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En la cama con el cuñado de mi ex - Capítulo 94

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94: Capítulo 94 Mi única opción 94: Capítulo 94 Mi única opción POV de Elena
Amanecí fría y dolorida, y la luz del sol se derramaba por una ventana alta como si no le importara lo que había ocurrido la noche anterior.

Mi hombro palpitaba con ferocidad mientras me obligaba a incorporarme y me apoyaba en la pared.

La casa de la manada estaba en silencio ahora.

Caminé de vuelta hacia el pasillo principal con piernas temblorosas.

Los guardias que había fuera de la suite de Eric ya no estaban.

El corazón me dio un vuelco.

Me acerqué, cada paso cauteloso, esperanzada y aterrorizada, hasta que oí voces dentro.

La puerta no estaba del todo cerrada.

Y lo que fuera que estuviese a punto de escuchar…, sabía que lo cambiaría todo.

Me detuve en seco al oír unas voces que se filtraban por la puerta entreabierta.

—…Es un alivio verte de nuevo, Sara —dijo una voz grave y envejecida, la del padre de Eric—.

Esta manada ha estado desequilibrada desde que te fuiste.

Su madre ni siquiera intentó ocultar la emoción en su tono.

—La casa no ha sido la misma sin ti.

Dime que no te vas a ir otra vez.

Por favor.

Sara respondió suavemente, casi disculpándose.

—He pensado en ustedes dos más veces de las que puedo contar.

Pero no he vuelto para quedarme.

Solo estoy aquí para limar asperezas entre Eric y el Alfa Magmus.

Una vez hecho eso, seguiré mi camino.

Le siguió una brusca inhalación.

—¿Por qué te marcharías otra vez?

—insistió la antigua Luna—.

¿Sabes en lo que se convirtió Eric después del divorcio?

Cayó en picado.

Se dio a la bebida y a las pastillas.

Se lanzaba a practicar deportes peligrosos como si no le importara vivir o morir.

Estaba aterrorizada cada vez que sonaba el teléfono.

Se me cortó la respiración.

¿Drogas?

¿Alcohol?

Las rodillas casi se me doblaron.

Nunca me lo había contado.

Ni una sola palabra.

Lo había enterrado todo tan hondo que ni siquiera lo había sospechado.

Sara guardó silencio un momento antes de volver a hablar.

—No voy a fingir que el pasado no significó nada.

Una vez lo fuimos…

todo el uno para el otro.

Pero de eso hace mucho tiempo.

La vida de Eric ya no es la misma.

Ahora tiene a alguien, Elena Grey, si no me equivoco.

La reacción fue instantánea.

—Ah, ni la menciones —espetó el viejo Alfa—.

Sigo sin entender qué ve en esa chica.

Sin refinamiento, sin pedigrí, nada digno de la pareja de un Alfa.

Sea cual sea el hechizo que le haya lanzado, no durará.

Su mujer bufó con amargura.

—Es completamente inadecuada.

De orígenes débiles, con una pésima crianza.

Ella no pertenece a este lugar.

La voz de Sara denotaba conflicto.

—Pero él la eligió.

Nunca hizo pública nuestra relación y, sin embargo, con ella no dudó.

Eso tiene que significar algo.

No quiero entrometerme donde no debo.

—Querida mía, eso solo demuestra lo ingenua que eres —dijo la Luna con urgencia—.

Esa chica debe de haberlo presionado.

Las mujeres como esa no tienen vergüenza.

Si todavía te importa, no deberías apartarte.

Eres la única mujer que alguna vez ha estado realmente a su altura; en fuerza, en estatus y en espíritu.

Se me nubló la vista.

A su altura.

Igual a él.

Me presioné la mano contra el pecho mientras las palabras caían sobre mí, pesadas y definitivas.

De pie allí, sin que me vieran, escuchando a la gente que había moldeado el mundo de Eric rechazarme con tanta facilidad, comprendí algo con una claridad aterradora.

Nunca había estado compitiendo contra Sara.

Me habían comparado con ella y el resultado era que yo no estaba a la altura.

Traté de permanecer en silencio, inmóvil en el umbral de la puerta, intentando no hacer ni un ruido.

Pero en el momento en que el viejo Alfa y la Luna me descubrieron, sus expresiones se afilaron como cuchillos.

—Vaya, vaya —dijo el viejo Alfa, con la voz chorreando desprecio—.

¿Y esta quién es?

¿Una niñata que se atreve a plantarse aquí, en nuestra casa?

—Parece…

débil —añadió su mujer, con un tono que era una mezcla de asco e incredulidad—.

Frágil.

Herida.

No es en absoluto el aspecto que debería tener la compañera de un Alfa.

No me imagino por qué Eric le permite siquiera estar aquí.

Abrí la boca para defenderme, pero se me secó la garganta.

Las piernas amenazaron con fallarme.

Entonces, Sara dio un paso al frente, deslizándose hacia mí como una depredadora, con una sonrisa fría y calculadora.

—Ah, Elena —dijo, ladeando la cabeza—.

Deberías aprender a reconocer cuál es tu lugar.

Ahí parada, intentando darte importancia, intentando entrometerte con gente que está muy por encima de tu posición…

—Se inclinó más cerca, y su voz se redujo a un susurro venenoso—: Es patético.

Realmente patético.

No deberías estar ni cerca de él.

Vete.

Lárgate antes de que te pongas más en evidencia.

Apreté los puños a los costados.

Quería gritar, decirle que no me iba a ninguna parte, que tenía todo el derecho a estar aquí, pero hasta el último de mis instintos me decía que estaba sola en esa sala de poder, rodeada de gente que no me consideraba digna.

Los ojos de Sara brillaron con satisfacción.

—Sinceramente, Elena, apártate y ya.

Deja de fingir que importas en su vida.

Deja que los adultos se encarguen de lo que él necesita.

Estás herida, eres débil y esta situación te supera por completo.

Haznos un favor a todos y desaparece.

Quería llorar.

Quería pelear.

Pero las palabras murieron en mi garganta mientras los padres del Alfa asentían, con una aprobación presuntuosa grabada en sus rostros.

Sentí que las paredes se cerraban a mi alrededor.

Y entonces…

La puerta interior se abrió con un crujido.

Eric salió.

No podía respirar.

Alivio, miedo, esperanza, todo enredado como una tormenta en mi pecho.

Contempló la escena con una mirada aguda y evaluadora.

Su vista se posó primero en mí, insistente y firme.

Luego pasó a sus padres y a Sara.

Su voz, cuando por fin habló, era tranquila, pero cada palabra fue como un latigazo.

—Ya basta.

El viejo Alfa se inmutó, y sus hombros se tensaron.

Su mujer apretó los labios hasta formar una fina línea.

Sara también se enderezó, y su máscara de confiada superioridad flaqueó por primera vez.

Eric dio un paso lento hacia mí.

—Elena —dijo en voz baja, pero había acero bajo su dulzura—.

Ven aquí.

Crucé la habitación sin dudarlo, dejando que me atrajera hacia sus brazos.

Todo; la humillación, el miedo, el dolor de las últimas horas, se desvaneció al hundir el rostro en su pecho.

—He oído cada palabra —dijo él, con voz baja y cortante, señalando a Sara—.

Todo.

Y no creas ni por un segundo que voy a escuchar mentiras sobre ella.

Ni ahora.

Ni nunca.

La sonrisa de Sara flaqueó.

—Eric…

—No quiero oírlo —espetó él, clavando en ella su mirada gélida—.

Elena es a quien quiero a mi lado.

En quien confío.

La que me importa.

Y cualquiera que intente avergonzarla, menospreciarla o apartarla de mi lado tendrá que vérselas conmigo primero.

A Sara le tembló la mandíbula, pero se obligó a recuperar esa máscara de compostura.

—Solo intentaba ayudar.

La mirada de Eric barrió a Sara, afilada e inflexible.

—Y quiero darte las gracias…

por lo que hiciste anoche.

Ella ladeó la cabeza, y una sonrisa tranquila y mesurada se dibujó en sus labios.

—No fue nada.

Lo hice incontables veces cuando estábamos casados.

Ya lo sabes.

Me alegró poder ayudar.

—Ese es exactamente el problema —su voz se tornó fría, distante y rotunda—.

Ya no estamos casados.

Y no te corresponde intervenir de esa manera.

Es a Elena a quien quiero conmigo.

La única.

Los ojos de Sara parpadearon, y esa máscara impecable vaciló por una fracción de segundo.

Vi cómo se le tensaba la mandíbula, un músculo crispándose mientras se obligaba a recuperar el control.

Se le formó una sonrisa pequeña y forzada, pero no le llegó a los ojos.

—Eric…, no tienes por qué ser tan duro.

Aunque estemos divorciados, aún podemos…

—No —la interrumpió él bruscamente, con voz baja y mortalmente calmada—.

Hasta los amigos necesitan límites.

Y estoy seguro de que a Elena no le importará estar aquí cuando la necesite, ¿a que no?

—Sus ojos grises se clavaron en los míos, escrutadores y firmes.

Sentí que el pecho se me henchía, con el corazón a punto de estallar por la abrumadora mezcla de amor y alivio.

—Yo…, siempre estaré aquí para ti —susurré, apretándole la mano con fuerza—.

Haré lo que sea que necesites.

La mirada de Sara descendió hasta nuestras manos entrelazadas.

Durante una fracción de segundo, percibí un destello de algo afilado y amargo en sus ojos antes de que lo ocultara con esmero tras su sonrisa.

—Por supuesto —dijo, con la voz suave de nuevo—.

Tiene sentido.

Querrás tener a tu novia cerca.

Pero Elena aún no es lo bastante fuerte…

está herida.

Por eso pensé que era mejor que yo me encargara de todo anoche.

—Precisamente por eso necesita recuperarse rápido, ¿verdad?

—dijo Eric, con la voz tensa y cargada de advertencia—.

Para eso es para lo que estás aquí en realidad, ¿o no?

Se hizo un silencio tenso.

Las mejillas de Sara se sonrojaron levemente; parecía que la habían pillado y se la veía incómoda.

La mirada de Eric se endureció.

—Y ahora, ¿dónde está el Alfa Magmus?

Necesito hablar con él ya mismo.

—…Voy a buscarlo —dijo Sara en voz baja, con la voz despojada de toda pretensión.

Sin decir nada más, se dio la vuelta y se marchó, dejando la habitación cargada de verdades tácitas.

En cuanto la puerta se cerró con un clic tras Sara, me volví hacia Eric sin pensar y me abracé a él.

El alivio, el miedo y el agotamiento chocaron en mi interior.

—Gracias —susurré, hundiendo el rostro en su pecho.

Me sujetó con firmeza, con la barbilla apoyada en mi coronilla.

—Lo siento —murmuró—.

Debería haber estado aquí anoche.

Lamento que tuvieras que enfrentarte a todo eso tú sola.

Abrí la boca, pero antes de que pudiera responder, la puerta se abrió de nuevo de par en par.

Sara volvió a entrar en la sala, flanqueada por un hosco Alfa Magmus cuya oscura mirada rasgó la tensión como una cuchilla.

—Que mi padre no pudiera terminar lo que empezó hace diez años —la voz de Eric era puro hielo, grave y autoritaria— no significa que yo no vaya a hacerlo.

Ahora, siéntate.

Vamos a hablar del tratamiento de Elena.

Sin discusiones, sin regateos.

Magmus apretó la mandíbula con tanta fuerza que pareció que iba a rompérsela.

Abrió la boca, pero la cerró de golpe y se dirigió furioso hacia el sofá, donde se desplomó con un ruido sordo.

Con los brazos cruzados, irradiaba furia.

—Está bien —gruñó—.

Habla.

Acabemos con esto de una vez.

Me acerqué, con la voz apenas por encima de un susurro.

—¿Ya sabes lo que hay que hacer?

Sus ojos oscuros se posaron en mí, inescrutables.

—No es complicado.

El verdadero reto es la paciencia.

Necesitará al menos cinco sesiones repartidas a lo largo de tres meses.

El tono de Eric se volvió protector al instante.

—Entonces se queda aquí, en Silver Crest.

La tratarás aquí.

Magmus resopló y le lanzó una mirada incrédula a Eric.

—¿Estás de broma, no?

Soy un Alfa.

No voy a poner un pie en tu territorio por tu novia.

Envíala a la Manada del Río Púrpura.

—En absoluto —el gruñido de Eric fue grave y mortal—.

No voy a arriesgarla con alguien en quien no confío.

Sara intervino con naturalidad, su voz melosa pero firme.

—Hay una solución intermedia.

Hay un pueblo fronterizo entre Silver Crest y el Río Púrpura.

Magmus tiene un centro médico allí.

Territorio neutral.

Elena puede recibir allí su tratamiento.

Magmus se encogió de hombros con pereza.

—De acuerdo.

Un lugar neutral me parece bien.

¿Eric?

La mirada de Eric se suavizó al volverse hacia mí.

—¿Qué me dices tú, Elena?

¿Te parece bien?

Me quedé helada mientras la inquietud en mi estómago se hacía más profunda.

Abandonar Silver Crest, viajar a un pueblo en el que nunca había estado, que me tratara alguien que a todas luces me despreciaba y cuyas acciones estaban influenciadas por Sara… No parecía correcto.

Pero también sabía que era la única opción.

Si quería permanecer al lado de Eric, ser lo bastante fuerte para protegerme a mí y a él, tenía que asumir el riesgo.

Tras una larga pausa, alcé la barbilla y asentí.

—De acuerdo —dije, con la voz firme a pesar de la tensión que me retorcía por dentro.

La mano de Eric rozó la mía, y un ligero apretón me sirvió de ancla.

—Bien.

Superaremos esto juntos.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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