Enjaulada - Capítulo 1
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1: Robadas 1: Robadas Abro los ojos lentamente, parpadeando para ajustarme a la luz tenue que se filtra por una ventana sucia.
Estoy tumbada en el suelo.
No reconozco el lugar; nunca había estado en esta habitación.
El aire está cargado de un olor a polvo y desuso, que penetra por mi nariz e inunda mis pulmones, provocándome una tos molesta e intermitente.
Intento moverme, pero un dolor sordo recorre mi cuerpo.
Me incorporo con esfuerzo, apoyándome en los codos, y mi cabeza da vueltas.
Los recuerdos son esquivos, como sombras en la periferia de mi mente, que se desvanecen cuando intento enfocarlos.
Tengo desgarrada la manga de la blusa, como si hubiesen querido arrancarla bruscamente, y los moratones adornan mi piel como un mapa críptico; cada uno podría ser una pista sobre los hechos que me han llevado hasta este lugar extraño.
La habitación permanece inmóvil, rota únicamente por el zumbido intermitente de algún aparato oculto.
Las paredes, desnudas y ajadas, exhiben una constelación de arañazos que no sé si quiero interpretar.
La puerta sigue cerrada, firme, con una cerradura que parece mirarme con una ironía cruel.
Cada latido me golpea con la urgencia de entender qué ocurrió, de recomponer los fragmentos dispersos de la noche anterior.
Pero ahora no tengo nada.
Solo mi cuerpo dolorido, mi mente desorientada y este lugar que no reconozco.
Las lágrimas caen sin permiso, calientes, insistentes, mientras una mezcla de impotencia y desesperación me va envolviendo.
Siento miedo.
Un miedo profundo, primario, que me atenaza el pecho y no me suelta.
Como un animal acorralado, Karla comenzó a recorrer la sala en círculos, pasando las manos por cada tramo de pared en busca de cualquier irregularidad que pudiera servirle como defensa.
El tiempo se volvió una sustancia blanda, disuelta, imposible de medir; podía llevar allí horas… o tal vez días.
Su mente, nublada, era incapaz de aferrarse a un recuerdo que no se deshiciera al instante.
En algún momento, para no perder la cordura, se quedó observando cómo un insecto oscuro quedaba atrapado en la red de una araña paciente, instalada en un rincón como si llevara siglos esperando ese momento.
Karla se reconoció en esa escena: atrapada, inmóvil, a merced de algo que aún no veía.
Pero lo que realmente mantenía su cuerpo en tensión eran los sonidos.
Apenas un susurro, un roce leve en el suelo, un crujido distante que podría ser una puerta.
No lograba identificar su origen, pero cada ruido confirmaba lo que temía: no estaba sola.
Algo —o alguien— compartía ese espacio con ella.
Y si aparecía por la puerta, quizá, solo quizá, tendría una oportunidad de huir.
Por eso no podía permitirse flaquear.
No podía rendirse al sueño.
Para mantenerse despierta, recurría al único recurso que había encontrado: un clavo oxidado arrancado de la pared.
Lo presionaba contra su brazo cada vez que el cansancio amenazaba con arrastrarla.
Su misión era simple y absoluta: no dormirse.
En algún instante perdido de aquella interminable noche en la que peleaba con todas sus fuerzas por permanecer despierta, su resistencia cedió y terminó desplomándose, derrotada por el agotamiento.
Unas horas después, los haces de luz deformados que se filtraban a través del vidrio sucio de la ventana enrejada comenzaron a templarle los huesos, y durante un breve lapso no quiso mover ni un músculo; su mente la había arrastrado hacia un recuerdo escondido en un recoveco profundo de su memoria.
Se veía recostada boca arriba sobre la arena dorada, sintiendo la caricia salada de la brisa marina recorrerle la piel, los párpados cerrados, escuchando el murmullo rítmico de las olas compitiendo por besar primero la orilla.
Mientras el sol bañaba su rostro con un calor suave y envolvente, una voz grave, cálida y seductora le murmuraba palabras cargadas de afecto.
Sin embargo, una advertencia interior, brusca y autoritaria, la obligó a abandonar aquella ensoñación.
¡DESPIERTA!
El estrépito de la puerta lateral de un vehículo al cerrarse de golpe la arrancó de su sueño con violencia, devolviéndola a su cuerpo entumecido y a ese dolor persistente que parecía haberse instalado en cada articulación.
Avanzó a gatas hasta la ventana y, aferrándose con desesperación a las barras metálicas que impedían cualquier salida, logró incorporarse.
Pasó el borde de la mano por el cristal pegajoso, limpiando un pequeño círculo por el que poder mirar hacia fuera.
Solo alcanzó a distinguir el frontal de una furgoneta blanca y, en ese instante, comenzó a gritar con las escasas energías que aún conservaba, golpeando el resistente vidrio con el clavo oxidado que había encontrado.
Nadie respondió a sus alaridos.
Resulta sorprendente cómo, en momentos extremos, los sentidos se afinan hasta captar incluso el susurro más insignificante.
Karla tensó el oído, intentando descifrar cualquier ruido, cualquier palabra aislada que pudiera darle una pista sobre quién la retenía y por qué.
Un golpe apagado resonó en el pasillo, seguido del tintineo metálico de una llave forcejeando dentro de una cerradura antigua y atascada, hasta que finalmente una puerta se abrió.
Karla contuvo la respiración hasta sentir que el aire se le escapaba; los pasos de quienes la vigilaban se aproximaban, acompañados por voces amortiguadas y el arrastre perezoso de unos pies cansados.
El chirrido de otra puerta al abrirse la hizo estremecerse de pies a cabeza.
Escuchó un forcejeo, un cuerpo siendo empujado sin miramientos y los gemidos sofocados de alguien que era arrojado dentro de una estancia cercana.
El portazo que siguió retumbó en su mente como un martillazo, recordándole sin piedad su propia situación.
Cada sonido, cada vibración en el aire se amplificaba dentro de su cabeza, alimentando su angustia y su creciente desesperación.
Era consciente de que no era la única prisionera en aquel lugar, pero esa certeza no le ofrecía alivio alguno; solo incrementaba la sensación de encierro, la opresión en el pecho y la desoladora convicción de que nadie acudiría a rescatarla.
Cuando los pasos de sus opresores se alejaron, golpeó con los nudillos la pared que la separaba de la habitación contigua.
—¿Hola?
¿Hay alguien ahí?
—Su voz era apenas un susurro cargado de miedo y cansancio.
Durante un par de minutos todo era silencio, solo roto por el ruido de sus tripas que le recordaban que su estómago estaba vacío; entonces escuchó un leve golpe de respuesta.
Karla sintió una chispa de alivio; las lágrimas comenzaban a llenar sus ojos porque ya no estaba sola.
—¿Cómo te llamas?—Le volvió a preguntar, tratando de mantener la conversación y de que su mente se olvidase del hambre que la consumía.
—Yo me llamo Karla.
Llevo aquí…no sé…una eternidad, me desperté sin saber dónde estamos, ni quienes nos han traído a este maldito lugar o qué quieren de nosotras.
¿Les has visto las caras?
¿Sabes quiénes son?
— Temiendo abrumar con preguntas que quizás tampoco conociese la persona que se encontraba al otro lado del muro, decidió esperar pacientemente cualquier respuesta.
Puede entender la desesperación que sentía; ambas están unidas por el destino.
De repente, un sonido suave rompió el silencio.
Era una voz femenina, cargada de la misma mezcla de miedo y desesperación que ella, apenas un susurro procedente de la sala contigua.
—Soy Lucía.
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