En Hollywood. - Capítulo 55
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Capítulo 55: Capítulo 54
Capítulo 54: El Asedio de los Gigantes
Oficinas de Omnisciente Global (temporal)– 8 de Noviembre de 1995
La oficina de Michael Relish, usualmente un santuario de orden y previsión, se sentía esta mañana como el centro de mando de una fortaleza bajo asedio. El sol de California entraba por los ventanales, iluminando las partículas de polvo que bailaban sobre los tableros de producción de Get Out. Michael estaba de pie, con las manos en los bolsillos, mirando un mapa de la industria que él mismo había dibujado mentalmente, donde las banderas de los grandes estudios —Warner, Disney, Paramount— empezaban a moverse hacia sus territorios.
Susan Davies entró con una carpeta que parecía pesar más de lo habitual. No hubo preámbulos. En el mundo de Michael, el tiempo se había convertido en el recurso más escaso tras la pérdida de Jennifer Connelly.
—Hemos filtrado las cintas de las últimas audiciones y las disponibilidades de las agencias —dijo Susan, dejando fotos sobre la mesa—. Si queremos mantener el nivel de prestigio y esa mezcla de inocencia y peligro que requiere Rose Armitage, el círculo se estrecha.
Michael se acercó a la mesa y observó las fotografías. —Jennifer era la pieza perfecta. Necesito a alguien que el público no quiera odiar hasta que sea demasiado tarde.
Susan señaló dos fotos en particular. —Winona Ryder y Alicia Silverstone. Winona es la favorita de la crítica; tiene esa vulnerabilidad nerviosa que podría funcionar de maravilla con la paranoia de Chris. Por otro lado, Alicia está en la cima absoluta tras el éxito de Clueless. Es la “chica de oro” de América en este momento. Si logramos que ella sea la villana, el giro final romperá las salas de cine.
Michael estudió los rostros. Winona Ryder era el epítome de la sensibilidad alternativa; Alicia era la reina del pop-culture. Ambas eran opciones masivas, capaces de arrastrar a una audiencia joven que usualmente no vería una película de terror psicológico.
—Intenta contratarlas, Susan. Empieza con Winona. Su agente en WMA le debe un favor a Dylan después de lo que hizo con el contrato de Sigourney. Si ella no puede, ve por Alicia. No aceptes un “no” por respuesta sin antes ofrecerles una lectura privada conmigo. Necesitan entender que esto no es una película de género común; es el proyecto que definirá la conversación social del próximo año.
Susan asintió, aunque su expresión era de cautela. —Lo intentaré, Michael. Pero recuerda que Warner y Disney están vigilando cada uno de nuestros movimientos. Se han dado cuenta de que Omnisciente Global tu segunda productora ya no es un experimento de un joven, sino una amenaza.
Tras la reunión con Susan, Michael tomó una decisión que hace una semana le habría parecido un suicidio profesional: cerró su agenda a mediodía. Su equipo lo miró con asombro mientras tomaba las llaves de su coche y su chaqueta.
—¿A dónde vas, Michael? —preguntó Eleonor, con el teléfono en la mano—. Tenemos una llamada con los abogados de los cómics en diez minutos.
—Diles que llamen mañana —respondió Michael con firmeza—. Me eh tomado la tarde libre. El hombre tiene una cita.
Michael condujo hacia su casa con una sensación extraña. No estaba pensando en encuadres ni en la curva dramática del tercer acto. Estaba pensando en Naomi Watts. Mientras Elizabeth Banks y Cameron Díaz estaban sumergidas en la vorágine de Fox, realizando sesiones de fotos, entrevistas de prensa y pruebas de vestuario para las galas de estreno de El Olvido, Naomi se encontraba en un limbo profesional. Ella ya había terminado sus compromisos inmediatos y Michael se dio cuenta de que ese “tiempo libre” podía ser un veneno si ella se sentía olvidada.
Al llegar a la residencia, encontró a Naomi en el jardín, leyendo un libro cerca de la piscina. Se veía hermosa, pero había una quietud en ella que le recordó a Michael lo que Elizabeth había dicho sobre “sentirse como una pieza guardada en una caja”.
—He vuelto temprano —dijo Michael, sentándose en el borde de la tumbona.
Naomi cerró el libro, sorprendida. —¿Pasó algo? ¿Se canceló el rodaje?
—No, nada de eso —Michael le tomó la mano, entrelazando sus dedos—. Simplemente decidí que el cronograma de los domingos y miércoles no era suficiente. Hoy no hay directores, ni actrices, ni planes maestros. Solo nosotros.
Naomi lo observó durante un largo rato, buscando cualquier rastro de segundas intenciones. —¿De verdad? ¿Incluso si suena el teléfono con una emergencia de Fox?
—He dejado el teléfono en el coche, y el coche está cerrado bajo llave —mintió Michael parcialmente (el teléfono estaba apagado, lo cual para él era un sacrificio hercúleo)—. ¿Qué quieres hacer hoy, Naomi? No lo que el departamento de marketing dice que es bueno para tu imagen. Lo que tú quieras.
Naomi sonrió, y Michael sintió que esa pequeña victoria valía más que cualquier luz verde de un estudio. Pasaron la tarde caminando por la playa, hablando de cosas triviales: historias de su infancia en Australia, sus miedos antes de conocerlo, y lo que ella esperaba del futuro más allá de los focos. Michael se esforzó por escuchar, realmente escuchar, sin transformar cada una de sus frases en una idea para un guion.
Mientras Michael intentaba redimirse con Naomi, la otra cara de su imperio seguía girando a mil revoluciones. En los estudios de Fox, Elizabeth Banks y Cameron Díaz estaban viviendo el costo del éxito que Michael les había construido.
Elizabeth estaba en medio de una intensa sesión de preguntas y respuestas para la prensa extranjera. Cada periodista le preguntaba sobre su relación con el “genio” Michael Relish y cómo se sentía al ser parte de una película que desafiaba los límites del suspenso. Se sentía agotada, pero sabía que era necesario. Michael las había puesto en la cima, y la cima era un lugar con poco aire para respirar.
Por su parte, Cameron estaba en las oficinas de marketing de Fox, revisando los pósters internacionales de El Olvido. Fox estaba utilizando su imagen de “chica de al lado” para vender la película en Europa y Asia. Ella se veía a sí misma en las paredes y, aunque era lo que siempre había soñado, no podía evitar recordar las palabras de Naomi: “¿Somos reinas o somos piezas?”.
Ambas estaban cumpliendo con su parte del trato, manteniendo la marca de Michael en lo más alto mientras él intentaba salvar su humanidad. Era un equilibrio precario. Michael sabía que si fallaba en Get Out, o si El Olvido no cumplía las expectativas estratosféricas de Fox, el peso de toda esa estructura caería sobre ellas.
Al final del día, Michael y Naomi regresaron a casa. Por primera vez en meses, Michael no sintió la urgencia de correr a su estudio para revisar correos. Se quedó con ella, compartiendo una cena sencilla, disfrutando del silencio que ahora no se sentía como un vacío, sino como una conexión.
Sin embargo, en el fondo de su mente, el Arquitecto seguía alerta. Sabía que mientras él descansaba, Susan estaba luchando en las trincheras de Beverly Hills para conseguir a Winona o Alicia. Sabía que los grandes estudios no se quedarían de brazos cruzados viendo cómo un productor independiente les quitaba las mejores historias y el mejor talento.
—Gracias por hoy, Michael —susurró Naomi antes de quedarse dormida—. Hacía mucho tiempo que no sentía que me veías a mí.
Michael la miró y sintió una punzada de culpa. Había descuidado lo más valioso por perseguir sombras en una pantalla. Pero la tregua sería corta. Mañana, el mundo volvería a llamar a su puerta, y las noticias que traería Susan pondrían a prueba no solo su capacidad como productor, sino su nueva resolución de no utilizar a las personas como herramientas.
El asedio de los gigantes estaba por comenzar, y Michael tendría que decidir si proteger su imperio o proteger a quienes amaba. Porque, como estaba a punto de descubrir, en el Hollywood de los 90, a veces no se podían hacer ambas cosas.
Beverly Hills, Los Ángeles – 9 de Noviembre de 1995
Susan ajustó el cuello de su chaqueta mientras caminaba por el pasillo alfombrado de la agencia de talentos. A su lado, Eleonor mantenía un paso firme, llevando consigo el maletín que contenía los borradores finales y las propuestas contractuales para lo que Michael consideraba su próximo gran golpe.
El aire en Beverly Hills siempre se sentía cargado de ambición, pero hoy, para Susan, había algo más: una electricidad estática que presagiaba tormenta.
—Michael cree que Winona es la clave para que la película sea tomada en serio por la crítica joven —susurró Susan mientras esperaban frente a la oficina del agente—. Si conseguimos su firma hoy, los muros de los grandes estudios empezarán a temblar.
Eleonor asintió, aunque sus ojos escaneaban el lugar con sospecha. —Siento que nos están observando, Susan. No es la bienvenida habitual que recibe la mano derecha del “Arquitecto”.
La reunión con el agente de Winona Ryder comenzó con una cordialidad casi exagerada. Durante cuarenta minutos, Susan desplegó toda su artillería. Habló de la visión de Michael, del éxito sin precedentes de su último éxito The Shallows y de cómo las primeras reacciones a El Olvido estaban aterrorizando a los ejecutivos de Fox por lo buenas que eran.
—Winona busca algo que la aleje de los dramas de época —dijo Susan, deslizando el contrato—. Get Out es esa oportunidad. Es contemporánea, es oscura y es necesaria. Michael quiere que ella sea el rostro de la traición más impactante de la década.
El agente parecía convencido. Estaba revisando las cifras de los 2 millones de dólares, una suma competitiva para una producción de este tipo. Incluso llegó a comentar que Winona había leído un resumen y estaba fascinada con el concepto. Todo parecía ir sobre ruedas hasta que el teléfono en su escritorio parpadeó.
—Perdonen un momento —dijo el agente, levantando la mano—. Es una llamada que debo atender. Es urgente de la planta superior.
Salió de la oficina, dejando a Susan y Eleonor en un silencio tenso. Pasaron cinco minutos. Luego diez. Susan miró su reloj. En la industria, una interrupción tan larga en medio de un cierre de trato era una señal de alerta máxima.
Cuando el hombre regresó, su lenguaje corporal había cambiado por completo. La calidez se había evaporado, reemplazada por una máscara de profesionalismo frío y distante.
—Susan, Eleonor… agradezco mucho que hayan venido —dijo, sin sentarse de nuevo—. Pero me temo que he hablado con Winona y ella ha decidido que necesita conversar más a fondo sobre su dirección artística. Por ahora, no vamos a firmar nada.
Susan sintió un nudo en el estómago. —Hace diez minutos estabas hablando de las fechas de rodaje, Arthur. ¿Qué ha cambiado en esa llamada?
—Simplemente nuevas perspectivas —respondió él, evitando el contacto visual—. Les llamaremos si hay cambios.
Susan y Eleonor salieron del edificio en silencio. Fue solo cuando llegaron al estacionamiento que Eleonor explotó.
—Eso fue ridículo, Susan. Fue una ejecución en vivo. Esa llamada no era de “arriba”, era de afuera. Alguien le dio una orden o una oferta que no pudo rechazar.
—Lo sé —respondió Susan, apretando el volante de su coche—. Fue demasiado oportuno. “Pensarlo”, esa es la frase que usan cuando están esperando que el otro estudio envíe el contrato oficial.
No habían pasado ni quince minutos cuando el teléfono móvil de Susan sonó. Era el agente de Winona.
—Susan, seré breve para no quitarte más tiempo —dijo la voz al otro lado—. Winona ha decidido declinar la oferta de Omnisciente. Acaba de cerrar un acuerdo para un proyecto prioritario con Warner Bros. Se trata de Inventing the Abbotts… no, espera, eso era Jennifer… es un proyecto nuevo, un drama de gran presupuesto que la mantendrá ocupada todo el próximo año. Lo siento.
Susan colgó sin decir palabra. La rabia empezaba a hervir bajo su piel. —Warner —gruñó—. Primero nos quitan a Jennifer Connelly y ahora bloquean a Winona. Están rodeando a Michael.
—Aún tenemos a Alicia Silverstone —dijo Eleonor, tratando de mantener la calma—. Su agente es Marcus, y él siempre ha sido razonable.
Pero la visita a la oficina de Alicia fue aún más corta y brutal. Marcus ni siquiera las invitó a pasar a la sala de juntas. Las recibió en el vestíbulo, con una expresión de quien está pidiendo disculpas por un pecado que no cometió.
—Susan, ahorrémonos el discurso. Sé por qué estás aquí —dijo Marcus rápidamente—. Alicia no puede hacer la película de Michael. Disney acaba de ejercer una opción de contrato para un proyecto que la vincula exclusivamente a ellos por los próximos dieciocho meses. No es negociable. Es una pared de ladrillos.
—¿Disney? —preguntó Susan, incrédula—. Alicia es la actriz más independiente del momento. ¿Desde cuándo Disney la tiene bajo llave?
—Desde esta mañana, aparentemente —respondió Marcus en voz baja, acercándose a ellas—. Escucha, Susan, dile a Michael que tenga cuidado. Los “Majors” están hablando entre ellos. No quieren que un chico con una productora independiente y un contrato de distribución favorable en Fox siga humillándolos en la taquilla con presupuestos bajo-medianos. Quieren que vaya más lento. Quieren que Get Out muera antes de nacer.
Susan y Eleonor regresaron a las oficinas de Fox R. Productions con el ánimo por los suelos. Al entrar, encontraron a Dylan caminando de un lado a otro en la recepción, con varios informes de prensa en las manos.
—¿Cómo les fue? —preguntó Dylan, aunque su rostro decía que ya conocía la respuesta.
—Cero de dos —respondió Susan, lanzando su bolso sobre el sofá—. Warner se llevó a Winona y Disney bloqueó a Alicia. Es un asedio coordinado, Dylan.
Dylan asintió con gravedad. —Es peor de lo que piensan. Me acaban de informar mis contactos en Paramount y Universal. Se ha corrido la voz de que El Olvido es una obra maestra técnica. Los estudios están aterrorizados de que Michael gane un Oscar este año siendo un “outsider”. Si consigue los premios y luego estrena otro éxito como Get Out, su poder de negociación será imparable. Han decidido que la única forma de detener al Arquitecto es quitándole las herramientas: sus actores.
—Quieren que fracase por falta de talento —dijo Eleonor, indignada—. Si Michael no puede contratar a nadie de renombre, la película parecerá de serie B.
Susan se sentó frente al teléfono. —Tengo que llamar a Michael. Estaba pasando tiempo con Naomi, intentando ser una persona normal por una vez en su vida, y tengo que darle esta noticia. Me siento como la portadora de la peste.
Susan marcó el número privado de Michael. Al tercer tono, él respondió. Su voz sonaba relajada, casi feliz, lo que hizo que a Susan le doliera aún más lo que estaba a punto de decir.
—¿Michael? Soy Susan.
—Susan, espero que me llames para decirme que Winona está celebrando —dijo Michael desde el otro lado.
—Michael… —Susan hizo una pausa, buscando las palabras—. Tenemos que hablar. No ha salido bien. Ni Winona, ni Alicia. Warner y Disney han movido piezas pesadas esta mañana. Nos han cerrado las puertas en la cara, Michael. Y según Dylan, esto es solo el comienzo. Los estudios se han unido para que no puedas rodar Get Out. Quieren frenarte, quieren que la industria sepa que nadie es más grande que el sistema.
Hubo un silencio largo del otro lado de la línea. Susan podía imaginar a Michael, de pie en su jardín o en su terraza, viendo cómo el mundo perfecto que había intentado construir ese día se desmoronaba bajo el peso de la política de Hollywood.
—Así que por fin han decidido jugar sucio —dijo Michael finalmente. Su voz ya no era relajada; era fría, cortante, la voz del hombre que había diseñado Omnisciente Cómics y películas taquilleras se rendirá facil—. Creen que porque controlan los contratos de las estrellas, controlan el cine.
—Michael, ¿qué vamos a hacer? —preguntó Susan—. Sin una protagonista de peso, el presupuesto de 12 millones se ve excesivo. Van a empezar a utilizar los rumores para que canceles o posponerlo.
—No vamos a posponer nada —respondió Michael con una seguridad que erizó los cabellos de Susan—. Si ellos quieren guerra, les daré una que no podrán financiar. Reúnanse con Dylan y preparen los informes de productoras independiente. Si los grandes estudios quieren cerrarme las puertas de sus mansiones, me compraré mi propio vecindario. Susan, prepárate. Mañana dejamos de pedir permiso.
Susan colgó el teléfono y miró a Dylan. —Dijo que nos preparemos. No va a retroceder.
—Nunca lo hace —respondió Dylan con una sonrisa torcida—. Pero esta vez, el Arquitecto va a tener que construir algo más que una película. Va a tener que construir un nuevo búnker.
La oficina se sumergió en una actividad frenética. La tregua había terminado. La guerra por el alma de Get Out y el futuro de Michael Relish acababa de escalar a un nivel donde ya no importaban los guiones, sino quién tenía la voluntad más inquebrantable para sobrevivir al asedio de los gigantes.
Residencia Relish, Malibú – 9 de Noviembre de 1995
Michael colgó el teléfono lentamente, sintiendo el peso del silencio que se apoderó del jardín tras las palabras de Susan. El sol comenzaba a descender, tiñendo el cielo de un naranja violáceo que, en cualquier otro momento, Michael habría analizado como la paleta de colores perfecta para un mejor clímax dramático. Pero hoy no había cámaras, solo la realidad de un hombre que acababa de ser bloqueado por los pilares de la industria que pretendía conquistar.
Naomi estaba a unos metros, observándolo con una mezcla de precaución y ternura. Ella había visto cómo el rostro de Michael pasaba de la relajación absoluta a esa rigidez gélida que solo aparecía cuando el detectaba alguna falla en los rodajes o cuando alguien no trabajaba serio en sus proyectos.
Michael respiró hondo. Su primer instinto fue levantarse, llamar a Dylan, convocar una reunión de emergencia y pasar la noche en vela trazando un contraataque agresivo. Pero recordó su promesa. Recordó las palabras de Elizabeth sobre ser una “pieza en el tablero”.
Caminó hacia Naomi y se sentó a su lado. No ocultó el teléfono, no fingió que todo estaba bien.
—Susan me llamó con noticias de las negociaciones de casting para Get Out —comenzó Michael, mirando a Naomi a los ojos—. Warner se llevó a Winona. Disney bloqueó a Alicia. Los estudios están actuando en bloque para frenarme. Quieren que la película quede bloqueada, porque no puedo conseguir una protagonista de renombre.
Naomi se tensó al principio, preparándose para el habitual estallido de Michael donde él simplemente daría órdenes y desaparecería en su oficina. Pero cuando él se quedó allí, esperando, ella se relajó.
—Te lo digo porque somos una pareja, Naomi —continuó Michael con voz suave—. Y no quiero volver a dejarlas de lado. Sé que Elizabeth y Cameron pensarán lo mismo cuando lleguen. No quiero tomar esta decisión solo. ¿Qué crees que debería hacer el “Arquitecto” cuando los dueños del terreno intentan quitarle los materiales?
Naomi guardó silencio un momento, procesando no solo la crisis profesional, sino el hecho de que Michael le estuviera pidiendo consejo real, no validación.
—Al principio, cuando sonó el teléfono, me preparé para enojarme —admitió Naomi, tomando la mano de Michael—. Pensé: “Aquí vamos de nuevo, el trabajo es más importante que nosotros”. Pero el hecho de que me lo cuentes así… cambia todo.
Ella se incorporó, mirando el horizonte con una lucidez que Michael siempre había admirado pero que rara vez había utilizado fuera de un set.
—Michael, te has vuelto demasiado dependiente del sistema que intentas vencer —dijo ella con honestidad—. Eras más libre cuando tenías tu propia productora, antes de la fusión, antes de que Fox fuera tu única salida. Desde que vendiste gran parte de tu control y te convertiste en el “chico dorado” de Fox, estás más ocupado, más estresado y más limitado. Estás peleando por migajas de casting en las mesas de otros.
Michael escuchó con atención. Ella tenía razón. Al buscar la validación de los premios y el respaldo de un Major, se había puesto una soga al cuello.
—Si quieres pasar más tiempo con nosotras y no sentir que el mundo se acaba cada vez que Warner te roba una actriz, necesitas volver a ser el dueño de tu propio destino —continuó Naomi—. Crea una nueva productora. Una que no dependa de si Disney parpadea o no. Delega esas decisiones de casting, dale oportunidad a chicas que no estén en la lista de las diez más buscadas por los estudios. Haz lo que hacías antes: descubre el talento, así como nos descubristes, no alquiles talentos.
Michael sintió cómo una pieza del rompecabezas encajaba en su lugar. No era un retroceso, era un salto hacia adelante. La dependencia del dinero, de Fox le estaba quitando su humanidad y su tiempo.
—Tienes razón —dijo Michael, y una sonrisa de auténtica admiración se dibujó en su rostro—. Si creo o compro mi propia estructura de distribución, no tendré que pedir permiso para contratar a quien yo quiera. Aunque seguiré delegando la burocracia a Susan, ella necesita más ayuda, también necesito concentrarme en lo que importa: la historia y ustedes.
Michael tomó el teléfono de nuevo, pero esta vez no se alejó. Marcó el número de Susan Davies frente a Naomi.
—Susan, soy yo otra vez —dijo Michael cuando ella contestó—. Olvida el casting por un momento. Tenemos 148 millones en reserva de las ganancias anterior s y que no se utilizo en inversión. Quiero que busques una o dos productoras independientes para comprarlas, Necesito una que tenga su propia red de distribución, al menos unas 500 salas garantizadas. Vamos a utilizar unos 30 millones para esta adquisición. Comenzaremos otra vez como lo hice con Relish Productions, está vez si todo sale bien está nueva productora se llamará Omnisciente R. Picture, y no la vendere nos quedaremos ya sea que nos estén accediendo o nos bloquee, haremos historias tengo muchas ideas, ya sea las de Omniciente cómics, los IP de Marvel que compré y los que Dylan está buscando, no nos faltaran historias.
Susan, al otro lado, pareció quedarse sin habla por un segundo antes de recuperar su tono profesional. —Entendido, Michael. Dylan mencionó algo sobre October Films cuando estaba negociando con Trimark. Empezaré a investigar de inmediato.
—Hazlo. Y Susan… delega la búsqueda de la protagonista a Dylan por ahora. No quiero que esto consuma mi noche. Tengo asuntos más importantes que atender.
Michael colgó el teléfono y lo dejó sobre la mesa de café, boca abajo. Se volvió hacia Naomi, quien lo observaba con una mezcla de orgullo y alivio.
—Ya está —dijo Michael—. Susan se encargará de los cimientos. Ahora, como prometí, el Arquitecto está fuera de servicio.
Naomi sonrió, esta vez de forma genuina, sintiendo que el hombre que amaba realmente estaba haciendo un esfuerzo por cambiar su naturaleza posesiva y controladora.
—¿Entonces? —preguntó ella, acercándose más a él—. ¿Qué tiene planeado el “no-director” para el resto de la tarde?
Michael se recostó en la tumbona, sintiendo que el peso en sus hombros se aligeraba. —Podríamos ver una película, aunque sospecho que terminaré criticando la iluminación. O mejor… podríamos salir a cenar. Hay un restaurante nuevo cerca de la costa que no tiene nada que ver con la industria. Sin agentes, sin productores, sin cámaras. Solo tú y yo. ¿Qué dices?
—Digo que me parece la mejor idea que has tenido en todo el año —respondió Naomi, dándole un beso suave—. Y mañana, cuando Elizabeth y Cameron regresen del caos de Fox, les diremos que el imperio va a cambiar. Que ya no seremos piezas, sino dueños.
Mientras se preparaban para salir, Michael sintió una paz que no había experimentado desde que comenzó el ascenso meteórico de Omnisciente. Entendió que la verdadera victoria no era vencer a Warner o ganar un Oscar, sino tener la libertad de decidir cuándo pelear y cuándo simplemente disfrutar de la compañía de las personas que daban sentido a su lucha.
Hollywood seguía afuera, conspirando en las sombras de los grandes estudios, pero dentro de los muros de su casa, Michael Relish acababa de ganar la batalla más importante: la batalla contra su propio ego.
—¿Lista? —preguntó Michael, ofreciéndole el brazo a Naomi.
—Lista —respondió ella—. Y Michael… gracias por escucharme. De verdad.
—Gracias a ti por recordarme por qué construí todo esto en primer lugar —concluyó él.
Cerraron la puerta de la mansión tras ellos, dejando el teléfono y los problemas de casting en la oscuridad. El asedio de los gigantes continuaba, pero el Arquitecto ya no estaba solo en la torre; ahora tenía una compañera en las trincheras, y juntos, estaban a punto de reescribir las reglas del juego.
Oficinas de la William Morris Agency (WMA), Beverly Hills – 10 de Noviembre de 1995
Dylan colgó el teléfono tras hablar con Michael y se quedó mirando el auricular durante un segundo. “Treinta millones para una red de distribución propia”, repitió en su mente. Era un movimiento audaz, incluso para los estándares del Arquitecto. Mientras la mayoría de los productores independientes suplicaban por un contrato de “pago por ver” o una ranura de estreno en Miramax, Michael Relish estaba decidiendo regresar a construir su propia autopista hacia las salas de cine.
Como agente de medio-alto nivel en WMA, Dylan tenía acceso gracias a su cliente Michael, a lo que en Hollywood se llamaba “La Biblia de las Sombras”: informes financieros internos, deudas no declaradas y proyecciones de flujo de caja que nunca llegaban a la prensa de Variety.
Dylan se dirigió al departamento de análisis de mercado de la agencia. En los años 90, la información no estaba a un clic de distancia; estaba en carpetas de archivo, en cintas magnéticas de terminales Bloomberg y en los rumores de los contadores que almorzaban en el Grill de Beverly Hills.
—Necesito un desglose completo de las distribuidoras independientes con infraestructura de salas garantizada —le dijo Dylan a su equipo de analistas—. Busco algo con un valor de mercado de entre 25 y 35 millones. Quiero balances de los últimos dos años y, sobre todo, sus contratos vigentes con las cadenas de exhibición como AMC y United Artists.
Durante las siguientes seis horas, Dylan se sumergió en un mar de números. Sabía que Michael no solo quería una oficina con un logo bonito; quería el poder de poner una película en 500 pantallas sin tener que besarle el anillo a ningún ejecutivo de un gran estudio.
Tras descartar a varias empresas que estaban al borde de la bancarrota técnica o que tenían problemas legales insolubles, Dylan filtró dos opciones reales que encajaban perfectamente con el presupuesto y la visión de Michael en noviembre de 1995.
Opción A: October Films
Valor de Mercado Estimado (1995): 29 millones de dólares.
October Films era, en ese momento, la joya de la corona del cine de autor. Fundada por Bingham Ray y Jeff Lipsky, la empresa se había ganado una reputación envidiable por distribuir películas que ganaban premios pero que también tenían un atractivo comercial inteligente.
Estado actual: Acababan de tener un éxito masivo de crítica con Secrets & Lies (Secretos y mentiras) de Mike Leigh y estaban preparando el terreno para Breaking the Waves de Lars von Trier.
Infraestructura: Poseían contratos de distribución que les garantizaban acceso a aproximadamente 450 a 520 salas en todo Estados Unidos, especializándose en mercados clave como Nueva York, Los Ángeles, Chicago y San Francisco.
Por qué Michael la querría: Su marca era sinónimo de calidad. Si Get Out salía bajo el sello de October Films, la industria la vería inmediatamente como una contendiente seria para los premios, eliminando el estigma de “película de género barato” que los grandes estudios intentaban imponerle.
Opción B: Gramercy Pictures
Valor de Mercado Estimado (1995): 34 millones de dólares.
Gramercy era una joint venture entre PolyGram Filmed Entertainment y Universal Pictures, pero operaba con una autonomía casi total, y había rumores de que PolyGram quería consolidar activos, lo que abría una ventana para una adquisición externa de su control operativo.
Estado actual: Venían de saborear el éxito mundial con Cuatro bodas y un funeral y estaban distribuyendo The Usual Suspects (Sospechosos habituales), una de las películas más comentadas.
Infraestructura: Tenían una red más agresiva, capaz de alcanzar hasta 700 salas en estrenos amplios. Su maquinaria de marketing era experta en transformar películas pequeñas en fenómenos culturales.
Por qué Michael la querría: El alcance. Gramercy le daría a Michael la capacidad de competir cara a cara con los grandes estudios en términos de presencia en centros comerciales, no solo en cines de arte.
Dylan comenzó a redactar el informe para Michael, utilizando su conocimiento de la industria para detallar los pros y los contras. No era solo un documento financiero; era un análisis de guerra.
PARA: Michael Relish (Omnisciente Global)
DE: Dylan (WMA)
FECHA: 10 de Noviembre de 1995
ASUNTO: Adquisición de Infraestructura de Distribución Independiente
Michael, tras analizar el mercado actual, tenemos dos objetivos claros que nos darán la autonomía que Fox nos está restando.
OCTOBER FILMS (El Prestigio): Es la opción más quirúrgica. Su valor de 29M encaja en nuestro presupuesto de 30M. Tienen el respeto de la Academia y una red de salas que garantiza que Get Out se vea en los lugares donde se deciden los premios. Su debilidad es que carecen de músculo para blockbusters, pero para tu “cine de autor”, son el guante perfecto.
GRAMERCY PICTURES (El Músculo): Es un poco más cara (34M), pero nos daría una red de hasta 700 pantallas. Esto enviaría un mensaje aterrador a Warner y Disney: que el Arquitecto ya no necesita sus complejos de salas para llegar al gran público.
Nota de Dylan: Los grandes estudios están intentando asfixiarnos bloqueando el talento. Si compramos October Films, podemos usar su calendario de estrenos para posicionar Get Out más adelante y tenga una ventana de estreno protegida sin interferencias externas.
La recomendación de WMA es ir por October Films. Están en un punto donde necesitan una inyección de capital para expandirse y tu nombre les daría el impulso para convertirse en la nueva Miramax, pero bajo tu control total.
Dylan sabía algo que Michael aún no había procesado del todo: comprar una distribuidor era adelantarse al colapso de las “Indies” que está ocurriendo y puede ocurrir en los próximos años. Al asegurar la distribución ahora, Michael no solo estaba salvando Get Out, sino que estaba blindando toda su biblioteca futura de cómics y adaptaciones.
—Si Michael acepta —murmuró Dylan mientras sellaba el sobre—, Hollywood se va a dar cuenta de que no solo estamos jugando a hacer películas. Estamos jugando a ser el sistema.
Dylan llamó a su secretaria para que enviara el informe por mensajero urgente a la residencia de Michael. Sabía que Susan también estaría analizando los números, pero el toque final lo daría el Arquitecto. La guerra con los estudios acababa de pasar de una pelea de casting a una adquisición hostil de territorio. Y en ese campo de batalla, Dylan era el mejor general que Michael podía tener.
La pelota estaba ahora en el campo de Michael. La decisión entre el “Prestigio” de October y el “Músculo” de Gramercy definiría no solo el destino de su película, sino la forma en que el mundo vería a Omnisciente Global para el resto de la década.
Sede de Omnisciente Global – 11 de Noviembre de 1995
Susan Davies observaba el informe de Dylan que acababa de llegar a su escritorio. El sobre, sellado con el emblema de la William Morris Agency, contenía lo que ella consideraba el “testamento de la libertad” de Michael Relish. Al pasar las páginas y ver los nombres de October Films y Gramercy Pictures, Susan sintió un alivio que no sabía que necesitaba.
Desde que Michael había decidido vender gran parte de su autonomía para fusionarse con Fox por estos pocos proyectos, Susan había notado un cambio en la energía de la empresa. Ya no eran los piratas que asaltaban el sistema; se habían convertido en parte de la aristocracia del sistema, y con ello vinieron las cadenas de oro. Pero ver esos números, ver la posibilidad de controlar 500 salas de cine con una inversión de 29 millones, le devolvió la sonrisa.
Michael le había pedido tiempo. Le había pedido que ella fuera el filtro, la barrera entre él y el ruido exterior para poder dedicarle tiempo a Naomi, Elizabeth y Cameron. Susan se tomó esa responsabilidad con una seriedad casi sagrada.
—Si Michael quiere ser un hombre por unos días, yo seré la General —murmuró para sí misma, subrayando los detalles de October Films.
Susan confiaba plenamente en Michael. A diferencia de otros productores con los que había trabajado en el pasado, Michael no era un hombre de impulsos vacíos; era un visionario que veía el cine como una estructura arquitectónica. Si él decía que necesitaban su propia productora de nuevo, ella no dudaría. Estaba dispuesta a seguirlo al abismo porque sabía que Michael ya habría diseñado el paracaídas. Con October Films, recuperarían la capacidad de delegar, de contratar a actores sin el permiso de los “Majors” y, sobre todo, de proteger sus historias de la interferencia corporativa.
La alegría de Susan fue interrumpida por un golpe seco en la puerta. Eleonor entró en la oficina, y su rostro estaba pálido, con esa expresión de derrota contenida que Susan odiaba ver.
—Susan, tenemos un incendio que no puedo apagar —dijo Eleonor, cerrando la puerta tras de ella.
—¿Qué pasa ahora? ¿Warner robó otra actriz de reparto? —preguntó Susan, tratando de mantener la calma.
—Es peor. Es Sigourney Weaver —soltó Eleonor. Susan sintió un frío repentino en el estómago—. Su agente de WMA acaba de llamarme. Paramount entró en escena esta mañana con una oferta que ellos llaman “irresistible”. Le han ofrecido un papel protagónico en una superproducción de verano, con un cheque que duplica nuestros 2 millones y una participación en los beneficios que nosotros, con nuestro presupuesto de 12 millones, simplemente no podemos igualar.
Susan se levantó de su silla, furiosa. —¡Teníamos un acuerdo de palabra! Los contratos estaban en revisión legal.
—Paramount no solo puso dinero sobre la mesa, Susan —continuó Eleonor—. Le vendieron la idea de que Get Out es un riesgo innecesario en este punto de su carrera. Dijeron que la película de Michael es “demasiado experimental” y que podría dañar su imagen de estrella de acción y prestigio. Sigourney decidió irse con ellos. Estamos fuera de su agenda.
Susan se frotó las sienes. Primero Jennifer Connelly, luego el bloqueo de Winona y Alicia por parte de Warner y Disney, y ahora la traición de Sigourney Weaver orquestada por Paramount. El asedio no era solo una metáfora; era una ejecución coordinada de los grandes estudios para desmantelar la producción de Michael pieza por pieza.
—Quieren dejarlo solo —dijo Susan, con la voz temblando de rabia—. Quieren que cuando Michael regrese de su descanso, se encuentre con un set vacío y una película bloqueada o peor aunque que la cancelé.
—¿Qué hacemos? —preguntó Eleonor—. ¿Llamamos a Michael?
Susan miró el informe de Dylan sobre October Films y luego miró el reloj. Michael estaba intentando salvar su relación con las chicas. Estaba intentando ser el hombre que ellas necesitaban. Pero como jefa operativa, Susan sabía que ocultarle la salida de Sigourney sería un error estratégico. No era una simple molestia de casting; era la pérdida del ancla de prestigio de la película.
—No voy a llamarlo por teléfono —decidió Susan, tomando su abrigo—. Voy a ir a su casa. Esto requiere una conversación cara a cara. Michael necesita saber que mientras él intenta arreglar su hogar, los gigantes de Hollywood están quemando los puentes que quedan. Pero también le llevaré la solución: los papeles de Dylan para la compra de la productora. Si vamos a pelear contra Paramount, Warner y Disney, tenemos que hacerlo desde nuestra propia fortaleza.
Mientras Susan conducía hacia la casa de Michael, su mente trabajaba a mil revoluciones. Admiraba la capacidad de Michael para mantener la calma, pero también sabía que él podía ser despiadado cuando se sentía acorralado. La salida de Sigourney Weaver era un insulto personal a la visión de Michael.
“Están subestimando al Arquitecto”, pensó Susan mientras aceleraba por Sunset Boulevard. “Creen que porque le quitan a los actores, le quitan el talento. Pero Michael no necesita estrellas para brillar; él crea las estrellas”.
Sin embargo, Susan también se sentía protectora. Sabía que Michael estaba en un momento de vulnerabilidad emocional. Entrar en su casa y soltar la noticia de que su “elenco de ensueño” se estaba desmoronando era como arrojar una granada en una habitación en paz. Pero ella era la jefa, y su lealtad hacia Michael significaba que debía ser ella quien le diera la noticia antes de que se enterara por la prensa o por una llamada burlona de algún ejecutivo de Paramount.
Al llegar a la residencia de Michael, Susan se detuvo un momento frente a la entrada. Vio las luces cálidas de la casa y el coche de Michael aparcado de forma tranquila. Todo parecía en paz. Le dolía romper esa burbuja, pero sabía que si no lo hacía ahora, el daño a Get Out sería irreversible.
—Perdóname, Michael —susurró para sí misma antes de bajar del coche—. Pero el mundo no te va a esperar a que termines de cenar.
Susan caminó hacia la puerta con los documentos de Dylan en una mano y la mala noticia de Sigourney en el corazón. Estaba lista para ser la jefa, lista para ser el apoyo y, si era necesario, lista para ser la que encendiera la mecha de la contraofensiva final. La guerra de Hollywood acababa de llegar a la puerta de Michael Relish, y Susan Davies iba a asegurarse de que su jefe tuviera las armas necesarias para ganarla.
Residencia Relish, Malibú – 11 de Noviembre de 1995
El ambiente en la sala de estar de la mansión Relish era una extraña mezcla de calidez doméstica y tensión residual. Michael estaba sentado en el amplio sofá de cuero, flanqueado por Naomi Watts. Frente a ellos, Elizabeth Banks y Cameron Díaz compartían un espacio, recién llegadas de una jornada agotadora de relaciones públicas con Fox por el inminente estreno de El Olvido. La televisión mostraba imágenes de archivo en silencio, pero nadie le prestaba atención.
Había una honestidad nueva en el aire. Michael les había contado, sin adornos ni secretos de “Arquitecto”, el asedio que Warner y Disney estaban montando contra él. Al principio, las chicas se mostraron preocupadas, incluso sugiriendo que Michael fuera a la oficina para apagar los incendios y que ellas estarían bien esperando.
—No —había dicho Michael con firmeza, tomando la mano de Naomi—. Ya les dije que el Arquitecto está fuera de servicio. De ahora en adelante, no solo pensaré en los proyectos como números o movimientos de ajedrez. Quiero que ustedes sean parte de esto. Quiero sus palabras, sus consejos. Si vamos a construir un imperio, quiero que sea un búnker donde todos estemos seguros, no solo yo.
Elizabeth lo miró con una sonrisa suave, notando que el tono de voz de Michael había perdido esa cualidad metálica y autoritaria que solía tener cuando hablaba de negocios desde que estaba vendiendo Relish Productions. Cameron asintió, aunque se la veía cansada; el marketing de Fox podía ser brutal.
—Nosotras queremos ayudar, Michael —dijo Elizabeth—. Pero solo si de verdad nos escuchas, no si solo buscas que validemos tus planes.
—Lo haré —prometió Michael—. Susan y Dylan están haciendo el trabajo sucio, pero sus opiniones son las que me importan. Ustedes conocen el set, conocen a los actores, conocen el sentimiento de ser parte de una historia.
El timbre de la mansión resonó con una urgencia que rompió el momento de paz. Michael se levantó para abrir, y mientras caminaba por el pasillo, su mente registró un pensamiento práctico: “Necesito contratar a alguien que ayude en la casa”. No era solo por el lujo, sino por la logística. Naomi, Liz y Cam estaban trabajando duro, y él no quería que ellas tuvieran que preocuparse por nada que no fuera su bienestar y su arte cuando estaban en casa. Quería que este lugar fuera un refugio absoluto.
Al abrir la puerta, encontró a Susan. Llevaba una gabardina ligeramente húmeda por la niebla nocturna y sostenía un fajo de carpetas con una fuerza que denotaba una crisis inminente. Su rostro estaba tenso, sus ojos reflejaban la fatiga de quien ha estado en las trincheras todo el día.
—Michael, lo siento —dijo Susan antes de saludar—. Sé que pediste descanso, pero esto no podía esperar al lunes.
Michael la dejó pasar. Notó que Susan se dirigía automáticamente hacia la sala de juntas, pero él la detuvo con un gesto suave en el hombro.
—Hoy no habrá oficina, Susan. Ven a la sala. Las chicas están conmigo y quiero que escuchen todo. He decidido que no habrá más secretos operativos en esta casa. Si los estudios están atacando a Omnisciente, nos están atacando a todos.
Susan parpadeó, sorprendida por el cambio de protocolo, pero asintió y lo siguió. Al entrar en la sala, saludó a las tres mujeres con un respeto profesional renovado y una breve sonrisa.
Susan se sentó en un sillón individual, desplegando los papeles sobre la mesa de centro.
—Sigourney Weaver se ha ido —soltó Susan sin anestesia—. Paramount le ofreció el doble y un proyecto de “estreno garantizado” en verano. Han utilizado el miedo, diciéndole que Get Out es demasiado arriesgada para su estatus. Estamos sin la madre de Rose, y los estudios están cerrando filas.
Hubo un suspiro colectivo en la habitación. Michael sintió una punzada de rabia, pero la mantuvo bajo control, mirando a Naomi en lugar de explotar. Susan continuó, entregando el informe que Dylan había preparado sobre las distribuidoras.
—Dylan ha encontrado dos opciones reales para recuperar nuestra independencia —explicó Susan—. October Films, por 29 millones, y Gramercy Pictures, por 34 millones. Ambas tienen redes de salas sólidas. Dylan cree que debemos elegir una para dejar de depender de los caprichos de los Majors.
Michael miró los documentos, pero antes de decir nada, se volvió hacia las chicas.
—¿Qué piensan ustedes? —preguntó Michael—. Susan ha traído el problema y Dylan la solución técnica. Pero quiero saber qué sienten ustedes sobre esto.
Naomi fue la primera en hablar, tomando el informe de October Films. —October Films tiene el alma que necesitamos para Get Out. Si estrenamos bajo su sello, la crítica nos verá como artistas, no como comerciantes. Michael, creo que es la mejor opción para el prestigio a largo plazo.
Elizabeth asintió con entusiasmo. —Cualquier opción es buena si significa que no tenemos que pedirle permiso a un ejecutivo de Warner para respirar. Tener nuestra propia productora te devolverá la chispa, Michael. Te he visto más feliz cuando tú eres el dueño del tablero.
Cameron, que se había mantenido un poco al margen, intervino con una mirada práctica. —En este momento, solo quiero que dejes de estar tan presionado, Michael. Pero si me preguntas por el futuro… me gustaría aprender cómo se hace esto. Quizás más adelante pueda ayudar con la producción. Me gusta la idea de que seamos nosotros contra el mundo.
Michael escuchó cada palabra. Se tomó un momento para procesar las cifras en su mente, la arquitectura financiera que tanto le gustaba diseñar.
—Tenemos 148 millones en reserva de las ganancias de las películas anteriores —comenzó Michael, y su voz recuperó esa seguridad magnética que lo hacía el Arquitecto—. Si usamos 12 millones para la producción de Get Out, nos quedan 136 millones líquidos.
Se levantó y empezó a caminar frente a la chimenea apagada.
—Susan, no vamos a elegir entre October Films y Gramercy —dijo Michael, y una chispa de audacia brilló en sus ojos—. Vamos a comprar las dos.
Susan soltó un pequeño grito ahogado. —¿Las dos, Michael? Eso son 63 millones de dólares.
—Exactamente —respondió él con una sonrisa calculadora—. Al comprar ambas, no solo obtenemos el prestigio artístico de October, sino el músculo comercial de Gramercy. Juntas, tendremos un total de 1.200 salas de distribución garantizada. Eso es más de lo que algunos estudios pequeños tienen para sus estrenos medianos. Con 1.200 salas, Get Out no será una “película de nicho”, será un evento nacional que nadie podrá bloquear.
Las chicas lo miraban con asombro. Era el Michael que conocían, pero operando con una libertad que nunca antes había tenido.
—Las mantendremos bajo el paraguas de Omnisciente Global —continuó Michael—. No cambiaremos sus nombres ni sus estructuras internas inmediatamente; quiero que conserven su respeto académico y su identidad. Pero el control final será nuestro. Eso nos deja con 73 millones de dólares en el banco. Apartaremos 3 millones para contingencias, salarios de transición y para liquidar a cualquier ejecutivo de esas empresas que no quiera seguir nuestro ritmo. Nos quedarán 70 millones limpios para seguir operando.
Susan empezó a anotar febrilmente en su libreta. —1.200 salas… Michael, con eso podemos pelear por los Oscar el próximo año sin que Fox tenga que mover un dedo. Seremos autosuficientes.
—Ahora, el problema de Sigourney —dijo Michael, volviéndose hacia las chicas—. No vamos a rogarle a nadie que no quiera estar aquí. Susan, Naomi ha mencionado a Jessica Lange. Estaba en nuestra lista para El Olvido y sabemos que tiene el peso actoral para el papel de la madre en Get Out. Es una fuerza de la naturaleza.
—¿Y si ella no puede? —preguntó Susan.
—Entonces iremos por Susan Sarandon —decidió Michael—. Ya hemos trabajado con ella, sabemos que hay confianza. Pero primero, llama a Lange. Dile que no es solo un papel, es una invitación a ser parte de la nueva era de Omnisciente. Dile que ahora tenemos nuestras propias salas y que no habrá interferencias de estudio.
Naomi, Elizabeth y Cameron asintieron, satisfechas con la decisión. Sentían que sus voces habían sido escuchadas y que el plan de Michael no solo buscaba el éxito, sino la protección de su “familia” cinematográfica.
Susan se levantó, recogiendo sus papeles con una energía renovada. La mala noticia de Sigourney Weaver ahora parecía un contratiempo menor frente a la compra masiva de dos distribuidoras.
—Tengo mucho trabajo que hacer —dijo Susan, despidiéndose de las chicas con una sonrisa—. Michael, mañana mismo Dylan y yo iniciaremos las gestiones de compra. Para cuando se estrene El Olvido el día 25, quiero que seas el dueño de tu propio circuito de cines.
—Gracias, Susan. Por todo —respondió Michael, acompañándola hasta la puerta.
Cuando regresó a la sala, el silencio volvió a ser cálido. Se sentó de nuevo entre ellas y soltó un largo suspiro. El peso del mundo parecía haberse disipado.
—¿En qué estábamos? —preguntó Michael, rodeando a Naomi con el brazo mientras Elizabeth y Cameron se acurrucaban más cerca en el otro sofá—. Ah, sí. Viendo la televisión.
—Estábamos intentando ser personas normales, Michael —rio Cameron—. Aunque dudo que comprar dos empresas en una noche cuente como “normal”.
—Para nosotros lo es —respondió Naomi, recostando su cabeza en el hombro de Michael—. Y me gusta este nuevo “nosotros”.
Michael se quedó mirando la pantalla, pero su mente no estaba en las noticias de la noche. Estaba pensando en que, efectivamente, ya no era solo el Arquitecto de películas. Estaba construyendo algo mucho más grande, algo que los gigantes de Hollywood no podrían derribar porque no estaba hecho de contratos, sino de una lealtad que el dinero de Paramount o Warner nunca podría comprar.
Por fin, después de meses de caos y ambición ciega, Michael Relish se sintió verdaderamente en casa. La guerra seguía afuera, pero dentro, el búnker era perfecto.
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Ojalá le guste está historia. Intentaré subir un capitulo por semana (se me daño la laptop y con el celular me demoro mucho mientras escribo, investigo ordenado y arreglo), si les gusta comenten, like si te gusta. (Tengo pensado hacer un patreon pero no sé si la gente le gusta mi historia y me ayudaría)
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