En Hollywood. - Capítulo 51
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Capítulo 51: Capítulo 50
Capítulo 50: La Retirada Estratégica
Set de “El Olvido”, San Francisco – 18 de Agosto de 1995
El éxito suele atraer a los aliados, pero el éxito desmedido despierta el hambre de los gigantes. Michael Relish había jugado sus cartas con una precisión quirúrgica, utilizando la propia venta de su productora. Sin embargo, en el tablero de ajedrez de Hollywood, Fox no era un simple espectador. Al ver la determinación de Michael por adquirir Orion Pictures y Trimark, los ejecutivos de Century City, liderados por las facciones más agresivas del estudio, decidieron que si Orion valía tanto para el, debían comprarlo para no darle oportunidad de crecer.
Michael estaba en medio de una toma un poco compleja. La luz del atardecer se filtraba por las ventanas de la localización, iluminando el rostro de Nicole Kidman en un plano que buscaba capturar la duda existencial de su personaje.
—Corten —dijo Michael, revisando el monitor—. Nicole, un poco menos de parpadeo. Quiero que parezca que tus ojos han olvidado cómo cerrarse.
Fue en ese instante cuando Susan apareció de nuevo en el set. Su paso no era el de una mujer con buenas noticias. No traía contratos para firmar, sino un informe de daños que iba a cambiar el curso del año.
Michael vio a Susan y supo de inmediato que el viento había cambiado. Hizo una señal al equipo para que se tomaran un descanso de diez minutos y se acercó a ella en el área de catering, lejos de los oídos curiosos.
—Dime —dijo Michael, con una calma que contrastaba con la agitación de Susan.
—Fox se ha movido, Michael —soltó Susan, entregándole un sobre con el sello de la firma de abogados que representaba a los acreedores de Orion—. Se enteraron de nuestra oferta y de la liquidez que obtuviste con Netscape. Han presentado una contraoferta por Orion y Trimark que supera la nuestra en un 15%, y han incluido garantías de distribución internacional que nosotros no podemos dar.
Michael leyó el documento. No era solo una oferta mejor; era un movimiento de bloqueo. Fox, el mismo estudio que distribuía sus películas, estaba usando su músculo financiero para arrebatarle el premio que él buscaba.
—Quieren el estudio para ellos —analizó Michael—. Quieren el catálogo de Orion para alimentar su propia red de distribución y, de paso, mantenerme a mí bajo su ala. Si yo soy el dueño de Orion, soy su competencia. Si ellos son los dueños, yo sigo siendo su empleado estrella.
—Dylan está furioso —añadió Susan—. Dice que esto es una puñalada por la espalda de Joe Roth. Está sugiriendo que subamos la oferta otros 20 millones para forzarlos a retirarse.
Michael se quedó mirando el horizonte de San Francisco. El equipo de rodaje lo observaba desde la distancia, conscientes de que algo importante estaba ocurriendo. Durante cinco largos minutos, Michael no dijo una sola palabra. Estaba procesando no solo el dinero, sino el tiempo y la energía.
Había pasado meses buscando una productora como Orión. Había arriesgado su capital de la venta de Relish Productions. Había “luchado” contra Harvey Weinstein. Y ahora, sus propios “socios” intentaban cortarle el paso.
—Susan —dijo Michael finalmente, girándose hacia ella con una mirada de una claridad aterradora—. Deja todas las negociaciones.
Susan se quedó paralizada. —¿Qué? ¿Quieres que renegociemos los términos?
—No. He dicho que las dejes. Todas. Se acabó lo de Orion. Lo de Trimark dejalo en suspenso. No vamos a subir la oferta un solo dólar. Si Fox quiere comprar un estudio que estaba en la quiebra solo para fastidiarme, que lo compren. Que carguen ellos con la deuda, con los contratos sindicales antiguos y con la burocracia de los acreedores.
—Pero Michael… hemos trabajado tanto en esto. Tenemos el dinero de la venta de tu productora ¡Podemos ganarles!
—Podemos ganar la subasta, pero perderíamos la guerra —respondió Michael con frialdad—. Si entramos en una guerra de ofertas con Fox, quemaremos toda nuestra liquidez solo para decir que somos dueños de un logotipo. Yo no necesito un logotipo para ser el dueño de una productora sin dinero para hacer películas.
Michael se acercó a la mesa de Susan y tomó una libreta.
—Escucha bien lo que vamos a hacer. Ese dinero que sacamos de la venta, los 500 millones líquidos.. no se lo vamos a dar a los acreedores de Orion. Susan, quiero que esta misma semana vayas a ver a Marcus.
Marcus era el jefe de operaciones de Michael en las finanzas de bolsa, el hombre que manejaba la infraestructura tecnológica y de inversiones de Michael fuera del cine.
—Dile a Marcus que utilice el 80% de ese capital para reforzar nuestras inversiones en lo que estamos construyendo —instruyó Michael—. Quiero que invierta ese dinero en NASDAQ, en las dos inversiones que eliga de esos 80%, un 50% en uno y 30% en el otro. Si Fox quiere gastar su dinero, nosotros vamos a gastar el nuestro en el futuro.
Susan asintió lentamente, empezando a vislumbrar la genialidad detrás de la retirada. —Ya he leído los datos financieros del tercer trimestre, Michael. Tienes razón. El retorno de inversión en los puntos de NASDAQ es varias veces superior a lo que nos daría el catálogo de Orion en los primeros dos años.
—Y dile a Dylan que deje de lado las demás cosas —continuó Michael—. Que deje de buscar productoras pequeñas para absorber por ahora. Dile que su única prioridad es asegurar que el lugar que utilizaremos para grabar Get Out y que El Olvido sea vendida a la mejor productora. Ya que Fox todavía no se decide.
—Se sentirá como una derrota para la industria —advirtió Susan—. Harvey Weinstein va a decir que te acobardaste ante Fox.
Michael soltó una risa seca. —Que diga lo que quiera. Harvey vive de la percepción; yo vivo de la realidad. Dejaremos que Fox se quede con Orion si ellos quieren. Esperaremos nuestra oportunidad. Quizás en un año, o en dos, surja otra productora, o quizás Orion vuelva a estar en problemas y la compremos por la mitad del precio cuando Fox se dé cuenta de que no saben qué hacer con ella.
Se detuvo un momento, mirando su silla de director donde ponía su nombre.
—Igual no cambia nada un año más o un año menos —sentenció Michael—. No importa. Seguiré siendo alguien que conquiste Hollywood, pero lo haré bajo mis propios términos, no bailando al son de la música de Fox. Si ellos quieren jugar sucio, yo jugaré a un juego donde ellos ni siquiera conocen las reglas.
Michael regresó al centro del set. La energía en el lugar cambió de inmediato. Ya no era el hombre que negociaba por teléfono; era el director que exigía perfección.
—¡Escuchen todos! —gritó Michael—. Tenemos una película que terminar. Los rumores sobre compras de estudios no nos conciernen hoy. Lo único que importa es la verdad que estamos capturando en esta lente. ¡Nicole, Elizabeth, a sus puestos!
Susan observaba desde la sombra cómo Michael se sumergía de nuevo en la dirección. Se sintió extrañamente aliviada. Al abandonar la lucha por Orion, Michael se había liberado de una carga pesada. Ahora tenía el capital, tenía la visión y, sobre todo, tenía el tiempo.
Mientras tanto, en Los Ángeles, los ejecutivos de Fox celebraban lo que creían que era una victoria sobre el “joven arrogante”. No sabían que Michael acababa de dejarles un regalo envenenado: un estudio lleno de problemas legales que ahora ellos tendrían que resolver, mientras él movía sus piezas hacia el siguiente nivel del juego tecnológico.
Al final de la jornada, Michael se sentó solo en su camerino. Tomó un sorbo de agua y miró el guion de Get Out que reposaba sobre su mesa.
“Primero El Olvido”, pensó. “Luego Get Out. Y después… el mundo verá que no necesito a un major para cambiar la historia del cine”.
Michael sabía que su retirada estratégica sería el chisme de la semana en Variety, pero también sabía que en los libros de historia, este sería el momento en que michael dejó de ser un jugador para convertirse en el dueño del tablero. La conquista de Hollywood no se detendría; simplemente estaba tomando un desvío hacia el futuro.
—Acción —susurró Michael, imaginando ya la siguiente escena, mientras fuera, el mundo de los estudios tradicionales empezaba a desmoronarse sin que ellos se dieran cuenta.
Michael ha demostrado que su mayor activo no es su dinero, sino su capacidad de renunciar a lo bueno para ir tras lo legendario.
Sede de 20th Century Fox, Century City, Los Ángeles – 20 de Agosto de 1995
En la planta más alta del edificio de Fox, el aire olía a puros caros y a la satisfacción eléctrica que sigue a una victoria corporativa. Joe Roth, el presidente del estudio, presidía una mesa de caoba rodeado por los tiburones de finanzas y los jefes de distribución. Sobre la mesa, el informe final de la negociacion por Orion Pictures descansaba como un trofeo de caza.
La noticia de que Michael Relish había retirado su oferta de manera abrupta y total había llegado apenas unas horas antes. Para los ejecutivos de Fox, esto no era solo una transacción fallida; era la confirmación de que el orden natural de Hollywood seguía intacto.
Joe Roth se reclinó en su silla de cuero, observando a sus colegas. La luz del sol californiano bañaba la sala, dándole a todo un matiz de triunfo.
—Se retiró —dijo uno de los vicepresidentes de finanzas, soltando una carcajada—. El chico del momento, el genio de las inversiones, simplemente recogió sus juguetes y se fue a casa en cuanto vio que Fox hablaba en serio.
—Era de esperarse —respondió otro ejecutivo, jugueteando con una pluma de oro—. Michael Relish es brillante, nadie lo niega. The Shallows nos está haciendo ganar una fortuna. Pero una cosa es dirigir una película con un tiburón mecánico y otra muy distinta es querer sentarse en la mesa de los adultos a comprar estudios. Se dio cuenta de que no puede competir con nuestro flujo de caja.
Joe Roth escuchaba en silencio, con una sonrisa enigmática. Él era quien mejor conocía a Michael, o al menos eso creía.
—Lo que hemos logrado hoy es más importante que laa negociaciones de la compra de Orion —dijo Roth, tomando la palabra—. Hemos recordado a Michael cuál es su lugar. Él es un creador. El mejor en este momento. Al bloquear su acceso a Orion, hemos asegurado que siga concentrado en lo que realmente nos da dinero: sus películas para nosotros.
La estrategia de Fox había sido maquiavélica. No querían realmente a Orion Pictures. Orion era una cáscara llena de deudas, litigios sindicales y un catálogo que, aunque valioso, requería una inversión masiva para ser restaurado y distribuido en el nuevo mercado del DVD. Lo que Fox quería era evitar que Michael se volviera independiente.
—Si Michael hubiera comprado Orion, habríamos perdido nuestro control sobre él en dos años como mucho—explicó Roth—. Se habría convertido en un mini-estudio, produciendo sus propias visiones sin nuestra supervisión. Ahora, al retirarse, no tiene más remedio que seguir bajo nuestro contrato de distribución. Lo tenemos atado para dos películas, quizas El Olvido o Get Out, tendremos que ver el largometraje final.
—¿Y qué haremos con nuestra oferta por Orion? —preguntó un joven ejecutivo de desarrollo—. Ahora que él se retiró, ¿seguimos adelante?
Roth soltó una risa leve y negó con la cabeza.
—Por supuesto que no. Retiren la oferta de inmediato. Digan que tras una “auditoría interna”, las condiciones de Orion no cumplen con nuestros estándares actuales. No necesitamos a Orion para nada. Solo necesitábamos que Michael no la tuviera. Dejen que los acreedores de Orion sigan pudriéndose en los tribunales. Nosotros ya obtuvimos lo que queríamos: a Michael Relish de vuelta en su silla de director, trabajando para Fox.
La reunión se convirtió en una celebración. Se sirvieron copas de cristal con champagne de reserva. Para estos hombres, Michael seguía siendo un “trabajador estrella”, una pieza de alta precisión en su maquinaria global, pero una pieza al fin y al cabo.
—Es bueno que haya sido sensato —comentó el jefe de marketing—. Un año más, un año menos… el chico es joven. Pensará que tendrá otra oportunidad, pero para cuando se dé cuenta de cómo funciona este negocio, ya habremos exprimido cinco o seis éxitos más de su cabeza y se quedará sin más ideas.
Los ejecutivos brindaron por el futuro de Fox. Estaban convencidos de que habían ganado. Habían “domado” al Arquitecto. En su mente, Michael había retrocedido por miedo, por falta de fondos o por simple inexperiencia. Ninguno de ellos se detuvo a pensar por qué un hombre que acababa de ganar decenas de millones en la bolsa se retiraría tan fácilmente.
—Joe, ¿crees que estará resentido? —preguntó alguien.
—¿Michael? No —respondió Roth con confianza—. Es un profesional. Estará enfadado un par de días, pero luego se dará cuenta de que es mejor ganar millones como nuestro director estrella que perder millones como el dueño de un estudio quebrado. Mañana le enviaré una cesta de frutas de mil dólares y una nota felicitándolo por el rodaje de El Olvido. Eso lo mantendrá tranquilo.
Mientras las risas resonaban en la oficina de Roth, ninguno de los presentes imaginaba el movimiento real de Michael. En sus mentes corporativas, el poder se medía en edificios, logotipos y catálogos de películas antiguas. No entendían que Michael ya no estaba interesado en el Hollywood de 1980.
Fox pensaba que lo tenían “atado” porque Michael seguiría haciendo películas para ellos. Lo que no entendían es que Michael estaba usando el dinero de Fox para financiar su propia investigación tecnológica para sus futuras películas con CGI y su bolsa de valores. Cada dólar que Fox le pagaba, cada éxito de taquilla que ellos celebraban, era un ladrillo más en la fortaleza tecnológica que Michael estaba construyendo en las sombras con Marcus.
—Ganamos —repitió Roth, levantando su copa hacia la ventana que miraba a los otros estudios—. Michael Relish sigue siendo nuestro.
La noticia de la retirada de Michael y el posterior desinterés de Fox se filtró a la prensa especializada esa misma tarde. En los pasillos de Miramax, Harvey Weinstein celebró con un banquete, creyendo que Michael había sido humillado públicamente.
“El Arquitecto se queda sin cimientos”, rezaba un titular de un tabloide menor.
Para el resto de Hollywood, Michael Relish había tenido su primer gran tropiezo. Se decía que “había volado demasiado cerca del sol” y que los veteranos de Fox le habían cortado las alas. Pero mientras los ejecutivos de Century City se palmeaban la espalda, el “Arquitecto” estaba en San Francisco, rodando una película que cambiaría la percepción del suspenso, con el bolsillo lleno de millones de dólares que ahora no tenía que gastar en deudas ajenas.
Michael recibió el informe de la reunión de Fox a través de una de sus fuentes silenciosas dentro del estudio. Cuando leyó que Fox también había retirado la puja por Orion, simplemente sonrió.
“Perfecto”, pensó Michael. “Creen que me han ganado porque me han ‘obligado’ a trabajar para ellos. No se dan cuenta de que soy yo quien los está usando a ellos como mi banco personal y mi red de distribución mientras yo construyo algo que hará que sus estudios parezcan museos de cera en diez años”.
La reunión de Fox fue el acto de arrogancia más grande de la década. Joe Roth y su equipo se fueron a casa sintiéndose dueños del destino de Michael. Mientras tanto, Michael se fue a dormir sabiendo que el tiempo, el capital y el futuro tecnológico estaban de su lado. Hollywood pensaba que el Arquitecto había perdido una batalla; Michael sabía que acababa de ganar la libertad de ser el creador de un nuevo mundo.
—Sigan celebrando, caballeros —susurró Michael al recibir el fax de Susan con los detalles de la inversión en tecnología—. Disfruten de su champagne. Yo me quedo con el futuro.
San Francisco – 22 de Agosto de 1995
El ambiente dentro del tráiler era espeso. Dylan caminaba de un lado a otro, gesticulando con las manos, mientras Susan permanecía sentada con la espalda recta, observando a Michael. Para Dylan, la retirada de Orion Pictures se sentía como una herida abierta en su reputación como el agente más agresivo de la industria.
—¡Nos tenían miedo, Michael! —exclamó Dylan, deteniéndose frente al director—. Teníamos el dinero, teníamos el impulso. Fox nos ha jugado sucio y les hemos dejado ganar. La industria va a pensar que somos vulnerables.
Michael, sentado frente a su escritorio con el monitor de edición portátil encendido, levantó la mano para silenciarlo. Su expresión no era la de un hombre derrotado; era la de un general que acababa de sacrificar un peón para salvar a la reina.
—Siéntate, Dylan —dijo Michael con una voz baja y controlada—. Sí, mi plan original era subir rápido. Quería Orion ahora porque quería el catálogo y la infraestructura de distribución. Parece que las cosas no salieron exactamente como planeamos, pero eso no es un problema. Es un cambio de ruta.
Michael deslizó un informe sobre la mesa. Eran los datos de inversión que Arthur Vance le había enviado por fax, junto con las proyecciones de Omnisciente.
—Miren estos números —continuó Michael—. Mientras Fox celebra que “bloqueó” mi compra, no saben que sigo ganando más dinero de la que ellos pueden gastar en champán. La inversión en Netscape fue solo el inicio. Si seguimos invirtiendo en la infraestructura del NASDAQ, en dos años no necesitaremos a Orion. Nosotros seremos la infraestructura.
Susan asintió, tomando el informe. —Michael tiene razón, Dylan. Si hubiéramos comprado Orion ahora, habríamos gastado toda nuestra liquidez en abogados y deudas antiguas. Ahora, ese dinero está trabajando en el NASDAQ y en tecnología patentada. La gente cree que hemos tropezado, pero solo estamos tomando impulso.
Michael se inclinó hacia adelante, fijando su mirada en ambos.
—Nuestra prioridad absoluta ahora es el prestigio. Fox cree que me tiene como su “trabajador estrella”. Bien, dejaré que lo crean mientras les entrego dos obras maestras que los obligarán a darme lo que quiera el próximo año.
—El Olvido tiene que ser perfecta —sentenció Michael—. No solo quiero una buena taquilla; quiero que esta película me ponga en la conversación de los premios. Quiero el respeto de la Academia. Y después vendrá Get Out. Esa película va a romper todos los moldes del género. Vamos a ganar premios, vamos a ganar dinero y vamos a ganar la autoridad moral de que nadie en esta ciudad puede decirme que no.
Michael se giró hacia Susan con una instrucción clara.
—Susan, necesito que vayas a Nueva York un día antes del 1 de septiembre. Quiero que te reúnas con Arthur y Marcus. Vamos a mover el capital de nuevo. Quiero que reinviertan todo lo que ganamos en Netscape y el 80% del capital que teníamos reservado para Orion.
—¿Bajo qué términos? —preguntó Susan, sacando su agenda.
—Igual que la última vez —respondió Michael—. Inversión agresiva hasta el 1 de marzo del próximo año. Dejen solo 100 millones de dólares en la cuenta corriente para gastos operativos y emergencias. El resto, que trabaje. Para cuando termine el próximo ciclo de inversión, tendremos el doble de lo que tenemos ahora. Nadie en Hollywood sospecha cuánta liquidez estamos acumulando realmente.
—Dylan —dijo Michael, captando la atención de su agente—, deja de lamentarte por Orion. Si Fox lo quiere, que se queden con sus deudas. Tu nuevo trabajo es buscarme material. Quiero guiones, libros, artículos de periódicos, cualquier cosa que sea interesante y que tenga potencial de ser disruptiva. Búscalos, cómpralos si son buenos. Quiero construir un arsenal de propiedades intelectuales que no dependan de ningún estudio.
Dylan, empezando a contagiarse de la energía de Michael, asintió vigorosamente. —Entendido. Voy a poner a mi equipo de lectores a trabajar horas extras. Si hay una joya escondida en esta ciudad, la encontraremos.
Michael consultó su cronograma en la pared.
—Las grabaciones de El Olvido estarán completas para el 10 de septiembre. Estamos en ritmo —dijo Michael—. Pero el problema no es el rodaje, es la edición. Si quiero estrenar a finales de noviembre para entrar en la temporada de premios, el calendario es brutal.
Dylan intervino de inmediato: —Los editores de Fox R. Estudios son buenos, pero son lentos y responden a la burocracia del estudio. Si queremos llegar a noviembre, necesitamos nuestro propio equipo.
—Exacto —dijo Michael—. Dylan, busca a los mejores editores independientes de la ciudad. Gente que esté dispuesta a trabajar en turnos dobles en nuestras propias salas. No quiero que el montaje final de esta película dependa de los horarios de Fox. Quiero el control total del corte final.
Michael se levantó y caminó hacia la ventana del tráiler, mirando hacia el set donde el equipo empezaba a preparar la siguiente toma nocturna.
—Un año más o un año menos… no importa —dijo Michael, casi para sí mismo—. Seguiré siendo el que conquiste esta industria. Fox cree que me ha contenido, pero solo me han dado tiempo para afilar mi espada. Susan, Dylan… prepárense. Lo que viene después de El Olvido hará que Orion parezca un juego de niños.
Susan y Dylan se miraron. La frustración de hace una hora se había evaporado, reemplazada por una claridad absoluta. Michael Relish no estaba jugando al juego de Hollywood; estaba inventando uno nuevo.
—Estaré en Nueva York el lunes —dijo Susan, levantándose—. Me encargaré de que Arthur ponga cada centavo a trabajar.
—Y yo tendré a esos editores y los libros en tu escritorio para cuando digas “corten” por última vez en San Francisco —añadió Dylan con una sonrisa depredadora.
Michael asintió y salió del tráiler. El aire de la noche de San Francisco era frío, pero él sentía el fuego de la ambición más vivo que nunca. Caminó hacia el set, donde las luces de producción brillaban como estrellas artificiales.
—¡A sus puestos! —gritó Michael, y su voz resonó con una autoridad que ningún contrato de estudio podría otorgar jamás—. ¡Vamos hacer una buena película!
El rodaje continuó bajo una nueva luz. El “Arquitecto” había renunciado a un estudio de cine, pero había ganado una visión. El 10 de septiembre estaba a la vuelta de la esquina, y con él, el inicio de una nueva era para Omnisciente Global.
Oficinas de Miramax, Nueva York – 23 de Agosto de 1995
Harvey Weinstein se recostó en su pesada silla de cuero, exhalando una nube de humo de su cigarro que quedó suspendida en el aire como una densa niebla de victoria. En su escritorio, una copia de Variety con un titular sobre el desinterés de Fox por Orion Pictures parecía brillar bajo la luz de la lámpara.
Harvey no era un hombre que celebrara con sutileza. Para él, Hollywood era un Coliseo, y Michael Relish acababa de ser revolcado por la arena.
—¿Lo hueles, Bob? —preguntó Harvey, mirando a su hermano, quien revisaba unos presupuestos en el sofá del fondo—. Huele a sangre joven. Sangre de “Arquitecto” derramada por las calles de Century City.
Harvey recordó con deleite la semana anterior. Había sido un movimiento magistral, una de esas jugadas que solo alguien con sus tentáculos en cada rincón de la industria podría ejecutar. A través de sus informantes en la agencia CAA (Creative Artists Agency), se había enterado de las maniobras secretas de Michael para adquirir Orion y Trimark.
El mocoso estaba intentando comprar su independencia. Quería dejar de ser un director para convertirse en un estudio. Quería sentarse en la misma mesa que Miramax, pero sin haber pagado el derecho de piso de décadas de lucha.
—Ese pequeño bastardo creía que podía moverse en las sombras —dijo Harvey, su voz ronca por el tabaco y la risa—. Pero en esta ciudad, las sombras me pertenecen. En cuanto supe lo de la liquidez de sus inversiones y su oferta por Orion, llamé directamente a mis contactos en Fox. Solo tuve que susurrarles al oído que Michael planeaba usar Orion para distribuir sus propias películas y dejar a Fox fuera del juego en menos de dos años.
Bob Weinstein levantó la vista, ajustándose las gafas. —Fue un movimiento arriesgado, Harvey. Si Michael se hubiera enterado de que fuiste tú, podría haber represalias legales.
—¿Represalias? —Harvey soltó una carcajada estrepitosa que hizo vibrar los marcos de las fotos de los Oscar en la pared—. ¡Esto es Hollywood! Fox hizo el trabajo sucio por mí. Se pusieron nerviosos, lanzaron la contraoferta y el niño prodigio se asustó. Se retiró de la puja como el perro apaleado que es. Ahora ha vuelto a su set de rodaje, con la cola entre las patas, sabiendo que sigue siendo un empleado de Joe Roth.
Harvey se levantó y caminó hacia el minibar de su oficina. Sacó una botella de cristal de edición limitada y sirvió dos copas generosas. Estaba de humor para una fiesta, aunque solo fuera privada por el momento.
—The Shallows nos dolió, Bob. No voy a mentir —admitió Harvey, su tono volviéndose momentáneamente serio al recordar el éxito de taquilla de Michael—. Ese tiburón mecánico nos robó audiencia y nos quitó espacio en las salas. Pero el dinero viene y va. El poder… el poder es lo que importa. Al quitarle Orion, le he quitado los cimientos de su futuro imperio. Sigue siendo un mocoso con una cámara. No tiene infraestructura. No tiene catálogo. No es nada sin un estudio que le firme los cheques.
Para Harvey, Michael Relish representaba todo lo que él odiaba: juventud, una arrogancia que no pedía permiso y, sobre todo, una visión que no dependía de los métodos tradicionales de manipulación de Harvey.
—Cree que porque sabe contar historias y ganar dinero en la bolsa puede saltarse las jerarquías —gruñó Harvey, bebiendo de su copa—. Pero yo le he recordado que aquí mandan los que llevan años en la trinchera. Ahora tiene privilegios, sí, pero bajo la correa de Fox. Y mientras esté bajo una correa, puedo controlarlo.
Bob Weinstein dejó los papeles a un lado y se acercó a su hermano. Aunque Bob prefería los números y la logística de Dimension Films, hoy compartía la alegría de Harvey. Ver a un competidor potencial ser neutralizado era bueno para el negocio familiar.
—Bueno, ahora que el “Arquitecto” está ocupado lamiéndose las heridas en San Francisco, tenemos trabajo que hacer —dijo Bob—. Anthony Minghella está presionando con los costos de El Paciente Inglés. Necesitamos que toda tu atención esté ahí si queremos que esa película sea nuestra próxima gran ganadora del Oscar.
Harvey asintió, sus ojos brillando con una nueva ambición. —Exacto. Esa es la diferencia. Mientras Michael está rodando una película de suspenso barata con cuatro mujeres, nosotros estamos construyendo arte real. El Paciente Inglés va a ser mi corona. Quiero que esa película arrase con todo.
Harvey se sentó de nuevo, sintiéndose más ligero. La presión que sentía por el ascenso meteórico de Michael se había disipado.
—Ayúdame con esto, Bob —dijo Harvey, señalando los informes de producción de Minghella—. Quiero que aseguremos que el marketing de Miramax esté enfocado al 100% en nuestras películas de otoño. Si Michael intenta estrenar su película en noviembre, lo aplastaremos con nuestra maquinaria de premios. No dejaré que ese mocoso se acerque ni siquiera a una nominación de la estatuilla dorada.
Los hermanos Weinstein pasaron la siguiente hora desglosando cómo utilizarían el “fracaso” de Michael en la prensa para fortalecer la posición de Miramax.
—Mañana quiero que llames a nuestras conexiones en la prensa de Nueva York —ordenó Harvey—. No digas que fui yo. Solo deja caer que Michael Relish “sobreestimó sus capacidades financieras” y que Fox tuvo que intervenir para salvarlo de sí mismo. Quiero que la narrativa sea que el genio está perdiendo el toque. Que es inestable.
—¿Crees que Joe Roth se lo crea? —preguntó Bob.
—Joe ya se lo cree. Está encantado de tener a Michael bajo su control. Lo que no saben es que yo fui el que movió los hilos —Harvey sonrió de forma depredadora—. Así es como se juega este juego, Bob. Tú haces que los demás peleen entre ellos y tú te quedas con el campo de batalla despejado.
A pesar de su alegría, Harvey no podía evitar mirar hacia el oeste. Sabía que Michael no era un enemigo fácil. Pero hoy, 23 de agosto, sentía que había recuperado su trono.
—Es un mocoso, Bob. Un mocoso con suerte —repitió Harvey, como si necesitara convencerse a sí mismo una última vez—. Pensó que podía ser un gigante, pero los gigantes no nacen en un año. Se forjan en el fuego. Y yo soy el que maneja el soplete en esta industria.
Harvey levantó su copa hacia el horizonte de Manhattan. En su mente, Michael Relish ya era historia antigua, un fuego artificial que brilló intensamente y ahora caía hacia la oscuridad. Estaba listo para volcar toda su energía en El Paciente Inglés, seguro de que su posición como el hombre más poderoso del cine independiente estaba a salvo.
—Por Orion —brindó Harvey con ironía—. El estudio que Michael nunca tendrá. Y por Miramax, el imperio que nunca caerá.
Harvey terminó su cigarro y se puso a trabajar en los planes de distribución de su nueva película épica. Estaba en su elemento: controlando presupuestos, gritando por teléfono y sintiéndose invencible. La “amenaza” de Michael Relish parecía ahora un mal sueño del que acababa de despertar.
Lo que Harvey no sabía, y lo que su arrogancia no le permitía ver, es que mientras él celebraba una victoria de papel, Michael estaba moviendo millones en silencio hacia su inversión en bolsa y en tecnologías que harían que el modelo de negocio de Miramax fuera irrelevante. Pero para Harvey Weinstein, el 23 de agosto de 1995 fue, sin duda, el mejor día del año.
Oficinas de WMA (William Morris Agency), Los Ángeles – 24 de Agosto de 1995
Dylan se encontraba en su oficina, rodeado de cajas de guiones y tres líneas telefónicas parpadeando al unísono. Sin embargo, no estaba prestando atención a ninguna de ellas. Frente a él, sobre su escritorio de cristal, había un informe confidencial que uno de sus informantes dentro del departamento de correo de la CAA le había hecho llegar esa mañana.
La rabia que había sentido días atrás al perder la puja por Orion Pictures se había transformado en una fría y amarga comprensión.
—CAA… —susurró Dylan, apretando los puños hasta que sus nudillos se tornaron blancos—. Esos bastardos no solo nos estaban vigilando; nos estaban diseccionando.
Dylan, con su instinto de tiburón de agencia, conectó los puntos rápidamente. Michael Relish era el activo más valioso de Hollywood en 1995. Cuando Michael irrumpió en la escena con sus primeros éxitos desde 1993 y su visión tecnológica, la CAA (Creative Artists Agency), liderada por figuras que se creían los dueños de los destinos de cada estrella, intentó reclutarlo con promesas de gloria eterna.
Michael no solo les dijo que no; los ignoró por completo para quedarse con Dylan en WMA, una agencia que, aunque poderosa, era vista por la CAA como un escalón un poco inferior que ellos.
—Siguen enojados —pensó Dylan, reclinándose en su silla mientras miraba el logotipo de su competencia a través de la ventana—. No pueden soportar que el “Arquitecto” no los haya escogido a ellos. Han pasado meses investigando sus movimientos financieros, sus inversiones en el NASDAQ y sus planes de expansión. Ellos fueron los que le susurraron a Harvey, y Harvey fue el que le gritó a Fox.
Era una carambola perfecta de sabotaje. La CAA no quería a Orion, solo quería ver a Michael fallar por el pecado de no pertenecer a su “familia”.
Con el informe aún quemándole las manos, Dylan marcó el número directo de Susan. Necesitaba que alguien más supiera que habían sido víctimas de un espionaje industrial coordinado.
—Susan, lo tengo —dijo Dylan en cuanto ella respondió—. Fue la CAA. Ellos iniciaron todo. Han estado siguiendo a Michael desde antes del estreno de The Shallows. Sabían lo de la oferta por Orion incluso antes de que nosotros pusiéramos los documentos sobre la mesa. Han estado filtrando información a Harvey Weinstein para que él hiciera el trabajo sucio.
Hubo un silencio al otro lado de la línea. Dylan esperaba un estallido de indignación legal, una promesa de demanda o, al menos, un plan para contraatacar.
—Ya no importa, Dylan —respondió Susan con una voz sorprendentemente calmada.
—¿Cómo que no importa? —estalló Dylan—. ¡Nos han saboteado! ¡Han violado la confidencialidad de la industria! Podríamos llevar esto a la asociación de agentes, podríamos…
—Dylan, escucha —lo interrumpió Susan—. Ya hablé con Michael sobre las sospechas hace un par de días después de la reunión. ¿Sabes lo que me dijo? Me dijo que dejáramos que la gente piense que han ganado. Michael ya ha pasado página. Como él dice, hay que seguir adelante y esperar el momento oportuno.
Dylan se quedó mudo. No era la respuesta que esperaba de un hombre que acababa de perder un estudio de cine.
—Michael es muy joven —continuó Susan—. Tenemos mucho tiempo a nuestro favor. Él cree que si nos enfrascamos en una guerra legal o de relaciones públicas con la CAA o cualquier otra en estos momentos, solo perderemos el foco en lo que realmente importa: las películas. Si El Olvido y Get Out son los éxitos que él espera, la CAA no tendrá más remedio que volver a arrodillarse, y entonces Michael tendrá el poder absoluto para decidir su destino.
—Pero es injusto —masculó Dylan, aunque su tono ya no tenía tanta fuerza.
—En Hollywood no existe la justicia, Dylan, solo existe el apalancamiento —sentenció Susan—. Lo mejor que puedes hacer ahora es lo que Michael te pidió: concéntrate en la producción y en buscar ese nuevo material. Deja que Harvey y la CAA celebren su “victoria” sobre una copa de vino. No saben que Michael ya está jugando en un tablero diferente.
Tras colgar el teléfono, Dylan se quedó mirando su oficina vacía. Se dio cuenta de que, por primera vez en años, su carga de trabajo era extrañamente ligera. Michael estaba en San Francisco, inmerso en un rodaje hermético donde no se permitía la entrada a nadie que no fuera esencial. Susan estaba preparando su viaje a Nueva York para las maniobras financieras.
Y Dylan… Dylan se encontraba en una posición inusual. Michael era su único cliente real en este momento. Había dejado de lado a otros talentos menores para dedicar el 100% de su energía al Arquitecto.
—Soy el agente del hombre que será el más poderoso de la ciudad, y no tengo nada que vender hoy porque él ya lo tiene todo planeado —sonrió Dylan con ironía.
Se levantó y caminó hacia la estantería de guiones. Michael le había pedido que buscara “oro”. Libros, guiones olvidados, artículos que pudieran ser transformados en visiones disruptivas. Dylan sabía que Michael no buscaba solo una historia; buscaba el próximo cambio de paradigma.
Dylan comenzó a revisar los manuscritos que otras agencias y escritores independientes le habían enviado. Su mente seguía dándole vueltas a lo que Susan le había dicho. “Michael es muy joven… tenemos tiempo”.
Era cierto. Harvey Weinstein tenía casi cincuenta años; los jefes de la CAA eran veteranos curtidos que ya estaban pensando en su legado. Michael apenas estaba empezando. Si Michael lograba mantener esta disciplina de no reaccionar ante las provocaciones, en diez años no habría nadie que pudiera toser en su dirección.
—Si ellos quieren jugar a los espías, que jueguen —pensó Dylan, abriendo un guion titulado tentadoramente—. Yo voy a encontrarle a Michael el arma que usará para destruir a la CAA en la próxima década.
Dylan pasó la tarde sumergido en historias. Leía con una intensidad que no había sentido desde sus primeros días como asistente. Buscaba algo que tuviera ese “sabor” que Michael amaba: algo oscuro, algo tecnológico, algo que desafiara la comodidad del espectador.
Al caer la noche, Dylan se dio cuenta de que ya no estaba enojado. La calma de Michael se había filtrado en él. Entendió que la retirada de Orion no era una derrota, sino una limpieza de escombros. Michael no quería un estudio que viniera con las reglas de la CAA y de Harvey pegadas a las paredes. Él quería crear sus propias reglas.
—Está bien, Michael —dijo Dylan, lanzando un guion mediocre a la papelera—. Haremos las películas. Ganaremos esos premios. Y Susan regrese de Nueva York con las cuentas llenas, seremos nosotros quienes decidamos quién sobrevive en esta ciudad.
Dylan tomó su maletín, lleno de libros y posibles proyectos, y salió de la oficina. Por los pasillos de WMA, la gente lo miraba con curiosidad, esperando ver a un hombre derrotado tras el anuncio de Fox. En cambio, vieron a un Dylan con una sonrisa tranquila y peligrosa.
La guerra contra la CAA y Harvey Weinstein no se ganaría en las columnas de chismes, sino en la excelencia de lo que Michael estaba rodando en ese mismo instante en San Francisco. Dylan lo había entendido por fin: el Arquitecto no pelea por territorio, pelea por el futuro. Y en ese campo de batalla, Michael ya llevaba la delantera.
Wall Street, Nueva York – 31 de Agosto de 1995
El calor húmedo del verano neoyorquino todavía se sentía en las calles, pero dentro de la oficina privada de Arthur Golman, el aire acondicionado mantenía un clima gélido y profesional. Susan entró con la elegancia de quien sabe que lleva consigo el destino de un imperio. Sobre la mesa, Marcus, el estratega tecnológico y operativo de Michael, y Arthur, el veterano de las finanzas, la esperaban con carpetas abiertas y terminales de Bloomberg encendidas.
—El último día de agosto —dijo Arthur, levantándose para recibirla—. Puntual como siempre, Susan. ¿Cómo está Michael en San Francisco?
—Concentrado —respondió Susan, sentándose y colocando su maletín sobre la mesa—. Michael ha decidido que no vamos a dejar que el capital se enfríe. Después de lo de Netscape y la retirada estratégica de Orion, su orden es clara: consolidación absoluta.
Susan abrió su maletín y extrajo los documentos firmados por Michael. Marcus y Arthur se inclinaron hacia adelante. Sabían que Michael manejaba grandes sumas, pero las cifras que Susan estaba a punto de pronunciar pondrían a prueba incluso sus nervios curtidos.
—Michael ha decidido poner a trabajar la mayor parte de su riqueza líquida acumulada —comenzó Susan—. En este momento, estamos hablando de poner en juego 400 millones de dólares.
Arthur soltó un silbido bajo. Marcus, por su parte, simplemente asintió, con los ojos brillando ante la magnitud del desafío.
—Los otros 100 millones de su reserva actual se quedan fuera —especificó Susan—. Michael los está utilizando directamente para cubrir los costes de post-producción, marketing y los extras de El Olvido y la pre-producción de Get Out. No quiere que toquemos ese dinero.
Susan señaló los gráficos que Arthur tenía preparados. La instrucción de Michael era técnica y estratégica, diseñada para maximizar el crecimiento sin los riesgos de liquidez que enfrentaron con Netscape.
—De los 400 millones, vamos a invertir 300 millones de inmediato —instruyó Susan—. Michael quiere 180 millones en el NASDAQ 100. Él cree que el sector tecnológico apenas está despertando tras el éxito de Netscape. Los otros 120 millones irán al S&P 500, para dar estabilidad con las empresas más sólidas del país.
Arthur tomó nota, calculando mentalmente el impacto de esas órdenes en el mercado.
—¿Y los 100 millones restantes? —preguntó Marcus.
—Se quedan líquidos en el banco —respondió Susan con firmeza—. Michael fue muy claro en esto: esos 100 millones no se tocan. Tienen que estar disponibles por si él llama para hacer una inversión relámpago, como lo hizo con Netscape. Aprendimos la lección, Arthur. Sacar dinero de inversiones activas antes de que cumplan el ciclo anual genera impuestos por ganancias de capital a corto plazo que son excesivos. Michael no quiere pagar impuestos innecesarios por “mover” el dinero. Quiere que el dinero invertido sea sagrado y el dinero líquido sea su arma de reacción rápida.
Arthur asintió, comprendiendo la lógica fiscal detrás de la orden. Michael estaba aprendiendo a jugar con las reglas del IRS a su favor.
—Mañana por la mañana, al sonar la campana, comenzaré a diversificar los 300 millones —aseguró Arthur—. Será un trámite complejo para no disparar los precios, pero lo haremos con la discreción que Michael exige.
Susan se levantó, dando por terminada la reunión. —Excelente. Michael espera un informe semanal de rendimiento, pero no quiere ser molestado a menos que haya un movimiento sísmico en el mercado. Él estará en el set hasta el 10 de septiembre. A partir de ahí, su atención se dividirá entre la edición y las finanzas.
Susan se despidió y salió de la oficina, dejando a los dos hombres con la responsabilidad de cuatrocientos millones de dólares sobre sus hombros.
Marcus observó a Susan marcharse a través del ventanal. Se sentía eufórico. Como jefe de operaciones de Michael, Marcus no solo era un empleado; su contrato estaba vinculado al crecimiento del patrimonio de Michael. Un porcentaje, por pequeño que fuera, de 400 millones de dólares trabajando al máximo rendimiento significaba que su propia fortuna personal estaba escalando a niveles que nunca imaginó cuando trabajaba en sistemas de computación.
—Es increíble, ¿verdad, Arthur? —dijo Marcus, girándose hacia el financiero—. Hace un par de años, Michael era un director con una buena película. Hoy, estamos moviendo cifras que harían temblar a la mayoría de los bancos comerciales.
Arthur, que estaba revisando los puntos de entrada para el NASDAQ, levantó la vista. —He manejado cuentas de herederos de la industria del acero y de magnates del petróleo, Marcus. Pero ninguno de ellos tiene la sangre fría de este chico. Michael no teme al mercado; lo entiende como si fuera el guion de una de sus películas.
Marcus se acercó al escritorio de Arthur, su rostro volviéndose serio. Sabía que Arthur, aunque experimentado, a veces tendía a querer “aconsejar” de más a sus clientes. Marcus necesitaba dejar algo muy claro antes de que el primer dólar fuera invertido al día siguiente.
—Arthur, antes de empezar mañana, hay algo que debes grabar en tu mente —dijo Marcus con tono solemne—. Es la regla de oro de Michael.
Arthur dejó de escribir y prestó atención.
—Aquí no se trata de lo que tú creas que es mejor, ni de lo que digan los analistas de Goldman Sachs —continuó Marcus—. La regla es: Hacerle caso a Michael. Punto. Si Michael llama a las tres de la mañana y dice que cerremos una posición de 100 millones, se cierra en ese instante, no al abrir el mercado, no después de consultarlo. Si dice que abramos una nueva inversión en una empresa de software desconocida, se abre con las especificaciones exactas que él dicte.
Arthur arqueó una ceja. —Soy un gestor profesional, Marcus. Mi trabajo es…
—Tu trabajo es ser la mano que ejecuta la visión del Arquitecto —lo cortó Marcus—. Michael tiene un instinto que desafía las gráficas. Ya viste lo que pasó con Netscape. Si hubiéramos esperado, habrías perdido millones para él. Michael no paga por tu consejo, paga por tu precisión. Mientras sigas sus reglas, todos ganaremos una cantidad obscena de dinero. Si intentas ser más listo que él, estarás fuera de este edificio antes de que termine el día.
Arthur guardó silencio por un momento y luego asintió lentamente. —Entendido, Marcus. Mañana a las 9:30 AM, los 300 millones empiezan a fluir según el plan de Michael.
Marcus sonrió, satisfecho. Se sentó frente a su propia terminal para coordinar los aspectos tecnológicos de la seguridad de las cuentas de Omnisciente. Mientras el sol se ponía sobre Manhattan, el motor financiero de Michael Relish se encendía con una potencia sin precedentes.
Mientras tanto, a miles de kilómetros, en San Francisco, Michael terminaba de rodar una escena nocturna. No necesitaba estar en Nueva York para saber que su capital estaba en movimiento.
Agosto terminaba, y con él, la fase de preparación. Septiembre traería el final del rodaje de El Olvido, y el mundo pronto descubriría que el Arquitecto no solo sabía dirigir actores, sino que era el nuevo dueño del flujo del capital global.
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Ojalá le guste está historia. Intentaré subir dos capitulo por semana (se me daño la laptop y con el celular me demoro mucho mientras escribo, investigo ordenó y arreglo), si les gusta comenten, like si te gusta. ( Nunca esperé hacer una historia y llegar a los 50 capítulos y que mucha gente lo lea)
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