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En Hollywood. - Capítulo 54

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Capítulo 54: Capítulo 53

Capítulo 53 – Problemas

Una vez que las actrices salieron de la sala, Michael se acercó al grupo que lo esperaba en un rincón: Naomi Watts, Elizabeth Banks y Cameron Díaz. Ellas habían estado allí como apoyo moral y como primer público de prueba, y sus rostros aunque reflejaban una mezcla de orgullo y asombro, Michael paso por algo un brillo en los ojos de ellas.

—Vayan yendo a la casa —les pidió Michael, dándole un beso tierno a Naomi en la frente—. Necesito que me esperen allá para descansar de verdad. Ha sido un día largo y mi cerebro necesita apagarse un rato antes de que el sol vuelva a salir.

—No vienes ahora? —preguntó Cameron, todavía con la adrenalina de la película en el cuerpo—. ¡Esa película fue una locura, Michael! Tenemos mil preguntas.

—Tengo una última reunión de negocios con el equipo principal —respondió Michael con una sonrisa cansada—. Prometo no tardar. En un par de horas estaré con ustedes para que podamos celebrar que esto ya está fuera de mis manos.

Naomi, que conoció perfectamente la mirada de Michael cuando estaba en “modo estratégico”, avanzando y se llevó a Elizabeth y Cameron hacia la salida. Sabía que cuando Michael decía que tenía una reunión, era porque las piezas del siguiente tablero ya se estaban moviendo.

Michael se quedó solo con Susan, Dylan, Eleonor y Laura. La atmósfera en la sala cambió instantáneamente de lo artístico a lo ejecutivo. Michael caminó hacia la mesa donde descansaba la cinta maestra del corte final.

—Laura, mañana a primera hora envías esta cinta a Fox —ordenó Michael, señalando el casete—. Que los ejecutivos la vean y entiendan que eh cumplido. No quiero que le toque ni un solo fotograma. Si tienen dudas, que me llamen directamente.

—Estarán encantados, Michael —dijo Dylan, frotándose las manos—. Después de esto, Fox no va a tener dudas de que Fox R. Productions es su gallina de los huevos de oro.

Michael se sentó en la cabecera de la mesa y entrelazó los dedos.

—Ahora, blemos de lo que nos ocupa: Get Out. El casting ha avanzado lento, pero ya ha tomado decisiones definitivas. No quiero más experimentos. He visto a muchos candidatos, pero necesito que la química sea perfecta.

Michael miró fijamente a Susan.

—El protagonista es Taye Diggs. Él tiene esa mezcla de inteligencia y vulnerabilidad que Chris Washington necesita. Y para Rose, la elegida es Jennifer Connelly. He visto su prueba de química y es exactamente lo que busco: alguien que parece el ideal de inocencia pero que pueda sostener el giro final de la película sin pestañear.

—Jennifer es una gran elección —asintió Dylan—. Su perfil está subiendo mucho y esto la consolidará.

—Lo que fue fácil —continuó Michael— fue elegir a los padres. Quiero que negocien de inmediato con Sigourney Weaver para la madre (Missy) y con Kurt Russell para el padre (Dean). Ambos tienen ese aura de respetabilidad que necesitamos para que el público no sospeche nada hasta que sea demasiado tarde. Ofrezcan un máximo de 2 millones de dólares a cada uno. Sé que es mucho para una película de este presupuesto, pero su presencia es lo que dará peso al film.

Susan Davies empezó a anotar los números en su libreta, frunciendo ligeramente el ceño.

—Michael, si sumamos los 4 millones de los padres, más lo que pedirá Jennifer y el contrato de Taye… se nos está yendo la mitad del presupuesto de 8 millones que teníamos planeado solo en el casting principal.

—Lo sé —interrumpió Michael con calma—. Y para Rod Williams, quiero a Chris Rock. Su contrato no debe pasar de los 500 mil dólares. Es una apuesta segura para el alivio cómico.

Michael se reclinó en su silla, observando su equipo con determinación.

—Él decidió que para tener una película de la calidad, no podemos escatimar. Voy a subir el presupuesto total a 12 millones de dólares. Quiero que gastemos 9 millones exclusivamente en el casting. Quiero que cada personaje, hasta el más pequeño, se sienta real y perturbador. Los otros 3 millones serán suficientes para la producción física. La película ocurre casi toda en una sola casa, así que con 3 millones podemos hacer que esa casa sea visualmente impecable y técnicamente perfecta.

Dylan silbó bajito. —Un 80% gastado en el casting para una película de terror… Estás rompiendo todas las reglas de Hollywood, Michael. Pero eso es lo que haces.

Laura, que había estado escuchando atentamente mientras revisaba los contratos, cerró su carpeta y miró a Michael con curiosidad.

—Todo está claro, Michael. Mañana mismo empezamos las llamadas con los agentes de Sigourney y Kurt. Pero dime algo… —hizo una pausa—, siempre que cierras un proyecto así de rápido, es porque ya tienes el siguiente en la cabeza. ¿Hay alguna historia nueva? ¿Algún borrador que deba empezar a registrar?

Michael sintió por un instante el peso de la libreta que tenía en su oficina privada, aquella donde el nombre de Spider-Man y X-Men empezaba a cobrar vida entre dibujos y notas sobre el futuro del CGI. Sabía que esa era una batalla para otro año, una que requeriría mucho más que 12 millones.

—Todavía no, Laura —respondió Michael con una expresión enigmática, levantándose de la silla—. Por ahora, mi única historia es asegurar que OBLIVION sea el éxito que las chicas se merecen y que Get Out se convierta en la conversación habitual de América. Ya habrá tiempo para nuevas ficciones.

Michael salió de la sala, dejando a su equipo con una lista de tareas que mantendría a la industria hablando durante meses. Mientras caminaba hacia el estacionamiento, bajo el cielo nocturno de Halloween, el Arquitecto sabía que los cimientos de su imperio estaban más firmes que nunca.

Sede de 20th Century Fox, Century City – 23 de Octubre de 1995

Mientras Michael Relish conducía hacia su casa, una maleta negra cruzaba los controles de seguridad de Century City. Eleonor, con la puntualidad de un reloj suizo y la seriedad que el encargo merecía, entregó la cinta maestra de El Olvido (Oblivion) ​​en las oficinas de los altos mandos de Fox.

La orden de Michael había sido clara: “Que la vean hoy mismo”.

En la sala de proyecciones principal de Fox, el ambiente era de una curiosidad teñida de escepticismo. Joe, uno de los jefes de distribución y producción, se sentó junto a su equipo de analistas. Para ellos, El Olvido había sido un proyecto “extraño” desde su concepción. En una era dominada por la testosterona de Braveheart o la acción técnica de Apollo 13, una película de suspenso psicológico con un elenco casi íntegramente femenino era vista como un riesgo innecesario.

—Michael ha tenido una racha increíble —comentó uno de los ejecutivos mientras las luces bajaban—, pero esto suena a proyecto de vanidad. Elizabeth Banks, Nicole Kidman, Susan Sarandon, Julianne Moore… es mucho talento, pero ¿hay público para esto? El mercado de los 90 es cruel con las historias que no tienen una explosión cada veinte minutos.

Joe solo ascendió, cruzando los brazos. —Michael dice que es su mejor trabajo hasta la fecha. Veamos si el “Arquitecto” ha construido un rascacielos o un castillo de naipes.

La proyección. Durante los primeros quince minutos, el silencio en la sala era el habitual de los ejecutivos analizando presupuestos. Pero a medida que la narrativa fracturada de Elena (Elizabeth) empezó a entrelazarse con los flashbacks fantasmales de su madre (Sarandon), el lenguaje corporal en la sala cambió. Ya nadie tomaba notas. Todos estaban inclinados hacia adelante.

La edición agresiva de Michael, los “flash-frames” que sugerían una realidad manipulada y la banda sonora inquietante crearon una atmósfera de asfixia que traspasó la pantalla. Cuando la película llegó a su clímax, con la revelación del cuaderno de Emma y la conspiración farmacéutica, el aire en la sala se sentía pesado.

Cuando los créditos finales rodaron con la música minimalista que Michael había supervisado, nadie se movió por casi un minuto completo.

Joe fue el primero en romper el silencio. Se levantó y caminó hacia la pantalla, mirando el brillo blanco que quedaba tras el final de la cinta.

—Señores —dijo Joe, con la voz cargada de una emoción que rara vez mostraba—, creo que acabamos de subestimar a la gallina de huevos de oro. Esta no es una “película de mujeres”. Es un thriller conspiranoico que hace que El silencio de los inocentes parezca un cuento de hadas.

—La actuación de Elizabeth y Nicole es… —otro ejecutivo buscó la palabra— astronómica. Si hacemos el marketing correcto, no estamos hablando solo de taquilla. Estamos hablando de la temporada de premios.

—Totalmente de acuerdo —intervino una de las analistas de marketing—. Si posicionamos esto como un evento intelectual, como el suspenso del nuevo milenio, podemos ir por el Guion Original y, sin duda, por Actriz de Reparto para Susan Sarandon o Julianne Moore. Es oro puro.

El consenso fue unánime. Lo que empezó como una duda se convirtió en un fervor casi religioso. Habían visto algo que se sentía fresco, inteligente y, sobre todo, increíblemente comercial a pesar de su complejidad.

Inmediatamente después de la reunión, Joe tomó el teléfono y marcó el número de Susan Davies.

—Susan? Soy Joe, de Fox. Acabamos de salir de la sala de proyección —dijo, sin preámbulos—. Escúchame bien: dile a Michael que lo feliz. Ha hecho una película jodidamente buena. Es excepcional. Teníamos nuestras dudas por el enfoque del elenco, pero el resultado final nos ha dejado sin palabras. Tenemos pensado ir a por todas en la temporada de premios.

Al otro lado de la línea, Susan Davies escuchó, sabiendo que Michael ya había previsto esta reacción. —Me alegra que lo veas así, Joe. Michael también estaba convencido de ello. De hecho, me pidió que te transmitiera sus objetivos para la campaña de premios.

—Soy todos los oídos —respondió Joe, sacando una pluma para anotar.

—Michael quiere que Fox apunte a cuatro categorías principales —explicó Susan con firmeza—. Primero, Mejor Actriz Principal para Elizabeth. Su transformación es el motor de la película. Segundo, Mejor Actriz de Reparto; Él cree que tanto Susan Sarandon como Nicole Kidman tienen actuaciones que merecen el reconocimiento, aunque sabemos que Sarandon tiene más peso histórico. Tercero, Mejor Guion Original, por la estructura innovadora. Y cuarto, Mejor Película.

Joe hizo una pausa, procesando la ambición de Michael. —Susan, sé que Michael es ambicioso, y Elizabeth está increíble… pero Mejor Actriz Principal es una categoría muy reñida este año.

—Él confía en el material, Joe —replicó Susan—. Y tú también deberías.

Joe suspir, pero con una sonrisa. —Está bien. Haremos el intento en las cuatro. Sin embargo, te soy sincero: vemos oportunidades masivas y casi seguras en Guion y Actriz de Reparto. La industria adora este tipo de giros narrativos ya Susan Sarandon siempre la recibe con los brazos abiertos. Pero no te preocupes, pondremos toda la maquinaria de Fox a trabajar. Esto es bueno para nosotros, y es jodidamente bueno para Michael.

Susan colgó el teléfono y miró a su equipo. La validación de Fox era el último sello que necesitaban para saber que El Olvido no sería solo una película de culto, sino un fenómeno cultural.

Mientras tanto, en la casa de Michael, la noticia llegaba a través de un mensaje de su asistente. Michael, sentado en la terraza bajo las estrellas, leyó el reporte de Susan sobre la llamada de Joe.

“Mejor Película, Guion, Principal y Reparto”, pensó Michael, dejando el teléfono sobre la mesa. “Fox cree que el Guion y el Reparto son más fáciles. No entienden que para cuando termine la campaña de marketing que tengo diseñada, Elizabeth será la única opción lógica para la estatuilla dorada”.

Naomi se acercó a él, entregándole una copa de vino. —¿Todo bien en la oficina?

—Mejor que bien —respondió Michael, rodeándola con el brazo—. Fox finalmente ha visto la luz. Ahora saben que no solo hacemos películas; Estamos definiendo el estándar de lo que el público recordará de los años 90.

Michael cerró los ojos por un momento, disfrutando del silencio de la noche. Sabía que las negociaciones por Get Out comenzarían mañana, que los agentes de Sigourney Weaver y Kurt Russell estarían ansiosos por subirse al barco de un director que acababa de entregar una obra maestra, y que su camino hacia el año 2000 estaba más despejado que nunca. El Arquitecto había vuelto a ganar, y esta vez, el premio no era solo dinero, sino la inmortalidad artística.

Oficinas de la William Morris Agency (WMA) y Restaurante “The Ivy”, Beverly Hills – 24 de Octubre de 1995

Apenas el sol despuntó sobre las colinas de Hollywood, la maquinaria ya estaba en marcha. Susan Davies, con su maletín lleno de proyecciones financieras, y Dylan, cuya agenda de contactos era el mapa del tesoro de la industria, no perdió tiempo. La llamada de Fox confirmando la calidad de El Olvido les había dado el “impulso” necesario. Ahora, el objetivo era cerrar a la realización de Hollywood para Get Out.

Dylan se puso en contacto con sus mayores de William Morris Agency (WMA) para localizar a los representantes de Sigourney Weaver y Kurt Russell. En el Hollywood de los 90, las negociaciones no se hacían solo por teléfono; se hacían cara a cara, con café amargo y una tensión que se podía cortar con un cuchillo.

Susan y Dylan entraron en el imponente edificio de WMA. Allí los esperaban Arthur Milton, representante de Sigourney Weaver, y Marcus Vane, el hombre que gestionaba la carrera de Kurt Russell. Ambos eran agentes de la “vieja escuela”: tipos que no se impresionaban fácilmente y que protegían el valor de sus clientes con ferocidad.

Se reunirá en una sala de juntas privadas. Sobre la mesa no había guiones, sino la reputación de Michael Relish.

—Michael ha vuelto a hacerlo mayor—comenzó Dylan, rompiendo el hielo con una confianza ensayada—. Fox ya ha visto el corte final de Oblivion y están moviendo cielo y tierra para los Oscar. Elizabeth Banks es una apuesta fija. Sigourney y Kurt tienen la oportunidad de entrar en el próximo gran fenómeno del Arquitecto.

Arthur Milton se reclinó en su silla, ajustándose la corbata de seda. —Sabemos quién es Michael, Dylan. Pero Sigourney viene de Copycat y tiene ofertas de estudios grandes que superan los 4 millones por papel. ¿Por qué debería considerar una película de “horror social” de presupuesto medio?

Susan Davies tomó la palabra, desplegando su tono más profesional y gelido. Sabía que aquí se ganaba o se perdía la película.

—Arthur, Marcus… seamos realistas —dijo Susan—. Sigourney no necesita solo dinero, necesita relevancia artística en un género que ella misma ayudó a definir. Kurt, por su parte, está en un momento donde puede elegir entre ser un héroe de acción genérico o ser el villano más sofisticado de la década. Michael ha diseñado los papeles de Dean y Missy Armitage específicamente para ellos.

—Hablemos de números —intervino Marcus Vane, el agente de Kurt—. Kurt Russell no se levanta de la cama por menos de 3,5 millones. Es una estrella de primer nivel. Pedirle que sea el padre en una película de 12 millones suena a descuento de caridad.

Dylan sonoro, lanzando su ataque. —No es caridad, Marcus. Es participación en la historia. Michael ha asignado un presupuesto de casting de 9 millones. Eso es casi el 75% de la producción total. Estamos poniendo el dinero donde están las caras. Ofrecemos 2 millones de dólares netos por cada uno.

La cifra cayó en la sala como una losa. Arthur y Marcus se miraron. Para ellos, 2 millones de dólares para actores de ese calibre en una película de suspenso era una oferta seria, pero “baja” según los estándares de las grandes superproducciones de verano.

—Es una oferta insuficiente —sentencia Arthur—. Sigourney es una institución. No podemos aceptar 2 millones cuando el mercado está pagando el doble.

—El mercado paga el doble por películas que el público olvida al mes siguiente —replicó Susan sin pestañear—. Michael Relish ofrece inmortalidad y, muy probablemente, una invitación a los Globos de Oro. Además, el rodaje será de apenas cuatro semanas para ellos. Es un sueldo de 2 millones por un mes de trabajo en una ubicación cómoda. Es eficiencia pura.

La discusión se volvió técnica. Los agentes intentaron pedir puntos de “backend” (porcentaje de taquilla), pero Susan fue firme siguiendo las instrucciones de Michael: el presupuesto era de 12 millones y no se moverían de ahí.

—Entiendan esto —dijo Dylan, bajando la voz—. Michael no está buscando “opciones”. Él ya los visualizó en la pantalla. Si acepta hoy, el contrato se firma mañana y el dinero estará en una cuenta de depósito en garantía antes de que termine la semana. Sin esperas, sin reescrituras de guion por parte del estudio, sin interferencias. Es cine puro bajo el sello del Arquitecto.

Tras dos horas de debate intenso, donde se discutieron desde las cláusulas de las caravanas de rodaje hasta el orden de los nombres en los créditos, los agentes empezaron a ceder. La sombra del éxito de Speed, The Shallows y los rumores sobre la brillantez de El Olvido eran armas demasiado poderosas en manos de Susan y Dylan.

—Está bien —dijo finalmente Marcus Vane, cerrando su libreta—. Presentaré la oferta de 2 millones a Kurt. Le diré que es un proyecto de prestigio con el director más caliente de la ciudad. Pero no prometo nada hasta que él lea el guion completo y pueda con Michael.

—Lo mismo para Sigourney —añadió Arthur—. Ella valora mucho la visión del director. Si Michael le asegura que Missy Armitage será un personaje que deje huella, los 2 millones serán aceptables dada la brevedad del rodaje. Pero necesito ese guion en mi oficina en una hora.

Susan Davies asintió, manteniendo su expresión impasible a pesar del triunfo interno. —El guion llegará en treinta minutos. Y diganles esto: Michael no busca actores, busca cómplices para cambiar el cine de terror.

Susan y Dylan salieron del edificio de WMA y caminaron hacia su coche bajo el sol de mediodía de Beverly Hills. Una vez dentro, Dylan soltó un suspiro de alivio.

—Eso fue intenso, Susan. Por un momento pensé que Marcus iba a pedir los 3 millones y medio sí o sí.

—Ellos saben dónde está el futuro, Dylan —respondió Susan, mirando por la ventana—. Saben que trabajar con Michael hoy es mejor que un cheque de 5 millones de un estudio moribundo mañana.

Susan tomó su teléfono móvil para llamar a Michael. Al otro lado, el director contestó casi al primer tono.

—Dime que los tenemos —dijo la voz de Michael, calmada pero expectante.

—Las negociaciones han sido duras, Michael —explicó Susan—. Pidieron más, como era de esperar. Pero nos mantuvimos firmes en los 2 millones para cada uno. Los agentes están convencidos y van a presentar la oferta como una oportunidad de “prestigio”. Si el guion les gusta la mitad de lo que nos gusta a nosotros, los contratos serán firmados el lunes.

—Excelente trabajo, Susan. Dylan, gracias por los contactos —respondió Michael—. Ahora, asegúrate de que Chris Rock también reciba su oferta. No quiero que nada quede al azar. Tenemos un presupuesto de 12 millones y un elenco que vale el triple. El mundo no va a saber qué los golpearon cuando ven a Sigourney Weaver haciendo hipnosis en la gran pantalla.

Michael Colgó. Susan y Dylan se miraron con una sonrisa. El “Arquitecto” había vuelto a mover las piezas con éxito. El casting de Get Out ya no era un sueño; era una realidad inminente que estaba a punto de sacudir los cimientos de Hollywood.

Oficinas temporales de Omnisciente Global – 28 de Octubre de 1995

El éxito suele ser una lente que distorsiona la visión, y Michael Relish estaba comenzando a experimentar los puntos ciegos de su propio imperio. A medida que se acercaba el 25 de noviembre, la fecha del estreno mundial de El Olvido, el Arquitecto debería haber estado celebrando. Sin embargo, los cimientos de su próximo proyecto, Get Out, acababan de recibir el primer golpe directo.

Susan Davies entró en la oficina de Michael sin llamar, con una expresión que Michael aprendió a identificar como “malas noticias legales”.

—Tenemos un problema con Jennifer —soltó Susan, dejando un informe sobre el escritorio—. Su agente acaba de llamar. Jennifer está totalmente comprometida con Inventing the Abbotts (Círculo de pasiones). El calendario de ensayos se ha adelantado y el estudio no está dispuesto a compartirla. Se está preparando intensamente para ese papel y su agente dice que, básicamente, no tiene tiempo para nada más que no sea respirar ese guion.

Michael se frotó las sienes. Había dado por hecho que la química de la audición cerraría el trato, pero olvidó que en el Hollywood, los estudios grandes todavía tenían contratos de exclusividad que podían asfixiar a las producciones independientes.

—¿No pueden mover sus fechas? —preguntó Michael, aunque ya sabía la respuesta.

-No. Fox y los productores de Abbotts tienen prioridad. Estamos fuera, Michael. Rose Armitage vuelve a ser un espacio en blanco en nuestro tablero.

Esa noche, Michael regresó a su casa más tarde de lo habitual. El silencio de la residencia era denso. Mientras caminaba por el pasillo hacia la terraza, escuchaba voces bajas provenientes de la cocina. Eran Noemí y Elizabeth. Michael se detuvo, no por desconfianza, sino por una extraña intuición.

—… a veces siento que solo somos nombres en su lista de tareas —decía la voz de Naomi, cargada de una tristeza que Michael no había detectado—. Nos dio papeles increíbles en Speed, The Shallows y en El Olvido, pero ¿has notado cómo nos mira últimamente? Es como si estuviera calculando nuestro valor de mercado en lugar de vernos a nosotras.

—Lo sé —respondió Elizabeth con un suspiro—. Ayer intenté hablarle de un libro de terror que estoy leyendo y él simplemente avanzó mientras revisaba los presupuestos de Get Out. Me ha ayudado mucho, todas le debemos nuestras carreras actuales, nosotras decidimos tener algo con el, pero no quiero ser solo una “pieza” de su imperio. Necesito un compañero, no un director que viva conmigo.

Michael sintió un frío arrepentido en el pecho. Se dio cuenta de que, en su prisa por construir el futuro, había dejado de lado el presente. Había asumido que su amor se demostraba a través del éxito que les otorgaba, olvidando que la atención y el afecto no se pueden delegar en contratos ni en premios. Estaba ganando Hollywood, pero estaba perdiendo el hogar.

Para rematar la semana, Michael se reunió con el equipo de su división editorial. Lo que antes era un hervidero de ideas sobre Ben y Dexter y el nuevo universo, ahora se sentía… lento.

Los editores presentaron las cifras de ventas y los nuevos bocetos. No estaban mal, eran sólidos, pero faltaba la “chispa” de urgencia que Michael había inyectado al principio.

—Las ventas se han estabilizado, Michael —explicó uno de los creativos—. Pero el público está empezando a acostumbrarse al ritmo. Ya no hay esa emoción de “lo nunca visto”. Estamos operando de forma normal, pero sin el fuego de los primeros meses.

Michael miró los dibujos de Rex y Kim. Se dio cuenta de que su propia distracción con el cine había filtrado una sensación de apatía hacia sus otros proyectos. El Arquitecto estaba intentando sostener demasiados puentes a la vez, y el hormigón de algunos estaba empezando a agrietarse porque él no estaba allí para supervisar el secado.

—He ido demasiado rápido —murmuró Michael para sí mismo después de que el equipo se fuera—. Intentó forzar el futuro y olvidó que el tiempo tiene su propio ritmo.

Michael se quedó solo en la sala, mirando el horizonte del mar. Tenía veintitantos días para el estreno de El Olvido, no tenía protagonista para Get Out, su relación personal estaba en la cuerda floja y su imperio editorial se estaba enfriando. Por primera vez en mucho tiempo, el Arquitecto no se sentía como el dueño del destino, sino como un hombre tratando de tapar agujeros en una presa que amenazaba con romperse.

Residencia Relish, Los Ángeles – 1 de Noviembre de 1995

Michael permaneció en la penumbra del pasillo, con la espalda apoyada contra la pared fría. Las palabras de Naomi y Elizabeth seguían rebotando en su mente como ecos en una catedral vacía. Había pasado meses diseñando mundos, manipulando percepciones y asegurando contratos millonarios, pero en el proceso, se había convertido en un extraño dentro de su propia casa. La realización fue un golpe seco, desprovisto de la elegancia de sus guiones cinematográficos. Era la cruda realidad de un hombre que había confundido el éxito con la felicidad.

Minutos después de haber escuchado la conversación, Michael entró en la cocina fingiendo que acababa de llegar. La escena que encontré era domésticamente perfecta, pero emocionalmente estéril. Naomi estaba sirviendo un poco de ensalada mientras Elizabeth revisaba unas notas en la mesa. Cameron estaba en la esquina, sirviendo vino con una sonrisa que no llegaba a sus ojos.

—Hola chicas —dijo Michael, intentando que su voz sonara natural.

—Hola, Miguel. Hay cena en el horno —respondió Naomi. Su tono era cortés, pero carecía de la calidez eléctrica que solía recibirlo. Ya no había preguntas entusiastas sobre su día, ni abrazos prolongados que borraran el estrés del estudio.

Se sentaron a la mesa. El sonido de los cubiertos contra la porcelana era el único diálogo constante. Michael observó a sus tres “musas”, las mujeres que habían impulsado su ascenso. Naomi Watts, cuya carrera despegó con Speed; Elizabeth Banks, que había demostrado una versatilidad increíble en OBLIVION; y Cameron Díaz, que se había convertido en el rostro de la frescura bajo su dirección con The Shallows. Él las veía como sus mayores logros, sus piezas maestras. Sí, precisamente, era el problema.

—Michael, ¿estás bien? Estás muy callado —dijo Cameron, rompiendo el silencio.

—Solo pensaba en el estreno de El Olvido —respondió él, cayendo en el viejo hábito de hablar de trabajo—. Fox está muy emocionado. Creen que podemos barrer en los premios.

Naomi dejó el tenedor lentamente. Miró a Elizabeth por un segundo antes de fijar su vista en Michael. —Eso es genial, Michael. De verdad. Pero… ¿alguna vez pensamos en algo que no sea “barrer”? ¿Alguna vez piensas en simplemente ir al cine con nosotras sin analizar la composición de los planos o la estrategia de marketing?

Michael quedó helado. —Yo… yo hago esto por nosotros, Naomi. Por el imperio que estamos construyendo.

—Ese es el punto —intervino Elizabeth con una suavidad dolorosa—. Es tu imperio, Michael. Nosotras somos las reinas en el tablero, pero a veces parece que solo nos mueves cuando necesitas ganar una partida. Nos ha dado carreras, nos ha dado seguridad, pero nos ha quitado al Michael que simplemente se reía con nosotras en el sofá sin mirar el reloj para la próxima reunión con Dylan.

Michael intentó defenderse, pero las palabras quedaron atrapadas en su garganta. Miró a su alrededor y vio los lujos que su talento había comprado: la mansión, el arte, la exclusividad. Pero en los rostros de las tres mujeres vio una soledad que él mismo había cultivado, esa misma soledad que sintió en su vida pasada. Había sido tan eficiente como director que había terminado dirigiendo sus vidas privadas como si fueran escenas de una película de largo aliento.

—Escuché lo que dijeron en la cocina antes —admitió Michael finalmente, bajando la cabeza.

El silencio que siguió fue absoluto. Naomi no se disculpó, ni Elizabeth se mostró avergonzada. Había una honestidad brutal en el aire que Michael no podía editar.

—Entonces ya sabes cómo nos sentimos —dijo Naomi, con voz firme pero triste—. No somos malagradecidas, Michael. Te quiero mucho, puedo decirte hasta que te amo. Pero el amor no es un contrato de distribución. No puedes darnos un papel principal en una película y esperar que eso llene el vacío de tu ausencia emocional. Nos has ayudado a ser grandes actrices, pero nos estás dejando solas como mujeres.

Michael se dio cuenta de que su mentalidad de “Arquitecto” lo había traicionado. Había aplicado la lógica de los cómics y el cine a las relaciones humanas. Pensó que si les daba éxito, ellas estarían satisfechas. Había olvidado que las personas no son personajes que se quedan congelados cuando la cámara deja de rodar.

—Tienen razón —dijo Michael, y por primera vez en años, su voz sonó vulnerable—. He estado tan obsesionado con no perder contra los grandes estudios, con demostrarme a mi mismo que puedo competir con Fox y Weinstein para decir que yo mando, que las he convertido en herramientas de mi ambición. Pensé que protegerlas significaba hacerlas famosas, pero solo las he hecho público.

La cena terminó poco después. Michael se retiró a su estudio personal, un santuario de guiones, bocetos de Spider-Man y planos de producción. Por primera vez, el lugar se sentía opresivo. Cada trofeo, cada póster de sus éxitos pasados, parecía un recordatorio de lo que había sacrificado.

Se sentó frente a su escritorio y miró el borrador de Get Out. El casting de Jennifer Connelly se había caído, y ahora entendía por qué le dolía tanto: no era solo por la película, era porque veía el rechazo de Jennifer como un presagio del rechazo de las mujeres en su vida. Los grandes estudios estaban comenzando a pelear, robándole a las actrices que el necesita, y él estaba respondiendo intentando controlar aún más a quienes estaban a su lado.

“Las estoy utilizando como piezas”, pensó amargamente. “Cada vez que escribo un guion, pienso en cuál de ellas encaja mejor para que mi visión sea perfecta. No para que ellas crezcan, sino para que yo gane”.

Michael se dio cuenta de que su miedo a perder el control en Hollywood lo estaba convirtiendo en un tirano doméstico. Estaba tan asustado de que Warner o Disney le quitaran su poder que estaba convirtiendo su hogar en un búnker. Y en un búnker, las personas terminan asfixiándose.

Cerca de la medianoche, Naomi entró en el estudio. No subió la luz, dejando que solo la lámpara de escritorio iluminara el cansado rostro de Michael. Se acercó y le puso una mano en el hombro.

—No queremos que dejes de ser el Arquitecto, Michael —susurró ella—. Queremos que dejes de serlo cuando cruces la puerta de esta casa. El mundo es lo suficientemente grande como para que lo conquistes solo, no necesitas llevarnos a nosotras como escudos humanos en cada batalla.

—Siento que si me detengo, todo se vendrá abajo —confesó Michael—. Warner me está bloqueando, Fox me presiona por los Oscar, y ahora Jennifer se va… siento que si no las mantengo cerca en mis proyectos, las perderé ante otros directores.

—Eso es miedo, no amor —respondió Naomi con sabiduría—. Si nos dejamos volar por nuestra cuenta, siempre volveremos a ti porque queremos, no porque tengamos un contrato firmado. Pero si nos encadenas a tus películas para “protegernos”, llegará un día en que romperemos las cadenas y no miraremos atrás.

Naomi le dio un beso suave en la sien y salió de la habitación. Michael se quedó solo con sus pensamientos. La lección era clara: el imperio no valía nada si el trono estaba rodeado de resentimiento. Tenía que aprender a separarse del Director del Hombre. Pero con el estreno de El Olvido a la vuelta de la esquina y la guerra con los estudios apenas comenzando, la pregunta era si Michael Relish era capaz de cambiar su naturaleza antes de que fuera demasiado tarde.

El Arquitecto miró el tablero de ajedrez que tenía sobre la mesa. Tomó la reina y la dejó a un lado del tablero, fuera del juego. Por primera vez, decidió que no todas las piezas debían estar en movimiento. Al menos, no las que más le importaban.

Residencia Relish, Los Ángeles – 2 de Noviembre de 1995

La mañana en la residencia Relish no trajo la claridad que Michael esperaba, sino una pesadez húmeda que parecía filtrarse por los ventanales. Tras la confrontación de la noche anterior, el ambiente se sintió como un set de rodaje después de una escena de máxima tensión: los actores están presentes, pero nadie sabe si el director ha gritado “¡Corten!” Definitivamente. Michael bajó a la sala principal, encontrando a Naomi, Elizabeth y Cameron compartiendo un café en la terraza.

El silencio entre ellas no era incómodo, era sólido, un frente unido que Michael no había previsto.

Michael se acercó lentamente, sintiéndose por primera vez como un intruso en su propia casa. Observaba a Naomi. Ella siempre había sido su mayor apoyo con Elizabeth, la mujer que estuvo allí cuando todo comenzó con Scream. Sin embargo, al mirarla, un flashback doloroso lo golpeó.

Recordó el mes de junio, cuando Naomi estaba rodando una buena producción en las afueras de la ciudad. Michael le había prometido visitarla el fin de semana. Tenía el coche listo, las flores en el asiento del copiloto… y entonces sonó el teléfono. Era Dylan hablando sobre una oportunidad con los derechos de un cómic en Nueva York. Michael nunca llegó al set de Naomi. No solo ese fin de semana, sino ninguno de los que duro el rodaje. Ella regresaba a casa cansada, esperando encontrar a un compañero que le preguntaría cómo le había ido, y solo encontró a un hombre pegado al teléfono, trazando estrategias para vencer a Disney.

—Siento lo de anoche —dijo Michael, rompiendo el silencio mientras se sentaba frente a ellas—. Pero más que sentir lo que dije, siento lo que no hice.

Naomi levantó la vista, sus ojos azules fijos en los de él con una mezcla de cansancio y una chispa de esperanza remanente. —No se trata de una sola noche, Michael. Se trata de los últimos seis meses.

—Lo sé —admitió él, su voz cargada de una honestidad que rara vez permitía salir de su círculo profesional—. Me di cuenta de que ni siquiera fui a verte trabajar en junio, Naomi. Estaba tan preocupado por asegurar que tuvieras el contrato de El Olvido que olvidé que lo que necesitabas era que estuviera allí, en una silla plegable, viéndote actuar por el simple placer de verte.

Elizabeth Banks cruzó los brazos, observando a Michael con escepticismo. —Al principio, cuando nos buscaste, nos sentíamos protegidos. Pensamos: “Aquí hay un hombre que ve nuestro potencial antes que nadie”. Pero poco a poco, esa protección se convirtió en… propiedad. No nos das amor, Michael, nos das “gestión de carrera”. Y aunque somos ambiciosos, no somos robots.

Michael suspir, frotndose el rostro con las manos. —Tienen razón. La cagué. Me dejé llevar por la idea de que si las hacía las mujeres más poderosas de la industria, las tendría a mi lado para siempre. Fue un pensamiento egoísta y posesivo. Las quería solo para mí, bajo mi ala, para que nadie más pudiera tocarlas o “arruinarlas” con malos proyectos. Pero al intentar protegerlas del resto de Hollywood, las pasillos de mí mismo.

Cameron, que solía ser la más alegre del grupo, se mantuvo seria. —Queremos estar contigo, Michael. Si no fuera así, ya nos habríamos ido con las ofertas que nos llegan a diario de otros estudios que mueren por tenernos. Pero estamos enojadas. Estamos enojadas porque parece que tenemos que pedir cita para tener una conversación que no sea sobre presupuestos o análisis de guion.

—No quiero que sean piezas de mi imperio —continuó Michael, mirando a cada una de ellas—. Quiero que sean mi vida. He estado viviendo pensando en el futuro de mi gran productora, intentando construir un futuro donde nadie pueda hacernos daño, y en el proceso, dejó que el presente se pudra.

Michael sacó una libreta, pero esta vez no era para un guion. Era una página en blanco.

—Voy a cambiar esto. No puedo dejar de ser quien soy, porque el mundo exterior no se detiene y Warner o Fox están esperando que parpadee para destruir todo lo que hemos logrado. Pero aquí, dentro de estas paredes, el Arquitecto está despedido —dijo Michael, esbozando una pequeña sonrisa triste—. Diseñó un nuevo cronograma. No de rodaje, sino de vida.

Naomi arqueó una ceja. —¿Un cronograma? ¿Incluso para nosotros tienes que hacer un plan, Michael?

—Es la única forma en que mi cerebro funciona, Naomi. Pero esta vez, el “objetivo” no es un premio. El objetivo es recuperar lo que perdió. He bloqueado los domingos y las noches de los miércoles. Sin teléfonos. Pecado Dylan. Pecado Susan Davies. Solo nosotros. Quiero que me digan cómo se sienten, qué quieren hacer, incluso si es solo ver una película de la competencia para burlarnos de ella.

Las tres se miraron. La tensión seguía ahí, la herida no se había cerrado con un simple discurso, pero Michael estaba mostrando algo que rara vez mostraba: arrepentimiento genuino y voluntad de ser vulnerable.

—Te daremos una oportunidad, Michael —dijo Naomi finalmente, suavizando su expresión—. Pero tienes que entender que si vuelves a priorizar una llamada de un ejecutivo sobre una cena con nosotras, la próxima vez no habrá conversación en la cocina. Simplemente habrá silencio.

Elizabeth se acercó y le tomó la mano. —Queremos que nos ames por lo que somos, no por lo bien que lucimos en tus cuadros cinematográficos. Queremos que nos veas cuando estamos despeinadas, cuando fallamos, cuando no queremos ser actrices.

—Aprenderé a hacerlo —prometió Michael—. He estado tan obsesionado con la perfección que olvidé que lo humano es imperfecto. Perdón por haberlas dejado de lado. Perdón por no haber estado en esos momentos en los que solo necesitaban a Michael, y no al director de Omnisciente.

La conversación continuó durante horas. Michael escuchó cosas que le dolieron: cómo se sentían observadas incluso en sus momentos de descanso, cómo sentían que cada regalo que él les hacía era una especie de “bono” por su buen rendimiento en pantalla. Fue una deconstrucción total de su imagen.

Michael entendió que su amor había sido condicional a su propia ambición. Las quería a su lado porque eran los pilares de su éxito, y ese era el pecado más grande que un hombre podía cometer contra las personas que decía amar.

Al final de la mañana, aunque el ambiente seguía siendo de cautela, la pesadez se había disipado un poco. Michael se comprometió a que, antes del estreno de El Olvido el 25 de noviembre, cada una de ellas tendría un tiempo exclusivo con él, lejos de la prensa y de la oficina.

—Necesito que me hablen —les pidió Michael antes de subir a su oficina—. No dejen que me pierda de nuevo en mis planos y mis estrategias. Si me ven alejándome, grítenme.

—Lo haremos, Michael —dijo Cameron con una pequeña risa, la primera en días—. Tenemos mucha práctica gritando en tus películas, así que no será difícil hacerlo en la vida real.

Michael subió las escaleras con el corazón un poco más ligero, pero con la mente llena de preocupaciones. Había logrado salvar, por el momento, lo más importante en su vida privada, pero el frente profesional estaba colapsando. Jennifer Connelly se había ido, los cómics perdían combustible y los estudios estaban comenzando a jugar un poco más sucio.

Se sentó frente a su escritorio y miró el calendario. El 25 de noviembre se acercaba. Tenía que salvar Get Out, tenía que lidiar con los agentes y tenía que demostrar que podía ser el Arquitecto de Hollywood sin dejar de ser el hombre que estas tres mujeres merecían. El juego se había vuelto mucho más difícil, porque ahora las apuestas no eran solo financieras; eran el alma misma de su existencia.

“A veces”, pensó Michael mientras miraba una foto de los cuatro en un momento de risas genuinas, “el guion más difícil de escribir es el de tu propia vida”. Con un suspiro, tomó el teléfono. El tiempo de lamentarse había terminado; Era hora de contraatacar, pero esta vez, lo haría de forma diferente. No solo por él, sino por ellas.

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Ojalá le guste está historia. Intentaré subir un capitulo por semana (se me daño la laptop y con el celular me demoro mucho mientras escribo, investigo ordenado y arreglo), si les gusta comenten, like si te gusta.

Capítulo 54: El Asedio de los Gigantes

Oficinas de Omnisciente Global (temporal)– 8 de Noviembre de 1995

La oficina de Michael Relish, usualmente un santuario de orden y previsión, se sentía esta mañana como el centro de mando de una fortaleza bajo asedio. El sol de California entraba por los ventanales, iluminando las partículas de polvo que bailaban sobre los tableros de producción de Get Out. Michael estaba de pie, con las manos en los bolsillos, mirando un mapa de la industria que él mismo había dibujado mentalmente, donde las banderas de los grandes estudios —Warner, Disney, Paramount— empezaban a moverse hacia sus territorios.

Susan Davies entró con una carpeta que parecía pesar más de lo habitual. No hubo preámbulos. En el mundo de Michael, el tiempo se había convertido en el recurso más escaso tras la pérdida de Jennifer Connelly.

—Hemos filtrado las cintas de las últimas audiciones y las disponibilidades de las agencias —dijo Susan, dejando fotos sobre la mesa—. Si queremos mantener el nivel de prestigio y esa mezcla de inocencia y peligro que requiere Rose Armitage, el círculo se estrecha.

Michael se acercó a la mesa y observó las fotografías. —Jennifer era la pieza perfecta. Necesito a alguien que el público no quiera odiar hasta que sea demasiado tarde.

Susan señaló dos fotos en particular. —Winona Ryder y Alicia Silverstone. Winona es la favorita de la crítica; tiene esa vulnerabilidad nerviosa que podría funcionar de maravilla con la paranoia de Chris. Por otro lado, Alicia está en la cima absoluta tras el éxito de Clueless. Es la “chica de oro” de América en este momento. Si logramos que ella sea la villana, el giro final romperá las salas de cine.

Michael estudió los rostros. Winona Ryder era el epítome de la sensibilidad alternativa; Alicia era la reina del pop-culture. Ambas eran opciones masivas, capaces de arrastrar a una audiencia joven que usualmente no vería una película de terror psicológico.

—Intenta contratarlas, Susan. Empieza con Winona. Su agente en WMA le debe un favor a Dylan después de lo que hizo con el contrato de Sigourney. Si ella no puede, ve por Alicia. No aceptes un “no” por respuesta sin antes ofrecerles una lectura privada conmigo. Necesitan entender que esto no es una película de género común; es el proyecto que definirá la conversación social del próximo año.

Susan asintió, aunque su expresión era de cautela. —Lo intentaré, Michael. Pero recuerda que Warner y Disney están vigilando cada uno de nuestros movimientos. Se han dado cuenta de que Omnisciente Global tu segunda productora ya no es un experimento de un joven, sino una amenaza.

Tras la reunión con Susan, Michael tomó una decisión que hace una semana le habría parecido un suicidio profesional: cerró su agenda a mediodía. Su equipo lo miró con asombro mientras tomaba las llaves de su coche y su chaqueta.

—¿A dónde vas, Michael? —preguntó Eleonor, con el teléfono en la mano—. Tenemos una llamada con los abogados de los cómics en diez minutos.

—Diles que llamen mañana —respondió Michael con firmeza—. Me eh tomado la tarde libre. El hombre tiene una cita.

Michael condujo hacia su casa con una sensación extraña. No estaba pensando en encuadres ni en la curva dramática del tercer acto. Estaba pensando en Naomi Watts. Mientras Elizabeth Banks y Cameron Díaz estaban sumergidas en la vorágine de Fox, realizando sesiones de fotos, entrevistas de prensa y pruebas de vestuario para las galas de estreno de El Olvido, Naomi se encontraba en un limbo profesional. Ella ya había terminado sus compromisos inmediatos y Michael se dio cuenta de que ese “tiempo libre” podía ser un veneno si ella se sentía olvidada.

Al llegar a la residencia, encontró a Naomi en el jardín, leyendo un libro cerca de la piscina. Se veía hermosa, pero había una quietud en ella que le recordó a Michael lo que Elizabeth había dicho sobre “sentirse como una pieza guardada en una caja”.

—He vuelto temprano —dijo Michael, sentándose en el borde de la tumbona.

Naomi cerró el libro, sorprendida. —¿Pasó algo? ¿Se canceló el rodaje?

—No, nada de eso —Michael le tomó la mano, entrelazando sus dedos—. Simplemente decidí que el cronograma de los domingos y miércoles no era suficiente. Hoy no hay directores, ni actrices, ni planes maestros. Solo nosotros.

Naomi lo observó durante un largo rato, buscando cualquier rastro de segundas intenciones. —¿De verdad? ¿Incluso si suena el teléfono con una emergencia de Fox?

—He dejado el teléfono en el coche, y el coche está cerrado bajo llave —mintió Michael parcialmente (el teléfono estaba apagado, lo cual para él era un sacrificio hercúleo)—. ¿Qué quieres hacer hoy, Naomi? No lo que el departamento de marketing dice que es bueno para tu imagen. Lo que tú quieras.

Naomi sonrió, y Michael sintió que esa pequeña victoria valía más que cualquier luz verde de un estudio. Pasaron la tarde caminando por la playa, hablando de cosas triviales: historias de su infancia en Australia, sus miedos antes de conocerlo, y lo que ella esperaba del futuro más allá de los focos. Michael se esforzó por escuchar, realmente escuchar, sin transformar cada una de sus frases en una idea para un guion.

Mientras Michael intentaba redimirse con Naomi, la otra cara de su imperio seguía girando a mil revoluciones. En los estudios de Fox, Elizabeth Banks y Cameron Díaz estaban viviendo el costo del éxito que Michael les había construido.

Elizabeth estaba en medio de una intensa sesión de preguntas y respuestas para la prensa extranjera. Cada periodista le preguntaba sobre su relación con el “genio” Michael Relish y cómo se sentía al ser parte de una película que desafiaba los límites del suspenso. Se sentía agotada, pero sabía que era necesario. Michael las había puesto en la cima, y la cima era un lugar con poco aire para respirar.

Por su parte, Cameron estaba en las oficinas de marketing de Fox, revisando los pósters internacionales de El Olvido. Fox estaba utilizando su imagen de “chica de al lado” para vender la película en Europa y Asia. Ella se veía a sí misma en las paredes y, aunque era lo que siempre había soñado, no podía evitar recordar las palabras de Naomi: “¿Somos reinas o somos piezas?”.

Ambas estaban cumpliendo con su parte del trato, manteniendo la marca de Michael en lo más alto mientras él intentaba salvar su humanidad. Era un equilibrio precario. Michael sabía que si fallaba en Get Out, o si El Olvido no cumplía las expectativas estratosféricas de Fox, el peso de toda esa estructura caería sobre ellas.

Al final del día, Michael y Naomi regresaron a casa. Por primera vez en meses, Michael no sintió la urgencia de correr a su estudio para revisar correos. Se quedó con ella, compartiendo una cena sencilla, disfrutando del silencio que ahora no se sentía como un vacío, sino como una conexión.

Sin embargo, en el fondo de su mente, el Arquitecto seguía alerta. Sabía que mientras él descansaba, Susan estaba luchando en las trincheras de Beverly Hills para conseguir a Winona o Alicia. Sabía que los grandes estudios no se quedarían de brazos cruzados viendo cómo un productor independiente les quitaba las mejores historias y el mejor talento.

—Gracias por hoy, Michael —susurró Naomi antes de quedarse dormida—. Hacía mucho tiempo que no sentía que me veías a mí.

Michael la miró y sintió una punzada de culpa. Había descuidado lo más valioso por perseguir sombras en una pantalla. Pero la tregua sería corta. Mañana, el mundo volvería a llamar a su puerta, y las noticias que traería Susan pondrían a prueba no solo su capacidad como productor, sino su nueva resolución de no utilizar a las personas como herramientas.

El asedio de los gigantes estaba por comenzar, y Michael tendría que decidir si proteger su imperio o proteger a quienes amaba. Porque, como estaba a punto de descubrir, en el Hollywood de los 90, a veces no se podían hacer ambas cosas.

Beverly Hills, Los Ángeles – 9 de Noviembre de 1995

Susan ajustó el cuello de su chaqueta mientras caminaba por el pasillo alfombrado de la agencia de talentos. A su lado, Eleonor mantenía un paso firme, llevando consigo el maletín que contenía los borradores finales y las propuestas contractuales para lo que Michael consideraba su próximo gran golpe.

El aire en Beverly Hills siempre se sentía cargado de ambición, pero hoy, para Susan, había algo más: una electricidad estática que presagiaba tormenta.

—Michael cree que Winona es la clave para que la película sea tomada en serio por la crítica joven —susurró Susan mientras esperaban frente a la oficina del agente—. Si conseguimos su firma hoy, los muros de los grandes estudios empezarán a temblar.

Eleonor asintió, aunque sus ojos escaneaban el lugar con sospecha. —Siento que nos están observando, Susan. No es la bienvenida habitual que recibe la mano derecha del “Arquitecto”.

La reunión con el agente de Winona Ryder comenzó con una cordialidad casi exagerada. Durante cuarenta minutos, Susan desplegó toda su artillería. Habló de la visión de Michael, del éxito sin precedentes de su último éxito The Shallows y de cómo las primeras reacciones a El Olvido estaban aterrorizando a los ejecutivos de Fox por lo buenas que eran.

—Winona busca algo que la aleje de los dramas de época —dijo Susan, deslizando el contrato—. Get Out es esa oportunidad. Es contemporánea, es oscura y es necesaria. Michael quiere que ella sea el rostro de la traición más impactante de la década.

El agente parecía convencido. Estaba revisando las cifras de los 2 millones de dólares, una suma competitiva para una producción de este tipo. Incluso llegó a comentar que Winona había leído un resumen y estaba fascinada con el concepto. Todo parecía ir sobre ruedas hasta que el teléfono en su escritorio parpadeó.

—Perdonen un momento —dijo el agente, levantando la mano—. Es una llamada que debo atender. Es urgente de la planta superior.

Salió de la oficina, dejando a Susan y Eleonor en un silencio tenso. Pasaron cinco minutos. Luego diez. Susan miró su reloj. En la industria, una interrupción tan larga en medio de un cierre de trato era una señal de alerta máxima.

Cuando el hombre regresó, su lenguaje corporal había cambiado por completo. La calidez se había evaporado, reemplazada por una máscara de profesionalismo frío y distante.

—Susan, Eleonor… agradezco mucho que hayan venido —dijo, sin sentarse de nuevo—. Pero me temo que he hablado con Winona y ella ha decidido que necesita conversar más a fondo sobre su dirección artística. Por ahora, no vamos a firmar nada.

Susan sintió un nudo en el estómago. —Hace diez minutos estabas hablando de las fechas de rodaje, Arthur. ¿Qué ha cambiado en esa llamada?

—Simplemente nuevas perspectivas —respondió él, evitando el contacto visual—. Les llamaremos si hay cambios.

Susan y Eleonor salieron del edificio en silencio. Fue solo cuando llegaron al estacionamiento que Eleonor explotó.

—Eso fue ridículo, Susan. Fue una ejecución en vivo. Esa llamada no era de “arriba”, era de afuera. Alguien le dio una orden o una oferta que no pudo rechazar.

—Lo sé —respondió Susan, apretando el volante de su coche—. Fue demasiado oportuno. “Pensarlo”, esa es la frase que usan cuando están esperando que el otro estudio envíe el contrato oficial.

No habían pasado ni quince minutos cuando el teléfono móvil de Susan sonó. Era el agente de Winona.

—Susan, seré breve para no quitarte más tiempo —dijo la voz al otro lado—. Winona ha decidido declinar la oferta de Omnisciente. Acaba de cerrar un acuerdo para un proyecto prioritario con Warner Bros. Se trata de Inventing the Abbotts… no, espera, eso era Jennifer… es un proyecto nuevo, un drama de gran presupuesto que la mantendrá ocupada todo el próximo año. Lo siento.

Susan colgó sin decir palabra. La rabia empezaba a hervir bajo su piel. —Warner —gruñó—. Primero nos quitan a Jennifer Connelly y ahora bloquean a Winona. Están rodeando a Michael.

—Aún tenemos a Alicia Silverstone —dijo Eleonor, tratando de mantener la calma—. Su agente es Marcus, y él siempre ha sido razonable.

Pero la visita a la oficina de Alicia fue aún más corta y brutal. Marcus ni siquiera las invitó a pasar a la sala de juntas. Las recibió en el vestíbulo, con una expresión de quien está pidiendo disculpas por un pecado que no cometió.

—Susan, ahorrémonos el discurso. Sé por qué estás aquí —dijo Marcus rápidamente—. Alicia no puede hacer la película de Michael. Disney acaba de ejercer una opción de contrato para un proyecto que la vincula exclusivamente a ellos por los próximos dieciocho meses. No es negociable. Es una pared de ladrillos.

—¿Disney? —preguntó Susan, incrédula—. Alicia es la actriz más independiente del momento. ¿Desde cuándo Disney la tiene bajo llave?

—Desde esta mañana, aparentemente —respondió Marcus en voz baja, acercándose a ellas—. Escucha, Susan, dile a Michael que tenga cuidado. Los “Majors” están hablando entre ellos. No quieren que un chico con una productora independiente y un contrato de distribución favorable en Fox siga humillándolos en la taquilla con presupuestos bajo-medianos. Quieren que vaya más lento. Quieren que Get Out muera antes de nacer.

Susan y Eleonor regresaron a las oficinas de Fox R. Productions con el ánimo por los suelos. Al entrar, encontraron a Dylan caminando de un lado a otro en la recepción, con varios informes de prensa en las manos.

—¿Cómo les fue? —preguntó Dylan, aunque su rostro decía que ya conocía la respuesta.

—Cero de dos —respondió Susan, lanzando su bolso sobre el sofá—. Warner se llevó a Winona y Disney bloqueó a Alicia. Es un asedio coordinado, Dylan.

Dylan asintió con gravedad. —Es peor de lo que piensan. Me acaban de informar mis contactos en Paramount y Universal. Se ha corrido la voz de que El Olvido es una obra maestra técnica. Los estudios están aterrorizados de que Michael gane un Oscar este año siendo un “outsider”. Si consigue los premios y luego estrena otro éxito como Get Out, su poder de negociación será imparable. Han decidido que la única forma de detener al Arquitecto es quitándole las herramientas: sus actores.

—Quieren que fracase por falta de talento —dijo Eleonor, indignada—. Si Michael no puede contratar a nadie de renombre, la película parecerá de serie B.

Susan se sentó frente al teléfono. —Tengo que llamar a Michael. Estaba pasando tiempo con Naomi, intentando ser una persona normal por una vez en su vida, y tengo que darle esta noticia. Me siento como la portadora de la peste.

Susan marcó el número privado de Michael. Al tercer tono, él respondió. Su voz sonaba relajada, casi feliz, lo que hizo que a Susan le doliera aún más lo que estaba a punto de decir.

—¿Michael? Soy Susan.

—Susan, espero que me llames para decirme que Winona está celebrando —dijo Michael desde el otro lado.

—Michael… —Susan hizo una pausa, buscando las palabras—. Tenemos que hablar. No ha salido bien. Ni Winona, ni Alicia. Warner y Disney han movido piezas pesadas esta mañana. Nos han cerrado las puertas en la cara, Michael. Y según Dylan, esto es solo el comienzo. Los estudios se han unido para que no puedas rodar Get Out. Quieren frenarte, quieren que la industria sepa que nadie es más grande que el sistema.

Hubo un silencio largo del otro lado de la línea. Susan podía imaginar a Michael, de pie en su jardín o en su terraza, viendo cómo el mundo perfecto que había intentado construir ese día se desmoronaba bajo el peso de la política de Hollywood.

—Así que por fin han decidido jugar sucio —dijo Michael finalmente. Su voz ya no era relajada; era fría, cortante, la voz del hombre que había diseñado Omnisciente Cómics y películas taquilleras se rendirá facil—. Creen que porque controlan los contratos de las estrellas, controlan el cine.

—Michael, ¿qué vamos a hacer? —preguntó Susan—. Sin una protagonista de peso, el presupuesto de 12 millones se ve excesivo. Van a empezar a utilizar los rumores para que canceles o posponerlo.

—No vamos a posponer nada —respondió Michael con una seguridad que erizó los cabellos de Susan—. Si ellos quieren guerra, les daré una que no podrán financiar. Reúnanse con Dylan y preparen los informes de productoras independiente. Si los grandes estudios quieren cerrarme las puertas de sus mansiones, me compraré mi propio vecindario. Susan, prepárate. Mañana dejamos de pedir permiso.

Susan colgó el teléfono y miró a Dylan. —Dijo que nos preparemos. No va a retroceder.

—Nunca lo hace —respondió Dylan con una sonrisa torcida—. Pero esta vez, el Arquitecto va a tener que construir algo más que una película. Va a tener que construir un nuevo búnker.

La oficina se sumergió en una actividad frenética. La tregua había terminado. La guerra por el alma de Get Out y el futuro de Michael Relish acababa de escalar a un nivel donde ya no importaban los guiones, sino quién tenía la voluntad más inquebrantable para sobrevivir al asedio de los gigantes.

Residencia Relish, Malibú – 9 de Noviembre de 1995

Michael colgó el teléfono lentamente, sintiendo el peso del silencio que se apoderó del jardín tras las palabras de Susan. El sol comenzaba a descender, tiñendo el cielo de un naranja violáceo que, en cualquier otro momento, Michael habría analizado como la paleta de colores perfecta para un mejor clímax dramático. Pero hoy no había cámaras, solo la realidad de un hombre que acababa de ser bloqueado por los pilares de la industria que pretendía conquistar.

Naomi estaba a unos metros, observándolo con una mezcla de precaución y ternura. Ella había visto cómo el rostro de Michael pasaba de la relajación absoluta a esa rigidez gélida que solo aparecía cuando el detectaba alguna falla en los rodajes o cuando alguien no trabajaba serio en sus proyectos.

Michael respiró hondo. Su primer instinto fue levantarse, llamar a Dylan, convocar una reunión de emergencia y pasar la noche en vela trazando un contraataque agresivo. Pero recordó su promesa. Recordó las palabras de Elizabeth sobre ser una “pieza en el tablero”.

Caminó hacia Naomi y se sentó a su lado. No ocultó el teléfono, no fingió que todo estaba bien.

—Susan me llamó con noticias de las negociaciones de casting para Get Out —comenzó Michael, mirando a Naomi a los ojos—. Warner se llevó a Winona. Disney bloqueó a Alicia. Los estudios están actuando en bloque para frenarme. Quieren que la película quede bloqueada, porque no puedo conseguir una protagonista de renombre.

Naomi se tensó al principio, preparándose para el habitual estallido de Michael donde él simplemente daría órdenes y desaparecería en su oficina. Pero cuando él se quedó allí, esperando, ella se relajó.

—Te lo digo porque somos una pareja, Naomi —continuó Michael con voz suave—. Y no quiero volver a dejarlas de lado. Sé que Elizabeth y Cameron pensarán lo mismo cuando lleguen. No quiero tomar esta decisión solo. ¿Qué crees que debería hacer el “Arquitecto” cuando los dueños del terreno intentan quitarle los materiales?

Naomi guardó silencio un momento, procesando no solo la crisis profesional, sino el hecho de que Michael le estuviera pidiendo consejo real, no validación.

—Al principio, cuando sonó el teléfono, me preparé para enojarme —admitió Naomi, tomando la mano de Michael—. Pensé: “Aquí vamos de nuevo, el trabajo es más importante que nosotros”. Pero el hecho de que me lo cuentes así… cambia todo.

Ella se incorporó, mirando el horizonte con una lucidez que Michael siempre había admirado pero que rara vez había utilizado fuera de un set.

—Michael, te has vuelto demasiado dependiente del sistema que intentas vencer —dijo ella con honestidad—. Eras más libre cuando tenías tu propia productora, antes de la fusión, antes de que Fox fuera tu única salida. Desde que vendiste gran parte de tu control y te convertiste en el “chico dorado” de Fox, estás más ocupado, más estresado y más limitado. Estás peleando por migajas de casting en las mesas de otros.

Michael escuchó con atención. Ella tenía razón. Al buscar la validación de los premios y el respaldo de un Major, se había puesto una soga al cuello.

—Si quieres pasar más tiempo con nosotras y no sentir que el mundo se acaba cada vez que Warner te roba una actriz, necesitas volver a ser el dueño de tu propio destino —continuó Naomi—. Crea una nueva productora. Una que no dependa de si Disney parpadea o no. Delega esas decisiones de casting, dale oportunidad a chicas que no estén en la lista de las diez más buscadas por los estudios. Haz lo que hacías antes: descubre el talento, así como nos descubristes, no alquiles talentos.

Michael sintió cómo una pieza del rompecabezas encajaba en su lugar. No era un retroceso, era un salto hacia adelante. La dependencia del dinero, de Fox le estaba quitando su humanidad y su tiempo.

—Tienes razón —dijo Michael, y una sonrisa de auténtica admiración se dibujó en su rostro—. Si creo o compro mi propia estructura de distribución, no tendré que pedir permiso para contratar a quien yo quiera. Aunque seguiré delegando la burocracia a Susan, ella necesita más ayuda, también necesito concentrarme en lo que importa: la historia y ustedes.

Michael tomó el teléfono de nuevo, pero esta vez no se alejó. Marcó el número de Susan Davies frente a Naomi.

—Susan, soy yo otra vez —dijo Michael cuando ella contestó—. Olvida el casting por un momento. Tenemos 148 millones en reserva de las ganancias anterior s y que no se utilizo en inversión. Quiero que busques una o dos productoras independientes para comprarlas, Necesito una que tenga su propia red de distribución, al menos unas 500 salas garantizadas. Vamos a utilizar unos 30 millones para esta adquisición. Comenzaremos otra vez como lo hice con Relish Productions, está vez si todo sale bien está nueva productora se llamará Omnisciente R. Picture, y no la vendere nos quedaremos ya sea que nos estén accediendo o nos bloquee, haremos historias tengo muchas ideas, ya sea las de Omniciente cómics, los IP de Marvel que compré y los que Dylan está buscando, no nos faltaran historias.

Susan, al otro lado, pareció quedarse sin habla por un segundo antes de recuperar su tono profesional. —Entendido, Michael. Dylan mencionó algo sobre October Films cuando estaba negociando con Trimark. Empezaré a investigar de inmediato.

—Hazlo. Y Susan… delega la búsqueda de la protagonista a Dylan por ahora. No quiero que esto consuma mi noche. Tengo asuntos más importantes que atender.

Michael colgó el teléfono y lo dejó sobre la mesa de café, boca abajo. Se volvió hacia Naomi, quien lo observaba con una mezcla de orgullo y alivio.

—Ya está —dijo Michael—. Susan se encargará de los cimientos. Ahora, como prometí, el Arquitecto está fuera de servicio.

Naomi sonrió, esta vez de forma genuina, sintiendo que el hombre que amaba realmente estaba haciendo un esfuerzo por cambiar su naturaleza posesiva y controladora.

—¿Entonces? —preguntó ella, acercándose más a él—. ¿Qué tiene planeado el “no-director” para el resto de la tarde?

Michael se recostó en la tumbona, sintiendo que el peso en sus hombros se aligeraba. —Podríamos ver una película, aunque sospecho que terminaré criticando la iluminación. O mejor… podríamos salir a cenar. Hay un restaurante nuevo cerca de la costa que no tiene nada que ver con la industria. Sin agentes, sin productores, sin cámaras. Solo tú y yo. ¿Qué dices?

—Digo que me parece la mejor idea que has tenido en todo el año —respondió Naomi, dándole un beso suave—. Y mañana, cuando Elizabeth y Cameron regresen del caos de Fox, les diremos que el imperio va a cambiar. Que ya no seremos piezas, sino dueños.

Mientras se preparaban para salir, Michael sintió una paz que no había experimentado desde que comenzó el ascenso meteórico de Omnisciente. Entendió que la verdadera victoria no era vencer a Warner o ganar un Oscar, sino tener la libertad de decidir cuándo pelear y cuándo simplemente disfrutar de la compañía de las personas que daban sentido a su lucha.

Hollywood seguía afuera, conspirando en las sombras de los grandes estudios, pero dentro de los muros de su casa, Michael Relish acababa de ganar la batalla más importante: la batalla contra su propio ego.

—¿Lista? —preguntó Michael, ofreciéndole el brazo a Naomi.

—Lista —respondió ella—. Y Michael… gracias por escucharme. De verdad.

—Gracias a ti por recordarme por qué construí todo esto en primer lugar —concluyó él.

Cerraron la puerta de la mansión tras ellos, dejando el teléfono y los problemas de casting en la oscuridad. El asedio de los gigantes continuaba, pero el Arquitecto ya no estaba solo en la torre; ahora tenía una compañera en las trincheras, y juntos, estaban a punto de reescribir las reglas del juego.

Oficinas de la William Morris Agency (WMA), Beverly Hills – 10 de Noviembre de 1995

Dylan colgó el teléfono tras hablar con Michael y se quedó mirando el auricular durante un segundo. “Treinta millones para una red de distribución propia”, repitió en su mente. Era un movimiento audaz, incluso para los estándares del Arquitecto. Mientras la mayoría de los productores independientes suplicaban por un contrato de “pago por ver” o una ranura de estreno en Miramax, Michael Relish estaba decidiendo regresar a construir su propia autopista hacia las salas de cine.

Como agente de medio-alto nivel en WMA, Dylan tenía acceso gracias a su cliente Michael, a lo que en Hollywood se llamaba “La Biblia de las Sombras”: informes financieros internos, deudas no declaradas y proyecciones de flujo de caja que nunca llegaban a la prensa de Variety.

Dylan se dirigió al departamento de análisis de mercado de la agencia. En los años 90, la información no estaba a un clic de distancia; estaba en carpetas de archivo, en cintas magnéticas de terminales Bloomberg y en los rumores de los contadores que almorzaban en el Grill de Beverly Hills.

—Necesito un desglose completo de las distribuidoras independientes con infraestructura de salas garantizada —le dijo Dylan a su equipo de analistas—. Busco algo con un valor de mercado de entre 25 y 35 millones. Quiero balances de los últimos dos años y, sobre todo, sus contratos vigentes con las cadenas de exhibición como AMC y United Artists.

Durante las siguientes seis horas, Dylan se sumergió en un mar de números. Sabía que Michael no solo quería una oficina con un logo bonito; quería el poder de poner una película en 500 pantallas sin tener que besarle el anillo a ningún ejecutivo de un gran estudio.

Tras descartar a varias empresas que estaban al borde de la bancarrota técnica o que tenían problemas legales insolubles, Dylan filtró dos opciones reales que encajaban perfectamente con el presupuesto y la visión de Michael en noviembre de 1995.

Opción A: October Films

Valor de Mercado Estimado (1995): 29 millones de dólares.

October Films era, en ese momento, la joya de la corona del cine de autor. Fundada por Bingham Ray y Jeff Lipsky, la empresa se había ganado una reputación envidiable por distribuir películas que ganaban premios pero que también tenían un atractivo comercial inteligente.

Estado actual: Acababan de tener un éxito masivo de crítica con Secrets & Lies (Secretos y mentiras) de Mike Leigh y estaban preparando el terreno para Breaking the Waves de Lars von Trier.

Infraestructura: Poseían contratos de distribución que les garantizaban acceso a aproximadamente 450 a 520 salas en todo Estados Unidos, especializándose en mercados clave como Nueva York, Los Ángeles, Chicago y San Francisco.

Por qué Michael la querría: Su marca era sinónimo de calidad. Si Get Out salía bajo el sello de October Films, la industria la vería inmediatamente como una contendiente seria para los premios, eliminando el estigma de “película de género barato” que los grandes estudios intentaban imponerle.

Opción B: Gramercy Pictures

Valor de Mercado Estimado (1995): 34 millones de dólares.

Gramercy era una joint venture entre PolyGram Filmed Entertainment y Universal Pictures, pero operaba con una autonomía casi total, y había rumores de que PolyGram quería consolidar activos, lo que abría una ventana para una adquisición externa de su control operativo.

Estado actual: Venían de saborear el éxito mundial con Cuatro bodas y un funeral y estaban distribuyendo The Usual Suspects (Sospechosos habituales), una de las películas más comentadas.

Infraestructura: Tenían una red más agresiva, capaz de alcanzar hasta 700 salas en estrenos amplios. Su maquinaria de marketing era experta en transformar películas pequeñas en fenómenos culturales.

Por qué Michael la querría: El alcance. Gramercy le daría a Michael la capacidad de competir cara a cara con los grandes estudios en términos de presencia en centros comerciales, no solo en cines de arte.

Dylan comenzó a redactar el informe para Michael, utilizando su conocimiento de la industria para detallar los pros y los contras. No era solo un documento financiero; era un análisis de guerra.

PARA: Michael Relish (Omnisciente Global)

DE: Dylan (WMA)

FECHA: 10 de Noviembre de 1995

ASUNTO: Adquisición de Infraestructura de Distribución Independiente

Michael, tras analizar el mercado actual, tenemos dos objetivos claros que nos darán la autonomía que Fox nos está restando.

OCTOBER FILMS (El Prestigio): Es la opción más quirúrgica. Su valor de 29M encaja en nuestro presupuesto de 30M. Tienen el respeto de la Academia y una red de salas que garantiza que Get Out se vea en los lugares donde se deciden los premios. Su debilidad es que carecen de músculo para blockbusters, pero para tu “cine de autor”, son el guante perfecto.

GRAMERCY PICTURES (El Músculo): Es un poco más cara (34M), pero nos daría una red de hasta 700 pantallas. Esto enviaría un mensaje aterrador a Warner y Disney: que el Arquitecto ya no necesita sus complejos de salas para llegar al gran público.

Nota de Dylan: Los grandes estudios están intentando asfixiarnos bloqueando el talento. Si compramos October Films, podemos usar su calendario de estrenos para posicionar Get Out más adelante y tenga una ventana de estreno protegida sin interferencias externas.

La recomendación de WMA es ir por October Films. Están en un punto donde necesitan una inyección de capital para expandirse y tu nombre les daría el impulso para convertirse en la nueva Miramax, pero bajo tu control total.

Dylan sabía algo que Michael aún no había procesado del todo: comprar una distribuidor era adelantarse al colapso de las “Indies” que está ocurriendo y puede ocurrir en los próximos años. Al asegurar la distribución ahora, Michael no solo estaba salvando Get Out, sino que estaba blindando toda su biblioteca futura de cómics y adaptaciones.

—Si Michael acepta —murmuró Dylan mientras sellaba el sobre—, Hollywood se va a dar cuenta de que no solo estamos jugando a hacer películas. Estamos jugando a ser el sistema.

Dylan llamó a su secretaria para que enviara el informe por mensajero urgente a la residencia de Michael. Sabía que Susan también estaría analizando los números, pero el toque final lo daría el Arquitecto. La guerra con los estudios acababa de pasar de una pelea de casting a una adquisición hostil de territorio. Y en ese campo de batalla, Dylan era el mejor general que Michael podía tener.

La pelota estaba ahora en el campo de Michael. La decisión entre el “Prestigio” de October y el “Músculo” de Gramercy definiría no solo el destino de su película, sino la forma en que el mundo vería a Omnisciente Global para el resto de la década.

Sede de Omnisciente Global – 11 de Noviembre de 1995

Susan Davies observaba el informe de Dylan que acababa de llegar a su escritorio. El sobre, sellado con el emblema de la William Morris Agency, contenía lo que ella consideraba el “testamento de la libertad” de Michael Relish. Al pasar las páginas y ver los nombres de October Films y Gramercy Pictures, Susan sintió un alivio que no sabía que necesitaba.

Desde que Michael había decidido vender gran parte de su autonomía para fusionarse con Fox por estos pocos proyectos, Susan había notado un cambio en la energía de la empresa. Ya no eran los piratas que asaltaban el sistema; se habían convertido en parte de la aristocracia del sistema, y con ello vinieron las cadenas de oro. Pero ver esos números, ver la posibilidad de controlar 500 salas de cine con una inversión de 29 millones, le devolvió la sonrisa.

Michael le había pedido tiempo. Le había pedido que ella fuera el filtro, la barrera entre él y el ruido exterior para poder dedicarle tiempo a Naomi, Elizabeth y Cameron. Susan se tomó esa responsabilidad con una seriedad casi sagrada.

—Si Michael quiere ser un hombre por unos días, yo seré la General —murmuró para sí misma, subrayando los detalles de October Films.

Susan confiaba plenamente en Michael. A diferencia de otros productores con los que había trabajado en el pasado, Michael no era un hombre de impulsos vacíos; era un visionario que veía el cine como una estructura arquitectónica. Si él decía que necesitaban su propia productora de nuevo, ella no dudaría. Estaba dispuesta a seguirlo al abismo porque sabía que Michael ya habría diseñado el paracaídas. Con October Films, recuperarían la capacidad de delegar, de contratar a actores sin el permiso de los “Majors” y, sobre todo, de proteger sus historias de la interferencia corporativa.

La alegría de Susan fue interrumpida por un golpe seco en la puerta. Eleonor entró en la oficina, y su rostro estaba pálido, con esa expresión de derrota contenida que Susan odiaba ver.

—Susan, tenemos un incendio que no puedo apagar —dijo Eleonor, cerrando la puerta tras de ella.

—¿Qué pasa ahora? ¿Warner robó otra actriz de reparto? —preguntó Susan, tratando de mantener la calma.

—Es peor. Es Sigourney Weaver —soltó Eleonor. Susan sintió un frío repentino en el estómago—. Su agente de WMA acaba de llamarme. Paramount entró en escena esta mañana con una oferta que ellos llaman “irresistible”. Le han ofrecido un papel protagónico en una superproducción de verano, con un cheque que duplica nuestros 2 millones y una participación en los beneficios que nosotros, con nuestro presupuesto de 12 millones, simplemente no podemos igualar.

Susan se levantó de su silla, furiosa. —¡Teníamos un acuerdo de palabra! Los contratos estaban en revisión legal.

—Paramount no solo puso dinero sobre la mesa, Susan —continuó Eleonor—. Le vendieron la idea de que Get Out es un riesgo innecesario en este punto de su carrera. Dijeron que la película de Michael es “demasiado experimental” y que podría dañar su imagen de estrella de acción y prestigio. Sigourney decidió irse con ellos. Estamos fuera de su agenda.

Susan se frotó las sienes. Primero Jennifer Connelly, luego el bloqueo de Winona y Alicia por parte de Warner y Disney, y ahora la traición de Sigourney Weaver orquestada por Paramount. El asedio no era solo una metáfora; era una ejecución coordinada de los grandes estudios para desmantelar la producción de Michael pieza por pieza.

—Quieren dejarlo solo —dijo Susan, con la voz temblando de rabia—. Quieren que cuando Michael regrese de su descanso, se encuentre con un set vacío y una película bloqueada o peor aunque que la cancelé.

—¿Qué hacemos? —preguntó Eleonor—. ¿Llamamos a Michael?

Susan miró el informe de Dylan sobre October Films y luego miró el reloj. Michael estaba intentando salvar su relación con las chicas. Estaba intentando ser el hombre que ellas necesitaban. Pero como jefa operativa, Susan sabía que ocultarle la salida de Sigourney sería un error estratégico. No era una simple molestia de casting; era la pérdida del ancla de prestigio de la película.

—No voy a llamarlo por teléfono —decidió Susan, tomando su abrigo—. Voy a ir a su casa. Esto requiere una conversación cara a cara. Michael necesita saber que mientras él intenta arreglar su hogar, los gigantes de Hollywood están quemando los puentes que quedan. Pero también le llevaré la solución: los papeles de Dylan para la compra de la productora. Si vamos a pelear contra Paramount, Warner y Disney, tenemos que hacerlo desde nuestra propia fortaleza.

Mientras Susan conducía hacia la casa de Michael, su mente trabajaba a mil revoluciones. Admiraba la capacidad de Michael para mantener la calma, pero también sabía que él podía ser despiadado cuando se sentía acorralado. La salida de Sigourney Weaver era un insulto personal a la visión de Michael.

“Están subestimando al Arquitecto”, pensó Susan mientras aceleraba por Sunset Boulevard. “Creen que porque le quitan a los actores, le quitan el talento. Pero Michael no necesita estrellas para brillar; él crea las estrellas”.

Sin embargo, Susan también se sentía protectora. Sabía que Michael estaba en un momento de vulnerabilidad emocional. Entrar en su casa y soltar la noticia de que su “elenco de ensueño” se estaba desmoronando era como arrojar una granada en una habitación en paz. Pero ella era la jefa, y su lealtad hacia Michael significaba que debía ser ella quien le diera la noticia antes de que se enterara por la prensa o por una llamada burlona de algún ejecutivo de Paramount.

Al llegar a la residencia de Michael, Susan se detuvo un momento frente a la entrada. Vio las luces cálidas de la casa y el coche de Michael aparcado de forma tranquila. Todo parecía en paz. Le dolía romper esa burbuja, pero sabía que si no lo hacía ahora, el daño a Get Out sería irreversible.

—Perdóname, Michael —susurró para sí misma antes de bajar del coche—. Pero el mundo no te va a esperar a que termines de cenar.

Susan caminó hacia la puerta con los documentos de Dylan en una mano y la mala noticia de Sigourney en el corazón. Estaba lista para ser la jefa, lista para ser el apoyo y, si era necesario, lista para ser la que encendiera la mecha de la contraofensiva final. La guerra de Hollywood acababa de llegar a la puerta de Michael Relish, y Susan Davies iba a asegurarse de que su jefe tuviera las armas necesarias para ganarla.

Residencia Relish, Malibú – 11 de Noviembre de 1995

El ambiente en la sala de estar de la mansión Relish era una extraña mezcla de calidez doméstica y tensión residual. Michael estaba sentado en el amplio sofá de cuero, flanqueado por Naomi Watts. Frente a ellos, Elizabeth Banks y Cameron Díaz compartían un espacio, recién llegadas de una jornada agotadora de relaciones públicas con Fox por el inminente estreno de El Olvido. La televisión mostraba imágenes de archivo en silencio, pero nadie le prestaba atención.

Había una honestidad nueva en el aire. Michael les había contado, sin adornos ni secretos de “Arquitecto”, el asedio que Warner y Disney estaban montando contra él. Al principio, las chicas se mostraron preocupadas, incluso sugiriendo que Michael fuera a la oficina para apagar los incendios y que ellas estarían bien esperando.

—No —había dicho Michael con firmeza, tomando la mano de Naomi—. Ya les dije que el Arquitecto está fuera de servicio. De ahora en adelante, no solo pensaré en los proyectos como números o movimientos de ajedrez. Quiero que ustedes sean parte de esto. Quiero sus palabras, sus consejos. Si vamos a construir un imperio, quiero que sea un búnker donde todos estemos seguros, no solo yo.

Elizabeth lo miró con una sonrisa suave, notando que el tono de voz de Michael había perdido esa cualidad metálica y autoritaria que solía tener cuando hablaba de negocios desde que estaba vendiendo Relish Productions. Cameron asintió, aunque se la veía cansada; el marketing de Fox podía ser brutal.

—Nosotras queremos ayudar, Michael —dijo Elizabeth—. Pero solo si de verdad nos escuchas, no si solo buscas que validemos tus planes.

—Lo haré —prometió Michael—. Susan y Dylan están haciendo el trabajo sucio, pero sus opiniones son las que me importan. Ustedes conocen el set, conocen a los actores, conocen el sentimiento de ser parte de una historia.

El timbre de la mansión resonó con una urgencia que rompió el momento de paz. Michael se levantó para abrir, y mientras caminaba por el pasillo, su mente registró un pensamiento práctico: “Necesito contratar a alguien que ayude en la casa”. No era solo por el lujo, sino por la logística. Naomi, Liz y Cam estaban trabajando duro, y él no quería que ellas tuvieran que preocuparse por nada que no fuera su bienestar y su arte cuando estaban en casa. Quería que este lugar fuera un refugio absoluto.

Al abrir la puerta, encontró a Susan. Llevaba una gabardina ligeramente húmeda por la niebla nocturna y sostenía un fajo de carpetas con una fuerza que denotaba una crisis inminente. Su rostro estaba tenso, sus ojos reflejaban la fatiga de quien ha estado en las trincheras todo el día.

—Michael, lo siento —dijo Susan antes de saludar—. Sé que pediste descanso, pero esto no podía esperar al lunes.

Michael la dejó pasar. Notó que Susan se dirigía automáticamente hacia la sala de juntas, pero él la detuvo con un gesto suave en el hombro.

—Hoy no habrá oficina, Susan. Ven a la sala. Las chicas están conmigo y quiero que escuchen todo. He decidido que no habrá más secretos operativos en esta casa. Si los estudios están atacando a Omnisciente, nos están atacando a todos.

Susan parpadeó, sorprendida por el cambio de protocolo, pero asintió y lo siguió. Al entrar en la sala, saludó a las tres mujeres con un respeto profesional renovado y una breve sonrisa.

Susan se sentó en un sillón individual, desplegando los papeles sobre la mesa de centro.

—Sigourney Weaver se ha ido —soltó Susan sin anestesia—. Paramount le ofreció el doble y un proyecto de “estreno garantizado” en verano. Han utilizado el miedo, diciéndole que Get Out es demasiado arriesgada para su estatus. Estamos sin la madre de Rose, y los estudios están cerrando filas.

Hubo un suspiro colectivo en la habitación. Michael sintió una punzada de rabia, pero la mantuvo bajo control, mirando a Naomi en lugar de explotar. Susan continuó, entregando el informe que Dylan había preparado sobre las distribuidoras.

—Dylan ha encontrado dos opciones reales para recuperar nuestra independencia —explicó Susan—. October Films, por 29 millones, y Gramercy Pictures, por 34 millones. Ambas tienen redes de salas sólidas. Dylan cree que debemos elegir una para dejar de depender de los caprichos de los Majors.

Michael miró los documentos, pero antes de decir nada, se volvió hacia las chicas.

—¿Qué piensan ustedes? —preguntó Michael—. Susan ha traído el problema y Dylan la solución técnica. Pero quiero saber qué sienten ustedes sobre esto.

Naomi fue la primera en hablar, tomando el informe de October Films. —October Films tiene el alma que necesitamos para Get Out. Si estrenamos bajo su sello, la crítica nos verá como artistas, no como comerciantes. Michael, creo que es la mejor opción para el prestigio a largo plazo.

Elizabeth asintió con entusiasmo. —Cualquier opción es buena si significa que no tenemos que pedirle permiso a un ejecutivo de Warner para respirar. Tener nuestra propia productora te devolverá la chispa, Michael. Te he visto más feliz cuando tú eres el dueño del tablero.

Cameron, que se había mantenido un poco al margen, intervino con una mirada práctica. —En este momento, solo quiero que dejes de estar tan presionado, Michael. Pero si me preguntas por el futuro… me gustaría aprender cómo se hace esto. Quizás más adelante pueda ayudar con la producción. Me gusta la idea de que seamos nosotros contra el mundo.

Michael escuchó cada palabra. Se tomó un momento para procesar las cifras en su mente, la arquitectura financiera que tanto le gustaba diseñar.

—Tenemos 148 millones en reserva de las ganancias de las películas anteriores —comenzó Michael, y su voz recuperó esa seguridad magnética que lo hacía el Arquitecto—. Si usamos 12 millones para la producción de Get Out, nos quedan 136 millones líquidos.

Se levantó y empezó a caminar frente a la chimenea apagada.

—Susan, no vamos a elegir entre October Films y Gramercy —dijo Michael, y una chispa de audacia brilló en sus ojos—. Vamos a comprar las dos.

Susan soltó un pequeño grito ahogado. —¿Las dos, Michael? Eso son 63 millones de dólares.

—Exactamente —respondió él con una sonrisa calculadora—. Al comprar ambas, no solo obtenemos el prestigio artístico de October, sino el músculo comercial de Gramercy. Juntas, tendremos un total de 1.200 salas de distribución garantizada. Eso es más de lo que algunos estudios pequeños tienen para sus estrenos medianos. Con 1.200 salas, Get Out no será una “película de nicho”, será un evento nacional que nadie podrá bloquear.

Las chicas lo miraban con asombro. Era el Michael que conocían, pero operando con una libertad que nunca antes había tenido.

—Las mantendremos bajo el paraguas de Omnisciente Global —continuó Michael—. No cambiaremos sus nombres ni sus estructuras internas inmediatamente; quiero que conserven su respeto académico y su identidad. Pero el control final será nuestro. Eso nos deja con 73 millones de dólares en el banco. Apartaremos 3 millones para contingencias, salarios de transición y para liquidar a cualquier ejecutivo de esas empresas que no quiera seguir nuestro ritmo. Nos quedarán 70 millones limpios para seguir operando.

Susan empezó a anotar febrilmente en su libreta. —1.200 salas… Michael, con eso podemos pelear por los Oscar el próximo año sin que Fox tenga que mover un dedo. Seremos autosuficientes.

—Ahora, el problema de Sigourney —dijo Michael, volviéndose hacia las chicas—. No vamos a rogarle a nadie que no quiera estar aquí. Susan, Naomi ha mencionado a Jessica Lange. Estaba en nuestra lista para El Olvido y sabemos que tiene el peso actoral para el papel de la madre en Get Out. Es una fuerza de la naturaleza.

—¿Y si ella no puede? —preguntó Susan.

—Entonces iremos por Susan Sarandon —decidió Michael—. Ya hemos trabajado con ella, sabemos que hay confianza. Pero primero, llama a Lange. Dile que no es solo un papel, es una invitación a ser parte de la nueva era de Omnisciente. Dile que ahora tenemos nuestras propias salas y que no habrá interferencias de estudio.

Naomi, Elizabeth y Cameron asintieron, satisfechas con la decisión. Sentían que sus voces habían sido escuchadas y que el plan de Michael no solo buscaba el éxito, sino la protección de su “familia” cinematográfica.

Susan se levantó, recogiendo sus papeles con una energía renovada. La mala noticia de Sigourney Weaver ahora parecía un contratiempo menor frente a la compra masiva de dos distribuidoras.

—Tengo mucho trabajo que hacer —dijo Susan, despidiéndose de las chicas con una sonrisa—. Michael, mañana mismo Dylan y yo iniciaremos las gestiones de compra. Para cuando se estrene El Olvido el día 25, quiero que seas el dueño de tu propio circuito de cines.

—Gracias, Susan. Por todo —respondió Michael, acompañándola hasta la puerta.

Cuando regresó a la sala, el silencio volvió a ser cálido. Se sentó de nuevo entre ellas y soltó un largo suspiro. El peso del mundo parecía haberse disipado.

—¿En qué estábamos? —preguntó Michael, rodeando a Naomi con el brazo mientras Elizabeth y Cameron se acurrucaban más cerca en el otro sofá—. Ah, sí. Viendo la televisión.

—Estábamos intentando ser personas normales, Michael —rio Cameron—. Aunque dudo que comprar dos empresas en una noche cuente como “normal”.

—Para nosotros lo es —respondió Naomi, recostando su cabeza en el hombro de Michael—. Y me gusta este nuevo “nosotros”.

Michael se quedó mirando la pantalla, pero su mente no estaba en las noticias de la noche. Estaba pensando en que, efectivamente, ya no era solo el Arquitecto de películas. Estaba construyendo algo mucho más grande, algo que los gigantes de Hollywood no podrían derribar porque no estaba hecho de contratos, sino de una lealtad que el dinero de Paramount o Warner nunca podría comprar.

Por fin, después de meses de caos y ambición ciega, Michael Relish se sintió verdaderamente en casa. La guerra seguía afuera, pero dentro, el búnker era perfecto.

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Ojalá le guste está historia. Intentaré subir un capitulo por semana (se me daño la laptop y con el celular me demoro mucho mientras escribo, investigo ordenado y arreglo), si les gusta comenten, like si te gusta. (Tengo pensado hacer un patreon pero no sé si la gente le gusta mi historia y me ayudaría)

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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