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Engendrando Leyendas: Mi Matriz Crea Monstruos SSS - Capítulo 51

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  3. Capítulo 51 - 51 Quiero probar tu carne… Parte 2
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51: Quiero probar tu carne… Parte 2.

51: Quiero probar tu carne… Parte 2.

La cueva tembló con un par de eructos, tan fuertes como para desprender un poco de polvo del techo.

Sephiran se agarró el estómago y se rio, mientras que Maddy se limpió la boca con el dorso de la mano, intentando parecer digna.

Sephiran se frotó el estómago hinchado, como si estuviera a punto de lanzar un Disparo de Aire.

—Madre… ¡esa comida ha sido la mejor!

Podría comer esas ranas de campo todos los días, y ¿esa salsa picante?

¡Me ha mandado directo al cielo!

Maddy se repantigó en su asiento, apenas capaz de moverse.

—Esas ranas solo han sido el principio, cariño… todavía tenemos la carne prémium de Drake Terrible macerándose en esas especias.

Puede que te olvides hasta de tu nombre cuando la pruebes.

Sephiran soltó una risita.

—¡Vamos, hermano!

¡Despierta ya para que podamos devorar a ese dinosaurio…, es decir…, ahora mismo!

Maddy ni siquiera pudo soltar una carcajada en condiciones; solo una risita entrecortada se escapó de sus labios.

El peso de la hartura hacía que su mente flotara, y esa sensación, la de comer no por placer, sino solo para sobrevivir un día más, le torció la visión.

Lentamente, su consciencia se deslizó en el pozo profundo y oscuro de la memoria.

Los sonidos de la cueva fueron reemplazados por el fuerte repiqueteo de un aguacero frío contra una ciudad gris.

Era una lluvia fría e incesante.

Maddy, con doce años, el pelo pegado a la frente y su ropa demasiado grande y pesada por la mugre, estaba arrodillada en el fango de un callejón.

Sostenía una tina de acero oxidada y abollada.

Sus deditos, entumecidos por el frío, escarbaban frenéticamente en la tierra húmeda.

Con un jadeo triunfante, sacó una lombriz larga y gruesa del limo, cuyo cuerpo se retorcía en su mano.

La arrojó a la tina.

Cerca de allí, una rana toro común croó con fuerza.

La cabeza de Maddy se giró bruscamente hacia ella; por un segundo, ambas se miraron a los ojos hasta que Maddy se abalanzó, con los pies resbalando en el lodo.

¡Zas!

Su cara se estampó contra un charco, y el sabor a lluvia metálica de ciudad y a tierra le llenó la boca.

Pero no lloró.

Cuando se incorporó, su mano embarrada sujetaba con fuerza la rana que se retorcía.

Se rio, un sonido leve y entrecortado, y lanzó el premio a su tina.

Ese cuerpo embarrado y empapado parecía insignificante en comparación con la enorme cantidad de carne que cargaba… o eso pensaba ella.

Corrió, con los pies descalzos chapoteando en las alcantarillas, hacia un santuario hecho de despojos de la vida: cajas de cartón inclinadas, madera contrachapada podrida y una lona azul sujeta por ladrillos que había recogido.

Dentro era agobiante, pero estaba seco.

Colocó la tina sobre una hornilla improvisada de tres piedras planas.

Vertió agua embotellada que había guardado de una papelera medio vacía y echó un puñado de hojas de diente de león que había arrancado de una grieta en la acera.

Con manos temblorosas, golpeó dos trozos de pedernal sobre un nido de pelusa seca.

El brillo anaranjado de la diminuta llama danzaba en sus ojos abiertos y hambrientos.

Cuando el agua empezó a hervir, un vapor sabroso y terroso llenó el reducido habitáculo.

Maddy no veía una «sopa asquerosa».

Veía algo que podía aliviar la inanición.

Metió la mano en un bolsillo andrajoso y sacó un único sobrecito de papel arrugado con sal.

Lo espolvoreó sobre el brebaje con la gracia de un chef en una cocina de cinco estrellas.

Cuando estuvo listo, comió.

Primero se bebió el caldo hervido, luego sorbió las lombrices como si fueran la mejor pasta italiana y desgarró la rana hervida con el fervor de una niña que devora un pollo asado.

En ese momento, fue la cosa más deliciosa del mundo.

Cuando la tina estuvo vacía, se recostó sobre su montón de harapos, con el vientre abultado y tenso.

Se quedó mirando el techo de lona, con una sonrisa de cansancio en el rostro.

—Estoy llena… Por fin estoy llena.

Se tocó el vientre hinchado, relajándose con el sonido de la lluvia martilleando el techo de cartón.

Pero al cabo de un minuto, apareció un nuevo dolor: no era hambre, sino una punzada nauseabunda y retorcida.

Empezó sordo y luego se agudizó hasta convertirse en un nudo agónico.

Su estómago rechazó el festín.

Los «fideos» y el «pollo» habían sido una mentira; las bacterias y los parásitos de la alcantarilla reclamaban su precio.

El mundo empezó a dar vueltas.

Maddy salió a gatas de su casa de cartón, con la lluvia azotándole de nuevo la cara.

Se sentía pesada, las piernas apenas la sostenían.

Llegó al final del oscuro callejón, donde las luces de neón de la calle principal se difuminaban en vetas rojas y azules.

La vista le falló.

Se desplomó, extendiendo su manita y agarrando una tela oscura y húmeda.

Miró hacia arriba a través de la bruma de la lluvia.

Un chico joven, más o menos de su edad, estaba allí de pie, vestido con un pesado impermeable amarillo que relucía bajo las farolas.

Él miró a la niña embarrada y temblorosa que se aferraba a sus botas.

—Ayuda…
Los ojos de Maddy se abrieron de golpe en la cueva.

Estaba temblando, a pesar del calor de la fuente termal.

—¿Madre?

¿Estás bien?

Le preguntó Sephiran, con la mano en el brazo de ella y el rostro lleno de auténtica preocupación.

—Te fuiste por un segundo.

Tus ojos… parecían tristes.

Maddy miró a su hijo, su hermoso hijo semidiós ogro demoníaco.

Miró su cuerpo poderoso y divino y la fortaleza que había construido.

Extendió los brazos y atrajo a Sephiran en un abrazo fuerte, casi desesperado.

—Estoy bien, Sephiran.

Solo estaba recordando… que antes pasaba mucha, mucha hambre.

Y que no quiero volver a pasar esa hambre nunca más.

Le tocó la cara con delicadeza.

—Quiero que sepas que comer es un privilegio.

No todo el mundo puede comer algo tan rico, o siquiera tener una familia… así que, por favor, sé amable.

Sephiran sonrió y asintió.

—¡Sí, Mamá!

¡Siempre amable y MÁXIMO CRUJIENTE!

Maddy se rio.

Ese granuja de hijo tenía una forma de disipar su tristeza con su humor sencillo y su sonrisa radiante.

Pero esa sonrisa… era la misma que había visto en aquel chico del impermeable, la sonrisa que había derretido su corazón embarrado y roto cuando pensaba que su vida no valía nada, que era un montón de basura.

Y la misma sonrisa… que una vez se había convertido en colmillos y había acabado con su vida.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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