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Enjaulada - Capítulo 11

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  4. Capítulo 11 - 11 Trato diferente
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11: Trato diferente 11: Trato diferente Karla no se movió.

Lucía tampoco.

Las dos estaban pensando lo mismo.

—Karla… —susurró Lucía, apenas audible.

¿Te diste cuenta?

—Sí.

—No me trajo mantas y aquí puedo asegurarte que hace mucho frío.

Karla apretó los labios.

Ese detalle, tan pequeño, tan aparentemente inocente, era una pieza que no encajaba en absoluto.

—¿Por qué solo a mí?

—Pensó en voz alta Karla.

Lucía respiró fuerte, temblando.

—No lo sé.

Pero no fue un descuido.

Él… él no parece de los que se olvidan de cosas.

Karla asintió.

Matías no daba la sensación de ser distraído.

—Puede significar varias cosas —dijo Karla, pensando de nuevo en voz alta.

Una: que ha descubierto nuestro plan.

Dos: que alguien le dijo que no debía.

Tres: que no quiere que tú estés cómoda.

El corazón de Lucía comenzó a latir más deprisa de lo habitual.

—O cuatro —añadió, con un hilo de voz—, que quiere que me muera congelada.

Karla se estremeció.

Esa opción era la más inquietante.

—¿Por qué querría que te murieras?

—preguntó.

Lucía tardó unos segundos en responder.

—Te juro que no lo sé.

—Quizás ha adivinado nuestro plan, tan poco es que fuera el mejor y solo quizás no quiere darte la opción, el poder de confiar en ti.

Porque si confía, puedes hacerle preguntas que le resultarían complicadas de contestar.

—He pensado otra cosa —siguió hablando Lucía—, y si él sabe que me suena su cara y no quiere que yo lo reconozca.

—Claro, ¿y qué va a hacer… matarte de hambre y de frío?

—añadió Karla.

Las dos chicas movieron la cabeza de un lado a otro negando esa posibilidad.

—Si te quisieran muerte, ¿por qué traerte aquí?

¿por qué no haberlo hecho en el centro comercial?

No tiene sentido.

Están jugando con nosotras, quizás no Matías, pero él sabe quién nos ha traído aquí y tenemos que sacarle toda la información que podamos.

Karla cerró los ojos mientras se envolvía con las mantas.

La imagen de Matías, con esa calma frágil, esa sonrisa que parecía un disfraz, esa forma de mirar la puerta antes de hablar… todo cobraba un nuevo sentido.

A él también lo vigilan.

—Entonces —dijo Karla—, no te llevó mantas a ti, no porque no quisiera, sino porque no podía.

Lucía asintió mientras notaba cómo sus huesos se congelaban.

—Y eso significa que hay reglas.

Reglas que él no controla.

Karla sintió un nudo en el estómago.

Tardó en contestar.

—Él solo es la llave —susurró.

Pero no la mano que la gira.

Al otro lado de la puerta se encontraba Matías, de pie, frente a la puerta de Lucía.

No tocó.

No respiro hondo.

No hizo nada que pudiera delatar lo que pensaba.

Solo se quedó ahí, inmóvil, con las mantas ya entregadas a Karla… y la orden resonando en su cabeza como un eco mal dado.

Solo a Karla.

No a Lucía.

¿Por qué?

Miró la puerta cerrada de acero, que parecía destruir el poco calor que emanaba del radiador que asomaba bajo la mesa del pequeño cuarto que había frente a las puertas de las chicas.

Sabía que adentro la temperatura era peor.

Sabía que Lucía llevaba horas temblando.

Sabía que si no le daban abrigo, pasaría una noche miserable, sin apenas poder conciliar el sueño.

¿Querían eso?

¿querían que se debilitara?

¿Qué se enfermara?

Matías apretó la mandíbula.

No entendía nada.

¿Qué se ganaba con ese sufrimiento?

Y él no era más que un peón.

Un peón obediente.

Un peón reemplazable.

Bajó la mirada hacia sus manos.

Todavía sentía el peso de las mantas que había llevado a Karla.

¿Por qué ella sí?

¿Quién era Karla para recibir un trato distinto?

¿Qué la hacía… importante?

Porque era importante.

Eso estaba claro.

Nadie recibía privilegios sin motivo.

Y menos aún por error.

En los pisos inferiores había varios peones como él: ejecutores, mensajeros, vigilantes, piezas pequeñas en un tablero que no comprendían.

Todos bajo las órdenes del “Jefe”.

“El Jefe”.

Matías sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el frío del pasillo.

Ese hombre no levantaba la voz.

No necesitaba hacerlo.

No sabe mucho de él, solo que basta que alguien se refiera a él para que todos se enderecen, para que nadie respire más fuerte de lo necesario.

El “Jefe” no daba explicaciones.

No daba segundas oportunidades.

No daba margen para la duda.

Y aun así… él no era el que hablaba directamente con él.

No.

El “Jefe” tenía a su sombra.

El hombre de confianza.

Le llamaban “El Especialista”.

Ese sí que daba miedo.

Ese sí que miraba como si pudiera ver dentro de la piel.

Ese sí que hablaba poco, pero cada palabra era una sentencia.

Ese sí que imponía reglas que nadie cuestionaba.

Ese había dado la orden.

“Solo a Karla”-
Matías tragó saliva.

¿Y si no era un castigo para Lucía?

¿Y si era una advertencia para él?

Porque últimamente… él había mirado demasiado.

Había preguntado demasiado.

Había indagado demasiado.

Y eso era peligroso.

Realmente muy peligroso.

Se obligó a apartarse de la puerta.

Un paso.

Luego otro.

No podía quedarse ahí.

No podía parecer indeciso.

No podía llamar la atención.

Pero mientras se alejaba, una idea se le clavó en la mente como una espina:
Si Karla recibe mantas y Lucía no… entonces alguien quiere que una de ellas resista.

Y que la otra no.

Y él, sin quererlo, estaba siendo parte de esa diferencia.

Matías siguió caminando por el pasillo, pero su mente se había quedado atrás pegada a la puerta de Lucía.

A su rostro.

A esa expresión mínima, casi imperceptible, que lo había atravesado como un cuchillo.

Ella me reconoció.

No del todo.

No con claridad.

Pero algo en sus ojos se tensó cuando lo vio.

Un destello.

Una duda.

Una grieta.

Y él lo sintió.

Lo sintió como si alguien le hubiera puesto una mano helada en la nuca.

Porque ella no sabía quién era él.

Tuvo mucho cuidado de no mostrar su rostro: la gorra, las gafas oscuras le habían enseñado bien a ocultarse.

No sabía que él había estado allí.

No sabía que él había sido el que la llevó hasta el centro comercial, obedeciendo órdenes que no entendía, sin imaginar lo que iba a pasar después.

Matías cerró los ojos un segundo, como si eso pudiera borrar el recuerdo.

La furgoneta.

El estacionamiento.

El padre de Lucía confió, creyendo que estaba a salvo con el chofer.

Él, ocupando el asiento del conductor al volante, atento a los movimientos del contable, vigilando cada uno de sus movimientos, cumpliendo la orden de “mantenerlo vigilado”.

Solo eso.

Solo vigilar.

Solo obedecer.

Hasta que vio cómo dos hombres de los que no tienen nombre, solo motes y cicatrices, se acercaron a ella con demasiada decisión y prisa.

Recordó el instante en que la agarraron.

El sonido ahogado que ella hizo.

La forma en que intentó zafarse de sus brazos.

La rapidez con la que la golpearon y empujaron dentro de la furgoneta.

Y él…

Él había reaccionado.

Había abierto la puerta del coche.

Había dado un paso.

Había querido correr hacia ella, sacarla, gritar, hacer algo.

Pero una mano lo detuvo.

Una mano fuerte, dura, que le apretó el brazo con una advertencia silenciosa.

“No es tu asunto”, le susurró al oído.

Y él se quedó quieto.

Porque sabía lo que pasaba cuando uno no acataba.

Cuando alguien cuestionaba una orden, no vivía para contarlo.

Ese hombre que no levantaba la voz porque no lo necesitaba.

Que miraba como si pudiera ver la culpa antes de que existiera.

Ese hombre que había dado la orden de vigilar al padre, y que, seguramente, también había dado la orden de secuestrar a su hija.

Matías tragó saliva, apretó los puños, pero se quedó quieto.

Ella no sabe que yo estaba allí.

Al menos eso es lo que su mente repetía porque necesitaba creerlo.

pero la forma en que lo miró…La forma en que su rostro se tensó…La forma en que sus ojos se abrieron apenas un milímetro… no era casualidad.

Había algo en él que ella recordaba.

Un gesto.

Una sombra.

Un reflejo en el cristal de la furgoneta.

Un instante que su mente había guardado sin querer.

Y ahora aquí, en este maldito lugar, en este infierno de reglas y silencios, ese recuerdo estaba despertando.

Matías sintió un nudo en el estómago.

Si ella lo reconocía del todo…

Si ella recordaba que él estuvo allí…Si ella entendía que él no hizo nada…

Entonces él no solo sería un peón.

Sería un traidor a ella y a sí mismo.

Y eso era lo que más le dolía.

porque, aunque no lo admitiera en voz alta, aunque nunca lo dijera, aunque lo negara incluso en su propia mente…

Él sí quiso ayudarla.

Y no lo dejaron.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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