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En un Mundo de Fantasía Puedo Absorber Habilidades - Capítulo 202

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  3. Capítulo 202 - 202 Capítulo 202 La indiferencia del pueblo hacia el Príncipe Randolph
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202: Capítulo 202 La indiferencia del pueblo hacia el Príncipe Randolph 202: Capítulo 202 La indiferencia del pueblo hacia el Príncipe Randolph En el fondo de su ser, Astrid sentía cómo la inevitabilidad de su destino la acechaba.

Mientras sus pensamientos se arremolinaban, un rostro familiar apareció en su mente: la sonrisa cálida, gentil y amable de un hombre.

—Michael…
Incapaz de reprimir sus emociones por más tiempo, Astrid rompió a llorar en voz baja.

Carlos V había ordenado que el maltratado cadáver de Felipe fuera abandonado en las llanuras.

Después, convocó al Duque Capone para beber algo, incapaz de dormir, pues lo consumían los pensamientos sobre Randolph, ahora sepultado en la cripta subterránea de la fortaleza.

El peso de la culpa y el arrepentimiento le oprimía el pecho con fuerza.

Carlos V alzó su mano temblorosa hacia la copa y se sirvió otra vez.

Ya había vaciado varias y estaba visiblemente ebrio.

Con una risa leve y amarga, se volvió hacia el Duque Capone.

—Hacía tiempo que no me emborrachaba tanto, ¿verdad, Vincent?

Oír al rey llamarlo por su nombre de pila removió algo en lo más profundo del Duque Capone.

¿Cuánto tiempo hacía que nadie lo llamaba «Vincent»?

Aquella familiaridad era un fugaz destello de su juventud.

Reprimiendo la punzada de dolor en su pecho, el Duque Capone consiguió esbozar una sonrisa.

—La verdad es que sí, ha pasado mucho tiempo, Carlos.

Ambos hombres compartieron un momento de risas estruendosas, cuyo eco resonó en la silenciosa estancia.

Pero las risas no tardaron en apagarse, dejando un pesado silencio entre ellos.

Carlos V jugueteaba con su copa vacía, con el semblante ensombrecido por la pena.

—… ¿Crees que ha sido porque fracasé como padre?

—Su voz era queda, pero transmitía el peso de una profunda culpa y arrepentimiento.

El Duque Capone vaciló, sin saber cómo responder.

¿Qué se le podía decir a un padre que se había visto obligado a ordenar la muerte de su propio hijo?

Finalmente, Carlos V se cubrió el rostro con las manos y rompió a sollozar.

Al observarlo, el Duque Capone no pudo evitar pensar: «No fue tu fracaso como padre, sino tu fracaso al elegir esposa».

Era un secreto a voces que todos en palacio conocían, excepto el propio Carlos.

El flagrante favoritismo de la reina por Randolph, en detrimento de Astrid, no era ningún misterio.

Quizá el trágico final de Randolph había sido inevitable desde el principio.

Finalmente, Carlos se secó los ojos y volvió a tomar la copa.

Su rostro era un torbellino de dolor e impotencia.

—Esta… esta ha sido la decisión correcta, ¿verdad?

Por el bien de Astrid.

¿No lo crees?

—masculló Carlos, en un tono que buscaba validación.

El Duque Capone hizo una mueca ante las palabras del rey.

—¿Qué puedo decir?

Yo también soy un hombre lleno de pecados.

Mientras miraba al rey, que parecía haber envejecido diez años de la noche a la mañana, el Duque Capone hizo un voto en silencio.

Se aseguraría de que Astrid se casara con un hombre digno.

La familia real no podría soportar otra tragedia.

A la mañana siguiente, Carlos V partió de la fortaleza con la mirada vacía, y su agotamiento era visible para todos.

Una solemne procesión lo acompañó mientras la corte se despedía de él.

Atado a su grifo iba el ataúd del Príncipe Heredero Randolph.

Del mismo modo, Enrique III partió con el ataúd de la Princesa Elise.

La fortaleza quedó sumida en la inquietud, con una atmósfera cargada de dolor y preguntas sin respuesta.

En un rincón tranquilo de la fortaleza, dos soldados se limpiaban el barro de las botas.

Uno de ellos rompió el silencio.

—Seguro que los hechiceros de Pamir maldijeron al Príncipe Heredero.

Es la única explicación.

—¡Qué tonterías!

—se mofó su compañero—.

Si pudieran maldecir a alguien, ¿no habrían ido a por el Conde Michael?

El primer soldado se quedó helado y miró a su alrededor con nerviosismo para asegurarse de que nadie los había oído.

Aliviado al ver que estaban solos, siseó: —Oye, no digas esas cosas.

¡Estás insinuando que el Conde Michael es mejor que el Príncipe Heredero!

—Bueno, el Príncipe Heredero… —se encogió de hombros el segundo soldado, sin dejarse convencer—.

Hablaba mucho, pero en realidad no consiguió gran cosa, ¿o sí?

Ante aquello, el primer soldado suspiró hondo y negó con la cabeza.

—Puede que sea verdad, pero como alguien te oiga decir eso, perderás la cabeza.

Ten cuidado.

—Vale, vale —masculló el segundo soldado, zanjando el tema a regañadientes.

Aun así, la curiosidad pudo con él.

—¿Y si fue una maldición, por qué enfermó también la Princesa Elise?

No tiene sentido, ¿a que no?

El primer soldado lo sopesó un momento antes de asentir.

—Tienes razón.

A lo mejor es una enfermedad.

Al fin y al cabo, eran muy unidos, ¿no?

Los dos soldados guardaron silencio, absortos en sus especulaciones.

Al cabo de un rato, uno de ellos suspiró.

—Era tan hermosa….

—Sí.

Y además olía tan bien….

La muerte del Príncipe Heredero despertó sorprendentemente poca tristeza entre el pueblo.

Mientras que Carlos V y la reina estaban destrozados, la gente contempló la muerte de Randolph con silenciosa indiferencia; algunos incluso la celebraron.

Muchos creían que, de haber fallecido Carlos, la arrogancia de Randolph habría llevado al reino a la ruina.

Por el contrario, la Princesa Astrid era muy querida por su carácter amable y gentil.

Su popularidad entre el pueblo despertaba esperanzas para el futuro, y se oían susurros de alivio ante la idea de que ella heredaría el trono.

En sus aposentos privados, Michael estaba sentado a solas, reflexionando sobre sus actos.

Repasó meticulosamente cada paso que había dado en busca de algún error.

Al no encontrar ninguno, una sonrisa de satisfacción se dibujó en sus labios.

Pudo sentir cómo una nueva ambición crecía en su interior, una que no había reconocido hasta entonces.

Saliendo de su ensimismamiento, Michael llamó a Ispher.

—Ispher, ¿cuál es la situación actual del Ejército Imperial de Pamir?

Emergiendo en silencio de entre las sombras, Ispher se arrodilló ante Michael e informó: —Las fuerzas imperiales están al borde del colapso.

Corren rumores de que los cinco grandes clanes han estado acaparando suministros para ellos, dejando que el resto sufra.

Los conflictos internos se han intensificado.

Una sonrisa se dibujó en el rostro de Michael.

—Difundir esos rumores fue una buena jugada.

Así que, ¿los clanes están abandonando el ejército?

Ispher asintió.

—Sí.

Varios, incluido el clan Yuran, ya se han marchado.

Los rumores no han hecho más que acelerar las deserciones.

Muchos huyen al amparo de la noche.

Todo iba exactamente según lo planeado.

Michael se reclinó, y su sonrisa se ensanchó.

—Bien.

Eso significa que casi lo hemos conseguido.

Esperaremos un poco más y atacaremos en el momento decisivo para obtener una victoria fácil.

Con una última reverencia, Ispher desapareció entre las sombras.

A solas en la tienda, los pensamientos de Michael derivaron hacia la Princesa Astrid.

Por alguna razón, no podía dejar de pensar en ella esa noche.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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