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En Hollywood. - Capítulo 57

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Capítulo 57: Capítulo 56

Capítulo 56: El Depredador de Premios

Oficinas de Miramax, Nueva York – 24 de Noviembre de 1995

El humo de los puros flotaba en el aire denso de la oficina de Harvey Weinstein, creando una neblina que ocultaba los rostros de los hombres que se sentaban frente a él. Harvey no era un hombre que disfrutara de la calma; para él, el silencio era simplemente el espacio entre dos gritos o el preludio de una conspiración. En su escritorio, rodeado de guiones rechazados y botellas de agua a medio terminar, descansaba un informe de inteligencia sobre el estreno de OBLIVION.

Harvey dio una calada profunda a su cigarro y exhaló el humo lentamente, mirando fijamente la fotografía de Michael Relish que encabezaba el reporte.

—¿Así que el “Arquitecto” cree que puede comprar su entrada al Kodak Theatre? —la voz de Harvey era un raspado gutural, cargado de un desprecio que no intentaba ocultar—. Cree que porque ha hecho un par de películas visualmente impactantes y ha comprado dos distribuidoras que yo mismo estaba considerando, ahora es parte de la élite.

Para Harvey Weinstein, el cine no era arte, ni siquiera era solo negocio; era una moneda de cambio de estatus. Miramax se había construido sobre la idea de que ellos eran los únicos que podían convertir una película pequeña en una ganadora del Oscar. Él era el guardián de la puerta. Y ahora, este joven advenedizo, este Michael Relish que venía del mundo de películas con efectos y las historias de género, pretendía saltarse la fila.

—Harvey, los pases de prensa de OBLIVION han sido… —uno de sus asistentes dudó, buscando la palabra adecuada— …devastadores. En el buen sentido. Dicen que es la mezcla perfecta entre Kubrick y Spielberg. Dicen que las actuaciones de Nicole Kidman y Elizabeth Banks son de calibre de nominación inmediata.

Harvey golpeó el escritorio con la palma de la mano, haciendo que las botellas temblaran.

—¡Me importa un bledo lo que digan los críticos hoy! —rugió—. La crítica es una herramienta que se puede doblar. ¿Kubrick? ¿Spielberg? Esas son etiquetas que nosotros ponemos, no ellos. Si permitimos que una película de ciencia ficción producida de forma independiente gane tracción para los Oscar, el modelo de Miramax está muerto. Si cualquier chico con dinero puede comprar salas y ganar estatuillas, ¿para qué me necesitan a mí?

Harvey se levantó, su figura masiva proyectando una sombra amenazante sobre la pared. Caminó hacia la ventana, mirando hacia las calles de Manhattan. Sabía que OBLIVION se estrenaba al día siguiente, un sábado. Un movimiento que él consideraba arrogante.

—Relish está confiado —murmuró Harvey—. Cree que con la ayuda de Fox y su “independencia” lo hace intocable. Pero la independencia es solo soledad cuando el viento sopla en tu contra. Necesito que empecemos a mover los hilos en la prensa de la Academia. No atacaremos la película directamente, eso la haría ver como una víctima. Atacaremos al hombre.

Se volvió hacia su jefe de prensa, un hombre que parecía haber olvidado cómo dormir hace años.

—Busca a los columnistas de chismes de Los Ángeles y Nueva York. Quiero que empiecen a cuestionar la “moralidad” de su estilo de vida. Tres mujeres viviendo bajo el mismo techo… eso todavía suena a culto para los votantes de la Academia que tienen más de sesenta años. Y esos son los que deciden quién gana. Quiero artículos que sugieran que Michael Relish es un manipulador, un hombre que usa a las actrices para construir su ego.

—Susan Davies ha estado bloqueando cualquier intento de los paparazzi, Harvey —intervino el asistente—. Ella ha blindado la casa de Malibú.

—Susan es buena, pero es una empleada —descartó Harvey con un gesto de la mano—. Todos tienen un precio o un secreto. Si no podemos entrar por la puerta principal, entraremos por las alcantarillas. Quiero que hablen con los agentes de los actores que él rechazó para Get Out. Quiero resentimiento. Quiero que se filtre que Michael Relish es un tirano en el set, un hombre que no respeta el proceso creativo.

Harvey volvió a sentarse, abriendo una carpeta sobre las películas que Miramax tenía preparadas para la temporada. Él tenía dramas históricos, adaptaciones literarias y películas biográficas; el tipo de material que la Academia amaba tradicionalmente.

OBLIVION, por muy brillante que fuera, seguía siendo ciencia ficción.

—Ese es su punto débil —dijo Harvey, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos—. La Academia odia el género. Consideran que los efectos especiales son para niños y para vender palomitas. Empezaremos una campaña de susurros: “OBLIVION es un logro técnico, pero carece de alma humana”. Esa será la narrativa. Es fría, es mecánica, es… como su creador.

Harvey sabía que Michael acababa de comprar October Films y Gramercy. Eso era lo que más le dolía. Eran activos que Harvey quería para consolidar su propio imperio de distribución. Ver a un joven de veinticinco años haciendo esos movimientos con la facilidad de quien compra caramelos le provocaba una envidia que se traducía en agresión pura.

—Relish cree que ha comprado el tablero —dijo Harvey, apagando su puro contra un cenicero de cristal—. Pero no sabe que yo soy el que escribe las reglas del juego de los premios. Mañana se estrena su película. Dejaremos que tenga su fin de semana de gloria. Dejaremos que la gente se asombre con sus perdida de memoria. Pero el lunes… el lunes empezaremos a quemar su jardín.

Harvey tomó el teléfono y marcó un número privado.

—Soy yo. Mañana en el estreno de OBLIVION, quiero a gente infiltrada. No quiero aplausos, quiero que busquen cualquier fallo. Quiero que hablen con los espectadores a la salida y graben solo los comentarios negativos. Mañana es el comienzo del fin para el mito del Arquitecto. No voy a permitir que un niño que solo busca dinero quiera quitarme el trono.

Colgó el teléfono y se quedó mirando la foto de Michael una vez más. En su mente, Harvey ya estaba ensayando su discurso de victoria en marzo. No permitiría que nadie, y mucho menos alguien tan “perfecto” como Michael Relish, desafiara su dominio sobre el prestigio de Hollywood.

—Bienvenido a las grandes ligas, Michael —susurró Harvey a la habitación vacía—. Aquí no ganan las mejores historias. Ganan los mejores supervivientes. Y yo soy el que siempre queda en pie.

La maquinaria de Miramax, la más eficiente y despiadada oficina de relaciones públicas de la historia del cine, acababa de ser liberada. El objetivo era claro: destruir la reputación de Michael Relish antes de que los sobres de votación de la Academia llegaran a los buzones. La guerra por el Oscar no iba a ser en la pantalla, sino en el barro de las páginas de opinión y los cócteles de Beverly Hills.

+————————+

Restaurante Le Dome, Sunset Strip – 24 de Noviembre de 1995, Noche

Mientras las luces de la ciudad comenzaban a brillar con esa intensidad eléctrica de las vísperas de los grandes estrenos, Harvey Weinstein se encontraba sentado en la mesa más apartada de Le Dome. No estaba allí para disfrutar de la cocina francesa; estaba allí para cobrar favores y sembrar cizaña.

Frente a él se sentaban dos ejecutivos de alto rango de estudios que Michael había desafiado indirectamente con sus recientes compras: uno de Warner Bros. y un representante de marketing de Paramount que todavía rumiaba la pérdida de prestigio frente a la “arrogancia” de Omnisciente Studios.

Harvey cortó un trozo de filete con una agresividad que parecía dirigida al propio Michael Relish.

—Mírense —dijo Harvey, señalándolos con el cuchillo—. Los Majors, los dueños de la ciudad, asustados por un chico que todavía tiene el olor de la leche en los labios. ¿Van a dejar que les robe las salas, los actores y ahora los premios?

El ejecutivo de Warner carraspeó, incómodo. —Harvey, no es tan simple. Michael tiene liquidez inmediata. Compró October Films y Gramercy antes de que pudiéramos poner una contraoferta legal en la mesa. Y OBLIVION… bueno, Fox dice que es lo mejor que ese chico a hecho, ya no piensa en el dinero quiere premios.

Harvey soltó una carcajada que sonó como cristales rotos. —Fox dice eso porque necesitan salvar su balance trimestral. Pero piensen en el precedente. Si Michael Relish demuestra que puede saltarse el sistema de estudios, comprar su propia distribución y ganar un Oscar a Mejor Película con una historia de ciencia ficción, ¿qué les queda a ustedes? Serán solo cascarones vacíos alquilando espacio a productores que ya no los necesitan.

Harvey sabía dónde golpear. El miedo a la irrelevancia era la enfermedad crónica de los ejecutivos de Hollywood.

—Necesitamos una campaña coordinada —continuó Harvey, bajando la voz hasta convertirla en un susurro conspirativo—. Mañana es su gran día. El estreno de OBLIVION. Quiero que sus departamentos de prensa filtren dudas. No sobre la película, eso solo genera curiosidad. Quiero que filtren dudas sobre la estabilidad financiera de Omnisciente. Digan que Michael está sobreextendido, que la compra de esas distribuidoras fue un acto de desesperación. Si los trabajadores que se quedaron de esas empresas huelen sangre, el “Arquitecto” se quedará sin gente y nadie querría estar en un barco destruido.

Tras la cena, Harvey se retiró a su suite en el Peninsula Hotel, que servía como su cuartel general en la costa oeste. Allí lo esperaba su equipo de “consultores de premios”, un grupo de hombres y mujeres cuyo único trabajo era conocer los gustos, los prejuicios y los secretos de cada miembro de la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas.

—¿Cómo va el perfil para el L.A. Times? —preguntó Harvey, quitándose la chaqueta y lanzándola sobre un sofá de seda.

—El periodista es receptivo —respondió una mujer de cabello gris corto y mirada afilada—. Hemos sugerido que Michael Relish es un “autómata del siglo XXI”. La narrativa será que es un genio técnico, sí, pero que carece de la sensibilidad humanista necesaria para el cine de prestigio. Vamos a compararlo con los directores de videos musicales: mucho estilo, nada de sustancia.

—Excelente —asintió Harvey—. Asegúrate de que mencionen lo de las tres mujeres de nuevo. No lo digan directamente, solo insinúen que “el ambiente en la residencia de Malibú es poco convencional para los estándares de la industria”. Dejen que la imaginación de los votantes de la vieja escuela haga el resto del trabajo sucio.

Harvey caminó hacia el minibar y se sirvió un trago. Sabía que la ciencia ficción siempre había sido el talón de Aquiles de la Academia. Películas como Star Wars o 2001: Odisea del Espacio habían sido nominadas, pero nunca ganaron el premio gordo. La Academia prefería los dramas históricos donde la gente sufría con ropa de época.

—Mañana —dijo Harvey, mirando a su equipo—, quiero que todos los críticos que tenemos en nómina o a los que les debemos favores, busquen la palabra “fría” en sus reseñas.

OBLIVION es “fría”. El diseño es “frío”. Las actuaciones son “distantes”. Si repetimos la palabra suficientes veces, se convertirá en la verdad oficial.

Weinstein no se detenía en la prensa escrita. Entendía que en Hollywood, el rumor en las fiestas era más potente que cualquier anuncio en Variety.

—¿Qué hay de las proyecciones para los miembros de la Academia en diciembre? —preguntó.

—Estamos organizando cenas exclusivas para los mismos días que Michael tenga sus eventos —respondió su asistente—. Vamos a saturar el calendario. Si los votantes tienen que elegir entre una proyección de una película de una empresa tecnologica en un cine comercial o una cena privada con Meryl Streep organizada por Miramax, sabemos a dónde irán.

Harvey sonrió. Era un depredador territorial. Para él, Michael Relish no era solo un competidor; era una anomalía que debía ser corregida. El hecho de que Michael hubiera asegurado a Jessica Lange para su próximo proyecto, Get Out, también le escocía. Lange era una actriz de “clase Miramax”, y verla en una película de terror psicológico producida por un chico de efectos visuales le resultaba un insulto personal.

—Este chico cree que porque tiene un par de cientos de millones puede comprar el respeto —dijo Harvey, sentándose pesadamente en un sillón—. Pero el respeto en esta ciudad se gana en las trincheras, ensuciándose las manos. Él está ahí en su playa de Malibú, jugando con sus modelos y sus faxes, mientras yo estoy aquí, controlando el flujo de información. Mañana verá los números de taquilla y pensará que ha ganado. Pero la taquilla es para los contadores. El prestigio es para los reyes.

Harvey se quedó solo en la habitación, mirando el reloj. Faltaban pocas horas para el 25 de noviembre. Sabía que OBLIVION probablemente sería un éxito masivo de recaudación. Michael era demasiado bueno en el aspecto comercial como para fallar en eso. Pero Harvey no quería el dinero de Michael; quería su fracaso moral y profesional.

Tomó una última nota y la escribió en un papel amarillo: “Contactar a los publicistas de Naomi Watts. Ver si hay alguna grieta en su lealtad”.

Harvey sabía que el punto débil de cualquier hombre poderoso eran las personas que lo rodeaban. Si podía sembrar la duda en Naomi, Elizabeth o Cameron, si podía hacerles sentir que Michael las estaba usando para lavar su imagen, el búnker de Malibú se derrumbaría desde dentro.

—Disfruta tu sábado, Michael —susurró Harvey a la noche oscura—. Disfruta las palomitas y los aplausos. El lunes, Hollywood se despertará con una resaca que yo mismo voy a cocinar para ti.

Con la eficiencia de una máquina de guerra, Harvey Weinstein apagó la luz de su suite. La red estaba tejida. Los críticos estaban prevenidos. Los ejecutivos estaban asustados. El escenario estaba listo para que el mayor éxito de Michael Relish se convirtiera en el comienzo de su crucifixión mediática. Harvey no iba a permitir que el futuro llegara antes de que él decidiera cómo debía verse.

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Teatro Chino de Grauman, Los Ángeles – 25 de Noviembre de 1995

El rugido de la multitud en Hollywood Boulevard se filtraba a través de las pesadas paredes del Teatro Chino de Grauman como el latido de un corazón gigante. Afuera, las luces de búsqueda barrían el cielo nocturno, anunciando al mundo que la espera había terminado. Michael Relish se encontraba en la sala de espera privada, ajustándose el nudo de su corbata de seda negra frente a un espejo antiguo. Se veía tranquilo, pero en sus ojos brillaba la chispa de quien sabe que está a punto de cambiar el juego.

La sala estaba llena de la aristocracia de la industria. Ejecutivos de Fox, encabezados por un radiante Tom Rothman, se movían entre los invitados con copas de champagne en la mano, proyectando una seguridad que solo los números de preventa récord podían dar.

—Michael, hijo, esto es una locura —dijo Rothman, acercándose y poniendo una mano en el hombro de Michael—. El tracking de audiencia está fuera de las gráficas. No es solo ciencia ficción; las encuestas dicen que la gente está esperando ver el drama humano que prometieron los trailers. Has hecho que el género sea… respetable para el gran público.

—El género siempre fue respetable, Tom —respondió Michael con una sonrisa ladeada—. Solo necesitaba que alguien dejara de tratarlo como un juguete y empezara a tratarlo como un espejo de la realidad.

Cerca de ellos, Michael observaba el centro de atención. Elizabeth Banks, la verdadera protagonista de la noche, lucía un vestido que capturaba cada destello de las luces, proyectando una imagen de elegancia clásica y modernidad audaz. Estaba rodeada de un grupo que haría palidecer cualquier otra alfombra roja: Julianne Moore, Nicole Kidman y Cameron Diaz.

Michael se detuvo a observar la escena. Era un cuadro de poder femenino que él mismo había ayudado a pintar. Julianne Moore, con su sofisticación característica, felicitaba a Elizabeth por el desafío de cargar con el peso emocional de la película.

—Lo que has hecho en los pases privados, Elizabeth, es de una honestidad que rara vez se ve en este tipo de producciones —le decía Nicole Kidman, cuyo respeto por el oficio era bien conocido—. Has hecho que el dolor de tu personaje se sienta físico.

Elizabeth reía, con las mejillas encendidas por la emoción, mientras Cameron Diaz asentía con entusiasmo. Cameron, aunque era la más joven y reciente en el círculo íntimo de Michael, se movía con una confianza nueva, sabiendo que su lugar en este imperio estaba asegurado.

Cuando llegó el momento de entrar a la sala principal, el ambiente cambió. Michael caminó por el pasillo central escoltado por las tres mujeres que eran el pilar de su vida privada y profesional. Naomi, Elizabeth y Cameron caminaban a su lado, creando una imagen de unidad que silenciaba los susurros malintencionados de los presentes.

Se sentaron en la fila de honor. Las luces se atenuaron y el logo de Fox, seguido inmediatamente por el de Relish Productions (un detalle que Michael sabía que sería la última vez que lo vería ya que desde que lo vendió se dejará de lado), apareció en la pantalla gigante.

Durante las siguientes dos horas, Michael no miró la pantalla; miró a la audiencia. Vio cómo los rostros de los ejecutivos más endurecidos de Hollywood se relajaban. Vio cómo las manos se apretaban en los momentos de tensión y cómo, durante el clímax final de la historia de amor y sacrificio de una madre entre los personajes, Susan Sarandon y las chicas, el silencio en el teatro era tan denso que se podía cortar.

Cuando la última imagen se desvaneció y la banda sonora alcanzó su nota final, el silencio persistió por tres segundos antes de estallar en una ovación que sacudió las vigas del teatro.

Al salir de la sala, el vestíbulo se convirtió en un mar de felicitaciones. Michael fue abordado inmediatamente por directores veteranos y críticos que usualmente eran tacaños con los elogios.

—Michael, es una obra maestra del ritmo —dijo un reconocido director de la vieja escuela, dándole un apretón de manos firme—. Has logrado que la tecnología de mente sean secundarias frente a la actuación de Elizabeth. Esa chica… va a necesitar un discurso para marzo.

—Gracias, James —respondió Michael—. Ella trabajó más duro que nadie en este set.

Tom Rothman se abrió paso de nuevo, esta vez con una sonrisa que casi le dividía el rostro.

—¡Es un éxito total, Michael! Las primeras encuestas a la salida dicen que la gente le da una ‘A+’. La historia ha calado. Las chicas están siendo elogiadas por su química y su entrega. Fox va a organizar la fiesta más grande de la década esta noche para celebrar. Tenemos que irnos ya, el club está cerrado solo para nosotros.

Michael se despidió de los últimos invitados y se dirigió hacia la salida lateral donde esperaba su limusina negra. Elizabeth, Naomi y Cameron ya lo esperaban cerca del vehículo, rodeadas de un aura de triunfo.

—¿Lo sentiste, Michael? —preguntó Elizabeth, tomándolo del brazo mientras se acercaban al coche—. El silencio… fue lo mejor. Supieron escucharnos.

—Lo sentí, Liz —dijo Michael, abriéndole la puerta—. Hoy el mundo se dio cuenta de lo que yo ya sabía hace mucho tiempo: que eres una de muchas de las mejores actrices de tu generación. ‘michael miro a naomi’

Los cuatro subieron al coche. El interior estaba iluminado con una luz tenue y había una botella de champagne enfriándose. Mientras el vehículo se alejaba del Teatro Chino y se dirigía hacia la fiesta de Fox, Michael miró por la ventana trasera. Vio las luces de Hollywood y la multitud que seguía gritando sus nombres.

—Esto es solo el principio —pensó Michael, mientras Naomi le servía una copa—. OBLIVION es la base, pero el edificio que voy a construir será infinito.

El coche se fundió con el tráfico de Los Ángeles, llevando al Arquitecto y a sus tres musas hacia una celebración que marcaría el fin de una era y el comienzo de la hegemonía total de Omnisciente Studios. Michael estaba feliz, pero su mente, fiel a su naturaleza, ya estaba calculando el impacto de las cifras de mañana y cómo esto afectaría sus movimientos en Japón y con Marvel. Por ahora, sin embargo, se permitió brindar por el presente.

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Club Cicada, Los Ángeles – 25 de Noviembre de 1995, Noche

El Club Cicada, una joya del Art Déco en el centro de Los Ángeles, había sido transformado para la ocasión. Luces de neón azul cobalto y proyecciones holográficas de las tecnología de mentes de OBLIVION bañaban las columnas de mármol, creando un puente visual entre el glamour de los años 30 y el futuro imaginado por Michael Relish. Al entrar, el murmullo de la élite de Hollywood se detuvo por un segundo antes de romperse en un aplauso espontáneo.

Michael caminaba con Naomi en su brazo izquierdo y Elizabeth en el derecho con Cameron también a su derecha, luciendo una sonrisa que decía al mundo que ella era la nueva pieza fundamental de este tablero de poder. Michael no solo era un director o un productor; tras cinco éxitos consecutivos desde aquel impacto sísmico que fue Scream en 1993, se había convertido en un fenómeno estadístico. En una industria donde el fracaso es la norma, Michael Relish era la excepción imposible.

La fiesta estaba plagada de rostros que Michael solía ver en las portadas de las revistas de cine de su vida anterior. Pero ahora, ellos eran los que buscaban su mirada. Mientras se abría paso hacia la zona VIP, fue interceptado por un hombre cuya silueta era inconfundible: Steven Spielberg.

—Michael —dijo Spielberg, extendiendo la mano con una sonrisa genuina—. He estado observando lo que haces desde Scream. Pero lo de esta noche… lo de esta noche ha sido otra cosa. Has devuelto la escala épica al cine sin perder el corazón de los personajes. Ese plano final de Elizabeth… me recordó por qué amo hacer películas.

—Viniendo de ti, Steven, eso significa más que cualquier cifra de taquilla —respondió Michael con respeto—. Tú construiste el camino; yo solo estoy tratando de no salirme de la carretera.

—No te subestimes —añadió James Cameron, que se unió a la conversación con una copa de vino en la mano—. Has usado la tecnología de una forma que incluso a mí me ha dado envidia. ¿Cómo lograste esa profundidad de campo en las escenas del laboratorio? Tenemos que hablar de ingeniería visual pronto.

Michael sonrió internamente. Estaba conversando con los dioses del cine comercial como un igual. Naomi y Elizabeth intercambiaban miradas de orgullo. Ellas habían estado allí cuando Michael era solo un joven ambicioso y estaba tan seguro de su primera película como si ya supiera que sería legendaria; ahora, lo veían dominar la sala con una autoridad que no necesitaba gritar para ser escuchada.

Mientras la música electrónica suave llenaba el ambiente, Michael se movía por la sala con la precisión de un diplomático. Saludó a actores de la talla de Tom Cruise, quien a lado de su esposa, mostró un interés inusual en los próximos proyectos de Omnisciente Studios, y conversó brevemente con directores como David Fincher, quien alabó la oscuridad subyacente de la trama de OBLIVION.

Sin embargo, Michael no perdía de vista el panorama general. Veía a los ejecutivos de otros estudios —Universal, Sony, Disney— merodeando por la fiesta como hienas en los límites de un campamento. Sabían que Michael ya no era un talento “en alquiler”. Con el dinero de la venta de Relish Productions y ahora con la compra de October Films y Gramercy, Michael se había convertido en un competidor directo.

—Michael, todos están preguntando por lo mismo —susurró Susan Davies, acercándose con una carpeta bajo el brazo—. Quieren saber qué sigue. Los rumores sobre Get Out ya están circulando y algunos están asustados por el presupuesto de 26 millones para un thriller psicológico.

—Que se asusten, Susan —respondió Michael en voz baja—. El miedo es una señal de que estamos moviendo el suelo bajo sus pies.

Cerca de la 1:30 de la mañana, la atmósfera en el Club Cicada alcanzó un punto de ebullición. Tom Rothman subió a un pequeño escenario improvisado junto a la orquesta, sosteniendo un trozo de papel que acababa de recibir de un asistente que llegó corriendo desde las oficinas de distribución. El silencio cayó sobre la sala como un telón.

—Damas y caballeros —la voz de Rothman temblaba ligeramente por la adrenalina—, tenemos los reportes de las funciones de medianoche y las primeras proyecciones de las matinales del sábado de la costa este.

Rothman hizo una pausa dramática, buscando a Michael entre la multitud.

—OBLIVION ha recaudado 18 millones de dólares solo en sus primeras 12 horas de exhibición masiva. El tracking se ha ajustado al alza. No estamos mirando un estreno de 20 o 30 millones. Si la tendencia continúa, cerraremos el domingo por encima de los 35 millones de dólares en dos días.

La sala estalló en un estruendo de vítores. Era una cifra histórica para una película con cuatro mujeres siendo principales. Michael sintió el abrazo de Naomi y el beso eufórico de Elizabeth en su mejilla. Cameron saltaba de alegría a su lado. El éxito no era solo financiero; era el escudo definitivo contra los ataques que Harvey Weinstein ya estaba preparando. Con esos números, Michael era intocable.

A pesar del ruido y la euforia, Michael mantenía una calma gélida. Sabía que este era el momento en que debía ser más cuidadoso. El éxito masivo atrae la envidia masiva. Miró a su alrededor y vio a Elizabeth, cuya actuación estaba siendo calificada por todos los presentes como “digna de un Oscar”.

—Lo logramos, Michael —le dijo ella al oído, tratando de hacerse oír sobre la música—. Eres oficialmente el dueño de esta ciudad.

—No, Liz —respondió él, rodeándola con su brazo—. Somos nosotros los que lo logramos. Omnisciente no es un edificio, es lo que estamos haciendo juntos.

La fiesta continuó hasta altas horas de la madrugada. Michael habló con más directores, cerró acuerdos preliminares para colaboraciones futuras y se aseguró de que cada ejecutivo de Fox se sintiera parte del triunfo. Pero en su mente, ya estaba procesando el siguiente paso. El porcentaje de los millones de dólares que comenzaron a contar significaban que el fondo de maniobra de Michael seguia en aumento y tenía que pensar en que más invertir.

Cuando finalmente decidieron marcharse, pasadas las 4 de la mañana, Michael ayudó a las tres chicas a subir al auto. La limusina se alejó del Club Cicada, dejando atrás los ecos de la celebración.

—Ha sido la mejor noche de mi vida —susurró Cameron, apoyando su cabeza en el hombro de Michael—. Nunca pensé que el cine pudiera sentirse así.

—Prepárate, Cameron —dijo Michael, mirando por la ventana las luces de neón de Los Ángeles—. Porque mañana el mundo se despierta en una industria que ahora nos pertenece.

Mientras el auto avanzaba hacia Malibú, Michael cerró los ojos un momento. Sabía que Harvey Weinstein estaría despierto en algún lugar de Nueva York, rumiando su derrota temporal ya que no se presentó en la fiesta posterior de OBLIVION. El Arquitecto había ganado la primera batalla de la Gran Guerra, y lo había hecho con la elegancia de quien sabe que el futuro es una construcción que él mismo ha diseñado.

Teatro Chino de Grauman, Los Ángeles – 25 de Noviembre de 1995

Harvey Weinstein no solía mezclarse con la “chusma”, como él llamaba al público que pagaba por ver cine comercial. Pero esa tarde de sábado, camuflado bajo una gorra de béisbol y una chaqueta oscura, se encontraba en la parte trasera de una de las salas más grandes de Los Ángeles. Quería sentirlo él mismo. Quería escuchar los suspiros, los silencios y, sobre todo, detectar cualquier señal de aburrimiento que pudiera explotar más tarde.

Sin embargo, lo que encontró fue algo que le revolvió el estómago más que cualquier comida de hospital: asombro.

Cuando llego la parte de Sarandon muere por sus hijas en la pantalla, el laboratorio diseñada con la precisión milimétrica de Michael Relish, el silencio en la sala fue absoluto. Harvey observaba a la gente. No miraban sus relojes. No buscaban sus palomitas. Estaban inclinados hacia adelante, hipnotizados.

Cuando Elizabeth Banks apareció en pantalla, proyectando una mezcla de melancolía y determinación que traspasaba el celuloide, Harvey escuchó un sollozo ahogado en la fila de adelante. Al final de la película, cuando la música de la banda sonora alcanzó su clímax y los créditos empezaron a rodar, la sala no solo aplaudió; se puso de pie. Fue una ovación espontánea, visceral, el tipo de respuesta que no se puede fabricar con una campaña de marketing de diez millones de dólares.

Harvey salió del cine antes de que se encendieran las luces, respirando con dificultad. El aire fresco de Sunset Boulevard no lo calmó.

—Maldita sea —gruñó para sí mismo mientras subía a su coche—. Es buena. Es demasiado buena.

De regreso en su hotel, Harvey no gritó. Cuando Weinstein estaba realmente preocupado, se volvía peligrosamente silencioso. Se sentó frente a su escritorio y empezó a tachar las notas que había escrito el día anterior.

“Fría”, “Sin alma”, “Solo técnica”… Esas etiquetas no iban a funcionar con OBLIVION.

El público se había conectado emocionalmente con la historia de pérdida y superación. Si intentaba vender la idea de que la película era un “caparazón vacío”, los críticos que él no controlaba lo ridiculizarían. La actuación de Elizabeth y Sarandon eran, sencillamente, incontestables.

—Cambio de planes —dijo Harvey cuando su equipo entró en la suite—. No podemos decir que la película es mala. La gente no es idiota y los críticos de Nueva York se van a enamorar de la estética. Si atacamos la calidad de la película, nos veremos como envidiosos.

—¿Entonces qué hacemos, Harvey? —preguntó su jefe de prensa—. El tracking dice que va a romper récords de taquilla este fin de semana con solo dos días.

—Usaremos su éxito contra él —respondió Harvey, con un brillo depredador en los ojos—. Si no podemos negar que es una obra maestra técnica, diremos que es “peligrosa”. Diremos que Michael Relish representa el fin del cine humano tal como lo conocemos. Que es un “cine de probeta”, calculado por un algoritmo —Harvey aún no sabía qué era un algoritmo en el sentido moderno, pero le gustaba cómo sonaba la palabra—. Diremos que es el triunfo del dinero sobre el arte.

Harvey empezó a dictar nuevas directrices. Su mente trabajaba a mil por hora, adaptándose al terreno como un virus que muta para sobrevivir al antibiótico.

El Ángulo de la “Arrogancia”: En lugar de atacar la película, atacarían el hecho de que Michael es dueño de las salas. “Relish no ha ganado al público, ha comprado su atención”. Empezarían a circular historias sobre cómo las distribuidoras de Michael (October y Gramercy) están asfixiando a las películas pequeñas de arte para dar más espacio a OBLIVION.

La Narrativa de la “Amenaza Digital”: Contactar a los directores de la “vieja guardia” de la Academia. Esos que todavía aman el grano de la película y odian los ordenadores. “Michael Relish quiere reemplazar a los actores con píxeles. Hoy es una empresa tecnologica que borra los pensamientos, mañana será tu trabajo, Warren. Mañana será el tuyo, Dustin”.

La Perversión del Éxito de Taquilla: En el mundo de los Oscar de los 90, ganar demasiado dinero a veces era un estigma. Harvey planeaba pintar a OBLIVION como un “Blockbuster disfrazado de arte”.

—Quiero que el mensaje sea: “Es una gran película para el público, pero ¿es una película para la Historia?” —sentenció Harvey—. Necesitamos que los votantes sientan que votar por Relish es traicionar la esencia de Hollywood. Votar por Miramax es proteger el alma del cine; votar por Fox (Michael) es entregarse a las máquinas.

Harvey recordó a las tres mujeres: Naomi, Elizabeth y Cameron. Sabía que eran el escudo emocional de Michael.

—Necesito a alguien que esté cerca de Heather Graham o de los secundarios de Get Out —ordenó—. Si Michael ha subido el presupuesto a 26 millones, debe haber fricción. Busquen a los técnicos resentidos. Quiero saber si Michael es tan “perfecto” como parece en las entrevistas. Tiene que haber una grieta. Nadie es tan joven, tan rico y tan exitoso sin haber pisoteado a alguien en el camino.

Harvey se acercó a la ventana. El éxito de OBLIVION lo obligaba a ser más sutil, más maquiavélico. Ya no era una simple demolición; era una guerra de guerrillas ideológica.

—Michael cree que ha ganado porque la gente llora en el cine —susurró Harvey, viendo las luces de la ciudad—. Pero yo gano cuando los que cuentan los votos se sienten culpables por disfrutar de su película. Voy a convertir su obra maestra en su pecado original.

Weinstein se sirvió otra copa. Estaba cansado, pero la adrenalina del combate lo mantenía en pie. Por primera vez en años, sentía que tenía un rival digno, uno que lo obligaba a usar todo su arsenal. Y eso, extrañamente, lo hacía sentir más vivo que nunca. La verdadera batalla por el Oscar acababa de subir de nivel. Michael Relish había conquistado al público, pero Harvey Weinstein se preparaba para conquistar las sombras que rodeaban al trofeo.

Residencia Relish, Malibú – 26 de Noviembre de 1995

El silencio de la madrugada en Malibú era el bálsamo perfecto para los oídos de Michael tras el estruendo de la fiesta. La limusina los dejó en la entrada de la mansión cuando los primeros hilos de luz grisácea empezaban a separar el mar del cielo. Michael, Naomi, Elizabeth y Cameron subieron las escaleras con movimientos lentos, compartiendo una fatiga dulce, la fatiga de la victoria.

Esa noche, sin mediar palabra, los cuatro se dirigieron a la habitación principal. Hacía tiempo que no compartían el mismo espacio de descanso de manera tan natural. Se acomodaron en la inmensa cama, una balsa de seda y lino en medio del océano de su éxito. No hubo necesidad de pasión ni de conversaciones profundas; simplemente se buscaron entre las sábanas para sentir el calor del otro. Michael quedó en el centro, sintiendo el peso ligero de sus compañeras a su lado, y por primera vez en semanas, el Arquitecto apagó su mente y se sumergió en un sueño profundo y reparador.

A las nueve de la mañana, el teléfono personal de Michael vibró suavemente en la mesilla de noche. Michael, cuyo reloj biológico era implacable a pesar de las pocas horas de sueño, se deslizó fuera de la cama con una agilidad silenciosa, asegurándose de no despertar a las tres mujeres que aún dormían profundamente.

Salió al balcón del pasillo para contestar. Era Dylan.

—Michael, lamento la hora, pero tienes que escuchar esto —la voz de Dylan sonaba eléctrica a pesar de la distancia—. El estreno internacional ha sido una carnicería para la competencia. En Londres, París y Tokio, las colas dan la vuelta a la manzana. Los reportes de Europa indican que OBLIVION se encamina a ser la película número uno en todos los territorios. La crítica internacional es incluso más amable que la americana; la llaman “la redención del cine de autor dentro del blockbuster”.

—Es una buena noticia, Dylan —dijo Michael, mirando el océano—. ¿Cómo va lo de Get Out?

—Todo listo —respondió Dylan—. He confirmado las localizaciones en Alabama. La mansión que seleccionamos ya tiene los permisos firmados. El equipo de producción de Susan ya está moviendo los camiones. Empezamos el 1 de diciembre sin falta. El presupuesto de 26 millones está blindado y los seguros de rodaje para Chris Rock, Heather Graham y Jessica Lange ya están activos. Estamos en marcha, Michael.

Michael colgó, sintiendo una satisfacción fría y precisa. El imperio estaba funcionando como un reloj suizo.

Michael bajó a la cocina. Aunque ya estaba pensando en contratar personal de servicio para la mansión —pues limpiar y mantener una propiedad de ese tamaño pronto sería imposible para ellos—, esta mañana quería ser él quien cuidara de ellas. Hacía mucho tiempo, desde sus días más humildes al principio de esta nueva vida, que no les preparaba el desayuno.

Se puso un delantal y comenzó a moverse por la cocina con eficiencia. Sacó plátanos verdes, queso fresco y naranjas. Decidió hacer algo que les recordara que, a pesar de estar en una mansión de Malibú, él seguía siendo el hombre que prestaba atención a los detalles. Comenzó a preparar tortillas de verde con queso, una receta que había perfeccionado de su vida pasada y que sabía que a ellas les encantaba por su textura y sabor reconfortante.

El aroma del café recién molido empezó a llenar la casa, mezclándose con el olor dulce del jugo de naranja que Michael exprimía manualmente. Mientras las tortillas se doraban en la sartén, Michael se sirvió una taza de café negro y se quedó mirando por la ventana, viendo cómo los surfistas aprovechaban las primeras olas del día.

La primera en aparecer fue Elizabeth. Llevaba una de las camisas de Michael, con el cabello revuelto y los ojos todavía nublados por el sueño. Se acercó a él y le rodeó la cintura con los brazos.

—Huele a gloria aquí abajo —susurró ella, apoyando la mejilla en su espalda.

Michael se giró y le dio un beso tierno en la frente. —¿Cómo te sientes, estrella de cine?

—Siento que necesito una tortilla de las tuyas para creer que no fue un sueño —rio ella.

—¿Quieres huevo y tocino también? —preguntó Michael.

—Solo la tortilla, Mike. Y mucho café. Nada más por ahora —respondió Elizabeth, sentándose en la barra de la cocina.

Poco después bajó Naomi, quien se unió al ritual con un bostezo largo. Al igual que Elizabeth, pidió solo la tortilla, alegando que todavía se sentía “llena de éxito” de la noche anterior. La última fue Cameron, quien entró con una energía más juvenil.

—¡Yo sí quiero un huevo frito encima de la mía! —exclamó Cameron con una sonrisa radiante—. Tengo un hambre voraz. Anoche quemé muchas calorías celebrando.

Michael les sirvió los platos. Se sentaron los cuatro en la mesa de la terraza, frente al mar. Encendieron el televisor pequeño que Michael tenía en la esquina para ver las noticias matutinas. Los segmentos de espectáculos hablaban sin parar de los “nuevos millones de Michael Relish” y mostraban imágenes de la alfombra roja.

—Mírense —dijo Michael, señalando la pantalla donde salían ellas tres—. El mundo las ama. Y esto es solo el comienzo.

Desayunaron entre risas, comentando las anécdotas más divertidas de la fiesta de Fox. Fue un momento de normalidad necesaria antes de que la maquinaria de la fama los absorbiera de nuevo.

Después del desayuno, el ambiente cambió hacia uno más profesional. Las chicas subieron a cambiarse; Naomi tenía una sesión de fotos, Elizabeth una entrevista para un suplemento dominical y Cameron iba a reunirse con su agente para gestionar las nuevas ofertas que le llovían.

Michael se vistió con un traje gris marengo, sin corbata, buscando ese aspecto de “visionario relajado” que se había convertido en su marca personal. Antes de salir, se detuvo en su despacho un momento. Se sentó frente a su computadora y cerró los ojos, intentando forzar su memoria hacia los detalles más específicos de la “biblioteca del futuro” que llevaba en la cabeza.

Necesitaba recordar más que solo tramas de películas. Necesitaba recordar innovaciones tecnológicas, cambios en el comportamiento del consumidor y, sobre todo, los fallos de las empresas que dominaron su vida anterior para no repetirlos. Anotó algunos nombres: Netflix, Streaming, CGI hiperrealista.

“La tecnología de OBLIVION es el techo de hoy, pero será el suelo de mañana”, pensó.

Salió de la casa y subió a su auto, conduciendo hacia las oficinas de October Films, ahora sede de Omnisciente Studios. Tenía que supervisar los últimos detalles del casting secundario para Get Out y revisar el tratamiento que Laura estaba haciendo para The Notebook.

Mientras el viento de la costa le daba en la cara, Michael se sintió invencible. Tenía el amor de las tres mujeres más talentosas de la industria, el respeto de los maestros del cine y una cuenta bancaria que le permitía jugar a ser Dios en el tablero de Hollywood. El Arquitecto estaba listo para su siguiente obra maestra, y esta vez, el mundo entero estaría mirando.

Oficinas de Miramax, Nueva York – 27 de Noviembre de 1995

El lunes por la mañana, los titulares de la prensa especializada eran unánimes. Variety, The Hollywood Reporter y el L.A. Times coincidían en un número que hacía temblar los cimientos de la industria: 35.68 millones de dólares. Ese era el estimado de solo dos días del fin de semana de estreno de OBLIVION. Para una película original solo con protagonistas mujeres, sin ser secuela y con una clasificación que no era para todos los públicos y sobre todo no paran de decir en solo dos días de estreno.

Harvey Weinstein leyó los titulares en su oficina, pero no arrojó el periódico al suelo. Esta vez, se quedó mirando las cifras con una calma gélida. Sabía que los números eran el lenguaje que Hollywood entendía mejor, pero también sabía que el éxito masivo era el primer paso hacia el resentimiento de los iguales.

—Treina y cinco millones… —murmuró Harvey—. Michael ha ganado la cartera del público. Ahora, vamos a asegurarnos de que pierda el alma de la industria.

Harvey llamó a su contacto principal en el Wall Street Journal. No quería un periodista de espectáculos; quería a alguien de negocios que pudiera transformar una historia de éxito en una advertencia antimonopolio.

—Escúchame bien —dijo Harvey al teléfono, con una voz que destilaba una falsa preocupación patriótica—. Michael Relish no solo ha hecho una película exitosa. Ha manipulado el mercado. Ha usado sus nuevas productoras, October y Gramercy, para canibalizar el espacio que pertenecía a las películas pequeñas de arte. Quiero una columna que hable sobre la “Muerte de la Diversidad en el Cine”. Quiero que pregunten: “¿A qué costo viene el éxito de Relish?”. Digan que está usando tácticas de presión con los dueños de los cines para que retiren otras películas y mantengan OBLIVION en doce salas por complejo.

Harvey colgó y sonrió. Al atacar la ética empresarial de Michael, estaba sembrando una duda que ningún número de taquilla podía borrar. Si los miembros de la Academia sentían que votar por Michael era votar por un “tiburón corporativo” que destruía el cine independiente, dudarían antes de marcar su nombre.

A mediodía, Harvey se reunió con un grupo de publicistas de actores veteranos en una suite privada. Allí, lanzó su ofensiva más insidiosa. Michael había utilizado tecnología de punta en OBLIVION, y Harvey iba a convertir esa genialidad en un arma de miedo.

—¿Vieron la cara de Elizabeth en la pantalla? —preguntó Harvey al grupo—. Estaba retocada digitalmente en cada plano. ¿Saben lo que eso significa para sus clientes de más de cuarenta años? Significa que Michael Relish no necesita el talento; necesita texturas. Hoy retoca a Elizabeth, mañana creará a una actriz desde cero en un ordenador y ninguno de sus clientes volverá a tener un papel protagonista.

El miedo en la habitación era palpable. Los publicistas, que vivían de la relevancia física de sus clientes, empezaron a tomar notas.

—Necesito que sus clientes empiecen a hablar en las fiestas —instruyó Harvey—. Que digan que OBLIVION es “maravillosa de ver, pero un insulto para el oficio del actor”. Que digan que prefieren películas donde “el sudor y las lágrimas sean de verdad, no de silicio”. Vamos a crear un bloque de votantes de actores que se sientan amenazados por la mera existencia de Relish.

Harvey no se olvidaba del futuro. Sabía que Michael ya estaba en preproducción de Get Out con un presupuesto de 26 millones.

—Quiero que se filtre el presupuesto de Get Out —ordenó a su asistente—. Pero quiero que se filtre con un giro. Digan que Michael ha perdido el contacto con la realidad. Digan que está gastando 26 millones en una película de terror porque “ya no sabe cómo contar historias sin gastar fortunas”. Compárenlo con los fracasos de presupuesto de los años 80. Digan que Omnisciente Studios es un castillo de naipes que se caerá al primer tropiezo.

Harvey sabía que si lograba poner nerviosos a los nuevos trabajadores de Michael y a los distribuidores que tienen contratos con el, antes de que Get Out siquiera empezara a rodarse, crearía una atmósfera de tensión que afectaría la calidad de la producción.

Finalmente, Harvey se preparó para la ofensiva personal. Había estado observando la relación de Michael con las tres chicas. Para Harvey, cualquier relación que no fuera transaccional era incomprensible, y por lo tanto, vulnerable.

—Llamen a los fotógrafos de los tabloides europeos —dijo Harvey—. Quiero fotos de Michael con Cameron o Elizabeth, pero quiero que las editen para que parezca que hay tensión. Quiero titulares que pregunten: “¿Está el harén de Relish desmoronándose bajo el peso de su éxito?”. Si no podemos destruir su película, destruiremos su paz mental. Un hombre que tiene que defender su casa no tiene tiempo para ganar un Oscar.

Harvey se acercó a la mesa y tomó una copia de la revista Time. En la portada aparecía Michael Relish con el titular: “El Hombre que Diseñó el Futuro”. Harvey tomó un marcador negro y trazó una gran “X” sobre el rostro de Michael.

—El futuro no se diseña, Michael —susurró Harvey con una intensidad febril—. El futuro se negocia en habitaciones oscuras. Y tú ni siquiera estás invitado a la reunión.

El plan estaba en marcha. La primera ola de artículos negativos llegaría a los quioscos el miércoles. Las llamadas a los miembros de la Academia empezarían esa misma tarde.

Mientras Michael celebraba los 35 millones de dólares y su nueva libertad con las chicas en Malibú, la sombra de Harvey Weinstein se extendía sobre cada centímetro de su éxito, lista para asfixiarlo antes de que llegara a la noche de los Oscar.

La guerra total había comenzado. Michael Relish tenía el dinero y el talento, pero Harvey Weinstein tenía el veneno. Y en Hollywood, el veneno siempre llegaba más lejos que el aplauso.

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Ojalá le guste está historia. Intentaré subir un capitulo por semana (se me daño la batería del celular y recién lo arregle, ayer estuve a full escribiendo), si les gusta comenten, like si te gusta.( Cuando tenga tiempo creare Patreon y tengo pensado escribir más rápido y tendrá entres 5 o 6 capítulos adelantados, pero todavía no, cuando tenga tiempo).

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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