Enjaulada - Capítulo 10
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10: Poli bueno, poli malo 10: Poli bueno, poli malo Karla tomó aire antes de hablar.
Sabía que cada palabra podía estar siendo escuchada.
Aun así, se inclinó hacia la pared, como si pudiera acercarse más a Lucía.
—Tenemos que averiguar quién es —murmuró.
No podemos seguir a ciegas.
Lucía asintió al otro lado, aunque Karla solo lo sintió por el leve roce de su respiración contra la pared.
—Él sabe demasiado —susurró Lucía.
¿Cómo nos llamamos?
Que estamos despiertas.
¿De qué hablamos?
Que tengo miedo.
Eso no lo adivinas.
Eso lo sabes o lo ves.
Karla cerró los ojos.
La idea era insoportable: que Matías las hubiera estado observando antes de tenerlas allí.
—Entonces tenemos que hacer que hable —dijo Karla, con una firmeza nueva.
Pero no va a soltar nada si lo preguntamos de frente.
—No —coincidió Lucía.
Él es… raro.
No es un guardia típico.
No es violento.
No es frío.
Pero tampoco es inocente.
Está atrapado en algo.
Karla apretó los dientes.
—Y vamos a usar eso.
Hubo un silencio breve, tenso, mientras ambas procesaban lo que estaban a punto de hacer.
—¿Cómo lo hacemos?
—preguntó Lucía.
Karla respiró hondo.
—Yo voy a ser la dura, el poli malo.
La que no confía.
La que lo desafía.
La que lo hace sentir observado.
Eso lo va a poner nervioso.
—Y yo… —dijo Lucía, entendiendo su plan— seré el poli bueno.
—Exacto.
Tú vas a ser la que le da un respiro.
La que parece creerle.
La que le escucha atentamente.
La que lo hace sentir… seguro.
Lucía tragó saliva.
—¿Crees que funcionará?
Ahora mismo podría estar escuchándonos.
Karla no respondió de inmediato.
Pensó en la sonrisa de Matías.
En su calma.
En su tristeza.
En esa forma extraña de hablar, como si estuviera atrapado entre dos mundos.
—Sí —dijo al fin.
—Tenemos que arriesgarnos, ir con cuidado.
Además, él no es de piedra.
Y si está aquí… si hace esto,,, es porque alguien lo controla.
O porque necesita algo.
Y la gente que necesita algo siempre se quiebra por algún lado.
Lucía apoyó la frente contra la pared.
—Karla… ¿Y si él nos conoce de antes?
¿Crees que ha podido hacerles algo a nuestros padres?
—Entonces, más razón para hacerlo hablar.
Lucía dudó.
—¿Y si nos ha vigilado desde hacía tiempo?
Karla sintió un escalofrío y angustia.
—Entonces ya sabe cómo somos.
Y tenemos que romper esa imagen.
Confundirlo.
Desarmarlo.
—¿Qué crees que quiere de nosotras?
—Exclamó Lucía.
Karla escuchó el leve sonido de la desesperación de su amiga.
No tenía una respuesta clara que darle.
Pero tenía una intuición.
Una que no quería decir en voz alta.
—Sí —Mintió.
Y lo vamos a averiguar.
Lucía guardó silencio unos segundos.
Luego, con una voz más baja, casi un susurro:
—Karla… hay algo más.
—Dime.
—Cuando Matías entró… cuando me miró… sentí que él también estaba asustado.
Karla abrió los ojos, sorprendida.
—¿Asustado de qué?
Lucía tardó en responder.
—De alguien más.
La frase quedó suspendida en el aire, como una sombra que se alargaba entre las dos habitaciones.
Karla tragó saliva.
—Entonces no está solo —dijo.
Y eso significa que no es él quien manda.
Lucía asintió.
—Por eso tenemos que hacerlo hablar.
No solo para saber quién es él… sino para saber quién está detrás.
—Cuando vuelva, empezamos.
—Sí —dijo Lucía.
Recuerda, yo seré la que confía, Tú la que lo enfrenta.
—Y entre las dos —añadió Karla— lo vamos a desarmar.
La llave volvió a sonar.
No era un ruido fuerte, pero después de horas de silencio, se sintió como un latigazo.
Karla se incorporó de inmediato.
Lucía también.
Las dos contuvieron el aliento, sabiendo que ese era el momento de poner en marcha el plan.
El clic final anunció que la puerta de Karla se abría.
Matías entró despacio, como si no quisiera sobresaltarla.
Se paró en el umbral, con cautela, no era la primera vez que en ese maldito lugar, una chica a intentando enfrentarse a él y huir.
Observó a Karla; estaba de pie, en tensión, esperando su reacción.
—Buenas noches —dijo, como si estuvieran en una casa normal.
Pensé que podrías necesitar esto.
Hace frío.
Matías depositó en el suelo, cerca de ella, un par de mantas.
Su expresión era la misma de antes: tranquila, casi amable, pero con algo detrás, algo que no terminaba de encajar.
Karla no respondió.
No se movió.
No parpadeó.
Solo lo miró con una dureza calculada.
Matías la observaba y algo en su postura cambió, apenas un milímetro, pero suficiente para que Karla lo notara.
—¿No vas a decir nada?
—preguntó él, intentando entablar una conversación.
—¿Para qué?
—respondió Karla, con voz seca.
No hablo con secuestradores.
Matías ladeó la cabeza, sorprendido por el tono.
Karla vio cómo su mandíbula se tensaba un instante antes de que él recuperara la sonrisa.
—Bueno… no tienes que hacerlo —dijo.
Solo quería traer esto
Karla le mantuvo la mirada fija.
No le dio ni un segundo de alivio
—¿Y qué más quieres?
—preguntó ella, sin suavizar nada.
Matías parpadeó.
La pregunta lo golpeó más de lo que esperaba.
Él solo quería que su estancia en ese lugar fuese más fácil; de hecho, podría tener muchos problemas por tener contacto con las chicas.
—Nada, no quiero nada —contestó, demasiado rápido.
Karla sonrió sin humor.
—Claro.
Él frunció el ceño, apenas un gesto, pero revelador.
—¿Qué insinúas?
—Que nadie hace esto “”por nada“”.
Ni tú con esas sonrisas falsas.
Matías abrió la boca para responder, pero algo lo detuvo.
Karla lo vio dudar.
Lo vio buscar palabras mientras giraba la cabeza hacia atrás, como si alguien más estuviera cerca escuchando.
Perfecto, pensó Karla.
—No estoy aquí para hacerte daño —dijo al fin, con un tono más bajo.
Solo cumplo órdenes.
Karla sintió un pequeño rayo de esperanza en su plan.
La primera grieta.
—¿De quién?
—preguntó, sin suavizar.
Matías negó con la cabeza.
—No puedo decirlo.
—No quieres —corrigió ella.
Él la miró y, por primera vez, la calma le abandonó.
—No entiendes cómo funciona esto.
—Haz que lo entienda.
Matías apretó los labios.
Karla vio cómo su respiración se aceleraba apenas.
Estaba tocando algo sensible.
—No puedo —repitió él, pero esta vez no sonó firme.
Sonó… como si él también estuviera asustado.
Karla dio un paso hacia él.
No agresivo ni impulsivo.
Solo lo suficiente para que él sintiera que ella no le tenía miedo.
—¿Y si te digo que sí puedes?
—susurró—.
Que quiero escucharte.
Quiero entender por qué estás aquí.
¿Por qué haces esto?
Matías tragó saliva.
Sus ojos se movieron hacia la puerta, como si temiera que alguien estuviera pendiente de lo que hablaban.
—No deberías hablar así —dijo, casi en un ruego.
No sabes lo que…
Se detuvo.
Demasiado tarde.
Karla lo vio.
Lo sintió.
Ese miedo no era hacia ellas.
Era algo más grande y fuerte.
—¿Qué no sé, Matías?
—preguntó, bajando la voz—.
¿Qué te pasaría si hablas?
Él retrocedió un paso.
No mucho.
Pero suficiente para que Karla se anotase un punto.
Que supiera que había tocado el nervio correcto.
—No puedo quedarme —dijo él, casi susurrando.
Solo… coge las mantas.
Y descansa.
Por favor.
Se giró hacia la puerta, pero antes de salir, Karla lanzó la última pieza del plan.
—Lucía quiere hablar contigo.
Matías se detuvo en seco.
Su espalda se tensó.
Su mano quedó suspendida sobre la cerradura.
—¿Qué?
—preguntó, sin girarse.
—Dijo que… te agradece la comida —mintió Karla con una suavidad calculada—.
Le gustaría darte las gracias en persona.
Matías no respondió.
Pero Karla vio cómo sus hombros bajaban apenas unos milímetros, como si dentro de él algo se aflojara.
Como si esa idea lo tocará en un lugar que él no sabía proteger.
—Gracias —dijo al fin, con una voz que ya no era tan firme.
Y salió.
La puerta se cerró con un clic que esta vez no sonó tan amenazante.
Sonó vulnerable, pero tanto Karla como Lucía se percataron de que Matías no había llevado mantas a Lucía.
¿Por qué?
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