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En Hollywood. - Capítulo 58

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Capítulo 58: Capítulo 57

Capítulo 57: La Guerra de los Perceptores

Sede de Omnisciente Studios, Santa Mónica – 27 de Noviembre de 1995

Michael Relish entró en el vestíbulo de su nueva oficina con la energía de quien tiene su primera casa. El eco de sus pasos sobre el suelo de mármol resonaba con autoridad, pero la atmósfera que lo recibió no era la que esperaba. En lugar de las sonrisas eufóricas por los 35 millones de dólares del fin de semana, encontró rostros tensos y miradas que evitaban la suya.

Susan Davies lo esperaba en la puerta de su despacho. No tenía una la sonrisa de siempre después de tener una buena recaudación, sino un fajo de periódicos y revistas con marcadores de color rojo.

—Michael, tenemos un problema —dijo Susan, cerrando la puerta tras ellos—. Y no es un problema de dinero. Es un problema de esto la reputación de OBLIVION.

Susan dejó caer el L.A. Times y una copia adelantada del New York Post sobre el escritorio de Michael. Los titulares, que deberían estar celebrando el triunfo de OBLIVION, se enfocaban en ángulos que Michael no había previsto.

“¿El Fin de la actuación? El Triunfo de los efectos visuales sobre la actuación en OBLIVION” leía uno.

“La Mansión de las Musas: El Cuestionable Estilo de Vida del ‘Arquitecto’ de Hollywood” decía otro en una columna de chismes de alto impacto.

Michael recorrió las páginas con un seño fruncido. Las críticas no atacaban la estructura del guion o la dirección de fotografía; atacaban la esencia del proyecto y su vida personal. Se hablaba de una “frialdad técnica”, de cómo Michael estaba intentando “comprar la industria” a través de sus productoras independientes, y se hacían insinuaciones veladas pero venenosas sobre su relación con Naomi, Elizabeth y Cameron, tildándola de “culto a la personalidad” y “dinámica poco profesional”, dónde posiblemente las demás actrices pueden entrar en su culto.

—Es Harvey —dijo Michael, dejando el periódico de lado—. Reconozco el rastro. Es el único con la infraestructura y la falta de escrúpulos para coordinar esto cuando el sabe que una buena película puede molestarlo para los premios, y comienza con esos rumores locos.

—Lo sabemos —respondió Susan—. Pero el daño está hecho. Estos periódicos son el desayuno de los miembros de la Academia. Michael, tú ya quieres una nominación en los Oscar. Sé que no te importa el trofeo por el oro, sino por lo que representa: legitimidad. Pero en estos momentos la Academia sigue siendo un club de hombres mayores de setenta años que desayunan con estos prejuicios.

Michael se reclinó en su silla. Su mente viajó por un momento al futuro que recordaba, al 2025 o 2026. En esa época, los Oscar eran una sombra de lo que fueron; la gente se enteraba de los ganadores por un clip de diez segundos en redes sociales y la relevancia cultural de la estatuilla se había diluido en un mar de contenido digital. Pero aquí, el Oscar era el sol alrededor del cual orbitaba el sistema solar de Hollywood. Era la diferencia entre ser un “director exitoso” y ser un “maestro del cine”.

Él había planeado un camino de cuatro años antes de intentar asaltar el nicho del prestigio, comenzando con un éxito fulgurante Scream, después cambiando diferentes géneros, Speed, Run Lola Run, The Shallows y ahora OBLIVION lo había colocado en el punto de mira mucho antes de lo previsto.

—Susan, organiza una reunión de emergencia en la sala de juntas —ordenó Michael—. Trae a Laura, a los jefes de relaciones públicas que heredamos de October Films, los que vinieron de Relish Productions y a los consultores de campaña. No voy a dejar que un depredador como Weinstein dicte quién soy yo ante la Academia.

Una hora después, la sala de juntas de Omnisciente Studios estaba envuelta en un humo denso y el aroma de café fuerte. Michael presidía la mesa. Susan, Laura y cinco expertos en manejo de crisis observaban las pizarras donde se habían resumido los puntos de ataque de la competencia.

—Analicemos el veneno —comenzó Michael—. Harvey está usando tres frentes. Primero: el miedo tecnológico. Quiere que los actores de la vieja guardia teman que voy a reemplazarlos con computadoras. Segundo: el monopolio. Quiere que los cineastas independientes nos vean como el “Imperio del Mal” que compra salas y asfixia a los pequeños. Y tercero: el frente moral. Mi vida privada.

Uno de los consultores, un hombre canoso que había manejado crisis para políticos en Washington, intervino:

—Michael, el frente moral es el más peligroso para las nominaciones. La Academia ama el escándalo, pero odia la “falta de decoro” pública. Si la narrativa es que usas tu poder para mantener un “harén”, las actrices votantes se pondrán en tu contra.

Michael asintió. —Entonces, vamos a cambiar la narrativa. No vamos a defendernos, vamos a contraatacar con la verdad, pero empaquetada para sus prejuicios.

Michael empezó a dictar las líneas de acción, recuperando conceptos de marketing que aún no se habían inventado pero que él sabía que funcionarían.

Humanizar la Tecnología: —Quiero reportajes detrás de cámaras que se enfoquen exclusivamente en el trabajo manual. Quiero que vean a los artistas de miniaturas, los pintores de mate, los técnicos de sonido. Vamos a vender que OBLIVION es una artesanía masiva, no un producto de computadora. Y sobre Elizabeth… quiero que ella sea la cara de la campaña. Vamos a posicionarla como “El Corazón de la Máquina”. Si ella gana el respeto, la película gana el alma.

La Narrativa de la Diversidad: —Susan, usa October Films para anunciar inmediatamente un fondo de apoyo para guionistas noveles. Vamos a demostrar que nuestra compra de las distribuidoras no es para cerrar puertas, sino para abrir las que los grandes estudios como Miramax mantienen cerradas con sus contratos leoninos.

El Frente Personal: Michael hizo una pausa. —Sobre Naomi, Elizabeth y Cameron… no vamos a escondernos. Eso sería admitir culpabilidad. Vamos a presentarlas como lo que son: mujeres poderosas, independientes y socias creativas. Quiero una entrevista conjunta en Vanity Fair, pero no sobre nuestra relación, sino sobre su papel en la construcción de Omnisciente Studios. Vamos a convertirlas en iconos del empoderamiento femenino de los 90. Si Weinstein intenta llamarlo “harén”, nosotros lo llamaremos “colectivo creativo de vanguardia”.

Laura, que había estado escuchando en silencio, intervino con una preocupación válida.

—Michael, Harvey no se detendrá con artículos. Él organiza cenas, él regala joyas, él tiene a los columnistas en su bolsillo. Él sabe que si tú ganas, él pierde su corona de “Rey de los Premios”.

Michael se levantó y caminó hacia la ventana, mirando el horizonte de Los Ángeles.

—Harvey cree que este es su tablero porque él conoce las reglas —dijo Michael con una sonrisa gélida—. Pero yo vengo de un lugar donde las reglas cambiaron mil veces. Él juega con periódicos; yo voy a empezar a jugar con la percepción pública a un nivel que él no puede ni imaginar. Susan, quiero que empecemos a mover hilos para que OBLIVION tenga proyecciones especiales para los sindicatos de técnicos y artesanos. Ellos son la base de la Academia. Si los que hacen la ropa, los que ponen las luces y los que construyen los sets se sienten identificados con mi película, Harvey no podrá silenciarlos a todos.

Michael sabía que estaba iniciando una batalla que podía durar años. Pero no tenía miedo. Por primera vez, se sentía como el Arquitecto no solo de películas, sino de su propio destino en el Olimpo de Hollywood.

—Bien —dijo Michael, cerrando la reunión—. Weinstein ha lanzado el primer golpe. Ahora, vamos a enseñarle cómo responde un estudio que no tiene miedo de gastar 26 millones de dólares en una historia de terror solo para demostrar que podemos hacerlo. A trabajar.

La guerra por los Oscar de 1996 acababa de comenzar, y aunque Michael Relish era el objetivo, también era el hombre que tenía el mapa de las minas terrestres que sus enemigos aún no habían colocado.

Sede de Omnisciente Studios, Santa Mónica – 27 de Noviembre de 1995

Michael Relish observaba cómo las piezas de su maquinaria empezaban a moverse tras la reunión de crisis. La delegación era un arte que estaba perfeccionando a la fuerza; el tiempo, ese recurso que ni siquiera con su conocimiento del futuro podía estirar, empezaba a ser su mayor adversario.

Michael después de la reunión llamó a Susan y a Eleonor, la mano derecha de Susan y antes mi secretaria en Relish Productions, a su despacho privado. Fue directo y pragmático.

—No quiero que nos desgastemos intentando ganar “Mejor Película” este año —dijo Michael, cruzando los brazos—. OBLIVION es un éxito de taquilla y el público la ama, pero para la Academia todavía somos “los chicos nuevos con juguetes caros”. Vamos a concentrar todo nuestro fuego en tres objetivos específicos: Mejor Actriz para Elizabeth, Mejor Actriz de Reparto para Nicole o Susan, y Mejor Guion Original.

Eleonor tomó notas rápidamente. —Es un enfoque inteligente, Michael. Al centrar el tiro en las actuaciones y la escritura, desarmamos la narrativa de Harvey de que solo somos “efectos visuales”.

—Exacto —asintió Michael—. Quiero que Elizabeth esté en cada gala, en cada mesa redonda. Que hablen del proceso, del dolor, del subtexto. Que el foco esté en ellas. Yo me mantendré un paso atrás. Necesito que Omnisciente esté presente en la gala de 1996 como una fuerza respetada, para que cuando lancemos Get Out el próximo año, el terreno ya esté abonado para el asalto total.

Michael sabía que los Oscar de mediados de los 90 todavía tenían ese misticismo de “vanguardia cultural”. No eran los eventos vacíos que recordaba a partir del 2015, donde la gente solo miraba los resultados y si había algún problema con actores. Aquí, una nominación era un sello de calidad que duraba décadas.

Tras despedir a las encargadas de prensa, Michael recibio de nuevo a Laura. Ella traía consigo las primeras cincuenta páginas del guion de The Notebook.

—Voy por buen camino, Michael —dijo ella con entusiasmo—. La estructura del reencuentro está quedando más desgarradora de lo que planeamos. Para el 15 de diciembre tendrás el borrador final completo.

—Confío en ti, Laura. No lo apresures, pero mantén el ritmo. Tenemos mucho tiempo, igual estaré ocupado con get Out hasta mediados o finales de enero y el próximo trabajo sería para abril y mayo sería el casting —respondió él con una sonrisa de aliento.

Una vez solo, Michael revisó su correo y los mensajes de Dylan. Su agente ya tenía casi todo hecho para el IP Pokémon. Michael le envió una respuesta rápida con instrucciones adicionales que harían que cualquier ejecutivo de la época se rascara la cabeza.

“Dylan, no te limites a los videojuegos. Busca estudios de Anime y editoriales de Manga. Si ves algo que tenga potencial visual y narrativo, compra los derechos cinematográficos. Ofrece clausulas de supervisión a los creadores originales para que no se sientan asustados, pero asegúrate de que Omnisciente Studios tenga siempre la última palabra creativa y comercial.”

Michael sabía que el mercado global del futuro no se basaba solo en lo que Hollywood producía, sino en la propiedad intelectual que podía cruzar fronteras.

Cuando la oficina finalmente quedó en silencio, Michael se levantó y caminó hacia la inmensa ventana que daba a las calles. El sol de la tarde bañaba la ciudad en un tono dorado, pero él no veía los edificios; veía un mapa de posibilidades infinitas y, al mismo tiempo, asfixiantes.

Se sentía como un malabarista con demasiadas pelotas en el aire.

Su dinero se estaba multiplicando gracias a sus inversiones tempranas en el NASDAQ; empresas tecnológicas que el mundo apenas empezaba a comprender. Tenía a las tres mujeres más hermosas y talentosas de la industria a su lado. Controlaba el 70% de Marvel tras haber comprado silenciosamente la mayoría de sus derechos clave. Tenía en marcha proyectos de cine, IP de videojuegos, anime y manga.

“Tengo las manos demasiado llenas”, pensó, sintiendo una punzada de ansiedad que rara vez se permitía.

Le quedaban 30 millones de dólares líquidos en su cuenta personal, una cifra astronómica, pero pequeña para las ambiciones que bullían en su cabeza. OBLIVION estaba barriendo en taquilla, y aunque todavía no tenía los números finales del lunes, sabía que la recaudación mundial le daría un par de docenas de millones.

Sin embargo, estar frente a esa ventana le trajo una revelación amarga: solo no podía hacerlo todo.

Michael recordó su vida anterior. Recordó a directores que en 1995 eran desconocidos, asistentes de producción o simples estudiantes de cine, pero que en el futuro revolucionarían la industria. Pensó en nombres como Christopher Nolan, que por esta época debía estar escribiendo cortos en Londres, o Denis Villeneuve, o incluso jóvenes talentos de la animación que terminarían en Pixar.

“No puedo dirigirlo todo, ni producirlo todo de forma artesanal”, reflexionó Michael. “Necesito delegar el genio”.

Tomó una libreta y empezó a trazar un nuevo plan. El plan de los “Asistentes de Dirección de Omnisciente”. Su idea era buscar a estos diamantes en bruto, traerlos a su órbita, darles presupuesto y su guía basada en el conocimiento del futuro, y dejarlos crear bajo su sello. De esa manera, Omnisciente Studios no sería solo la “productora de Michael Relish”, sino una fábrica de mitos que operaría en múltiples frentes al mismo tiempo.

Se sintió un poco más ligero tras tomar esa decisión. Ya no intentaría ser solo el Arquitecto que pone cada ladrillo; sería el Urbanista que diseña la ciudad entera y permite que otros la construyan bajo su visión.

Se ajustó la chaqueta y miró su reflejo en el cristal. El éxito era una droga potente, pero la estrategia era el antídoto contra el olvido. Harvey Weinstein podía intentar ensuciar su nombre con chismes de periódico, pero Michael estaba construyendo una infraestructura que sobreviviría a cualquier escándalo.

—Susan —llamó por el intercomunicador—, prepárame una lista de los ganadores de los festivales de cine estudiantil de este año y el pasado. Quiero ver sangre nueva. Tenemos mucho que hacer antes del 1 de diciembre.

Michael se sentó de nuevo, sintiendo cómo la adrenalina regresaba. El futuro era un rompecabezas de mil piezas, y él acababa de encontrar la forma de armarlo más rápido: dejando que otros pusieran las piezas que él ya conocía de memoria.

Sede de Omnisciente Studios, Santa Mónica / Oficinas de Nintendo, Kioto – 30 de Noviembre y 1 de Diciembre de 1995

El jueves en Santa Mónica transcurría con la eficiencia silenciosa de una máquina bien engrasada. En la nueva sede de Omnisciente Studios, el aire olía a café recién hecho y a papel de oficina nuevo. Michael Relish, sentado tras su escritorio de madera oscura, revisaba los informes matutinos que Fox le enviaba diariamente sobre OBLIVION. Aunque la distribución y la logística estaban casi totalmente en manos de Fox, Michael mantenía un ojo vigilante sobre cada detalle.

Sabía que Harvey Weinstein estaba moviendo sus hilos en las sombras para intentar empañar el éxito de la película, filtrando rumores de “frialdad” o intentando minimizar el impacto artístico de la cinta. Sin embargo, la realidad era que Harvey estaba luchando contra un fantasma. Michael nunca había buscado el centro de atención; el público conocía sus películas, conocía su sello de calidad, pero no conocían al hombre detrás del mito. Esa invisibilidad pública era su mayor escudo. La gente ignoraba los chismes porque no tenían una imagen preconcebida de él a la cual atacar.

—Si no te ven, no pueden golpearte —murmuró Michael para sí mismo, viendo cómo la recaudación seguía subiendo.

El éxito de OBLIVION era innegable. Gracias a la maestría de Susan y Eleonor en la promoción, lo que podría haber sido visto como un experimento arriesgado —una película de ciencia ficción protagonizada casi exclusivamente por mujeres— se estaba convirtiendo en un estandarte de la modernidad cinematográfica. Elizabeth y sus compañeras de reparto estaban en todas partes, y el público, por primera vez en mucho tiempo, estaba consumiendo una narrativa femenina con el mismo entusiasmo que una cinta de acción de Schwarzenegger.

Faltaban pocas horas para el 1 de diciembre, el día marcado para el inicio del rodaje de Get Out. Michael sabía que una vez que entrara en el set, su mundo se reduciría al visor de la cámara y a las actuaciones de su elenco. Necesitaba que su base de operaciones fuera inexpugnable.

Llamó a Susan y Eleonor a su oficina. Media hora después, las dos mujeres estaban sentadas frente a él, listas para las instrucciones finales.

—El trabajo que han hecho con las críticas ha sido impecable —comenzó Michael, mirándolas con gratitud—. Han logrado que el foco vuelva a las actuaciones, donde debe estar. Ahora, mientras esté en el rodaje, quiero que mantengan esa inercia. No busquen la estatuilla de oro con desesperación; sé cómo funciona la Academia. Como es una propuesta poco convencional y liderada por mujeres, con suerte nos darán una o dos nominaciones técnicas o menores. Lo que quiero es que intenten que el nombre de Elizabeth suene con fuerza. Esa posible nominación a Mejor Actriz es lo que le dará a Omnisciente la legitimidad que necesitamos para lo que viene.

—Entendido, Michael —respondió Susan con una sonrisa profesional—. Nos encargaremos de construir la narrativa de la “joven genio”. Elizabeth será la cara del nuevo Hollywood mientras tú estás fuera.

Michael asintió y, justo cuando la reunión parecía terminar, levantó una mano para detenerlas.

—Una cosa más. Para cuando el rodaje de Get Out termine, quiero que organicen una convocatoria de talentos. Necesito dos asistentes de dirección creativa. Quiero darles la oportunidad de trabajar para mí, que me ayuden con mis proyectos y, eventualmente, que desarrollen los suyos bajo nuestro sello. Necesito mentes brillantes que nos ayuden a relevar proyectos. Omnisciente va a crecer muy rápido, y no puedo estar en todas partes.

Tras despedirlas, Michael recibió a Laura que traía algunas notas finales sobre el guion de The Notebook. Michael escuchó sus sugerencias y, al ver que no alteraban la esencia emocional que él buscaba, aceptó los cambios. Laura prometió que para el 15 de diciembre el guion estaría terminado y listo para la preproducción. Todo parecía estar en orden en Hollywood, pero en el otro lado del mundo, el destino de una industria entera estaba en juego.

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Ya era 1 de diciembre en Japón. Dylan se encontraba en una de las sobrias salas de reuniones de Nintendo en Kioto, enfrentando una situación que pondría a prueba sus nervios de acero. El ambiente era pesado, cargado de esa cortesía japonesa que oculta una firmeza absoluta.

Nintendo sabía que tenía algo especial con el proyecto de Game Freak: Pocket Monsters Red and Green. Aunque el presidente Hiroshi Yamauchi no estaba en la sala, su presencia se sentía en la rigidez de sus ejecutivos. Llevaban horas discutiendo si aceptarían la inversión de 20 millones de dólares de Michael por los derechos cinematográficos.

El jefe de la delegación de Nintendo, tras una breve consulta con sus superiores, rompió el silencio.

—Señor Dylan —dijo el ejecutivo con una reverencia casi imperceptible—. Hemos analizado la trayectoria del señor Relish. Su capacidad para crear mundos visuales impactantes, tanto en cine como en cómics estadounidense, es innegable. Sin embargo, para nosotros los personajes son sagrados. No los venderemos de forma convencional.

Dylan apretó los labios, esperando el rechazo, pero el ejecutivo continuó.

—Aceptamos la inversión, pero bajo nuevas condiciones. La cifra debe ser de 35 millones de dólares para los derechos exclusivos de coproducción cinematográfica en Occidente. Nintendo retendrá el 50% de la recaudación en esos mercados. Además, tenemos una condición creativa: el señor Relish debe demostrar que entiende la esencia de nuestra marca antes de firmar.

El ejecutivo sacó unos bocetos actuales del juego para Game Boy. Eran imágenes pixeladas, diseños rudimentarios de lo que serían las criaturas.

—Queremos que si se firma el documento que Michael Relish aporte ideas sobre cómo mejorar la marca antes de su lanzamiento en febrero. Todo esto quedará documentado bajo una cláusula de confidencialidad; no robaremos sus ideas, pero necesitamos saber si su visión coincide con la nuestra.

Dylan se disculpó y salió de la sala para llamar a Michael. Eran casi las siete de la tarde en Santa Mónica cuando Michael contestó. Dylan le explicó la propuesta: 35 millones, 50% de beneficios y el examen creativo.

Michael escuchó apoyado en el marco de su ventana, mirando el atardecer. En su mente, las imágenes de Pikachu, Ash Ketchum y el fenómeno global de finales de los 90 se proyectaron con claridad. Recordó la estética del juego original y el inicio del anime que marcaría a una generación.

—Es una propuesta interesante, Dylan —respondió Michael con calma—, pero Nintendo está pidiendo demasiado por una IP que, en este momento, es solo un conjunto de píxeles en blanco y negro. Aquí está mi contraoferta.

Michael se enderezó, su tono se volvió puramente ejecutivo.

—Diles que les daré 25 millones de dólares por los derechos exclusivos en Occidente. La recaudación de las posibles películas se repartirá de forma que ellos se lleven el 30% del total, no el 50. A cambio, ellos mantienen el control total en Japón, Asia y el resto de los mercados orientales.

—¿Y sobre el merchandising? —preguntó Dylan.

—Ahí está la clave. Necesito el 90% del merchandising en Occidente. Puedes negociar y bajar hasta el 75% si es necesario, pero ese es mi terreno. Y sobre la condición creativa… diles esto: mi idea para mejorar la marca es el Anime.

Dylan soltó un silbido al otro lado de la línea.

—¿Un anime?

—Exacto. Japón ama la animación. Propón hacer una serie de anime que salga un mes antes o simultáneamente con el juego para darle visibilidad. Si ellos no quieren hacerlo, yo lo haré. Contrataré dibujantes japoneses y estadounidenses para crear una serie que sirva de motor publicitario. Si aceptan que yo lo produzca, ellos también pueden llevarse el 30% de las ganancias de la serie. Diles que necesito todas las especificaciones de los monstruos para empezar a trabajar en los guiones.

Michael sonrió. Sabía que los ejecutivos de Nintendo, conocidos por su conservadurismo, quedarían impactados por la propuesta de una serie de televisión como herramienta de marketing masivo.

—Dylan, mañana entro en rodaje. Negocia lo mejor que puedas con esto. Incluso si no aceptan lo del anime ahora mismo, asegúrate de cerrar los derechos de Occidente. Ellos no tienen idea de lo que perderían si me rechazan.

Dylan regresó a la sala de reuniones y presentó la contraoferta de Michael con una seguridad que no dejaba lugar a dudas. Los ejecutivos escucharon con atención, especialmente la parte sobre el anime y el reparto del 30%. Se retiraron a consultar por espacio de media hora.

Cuando regresaron, el jefe de la delegación asintió solemnemente.

—Aceptamos los 25 millones de dólares por los derechos exclusivos cinematográficos en Occidente por un periodo de 15 años. Si no se produce nada en ese tiempo, los derechos regresarán a Nintendo sin reembolso. Aceptamos el 30% de participación en los beneficios cinematográficos.

Hizo una pausa y miró a Dylan a los ojos.

—Sobre el merchandising en Occidente, el señor Relish podrá quedarse con el 80%. Nintendo mantendrá el 20% restante. Y sobre el anime… es una propuesta audaz que requiere una reunión específica. Firmaremos la primera parte del contrato ahora, y cuando el señor Relish termine su actual proyecto, organizaremos una reunión para discutir el presupuesto y la visión de la serie animada.

Dylan salió de las oficinas de Nintendo sintiendo el frío aire de Kioto, pero con una satisfacción inmensa. Había logrado el trato. Los abogados de ambas partes trabajarían en los documentos finales durante los próximos días, pero el pacto estaba hecho.

Michael Relish, el hombre que el mundo apenas conocía, acababa de asegurar el control de los monstruos de bolsillo en medio planeta. Mientras en el set de Get Out se encendían las primeras luces de producción, en Japón se firmaba el inicio de un imperio que cambiaría la cultura popular para siempre. Michael sabía que el 80% de ese merchandising valdría, en unos años, mucho más que cualquier éxito de taquilla en Hollywood.

Localización del Rodaje, Alabama – 1 de Diciembre de 1995

El aire de la mañana en el sur era húmedo y cargado de un aroma a pino y tierra mojada.

Michael Relish detuvo su auto frente a la imponente mansión de estilo colonial que Susan había seleccionado para ser el corazón de Get Out. La propiedad, con sus columnas blancas y sus jardines excesivamente cuidados, proyectaba una paz artificial que Michael sabía transformar en una pesadilla cinematográfica.

Al bajar del vehículo, el zumbido de la preproducción lo envolvió de inmediato. Técnicos moviendo cables, camiones de iluminación posicionándose y asistentes de producción corriendo con carpetas. Varias personas que habían trabajado con él desde Scream hasta The shallows se acercaron con sonrisas amplias.

—¡Buen día, jefe! —exclamó un iluminador veterano—. Escuchamos lo de OBLIVION. ¡Felicidades por los números!

—Gracias, Bill. Vamos a intentar que esta sea igual de impactante —respondió Michael con un apretón de manos.

Aquellos que venían de las productoras que Michael había comprado recientemente lo saludaban con un respeto más distante, casi reverencial. Para ellos, Michael era el joven magnate que había salvado sus empleos y que ahora lideraba la carga contra los grandes estudios.

Michael caminó hacia la carpa de monitores donde Susan Davies revisaba los horarios de grabación. Pero al llegar, sus ojos se abrieron con sorpresa. Junto a Susan, revisando una lista de desglose de escenas, estaba Naomi Watts.

—¿Naomi? —Michael sonrió, acercándose a ellas—. Hola, mi amor. ¿Qué haces por aquí tan temprano? Pensé que tenías una sesión de fotos en Los Ángeles.

Naomi se giró, con una carpeta en la mano y una expresión decidida que Michael rara vez veía cuando estaban en casa.

—La cancelé —dijo ella, dándole un beso rápido—. Michael, quería trabajar contigo en esto. Desde que terminamos la última película no hemos pasado suficiente tiempo de calidad en el set, y no quiero ser solo la actriz que espera en el tráiler. Quiero aprender. Quiero ser productora, o asistente, o lo que necesites. Solo quiero estar aquí, viendo cómo construyes esto desde cero.

Michael la miró con ternura. Sabía que sus tres mujeres eran mentes inquietas.

—Bueno, en realidad tenía pensado hablar con las tres después de este rodaje —admitió Michael—. Quería saber si alguna quería dirigir su propia película o producir bajo el sello de Omnisciente. Pero ya que estás aquí… —Michael se cruzó de brazos con una chispa juguetona en los ojos—. Te nombraré mi Asistente de Dirección personal para este rodaje. Pero ten cuidado: como asistente tienes que ser muy seria y hacerme caso en absolutamente todo. Es un trabajo duro, no hay trato preferencial.

Naomi soltó una carcajada y le hizo un saludo militar fingido.

—Sí, señor Director. Prometo ser la mejor empleada que ha tenido nunca.

El reloj marcó las 8:00 AM y Michael dio la orden de empezar. En ese momento, para Naomi, el Michael que conocía en la intimidad —el hombre dulce, el estratega que planeaba el futuro en la cama— desapareció para dar paso al “Arquitecto”.

Desde su nueva posición detrás de los monitores, Naomi observaba con fascinación. Siempre había estado del otro lado, frente a la cámara, preocupada por su luz, sus líneas y su emoción. Nunca se había detenido a ver la magnitud del peso que cargaba Michael.

Vio a Michael acercarse a los dos Chris (uno era Chris Rock y el otro era Chris Trucker quien parece que lo eligieron al último minuto como Rod). Michael no les gritaba instrucciones; les hablaba en susurros, casi como si les estuviera contando un secreto. Les daba “tips” sobre la mirada, sobre cómo el miedo en esta película no debía ser un grito, sino una tensión constante en la mandíbula.

—¡Acción! —la voz de Michael era firme, pero no estridente.

Naomi observaba el monitor. Vio cómo Michael se tensaba, cómo su cuerpo entero se inclinaba hacia la pantalla, analizando no solo la actuación, sino la sombra que proyectaba un árbol en el fondo, la velocidad del humo de un cigarrillo y el encuadre exacto. Era como si estuviera viendo a un músico dirigir una orquesta invisible donde cada instrumento era un departamento diferente del estudio.

—Corte —dijo Michael después de una toma larga.

No se levantó enojado porque algo salió mal. Al contrario, se levantó con una calma que Naomi encontró casi hipnótica. Se acercó al director de fotografía y, con gestos precisos, le explicó cómo quería que la luz de la tarde se sintiera “enferma”, un tono amarillento que incomodara al espectador sin que este supiera por qué.

Lo que más impresionó a Naomi fue la pausa del mediodía. Michael no se fue a su tráiler privado a descansar. Se quedó en el set, conversando con los actores secundarios.

—Escuchen —decía Michael, sentado en una caja de equipo junto a ellos—, sus personajes no son villanos de caricatura. Ustedes creen que están haciendo lo correcto. Ese es el horror. Quiero que actúen con la amabilidad de un vecino que te invita a un té, mientras por dentro están calculando el valor de tu cuerpo.

Naomi se acercó con una botella de agua para él.

—Estás agotado, Michael —le susurró—. Llevas cinco horas de pie sin parar. No me había dado cuenta antes ¿Cómo puedes mantener ese nivel de detalle en cada conversación?

Michael tomó un sorbo de agua y la miró. Sus ojos brillaban con una intensidad febril.

—Porque cada segundo que no estoy concentrado es un segundo que la película pierde su alma, Naomi. Si yo no creo en este mundo, ellos tampoco lo harán. Y si ellos no lo hacen, el público mucho menos.

Naomi se dio cuenta entonces de que el trabajo de director era, en esencia, un acto de resistencia física y mental. Vio a Michael lidiar con un problema de sonido, decidir un cambio de vestuario de último minuto y calmar a un productor de línea que estaba preocupado por el presupuesto, todo en el espacio de diez minutos. Y lo hacía sin perder la compostura, sin un solo gesto de arrogancia.

Al caer la tarde, durante la preparación de una escena nocturna en el jardín, Naomi se encontró moviendo cables y ayudando a organizar las planillas de continuidad. Sus manos estaban sucias, sus pies le dolían y el frío de Alabama empezaba a calar, pero se sentía más conectada a Michael que nunca.

Entendió por qué Michael quería asistentes de confianza. La carga era demasiado grande para una sola persona, por muy genio que fuera. Vio a Michael sentado solo un momento en la silla de director, revisando el guion de Laura bajo una pequeña lámpara. Se veía pequeño frente a la inmensidad de la mansión, pero Naomi sabía que dentro de esa cabeza se estaba gestando un imperio que iba más allá del cine.

“Él no solo está grabando una película”, pensó Naomi mientras lo observaba desde la distancia. “Está construyendo un lenguaje. Y yo quiero ser parte de los cimientos”.

Se acercó a él y le puso una mano en el hombro. Michael levantó la vista y le sonrió, una sonrisa cansada pero llena de satisfacción.

—¿Sigue queriendo ser asistente, señorita Watts? —preguntó Michael de forma juguetona.

—Ahora más que nunca, señor Director —respondió ella con sinceridad—. Porque ahora entiendo que no eres un arquitecto porque dibujas planos, sino porque eres el único capaz de mantener el edificio en pie mientras todos los demás intentan que se caiga.

Michael la tomó de la mano y la atrajo hacia él por un momento, ignorando las miradas de los técnicos que pasaban. En ese set de Alabama, bajo las sombras de una historia de terror, Naomi Watts dejó de ser solo la musa para convertirse en la compañera de batalla de Michael Relish. Y Michael, sintiendo el apoyo incondicional de Naomi, supo que el rodaje de Get Out no sería solo un éxito comercial, sino la prueba de fuego de que su “familia” era el motor más potente de su ambición.

El primer día de rodaje estaba llegando a su fin, y mientras Michael daba las últimas instrucciones para la jornada siguiente, Naomi ya estaba planeando cómo ayudarlo a que la carga fuera más ligera. El ya no estaba solo en la obra; tenía a su mejor aliada aprendiendo el oficio a su lado.

Sede de 20th Century Fox, Century City – 1 de Diciembre de 1995

Mientras Michael Relish daba sus primeras órdenes en el set de Alabama, en la planta 14 del edificio de Fox, el ambiente era de euforia contenida. Los ejecutivos de distribución estaban reunidos frente a una pizarra blanca donde los números de OBLIVION brillaban con el fulgor del éxito masivo.

Era el séptimo día desde el estreno. Tras un fin de semana de apertura demoledor, la película no había mostrado la caída libre que muchos analistas predijeron para una cinta de ciencia ficción femenina. En solo cuatro días de la semana laboral, había sumado 10.5 millones adicionales, elevando el acumulado a 47 millones de dólares.

—Si la tendencia se mantiene hoy viernes, cerraremos la primera semana completa por encima de los 50 millones —dijo Tom Rothman, mirando al resto de la junta—. Caballeros, tenemos otro fenómeno entre manos, gracias de nuevo al joven Relish.

La reunión no era solo sobre dinero, sino sobre prestigio. La idea de que una película de gran presupuesto protagonizada casi exclusivamente por mujeres pudiera sostenerse en taquilla era revolucionaria. Fox sabía que tenía en sus manos la narrativa perfecta para los premios.

—El público está ignorando los ataques personales contra Relish —continuó un ejecutivo de marketing—. La gente no va a ver al “Arquitecto”, va a ver a Elizabeth Banks y Nicole Kidman. Estamos recibiendo informes de que las mujeres jóvenes están yendo al cine en grupos. Es un nicho que el cine de acción de verano suele ignorar.

Fox decidió redoblar su apuesta. No solo dejarían que el grupo de Michael (Susan y Eleonor) manejara las relaciones públicas, sino que la maquinaria del estudio se pondría a su servicio. Sabían que una nominación al Oscar para Elizabeth Banks no solo validaría la película, sino que dispararía las ventas de video doméstico y derechos de cable el próximo año.

—Queremos que esta película gane —sentenció Rothman—. Si Harvey Weinstein quiere pelea, le daremos una guerra de presupuestos publicitarios que no podrá ganar.

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Mientras tanto, en las oficinas de la William Morris Agency (WMA), el ambiente era más estratégico. Jerry Katzman, el presidente de la agencia en ese momento, revisaba los informes que Dylan le enviaba sobre Michael Relish.

Katzman estaba complacido. Dylan había resultado ser un agente visionario al capturar a un cliente como Michael, pero ahora el juego se estaba volviendo peligroso. En una reunión privada con sus directores de departamento, Katzman soltó la bomba.

—Tenemos confirmación de que no es solo Miramax quien está atacando a Relish —dijo Katzman, ajustándose las gafas—. CAA (Creative Artists Agency) se ha unido a la fiesta. Michael Ovitz no está feliz con que un director independiente compre productoras y distribuya sus propias películas saltándose los canales habituales. Si Michael Relish tiene éxito, el modelo de “super-agencia” de CAA se debilita.

La sala quedó en silencio. CAA era el gigante que dominaba Hollywood con puño de hierro. Que ellos se aliaran con Harvey Weinstein para hundir a Michael era una señal de que el Arquitecto era visto como una amenaza real al statu quo.

—¿Vamos a ayudar al cliente de Dylan? —preguntó uno de los agentes senior.

Katzman reflexionó. WMA no solía gastar fortunas en campañas ajenas, pero Michael Relish era una gallina de los huevos de oro.

—Ayudaremos de forma quirúrgica —decidió Katzman—. Usaremos nuestros contactos en la prensa internacional para limpiar la imagen de Michael. Pero más importante aún: hoy es el primer día de rodaje de su nuevo proyecto, Get Out. ¿Tenemos a alguien de nuestra nómina en esa película?

Un asistente revisó rápidamente la lista de casting enviada por Susan.

—En realidad, no, señor —respondió el asistente—. Michael ha elegido a actores como Chris Rock y Chris Trucker, que no están con nosotros, y a veteranos como Jessica Lange, que pertenece a CAA, irónicamente. Michael parece elegir por talento puro, no por afiliación de agencia.

Katzman frunció el ceño, pero luego sonrió con astucia.

—Típico de él. Escuchen, quiero que Dylan le envíe una rama de olivo a Michael. Felicítenlo por el inicio del rodaje y díganle que WMA está a su entera disposición para cualquier “necesidad técnica” o legal en Alabama. Queremos que en sus próximos proyectos —especialmente en lo que sea que esté planeando con Marvel o Nintendo— piense en los clientes de WMA primero.

Katzman sabía que Michael Relish no era un director común al que se le pudiera imponer un actor. Pero si WMA se convertía en su aliado más fiel durante la guerra contra CAA y Weinstein, Michael recordaría quién estuvo a su lado cuando las balas mediáticas empezaron a volar.

Al final del día, las líneas estaban trazadas. Fox estaba protegiendo su inversión de 50 millones, y WMA estaba protegiendo su futuro como agencia líder frente al ataque de CAA. Michael Relish, sin saberlo —o quizás sospechándolo desde el inicio—, había logrado que dos de las instituciones más poderosas de la industria se convirtieran en sus guardaespaldas.

Mientras tanto, en una oficina oscura de la competencia, se planeaba el siguiente golpe. Pero el Arquitecto ya estaba un paso adelante, pues mientras ellos hablaban de prestigio, él ya estaba firmando el futuro con Nintendo en el otro lado del Pacífico. La guerra apenas comenzaba, y Michael tenía a los mejores generales del sistema defendiendo su muralla.

Los Ángeles, California – 2 de Diciembre de 1995

El sábado por la mañana, el aroma a café en los quioscos de revistas de Beverly Hills venía acompañado del sonido de las páginas de Variety y el Hollywood Reporter. El veredicto de la primera semana completa de OBLIVION estaba impreso, y las cifras habían dejado muda a la industria: 50.4 millones de dólares en apenas siete días.

Lo que Michael Relish había logrado con OBLIVION no era una simple película de acción; era un thriller psicológico de alto presupuesto que había capturado la paranoia de finales de siglo. La recaudación de 50 millones en una semana era un hito, especialmente para una cinta que evitaba las explosiones gratuitas en favor de una tensión asfixiante dentro de los laboratorios de una corporación farmacéutica ficticia.

El público joven estaba fascinado, pero el cambio demográfico más drástico fue el masivo apoyo femenino. Las mujeres acudieron en masa para ver a un cuarteto de actrices de primer nivel —Elizabeth Banks, Julianne Moore, Nicole Kidman y Cameron Diaz— interpretar a mujeres fuertes y operativas de élite, no como intereses románticos, sino como profesionales enfrentadas a una conspiración de “tecnología negra”.

La narrativa de la película, que exploraba el borrado y la alteración de la memoria mediante fármacos experimentales, resonaba con el miedo a la pérdida de control personal. El público salía de los cines conmocionado por el giro final: mientras la protagonista (Banks) y su hermana (Moore) lograban desmantelar la empresa y conservar sus recuerdos, sus aliadas (Kidman y Diaz), que habían luchado codo a codo con ellas, terminaban la película con sus mentes “formateadas”, viviendo vidas civiles sin recordar nada de su heroísmo. Ese final agridulce y serio, salpicado solo con breves destellos de humor negro, era exactamente lo que la audiencia buscaba: algo que los tratara como adultos.

Mientras OBLIVION dominaba la conversación, el panorama en las salas era competitivo pero distinto en tono:

GoldenEye (Pierce Brosnan): El nuevo Bond seguía siendo un imán para el público masculino tradicional, pero frente a la sofisticación de la “tecnología negra” de Relish, el espionaje de 007 se sentía casi pintoresco.

Toy Story (Pixar/Disney): La maravilla digital de Disney era el refugio de las familias, manteniendo un ritmo imparable. No obstante, OBLIVION le robaba el público adolescente y universitario que buscaba algo más oscuro.

Casino (Martin Scorsese): La epopeya de Scorsese era aclamada por su dirección, pero su violencia explícita y su duración de tres horas la limitaban a un público más maduro y cinéfilo, dejando el camino libre para el dinamismo de Relish.

Ace Ventura: When Nature Calls (Jim Carrey): La comedia de Carrey seguía funcionando como escape ligero, pero la crítica señalaba que, mientras Carrey repetía fórmulas, Relish estaba inventando un nuevo lenguaje visual.

La semana de estreno sirvió para exponer la desconexión entre ciertos críticos influyentes y el espectador real. Inicialmente, impulsadas por las sombras de la competencia (CAA y Weinstein), las reseñas habían sido desproporcionadamente crueles, calificando la premisa de la memoria borrada como “pretenciosa”.

Sin embargo, tras la primera semana, el CinemaScore reveló un sólido B+. La gente no estaba de acuerdo con los expertos; amaban el realismo de los laboratorios y la química del elenco. Las entrevistas de “Las Cuatro de Oblivion” se volvieron virales en los programas matutinos. La prensa destacaba cómo Banks y Moore proyectaban una hermandad genuina, mientras Kidman y Diaz aportaban una mezcla de frialdad técnica y carisma que el público adoraba.

En medio del triunfo cinematográfico, una pequeña columna en la sección de negocios internacionales de The Wall Street Journal causaba murmullos en los despachos de los estudios.

“¿Michael Relish en Kioto? El Arquitecto mira hacia el Este”

El artículo detallaba movimientos sospechosos de Dylan, el mano derecha de Michael, en Japón. Se informaba de reuniones a puerta cerrada con ejecutivos de Nintendo y editoriales de manga. Nadie en Hollywood entendía qué buscaba Michael allí. ¿Iba a dirigir una película animada? ¿Estaba comprando licencias de juegos que nadie conocía?

“Aunque Omnisciente Studios guarda silencio, fuentes en Tokio confirman que Relish está negociando derechos de propiedad intelectual que van más allá del cine convencional. Se rumorea una integración de tecnología de software que podría cambiar cómo se mercadean las películas en el futuro”, dictaba el texto.

Para los magnates de la industria, era una distracción extraña. “¿Por qué Japón?”, se preguntaban, ignorando que Michael estaba asegurando el futuro del entretenimiento interactivo mientras ellos seguían peleando por el pasado.

Al caer la noche del 2 de diciembre, en el set de Get Out, Michael revisaba los reportes finales de taquilla junto a Naomi Watts.

—Cincuenta millones, Michael. Y el público femenino está obsesionado con el final de Julianne y Elizabeth —comentó Naomi, admirando el desglose de datos.

Michael sonrió levemente, mirando hacia la oscuridad del set donde el horror moderno estaba tomando forma.

—La gente quiere que la desafíen, Naomi. Querían ver que las acciones tienen consecuencias, incluso si eso significa que Nicole y Cameron pierdan la memoria. Eso lo hace real. Y sobre Japón… que sigan especulando. Cuando vean el primer logo de Nintendo en una de nuestras producciones, ya habremos ganado la partida.

Con un éxito rotundo en las salas y un plan secreto ejecutándose al otro lado del océano, Michael Relish ordenó retomar el rodaje. El Arquitecto no descansaba; el éxito de OBLIVION solo era el combustible para el incendio cultural que planeaba provocar.

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Ojalá le guste está historia. Intentaré subir un capitulo por semana (me eh demorado, aquí está un capítulo), si les gusta comenten, like si te gusta.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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