En Hollywood. - Capítulo 61
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Capítulo 61: Capítulo 60
Capítulo 60: El Circo de Alabama
Fairhope, Alabama – 3 de Enero de 1996
El aire húmedo y pantanoso de Alabama no fue suficiente para disipar el olor a oportunismo que emanaba de la horda de periodistas apostada en la entrada del set de Get Out. Lo que normalmente era una carretera secundaria tranquila, ahora estaba flanqueada por camionetas de satélite de las grandes cadenas y fotógrafos de tabloides que habían volado desde Los Ángeles y Nueva York apenas se filtró la noticia de la ruptura con Elizabeth Banks.
Cuando el auto negro de Michael se detuvo frente a la barrera de seguridad, el caos se desató. Los flashes de las cámaras, incluso bajo la luz del día, eran cegadores.
Michael bajó del vehículo con una expresión de calma imperturbable. A su lado, Naomi Watts salió con la cabeza en alto, luciendo una gorra de producción y una carpeta de guiones, asumiendo su nuevo rol de Asistente de Dirección con una seriedad que intimidaba.
—¡Michael! ¡Michael! ¿Es cierto que Elizabeth huyó de tu mansión porque la tenías retenida profesionalmente? —gritó un reportero del National Enquirer, empujando un micrófono hacia su rostro.
Michael se detuvo un segundo. Sabía que el silencio absoluto sería interpretado como culpabilidad, pero una respuesta airada sería el titular perfecto para Harvey Weinstein.
—Elizabeth es una actriz maravillosa y una mujer independiente —respondió Michael con voz clara y pausada—. Su decisión de unirse a CAA es un movimiento profesional que respeto. No hay drama, solo dos personas siguiendo caminos diferentes en esta industria. Ahora, si me disculpan, tengo una película que terminar.
—¡Naomi! —gritó otro periodista de una revista de chismes—. ¿Eres la siguiente? ¿Estás con Michael porque te sientes obligada como Elizabeth, o él te permite tener una carrera propia?
Naomi se detuvo en seco. Miró directamente a la lente de la cámara con una frialdad que rara vez mostraba.
—Estoy con Michael porque lo quiero y porque es el único hombre en esta ciudad que me ha tratado como una profesional antes que como un objeto —sentenció Naomi—. Trabajar con él me hace mejor actriz, y ahora, como productora y asistente, estoy aprendiendo lo que realmente significa el cine. Mi carrera nunca ha estado en mejores manos.
—¿Y qué hay de Cameron? ¿Está bien para ti compartir a tu hombre mientras otra se va? —lanzó una mujer desde la parte de atrás del grupo.
Naomi no respondió. Simplemente tomó el brazo de Michael y caminó con paso firme hacia el interior del set, dejando que el sonido de los obturadores de las cámaras se desvaneciera tras ellos.
Una vez cruzada la línea de seguridad de la ‘propiedad de los Armitage’, el ambiente cambió drásticamente. Susan, su jefa de producción, los esperaba con el rostro tenso. Recién se estaba enterando de la magnitud del desastre mediático en las costas.
—Es un maldito circo ahí fuera, Michael —dijo Susan, dándole un abrazo rápido de aliento—. No dejes que te afecten. Estás haciendo historia con esta película, y esos buitres solo quieren un pedazo de carne para sus portadas de mañana.
Susan caminó junto a ellos hacia la carpa de monitores.
—He silenciado a la mayoría de los trabajadores nuevos de las productoras que adquiriste —continuó Susan en voz baja—. Los que no te conocen bien podrían estar tentados a vender una historia por un par de miles de dólares, pero les he recordado sus cláusulas de confidencialidad de una manera… muy persuasiva. Por ahora, el set es territorio seguro.
Eleonor, la asistente personal de Michael, se acercó con una pila de periódicos y recortes de prensa que acababan de llegar.
—Es peor de lo que pensábamos, señor —dijo Eleonor, entregándole los ejemplares—. Variety está siendo analítico, pero el Post y los tabloides de Londres están siendo despiadados. Dicen que Elizabeth “escapó” de un culto de personalidad.
Michael tomó los periódicos y se sentó en su silla de director, la que tenía su nombre bordado en el respaldo. Abrió el New York Post y vio una foto granulada de él y Elizabeth en una cena de Navidad, con el titular: “La Musa que dijo ‘No’: ¿El fin del control total del Arquitecto?”.
Michael suspiró, dejando los periódicos sobre la mesa de trabajo.
—Minimicen lo que puedan, Eleonor —ordenó Michael—. Dylan me informó que WMA está moviendo sus hilos para resaltar mis contratos en Japón y el éxito de OBLIVION. Hablen con ellos, coordinen cada respuesta. No quiero que nadie en este set dé entrevistas sin que pase por mis manos primero.
Naomi se colocó detrás de Michael, poniendo sus manos sobre sus hombros. Empezó a darle pequeñas palmaditas rítmicas, un gesto de apoyo silencioso que Michael agradeció profundamente.
—Tranquilo, Michael —susurró ella al oído—. Tú y yo sabemos cómo son las cosas realmente. Elizabeth eligió su camino, pero nosotros estamos aquí para construir el nuestro. No dejes que sus mentiras ensucien tu visión de Get Out.
Michael cerró los ojos un momento, dejando que el contacto de Naomi lo anclara a la realidad del set. Luego, se puso de pie, recuperando esa energía eléctrica que definía su estilo de dirección.
—Bien —dijo Michael, mirando a su equipo de cámara y sonido—. Basta de distracciones. Estamos aquí para trabajar. Quiero que preparen todo para la toma del sótano. Rock, prepárate.
El clímax de la película estaba por rodarse: el momento en que Chris, el protagonista, está atrapado en la silla y finalmente se entera de que la familia de su novia no lo quiere por su mente, sino por su cuerpo físico para un trasplante de conciencia. Era una metáfora perfecta de lo que Michael sentía en ese momento: la industria de Hollywood intentando devorar su esencia para alimentar sus propios intereses.
—Hoy vamos a rodar la verdad —concluyó Michael, ajustando el monitor—. Acción.
Mientras los técnicos se movían para iluminar el oscuro sótano de la mansión, Michael miró por última vez los periódicos en el suelo. El Arquitecto sabía que la única forma de ganar esta guerra no era con palabras, sino con la película más impactante que el mundo hubiera visto. El silencio del set se volvió sagrado, y por primera vez en el día, Michael sintió que tenía el control total una vez más.
+——————-+
El aire del ‘sótano de la mansión Armitage’ estaba cargado. No era solo el calor de los focos de 5000 vatios o la humedad propia del sur; era la tensión residual de los periódicos que Michael había dejado a un lado. El director se levantó de su silla, caminó hacia el centro del set y el silencio cayó como una guillotina. Todos, desde los eléctricos hasta los maquilladores, sabían que el “Michael amable” se había quedado en la entrada con los periodistas. El hombre que estaba ahora frente a ellos era el cineasta que buscaba la inmortalidad.
—Señores, es hora de trabajar —dijo Michael, su voz resonando en las vigas de madera—. Chris, Heather, Jessica… a sus posiciones. Esta es la escena del “Lugar Hundido”. Es el corazón de la película. Si fallamos aquí, no tenemos película.
Michael se acercó a el, quien interpretaba a Chris Washington. El estaba atado a una silla de cuero antigua, con los brazos inmovilizados. Frente a Chris, Heather Grahan (Missy Armitage) sostenía una taza de té y una cuchara de plata.
—Escucha, Chris —le dijo Michael en voz baja—. Acabas de descubrir que estas personas no son racistas convencionales. Son algo peor. Te ven como un recipiente. No eres un hombre para ellos, eres una propiedad de lujo. Quiero que sientas esa parálisis.
—Entendido, Mike. Vamos a ello —respondió Chris, ajustándose las correas.
—¡Cámaras listas! ¡Acción!
La escena transcurrió con fluidez técnica. Heather comenzó a tintinear la cuchara contra la porcelana, ese sonido hipnótico que debía enviar al protagonista al vacío mental. Chris reaccionó, sus ojos se abrieron con sorpresa y forcejeó contra las ataduras. Fue una toma sólida, profesional.
—¡Corte! —gritó Michael.
Se hizo un silencio expectante. Michael caminó hacia el monitor, revisó la toma y negó con la cabeza.
—Está bien para un telefilm de los domingos —dijo Michael, mirando a Chris—. Pero yo no hago telefilms. Heather, el tintineo es perfecto, mantén ese ritmo. Pero Chris… necesito más. Estás actuando el miedo, no lo estás viviendo. Necesito que esa silla sea tu tumba.
El equipo se reacomodó rápidamente. Michael no gritaba, pero su exigencia flotaba en el aire como electricidad estática. Naomi, a su lado, tomaba notas rápidas en el guion, observando cómo Michael moldeaba el ambiente.
—¡Segunda toma! ¡Acción!
Esta vez, Chris le puso más energía. Sus venas se hincharon en el cuello y sus ojos empezaron a lagrimear mientras la hipnosis hacía efecto en la ficción. Hubo un momento de intensidad real cuando gritó, una nota de desesperación que hizo que algunos técnicos se miraran entre sí con aprobación.
—¡Corte! —Michael se frotó la barbilla—. Mejor. Mucho mejor. La emoción está ahí, pero todavía es… “loca”. Quiero algo más que locura. Quiero una desintegración del alma.
Michael levantó la mano, indicando un descanso.
—Cinco minutos. Chris, ven conmigo.
Chris acompaño a Michael a un rincón una parte del ‘Sotano’, lejos de los oídos del equipo. Naomi se quedó a una distancia respetuosa, protegiendo ese espacio sagrado de dirección.
—Chris, olvida el guion por un segundo — dijo Michael, mirándolo fijamente a los ojos—. Piensa en lo que está pasando fuera de este set. Piensa en la gente que cree que puede poseerte, que puede decir quién eres y con quién debes estar. Piensa en esa sensación de que, no importa cuánto éxito tengas, siempre habrá alguien intentando meterse en tu cabeza para controlarte.
Chris escuchaba, su expresión cambiando de la concentración técnica a una introspección profunda. Entendía perfectamente a qué se refería Michael; ambos estaban bajo el microscopio de una industria que los juzgaba constantemente.
—Ese “Lugar Hundido” no es solo un efecto visual que pondré después —continuó Michael—. Es el vacío donde tu voz no importa. Donde eres un pasajero en tu propio cuerpo. Quiero que cuando Missy toque esa taza, no solo llores. Quiero que tu rostro se convierta en una máscara de terror absoluto, de alguien que está viendo su propio funeral mientras sigue vivo.
Chris asintió lentamente. Sus ojos se oscurecieron. La comedia, su armadura habitual, se desmoronó por completo.
—Estoy listo, Michael. Dame una más.
Michael regresó a su silla. Naomi notó el cambio en el aire; era como si el sótano hubiera bajado cinco grados de temperatura.
—¡Todo el mundo en silencio absoluto! —ordenó Michael—. Cámaras… ¡Acción!
El tintineo comenzó. Clink. Clink. Clink.
Heather estaba magistral, su voz era un susurro maternal y letal a la vez. Pero lo que ocurrió con él fue algo que nadie en ese set olvidaría.
Chris no forcejeó de inmediato. Se quedó petrificado. Sus ojos, enormes y enrojecidos, empezaron a llenarse de lágrimas que caían de forma involuntaria, trazando surcos de humedad en sus mejillas. No era un llanto de tristeza, era el llanto de un hombre que está siendo borrado de la existencia. De repente, su cuerpo sufrió un espasmo violento, un grito mudo que se quedó atrapado en su garganta. Sus manos se aferraron a los reposabrazos de la silla con tanta fuerza que los nudillos se pusieron blancos, y el cuero crujió bajo la presión.
La cámara de Michael, en un primer plano extremo, captó cada poro de su piel, cada temblor de su labio inferior. Era una actuación tan visceral, tan cruda, que el equipo de sonido se olvidó de respirar por miedo a que el ruido de sus pulmones arruinara la toma. Era el dolor de siglos de opresión y el miedo existencial de un individuo, todo concentrado en un solo rostro.
Chris actuaba como si empezará a hundirse en la silla, sus ojos mirando hacia arriba, hacia ese vacío imaginario que Michael añadiría en postproducción, pero para todos los presentes, el “Lugar Hundido” era real en ese momento. Estaba allí, en medio del sótano.
Pasaron diez segundos tras el final del diálogo. Chris seguía en trance, con las lágrimas fluyendo. Heather bajó la taza, temblando ligeramente por la intensidad de su compañero.
Michael no dijo nada. Se quedó mirando el monitor con una sonrisa imperceptible, la sonrisa de un hombre que acaba de ver nacer una obra maestra. Naomi, a su lado, tenía la mano en el pecho, conmovida por lo que acababa de presenciar.
—…Corte —susurró Michael finalmente.
El set permaneció en silencio durante casi un minuto completo. Nadie se atrevía a moverse. Chris Rock soltó un suspiro largo y roto, derrumbándose en la silla mientras el equipo de maquillaje corría hacia él, no solo para retocarlo, sino para ofrecerle agua y una toalla. El actor estaba exhausto, vaciado emocionalmente.
Michael se levantó y caminó hacia él. Le puso una mano en el hombro y apretó con firmeza.
—Eso es, Chris —dijo Michael con una calma que contrastaba con la tormenta que acababan de filmar—. Eso es exactamente lo que el mundo necesita ver. Hemos terminado por hoy con esta toma. Es perfecta.
El equipo empezó a aplaudir espontáneamente. Fue un aplauso sordo, respetuoso, el reconocimiento de que acababan de elevar el género del terror a la categoría de arte puro. Michael regresó a su monitor, ignorando por completo los periódicos que hablaban de su vida personal.
En ese sótano, bajo las luces y el polvo de Alabama, el Arquitecto había demostrado que su verdadero poder no residía en su vida privada, sino en su capacidad para capturar el alma humana en una cinta de 35 milímetros.
+——————–+
(Punto de vista de Chris Rock)
Estar atado a esa silla de cuero se sentía cada vez más real. No era solo la utilería o las correas que me apretaban las muñecas; era la atmósfera que Michael había construido en ese sótano. Yo venía del mundo del stand-up, donde si la gente se ríe, lo estás haciendo bien. Pero aquí, en el set del Michael al que llaman “El Arquitecto”, las reglas eran distintas. El silencio era la moneda de cambio, y Michael era muy exigente.
Cuando Michael gritó “acción” por primera vez, me sentí seguro. Hice lo que decía el guion: puse cara de susto, forcejeé un poco y reaccioné al tintineo de la taza de Catherine. Para cualquier otro director con el que hubiera trabajado antes, eso habría sido un “comprado” inmediato. Era una actuación sólida.
Pero cuando Michael gritó “corte”, no vi la satisfacción en su rostro. Se acercó a mí con esa calma que tiene, esa forma de caminar que te hace sentir que está viendo capas de la que solo el puede ver.
—Chris, está bien —me dijo, y ese “está bien” me dolió más que un insulto—. Pero está demasiado… procesado. Estás actuando para la cámara. Quiero que actúes para tu propia supervivencia.
Me sentí un poco incómodo. Llevábamos un par de tomas y, aunque Michael siempre era profesional, nunca lo había visto tan meticuloso con un solo gesto. Pensé para mis adentros: “¿Será por lo de Elizabeth? ¿Estará descargando su frustración conmigo?”. Pero no se veía enfadado. Se veía… hambriento. Hambriento de una verdad que yo aún no le estaba dando.
En la segunda toma, intenté profundizar. Me quedé en silencio más tiempo, dejé que el sonido de la cuchara se metiera en mis oídos. Sentí que la tensión en el set subía. Hubo varios segundos de un silencio tan pesado que juraría que podía oír los latidos de mi propio corazón. Estaba convencido de que esta era la toma buena.
—¡Corte! —gritó Michael casi antes de que terminara la acción.
Mi corazón se hundió. ¿Otra vez? Me sentí frustrado. En mi mente, yo ya estaba dando el 100%. Empecé a pensar que quizás Michael se conformaría con alguna de las dos anteriores y que solo me estaba presionando por inercia. Pero entonces él se acercó de nuevo. No se veía decepcionado, se veía emocionado, como si estuviera a punto de descubrir un tesoro.
—Chris, lo tienes ahí —susurró, inclinándose hacia mí—. Pero te falta ese segundo extra. Necesito ver el momento exacto en que tu alma se rinde. No me enseñes que estás asustado; enséñame que ya no existes.
Sus palabras me dieron escalofríos. No hablaba de técnica actoral, hablaba de algo casi espiritual. Me explicó detalles minúsculos: un segundo más mirando al vacío, la forma en que mis ojos debían perder el foco. Me di cuenta de que Michael no estaba proyectando su ruptura conmigo; estaba usando todo ese caos exterior para alimentar la película. Él quería que yo fuera el canal de toda esa energía oscura que rodeaba al set.
Cuando Michael dijo “acción” por tercera vez, algo cambió en el aire. Ya no era Chris Rock intentando ser un actor de drama. Era un hombre atrapado en un sótano, rodeado de gente que quería desmantelar su identidad.
Seguí cada una de sus instrucciones al pie de la letra, pero ya no se sentía como seguir instrucciones. Se sentía como una caída libre. Me olvidé de las cámaras, me olvidé de la prensa que estaba afuera gritando sobre Elizabeth Banks, me olvidé de quién era yo. Solo existía el tintineo de la taza y el vacío frente a mí. Mis ojos se llenaron de lágrimas, no porque quisiera llorar, sino porque mi cuerpo estaba reaccionando a un terror absoluto que Michael había sembrado en mi mente con sus palabras.
Cuando terminó la escena, el silencio en el set no fue el de antes. Era un silencio sepulcral. No oía ni un susurro, ni el movimiento de un cable. Mi primer pensamiento fue: “Lo he arruinado. Ha sido demasiado. No les ha gustado”. Me sentí pequeño en esa silla, agotado y vulnerable.
Entonces, busqué la mirada de Michael.
Estaba sentado frente al monitor, y por primera vez en todo el día, tenía una sonrisa amplia, una sonrisa de triunfo absoluto. No era la sonrisa de un jefe contento, era la sonrisa de un artista que acaba de ver su visión cobrar vida exactamente como la soñó.
—Corte… —dijo Michael. Y luego, más fuerte—: ¡Esa es! ¡Esa es la toma!
Sentí un alivio inmenso. Michael se levantó, caminó hacia mí mientras los asistentes me desataban y me dio una palmada firme en la espalda.
—Eso es lo que quería, Chris. Sabía que podías hacerlo. Has elevado esta película a otro nivel hoy —me dijo, y pude sentir la sinceridad en su voz.
En ese momento, me di cuenta de que Michael Relish era un genio, pero un genio peligroso. Sabe cómo apretar los botones adecuados para sacar lo mejor de ti, incluso si eso significa llevarte al límite de tu estabilidad emocional.
Justo cuando estaba asimilando el cumplido, el ambiente sagrado del set se rompió. En la entrada de la propiedad, vi a un par de personas con cámaras y libretas forcejeando con el equipo de seguridad. Habían logrado burlar el primer perímetro. Eran de la prensa.
Michael no perdió la compostura, pero su mandíbula se tensó. Miró a Naomi, quien ya estaba a su lado, y luego a Susan.
—Sigan con el esquema de iluminación para la siguiente escena —ordenó Michael a los técnicos, con una voz que no admitía réplicas—. Yo me encargo de esto.
Lo vi alejarse hacia la entrada, con esa zancada decidida, seguido por Naomi y el personal de seguridad. Se veía tan pequeño comparado con la mansión de fondo, pero al mismo tiempo proyectaba una sombra inmensa. Mientras se alejaba para enfrentar a los buitres que querían despedazar su vida privada, yo me quedé allí, todavía temblando un poco por la actuación, dándome cuenta de que acababa de presenciar algo único, algo de lo que en su vida pasada no se vio.
Michael no solo estaba dirigiendo una película; estaba librando una guerra en dos frentes, y después de lo que acabábamos de rodar, estaba seguro de que iba a ganar ambos.
Me senté en un rincón a beber agua, viendo cómo la silueta del “Arquitecto” se encontraba con los flashes de las cámaras en la distancia. Por un momento, sentí lástima por los periodistas. No tenían idea de con quién se estaban metiendo.
Set de Get Out, Alabama – 3 de Enero de 1996, 16:30 PM
El sol comenzaba a descender sobre los robles cubiertos de musgo español, tiñendo el set de un naranja cinematográfico. En la entrada de la propiedad, el altercado subía de tono. Dos reporteros de una revista sensacionalista y un fotógrafo independiente habían logrado saltar una valla lateral, eludiendo a los guardias locales contratados por la producción. Susan estaba gritando por el walkie-talkie, exigiendo que la policía local se hiciera cargo, mientras los intrusos levantaban sus cámaras, ansiosos por captar una imagen de Michael en medio del “caos”.
Michael caminó hacia ellos. No corría, no se escondía tras sus manos, no tenía ni guardaespaldas para que los envié a golpearlos. Caminaba con la confianza de quien es dueño no solo de la tierra que pisa, sino del aire que esos hombres respiraban. Naomi iba un paso por detrás, con la carpeta de producción pegada al pecho, observando la espalda de Michael con una mezcla de preocupación y curiosidad.
—¡Michael! ¡Una declaración sobre Elizabeth! —gritó el fotógrafo, disparando una ráfaga de flashes mientras el personal de seguridad intentaba bloquearlo—. ¿Es cierto que se fue porque no soportaba vivir bajo tus reglas?
Michael levantó una mano, deteniendo a sus guardias. Se detuvo a escasos dos metros de los periodistas. El silencio que siguió fue tenso. Los reporteros, acostumbrados a que las estrellas huyeran o insultaran, se quedaron momentáneamente mudos ante la cercanía del director.
—¿Quieren una historia? —preguntó Michael. Su voz era tranquila, casi gélida—. Han viajado desde muy lejos para saltar una valla en Alabama. Me imagino que sus editores les pagan bien por el esfuerzo.
—Solo queremos la verdad, Michael —dijo la reportera, una mujer de unos treinta años con una libreta arrugada—. La gente quiere saber qué pasó el día de Año Nuevo.
Michael sonrió, pero no fue una sonrisa amable. Fue la sonrisa de alguien que está a punto de dar una lección.
—La verdad es que estamos trabajando —dijo Michael—. Si quieren ver lo que está pasando realmente aquí, bajen las cámaras. Susan, dales pases de prensa temporales. Invitadlos a entrar.
Susan se quedó boquiabierta.
—¿Michael? ¿Estás loco? Esto es un set cerrado.
—Ya no lo es —respondió él, mirando fijamente a los periodistas—. Entren. Vean cómo trabajo. Vean a Naomi trabajando a mi lado. Vean a Chris Rock entregando la mejor actuación de su vida. Les daré quince minutos de observación y luego una declaración conjunta. Si intentan tomar una foto sin permiso antes de eso, los sacaré personalmente y presentaré cargos por allanamiento. ¿Aceptan?
Los periodistas se miraron entre sí. Era una oferta sin precedentes. Michael Relish, el hombre más privado de Hollywood, les abría las puertas del templo en medio de su peor crisis.
Michael los condujo a través del set. Caminaron entre los cables, los camiones de catering y el equipo técnico que los miraba con hostilidad. Michael no los llevó a su camerino privado ni a un rincón apartado; los llevó directamente al monitor de dirección, donde acababa de rodar la escena visceral de Chris Rock.
—Esto es lo que importa —dijo Michael, señalando la pantalla—. No quién duerme en mi cama o quién firma con qué agencia. Lo que importa es que mientras ustedes escriben sobre chismes, nosotros estamos creando algo que la gente recordará en veinte años.
Les mostró la reproducción de la toma de Chris Rock. Los periodistas, a pesar de su cinismo profesional, se quedaron en silencio mientras veían las lágrimas y el terror puro en el rostro del actor. Era innegable. Había una energía en ese set que no encajaba con la narrativa de “director en crisis” que CAA estaba intentando vender.
Naomi intervino, moviéndose con una gracia profesional que desarmó a la reportera.
—Como pueden ver, mi papel aquí no es de “novia decorativa” —dijo Naomi, señalando el monitor de continuidad—. Soy la asistente de dirección de Michael. Estamos aquí doce horas al día. Elizabeth eligió una carrera diferente, y la respetamos por ello. Pero aquí, el trabajo no se detiene por un titular de revista.
Tras los quince minutos, Michael los llevó a un pequeño claro bajo un sauce llorón. El fotógrafo recibió permiso para tomar tres fotos profesionales, no robadas. Michael posó junto a Naomi, ambos con aspecto cansado pero profesional, con la mansión de Get Out de fondo.
—Aquí está mi declaración —dijo Michael, mirando directamente a la grabadora de la reportera—. Hollywood es un lugar de transiciones. Elizabeth Banks es una artista increíble y le deseo lo mejor en su nueva etapa con CAA. Las relaciones evolucionan, y a veces, para que cada uno alcance su máximo potencial, los caminos deben separarse. No hay villanos en esta historia, solo personas creciendo.
Hizo una pausa, dejando que sus palabras se asentaran.
—En cuanto a mí, mi compromiso es con mi visión y con el equipo que ha decidido quedarse a mi lado. Naomi y Cameron son pilares fundamentales de Omnisciente Studios. Estamos enfocados en terminar esta película, en nuestras inversiones ya sea películas, cómics, tecnología y en los nuevos proyectos que traemos de Japón. Si buscan un escándalo de gritos y puertas golpeadas, han venido al lugar equivocado. Aquí solo encontrarán cine.
Cuando los periodistas fueron escoltados fuera de la propiedad, ya no corrían. Iban hablando en voz baja, revisando sus notas. Michael les había dado una historia, pero no la que ellos querían. Les había dado una historia de “madurez profesional” y “genio enfocado”. Había transformado la narrativa de una ruptura traumática en una reestructuración empresarial y artística.
Susan se acercó a Michael una vez que el perímetro volvió a estar cerrado.
—Ha sido una jugada arriesgada, Michael. Podrían retorcer tus palabras.
—Lo harán —admitió Michael, frotándose las sienes—. Pero ahora tienen una imagen de nosotros trabajando. Tienen el testimonio de Naomi como profesional, no como víctima. He matado el misterio, Susan. El chisme vive del secreto; si les das la luz del día, se quema.
Naomi le puso una mano en el brazo.
—Has estado increíble, Michael. Los has manejado como si estuvieras dirigiendo una escena.
Michael la miró y, por primera vez en todo el día, la tensión en sus hombros desapareció por completo.
—He aprendido de los mejores, Naomi. He visto a muchos hombres caer por intentar esconderse. En este mundo, si no escribes tu propia historia, Harvey Weinstein la escribirá por ti. Y yo no pienso dejarle la pluma a nadie más.
Caminaron de regreso hacia el centro del set. El equipo, que había observado la escena desde la distancia, regresó a sus puestos con un nuevo sentido de lealtad. Habían visto a su director enfrentarse a los lobos y salir ileso.
Michael se sentó de nuevo en su silla. El sol casi había desaparecido.
—Llamad a Dylan —le dijo a Eleonor—. Decidle que la prensa ya tiene su “primicia”. Ahora, que WMA se encargue de que el artículo de Variety salga mañana resaltando nuestra “transparencia”.
Se volvió hacia el set, donde las luces artificiales ya iluminaban la noche de Alabama.
—Bien —gritó Michael, y su voz sonó más fuerte que nunca—. ¡Siguiente escena! ¡No hemos terminado de hacer historia!
Así terminó el primer gran día despues de las vacaciones de Michael Relish no solo había rodado la escena más difícil de su carrera, sino que había realizado su primera gran maniobra de relaciones públicas de la era moderna. El Arquitecto no estaba en el suelo; estaba construyendo un muro alrededor de su imperio, y esta vez, el cemento era la verdad manipulada con la precisión de un maestro.
Fairhope, Alabama / Los Ángeles – 4 de Enero de 1996
Al día siguiente amaneció con una neblina densa que cubría los pantanos de Alabama, una atmósfera perfecta para el rodaje de la huida de Chris Washington del sotano. Michael estaba en el set desde las cinco de la mañana. No mostraba signos de cansancio, a pesar de que esa misma noche debía abordar un vuelo privado hacia Tokio para la firma histórica con Capcom. La jugada mediática del día anterior había surtido efecto: los periódicos locales y algunos nacionales hablaban de la “transparencia del Arquitecto” y de la “lealtad inquebrantable de Naomi Watts”.
En el set de Get Out, la tensión era puramente cinematográfica. Michael revisaba la coreografía de la huida. El protagonista debía escapar del sótano, con la cámara siguiéndolo en un tracking shot a ras de suelo para capturar la desesperación en sus pies golpeando.
—¡Más velocidad y choques, Chris! —gritaba Michael a través del megáfono—. ¡No estás corriendo de una familia. Estás corriendo para ser libre para tener libertad.
Naomi estaba a su lado, coordinando a los extras que interpretaban a los “empleados” de la casa que intentaban interceptar al protagonista. Se movía con una precisión que incluso Susan admiraba. La jugada de ayer le había dado a Naomi una seguridad nueva; ya no era solo la novia del director, era la arquitecta de la escena.
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( Punto de Vista de Elizabeth)
A miles de kilómetros de distancia, en una suite de lujo en el hotel Bel-Air pagada por CAA, Elizabeth Banks se despertaba con el sonido del servicio de habitaciones dejando una bandeja de plata y una montaña de periódicos.
Se sentó en la cama, envolviéndose en una bata de seda. Lo primero que vio fue la portada de Entertainment Weekly. Allí estaba Michael, bajo el sauce llorón, con Naomi Watts a su lado. El titular rezaba: “Relish rompe el silencio: El cine por encima del escándalo”.
Elizabeth sintió una punzada de tristeza en el pecho. No era arrepentimiento, sino una melancolía extraña al ver lo rápido que Michael había llenado el vacío que ella dejó.
Esperaba verlo hundido, o al menos esquivo, pero Michael se veía… poderoso. En la foto, Naomi lucía como una verdadera compañera de armas, no como una actriz secundaria.
—Sabía que lo harías —susurró Elizabeth, pasando la mano por la foto de Michael—. Eres un genio del control, incluso cuando te rompen el corazón.
Elizabeth suspiró y dejó el periódico a un lado. Sabía que en Hollywood no había espacio para mirar atrás. Había tomado una decisión: quería el Oscar, quería ser la actriz más grande de su generación, y Richard Lovett le había prometido que CAA era el único vehículo capaz de llevarla hasta allí sin que Michael Relish se llevara todo el crédito.
Sobre la mesa del comedor, descansaba una pila de guiones con el elegante sello de CAA. Elizabeth se acercó a ellos con esperanza.
Lovett le había dicho que tenía los mejores proyectos de la ciudad esperándola.
Abrió el primero: Lágrimas de Invierno. Una historia sobre una mujer que descubre la infidelidad de su marido en medio de una tormenta de nieve. Era emocional, dramática, perfecta para “lucirse” en los premios. Pero mientras leía, Elizabeth no podía evitar compararlo con lo que hacía Michael. No había “tecnología negra”, no había capas de subtexto psicológico complejo, no había esa sensación de estar viendo el futuro. Era… convencional.
Abrió el segundo guion: Sombras del Pasado. Otra ruptura. Otra mujer sufriendo en primer plano. Todos los guiones que Lovett le había traído eran variaciones de la misma fórmula que había funcionado en los años 80 y principios de los 90. Eran proyectos diseñados para ganar premios, pero carecían del alma innovadora.
—Es lo que el público quiere, Elizabeth —le había dicho Lovett por teléfono esa mañana—. Quieren verte humana, vulnerable.
Quieren verte sufrir de forma hermosa. La ciencia ficción de Relish es un nicho; esto es el corazón de la industria.
Elizabeth cerró el guion con un golpe seco. Se sentía atrapada en un tipo diferente de jaula. Con Michael, ella era parte de una revolución. Con CAA, ella era el producto estrella de una fábrica de prestigio.
Elizabeth se levantó y caminó hacia el espejo del tocador. Se miró fijamente. Sus ojos estaban un poco hinchados por la falta de sueño, pero su determinación seguía intacta. Sabía que no podía echarse atrás ahora. El contrato estaba firmado, el puente con la mansión Relish estaba quemado y la prensa ya la había etiquetado como la “mujer que se atrevió a dejar al Arquitecto”.
—Si voy a hacer esto, lo haré hasta el final —se dijo a sí misma—. Ganaré ese Globo de Oro. Y cuando suba al escenario, demostraré que Elizabeth Banks es más que la musa de Michael.
Sin embargo, una parte de ella no podía evitar pensar en Michael en ese momento. Sabía que él estaría en el set, probablemente revisando nuevos diseños de una nueva tecnología o cerrando un trato que cambiaría el mundo de los videojuegos. Michael siempre estaba mirando al futuro, mientras que ella, bajo el ala de CAA, parecía estar retrocediendo a 1990.
La tristeza volvió a asomarse, pero la enterró bajo una capa de maquillaje caro. Hollywood le había enseñado que el éxito tiene un precio, y ella acababa de pagar el suyo con la soledad de una suite de lujo.
De vuelta en Alabama, Michael gritó el último “¡Corte!” del día. La escena de la huida era perfecta. Tenía el metraje necesario para que los editores empezaran a trabajar mientras él cruzaba el mundo.
—Buen trabajo, todos —dijo Michael, bajando del camión de cámara—. Susan, tienes el control del set durante las próximas 72 horas. Solo rodad los insertos de paisaje y las tomas de apoyo que dejamos pendientes. No toquéis las escenas de diálogo hasta que yo vuelva.
Naomi se acercó a él con su abrigo de viaje.
—El coche te espera, Michael. El avión está listo en el aeropuerto.
Michael asintió y la miró intensamente.
—Quédate aquí con Susan. Mantén a la prensa a raya. Si Lovett intenta filtrar algo más sobre Elizabeth mientras estoy en el aire, llama a Dylan de inmediato.
—Lo haré —prometió Naomi, dándole un beso rápido—. Ve a conquistar Japón. Nosotros cuidaremos la fortaleza.
Michael subió al coche sin mirar atrás. Mientras el vehículo se alejaba del set de Get Out, él ya no pensaba en Elizabeth, ni en los periódicos que ella estaba leyendo en ese momento. Su mente estaba en Osaka, en Ken Kutaragi, en los servidores de Capcom y en un pequeño monstruo llamado Pikachu que estaba a punto de volverse global. El Arquitecto dejaba atrás el drama de Hollywood para ir a buscar el poder real al otro lado del océano.
Sede de Capcom, Osaka, Japón – 5 de Enero de 1996
Michael tocó tierra en el Aeropuerto Internacional de Kansai bajo una lluvia fina y persistente. Al bajar de la escalerilla, Michael inhaló el aire frío de Japón. Aquí, a miles de kilómetros de las colinas de Beverly Hills, el ruido de los tabloides sobre Elizabeth Banks y CAA no era más que un eco lejano y carente de importancia. En Japón, Michael Relish era el hombre que estaba ayudando a definir la estética de la nueva generación de consolas.
Una comitiva de vehículos negros lo esperaba. El destino era la sede de Capcom, donde Shinji Mikami y los altos ejecutivos de la compañía lo aguardaban para sellar el destino de una franquicia que, en la línea de tiempo original, cambiaría el género del terror para siempre: Biohazard (Resident Evil).
La reunión se llevó a cabo en una sala de juntas minimalista, con vistas a la arquitectura industrial de Osaka. Michael saludó a Mikami con un respeto genuino; sabía que el juego que estaban por lanzar en unos meses sería un fenómeno.
—Michael-san —dijo el CEO de Capcom a través de un traductor—, hemos revisado sus condiciones para los derechos cinematográficos. Es inusual que un director pida los derechos de una propiedad que aún no ha demostrado su éxito en el mercado internacional.
Michael sonrió levemente mientras revisaba el documento frente a él.
—El éxito de Biohazard no es una duda para mí, es una certeza, ya que se que como yo a la gente le gusta películas de zombies. Pero mi visión para esta película no es para este año, ni para 1997. Quiero los derechos ahora, pero mi intención es empezar la producción cuando la tecnología de captura de movimiento y el fotorrealismo alcancen el nivel superior y si le va bien a su juego para el 2000 o 2001 haría la primera película.
Michael sabía que las películas de Resident Evil de Paul W.S. Anderson habían sido éxitos comerciales, pero él quería algo más: quería el terror claustrofóbico puro de la mansión Spencer combinado con una técnica visual que el mundo aún no podía imaginar, algo más fiel. Su plan era esperar a que el hardware de la futura PlayStation 2 o incluso la GameCube sentara las bases visuales en la mente del público antes de lanzar su versión cinematográfica.
—Firmaremos por diez años —añadió Michael—. Con una cláusula de renovación automática si la producción comienza antes del año 2004. Quiero que Omnisciente Studios sea el hogar definitivo de biohazard en la pantalla grande.
Tras un breve intercambio de susurros entre los ejecutivos japoneses, el sello oficial de Capcom (el hanko) golpeó el papel. Michael Relish acababa de asegurar una de las IPs más rentables del futuro por una fracción de lo que valdría en años posteriores.
Después de la firma, Michael se reunió con Ken Kutaragi en un club privado para cenar. Pero el tema no fue solo PlayStation. Kutaragi trajo consigo a varios representantes de empresas de semiconductores e ingeniería de software japonesas.
—Michael, se corre la voz en los círculos tecnológicos —dijo Kutaragi, mientras servía un poco de sake—. Tu inversión en la empresa de efectos visuales Light-Path Systems (una empresa que Michael había inyectado capital y es accionista con un 80%) ha llamado la atención. Han logrado algoritmos de renderizado de sombras en tiempo real que superan lo que Silicon Graphics está ofreciendo actualmente.
Michael asintió. Él había usado su conocimiento del futuro para guiar a los ingenieros de Light-Path hacia el desarrollo de lo que más tarde se conocería como “Global Illumination” y trazado de rayos rudimentario.
—Hay ofertas, Michael —continuó Kutaragi—. Sony Pictures está interesada en comprar tu participación del 40%. Incluso hay rumores de que Microsoft, en sus divisiones de investigación, quiere una parte. Dicen que el futuro del cine no son las cámaras, sino las granjas de servidores.
Michael escuchó con atención, pero su expresión no cambió. En su mente, repasaba los guiones de sus futuros proyectos: Spider-Man, Matrix, The Lord of the Rings. Sabía que para que esas películas funcionaran como él quería, necesitaba tener el control total de la tecnología. No podía depender de contratar a ILM o Digital Domain y pagar precios de extorsión.
—No tengo intención de vender —respondió Michael con firmeza—. Escucharé las ofertas, por cortesía profesional, pero mi objetivo es que Omnisciente Studios sea autosuficiente. Si vendo mi parte de Light-Path, pierdo la prioridad en la cadena de producción. El futuro es el CGI, Ken. Llegará un momento en que no distinguiremos un paisaje creado de uno generado por ordenador, y yo quiero ser el dueño de la máquina que lo cree.
De regreso en su suite del hotel Park Hyatt, Michael revisó los informes financieros de sus inversiones tecnológicas. Tenía una parte sustancial de varias empresas que estaban sentando las bases de la animación digital y el procesamiento de imágenes.
Las ofertas de compra eran tentadoras. Algunas sumaban decenas de millones de dólares, lo cual le vendría muy bien para financiar el marketing de Get Out y la pre-producción de su siguiente gran proyecto sin tocar sus inversiones en NASDAQ. Pero Michael recordaba la lección de Elizabeth.
—Si compartes el control, compartes la lealtad —murmuró Michael, mirando las luces de Osaka desde su ventana—. Lovett y CAA pudieron llevarse a Elizabeth porque ella no era “mía” contractualmente, solo emocionalmente. No cometeré ese error con la tecnología.
Michael decidió que no vendería ni una sola acción. Al contrario, daría instrucciones a Dylan para que intentara adquirir el 20% adicional de Light-Path que aún estaba en manos de inversores privados. Quería que su nombre fuera el único que importara en el consejo de administración.
Antes de dormir, Michael sacó su cuaderno de cuero. El viaje a Japón le había devuelto la claridad que el drama de Hollywood le había intentado robar. Escribió una lista de objetivos para el regreso a Estados Unidos:
Sincronizar el Anime: Asegurarse de que el equipo de animación en Japón tenga los diseños finales de los personajes de Pocket Monsters para el estreno en abril.
Tecnología Negra: Implementar los nuevos algoritmos de Light-Path en la post-producción de Get Out.
Blindaje de Actores: Crear un nuevo modelo de contrato para los futuros actores de Spider-Man y Resident Evil. No solo exclusividad cinematográfica, sino derechos de imagen perpetuos para medios digitales.
Michael dejó el bolígrafo y miró la hora. En Alabama ya era de día. Imaginó a Naomi en el set, manejando a la prensa y a los actores con la misma precisión que él. Sonrió.
Elizabeth buscaba el prestigio de una estatuilla dorada siguiendo las reglas de Lovett. Él estaba construyendo una infraestructura que haría que las estatuillas fueran irrelevantes frente al poder de la propiedad intelectual global.
Mañana volaría de regreso, no como el director triste, sino como el dueño de los muertos vivientes de Capcom y el arquitecto de la luz digital. El 2000 estaba cada vez más cerca, y Michael Relish nunca había estado más preparado.
Los Ángeles / Set de Omnisciente Studios – 7 de Enero de 1996
Michael aterrizó en Burbank envuelto en la luz dorada del atardecer californiano. No hubo tiempo para descansar. Mientras el coche lo llevaba hacia los estudios donde se realizarían las tomas de interiores y los primeros procesos de edición de Get Out, Michael revisaba los faxes que Susan le había enviado durante el vuelo.
Susan no solo era una jefa de producción; era una visionaria de la logística humana. Sabía que Michael estaba sobrecargado: dirigiendo, escribiendo, invirtiendo en tecnología en Japón y lidiando con una guerra mediática contra CAA. Necesitaba “Apóstoles”, asistentes de dirección y mentes creativas que pudieran absorber su metodología.
Michael abrió la carpeta que Susan le entregó apenas entró en su oficina del estudio. Era una lista de nombres de jóvenes que acababan de salir de escuelas de cine o que estaban atrapados en puestos de asistentes de producción en estudios pequeños o independientes, sin oportunidades reales.
—Michael, he estado filtrando currículums —dijo Susan, sentándose frente a él—. Buscas gente que no esté contaminada por los vicios de los grandes estudios. Gente que entienda de computadoras tanto como de cámaras.
Michael leyó los nombres. Sus ojos se abrieron un poco más al reconocer a varios que, en su línea de tiempo original, se convertirían en titanes:
Zack Snyder: Un director de comerciales con un sentido visual hiperestilizado que Susan creía que encajaría con la estética de los IP tipos videojuegos o tipo oscuro.
J. J. Abrams: es un joven guionista que se dice que es muy prometedor a trabajando en Regarding Henry y Forever Young.
Gore Verbinski: Alguien que entendía el ritmo y la tecnología de efectos visuales de una manera fluida, es un publicista.
Darren Aronofsky: Recién graduado de AFI, con una visión oscura y psicológica que Susan pensó que sería útil para la división de terror.
—Es una buena lista, Susan —dijo Michael, dejando los papeles sobre la mesa—. Zack y Abrams… guárdalos en la parte superior. Necesito gente que pueda manejar segundas unidades sin que yo tenga que sostenerles la mano. Pero por ahora, que sigan en observación. No quiero que CAA se entere de que estamos reclutando a la próxima generación de directores antes de que firmen con nosotros.
Tras la reunión con Susan, Michael se dirigió al área de vestuario para revisar los diseños de la fase final de Get Out. El set estaba en calma, con la mayoría del equipo técnico cenando. Sin embargo, al entrar en el pasillo de los camerinos de apoyo, notó que la puerta de su oficina privada de rodaje estaba entreabierta.
Michael entró con cautela. Sentada en su silla de cuero, mirando con curiosidad los bocetos de Spider-Man que Michael había dejado descuidadamente sobre la mesa el día anterior, había una joven. No era una trabajadora del set, ni una extra. Su presencia emanaba una ambición eléctrica que Michael reconoció de inmediato.
Era una joven de unos 20 años, de cabello oscuro y una mirada penetrante que parecía analizar cada centímetro de la habitación.
—¿Cómo has pasado la seguridad? —preguntó Michael, cerrando la puerta tras de él. No estaba enfadado; estaba intrigado por la audacia.
La joven se levantó rápidamente, pero no se mostró asustada. Al contrario, se arregló el vestido sencillo y dio un paso hacia adelante.
—La seguridad busca a gente que quiere robar algo, señor Relish —dijo ella con una voz firme y una seguridad impropia de su edad—. Yo no vengo a robar. Vengo a ofrecer.
Michael la observó con detenimiento. Su rostro le resultaba familiar, una versión mucho más joven de una actriz que, en el futuro, sería conocida por su versatilidad y su capacidad para interpretar personajes complejos y oscuros. Era una “promesa” que aún no había estallado en el cine comercial.
—¿Y qué es lo que ofreces exactamente? —Michael se sentó en el borde de su escritorio, cruzando los brazos.
—Me llamo Charlize Theron —dijo ella, y Michael sintió un pequeño escalofrío al confirmar su sospecha—. He visto lo que hiciste en OBLIVION. He leído lo que la prensa dice de ti y de Elizabeth Banks. Lovett y CAA son idiotas si cree que Elizabeth era el alma de tus películas. El alma eres tú, son tus ideas.
Michael mantuvo el silencio, dejando que ella continuara. Charlize dio un paso más, entrando en el círculo de luz de la lámpara de escritorio.
—He estado en un par de películas pequeñas, cosas que nadie recordará —continuó Charlize—. Pero sé que buscas algo más. Buscas actrices que no tengan miedo de esas nuevas ideas para el cine, que no teman que un algoritmo sea su co-protagonista. Elizabeth se fue porque quería ser una estrella a la antigua usanza. Yo quiero ser la cara del futuro. Dame una oportunidad, una audición, lo que sea. No te arrepentirás.
Michael la escuchó con una mezcla de respeto y cálculo profesional. Charlize Theron, en el futuro, ganaría un Oscar por transformarse radicalmente, demostrando que no le importaba su belleza si el papel lo requería. Era exactamente lo opuesto a la dirección que Elizabeth estaba tomando con CAA.
—Es un movimiento muy arriesgado colarse aquí, Charlize —dijo Michael suavemente—. Podría haberte hecho arrestar.
—Si no te arriesgas, te quedas esperando que CAA te quiera fichar para hacer películas de ser novia o la damisela en peligro —respondió ella con desdén—. Y yo no he venido a Hollywood para ser la novia del protagonista o la que grita. He venido para trabajar con el hombre que es el futuro del cine, y yo creo que ese eres tu con tus ideas.
Michael se quedó pensando. Charlize era la sustituta perfecta en términos de talento y disciplina. Tenía esa “chispa” que Elizabeth había empezado a perder bajo la presión de la fama tradicional. Sin embargo, Michael no quería precipitarse. Estaba en medio de una guerra con CAA y no quería que Charlize se convirtiera en un peón antes de tiempo.
—No voy a darte un papel hoy, Charlize —dijo Michael finalmente—. Pero me gusta tu audacia. Hollywood se construye sobre la ambición, y la tuya es… refrescante.
Michael tomó una tarjeta personal de su bolsillo y escribió un número privado en el reverso.
—Llama a este número el lunes. Dile a mi asistente, Eleonor, que estás en la lista de “proyectos especiales”. No te prometo una película mañana, pero te prometo que estarás en la habitación cuando empecemos a buscar a la protagonista de algo como OBLIVION o si quieres algo más comiquero.
Charlize tomó la tarjeta, sus dedos rozando los de Michael por un instante. Sus ojos brillaron con una victoria contenida.
—Gracias, Michael. No se arrepentirá de haber escuchado.
Ella se dio la vuelta y salió de la oficina con la misma elegancia silenciosa con la que había entrado. Michael se quedó solo, mirando la puerta cerrada.
Susan entró unos minutos después, rompiendo el trance.
—¿Quién era esa? La vi salir por la puerta trasera.
—El futuro, Susan —respondió Michael, volviendo a mirar la lista de directores que ella le había traído—. El futuro tiene mucha más hambre que el presente.
Michael se sentó en su silla y suspiró. El día estaba terminando. Tenía una lista de directores que cambiarían el cine, una firma con Capcom en el bolsillo, y una nueva “musa” en potencia que no tenía miedo de las sombras. Elizabeth Banks podía quedarse con sus dramas de época y sus vestidos de alfombra roja; el Arquitecto estaba empezando a reunir a su propio ejército para la guerra que realmente importaba: la conquista del nuevo milenio.
—Prepara las cámaras para mañana, Susan —dijo Michael, con una energía renovada—. Tenemos una película que terminar y un imperio que construir.
Oficina de Omnisciente Studios, Los Ángeles – 7 de Enero de 1996, 21:00 PM
La noche había caído sobre la ciudad de las estrellas, pero en la oficina de Michael Relish, la luz del escritorio era el único faro de actividad. Michael se recostó en su silla de cuero, sosteniendo entre sus dedos la tarjeta que Charlize Theron había dejado sobre la mesa. Su mente, una computadora biográfica que recordaba cada hito del futuro, empezó a procesar la trayectoria de la joven sudafricana.
Michael sabía exactamente dónde estaba Charlize en este momento de la historia. Había tenido un papel sin diálogos en Children of the Corn III, una mancha en su currículum que ella quería borrar. Sabía que, si él no intervenía, en apenas este mes o inicios del otro ella aceptaría un trabajo menor en el Valle, un papel alimenticio que la llevaría a conocer a su futura agente, J.J. Harris. A partir de ahí, su talento la catapultaría: The Devil’s Advocate en el 97, Mighty Joe Young en el 98… una carrera de éxitos comerciales y críticas sólidas que culminaría años después con un Oscar.
—No voy a dejar que J.J. Harris te encuentre, Charlize —susurró Michael para sí mismo—. No vas a ser una estrella de reparto en películas de otros. Vas a ser el estandarte de mi estudio.
Michael pensó en el guion que Laura, su jefa de escritores, estaba desarrollando: The notebook, tendria que comenzar también monsters. Sabía que la directora original de esa película, Patty Jenkins, probablemente todavía estaba graduándose o buscando su primera oportunidad en una de las listas que Susan le había entregado.
“Podría darle Monster para 1997 o 1998”, meditó Michael. Sería la jugada perfecta. Charlize ganaría su prestigio crítico bajo el sello de Omnisciente, demostrando que Michael no solo hacía “película con efectos visuales” y blockbusters, sino cine de autor desgarrador. Pero había un riesgo. Michael ya tenía a Naomi y a Cameron. Acababa de romper con Elizabeth. Introducir a otra mujer joven y ambiciosa en su círculo íntimo era darle munición a la prensa para destruir las carreras de Naomi y Cameron, pintándolas como simples piezas de un harén intercambiable.
—No será mi pareja —decidió Michael con frialdad profesional—. Será mi protegida. El mundo tiene que verla como la heredera del trono que Elizabeth abandonó por ambición ciega.
El silencio de la oficina fue interrumpido por el chirrido agudo del teléfono de línea segura. Michael no necesitó mirar el identificador para saber quién era. Solo una persona tenía la audacia de llamar a estas horas después del “circo” de Alabama.
Michael descolgó. No dijo “hola”. Simplemente esperó.
—Michael, qué gusto saludarte. Espero que el jet-lag de Japón no te esté tratando muy mal —la voz de Richard Lovett, el director de CAA, era seda pura mezclada con veneno industrial.
—Richard. ¿A qué debo el honor? —respondió Michael, su voz era un témpano de hielo—. Pensé que estarías ocupado comprándole vestidos nuevos a tu última adquisición.
Lovett soltó una risotada ensayada.
—Elizabeth está encantada, Michael. Pero no te llamo por ella. Bueno, no directamente. Te llamo porque en CAA creemos en la paz. Creemos que esta “guerra de guerrillas” en los periódicos no le hace bien a nadie. WMA está intentando morder, tú estás usando a la prensa en el set… es agotador para el mercado.
—Ve al grano, Richard. No tengo tiempo para tus metáforas de paz —cortó Michael.
—Bien. Hagamos un trato. CAA quiere representar a Omnisciente Studios como entidad corporativa. No a ti personalmente, sabemos que eres fiel a Dylan, pero queremos los derechos de empaque de tus próximas producciones. A cambio, te ofrecemos un “Tratado de No Agresión”. Elizabeth dejará de dar entrevistas sugiriendo que eres un director controlador, y nosotros nos encargaremos de que OBLIVION reciba el empuje total de nuestra maquinaria para los Globos de Oro y los Oscar. Incluso podemos hablar de una co-producción para tu proyecto de superhéroes.
Michael cerró los ojos, sintiendo una mezcla de asco y superioridad. Lovett estaba intentando “comprar” su imperio antes de que se volviera inalcanzable. Quería las llaves de la casa de Michael a cambio de no quemar el jardín.
Michael se levantó y caminó hacia el ventanal, mirando las luces de Los Ángeles.
—Richard, ¿sabes qué es lo que más me gusta de la tecnología? —preguntó Michael, interrumpiendo el flujo de palabras del agente.
—¿La eficiencia? —aventuró Lovett, confundido por el cambio de tema.
—No. La obsolescencia —sentenció Michael—. Lo que hoy es vanguardia, mañana es basura. Tú representas el viejo Hollywood, Richard. El Hollywood de los contratos de exclusividad, de los chismes de pasillo y de los favores políticos para ganar una estatuilla de oro que solo sirve para juntar polvo. Crees que tienes poder porque tienes a Elizabeth Banks y a otras cien estrellas en tu establo. Pero las estrellas se apagan.
—No te equivoques, Michael —la voz de Lovett perdió la amabilidad—. Podemos hacer que tu vida sea muy difícil. Podemos bloquear tus contrataciones, podemos hacer que los grandes estudios duden de tu estabilidad mental…
—Inténtalo —respondió Michael con una calma aterradora—. Mientras tú hablas de “paz”, yo acabo de comprar los derechos de las propiedades intelectuales más grandes de Asia. Mientras tú buscas guiones de drama para que Elizabeth llore en cámara, yo estoy construyendo el software que hará que, en diez años, ni siquiera necesite alquilar un lugar caro por la naturaleza, lo hará todo digitalmente con poco dinero ya que eso será mío. Tu oferta de “comprar la paz” llega tarde, Richard. Porque para cuando te des cuenta de que la guerra ha empezado, yo ya habré conquistado el territorio.
Michael hizo una pausa deliberada, sabiendo que Lovett estaba apretando el auricular al otro lado de la línea.
—Quédate con tus estrellas y también con Elizabeth. Dale todos los papeles de mujer sufrida que quieras. Dale su Oscar. Pero que te quede algo claro: en el momento en que ella salió de mi casa, dejó de ser la protagonista de la historia para convertirse en una nota al pie de página en mi imperio. No acepto tu trato, no acepto tu mediación y no acepto tu existencia en mi futuro. No me llames de nuevo a menos que sea para pedirme trabajo cuando CAA se declare en quiebra.
Michael colgó el teléfono sin esperar respuesta. Se sintió extrañamente ligero. La confrontación con Lovett era el cierre que necesitaba. Había rechazado al sistema en su propia cara.
Se sentó de nuevo frente a la lista de Susan. Miró el nombre de Patty Jenkins y anotó al lado: “Localizar. Posible directora para una futura película (1997/98). Protagonista: Charlize Theron”.
Michael sabía que el camino que había elegido era el más difícil. Estaba solo contra las agencias, contra los estudios tradicionales y contra una narrativa mediática que quería verlo caer. Pero mientras miraba los bocetos de Spider-Man y las especificaciones técnicas de Capcom, Michael Relish sonrió. Esas peliculas no era un sueño; era un destino que él ya había reclamado.
—Mañana —dijo Michael en voz alta, apagando la luz de su oficina—, el mundo sabrá que el Arquitecto no solo construye edificios. Construye leyendas.
Al salir de la oficina, Naomi lo esperaba en el pasillo, apoyada contra la pared con una sonrisa cálida.
—¿Fue Lovett? —preguntó ella.
—Fue el pasado, Naomi —respondió Michael, tomándola de la mano—. Y le he dicho que ya no tiene lugar en nuestra agenda.
Caminaron juntos hacia el ascensor, dejando atrás la oficina oscura donde el futuro ya había sido escrito con la precisión de un código inquebrantable. La guerra con CAA era oficial, pero Michael ya no tenía miedo.
Tenía la tecnología, tenía el futuro talento emergente y, por primera vez, tenía la libertad total para ser un verdadero heroe que Hollywood tanto deseaba, solo para demostrarles que si existen verdaderos héroes y son los únicos que realmente cambian el mundo.
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