En Hollywood. - Capítulo 56
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Capítulo 56: Capítulo 55
Capítulo 55: El Cierre de Filas
Beverly Hills, Los Ángeles – 12 de Noviembre de 1995
Susan Davies no perdió ni un segundo. Tras la reunión en la residencia Relish, el motor de Omnisciente Global se encendió con una intensidad renovada. La orden de Michael era clara: dejar de reaccionar ante los ataques de los grandes estudios y empezar a imponer sus propias reglas. Y el primer paso para esa nueva era tenía un nombre que inspiraba respeto en cada rincón de la industria: Jessica Lange.
Susan llegó a las oficinas de la agencia que representaba a Lange con una actitud que no admitía réplicas. Ya no era la productora que buscaba un hueco en la agenda de una estrella; era la jefa de una entidad que estaba a punto de absorber dos distribuidoras y que tenía 1.200 salas respaldando sus proyectos.
—Marcus, no estoy aquí para enviarte flores —dijo Susan, sentándose frente al agente de Jessica—. Vengo a ofrecerle a Jessica el papel que la devolverá al centro de la conversación sobre los Oscar el próximo año.
Marcus, un hombre curtido en mil batallas, arqueó una ceja. —Escuché que Sigourney Weaver se fue con Paramount. ¿Por qué debería Jessica aceptar las sobras de otro estudio?
—No son sobras, Marcus. Es una mejora de categoría —respondió Susan con una sonrisa gélida—. Paramount le dio a Sigourney un cheque grande para una película que nadie recordará en dos veranos. Michael le ofrece a Jessica un papel en Get Out, una película que va a diseccionar la psique de Estados Unidos. Y lo más importante: Michael acaba de comprar October Films y Gramercy Pictures. No necesitamos el permiso de los Majors para que esta película sea un éxito. Jessica tendrá una campaña de premios personalizada, diseñada por el Arquitecto mismo.
El agente guardó silencio. La noticia de la compra de las distribuidoras aún no era pública, y ver la seguridad con la que Susan hablaba le hizo entender que el equilibrio de poder estaba cambiando.
—Déjame hablar con ella —dijo Marcus—. Pero Jessica es exigente. Si el guion no es perfecto, no habrá trato, ya lo sabes.
Dos horas después, Susan estaba sentada en el jardín privado de la casa de Jessica Lange. La actriz, poseedora de una elegancia atemporal y una mirada que parecía leer el alma, sostenía el guion de Get Out entre sus manos. El silencio era denso, interrumpido solo por el paso de las páginas.
Susan observaba a Lange. Sabía que esta era la pieza que Michael necesitaba para equilibrar la juventud del resto del elenco. Necesitaban la autoridad y la sutil amenaza que solo alguien de su calibre podía proyectar.
Finalmente, Jessica cerró el guion y miró a Susan.
—Es perturbador —dijo Lange con su voz aterciopelada—. Michael tiene una mente muy oscura para alguien que construye mundos tan brillantes en los cómics. ¿Qué es lo que busca con este personaje, Susan? ¿Soy solo la madre villana?
—Michael no cree en villanos planos, Jessica —respondió Susan, recordando las conversaciones con el Arquitecto—. Missy Armitage es el ancla de la familia. Ella cree, con una convicción aterradora, que lo que hace es por un bien mayor. Michael necesita que tú hagas que el público la ame y la tema al mismo tiempo. Necesita que tu técnica de hipnosis en la pantalla sea tan real que la audiencia se sienta atrapada en ese sillón junto con el protagonista.
Lange sonrió levemente. —Me gusta que no haya mencionado el presupuesto ni el marketing en su primera respuesta. Eso me dice que Michael sigue siendo un director antes que un empresario, a pesar de lo que dicen los periódicos.
—Michael ha decidido que Omnisciente Global sea un refugio para el arte, no solo una fábrica de dinero —añadió Susan—. Con la compra de nuestras propias distribuidoras, Jessica, te garantizamos que nadie editará tu actuación para hacerla más “comercial”. La visión de Michael sobre esta película llegará intacta a los cines.
—Dile a Michael que cuente conmigo —dijo Jessica, extendiendo la mano—. Me gusta el riesgo. Y me gusta la idea de trabajar para alguien que tiene el valor de comprar sus propios cines para proteger sus historias.
Susan salió de la reunión con el contrato firmado en su maletín. La adrenalina de la victoria era embriagadora. Sin embargo, mientras caminaba hacia su coche, su teléfono móvil sonó. Era Dylan.
—Susan, tenemos un problema en el horizonte —dijo Dylan, y su tono no era el habitual de los negocios—. Me acaban de informar que Harvey Weinstein se ha enterado de los pases privados de OBLIVION en Fox.
Susan se detuvo, apoyándose en la puerta del coche. Harvey era el depredador más peligroso de la temporada de premios. Su capacidad para ensuciar campañas rivales era legendaria.
—¿Y qué dice Harvey? —preguntó Susan con cautela.
—Dice que Fox está demasiado confiado. Que cree que puede ganar el Oscar a Mejor Película con una “película de género” de un productor independiente. Ha empezado a mover hilos en la prensa para buscar cualquier grieta en la armadura de Michael. Está buscando trapos sucios, Susan.
Susan soltó una carcajada seca, aunque sin gracia. —Harvey va tarde. Michael no tiene rumores de drogas, no tiene deudas de juego y no tiene escándalos de casting. Lo único que podrían usar es su vida personal. El hecho de que viva con Naomi, Elizabeth y Cameron.
—Eso es lo que me preocupa —dijo Dylan—. Los paparazzi podrían intentar pintar una imagen de “culto” o algo depravado para dañar su imagen ante los votantes más conservadores de la Academia.
—Tranquilo, Dylan —respondió Susan con firmeza—. Michael ha sido muy inteligente. No están casados, no hay contratos de cohabitación extraños y las tres son actrices con carreras independientes y exitosas. Además, se llevan bien entre ellas. En Hollywood, una relación honesta y funcional entre cuatro personas es menos escandalosa que los divorcios explosivos que Harvey cubre a diario. Si intentan atacar por ahí, solo parecerán envidiosos. Michael no tiene ningún rumor malo porque, simplemente, se ha dedicado a trabajar.
—Espero que tengas razón —suspiró Dylan—. Pero mantén un ojo en las noticias de Fox. Harvey no se rinde fácilmente cuando ve que alguien puede quitarle su trofeo.
Susan colgó el teléfono y miró hacia el horizonte de Los Ángeles. La noticia de la firma de Jessica Lange era el escudo perfecto contra los ataques de Weinstein. Si tenían a Lange, el prestigio de la película estaba blindado.
“Harvey puede intentar ensuciar el agua”, pensó Susan mientras arrancaba el coche, “pero Michael acaba de comprar el océano”.
Susan se sentía poderosa. Como jefa operativa de Michael, lograba lo imposible: asegurar el futuro de Get Out mientras protegía la paz de Michael. Sabía que los próximos días serían críticos. Con el estreno de OBLIVION el 25 de noviembre, cada movimiento era vital. Pero con Jessica Lange a bordo y la compra de October Films y Gramercy en marcha, Omnisciente Global ya no era una presa. Era el cazador.
Susan marcó el número de Michael en la mansión. No quería interrumpir su tiempo con las chicas, pero sabía que él querría saber que la “Reina” había aceptado unirse a la partida.
—Eleonor, prepara el comunicado de prensa interno —dijo Susan cuando su asistente respondió—. Tenemos a Lange. Y dile a Dylan que empiece el proceso de debida diligencia para October Films hoy mismo. No vamos a esperar a que Harvey o cualquier major reaccionen. Vamos a pasarles por encima antes de que se den cuenta de que el juego ha cambiado.
El tablero estaba listo. El Arquitecto tenía sus piezas, su castillo y su ejército. Ahora, solo faltaba que el mundo viera lo que sucedía cuando Michael Relish decidía que ya no aceptaría un “no” por respuesta.
Beverly Hills / Santa Mónica, Los Ángeles – 13 de Noviembre de 1995
Dylan conducía su Porsche por Wilshire Boulevard con la sensación de un general que conoce exactamente dónde están las minas en el campo de batalla. Tras hablar con Susan sobre la sombra de Harvey Weinstein, su determinación se había multiplicado. En Hollywood, el poder no solo se mide por quién tiene más dinero, sino por quién puede moverse más rápido cuando el resto está dormido.
Michael le había dado una misión: comprar independencia. Y en la cartera de Dylan, las carpetas de October Films y Gramercy Pictures ardían como lingotes de oro.
La primera parada fue la sede de October Films en una zona discreta pero elegante de la ciudad. Dylan conocía bien a Bingham Ray y Jeff Lipsky. Sabía que eran puristas del cine, hombres que amaban las historias por encima de los balances, y precisamente ahí residía su debilidad financiera en un mercado que se estaba volviendo corporativo.
Dylan entró en la oficina principal sin cita previa, pero su estatus en la William Morris Agency le abrió las puertas de inmediato. Minutos después, estaba sentado frente al jefe de la productora.
—Bingham, iré directo al grano porque tengo una agenda que cumplir hoy —dijo Dylan, dejando una carpeta negra sobre la mesa—. Mi cliente, Michael Relish, quiere comprar October Films. En este momento.
Bingham Ray soltó una carcajada nerviosa, ajustándose las gafas. —Dylan, somos una productora de prestigio. No estamos en venta como si fuera una liquidación de saldos. Tenemos a Lars von Trier, tenemos a Mike Leigh…
—Y tienen un flujo de caja que apenas cubre los costes de distribución de la próxima temporada —interrumpió Dylan con una frialdad quirúrgica—. Michael ofrece 29 millones de dólares al contado.
Bingham abrió la boca para protestar, pero Dylan deslizó un documento detallado con datos financieros que el jefe de October no esperaba ver fuera de su propia caja fuerte.
—Tus activos reales, incluyendo el valor de catálogo y los contratos de salas, suman un máximo de 26 millones en el mercado actual, siendo generosos —continuó Dylan—. Michael te está dando 3 millones por encima del valor de mercado. Sin auditorías externas de tres meses, sin cláusulas de retención de beneficios. Dinero limpio en tu cuenta en 48 horas.
Bingham miró los papeles. Los datos eran precisos. Dylan le estaba enseñando las costuras de su propio negocio.
—Necesito hablar con mi socio —dijo Bingham, cuya voz había perdido toda la arrogancia—. Danos un tiempo.
—Tienen dos horas —respondió Dylan, levantándose—. Tengo otra parada que hacer. Si para cuando regrese no han firmado la carta de intención, la oferta bajará a 26 millones. Michael no paga por esperas, paga por eficiencia.
Dylan no perdió tiempo y se dirigió a las oficinas de Gramercy Pictures. Si October era el “corazón artístico”, Gramercy era el “pulmón comercial” que Michael necesitaba.
Al llegar, la atmósfera era diferente. El socio principal de Gramercy parecía un hombre al borde de un ataque de nervios. La presión de PolyGram por consolidar activos y las deudas acumuladas por algunas campañas de marketing agresivas habían dejado a la productora en una posición de extrema vulnerabilidad.
Dylan repitió el proceso. No hubo preámbulos. Fue una ejecución.
—Michael Relish ofrece 34 millones de dólares por Gramercy —dijo Dylan—. Sé que tienes deudas con los bancos de Nueva York que vencen el próximo mes. Sé que PolyGram no te va a rescatar. Este cheque limpia tus deudas, te deja un margen de beneficio personal considerable y te permite salir por la puerta grande antes de que los acreedores la derriben.
El socio de Gramercy ni siquiera pidió tiempo para consultarlo. Sus ojos se fijaron en la cifra como un hombre sediento que caminando en el desierto encuentra un oasis.
—¿Dónde firmo? —preguntó con voz quebrada—. Necesito que los pagos a los acreedores se realicen de inmediato.
Dylan hizo una señal por la ventana. Su abogado de confianza, que había estado esperando en el coche, entró con los documentos legales ya redactados. Pasaron treinta minutos revisando las cláusulas estándar y, antes de que el café se enfriara, Gramercy Pictures ya no pertenecía a sus antiguos dueños. Pertenecía a Michael Relish.
Dylan salió del edificio con el primer contrato firmado. “Uno menos, falta uno”, pensó, sintiendo la adrenalina correr por sus venas.
Justo cuando Dylan entraba de nuevo en su coche, el teléfono sonó. Era Bingham Ray, de October Films. Su voz sonaba derrotada, pero resignada.
—Hemos hablado. Aceptamos los 30 millones —dijo Bingham (intentando subir un millón la oferta inicial de 29).
—Dije 29 —respondió Dylan—. Pero como Michael está de buen humor y queremos que el equipo creativo se quede para la transición, aceptaré los 30 millones si la firma se produce en los próximos diez minutos. Estoy en la puerta.
Dylan regresó a la oficina de October Films. La negociación final fue tensa pero rápida. Al sumar ambas operaciones, Dylan había gastado 64 millones de dólares de las reservas de Michael, dónde en las próximas 24 horas se transferirá. Pero a cambio, había obtenido de inmediato algo que ningún otro productor en Hollywood tendría muy rapido: un imperio de distribución de 1.200 salas en menos de un dia.
Lo más importante eran los documentos de distribución que Dylan revisó minuciosamente antes de sellar el trato. Ambas productoras tenían contratos firmados con las principales cadenas de cines por dos y tres años respectivamente. Y había una cláusula de oro: si las recaudaciones superaban ciertos umbrales (algo que con Michael era casi una certeza), las renovaciones serían automáticas por períodos de cinco años adicionales.
Dylan se alejó de la zona de oficinas y aparcó frente a un mirador para hacer la llamada. Marcó el número de Susan Davies.
—Susan, está hecho —dijo Dylan, intentando ocultar el cansancio tras un tono de triunfo—. Somos dueños de October Films y Gramercy Pictures. 64 millones en total. Tenemos las 1.200 salas y los contratos de distribución blindados por los próximos tres años.
Hubo un silencio prolongado del otro lado de la línea. Susan parecía no poder procesar la noticia.
—¿Dylan? ¿Estás bromeando? —preguntó Susan finalmente—. Estas negociaciones suelen tardar semanas, meses… Michael te dio la orden hace menos de 24 horas. ¿Cómo demonios has conseguido que firmen en un solo día?
Dylan soltó una carcajada. —No fue magia, Susan. Fue una combinación de información privilegiada y desesperación. Resulta que los jefes de ambas productoras estaban sentados sobre barriles de pólvora financieros. Querían vender desde hacía tiempo, pero no había ningún comprador con la liquidez suficiente y la locura necesaria para entrar sin hacer preguntas durante tres meses. Nosotros llegamos con el dinero en la mano y la información de sus deudas sobre la mesa. No tuvieron elección.
—Es increíble… —susurró Susan—. Michael va a alucinar. Con 1.200 salas, Get Out no solo se va a estrenar, va a dominar el mercado. Y Harvey Weinstein se va a atragantar con su propio caviar cuando se entere de que ya no puede bloquearnos el acceso a los cines.
—Dile a Michael que la flota está lista —dijo Dylan—. Mañana enviaré los documentos originales a la mansión. Susan, dile que descanse tranquilo hoy. El Arquitecto ahora tiene su propia ciudad.
Dylan colgó el teléfono y miró hacia las luces de la ciudad que empezaban a encenderse. Sabía que este día sería recordado en la historia de Hollywood como el día en que Michael el joven productor que había vendido su productora para juntarse con un major, para luego comprar dos nuevas productoras y dejar de pedir permiso para ser un gigante. Michael Relish ya no era solo un nombre exitoso; era, oficialmente, un sistema en sí mismo.
Residencia Relish, Los Ángeles – 13 de Noviembre de 1995
La luz tenue de la sala de estar parpadeaba rítmicamente, reflejando las imágenes de una vieja película clásica que Naomi había insistido en ver. El sonido del proyector era un murmullo constante, casi hipnótico, que acompañaba el silencio cómodo que se había instalado en la mansión. Michael estaba sentado en el centro del gran sofá, con Naomi apoyada en su hombro izquierdo y Elizabeth a su derecha, mientras Cameron se acomodaba a sus pies, usando un cojín en el suelo.
Hacía tiempo que Michael no sentía esta calma. Durante los últimos días, se había obligado a desconectar del frenesí de las llamadas y los teletipos. Había cumplido su promesa. La tensión que antes envolvía a las tres mujeres —ese resentimiento silencioso por sentirse “gestionadas” en lugar de amadas— se había disuelto casi por completo. Las risas eran más frecuentes, los gestos más espontáneos. Ya no eran actrices esperando instrucciones; eran una familia buscando un norte común.
En el rincón de la sala, el aparato de fax comenzó a zumbar. El sonido metálico y el chirrido del papel saliendo de la máquina eran la única intrusión del mundo exterior. Michael lo oyó, y por la intensidad del envío, supo que eran los documentos de Dylan. Sabía que en esas hojas de papel se confirmaba el destino de millones de dólares y el futuro de su imperio.
Sin embargo, no se movió.
—¿No vas a verlo? —susurró Naomi, levantando la vista ligeramente.
—La película aún no termina —respondió Michael con una voz tranquila, pasando su mano por el cabello de Naomi—. El mundo puede esperar diez minutos más. Dylan ya hizo el trabajo; leerlo ahora o después no cambiará los números, pero sí interrumpirá este momento.
Las tres se sorprendieron, pero sonrieron. Ese era el cambio que esperaban. El Michael que estaba creando su carrera habría saltado del sofá al primer pitido del fax. Este Michael que conocieron, el que priorizaba el final de una película con ellas, era alguien a quien querían seguir hasta el fin del mundo.
Cuando los créditos finales empezaron a rodar, Cameron, que siempre había sentido una curiosidad especial por los entresijos del negocio, se levantó con agilidad y caminó hacia el fax. Recogió las hojas, todavía tibias por la impresión, y sus ojos se abrieron de par en par al leer los encabezados.
—Michael… —dijo Cameron, volviendo al círculo de luz con los papeles—. Dylan lo logró. No es solo una. Son las dos.
Michael tomó los documentos. Sus ojos escanearon rápidamente las firmas legales: October Films y Gramercy Pictures. Un total de 64 millones de dólares invertidos. Un ejército de 1.200 pantallas bajo su mando directo. Un contrato de distribución blindado por años.
—Es bueno —dijo Michael, dejando los papeles sobre la mesa de café—. Es mejor de lo que esperaba. Dylan se movió con una precisión quirúrgica, y al principio no quería tener un agente, fue bueno aceptar a Dylan.
—Por fin tienes tu propia casa de nuevo —dijo Elizabeth, acercándose para mirar los documentos—. Naomi y yo siempre lo hablamos… Michael, desde que decidiste que Relish Productions se uniese a Fox, parecías estar siempre bajo la sombra de alguien más. Prométenos que esta vez no la venderás. No dejes que nadie más sea el dueño de tus ideas.
—Creemos en ti, Michael —añadió Naomi con seriedad—. Sabemos que, con o sin los grandes estudios, vas a ser la persona más importante del cine moderno. Pero queremos que lo seas bajo tus propios términos.
Michael les dedicó una sonrisa genuina, una que rara vez mostraba a sus socios comerciales. —Tienen mi palabra. No estoy comprando estas productoras para engordarlas y venderlas. Las estoy comprando para que sean nuestro búnker. Y quiero que sepan algo más…
Se inclinó hacia adelante, mirándolas a las tres.
—De ahora en adelante, este imperio no solo se trata de mi visión. Si alguna de ustedes tiene una historia que la obsesione, un libro que haya leído y quiera adaptar, o un personaje que sueñe con interpretar, solo tienen que decírmelo. No me importa si el mercado dice que es “arriesgado” o si otros estudios piensan que no funcionará. Tenemos el dinero, tenemos las salas y, sobre todo, creo en su talento y en sus opiniones. Las ayudaré a producir lo que quieran, salga bien o salga mal.
El silencio que siguió fue de pura emoción. Naomi, Elizabeth y Cameron se miraron, asintiendo. No era solo el apoyo financiero; era la validación de sus intelectos lo que las hacía sentir, por primera vez, verdaderas socias en la vida de Michael.
—Basta de negocios por hoy —decretó Michael, levantándose—. Vamos a celebrar. Y no será aquí dentro.
Se vistieron de manera elegante pero discreta y salieron hacia uno de los restaurantes más exclusivos de West Hollywood, donde Michael había reservado una sala privada. No quería cámaras, no quería que los tabloides intentaran ensuciar el momento con titulares sobre su vida privada. Quería espacio para reír.
La cena fue mágica. Entre copas de vino y platos exquisitos, hablaron de todo menos de rodajes. Cameron contó anécdotas divertidas de sus primeras audiciones, Elizabeth bromeó sobre las manías de Michael en el set, y Naomi compartió sus sueños de dirigir algún día. Michael escuchaba, reía y participaba, sintiendo que cada minuto invertido en ellas era una inversión en su propia estabilidad mental.
Por un momento, Michael miró a su alrededor. Estaba rodeado de belleza, talento y una lealtad que no se podía comprar con contratos de distribución. Recordó el asedio de Warner y Disney y, por primera vez, sintió lástima por ellos. Ellos tenían oficinas frías y juntas de accionistas; él tenía un hogar vibrante, el conocimiento futuro y una fuerza creativa que ellos nunca podrían entender.
Al regresar a la mansión, el ambiente era de una serenidad absoluta. No hubo necesidad de palabras. Subieron juntos a la habitación principal, un espacio que Michael había diseñado para ser el corazón de su refugio.
Michael se acostó, sintiendo el peso y el calor de las tres mujeres a su lado. Recordó la primera Navidad que pasó con Elizabeth y Naomi, aquel momento en que pensó que la felicidad era un pico que ya había alcanzado. Pero ahora, con Cameron integrada en el grupo y la paz reinando entre ellas, se dio cuenta de que la felicidad no era un pico, sino un estado de equilibrio.
Fue la mejor noche que Michael podía recordar en años. Estuvo con las tres mujeres, durmió sin soñar con presupuestos, sin despertarse sobresaltado por una idea de guion. Durmió sintiéndose un hombre completo.
Al día siguiente, el sol de Los Ángeles entró con fuerza por los ventanales. Michael se levantó temprano, pero esta vez no lo hizo con ansiedad, sino con un propósito renovado. Desayunó con ellas, compartiendo un café tranquilo antes de prepararse para salir.
—Hoy es el día uno —dijo Michael, ajustándose el reloj.
—¿A dónde vas primero? —preguntó Naomi, dándole un beso de despedida.
—A la sede de October Films —respondió Michael—. Desde hoy, ya no es una oficina externa. Es la oficina oficial de Omnisciente Studios. Voy a integrar a los equipos, a asegurar a Jessica Lange y a decirle a todo Hollywood que el Arquitecto ha vuelto, y que esta vez, es dueño de todo el edificio.
Michael salió de la casa y subió a su coche. Mientras conducía hacia Santa Mónica, sentía una energía eléctrica. Ya no tenía que llamar a Fox para pedir permiso. Ya no tenía que preocuparse por si un Major bloqueaba a sus actrices.
Al llegar al edificio de October Films, vio el logo en la entrada. ‘Pronto añadirá uno que se junte con el que ya esta’, pensó. Pero por ahora, lo más importante era el personal. Entró en el vestíbulo y el silencio se hizo presente. Todos sabían quién era él. Sabían que el hombre que acababa de entrar era su nuevo dueño.
Michael caminó hacia la oficina principal, la que ahora sería su centro de mando. Se sentó en la silla de cuero, sacó el guion de Get Out y lo puso sobre el escritorio. Tomó el teléfono y marcó a Susan Davies.
—Susan, estoy en mi nueva oficina —dijo Michael, y su voz resonó con un poder que el edificio parecía absorber—. Convoca a Dylan y a los jefes de departamento de Gramercy. Diles que la era de la duda ha terminado. Mañana empezamos la pre-producción oficial de Get Out bajo nuestro propio sello. Y dile a Harvey Weinstein que si quiere guerra, que empiece a ahorrar, porque voy a comprar cada centímetro de su zona de confort.
Michael colgó y miró por la ventana hacia el horizonte de la ciudad. El Arquitecto no solo había construido una casa; había construido una fortaleza. Y por primera vez, tenía a las personas adecuadas dentro para ayudarle a defenderla. La verdadera historia de Michael Relish apenas estaba comenzando.
Malibú, Los Ángeles – 19 de Noviembre de 1995
La bruma matutina se disipaba sobre las olas de Malibú mientras Michael Relish caminaba por la arena húmeda. A su lado, Naomi, Elizabeth y Cameron compartían el paseo en un silencio cómodo, solo interrumpido por el estallido rítmico del Pacífico. Había pasado una semana desde que Dylan cerró la compra de October Films y Gramercy, y durante esos siete días, el “Arquitecto” había hecho algo revolucionario para su propia naturaleza: se había quedado en casa y había dejado todo en manos de Susan y compañía.
Esta semana no había sido sobre presupuestos o ángulos de cámara. Había sido sobre recuperar el tiempo que la ambición le había robado. Michael se había dedicado a ellas, alternando momentos de grupo con citas individuales para fortalecer cada vínculo que había estado perdiendo. Con Naomi, pasó horas hablando de cine clásico frente al mar; con Elizabeth, redescubrió la complicidad de sus primeros días en la industria; y con Cameron, exploró la energía de una relación que apenas comenzaba a florecer bajo la estructura de su nuevo hogar.
Habían comido en restaurantes donde los camareros ya no les pedían autógrafos porque se habían vuelto parte del paisaje. Habían visto maratones de películas en su sala privada, comentando guiones y riendo de las actuaciones exageradas de los años 80. Las chicas estaban radiantes. La seriedad y la tensión que antes marcaban sus rostros habían sido reemplazadas por una alegría genuina. Sin embargo, no bajaban la guardia.
—Ha sido una semana perfecta, Michael —dijo Elizabeth mientras se detenían a observar una gaviota—. Pero sabemos que hoy vuelves a la oficina. Solo queremos recordarte que esta es tu última oportunidad para no volver a convertirte en una máquina.
—Lo sabemos, Michael —añadió Naomi, colocándose frente a él—. Aceptamos quién eres y que tu mente siempre está construyendo algo, pero estar ocupado las veinticuatro horas no es vivir. Es solo producir.
—Además —intervino Cameron con una sonrisa traviesa—, pasamos tu cumpleaños el 12 de noviembre de una forma muy íntima y tranquila. Fue la primera vez que estuvimos los cuatro así, y nos encantó. Pero el próximo año, cuando ya seas el dueño total de Hollywood, queremos algo grande. Una fiesta que haga que la de los Oscar parezca un cumpleaños de niños.
Michael se rió, sintiendo una calidez en el pecho que no provenía del sol. —Acepto el trato. El próximo año será legendario. Y les prometo que este nuevo Michael no se dejará devorar por el viejo Arquitecto.
Mientras Michael se preparaba para dirigirse a su nueva sede en October Films, Susan Davies ya había hecho milagros en el frente de batalla. Tras la firma de Jessica Lange, el efecto dominó fue inmediato. La industria entendió que Michael no estaba jugando a la defensiva.
Heather Graham había sido confirmada como la protagonista femenina. Tras leer el guion y saber que compartiría escenas con Lange, Heather firmó el contrato sin dudarlo, viendo en el papel de Rose Armitage la oportunidad de alejarse de su imagen de “ingenua” y mostrar una faceta mucho más oscura y compleja. Con los papeles principales asegurados, Susan estaba trabajando a contrarreloj para cerrar el casting secundario y los roles de los “invitados” a la mansión Armitage, con el objetivo inamovible de comenzar el rodaje el 1 de diciembre.
Michael subió a su coche, despidiéndose de las tres mujeres con la promesa de volver temprano para la cena. Mientras conducía hacia Santa Mónica, la sensación de control era absoluta. Ya no tenía que reportar a Fox cada movimiento. Ahora, cada decisión que tomaba Susan era una decisión de Omnisciente Studios.
Al llegar a las oficinas de October Films, el ambiente era eléctrico. Ya no eran las oficinas de una productora independiente al borde del colapso; era el centro de mando de una revolución. Susan lo recibió en el vestíbulo, con una carpeta de archivos y una expresión de triunfo.
—Michael, bienvenida a tu casa —dijo Susan—. Heather ya está en el sistema, los contratos de distribución están siendo actualizados con nuestro nuevo sello y el 1 de diciembre es una realidad. Estamos en los últimos retoques del casting secundario en la sala de juntas, pero te dejaremos la oficina principal para que te acomodes.
Michael asintió y se dirigió a su nuevo despacho. Era una oficina amplia, con vistas a la ciudad, decorada con un estilo que mezclaba el minimalismo moderno con el respeto por el cine clásico. Se sentó en su silla de cuero y, por un momento, simplemente disfrutó del silencio.
Antes de sumergirse en los papeles de Get Out, Michael tomó el teléfono y marcó un número que tenía guardado en su agenda personal. Necesitaba hablar con Laura, su antigua trabajadora y una de las mentes más brillantes que conocía para la logística creativa.
—¿Laura? Soy Michael. Tengo una idea para un proyecto que quiero que empecemos a madurar en paralelo a Get Out. Es algo diferente, algo que requiere una sensibilidad muy específica. Quiero que vengas a la nueva oficina mañana. Somos dueños del edificio ahora, así que tráete todas tus notas.
Tras colgar, Michael se reclinó en su silla. Su mirada se perdió en el techo mientras su mente, inevitablemente, comenzaba a trabajar a esa velocidad que las chicas tanto temían.
Había pasado una semana lejos de los cómics, pero las ideas de Marvel que había estado guardando en el sótano de su cerebro empezaron a emerger. Pensó en Blade, cuya idea ya había empezado a germinar, pero su mente fue más allá. Visualizó la armadura de Iron Man, no como un juguete, sino como una obra de ingeniería cinematográfica que vio en su tiempo. Pensó en la oscuridad de Daredevil que nunca se exploró y en el potencial visual de los X-Men que no supieron desempeñar bien.
“Todavía no”, se dijo a sí mismo. “Primero tenemos que demostrar que podemos dominar el mercado con nuestras propias reglas. Get Out tiene que ser el golpe que silencie a los Majors. Solo entonces, Matrix será el el comienzo y Marvel será el siguiente peldaño hacia la inmortalidad”.
Se sentía extraño estar de vuelta. Se sentía poderoso, pero también consciente de la fragilidad de su nueva paz doméstica. Recordó la promesa que les hizo en la playa. No iba a dejar que el trabajo lo consumiera, pero el trabajo era, al final del día, lo que él era.
Un golpe en la puerta interrumpió sus pensamientos. Era Susan con las últimas fotos del casting secundario.
—¿Listo para ver a los invitados de la fiesta, Michael? —preguntó Susan.
—Adelante —respondió Michael, guardando mentalmente las ideas de los superhéroes para otro momento—. Veamos quiénes serán las próximas víctimas de los Armitage.
El Arquitecto estaba de vuelta en su mesa de dibujo, pero esta vez, el plano incluía mucho más que solo películas. Incluía una vida que proteger y un imperio que, por fin, llevaba solo su nombre.
Sede de Omnisciente Studios, Santa Mónica – 19 de Noviembre de 1995 – Tarde
Michael Relish se reclinó en su silla de cuero, la cual aún conservaba ese aroma a nuevo que impregnaba toda la oficina de la antigua October Films. Sobre su escritorio, una carpeta de piel negra contenía el destino inmediato de su carrera. Eran los contratos firmados, el “casting final” que el destino y las guerras de Hollywood habían moldeado de una forma muy distinta a sus planos originales.
Michael abrió la carpeta y repasó los nombres. Al principio, su mente analítica había diseñado una estructura diferente, pero al ver las firmas finales, sintió que el Arquitecto había logrado algo superior a través del caos.
Chris Washington: Chris Rock. Michael parpadeo primero. Sabían que tenían a Epps como la primera opción pero si al final no está aquí en la lista de Susan entonces declinó, pero sabe que rock está con una buena popularidad así que solo asistió.
Rose Armitage: Heather Graham. La elección perfecta para proyectar esa inocencia americana que ocultaba algo podrido.
Missy Armitage: Jessica Lange. El ancla de prestigio. Michael ya visualizaba la escena de la hipnosis con Lange moviendo la cuchara de plata.
Dean Armitage: Kurt Russell. Esta fue la adición que más le entusiasmó. Russell aportaba una presencia paternal y robusta que haría que el giro final de su personaje fuera aún más impactante para la audiencia.
Rod Williams: Dave Chappelle. Michael quería que el alivio cómico fuera inteligente y vibrante. Chappelle estaba en un momento de ascenso meteórico y su energía podría tener una buena química juntos, perfectamente con el tono sombrío de la mansión.
Sin embargo, el realismo de la producción le había dado un golpe al presupuesto. Michael originalmente pensó en utilizar su propia casa para ahorrar costes, pero al analizar el guion con los jefes de departamento de sus dos nuevas productoras, se dio cuenta de que necesitaba una estética específica: una mansión de estilo sureño, aislada, con una atmósfera de opresión histórica que su casa de Malibú no podía ofrecer. Las localizaciones en Alabama y Georgia, sumadas a los salarios de estrellas de primer nivel como Lange y Russell, habían disparado las cifras.
El presupuesto total se había fijado en 26 millones de dólares.
Un poco más del doble de su estimación inicial de 12 millones. Para cualquier otro productor independiente en los 90s, esto sería una sentencia de muerte o una razón para entrar en pánico. Para Michael, era simplemente un ajuste en la hoja de cálculo, al principio tenía pensado hacer casi el triple del presupuesto original pero al final se multiplicó por mucho. Tenía la liquidez, tenía el control y, sobre todo, no tenía que darle explicaciones a un consejo de administración a un major. Dejó la carpeta de lado con un gesto despreocupado; el dinero era el combustible, pero la película era el motor. El tenía pensando hacer una mejor película que la que había visto y con un buen cast.
Un golpe rítmico en la puerta interrumpió su análisis. Laura entró en la oficina, luciendo una sonrisa de satisfacción que solo aparece cuando alguien regresa al lugar al que pertenece.
—Hola, Laura —dijo Michael, levantándose para recibirla—. ¿Te has unido ya oficialmente a nuestra nueva productora o sigues atrapada en los pasillos de Fox?
Laura soltó una carcajada y dejó su bolso sobre una silla. —Ya me he reincorporado, Michael. He firmado todos los documentos esta mañana. Sabes que siempre estoy esperando tus historias; trabajar en Fox sin tu visión es como intentar pintar un cuadro a oscuras. No tienen tu chispa.
Michael le devolvió la sonrisa. Laura era una de las pocas personas que entendía que para él, el cine no era solo entretenimiento, sino una forma de reordenar la realidad.
—Me alegra oírlo, porque tengo algo nuevo para ti —dijo Michael, sacando un cuaderno de notas que había estado escribiendo durante sus noches de insomnio con las chicas—. Se llama The Notebook.
Laura se inclinó hacia adelante, intrigada. Conocía el gusto de Michael por los giros oscuros y los conceptos de ciencia ficción, por lo que un título como ese le resultaba inusual.
—Es una historia de amor, Laura —comenzó Michael, y su voz adquirió ese tono narrativo que hipnotizaba a sus colaboradores—. Pero no es una comedia romántica de las que Hollywood escupe cada mes. Es una historia sobre el tiempo, la memoria y la voluntad. Comienza en una residencia de ancianos. Un hombre mayor le lee una historia de un cuaderno a una mujer que sufre de Alzheimer. Ella no sabe quién es él, ni quiénes son los personajes del cuaderno.
Michael comenzó a detallar la trama juvenil: el verano de los años 40, la separación por las clases sociales, la guerra, las 365 cartas nunca recibidas y el reencuentro años después cuando ella está a punto de casarse con otro.
—El tema central es que el amor lo puede todo, incluso vencer a la biología —continuó Michael—. Pero quiero un final que destroce a la audiencia. En la escena final, ella recupera la memoria por un breve instante. Lo reconoce. Es un momento de pura magia. Se abrazan, ella le pide que prometa que nunca la dejará ir. Él se lo promete, llorando, mientras la sostiene. Pero entonces… la crisis.
Michael describió la escena con precisión técnica: el equipo médico entrando, los gritos, la reanimación fallida. La mujer muere en ese instante de lucidez recuperada. El hombre no puede despedirse en paz. La última imagen es la de él, regresando a la cama vacía, abrazando la almohada y el cuaderno.
—La última línea es la que debe quedar grabada en el público —dijo Michael con voz baja—. Él dice: “Si no puedes recordarme, yo recordaré por los dos”. Fin.
Se hizo un silencio prolongado en la oficina. Laura tenía los ojos ligeramente humedecidos; la capacidad de Michael para estructurar el dolor emocional era tan efectiva como su capacidad para diseñar naves espaciales.
—Es una historia hermosa, jefe —dijo Laura finalmente, limpiándose una lágrima traicionera—. Pero tengo que preguntarte algo. ¿Por qué ahora te ha dado por las historias trágicas? Primero el horror social y psicológico de Get Out donde el protagonista vive un infierno, y ahora The Notebook, donde el amor triunfa pero la muerte lo arrebata de la forma más cruel. ¿Qué ha cambiado?
Michael se encogió de hombros, mirando por la ventana hacia el horizonte de Santa Mónica.
—A la gente le gusta sentir, Laura —respondió Michael con cinismo profesional—. El público quiere que les rompan el corazón porque eso les hace sentir que tienen uno. La felicidad es monótona en la pantalla, pero la tragedia… la tragedia es lo que la gente recuerda diez años después de salir del cine. Eso es lo que pienso. Si quieres que una película sea eterna, no puedes darle al público un final feliz y fácil; tienes que darles algo que les duela.
Laura lo observó por un momento. Sabía que Michael podía estar usando esa lógica de mercado para ocultar sus propios procesos internos tras pasar tanto tiempo con Naomi, Elizabeth y Cameron, pero decidió no presionar.
—Está bien —dijo ella, recuperando su tono profesional—. Me encanta. Es un cambio radical de registro. ¿Cuándo empezamos?
—Tómate tu tiempo —respondió Michael—. Ahora estamos centrados en el inicio del rodaje de Get Out el 1 de diciembre. Trabaja en el tratamiento del guion de The Notebook con calma. Quiero que sea perfecta. Quiero que sea la película que haga que todas las mujeres de América lloren y que todos los hombres se sientan obligados a llevar a sus parejas al cine.
Laura asintió, tomó sus notas y se despidió con un gesto de respeto. Cuando salió de la oficina, Michael volvió a quedarse solo. Miró el presupuesto de 26 millones de Get Out y luego el boceto de The Notebook. Estaba diversificando su imperio: terror para el cerebro, romance para el corazón y, muy pronto, superhéroes para la imaginación.
El Arquitecto estaba operando a plena capacidad, y Hollywood aún no tenía idea de que el hombre que acababan de intentar bloquear no solo iba a sobrevivir, sino que iba a redefinir lo que significaba el cine comercial en la década de los 90.
Malibú, Los Ángeles – 24 de Noviembre de 1995
El sol comenzaba a descender sobre el horizonte de Malibú, tiñendo el cielo de un naranja eléctrico que se reflejaba en los ventanales de la mansión. Era 24 de noviembre, el día previo al estreno mundial de OBLIVION. Para cualquier otro productor, este sería un momento de nerviosismo absoluto, de llamadas frenéticas a los cines y de revisión de tracking de audiencia. Pero Michael Relish estaba en un estado de calma contemplativa.
Había decidido que la película se estrenara un sábado, un movimiento inusual en una industria acostumbrada a los viernes de estreno. Sabía que la competencia era feroz y que los estudios rivales habían puesto piedras en el camino, pero Michael confiaba en la singularidad de su obra. OBLIVION no era solo una película de ciencia ficción; era una experiencia visual que el público de 1995 no había procesado todavía.
La casa estaba inusualmente silenciosa. Naomi se había ido de compras, buscando un respiro antes de la tormenta mediática que se avecinaba. Elizabeth y Cameron, por su parte, estaban inmersas en los preparativos logísticos del estreno; como protagonistas y rostros de la marca, tenían agendas apretadas con entrevistas de último minuto y coordinación de vestuario para la alfombra roja.
Michael, por primera vez en mucho tiempo, estaba solo con sus pensamientos. Se sentó en su oficina, mirando una pizarra blanca donde había empezado a trazar lo que sería el inicio del Universo Cinematográfico de Marvel (MCU) para 1998. Tenía los derechos, había invertido en tecnología y tenía el conocimiento de su vida anterior, pero el rompecabezas era complejo. ¿Debía empezar con la oscuridad de Blade para probar el mercado como en su vida pasada, saltar directamente a X-Men o como tenía pensado Spiderman? ¿Cómo conectar las historias sin que el público se sintiera abrumado?
Tenía mejores cartas que las que tuvo Marvel en su vida pasada, pero la responsabilidad de no arruinar el comienzo era una carga pesada.
Se levantó, sintiendo que las paredes de la oficina se le cerraban encima, y salió al patio. El aire salino de la playa de Malibú le llenó los pulmones. Se sentó en su silla de descanso, frente al océano, y se permitió un momento de introspección profunda.
“Dos años”, pensó. “Llevo casi dos años en este cuerpo, en esta época”.
A veces olvidaba que era un infiltrado en el tiempo. Extrañaba cosas absurdas: la velocidad de una conexión a internet de fibra óptica, la comodidad de un smartphone, pero sobre todo, los videojuegos. El entretenimiento digital de finales de los 90 era encantadoramente primitivo comparado con lo que él recordaba.
Mientras pensaba en juegos, un nombre brilló en su mente como una señal de neón: Pokémon.
En su vida anterior, Pokémon no era solo un juego; era una religión cultural que movía miles de millones. Michael recordó que el fenómeno había comenzado en Japón, de forma humilde, antes de conquistar el planeta. Se levantó de un salto y fue directo a su computadora. El acceso a la información en 1995 era tedioso, una danza lenta de módems ruidosos y buscadores rudimentarios, pero Michael sabía exactamente qué buscar.
Tras una búsqueda exhaustiva en foros técnicos y boletines informativos japoneses, encontró lo que buscaba. No había nada llamado “Pokémon” todavía. Sin embargo, en los registros de marcas y próximos lanzamientos de Nintendo para la Game Boy, aparecía un título: Pocket Monsters Rojo y Verde. El lanzamiento estaba previsto para 1996 en Japón. El mundo aún no sabía que esos monstruos de bolsillo estaban a punto de cambiar la historia del entretenimiento.
Michael no perdió un segundo. Tomó el teléfono y llamó a Dylan.
—¿Dylan? Necesito que busques a alguien en Japón —dijo Michael, y su tono de voz había recuperado esa urgencia estratégica que lo caracterizaba—. Hay un proyecto en desarrollo en una empresa llamada Game Freak, bajo el ala de Nintendo. Se llama Pocket Monsters Rojo y Verde.
—¿Monstruos de bolsillo? —preguntó Dylan, desconcertado—. Michael, mañana estrenamos una película de millones de dólares y tú me hablas de un juego japonés para una consola portátil que ya está vieja.
—Esa “consola vieja” va a salvar a Nintendo y ese juego va a ser más grande que cualquier película que hayamos hecho hasta ahora —sentenció Michael—. No conozco a nadie allí, pero tú tienes contactos ya que trabajas en WMA que operan en Tokio. Necesito saber si podemos comprar la IP, o al menos asegurar una participación mayoritaria en los derechos internacionales de medios y merchandising antes de que salga al mercado.
Dylan suspiró, pero sabía que cuando Michael tenía estas “corazonadas”, solían valer oro.
—No conozco los detalles, pero si quieres que investigue, puedo viajar a Tokio la próxima semana —dijo Dylan—. Pero Michael, necesitamos dinero para cerrar la creación de Omnisciente Studios y consolidar las dos productoras que compramos.
—Lleva 20 millones de dólares —ordenó Michael—. Tengo 58 millones en mi saldo personal de maniobra. Si usas 20 para Japón, me quedan 38 millones. Eso es más que suficiente para pagar los trámites de registro de Omnisciente Studios y cualquier gasto operativo inmediato. Dylan, no quiero que vuelvas de Japón sin un contrato o, al menos, un pie en la puerta de Game Freak.
—Entendido —respondió Dylan, contagiado por la seriedad de Michael—. Me encargaré de los honorarios legales para la fusión de las productoras bajo el nombre de Omnisciente; eso será barato comparado con lo que pides para Japón. Mañana estaré en el estreno de OBLIVION, pero mi mente ya está en el avión a Tokio.
Michael colgó el teléfono y regresó al patio. El sol casi había desaparecido, dejando una franja de color violeta sobre el agua. Se sintió satisfecho. Había blindado su cine con las productoras, había asegurado su elenco con Lange, y ahora estaba sembrando las semillas de lo que sería el imperio transmedia más grande del mundo.
Se recostó de nuevo, escuchando el rugido del mar. Sabía que mañana, cuando las luces de los cines se apagaran y el logo de Omnisciente (aún bajo el sello de Fox por contrato) apareciera en pantalla, el mundo vería solo una película. Pero él, el Arquitecto, ya estaba viendo el mapa completo: superhéroes, dramas trágicos y monstruos japoneses.
Había extrañado el futuro, pero se dio cuenta de que era mucho mejor construirlo él mismo. Con ese pensamiento, Michael cerró los ojos y se permitió descansar, preparándose para el día en que OBLIVION dejaría de ser un sueño para convertirse en historia cinematográfica. Mañana sería el día de la gloria, pero esta noche, el Arquitecto solo era un hombre disfrutando de la paz antes de la conquista definitiva.
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Ojalá le guste está historia. Intentaré subir un capitulo por semana (se me daño la batería del celular y recién lo arregle, ayer estuve a full escribiendo), si les gusta comenten, like si te gusta.( Cuando tenga tiempo creare Patreon y tengo pensado escribir más rápido y tendrá entres 5 o 6 capítulos adelantados, pero todavía no, cuando tenga tiempo).
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com