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En Hollywood. - Capítulo 62

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Capítulo 62: Capítulo 61

Capítulo 61: El Nido de Víboras

Sede de CAA, Beverly Hills – 7 de Enero de 1996, 21:15 PM

Richard Lovett colgó el auricular con una fuerza que hizo crujir el plástico. Sus nudillos estaban blancos y una vena palpitaba peligrosamente en su sien. En los pasillos de la Creative Artists Agency, el silencio era la regla de oro, pero dentro de su oficina, el aire vibraba con una furia contenida. Lovett, unos de los hombres que movían los hilos de las estrellas más grandes del planeta, el acababa de ser humillado por un “niño con suerte”.

—¿Y bien? ¿Cómo se tomó la oferta de paz nuestro joven Arquitecto?

La voz, profunda y cargada de un cinismo viscoso, provino del rincón oscuro de la oficina. Harvey Weinstein salió de las sombras, con un puro sin encender entre los dedos y esa sonrisa depredadora que hacía temblar a los ejecutivos de marketing. Había estado escuchando toda la conversación a través del sistema de altavoz.

Lovett se giró, ajustándose la corbata con movimientos espasmódicos.

—Es un imbécil arrogante, Harvey. No solo ha rechazado el empaque de CAA cuando lo queríamos en nuestra nomina, sino que ha tenido la audacia de decirme que mi agencia será obsoleta en cinco años. Me ha colgado como si fuera un vendedor de enciclopedias.

Weinstein soltó una carcajada ronca, una que no llegaba a sus ojos pequeños y astutos.

—Te lo dije, Richard. Relish es un purista, un terco que cree que puede ganar la guerra solo porque tiene un par de patentes en Japón. No entiende que en esta ciudad, si no juegas en el club, el club te quema la casa.

Harvey caminó hacia el escritorio de Lovett, apoyando sus manos pesadas sobre la madera pulida.

—El problema es que tiene éxito. OBLIVION sigue recaudando dinero y la prensa se tragó ese cuento de hadas de Alabama. La gente no ve a un maníaco controlador; ven a un genio que “protege su visión”. Tenemos que cambiar esa óptica. Si no podemos comprarlo, tenemos que enterrarlo bajo una montaña de irrelevancia.

Lovett asintió, recuperando poco a poco su compostura de tiburón de oficina.

—Michael cree que el futuro es la tecnología y los videojuegos. Nosotros sabemos que el futuro son las narrativas. Elizabeth ya está bajo mi ala. Voy a saturar el mercado con su imagen. Quiero que cada vez que alguien piense en el talento que Michael “perdió”, vea a una Elizabeth radiante, ganando premios y trabajando con directores de “prestigio”. Vamos a hacer que parezca que ella escapó de una prisión creativa para encontrar la libertad en el verdadero cine.

—Eso está bien para el ego de la chica —gruñó Weinstein—, pero yo quiero sangre en la taquilla. ¿Qué tiene en producción? Get Out. Una película de terror con un elenco de segunda y una actriz siendo asistente de dirección. Es un blanco fácil.

Lovett frunció el ceño, revisando unos informes internos.

—Ese es el problema, Harvey. Michael no ha anunciado fechas de estreno. No sabemos cuándo lanzará sus cartas. Está operando como una empresa de software, no como un estudio de cine. No hay “calendario de estrenos” oficial en los registros del sindicato para sus próximos proyectos.

Harvey se quedó pensativo un momento. Sus ojos brillaron con una idea malévola.

—Si no sabemos cuándo estrena, crearemos un “evento” que lo obligue a salir de su cueva. Richard, busca en tu establo. Necesito una película de alto perfil, algo con un mensaje social potente o un drama de época desgarrador que podamos colocar en la misma ventana de tiempo que sospechemos que lanzará Get Out. Vamos a asfixiarlo. No permitiremos que su “terror psicológico” tenga oxígeno.

Lovett tomó una libreta y empezó a anotar nombres.

—Tengo un proyecto en pre-producción con Anthony Minghella. Algo grande. Si movemos los hilos con Miramax, podemos hacer que coincida. Pero hay algo más, Harvey. Relish mencionó que está comprando IPs en Asia. Algo sobre “monstruos de bolsillo” y derechos de videojuegos.

—Japón… —Weinstein escupió el nombre como si fuera veneno—. Nadie en Estados Unidos va a ver dibujos animados japoneses o jugar a ser un zombi en una pantalla. Michael está desperdiciando su capital en basura para adolescentes.

Richard Lovett se levantó, sintiendo que el control volvía a sus manos.

—Tengo que hacer un par de llamadas, Harvey. Voy a filtrar una historia sobre las “exigencias imposibles” de Michael en el set de Alabama. Algo sobre cómo Naomi Watts es la única que puede soportarlo. Vamos a minar su credibilidad como empleador. Si los directores jóvenes que Susan está buscando oyen que trabajar para Relish es un suicidio profesional, se quedarán con nosotros.

Harvey caminó hacia la puerta, pero se detuvo antes de salir.

—Hazlo, Richard. Pero recuerda: Michael Relish no es un actor al que puedas hundir con un escándalo de faldas. Es un sistema. Y para destruir un sistema, tienes que corromper sus cimientos. Voy a pensar en cómo golpear sus inversiones tecnológicas. Si su dinero en Japón empieza a tambalearse, su cine caerá por su propio peso.

Weinstein salió de la oficina de CAA con un paso pesado y decidido. Mientras bajaba en el ascensor, ya estaba imaginando cómo denigrar la imagen del Arquitecto. No era solo por Elizabeth, ni por el desplante a Lovett. Era porque Michael Relish representaba un cambio en la industria que Harvey Weinstein no estaba dispuesto a permitir: un mundo donde el contenido era dueño de su propia distribución y tecnología.

En la soledad de su oficina, Richard Lovett miró el teléfono. Michael Relish le había dicho que CAA sería obsoleta.

—Veremos quién desaparece primero, Michael —susurró Lovett, marcando el número de un contacto en el Los Angeles Times—. Vamos a escribir un nuevo guion para ti. Y no te va a gustar el final.

Estudios de Omnisciente, Los Ángeles – 12 de Enero de 1996

El ambiente en el set de postproducción de Get Out era de una concentración monacal. Michael Relish, con los auriculares puestos y la mirada fija en tres monitores que mostraban diferentes ángulos de la “habitación del televisor”, parecía haber olvidado por completo que el mundo exterior intentaba despedazar su reputación.

Habían pasado cuatro días desde su regreso de Japón y la furiosa llamada de Richard Lovett. Gracias a la gestión quirúrgica de WMA y a la ausencia total de “vicios” en la vida de Michael —ni drogas, ni escándalos nocturnos, ni deudas de juego—, los ataques de la prensa amarillista habían empezado a rebotar contra un muro de indiferencia. Michael no era un blanco fácil porque no alimentaba a la bestia; simplemente trabajaba.

Dylan, su agente de WMA, entró en la sala de edición con una carpeta de color crema y una sonrisa que no podía ocultar.

—Michael, tengo las cifras actualizadas de OBLIVION hasta el cierre de anoche —dijo Dylan, dejando el informe sobre la consola de mezclas—. Hemos cruzado los 163 millones de dólares en la taquilla nacional.

Michael levantó la vista, una chispa de satisfacción cruzando sus ojos, ese era su primer trabajo original.

—¿163 millones? Eso nos pone casi cuatro veces por encima del presupuesto total de producción y marketing.

—Exacto. Para una IP original, sin el respaldo de una franquicia previa o un libro superventas, es un milagro comercial —añadió Dylan—. El “circo” de Alabama, irónicamente, ayudó. La gente fue al cine a ver qué era lo que Elizabeth Banks “había dejado atrás”. Se encontraron con una obra maestra de ciencia ficción y el boca a boca hizo el resto. Las proyecciones indican que, si ganamos un par de Globos de Oro en once días, el impulso nos llevará cómodamente a los 200 millones solo en Estados Unidos.

Michael asintió lentamente. Esos números no solo eran dinero; eran autonomía. Con 200 millones en taquilla doméstica, Omnisciente Studios dejaba de ser una “curiosidad” para convertirse en un jugador que los grandes estudios tendrían que respetar por miedo, si no por admiración.

Fuera de la sala de edición, Naomi Watts y Cameron Diaz se habían convertido en las guardianas no oficiales de la paz de Michael. Cada vez que un periodista intentaba torcer una declaración o inventar una fricción interna, ellas respondían con una elegancia que dejaba a los entrevistadores sin palabras.

Naomi, en una reciente entrevista para Premiere, había sido tajante: “Michael no es un director que ‘posee’ a sus actrices; es un mentor que las empodera. Si Elizabeth buscaba algo diferente, es su prerrogativa, pero no confundan una decisión profesional con un conflicto personal”.

Cameron, por su parte, utilizaba su carisma natural para desviar los ataques en los eventos de caridad. Su lealtad era absoluta. Michael sabía que tenerlas a su lado era su mejor defensa contra la narrativa de “tirano” que Lovett intentaba imponer. Sin embargo, Michael no bajaba la guardia. Sabía que Lovett no era alguien que aceptara un “no” por respuesta sin intentar quemar el edificio antes de salir.

Mientras tanto, en el edificio de cristal de CAA en Wilshire Boulevard, Richard Lovett no estaba celebrando los números de OBLIVION. Para él, cada dólar que Michael ganaba era un insulto a su autoridad.

—Necesitamos que el momento sea perfecto —decía Lovett, caminando frente a un grupo de agentes de nivel medio y expertos en crisis mediáticas—. Los Globos de Oro son el 23 de enero. Todo el mundo estará mirando. No quiero que el rumor salga hoy, ni mañana. Quiero que explote el 21 o el 22.

Lovett se detuvo frente a una pizarra blanca donde estaban anotados los nombres de los proyectos de Michael.

—El chisme sobre su ruptura ya está agotado —continuó Lovett—. Necesitamos algo que ataque su integridad profesional. Algo que haga que los votantes de la Academia y la Asociación de la Prensa Extranjera se sientan incómodos sentados en la misma sala que él.

—Tenemos a un par de antiguos técnicos de OBLIVION que fueron despedidos por Michael durante el rodaje en Islandia —sugirió uno de los agentes—. Están resentidos. Dicen que el uso de la “tecnología nueva” de Michael ponía en riesgo la seguridad del set porque los controles de luz a veces sobrecalentaban los generadores.

Lovett entrecerró los ojos.

—”Seguridad en el set”… “Negligencia por obsesión tecnológica”. Me gusta. Pero necesitamos un rostro. Alguien que pueda llorar frente a una cámara de Hard Copy y decir que Michael Relish prefiere sus máquinas antes que las vidas humanas.

—Estamos trabajando en ello, Richard —respondió el agente—. También estamos preparando la comparativa. El mismo día que lancemos el ataque, publicaremos una exclusiva de Elizabeth Banks en el set de su nueva película con CAA, hablando de cómo el “respeto por el actor” es lo que más valora en su nueva etapa. El contraste será letal.

De vuelta en el estudio, Michael terminó la sesión de edición y salió al balcón para tomar aire. Naomi se acercó a él con dos tazas de café.

—Pareces preocupado para alguien que acaba de llegar a 160 millones de dólares en una nueva película —le dijo ella con suavidad.

—Lovett está demasiado callado, Naomi —respondió Michael, mirando hacia las luces de Beverly Hills—. WMA ha hecho un buen trabajo conteniendo las filtraciones pequeñas, pero Lovett no juega a los puntos; él juega al nocaut. Faltan once días para los Globos de Oro. Es la ventana perfecta para un sabotaje.

—Tienes a Dylan, nos tienes a nosotras, y tienes la verdad de tu lado —dijo Naomi, rodeando su cintura con un brazo—. Además, después de lo que hiciste en Alabama, la prensa sabe que no te escondes. Eso les aterra.

Michael bebió un sorbo de café, sintiendo el calor del líquido y la calidez de Naomi. Sabía que ella tenía razón, pero también sabía algo que ella no: la historia de Hollywood estaba llena de genios que fueron enterrados por rumores bien colocados en el momento justo.

—Que sigan cocinando —murmuró Michael—. Yo seguiré construyendo. Si quieren pelea en los Globos de Oro, se la daré. Pero no será con palabras, será con la película que estamos terminando.

Michael regresó al interior de la sala de edición. Tenía 11 días para asegurarse de los últimos retoques del rodaje de Get Out fuera tan perfecta que ningún rumor pudiera eclipsarla. Lovett quería destruir su imagen, pero Michael Relish estaba ocupado asegurándose de que, para cuando llegara la alfombra roja, él ya no fuera solo un director, sino un estándar que nadie pudiera ignorar.

La guerra estaba lejos de terminar, pero por ahora, el Arquitecto descansaba sobre una montaña de 163 millones de dólares, esperando el momento en que sus enemigos finalmente mostraran sus cartas.

Set de Rodaje de Get Out, Alabama – 17 de Enero de 1996

El aire nocturno de Alabama era gélido, pero el set estaba envuelto en una tensión febril.

Era el último día de rodaje principal. Michael Relish se encontraba en el centro de la carretera secundaria que atravesaba la propiedad de los Armitage, rodeado de focos que simulaban la luz de luna y la neblina artificial que se arrastraba por el asfalto.

Faltaban solo seis días para los Globos de Oro, pero Michael parecía haber bloqueado cualquier pensamiento sobre alfombras rojas o conspiraciones de Richard Lovett. Su mundo se reducía a la camara con la que grababa.

Michael reunió a Chris Rock, Heather Grahan y al resto del elenco principal bajo la luz de un foco de trabajo. Sus ojos brillaban con la intensidad de quien sabe que está a punto de capturar un relámpago en una botella.

—Escuchen todos, esta es la toma —dijo Michael, su voz resonando en la quietud del bosque—. Chris, acabas de salir del infierno. Has matado para sobrevivir, pero en el caos, has dejado a Rose (Heather) y a otros vivos. No te importa. Solo quieres huir. Estás corriendo por esta carretera, con la sangre de los Armitage en tus manos, y de repente… las luces.

Michael señaló hacia el final del camino, donde una patrulla de policía esperaba fuera de plano.

—Chris, necesito que te asustes. No es el miedo a los Armitage, es el miedo sistémico. Eres un hombre negro, cubierto de sangre, en una propiedad de blancos ricos en el sur profundo. Sabes que la mayoría de los policías aquí no te creerán. Estás aterrorizado porque sabes que la ley no está de tu lado.

Tienes la esperanza de que sea tu amigo Rod, pero cuando los policías bajan, te das cuenta de que son desconocidos. Blancos.

Chris Rock asintió, su rostro ya transformado por la gravedad del papel.

—Intentas explicarles lo de las fotos, la evidencia de los secuestros, pero no te escuchan —continuó Michael—. Ven a Rose herida, la ven a ella como la víctima. Te llevan preso. Y lo peor, cuando tu amigo Rod llega finalmente al set… llega tarde. Ve la patrulla alejándose. Ve el rastro de destrucción, pero no te ve a ti. Se queda solo en la carretera, sabiendo que nadie le va a creer su historia.

Así es como termina. Nada de finales felices de Hollywood. Solo la cruda realidad.

—Entendido —respondieron todos al unísono, contagiados por la visión sombría de Michael.

Mientras el equipo de iluminación hacía los últimos ajustes, Michael caminó hacia su silla de director. Susan lo esperaba allí con una carpeta de cuero negro, la misma que contenía el futuro operativo de Omnisciente Studios.

—Michael, aquí están —dijo Susan, entregándole la lista de candidatos para tus asistentes personales y de dirección—. He verificado sus antecedentes, sus trabajos de graduación y su disposición para mudarse a Los Ángeles de inmediato.

Naomi Watts, que había estado observando la escena desde la sombra, se acercó con una sonrisa traviesa. Se había convertido en la mano derecha de Michael durante todo el rodaje, manejando la logística y el ánimo del equipo con una eficiencia asombrosa.

—Vaya, vaya —bromeó Naomi, cruzándose de brazos—. Así que ya no me necesitas, ¿eh, Michael? Por eso estás buscando a otros asistentes. ¿Ya te cansaste de mis notas de continuidad y de que te traiga el café perfecto?

Michael soltó una carcajada, sintiendo cómo la tensión del rodaje se aliviaba por un momento. El equipo cercano sonrió ante la interacción.

—Sabes que eso no es verdad, Naomi —respondió Michael, siguiendo la broma pero con una mirada cargada de afecto—. Tú fuiste la primera. Nadie puede reemplazar al “Protocolo Naomi”. Esto es solo para que nos ayuden a los dos; el imperio está creciendo demasiado rápido y quiero que tú estés más tiempo frente a la cámara o coordinando departamentos enteros, no solo cargando carpetas.

—Está bien, te perdono —dijo ella, guiñándole un ojo—. Pero si el nuevo no sabe cómo configurar el monitor de vídeo exactamente como a ti te gusta, no me mires a mí.

Michael abrió la carpeta y empezó a leer los nombres. En su mente, los perfiles se iluminaban con los logros que alcanzarían en la línea de tiempo original. Susan había hecho un trabajo impecable.

Sus ojos se detuvieron en tres nombres específicos que resaltaban como diamantes en bruto:

Patty Jenkins: Su tesis de graduación en AFI había impresionado a Susan. Michael ya estaba pensando en ella para dirigir Monster con Charlize Theron.

Zack Snyder: Su sentido de la composición visual en comerciales era inigualable. Michael lo veía como el jefe ideal para la segunda unidad de acción de sus futuros blockbusters.

Michael tomó un bolígrafo rojo y encerró los tres nombres con un círculo firme.

—Estos dos, Susan —dijo Michael, entregándole la carpeta de vuelta—. Quiero que los traigas a Omnisciente Studios para una entrevista personal. Pero que sea después de los Globos de Oro. No quiero distracciones hasta que pase la ceremonia y sigue buscando más gente .

—Entendido —asintió Susan—. Les diré que es para una posición de alta responsabilidad en un “Proyecto del mismísimo arquitecto”. Eso debería asegurar que no acepten otras ofertas mientras tanto, y sobre más personas tengo otra lista en la oficina solo que traje la primera parte.

Michael asintió se levantó y caminó hacia la cámara principal. El silencio cayó sobre el set como una manta pesada. El frío calaba los huesos, pero nadie se movía.

Chris Rock estaba en posición, jadeando, con la ropa rota y el rostro manchado de hollín y sangre falsa. Heather yacía en el suelo, preparada para interpretar su papel de “víctima engañosa”.

Michael miró a través del visor. Todo estaba perfecto. El encuadre, la neblina, la desesperación que emanaba de Chris.

—Recuerda, Chris —susurró Michael por última vez—. No es solo miedo. Es la injusticia de todo un sistema cayendo sobre tus hombros en un segundo.

Se alejó de la cámara y se sentó en su monitor.

—¡Sonido grabado! ¡Cámara rodando! —gritó el primer asistente.

Michael inhaló el aire frío del bosque, sintiendo el peso de la historia que estaba a punto de cerrar.

—¡Acción!

Chris empezó a correr. Sus pies golpeaban el asfalto con un sonido hueco y desesperado. Cuando las luces azules y rojas de la patrulla bañaron su rostro, Michael vio en el monitor exactamente lo que quería: el terror absoluto de un hombre que sabe que, en ese mundo, la verdad no siempre es suficiente para salvarte. Fue el cierre perfecto para un rodaje que cambiaría el cine de terror para siempre, y el comienzo de una nueva era para Omnisciente, donde los nuevos asistentes de Michael pronto se convertirían en los generales de su guerra por el futuro de Hollywood.

(Perspectiva de Chris Rock – Set de Get Out, Alabama)

Cuando Michael gritó “¡Acción!”, el mundo de Chris Rock dejó de existir. Ya no era el cómico que llenaba estadios con chistes sobre la vida en Brooklyn; era Chris Washington, un hombre cuya alma acababa de ser subastada y cuyo cuerpo era el único trofeo que le quedaba tras una noche de carnicería.

Empecé a correr. Mis pulmones ardían con el aire gélido de Alabama, y cada zancada sobre el asfalto se sentía como si estuviera golpeando mi propia tumba. Michael quería desesperación, y no tuve que fingirla. El cansancio de semanas de rodaje, la presión de ser el protagonista de una “obra maestra” del arquitecto y la oscuridad absoluta del bosque a mis lados me empujaron al límite.

A lo lejos, el destello de las luces azules y rojas cortó la noche. Por un segundo, sentí un alivio primitivo. “La policía”, pensé. Pero inmediatamente, la voz de Michael durante los ensayos resonó en mi cabeza: “Recuerda quién eres y dónde estás”.

Me detuve en seco, con el pecho subiendo y bajando violentamente. Mis manos estaban cubiertas de sangre falsa, pegajosa y fría.

Cuando la patrulla se detuvo frente a mí, no levanté las manos con esperanza. Las levanté con el terror de quien sabe que la ayuda puede ser tan peligrosa como el asesino.

—¡No disparen! ¡Por favor! —grité, mi voz quebrada por el llanto y el agotamiento—. En la casa… hay una cámara… hay fotos. Yo las revelé. ¡Es evidencia! Tienen que ver el sótano… ¡tienen que ver lo que le hicieron a un compañero mío!

Los dos patrulleros bajaron con las linternas cegándome. Eran dos hombres blancos, de rostros impasibles, que no veían a una víctima; veían a un hombre negro cubierto de sangre en una carretera desierta. Intenté acercarme, balbuceando sobre los Armitage, sobre Rose, sobre el abuelo.

—¡Cállate y al suelo! —gritó uno de ellos.

En ese momento, vi cómo el policía principal se alejaba un poco hacia el borde de la carretera. Rose (Heather) estaba allí, gimiendo, fingiendo una agonía perfecta. El “Abuelo”, en el cuerpo del jardinero, apareció cojeando desde las sombras, con una mirada gélida que solo yo entendía. Hablaron con el oficial. No podía oír lo que decían, pero vi la expresión del policía cambiar de la sospecha a la convicción.

Regresó hacia mí con las esposas en la mano.

—Estás bajo arresto por asalto y sospecha de homicidio —dijo con una frialdad que me heló la sangre más que el clima.

Sentí el metal frío cerrarse en mis muñecas. En ese momento, no estaba actuando. Sentí una impotencia tan real que las lágrimas que rodaron por mis mejillas eran auténticas.

Sabía que la escena continuaba, que la cámara de Michael seguía rodando desde un ángulo bajo, capturando mi derrota total. Me metieron en el asiento trasero de la patrulla. Mientras el auto arrancaba, vi por la ventanilla trasera cómo la casa de los Armitage quedaba atrás, sumida en un silencio cómplice.

Después de lo que parecieron horas, pero fueron solo minutos de rodaje intenso, Michael no gritó “corte” de inmediato. El coche se detuvo fuera de cuadro y me dejaron bajar. Caminé hacia el monitor, todavía esposado por la inercia del momento, para ver el final de la secuencia.

Llegó la segunda patrulla. De ella bajó el otro Chris (Rod), mi mejor amigo en la película. Su rostro era un mapa de ansiedad. Vio los cadáveres en el césped, vio la sangre en la entrada. Entró corriendo a la casa, buscando evidencia, buscando las fotos de las que yo le había hablado por teléfono. Pero Michael había dispuesto que todo estuviera limpio. No había cámaras, no había sótano quirúrgico, no había rastro de la subasta.

Rod salió a la carretera, solo. Miró a su alrededor, dándose cuenta de que yo ya no estaba, de que me habían llevado y de que, legalmente, yo era el único monstruo de esa noche. La cara de Chris lo decía todo: nadie nos iba a creer. Éramos dos hombres negros contra la palabra de una dinastía de blancos en el sur. Éramos fantasmas en un sistema que no quería vernos.

—¡CORTE! —el grito de Michael Relish desgarró el silencio del bosque—. ¡Se acabó! ¡Hemos terminado el rodaje principal de Get Out!

El set, que un segundo antes era un lugar de terror y desesperación, estalló en un aplauso ensordecedor. Vi a los técnicos soltar los cables, a los asistentes de cámara abrazarse y a Susan sonreír mientras tachaba la última línea del plan de rodaje.

Me quité las esposas y respiré hondo. Al principio, cuando Michael me ofreció este papel, pensé que era una locura. ¿Yo? ¿Haciendo terror psicológico? Pero mientras veía a Michael caminar hacia mí con esa sonrisa de satisfacción pura, lo entendí todo.

Esta no era una película de miedo convencional. Era un espejo de la realidad, pulido con la perfección técnica de un hombre que venía del futuro.

—Chris, has estado increíble —dijo Michael, dándome un fuerte abrazo—. Ese momento en la patrulla… vas a hacer que el público se levante de sus asientos de pura rabia. Eso es lo que necesitaba la película.

—Gracias, Michael —respondí, todavía un poco aturdido—. Es la cosa más loca y real en la que he trabajado. Si esta película no causa un terremoto en Hollywood, es que la gente está muerta por dentro.

Vi a Naomi acercarse a Michael, dándole un beso en la mejilla y entregándole un abrigo. Todo el mundo estaba recogiendo el equipo, felicitándose, riendo. El contraste entre la oscuridad de la película y la alegría del equipo era asombroso. Michael Relish lo había logrado de nuevo. Había tomado un concepto arriesgado, en medio de una guerra contra las agencias y su propia vida privada cayéndose a pedazos, y lo había convertido en arte puro.

Mientras caminaba hacia mi camerino para quitarme la sangre falsa, miré hacia atrás por última vez. Michael estaba en el centro del grupo, iluminado por una sola luz de trabajo, el Arquitecto celebrando su última construcción. Sabía que, a partir de mañana, empezaba la verdadera batalla en los Globos de Oro, pero por esta noche, todos éramos invencibles. Habíamos terminado de rodar la película que, estaba seguro, cambiaría mi vida y la de todos los presentes para siempre.

Estudios de la NBC, Burbank, California – 18 de Enero de 1996, 17:30 PM

El olor en los pasillos de la NBC era una mezcla de café industrial, laca para el cabello y ese perfume invisible que emana el poder televisivo. Elizabeth Banks estaba sentada frente al espejo de su camerino privado, observando cómo un maquillador de élite aplicaba una última capa de polvos traslúcidos sobre sus pómulos.

Llevaba un vestido de seda azul medianoche, elegante pero lo suficientemente sobrio como para proyectar una imagen de madurez y seriedad profesional. A su lado, Richard Lovett revisaba su reloj de oro, paseando de un lado a otro como un general antes de una invasión.

—Recuerda, Elizabeth —dijo Lovett, deteniéndose tras ella—. Jay va a intentar ser tu amigo. Se reirá de tus chistes, te inclinará la cabeza con simpatía… pero su trabajo es conseguir el titular. Tú mantente en el guion.

Eres una artista en transición. Estás agradecida por el pasado, pero entusiasmada por el futuro. No menciones la palabra “tecnología” a menos que sea necesario. Queremos que te vean a ti, no a los efectos especiales de Michael.

Elizabeth asintió, aunque sentía un nudo en el estómago que ni siquiera las clases de actuación de Lee Strasberg podían disipar.

—Lo tengo, Richard. Sé cómo funciona esto.

—Cinco minutos, señorita Banks —anunció un asistente de producción, asomando la cabeza por la puerta.

La música de The Tonight Show Band estalló con una energía vibrante. Jay Leno, con su mandíbula característica y su traje impecable, hizo su monólogo habitual antes de presentar a su invitada estrella.

—Nuestra siguiente invitada es la mujer de la que todo el mundo habla en Hollywood —dijo Leno, mirando a la cámara con una sonrisa pícara—. Protagonista de la película más exitosa del momento, OBLIVION, y una actriz que está tomando las riendas de su propio destino. ¡Demos la bienvenida a la encantadora Elizabeth Banks!

Elizabeth salió al escenario entre una ovación atronadora. Caminó con la gracia que Michael le había enseñado a proyectar, saludando al público y estrechando la mano de Jay antes de hundirse en el famoso sofá de cuero.

—¡Vaya recibimiento, Elizabeth! —comenzó Jay, acomodándose en su silla—. Debo decirte que te ves fantástica. ¿Cómo te trata la vida en esta nueva etapa?

Elizabeth sonrió, cruzando las piernas con elegancia.

—Gracias, Jay. Me siento muy bien. Es un momento de mucho crecimiento, tanto personal como profesional. Estoy muy agradecida por todo el cariño que el público le está dando a OBLIVION. Es increíble ver las salas llenas.

—Hablando de OBLIVION —Leno se inclinó hacia adelante—, es una película revolucionaria. Has trabajado muy de cerca con Michael Relish desde su primera película. Todo el mundo sabe que ustedes eran el “equipo de ensueño”. ¿Cómo ha sido ese proceso de rodaje? ¿Es tan intenso como dicen?

Elizabeth respiró hondo, recordando las advertencias de Lovett.

—Michael es un visionario, no hay duda de eso. Trabajar en sus sets es como estar en un laboratorio del futuro. Es una experiencia única. Aprendí muchísimo sobre la disciplina y la técnica. Fue un viaje increíble que siempre atesoraré.

—Pero ahora has decidido tomar un camino diferente —continuó Leno, buscando el ángulo del conflicto—. Te has unido a CAA y se rumorea que tienes varios proyectos grandes en camino. ¿Sentiste que era el momento de… digamos, salir del laboratorio y volver al drama humano?

Elizabeth asintió, manteniendo la compostura.

—Creo que cada artista llega a un punto en el que necesita explorar nuevos horizontes. Me encanta la ciencia ficción, pero también tengo hambre de historias que se centren puramente en la emoción, en las relaciones, en la vulnerabilidad sin distracciones visuales. Richard Lovett y mi nuevo equipo en CAA me están apoyando en esa búsqueda de mi propia voz como actriz independiente.

—Tengo que preguntarte esto, Elizabeth, porque mis tarjetas de producción están ardiendo —dijo Leno, provocando risas en la audiencia—. Estás soltera por primera vez en mucho tiempo. ¿Cómo se siente ser la soltera más codiciada de Hollywood? ¿Hay algún nuevo pretendiente en el horizonte?

Elizabeth soltó una risa ligera, casi musical.

—Jay, de verdad, mi único pretendiente ahora mismo es mi montón de guiones. Estoy tan enfocada en el trabajo que apenas tengo tiempo para pensar en citas. Estar soltera me ha dado un espacio para reconectar conmigo misma, con mis amigos y con mi familia. Es un tiempo de autorreflexión que realmente necesitaba.

—Bueno, eso suena muy saludable —concedió Leno—. Y hablando de celebraciones, los Globos de Oro están a la vuelta de la esquina. Estás nominada por OBLIVION. ¿Qué esperas de esa noche? ¿Ya tienes el vestido listo?

—¡Oh, el vestido es un secreto de estado! —bromeó ella—. Pero sí, estoy muy emocionada. Los Globos de Oro son especiales porque celebran tanto el cine como la televisión. Estar nominada junto a actrices que he admirado toda mi vida es el verdadero premio. Independientemente de lo que pase esa noche, me siento ganadora por haber formado parte de una película que ha conectado tanto con la gente.

—Se rumorea que ya tienes algo bajo la manga —dijo Leno, bajando el tono de voz como si compartiera un secreto—. ¿Puedes decirnos algo sobre tu nuevo trabajo? ¿Es algo que nos hará llorar o nos hará saltar de los asientos?

Elizabeth miró a Lovett, que estaba entre el público, y luego volvió a Leno.

—Estoy en proceso de desarrollar un nuevo proyecto dramático. No puedo dar muchos detalles todavía, pero puedo decirte que es una historia profundamente humana. Se aleja de “tecnología o oscuras” y se sumerge en las complejidades del corazón y las rupturas, en cómo nos reconstruimos después de que todo cambia. Es un papel que me exige mucho emocionalmente y no puedo esperar a compartirlo con ustedes.

—Bueno, estaremos esperando —concluyó Leno, estrechándole la mano nuevamente—. Elizabeth Banks, señoras y señores. ¡Vayan a ver OBLIVION si aún no lo han hecho!

Cuando las luces del estudio se atenuaron y Elizabeth regresó a su camerino, se dejó caer en la silla, exhalando todo el aire que parecía haber estado reteniendo. Richard Lovett entró un segundo después, aplaudiendo suavemente.

—Brillante, Elizabeth. Absolutamente brillante. Has manejado la pregunta sobre Michael con una clase que lo hace parecer a él como el “técnico” y a ti como la “artista”. La prensa se va a comer esas frases sobre el “drama humano”.

—¿De verdad lo crees, Richard? —preguntó ella, mirándose en el espejo. Su reflejo se veía perfecto, pero sus ojos delataban una sombra de duda.

—Lo sé —afirmó Lovett—. Mañana los titulares no hablarán de la ruptura de Relish, hablarán del nacimiento de la estrella independiente Elizabeth Banks. Has dado el primer paso para dejar de ser una musa y empezar a ser una leyenda.

Elizabeth forzó una sonrisa. Por fuera, era la viva imagen del éxito, el nuevo rostro dorado de CAA. Pero por dentro, mientras las palabras de Leno sobre el “laboratorio del futuro” seguían resonando en su cabeza, no podía evitar preguntarse si las historias sobre “el corazón humano” que Lovett le prometía serían suficientes para llenar el vacío que dejaba la ambición de Michael. Sin embargo, no había vuelta atrás. El foco estaba sobre ella, y en Hollywood, una vez que la entrevista termina, el papel ya es tuyo para siempre.

Residencia de Michael Relish, Los Ángeles – 18 de Enero de 1996, 23:35 PM

El salón principal de la mansión de Michael estaba sumergido en una penumbra azulada, solo interrumpida por el resplandor de la enorme pantalla de alta definición —un prototipo de Omnisciente que superaba cualquier televisor comercial de la época—.

El rodaje de Get Out había terminado hace apenas unas horas, y el equipo disfrutaba de un breve respiro antes de la tormenta de los Globos de Oro.

Michael estaba sentado en el centro del sofá, con una libreta de notas sobre las rodillas. A su izquierda, Naomi Watts observaba la pantalla con una expresión indescifrable, sosteniendo una copa de vino tinto. A su derecha, Cameron Diaz, con las piernas encogidas, no despegaba la vista de la imagen de Elizabeth Banks sonriendo ante las bromas de Jay Leno.

En la pantalla, Elizabeth acababa de responder sobre su “hambre de historias humanas”. Jay Leno reía, y el público aplaudía con entusiasmo.

—Lo hace bien —comentó Cameron en voz baja, rompiendo el silencio—. Lovett la ha entrenado para que parezca que ella es la que se alejó de ti por integridad artística, no por un contrato de agencia.

Michael no respondió de inmediato. Sus ojos seguían los micromovimientos de Elizabeth: la forma en que ladeaba la cabeza, el ligero titubeo antes de mencionar la palabra “tecnología”. Él conocía cada matiz de su actuación; después de todo, él la había dirigido en sus momentos más vulnerables.

—No es ella la que habla —dijo Michael finalmente, su voz tranquila pero analítica—. Es el guion de CAA. “Historias que se centren puramente en la emoción”. Richard está intentando pintar mi cine como algo frío, mecánico, carente de alma. Está usando a Elizabeth como el rostro de la “resistencia” contra la tecnología que sale en OBLIVION.

Naomi bebió un sorbo de vino y dejó la copa sobre la mesa de centro.

—Dice que su nuevo proyecto es sobre “las complejidades del corazón y las rupturas”. Es un ataque directo a OBLIVION, Michael. Está sugiriendo que lo que hicimos juntos fue superficial.

—Deja que lo diga —respondió Michael, esbozando una sonrisa casi imperceptible—. Cuanto más intente alejarse de la “historias con tecnología”, más se encerrará en el nicho del drama convencional. Richard cree que el prestigio se mide en lágrimas de actuación; yo sé que el prestigio se mide en el impacto cultural duradero.

Mientras Elizabeth hablaba en la televisión sobre “reconstruirse después de que todo cambia”, Michael empezó a escribir febrilmente en su libreta. No escribía sobre ella, ni sobre su despecho. Escribía sobre la transformación.

La imagen de Charlize Theron colándose en su oficina regresó a su mente con una fuerza renovada. Charlize le había dicho que no tenía miedo de las sombras. Elizabeth, en la pantalla, lucía radiante, perfecta, envuelta en seda azul. Era la imagen de la belleza estática que Hollywood adoraba premiar.

—Ella quiere drama humano… —murmuró Michael, mirando fijamente a Elizabeth en el televisor—. Le daré drama humano, pero no el que ella espera.

Michael visualizó a Charlize Theron, pero no con la belleza de una estrella, sino despojada de todo glamour. Recordó la historia de Aileen Wuornos, la mujer que se convertiría en el eje de Monster. Si Elizabeth quería jugar al juego del “prestigio dramático”, Michael le demostraría que él podía producir un drama más crudo, más visceral y más premiable que cualquier cosa que CAA pudiera cocinar en sus oficinas de cristal.

—Naomi, llama a Susan mañana a primera hora —ordenó Michael sin apartar la vista de la pantalla—. Dile que acelere la búsqueda de Patty Jenkins. Quiero que el guion de Monster esté listo para que Charlize lo lea antes de que termine el mes.

Naomi lo miró con sorpresa.

—¿Vas a lanzar un drama biográfico ahora? Pensé que tu prioridad era Spider-Man y la expansión de los juegos nuevos de Japón.

—Lo es —confirmó Michael—. Pero este es el golpe de flanco. Lovett cree que puede acaparar el mercado de los premios con Elizabeth. Yo voy a demostrar que Omnisciente Studios puede ganar un Oscar por actuación pura usando a una actriz que ellos ni siquiera tienen en su radar. Quiero que vean cómo una verdadera transformación se ve en pantalla. Mientras Elizabeth actúa sobre rupturas en vestidos caros, Charlize se convertirá en un monstruo.

Cameron soltó una pequeña risa, recostando la cabeza en el hombro de Michael.

—Eres un hombre peligroso cuando te proponen un reto, Michael. Pobre Elizabeth… cree que está ganando esta ronda porque salió en el programa de Leno.

—No se trata de ella, Cam —dijo Michael suavemente—. Se trata del estándar. Ella dice que la tecnología distrae de la emoción. Yo voy a usar mi plataforma para demostrar que puedo manejar ambas con la misma maestría. Si Lovett quiere guerra de prestigio, tendrá la madre de todas las guerras.

Naomi observó a Elizabeth por última vez antes de que el programa pasara a comerciales.

—Se ve triste, Michael. Debajo de todo ese maquillaje y la sonrisa de CAA, sus ojos no mienten. Sabe que está mintiendo sobre lo que sentía en el set.

Michael cerró su libreta con un golpe seco.

—En Hollywood, la verdad es lo que el público cree. Y esta noche, el público cree que ella es libre. Mañana, mi trabajo es asegurar que el mundo sepa que la verdadera libertad artística no está en una agencia, sino en la visión que se atreve a ser fea, real y tecnológica al mismo tiempo.

Michael se levantó y apagó el televisor. El silencio regresó a la habitación, cargado con el peso de las decisiones tomadas. Naomi y Cameron se miraron; sabían que cuando Michael entraba en ese estado de “foco absoluto”, el mapa de Hollywood estaba a punto de cambiar.

—Vayamos a dormir —dijo Michael—. Los Globos de Oro son en unos días. Tenemos que estar listos para caminar por esa alfombra roja. Lovett espera que estemos a la defensiva por lo que ella dijo hoy.

—¿Y qué haremos? —preguntó Cameron con curiosidad.

Michael se dirigió hacia las escaleras, deteniéndose un momento para mirarlas.

—Haremos lo que mejor sabemos hacer: ignorar el ruido y dejar que el trabajo hable por nosotros. Pero mantened la vista en Charlize. Ella es la pieza que Lovett no vio venir.

Mientras las luces de la mansión se apagaban una a una, el guion de Monster empezaba a tomar forma en la mente de Michael. Elizabeth Banks había intentado usar su “momento estelar” para distanciarse del Arquitecto, pero sin saberlo, le había dado la clave para su siguiente gran victoria. La guerra entre el “drama humano” y la “tecnología negra” acababa de encontrar su campo de batalla, y Michael Relish ya había decidido quién sería la ganadora.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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