Estaba en paz. Te dimos el regalo de no tener que recordar sus gritos. ¿Crees que la verdad te hará libre? La verdad solo te hará desear no haber nacido nunca.”

Michael observaba el monitor, fascinado. La línea de Julianne sobre la verdad y el deseo de no haber nacido resonaba con su propia situación. Él también estaba manipulando la percepción de la verdad para proteger su imperio.

Rodaron la escena tres veces. Michael pedía matices mínimos: un parpadeo menos, una inclinación de cabeza más agresiva. Las actrices, ignorantes de que Michael acababa de apostar su futuro financiero en una conversación de cinco minutos con sus agentes, se entregaron por completo a la visión del director.

Al finalizar la toma, el equipo de producción rompió en un aplauso espontáneo. Era el tipo de actuación que ganaba premios, el tipo de cine que silenciaba a los críticos.

—Excelente —dijo Michael, levantándose—. Ese es el corazón de la película. Si logramos mantener este nivel, el ruido de Nueva York no será más que estática de fondo.

Al final del día, mientras el sol se ocultaba tras las colinas de San Francisco, Michael se quedó un momento solo en la pasarela superior del set. Miró el laboratorio vacío, iluminado solo por las luces de emergencia rojas.

Sabía que la jugada del préstamo era peligrosa. Si los bancos llamaban a su farol antes de que él pudiera asegurar otra fuente de capital, la compra de Orion se retrasaría meses, dándole a Harvey tiempo para reagruparse. Pero Michael confiaba en la codicia de Hollywood. Sabía que nadie quería dejar de ganar dinero con el “Arquitecto”.

Recibió un mensaje en su busca. Era de Susan: “Los bancos ya están llamando para ‘aclarar malentendidos’. Tu desinterés los ha aterrorizado. Mañana reanudamos las conversaciones de Orion bajo nuestros términos. Harvey acaba de perder su primera batalla”.

Michael guardó el dispositivo y sonrió para sí mismo. Harvey Weinstein era un tiburón, pero Michael era el hombre que en sus inversiones tenía casi $200 millones y 520 millones de dólares en un banco.

—Mañana rodamos el final —susurró Michael al aire frío de la noche—. Y después, el mundo se enterará de quién es realmente el dueño de la memoria en esta ciudad.

El rodaje de El Olvido continuaba, y con él, la construcción del imperio de Michael Relish. Harvey había intentado herirlo, pero solo había logrado que el Arquitecto fortaleciera sus cimientos. La guerra apenas comenzaba, pero Michael ya estaba visualizando el discurso de victoria en su propia oficina de Orion Pictures.

📝 +——————————-+

Ojalá le guste está historia. Intentaré subir tres capitulo por semana (este capitulo lo subí ya que 100 personas tienen de colección está historia), si les gusta comenten, estoy viendo que me conviene al escribir de diferentes formas. Ya sea muy rápido, con sistema o ahora este un poco serio. Like si te gusta (estoy pensando en hacer un patre.on, aunque no idea si podré recaudar algo ya que aunque tengo 100 que han coleccionado ni idea si podrán ayudar, igual yo hago los capítulos cuando tengo tiempo para el día siguiente o ese mismo día de publicación)

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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