En un Mundo de Fantasía Puedo Absorber Habilidades - Capítulo 6
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- Capítulo 6 - 6 Capítulo 6 Adquisición de Habilidades de Arquería
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6: Capítulo 6: Adquisición de “Habilidades de Arquería 6: Capítulo 6: Adquisición de “Habilidades de Arquería ¿Revivirlo?
¿A este hombre?
La idea era impensable.
Michael negó con la cabeza instintivamente.
Una vez más, la voz seca y mecánica habló en su mente:
[Han pasado diez segundos.
La opción de revivir ha expirado.
¿Deseas extraer una habilidad aleatoria?
Sí/No.]
Las palabras del condenado resonaron en la mente de Michael: el autoproclamado héroe de guerra y renombrado arquero.
Si había algo de verdad en sus afirmaciones, tal vez…
Michael asintió levemente y respondió para sus adentros.
«Sí.»
En un instante, una visión se apoderó de él.
La escena era surrealista: un vasto cielo, envuelto en sombras, con débiles estrellas que apenas parpadeaban en la oscuridad.
Entre ellas, una estrella brillaba intensamente, atravesando la penumbra.
Michael sintió que la estrella se acercaba, y su luz se hundía en su entrecejo mientras cerraba los ojos.
[Has adquirido «Habilidades de Arquería» de Alan Velzeff.
¿Deseas explorar el origen de la habilidad?
Sí/No.]
¿Explorar su origen?
Sí.
[Alan Velzeff fue un arquero con un don natural que ganó renombre participando en doce guerras territoriales.
Sin embargo, tras una serie de malas decisiones, fue castigado con la amputación de ambos pulgares e índices.
Reducido a un vagabundo errante, su lujuria desenfrenada lo llevó a aprovecharse de los débiles.
Agredió a cuatro muchachas y a cinco ancianos, y asesinó a tres de ellos.
Sus crímenes lo alcanzaron tras su último asesinato, y fue ejecutado por Alfred von Wittelbach en la baronía de Gregory Crassus.
Exhibe las legendarias Habilidades de Arquería de Alan, famosas por su precisión infalible.]
Michael abrió los ojos mientras la voz se desvanecía.
Su tío, Enrique, estaba de pie ante él, con cara de preocupación.
—¿Estás bien?
Quizá te has excedido levantándote tan pronto.
Anda, dame eso y descansa en la parte de atrás del carro —dijo Enrique, señalando la cabeza cortada que Michael sostenía.
Michael agitó la mano restándole importancia.
—Estoy bien.
Solo me he sentido un poco mareado por un momento.
El trabajo del día concluyó enterrando al criminal condenado en la fosa común para los que no tenían parientes.
Limpiándose el sudor de la frente, Enrique le sonrió a Michael.
—Bueno, vámonos a casa.
Seguro que tu tía tiene un estofado de oso a fuego lento, esperándonos.
Fue un festín.
El estofado de oso era sustancioso y sabroso, y su jugo empapaba el pan blanco y tierno que mojaban en él.
Clara expresó en voz alta su preocupación de que la comida fuera demasiado pesada para alguien que se acababa de recuperar, pero Michael no pudo resistirse.
De postre, tomaron rollos cubiertos de miel y canela, acompañados de albaricoques recién cogidos del huerto.
Fue como probar un trozo de cielo.
Después, Michael se acomodó en una silla junto a la chimenea, acunando su estómago lleno.
Luchando contra el sueño, organizó sus pensamientos.
Un conocimiento sobre arquería, desconocido pero instintivo, inundó su mente.
Ansiaba coger un arco y probarlo.
Las técnicas le venían sin esfuerzo: cómo ajustar la dirección del viento, cómo alcanzar dos objetivos con una sola flecha y cómo disparar rápidamente tiros consecutivos.
Era como si hubiera vivido durante décadas como un arquero.
«Esto debe de ser por la extracción de habilidad», reflexionó Michael.
La imagen de las manos amputadas de Alan le vino a la mente: sin pulgares ni índices, un reflejo de su empañado legado.
Michael apartó el pensamiento a la fuerza y prefirió centrarse en las habilidades que había obtenido.
A la mañana siguiente, Michael se levantó temprano y le pidió a su tío que le buscara un arco.
Enrique rebuscó en el cobertizo que había detrás de la casa y sacó un viejo arco largo.
Aunque estaba algo desgastado, quedó utilizable tras encordarlo de nuevo y lijar los bordes deshilachados.
Las nuevas habilidades de Michael resultaron ser extraordinarias.
Con la fuerza de su cuerpo actual combinada con la precisión de la pericia de Alan, sus flechas daban sistemáticamente en el blanco.
Desde doscientos metros, consiguió incluso abatir un conejo de un solo disparo.
Alzando el puño en señal de triunfo, Michael sintió una oleada de euforia.
Era como jugar a un juego de disparos con un truco a su disposición.
Sin embargo, las palmas de las manos no tardaron en empezar a dolerle.
Siguiendo los instintos grabados en su mente, se puso a fabricar un guante de tiro con la piel de oso que Alfred había traído.
A pesar de no haber hecho nunca uno, terminó un guante funcional que le quedaba perfecto.
Cuando probó el arco con el guante puesto, la mejora fue perceptible de inmediato.
Dominando tanto la arquería como la esgrima, Michael sintió una confianza renovada.
Ahora tenía los medios para luchar tanto a larga como a corta distancia.
Aunque el futuro seguía siendo incierto, sabía que la supervivencia exigía un conjunto de habilidades diverso.
Estaba ansioso por adquirir más habilidades, sobre todo si resultaban tan útiles como esta.
Pero las habilidades requerían piedras de maná.
Hacían falta tres piedras para su siguiente extracción, y cada una costaba la asombrosa cantidad de treinta monedas de oro.
A ese precio, sus fondos se agotarían rápidamente.
Al mirar las flechas esparcidas de su práctica, Michael se dio cuenta de que no podía permitirse desperdiciar nada.
Recoger y reutilizar las flechas era esencial, sobre todo porque fabricar otras nuevas no era barato.
Hizo una mueca de dolor al ver las puntas de flecha despuntadas, resultado de su inmensa fuerza.
El recuerdo de Alfred reponiendo en silencio la piedra de maná de su espada tras una ejecución cruzó por la mente de Michael.
¿Podría absorber también el maná de esa piedra?
No.
Repetir el acto sin duda levantaría sospechas.
Necesitaba dinero.
Mucho.
Michael suspiró y recogió diligentemente las flechas esparcidas por el campo.
Una vez hecho, se dirigió a su habitación y abrió un baúl para comprobar sus finanzas.
Bajo cuerdas, ganchos, cadenas y herramientas de tortura, el brillo de unas monedas de oro captó su atención: veintisiete en total.
Era la paga que había ahorrado de las visitas anuales al castillo.
Se guardó las monedas en el bolsillo y se volvió hacia el armario, donde varias bolsas de hierbas secas abarrotaban las estanterías.
Venderlas podría darle otras dos monedas de oro, como mucho.
Cazar para conseguir pieles y carne también ayudaría, pero, aun así, ahorrar lo suficiente para tres piedras de maná parecía una tarea insuperable.
Suspirando de nuevo, Michael decidió ir avanzando hacia el objetivo poco a poco.
Más tarde ese día, Michael se aventuró a ir a la plaza.
El aire frío llenó sus pulmones, más cortante de lo habitual bajo el cielo nublado.
Los mercaderes se gritaban unos a otros, pregonando sus mercancías.
Subiéndose el cuello del abrigo y calándose el sombrero, Michael se mezcló con la bulliciosa multitud.
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