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En la cama con el cuñado de mi ex - Capítulo 79

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  3. Capítulo 79 - 79 Capítulo 79 Sin sangre compatible
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79: Capítulo 79: Sin sangre compatible 79: Capítulo 79: Sin sangre compatible POV de Eric
El pasillo se sentía más frío que una tumba.

No provenía ni un solo sonido de las puertas del quirófano, pero el silencio me gritaba más fuerte que cualquier aullido.

Mis padres estaban de pie frente a mí, mirándome como si ya no reconocieran al hijo que criaron.

—Has perdido el juicio por completo —dijo finalmente mi padre, con la voz temblorosa mientras me señalaba—.

¿Destruir a tu propia sangre por una mujer cualquiera?

No.

No vamos a tolerar esto.

Levanté la cabeza lentamente.

—Entonces, pónganse en mi contra —repliqué en voz baja—.

A ver hasta dónde les lleva eso.

—En el momento en que las palabras salieron de mi boca, mi control se quebró.

La oscuridad inundó mi visión.

Mi lobo se abalanzó hacia adelante y mi poder Alfa estalló hacia afuera como una tormenta que se desata.

El aire se espesó.

Las paredes parecieron temblar.

Bella gritó.

Se agarró el pecho y se derrumbó, llorando como si algo en su interior estuviera siendo desgarrado.

Lo sentí al instante: el vínculo entre ella y la manada se rompía.

El exilio.

Solo un Alfa podía hacer eso.

Yo.

—¡No…, no…, Eric, para!

—sollozó, retorciéndose en el suelo.

Mis padres tampoco se libraron.

Se doblaron de dolor, jadeando, con los rostros desprovistos de color.

Una vez, ellos gobernaron esta manada.

Pero esa época había terminado.

La autoridad ya no les pertenecía.

—Por favor…, basta… —suplicó mi madre débilmente—.

Eric…, nos vas a matar…
Retiré el poder.

La presión desapareció, dejando a todos temblando y empapados en sudor frío.

Me acerqué a mi padre, con la voz tranquila pero letal.

—Te lo advertí —dije—.

En ese entonces, no entendía lo que Elena significaba para mí.

Dudé.

Y tú usaste esa duda para hacerle daño.

Todos ustedes lo hicieron.

—Mi mirada se endureció—.

Ese error se acaba ahora.

Nadie volverá a ponerle un dedo encima.

Ni tú.

Ni ella.

Ni nadie.

Sin excepciones con la familia.

Mi padre se enderezó lentamente, con el odio ardiendo en sus ojos.

—Eres un retorcido —escupió—.

Siempre lo fuiste.

Nunca nos quisiste.

Nunca fuiste normal.

Bella negó con la cabeza violentamente.

—¡Papá, para!

¡Eso no es verdad!

Pero no sentí nada.

Ni escozor.

Ni remordimiento.

Solté una risa fría.

—Interesante —dije—.

Cuando ganaba batallas y hacía que esta manada fuera temida, era su orgullo.

Su hijo perfecto.

Pero en el segundo en que dejé de bailar a su son, me convertí en un monstruo.

—Ladeé la cabeza—.

Díganme, ¿qué clase de padres solo quieren a su hijo cuando es útil?

Mi madre replicó, con la voz afilada por el miedo.

—¡Te criamos!

¡Te lo dimos todo!

¿Cómo íbamos a saber que te convertirías en algo tan desalmado?

¡Esta oscuridad es culpa tuya, no nuestra!

Le sostuve la mirada sin pestañear.

—Tienes razón en una cosa… Soy oscuro.

Pero nunca intentaron ayudarme.

Solo disfrutaron del poder que les traje.

Del respeto.

Del trono.

—Mi voz se hizo más grave—.

Elena fue la única que me vio como algo más que un arma.

Así que sí, la elijo a ella.

Siempre.

Mis padres abrieron la boca de nuevo, pero de repente Bella se levantó, con los ojos encendidos.

—¡Basta!

—gritó.

Se quedaron helados.

—No importa qué más haya pasado —dijo con tensión—, Elena me ha salvado la vida hoy.

Se está desangrando mientras ustedes discuten aquí.

No permitiré que malgasten ni un segundo más.

—Los agarró a ambos, ignorando sus protestas, y los arrastró por el pasillo.

El pasillo por fin se vació.

Me quedé allí solo, mirando fijamente las puertas del quirófano.

Me ardía el pecho.

Mi lobo se paseaba inquieto en mi interior, hambriento de destrucción, de cualquier cosa para acallar el miedo que me arañaba los huesos.

«No te mueras», pensé sombríamente.

«Solo tú decides cuándo termina nuestro contrato».

—¿Alfa…?

—La voz atravesó mis pensamientos como el hielo.

Parpadeé y me di cuenta de que Nora estaba allí de pie, con el horror grabado en sus facciones.

—¿Alfa… está…, está usted bien?

—Fue solo entonces cuando me fijé en mis manos.

Había apretado los puños con tanta fuerza que mis uñas se habían clavado en las palmas.

La sangre se acumulaba y goteaba sobre el suelo impoluto.

Un dolor agudo y ardiente me recorrió los dedos.

—Usted…, usted está herido —susurró, con la voz temblorosa—.

Yo… yo debería buscar a una enfermera…
—No —espeté, ignorando el escozor.

No me importaba la sangre.

No me importaba el dolor.

Clavé mis ojos en ella.

—¿Has contactado a su familia?

Nora vaciló, bajando la mirada al suelo.

—Lo… lo he intentado.

Su abuela es la más cercana, pero su tipo de sangre no es compatible.

Rastreamos a su padre en la Manada Pinohelado y… —tragó saliva—, tampoco es compatible.

Sentí la furia crecer como un incendio forestal en mi pecho.

La Diosa Luna no la estaba cuidando esta noche, y eso me dio ganas de destrozar algo.

Volví a apretar los puños, brotando sangre fresca, con el sabor metálico del hierro intenso en el aire.

Necesitaba una victoria.

Necesitaba esperanza.

—Entonces, encuentra a su madre —gruñí, con mi voz grave y peligrosa—.

¿A qué estás esperando?

Nora se estremeció.

Le temblaron las manos.

—Por… por eso he venido, de hecho, Alfa.

Me quedé helado.

Cada músculo se tensó.

—Explica.

—Yo… no podemos encontrar a su madre —admitió, con una voz que apenas era un susurro.

Las palabras me golpearon como un puñetazo.

Mi corazón latió dolorosamente en mi pecho.

Apreté la mandíbula.

—¿Qué quieres decir con que no pueden encontrarla?

—mi tono fue cortante, peligroso y frío.

—Tiene que entenderlo, Alfa —tartamudeó Nora—.

He agotado todos los recursos.

Todos los contactos.

Todas las pistas que podíamos seguir.

Lo único que sabemos es su nombre, Maurine, y que una vez vivió en la Manada Pinohelado.

Pero después de que se fue de casa… desapareció.

Por completo.

Ni registros, ni avistamientos, nada.

Imposible, y sin embargo la evidencia estaba frente a mis ojos.

Mi lobo gruñó en mi pecho, primario e inquieto.

Los recursos de la manada eran vastos.

Mi influencia se extendía por varias naciones.

Nadie desaparece sin más del mundo sin dejar rastro.

Golpeé la pared con el puño, y el eco retumbó por el pasillo.

—¡Entonces, busca más a fondo!

—ladré—.

¡No me importa cuánto tiempo lleve!

¡No me importa a quién tengas que llamar o a quién tengas que amenazar!

¡Si alguna vez pisó esta tierra, la encontraré!

Nora volvió a estremecerse, asintiendo rápidamente.

—S-Sí, Alfa.

Ampliaré la búsqueda de inmediato.

No me moví.

No podía dejar de pensar en ella.

En Elena, tumbada en esa mesa, luchando por su vida.

Y en la chica cuya madre se había desvanecido, la misma chica que me había provocado esta oleada de ira y miedo impotentes.

Si la Diosa Luna nos había abandonado esta noche, tomaría el asunto en mis propias manos.

Doblegaría el mundo si fuera necesario.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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