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En Hollywood. - Capítulo 52

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Capítulo 52: Capítulo 51

Capítulo 51: El Sacrificio de la Memoria

Set de “El Olvido”, San Francisco – 8 de Septiembre de 1995

El rodaje estaba llegando a su fin, pero para Michael Relish, el trabajo más difícil acababa de empezar. Había dejado para los últimos días los flashbacks que reconstruyen la psique de la protagonista. Estas escenas son el rompecabezas que la audiencia debe armar: la verdad detrás del trauma.

Originalmente, Michael había pensado en Jessica Lange para el papel de la madre, pero los conflictos de agenda de la actriz abrieron la puerta a Susan Sarandon. Al verla caminar por el set con su presencia imponente pero terrenal, Michael supo que el destino le había hecho un favor. Sarandon no solo era una madre; era una fuerza de la naturaleza.

El set representaba una casa de campo bajo una tormenta simulada. El ambiente estaba cargado de humedad y humo de efectos especiales. Michael se acercó a Susan Sarandon, quien estaba sentada en una silla de lona repasando sus líneas bajo una luz tenue.

—Susan, gracias por estar aquí —dijo Michael, sentándose frente a ella—. Sé que llegaste tarde al proyecto, pero lo que estás a punto de hacer es el motor de toda la película.

Sarandon levantó la vista, sus ojos grandes y expresivos fijos en el joven director. Había oído hablar del “Arquitecto”, de su precisión y su éxito, pero quería ver si realmente entendía la profundidad del personaje.

—Dime, Michael. ¿Quién es esta mujer para ti? No es solo una víctima, ¿verdad?

—En absoluto —respondió Michael con pasión—. Ella es el origen de la rebeldía de la protagonista. Necesito que proyectes una vibra de madre fuerte, alguien que no se queda callada ante la injusticia. Ella es una mujer con una ética inquebrantable que descubre algo turbio en la fundación donde trabaja, algo que involucra a gente poderosa. Ella sabe que corre peligro, pero su prioridad no es salvarse a sí misma, sino asegurar que sus hijas y las amigas de estas tengan un futuro limpio y no como sujetos de pruebas.

Michael se inclinó más, bajando la voz para crear un círculo de intimidad entre director y actriz. El equipo de rodaje guardaba un silencio respetuoso a su alrededor.

—En esta escena, recuperamos el recuerdo que la protagonista ha bloqueado durante diez años —explicó Michael—. Estás escapando conas niñas, los hombres han llegado para silenciarte. Pero das tiempo para que escapen. Lo que quiero de ti, Susan, no es miedo. Quiero indignación. Quiero que cuando los mires a los ojos, ellos sientan que aunque te maten, ya han perdido, porque tú ya has puesto en marcha la verdad.

Sarandon asintió, absorbiendo las palabras. —Es una mártir ética.

—Exacto. Pero una mártir rebelde —añadió Michael—. Ella paga el precio más alto, pero muere con la satisfacción de que sus hijas están a salvo. Necesito que esa fuerza emane de ti. No quiero gritos histéricos. Quiero una calma aterradora. La calma de una madre que sabe que ha cumplido su misión.

Caminaron hacia la posición de la cámara. Michael le mostró el encuadre. La cámara se movería desde el sótano, donde las niñas (interpretadas por actrices infantiles que guardaban un parecido asombroso con las protagonistas adultas) miraban a través de las rendijas de madera, hasta el rostro de Susan en la cocina.

—Aquí es donde te interceptan —dijo Michael, señalando la puerta—. Ellos quieren los documentos. Tú los has quemado o enviado por correo. Ya no tienen nada contra ti, solo su propia rabia.

Michael observó cómo Sarandon cerraba los ojos, buscando esa conexión interna. Ella empezó a murmurar las líneas, ajustando el tono. Michael no la interrumpía; dejaba que la actriz veterana encontrara el ritmo.

—Michael —dijo ella de repente—, ¿y si en el momento en que me disparan, no miro a los asesinos? ¿Y si mi última mirada es hacia el pasillo, hacia donde están escapando las niñas, con una pequeña sonrisa?

Michael sintió un escalofrío. Era brillante. —Hazlo. Eso es exactamente lo que la protagonista recordará al final de la película: no la violencia, sino el mensaje de amor y victoria de su madre.

Michael regresó a su silla y se puso los auriculares. —¡Luces! ¡Silencio en el set!

El técnico de efectos activó la lluvia artificial contra los cristales que se verán afuera del pasillo donde las niñas escapan. El sonido del trueno retumbó en el estudio. Elizabeth y Julianne estaba detrás de los monitores, observando; aunque no aparecía en esta escena, había venido para ver el clímax emocional de la historia de su personaje.

—Esta es la toma que define el tercer acto —murmuró Michael para sí mismo—. Si Susan logra transmitir esa ética inquebrantable, la audiencia perdonará cualquier cosa que haya pasado antes.

—¡Cámaras rodando! —gritó el asistente—. ¡Escena 142, Toma 1!

—¡Acción! —exclamó Michael.

La escena comenzó con una tensión insoportable. Susan Sarandon se movía por el pasillo con las niñas con una determinación felina. Cuando los hombres irrumpieron, ella no retrocedió. Se mantuvo firme, con la espalda recta, enfrentándolos con una mirada que rebosaba desprecio por su falta de moral.

—Ya es tarde —dijo Sarandon en la escena, su voz firme y cargada de una ironía sangrienta—. La verdad no se puede quemar dos veces.

Cuando llegó el momento del disparo simulado, Sarandon ejecutó el movimiento que habían discutido. No hubo drama innecesario. Cayó lentamente, y justo antes de que sus ojos se cerraran, alzó la cabeza para buscar el lugar donde se fueron las niñas. Una chispa de triunfo cruzó su rostro. Fue un momento de una belleza trágica que dejó a todo el equipo sin aliento.

—¡Corten! —gritó Michael.

El silencio que siguió fue absoluto, roto solo por el goteo de la lluvia artificial. Michael se quitó los auriculares y caminó hacia Susan, que seguía en el suelo. Le tendió la mano para ayudarla a levantarse.

—Susan… eso fue… —Michael buscó las palabras—. Fue más de lo que escribí en el guion. Esa vibra de madre que no se queda callada… la clavaste.

Sarandon sonrió, recuperando su aliento. —Gracias, Michael. Tenías razón sobre la calma. Se siente más poderosa que el pánico.

Michael miró a su alrededor. Vio a varios miembros del equipo secándose las lágrimas. Sabía que tenía el final de la película. Con estas escenas de flashback completadas, el arco de El Olvido estaba cerrado. Solo quedaban dos días de rodaje, pero si van con esta velocidad para mañana terminarían todo.

—Mañana terminamos las tomas de apoyo —anunció Michael con una energía renovada—. ¡Buen trabajo hoy! ¡Esta película va a doler de la manera correcta!

Michael regresó a su oficina portátil. El peso de los 400 millones de dólares en Nueva York era una realidad, pero en este momento, lo único que le importaba era la perfección de ese plano. El Arquitecto había capturado el alma de su obra, y con Susan Sarandon, había dado a la audiencia una razón para luchar junto a su protagonista.

Set de “El Olvido”, San Francisco – 12 de Septiembre de 1995

El calendario original había marcado el 9 de septiembre como el final del camino, pero Michael Relish, en su búsqueda de la perfección absoluta, decidió extender el rodaje tres días más para pulir los matices de la secuencia del flashback. No era una cuestión de indecisión, sino de profundidad.

El ambiente en el set era de una quietud casi religiosa. El equipo sabía que hoy se grababa el corazón de la tragedia. Susan Sarandon estaba en posición, rodeada por las cuatro niñas que interpretaban a la protagonista y sus amigas en la infancia.

La cámara se deslizaba suavemente en un plano secuencia que rodeaba a Sarandon. Ella estaba sentada en el suelo de madera, con las niñas agrupadas a su alrededor. No era una escena de acción, era una escena de ideología. Michael quería que el público entendiera por qué la protagonista arriesgaría su vida años después: todo se reducía a las palabras de su madre.

—La justicia no es algo que te dan, niñas —decía Sarandon con una voz que mezclaba la ternura con una firmeza gélida—. La justicia es algo que tú reclamas cuando el mundo intenta volverse ciego. Si ves algo que está mal, y te callas, te vuelves parte de la oscuridad.

Michael observaba el monitor, fascinado por la interpretación. Sarandon no estaba simplemente actuando; estaba sembrando la semilla de la rebelión. Pero el tono de la escena cambió drásticamente cuando los “Hombres de Arriba”, los villanos corporativos que orquestaban el experimento de memoria, hicieron su entrada en la narrativa del flashback.

La tragedia de El Olvido radica en que la verdad es efímera. Michael dirigió la transición hacia el momento más oscuro: los antagonistas se dan cuenta de que no pueden simplemente eliminar a cinco personas sin levantar sospechas en la comunidad. Su solución es más perversa que el asesinato.

—Utilizaremos el prototipo en ese pueblito—decía el antagonista principal en la escena—. Limpiaremos sus mentes. Dejaremos que vivan, pero vivirán con una mentira grabada en sus huesos.

Michael capturó el horror en el rostro de Sarandon al darse cuenta de que sus hijas olvidarían su sacrificio, olvidarían su rostro y, lo más importante, olvidarían la justicia de la que acababan de hablar. Las niñas fueron llevadas a otra habitación, y en el silencio de la cocina, la madre fue ejecutada.

—¡Corten! —exclamó Michael.

El flashback terminaba ahí. La imagen de la madre siendo dejada de lado, descartada como un residuo de una operación de limpieza mental, era la imagen más poderosa de la película. Michael se levantó de su silla, el silencio en el set duró varios segundos antes de que él mismo empezara a aplaudir.

—¡Se acabó! —gritó Michael con una sonrisa que iluminó su rostro cansado—. ¡Damas y caballeros, hemos terminado las grabaciones de El Olvido! ¡Todo ha sido un éxito rotundo!

El estallido de júbilo fue inmediato. El equipo de rodaje, que había trabajado bajo la presión constante de la visión de Michael, se abrazaba y celebraba. Michael, sin embargo, ya estaba en modo operativo.

—¡Escuchen todos! —anunció Michael, elevando la voz sobre el ruido—. El 15 de septiembre tendremos la fiesta de despedida oficial. Quiero que todos descansen estos días. Pero ahora, equipo de logística, quiero que recojan todo. Carguen el equipo y las cintas. Todo debe ir directamente a la productora en Los Ángeles. Necesito el material ordenado para empezar la edición mañana mismo.

Michael regresó a su oficina portátil dentro del estudio. Aún conservaba ese espacio, lleno de guiones anotados y storyboards. Se sentó por un momento, disfrutando del silencio mientras afuera el equipo desmontaba las luces. La sensación de cierre era agridulce, pero el tiempo no era un lujo que Michael se permitiera.

Susan entró en la oficina con una carpeta llena de documentos. Ella también compartía el cansancio, pero su eficiencia no había disminuido.

—Felicidades, Michael. Has terminado una película imposible en un tiempo récord —dijo Susan, sentándose frente a él.

—Gracias, Susan. Pero no hay tiempo para celebraciones largas —Michael se frotó las sienes—. Necesito que comiences los preparativos solo la parte de los lugares de grabaciones para Get Out. Si mis cálculos son correctos, estaremos rodando desde diciembre hasta mediados de febrero.

Susan arqueó una ceja. —Es un ritmo suicida, Michael. Estarás editando El Olvido y en el momento del estreno sin descanso rodaras Get Out.

—Lo sé. Pero el objetivo es estrenar El Olvido a finales de noviembre o principios de diciembre para los premios. Si Fox se pone difícil y quiere moverla al próximo año, todavía tenemos margen para negociar, pero quiero que el material esté listo. Get Out es más pequeña, más contenida, pero requiere una atmósfera muy específica. Necesito que asegures las localizaciones y el casting secundario puedes hacerlo a principios de octubre.

Michael empezó a organizar sus notas sobre la mesa. La edición de El Olvido iba a ser una batalla contra el reloj.

—Quiero que hables con Dylan —continuó Michael—. Dile que ya puede empezar a filtrar a la prensa que El Olvido es algo “nunca antes visto”. Que use la actuación de Sarandon como cebo. Y asegúrate de que Marcus tenga los sistemas de edición digital configurados en la productora. No voy a usar métodos analógicos lentos. Vamos a editar esto con la tecnología más rápida que tengamos.

Susan asintió, tomando nota de cada instrucción. Sabía que cuando Michael entraba en este estado de hiper-productividad, lo mejor era despejar el camino.

—Me encargo de todo, Michael. Mañana a primera hora estaré con Fox para ver si quiere o no el olvido, y luego para asegurar la ventana de estreno y empezaré la pre-producción formal de Get Out.

Michael se quedó solo en la oficina un momento más. Miró a través de la ventana cómo el camión de las cintas de película salía del recinto. Treinta millones de dólares y el esfuerzo de cientos de personas estaban guardados en esas cajas de metal.

No era solo una película de suspenso; era su declaración de independencia. Si El Olvido triunfaba en noviembre, el golpe que recibió con Orion se convertiría en una anécdota irrelevante. Michael se puso su chaqueta, apagó las luces de su oficina y salió al aire fresco de San Francisco. La conquista de Hollywood seguía su curso, y aunque el rodaje había terminado, la verdadera guerra por el control del cine apenas estaba entrando en su fase más crítica.

—Noviembre —susurró Michael mientras caminaba hacia su coche—. El mundo no sabe lo que le espera.

San Francisco, Salón de Eventos del Hotel Fairmont – 15 de Septiembre de 1995

El ambiente en el gran salón del Fairmont era una mezcla de euforia y nostalgia. El equipo de El Olvido había pasado por un rodaje exigente, marcado por la obsesión de Michael por la perfección y los constantes rumores de la prensa sobre las finanzas del “Arquitecto”. Sin embargo, esa noche, nada de eso importaba. Las luces bajas, el sonido de las copas de cristal y una banda de jazz suave creaban el refugio perfecto para celebrar el fin de una era.

En mitad de la noche, Michael subió al pequeño escenario. No llevaba un traje formal, sino su habitual chaqueta de cuero oscura sobre una camisa impecable. Al verlo, el salón guardó un silencio absoluto. Su presencia, a pesar de su juventud, comandaba el respeto de veteranos de la industria.

—No voy a quitarles mucho tiempo, porque sé que han trabajado lo suficiente —comenzó Michael, con una sonrisa genuina—. Cuando empezamos este proyecto, muchos dijeron que era demasiado ambicioso para el tiempo que teníamos. Dijeron que una historia sobre cuatro mujeres y la pérdida de identidad era demasiado “oscura” para el mercado actual. Pero mirad a vuestro alrededor. Lo que hemos capturado en esas cintas no es solo una película; es una verdad.

Michael hizo una pausa, mirando a los ojos de sus técnicos, iluminadores y asistentes.

—Este negocio suele tratar sobre quién tiene el contrato más grande o quién sale en la portada de Variety. Pero para mí, este negocio trata sobre la gente que se queda hasta las tres de la mañana para que una luz sea perfecta. Ustedes son los cimientos de este proyecto. Gracias por creer en mi visión cuando ni siquiera yo sabía cómo explicarla del todo. El Olvido será un éxito por ustedes. ¡Salud!

El estallido de aplausos fue ensordecedor. Michael bajó del escenario, siendo interceptado por docenas de manos que querían estrechar la suya.

Lejos del bullicio principal, en un rincón más reservado, Michael se reunió con Elizabeth Banks y Cameron Diaz. Ambas lucían espectaculares y la complicidad entre los tres era evidente. A pesar de la complejidad de su relación poliamorosa, el respeto y el cariño mutuo habían sido el ancla de Michael durante el rodaje.

—Te ves cansado, Michael —dijo Elizabeth, acariciándole el brazo con suavidad—. Pero es un cansancio que te sienta bien.

—Lo estoy, Eli —admitió él, rodeando la cintura de ambas—. Pero verlas a ustedes aquí hace que todo valga la pena. Ha sido un rodaje largo.

Cameron le dio un beso rápido en la mejilla. —Lo has logrado, jefe. La película va a ser increíble. Pero te noto un poco distraído… ¿Estás pensando en Naomi?

Michael suspiró, asintiendo. —La extraño. Ha estado tan sumergida en su propio proyecto que apenas hemos podido hablar más de diez minutos seguidos. Me gustaría que estuviera aquí compartiendo esto.

—Ella está orgullosa de ti —dijo Cameron—. Y nosotras estamos aquí para cubrir su turno hoy. Disfruta de la fiesta, te lo has ganado.

Poco después, Michael se encontró conversando con Nicole Kidman, Susan Sarandon y Julianne Moore. Nicole, que había sido la columna vertebral de la película, tomó la palabra.

—Michael, queríamos decirte algo —dijo Nicole, sosteniendo su copa de vino—. Sabemos todo lo que se ha dicho en la prensa estas últimas semanas… lo de Orion, los rumores de que estabas perdiendo el control. Solo queremos que sepas que para nosotras ha sido un honor. Nada de lo que dicen esos tabloides es cierto sobre el set. Eres el director más respetuoso y brillante con el que he trabajado.

Susan Sarandon asintió con firmeza. —Tienes una ética de trabajo que ya no se ve, muchacho. Si alguna vez tienes otro proyecto donde necesites a una mujer fuerte, rebelde o simplemente alguien que quiera decir la verdad, llámame. No dudaré ni un segundo.

—Y a mí también —añadió Elizabeth, riendo—. Aunque ya sabes dónde encontrarme.

Michael se sintió profundamente conmovido. —No dudaré en llamarlas. Ustedes han elevado este guion a un nivel que yo solo soñaba. Gracias por confiar en mí.

Cerca de la medianoche, Dylan se acercó a Michael. El agente tenía esa mirada de “tengo algo grande entre manos”.

—Michael, perdón por interrumpir el momento —dijo Dylan, bajando la voz—. Pero he encontrado oro. Mañana, o en cuanto llegues a Los Ángeles, tienes que revisar los guiones y libros que traje. Hay dos en particular que creo que podemos comprar por una fracción de su valor real antes de que alguien más se dé cuenta. Si te gustan, cerramos el trato esta misma semana.

—Buen trabajo, Dylan. Mañana a primera hora estaré en la oficina —respondió Michael, palmeándole el hombro.

Susan, que estaba cerca conversando con unos productores de Fox, se unió al grupo. Michael aprovechó para preguntarle por lo que más le importaba después del cine.

—Susan, ¿cómo van las preparaciones para Get Out? ¿Y cómo está tu familia? ¿Cómo va tu hija? —preguntó Michael con interés genuino.

—La pre-producción de Get Out va sobre ruedas —respondió Susan con una sonrisa—. Y mi hija está muy bien, Michael. Sigue estudiando mucho, pero no se le quita de la cabeza lo de actuar. Está tomando algunas clases de interpretación y dice que espera que algún día su “tío Michael” le dé una oportunidad pequeña.

Cameron Diaz, que escuchaba la conversación, se entusiasmó. —¡Susan! Si ella quiere, yo puedo ayudarla. Puedo darle algunas clases de vez en cuando, contarle cómo fue mi experiencia empezando.

—Yo también —se sumó Elizabeth—. Entre las dos podemos prepararla para que cuando Michael le haga una audición, lo deje con la boca abierta.

Susan se mostró agradecida. —Eso sería maravilloso, chicas. Le hará mucha ilusión.

Michael observó el salón. Vio a sus editores discutiendo sobre cortes, a los técnicos riendo y a las estrellas relajadas. Era un ecosistema que él había creado. A pesar de los ataques de Harvey Weinstein, de las sombras de la CAA y de las presiones de Fox, él seguía siendo el eje sobre el que giraba todo ese talento.

—Disfruten de la noche —dijo Michael a su equipo cercano—. Porque a partir de mañana, el reloj empieza a correr de nuevo. Tenemos una película que editar y otra que empezar a rodar. El mundo cree que nos hemos detenido, pero solo estamos tomando aire.

Michael se quedó un momento más mirando el horizonte de San Francisco desde el ventanal del Fairmont. El 15 de septiembre marcaba el final de una etapa, pero en su mente, el estreno de noviembre y el rodaje de Get Out ya estaban proyectándose como si fueran realidad. El Arquitecto estaba listo para la siguiente fase del plan.

La fiesta continuó hasta altas horas de la madrugada, un oasis de éxito y camaradería antes de que Michael regresara a Los Ángeles para reclamar su lugar definitivo en la cima de Hollywood.

Sede de Fox R. Productions, Los Ángeles – 1 de Octubre de 1995

El mes de octubre comenzó con el sonido rítmico de las máquinas de edición y el aroma a café recién hecho en las oficinas de la productora. Michael Relish caminaba por los pasillos con una seguridad renovada. Había dejado atrás el set de San Francisco para sumergirse en la fase que él consideraba la “escritura final” de una película: el montaje.

Michael no había escatimado en recursos. Siguiendo su plan, había integrado al equipo de edición de Fox R. Productions con el editor estrella que Dylan había reclutado de forma independiente. Era una carrera contra el reloj para llegar a noviembre, pero Michael había establecido pautas tan precisas y un orden tan meticuloso que el equipo trabajaba como un reloj suizo.

—Quiero que el ritmo en el segundo acto sea asfixiante —le dijo Michael a su editor jefe mientras revisaban las primeras secuencias—. No corten por cortar. Quiero que el espectador sienta que está perdiendo la memoria junto a la protagonista.

Tras dejar las pautas claras estás dos semanas, Michael sabía que podía delegar. Pasaría de vez en cuando para supervisar los cortes finales, pero su mente ya estaba siendo reclamada por los números y el futuro de Omnisciente.

Esa misma mañana, Susan entró en su oficina privada con un sobre sellado que llevaba el logotipo de 20th Century Fox. Era el momento de la verdad financiera. The Shallows había terminado su recorrido principal en salas, y las cifras finales eran, sencillamente, históricas para una película de su presupuesto.

—Aquí tienes los datos oficiales del cierre de taquilla —dijo Susan, dejando el informe sobre el escritorio de Michael.

Michael leyó las cifras con una sonrisa contenida:

Recaudación Nacional (EE. UU.): $173,000,000

Recaudación Internacional: $168,000,000

Total Global: $341,000,000

El contrato de Michael, negociado con la agresividad de Dylan y la astucia de Susan cuando se vendió la productora, estipulaba que él recibiría el 10% de la recaudación total neta. Fox, cumpliendo con su parte y queriendo mantener contento a su “chico de oro” tras el roce por Orion, no solo le entregó sus 34.1 millones de dólares, sino que añadió una prima especial de 6 millones de dólares adicionales por “excelencia en la ejecución y superación de expectativas”.

—Cuarenta millones de dólares en un solo pago —murmuró Michael—. Nada mal.

Michael sacó su libreta personal donde llevaba la cuenta del “dinero de guerra”. Aunque tenía que pagar impuestos significativos por estos ingresos, el flujo de caja era impresionante.

—Después de los gastos de manutención y la operativa de estos meses, tengo unos 22 millones de dólares líquidos ahora mismo —calculó Michael—. Y Fox ya ha aprobado el presupuesto final devuelto de El Olvido, que son otros 26 millones que entrarán en nuestras cuentas en las próximas semanas.

—Eso nos daría un total de 48,095 millones de dólares líquidos, Michael —añadió Susan—. Sin contar los 400 millones que Arthur y Marcus están moviendo en Nueva York.

—tenemos un total de 148,095 millones que no lo utilizaremos por ahora —decidió Michael—. Los mantendremos como reserva operativa para Get Out si Fox se hace el difícil. Quiero que esa película se ruede con la tranquilidad de que no necesitamos pedirle un centavo a nadie si queremos cambiar algo a última hora.

Poco después de revisar las cuentas, Michael recibió a los hermanos Anthony y Joe Russo. Los jóvenes cineastas habían estado trabajando intensamente en el guion de su próximo gran proyecto bajo la tutela de Michael.

—Michael, hemos avanzado mucho —dijo Anthony Russo—. Para la próxima semana tendremos el borrador final listo para que lo leas de principio a fin. Creemos que la estructura de la historia es revolucionaria.

Michael asintió, pero su mirada estaba puesta más allá del papel.

—Está bien. Tómense el tiempo necesario para que cada diálogo sea perfecto —respondió Michael—. Pero quiero ser claro con los plazos. Si todo sale bien, no empezaremos a grabar este proyecto hasta 1997.

Joe Russo pareció sorprendido. —¿Por qué esperar tanto, Michael? Podríamos estar listos para el próximo año.

—Por el CGI —sentenció Michael—. He estado siguiendo los avances en Industrial Light & Magic y lo que estamos desarrollando en Omnisciente. El software de renderizado está mejorando exponencialmente cada seis meses. Lo que quiero para esta película es algo que hoy parece imposible. Si grabamos en el 97, la tecnología habrá madurado lo suficiente para que lo que mostremos en pantalla no parezca un dibujo animado, sino una realidad alternativa.

Michael se levantó y caminó hacia la ventana, mirando los estudios de Fox.

—No tengo prisa por estrenar solo por estrenar —explicó Michael—. El Olvido y Get Out mantendrán mi nombre en lo más alto este año y el próximo. Pero este proyecto con ustedes… quiero que sea revolucionario. Prefiero esperar y entregar una obra que cambie el cine para siempre, a apurarme y ser simplemente otra película con efectos especiales mediocres. La paciencia es nuestra mayor ventaja táctica ahora que tenemos el capital para permitirnosla.

Los Russo asintieron, entendiendo que Michael no solo estaba dirigiendo películas, sino que estaba diseñando el futuro de la industria.

—Entendido, Michael —dijo Joe—. Seguiremos puliendo el guion y trabajando con los artistas conceptuales. Cuando llegue el 97, estaremos listos para asombrar al mundo.

Cuando los Russo se marcharon, Michael se quedó a solas con sus pensamientos. Octubre sería un mes de transición. El dinero estaba fluyendo, la edición de El Olvido avanzaba y el comienzo de una nueva preproducción.

A pesar de los ataques externos, Michael se sentía más fuerte que nunca. Tenía el capital, tenía el equipo y, lo más importante, tenía el control. Hollywood pensaba que el éxito de The Shallows era el techo de Michael; él sabía que solo era el suelo sobre el que estaba construyendo su verdadera catedral.

—Que Fox celebre sus 300 millones —susurró Michael, guardando el cheque de 40 millones en su caja fuerte—. Yo me quedaré con el futuro.

La primera parte de este capítulo termina con Michael en una posición de poder absoluto, gestionando su riqueza con sabiduría y planificando una revolución tecnológica que nadie en la industria es capaz de prever todavía.

Oficinas de Omnisciente Global, Los Ángeles – 5 de Octubre de 1995

Michael Relish observaba las fotografías de casting extendidas sobre su mesa de roble. No buscaba simplemente actores; buscaba arquetipos que pudiera romper. Frente a él, Susan y Dylan esperaban su veredicto. La presión por el estreno de El Olvido en noviembre era constante, pero Michael ya estaba sumergido en la pre-producción de su próximo golpe: Get Out.

Michael tomó la fotografía de Jennifer Connelly. Su rostro, con esa mirada profunda y rasgos perfectos, parecía irradiar una inocencia casi divina.

—Jennifer es la clave —dijo Michael, mostrándoles la foto—. En esta ciudad, todos la ven como la ingenua belleza de Labyrinth o la chica de The Rocketeer. El público la ama. Confían en ella. Por eso, cuando el público vea que ella es la que entrega a Chris a su familia, el impacto será diez veces mayor que con cualquier otra actriz. Quiero que use su belleza como un arma de distracción.

Dylan asintió, anotando el nombre. —Está en un gran momento, Michael. Es respetada, pero aún no ha tenido ese papel que la defina como una actriz de carácter oscuro. Esto podría ser su pasaporte a los premios.

—Y para Chris, quiero a Taye Diggs —continuó Michael—. Tiene una energía nueva. No quiero a una estrella establecida que el público ya sepa cómo va a reaccionar. Quiero que la audiencia se sienta tan perdida como él en esa casa.

Susan revisó las cifras del presupuesto que Michael había bosquejado. Como siempre, Michael era eficiente.

—Cinco millones para la producción, Michael —comentó Susan—. Es una cifra pequeña comparada con lo que Fox está acostumbrado a manejar. Con los 148 millones que tenemos en cash, podrías pagar esta película tres veces sin despeinarte.

—Ese es el plan, Susan —respondió Michael con una chispa de ambición en los ojos—. Voy a financiar Get Out yo mismo a través de Omnisciente. No quiero que Fox meta mano en el guion. Es una película que toca temas raciales y sociales de una forma que pondrá nerviosos a los ejecutivos. Si ellos ponen el dinero, querrán suavizarla. Si yo pongo el dinero, la película será tan cruda y real como yo decida.

Michael sabía que, aunque financiara la película, necesitaba la maquinaria de Fox para que llegara a miles de cines.

—Dylan, quiero que hables con Joe Roth —ordenó Michael—. Dile que tengo mi próximo proyecto listo. Omnisciente financia el 100%. Fox se lleva una comisión de distribución y nosotros mantenemos los derechos de propiedad intelectual y el corte final. Ellos no arriesgan nada de capital, solo ponen su red. Es un trato que no pueden rechazar, especialmente después de que les hice ganar 341 millones con el tiburón que nadie tenía confianza.

—Se van a volver locos de alegría si no tienen que poner un dólar —rió Dylan—. Pero se pondrán nerviosos con el tema de la propiedad intelectual. Haré que firmen antes de que lean el guion completo.

Michael se recostó en su silla, mirando el storyboard de la escena de la hipnosis.

—Quiero que Kurt Russell y Sigourney Weaver sean los padres —añadió Michael—. Necesito actores que el público asocie con el heroísmo y la fuerza. Ver a Kurt Russell siendo un villano pasivo-agresivo y a Sigourney Weaver usando su autoridad para hundir la mente de un hombre… eso es lo que hará que la gente no pueda apartar la vista de la pantalla.

Susan anotó los nombres de Russell y Weaver. —Es un elenco de lujo para una película de 5 millones de dólares, Michael. Solo aceptarán si el guion es impecable.

—El guion es fuego, Susan —sentenció Michael—. Es el tipo de historia que la gente comentará durante meses. Es suspenso, es horror, pero sobre todo, es un espejo de la sociedad. Si tenemos suerte ganaremos premios.

Mientras hablaban, el sonido de un mensajero llegando a la oficina interrumpió la reunión. Era un paquete de la sala de edición de Fox R. Productions con el primer corte de las escenas de Susan Sarandon en El Olvido.

Michael lo tomó con calma. —Mañana revisaré esto. Susan, quiero que cierres los el casting de Jennifer y Taye para antes del 25 de octubre. Quiero saber si estoy seguro de ellos o no.

La determinación de Michael era contagiosa. A pesar de tener una fortuna líquida y el éxito de taquilla más grande del verano, no mostraba signos de querer descansar. Para él, el dinero era solo combustible para su verdadera adicción: crear realidades.

Antes de que Susan y Dylan se marcharan, Michael les dio una última instrucción.

—Mantengan esto en bajo perfil. No quiero que Harvey Weinstein o la CAA sepan que voy hacer una película para intentar ganar premios hasta que sea demasiado tarde para que intenten sabotearla. Digan que es un “pequeño proyecto experimental”. Que piensen que estoy perdiendo el tiempo mientras ellos se preparan para los Oscar.

Michael se quedó solo en la oficina, mirando la foto de Jennifer Connelly. En su mente, ya podía ver el reflejo de la luz en la taza de té de Sigourney Weaver y el terror en los ojos de Taye Diggs. El Arquitecto estaba a punto de construir una casa de la que nadie querría escapar.

Oficinas de Omnisciente Global, Los Ángeles – 6 de Octubre de 1995

La sala de conferencias de Omnisciente estaba impregnada del aroma a papel nuevo y tecnología de punta. Michael se encontraba sentado en la cabecera, flanqueado por sus pilares de confianza: Susan, su estratega financiera; Dylan, su agente de WMA; y Laura, su jefa de relaciones públicas y coordinación de talentos. Sobre la mesa, el borrador de Get Out descansaba como una granada sin anilla.

—Tenemos el capital, tenemos la infraestructura y tenemos el impulso —comenzó Michael, mirando a los tres—. Pero Get Out es diferente a The Shallows y El Olvido. Esta película vive o muere por la química de sus protagonistas y la capacidad de la audiencia para ser engañada. Quiero escuchar sus opciones antes de elegir cuando termine el casting de mis ideas.

Laura fue la primera en intervenir, extendiendo un sobre con fotografías de actores que habían estado destacando en el circuito independiente de Nueva York.

—Para el papel de Chris, yo sugiero a Cuba Gooding Jr. —dijo Laura con convicción—. Tiene una energía vibrante, es extremadamente simpático y el público lo adora. Su vulnerabilidad tras esa sonrisa sería perfecta para el horror que vive el personaje. Para Rose, creo que Reese Witherspoon sería ideal. Tiene esa imagen de “chica de al lado” que escondería perfectamente sus verdaderas intenciones.

Dylan negó con la cabeza, interviniendo con su habitual pragmatismo de agente que busca estrellas en ascenso.

—Cuba es demasiado conocido ya, Laura —objetó Dylan—. Necesitamos a alguien que se sienta como un extraño total en ese mundo de blancos aristocráticos. Yo propongo a Taye Diggs. Lo vi en unos talleres de teatro y tiene una presencia física imponente pero una mirada que proyecta una inteligencia alerta. Y para Rose… yo iría por Gwyneth Paltrow. Está en la cima después de Seven. Su frialdad natural es una ventaja competitiva aquí.

Susan, que siempre miraba el cine desde la perspectiva de la conexión emocional y el mercado internacional, dio su opinión.

—Yo discrepo un poco —dijo Susan—. Para Rose necesito a alguien que rompa el corazón de la audiencia cuando se revele la verdad. Sugiero como el jefe a Jennifer Connelly. Es etérea, casi intocable. El público no querría creer que ella es la villana. Y para Chris, me gusta la opción de Taye Diggs, pero deberíamos considerar también a un joven Will Smith si queremos asegurar taquilla, aunque sé que Michael prefiere rostros menos “viciados” por la comedia.

Michael escuchó en silencio, cruzando los dedos frente a su rostro. Las opciones eran sólidas, pero él ya tenía una visión clara en su mente, aunque no quería imponerla todavía.

—Todas son opciones excelentes —concluyó Michael—. Pero no vamos a decidirlo hoy por currículum. Laura y Susan, enviaran invitaciones para audiciones cerradas esta misma semana. Quiero ver a Taye Diggs frente a Jennifer Connelly. Quiero ver a Cuba también. Necesito ver quién tiene esa “chispa de paranoia” en los ojos. No quiero que sepan de qué trata la película exactamente, solo denles las páginas del “lugar hundido” y la escena de la cena. Veremos quién sobrevive a la prueba.

El tono de la reunión cambió cuando Dylan dejó caer una carpeta con informes de inteligencia de la industria.

—Michael, hay algo más. Harvey Weinstein está moviéndose de nuevo —dijo Dylan, su voz volviéndose más grave—. Según mis contactos en los niveles altos de Fox, Harvey ha estado teniendo cenas privadas con algunos miembros de la junta directiva. Está intentando convencerlos de que El Olvido es una película “problemática”, “demasiado intelectual” y que no tendrá mercado. Básicamente, está presionando para que Fox no estrene la película o, al menos, para que le den un estreno limitado que la hunda antes de los Oscar.

Susan apretó los labios. —Harvey tiene miedo. Sabe que si El Olvido sale con todo el apoyo de Fox, sus proyectos de Miramax tendrán una competencia feroz.

Michael no se inmutó. No hubo rastro de ira en su rostro, solo una fría observación.

—¿Y qué dice Fox? —preguntó Michael.

—Por ahora, Joe Roth y los ejecutivos principales se mantienen neutrales —respondió Laura—. Están esperando a que les enseñes el corte final de la película. Dicen que no tomarán una decisión basada en chismes, sino en el producto terminado. Pero la semilla de la duda que Harvey plantó está ahí.

Michael soltó una pequeña risa seca.

—Que Harvey siga gastando dinero en cenas —dijo Michael, levantándose de la silla—. No me importa si Fox la quiere o no. Si se acobardan por los susurros de un gordo acosador en Nueva York, encontraré a alguien más que la distribuya. Tenemos 148 millones en cash y otros cientos de millones trabajando en Nueva York. Podría comprar mi propia cadena de cines si fuera necesario. No dependemos de la aprobación de nadie para que mi visión llegue al público.

La seguridad de Michael dejó a los tres en silencio. Era la primera vez que Michael mencionaba de forma tan abierta que ya no necesitaba el sistema de estudios de la manera tradicional.

Tras cerrar la reunión y dar las instrucciones finales para las audiciones, Michael abandonó el edificio. El sol de Los Ángeles empezaba a descender, tiñendo el cielo de un color naranja eléctrico. Conducir hacia su casa era el único momento del día en el que Michael permitía que su mente bajara las revoluciones.

Al llegar, el silencio de su residencia fue el mejor recibimiento. Naomi estaba allí. Ella acababa de terminar el trabajo intenso en su propio proyecto y, por primera vez en semanas, ambos coincidían en un espacio libre de guiones, llamadas y presupuestos.

—Hola, Arquitecto —dijo en tono de broma Naomi, saliendo de la cocina con una sonrisa relajada —. Te ves como si hubieras estado peleando con leones todo el día.

Michael la rodeó con sus brazos, hundiendo el rostro en su cuello y aspirando su aroma. —Algo así. Harvey está intentando sabotear El Olvido y estamos montando el casting de Get Out. Lo de siempre en esta ciudad de locos.

—Bueno, hoy los locos se quedan afuera —sentenció Naomi, tomándolo de la mano—. No quiero oír hablar de taquillas ni de CGI por las próximas cuatro horas.

Se acomodaron en el gran sofá de la sala de estar. Michael se sintió hundirse en los cojines, sintiendo el peso de las últimas semanas finalmente liberándose de sus hombros. Naomi puso una película clásica en el reproductor —algo ligero, lejos de las complejidades que Michael solía dirigir— y se acurrucó contra él.

—Te extrañé, Michael —susurró ella, mientras las luces de la habitación se atenuaban—. Sé que estás construyendo un imperio, pero a veces parece que el imperio te está consumiendo.

—Estoy bien, Naomi —respondió él, acariciándole el cabello—. Momentos como este son los que me mantienen cuerdo. Ver cómo festejaba el equipo en San Francisco me hizo darme cuenta de que todo este esfuerzo tiene un sentido humano. No es solo por el dinero o el poder, es por la capacidad de crear algo que perdure, y lo que me gusta es contar historias.

Pasaron el resto de la noche así, en un silencio cómodo, viendo las imágenes parpadear en la pantalla. Michael, el hombre que manejaba millones y diseñaba el futuro del cine, en ese momento solo era un hombre disfrutando de la compañía de una las mujeres que quería en este nuevo mundo.

Esa paz era su recarga. Sabía que al día siguiente tendría que enfrentarse a los Russo para revisar el guion de matriz más tranquilo, supervisar los primeros cortes de edición y preparar las audiciones de Get Out dónde esos actores y actrices tendrían que demostrar que eran los elegidos. Pero por ahora, el mundo podía esperar. El Arquitecto estaba en casa.

Mientras Naomi dormía suavemente sobre su pecho, Michael miraba el techo, reflexionando sobre las palabras de Susan y Dylan. Harvey Weinstein era una molestia, pero también un recordatorio. Un recordatorio de que en Hollywood, la excelencia artística no siempre es suficiente; necesitas una armadura financiera.

—Ciento cuarenta y ocho millones de dólares —pensó Michael—. Suficiente para Get Out y para aguantar un asedio de Fox si deciden escuchar a Harvey, entonces tendría que comprar una empresa independiente.

Sabía que la próxima semana sería crucial. Si el guion final de los Russo era tan bueno como prometían, y si el casting de Get Out encajaba, 1996 y 1997 serían los años en que su futuro sería uno de los mejores. Con esa última idea, Michael finalmente cerró los ojos, dejando que el sueño lo reclamara antes de la tormenta que sabía que vendría en noviembre.

Los Ángeles, California – 7 de Octubre de 1995

El silencio en la oficina de Michael Relish era un silencio caro. Era el tipo de quietud que solo se encuentra en los epicentros de poder, donde las decisiones que se toman afectan a miles de personas y a millones de dólares. El aire acondicionado zumbaba suavemente mientras Michael cerraba la carpeta del guion que los hermanos Russo acababan de entregar.

Anthony y Joe Russo lo miraban con una mezcla de respeto y ansiedad. Para ellos, 1997 parecía una eternidad. En el Hollywood de los noventa, si tenías un guion listo, rodabas de inmediato. La idea de esperar un año y medio para que la tecnología “madurara” era algo que solo un visionario —o un loco— propondría.

—Michael, entendemos lo del CGI —dijo Anthony Russo, rompiendo el silencio—, pero ¿marzo de 1997? Para entonces, el panorama del cine podría haber cambiado por completo.

Michael se levantó y caminó hacia la ventana que daba a Century City. Observó las grúas de construcción y el tráfico incesante.

—Ese es el problema, Anthony. Ustedes ven el cine como una carrera de cien metros. Yo lo veo como arquitectura —Michael se giró, con los ojos brillando con una intensidad fría—. Si rodamos ahora, tendremos una película con efectos que se verán viejos en cinco años. Si esperamos a marzo de 1997, aprovecharemos el nuevo software de renderizado que Omnisciente o cualquier empresa de efectos visuales madura. Quiero que la gente no se pregunte “cómo hicieron ese truco”, sino que acepten la imagen como una realidad física. Tranquilos. Usen este tiempo para pulir cada coma. Quiero que el guion sea a prueba de balas.

Los Russo, aunque impacientes, asintieron. Habían aprendido que discutir con Michael era como discutir con la gravedad: podías intentarlo, pero al final, su lógica siempre se imponía.

Al salir de su oficina, Michael se dirigió a las salas de post-producción de Fox R. Productions. El pasillo estaba flanqueado por pósteres de éxitos pasados de Fox, pero él solo tenía ojos para la puerta doble que conducía a la sala de edición digital. Allí lo esperaba el editor que Dylan había traído, un hombre con dedos ágiles y una paciencia infinita.

La sala estaba en penumbra. Michael se sentó en la silla de cuero detrás del editor, observando las tomas de Susan Sarandon que acababan de ser procesadas.

—Muéstrame la secuencia del escape de nuevo —ordenó Michael.

La imagen apareció en el monitor de alta resolución. Susan Sarandon, con una expresión que mezclaba la ferocidad de una loba con la ternura de una madre, miraba hacia la cámara. La luz de la tormenta artificial creaba sombras dramáticas en su rostro.

—Aquí —Michael señaló la pantalla—. Corta tres fotogramas antes de que ella parpadee. Necesito que el espectador quede atrapado en su mirada. En esta película, el tiempo debe sentirse elástico. El recuerdo debe doler.

El editor hizo el ajuste. El cambio fue sutil para un ojo inexperto, pero para Michael, cambió la nota emocional de toda la escena.

—Estamos yendo rápido, Michael —comentó el editor—. A este ritmo, para finales de octubre tendremos el corte final bloqueado. Fox no va a creer que hayamos terminado una producción de este calibre en tan poco tiempo.

—La velocidad es nuestra mejor defensa contra cualquier loco que quiera desafiarnos—murmuró Michael—. Cuanto antes esté terminada, menos tiempo tendrá él para envenenar los oídos de los ejecutivos. Mantengan este ritmo. No sacrifiquen ni un píxel de calidad, pero no se detengan.

De regreso en su oficina privada, Michael cerró la puerta con llave. Necesitaba un momento para él, lejos de las finanzas de Susan y las ambiciones de Dylan. Se sentó en su escritorio y abrió un cajón oculto. De él sacó una libreta de tapa dura, completamente en blanco.

Tomó su pluma estilográfica y, con un pulso firme, escribió en la primera página: FASE 1 X-MEN.

Michael sabía que estaba entrando en un terreno peligroso. Marvel Comics era un gigante herido, sangrando por su propia crisis de cómics. Pero Michael, con su conocimiento del futuro, sabía algo que nadie más en Hollywood sospechaba: el cine de superhéroes iba a convertirse en la moneda de cambio del siglo XXI.

No quería tocar los 400 millones que estaban en Nueva York; ese dinero era su seguro de vida, su “fondo de conquista” para el año 2000. Pero tenía los 148 millones de liquidez.

“No es suficiente para comprar Marvel”, pensó Michael, mientras empezaba a esbozar el primer borrador. “Pero es suficiente para empezar a escribir la historia que nadie más puede contar ya que Michael ya tiene un 75% de IP de marvel”.

Empezó a escribir sobre los X-Men. No de los protagonistas de los cómics, sino un joven desconocido que de las pautas para inicie los simientos del grupo y villanos que se sintiera real en los noventa. Un chico secuestrado por el gobierno. Visualizó como tendría que presentar a los mutantes. No un gran villano todavia.

—La decadencia del gobieno —susurró Michael para sí mismo mientras escribía—. Ese es el tema.

Un golpe en la puerta lo sacó de su trance creativo. Michael ocultó la libreta rápidamente antes de dejar pasar a Susan. Ella traía una carpeta con los presupuestos actualizados para el inicio de Get Out.

—Michael, estamos listos para arrancar —dijo Susan, sentándose frente a él—. El casting comienza la próxima semana. He reservado los estudios de audición y ya tenemos a los directores de casting filtrando a los primeros candidatos. Vas a estar muy ocupado, y yo también.

Michael asintió, recuperando su máscara de magnate del cine. —Bien. Quiero que estés presente en cada audición importante, Susan. No solo quiero talento, quiero personas que puedan manejar la presión de un rodaje.

—¿Y qué hay de Dylan? —preguntó ella—. Me ha estado llamando para saber si puede meter a sus clientes de WMA.

Michael suspiró. Conocía el juego. —Dile a Dylan que puede enviar a quien quiera. Pero sé clara con él: aquí no hay favores. Si su mejor cliente no da la nota en la audición, no entrará en la película. No me importa si es el actor más popular de su agencia. Get Out necesita autenticidad, no nombres en un contrato por lealtad.

Susan sonrió. Sabía que esa honestidad brutal era lo que hacía que Michael fuera diferente. —Se lo diré. Aunque ya sabes cómo se pone Dylan cuando siente que no tiene el control.

—El control de esta película es mío —sentenció Michael—. Dylan puede usar su influencia para traernos el material, pero el arte es terreno del que busco.

Cuando Susan se retiró, Michael se quedó mirando la oficina vacía. Se sentía como un general dirigiendo varios frentes de batalla a la vez. Tenía a los editores terminando El Olvido, a los Russo puliendo el futuro de 1997, a Susan preparando Get Out, y a él mismo, en la soledad de su escritorio, soñando con los mutantes.

Miró el reloj. Eran casi las ocho de la noche. Su mente estaba exhausta, pero su espíritu estaba encendido. Se dio cuenta de que lo que estaba haciendo era mucho más que dirigir películas. Estaba diseñando un ecosistema donde la tecnología, el dinero y la narrativa convergían en un solo punto.

—1997 será el año del cambio —pensó Michael—. Pero 1995 será el año en que pusimos los cimientos.

Regresó a su libreta de X-men. Escribió una última línea en el borrador antes de guardarla: “El mundo aún no está listo para la verdad, pero nosotros estaremos listos para contarla”.

Michael tomó su chaqueta y apagó las luces de la oficina. Al salir, pasó por la sala de edición una última vez. El brillo de los monitores seguía allí, con el equipo trabajando incansablemente. Esa era su productora: Fox R. Productions, el lugar donde sus sueños se convertían en fotogramas de 35mm.

Mientras caminaba hacia el estacionamiento, el aire fresco de la noche de Los Ángeles lo golpeó. Sabía que al día siguiente las el comienzo deas audiciones de actores y actrices que marcarían el inicio de un nuevo viaje. Pero por esa noche, Michael estaba satisfecho. El plan estaba en marcha, el dinero estaba fluyendo y el futuro, por primera vez en mucho tiempo, parecía estar completamente bajo su control.

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Ojalá le guste está historia. Intentaré subir dos capitulo por semana (se me daño la laptop y con el celular me demoro mucho mientras escribo, investigo ordenó y arreglo), si les gusta comenten, like si te gusta. (Este es el segundo capitulo)

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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