Enjaulada - Capítulo 12
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12: Ojalá pudiera…
12: Ojalá pudiera…
El pasillo estaba vacío.
O eso parecía.
Matías lo sabía mejor que nadie: en esa casa, si se le podía llamar así, la ausencia de personas o ruido no significaba soledad.
Significaba vigilancia.
Y él la sentía.
La sentía como un peso entre los omóplatos, como un hilo invisible que le tiraba de la nuca cada vez que se detenía un segundo más de lo necesario frente a la puerta de Karla o de Lucía.
Los primeros rayos de sol aparecían tímidos colándose por los cristales sucios de las ventanas de la cuarta planta.
El primer pensamiento que tuvo cuando despertó fue para Lucía.
¿Estaría bien?
Quiso acercarse hasta su puerta, pero el especialista estaba allí vigilando.
Siempre estaba allí.
No hacía falta verlo.
No hacía falta oírlo.
Su presencia era como un cambio en la presión del aire, como si la casa misma se tensara cuando él aparecía.
Matías avanzó por el pasillo con pasos medidos.
No rápidos ni lentos.
Ni demasiado seguros ni demasiados dubitativos.
El equilibrio exacto que había aprendido a mantener para no llamar la atención.
Porque cualquier gesto podía interpretarse.
Cualquier mirada podía ser un error.
Cualquier duda podía condenarlo.
Y él no podía permitirse errores.
Cuando pasó frente a la puerta de Karla, bajó la mirada.
No debía detenerse.
No debía parecer interesado.
No debía mostrar nada.
Pero sí debía estar atento.
Porque la orden era clara, aunque nadie la hubiera dicho en voz alta: a Karla no se la toca.
A Karla no se la mira mal y no se la lastima.
Y si alguien lo intentaba… él debía intervenir, sin dilación alguna.
Matías siguió caminando, pero su mente estaba dividida: una parte vigilaba el pasillo, otra escuchaba cualquier ruido detrás de las puertas, y otra, la más peligrosa, pensaba en Lucía.
En su rostro cuando lo vio.
En ese reconocimiento incompleto.
En esa chispa de memoria que podía arruinarlo todo.
Si el “especialista” descubría que se había dejado reconocer, el castigo podría ser letal.
Ya lo había podido comprobar con otros.
No podía acercarse a ella.
No podía hablarle más de lo necesario.
No podía tocarla, ni siquiera para ayudarla a levantarse si se caía.
Todo era órdenes.
“El especialista” lo había dejado claro sin decir una sola palabra.
Recordaba perfectamente ese momento.
Matías había salido de la habitación de Karla después de dejarle agua y, al girar, lo vio.
Él estaba apoyado en la pared, como si hubiera estado allí desde siempre.
No sonreía.
No fruncía el ceño.
No mostraba nada.
Solo lo miró.
Una mirada larga, profunda, inmóvil.
Una mirada que decía: Sé lo que estás pensando.
Sé lo que estás sintiendo.
Y más te vale controlarlo.
Matías había bajado la cabeza.
No por respeto.
Por supervivencia.
Desde entonces, cada movimiento suyo era observado.
Cada palabra medida.
Cada respiración calculada.
Y aun así… había algo que no podía evitar.
Su atención volvía siempre a las chicas; hacía Lucía por miedo a que la lastimaran por su culpa, por no haber reaccionado.
Y a Karla porque sabía que ella estaba marcada.
Que era importante y valiosa para alguien que no mostraba compasión por nadie.
Y si “el jefe” la consideraba valiosa, entonces había muchos ojos puestos en ella.
Ojos que no dudarían en castigar al que fallara en protegerla.
Y él no podía fallar.
Tenía que caminar por una línea fina, invisible y mortal.
Y mientras lo hacía, sentía la mirada del hombre de confianza del “jefe” clavada en su espalda.
Matías bajó las escaleras con pasos lentos, casi arrastrados, como si cada peldaño pesara más que el anterior.
No era cansancio físico, era otra cosa, algo que llevaba semanas creciendo dentro de él, apretándole el pecho, robándole el aire.
Ojalá pudiera echar marcha atrás.
Ese pensamiento lo perseguía desde el día en que vio a Lucía dentro de la furgoneta, forcejeando, con los ojos abiertos de terror.
Desde el día en que entendió que él había sido la pieza que faltaba para que todo encajara.
Y todo por una promesa.
Recordó la voz de su hermano mayor, tan segura, tan convincente.
“Es dinero fácil, Mati.
Solo vigilar.
Nada peligroso.
Con esto podrás pagar la matrícula de tus estudios.
¿no es eso lo que quieres?”
Y él había querido creerlo.
Había querido creer que era un trabajo temporal, un puente hacia algo mejor.
Había querido creer que podía estudiar química y farmacia, que podía tener una vida normal, que podía salir del barrio sin deber nada a nadie.
Pero nada era gratis.
Nunca lo había sido.
Su hermano también se lo dijo, aunque en ese momento no entendió el peso de esas palabras.
“Aquí lo único importante es mantener la boca cerrada.
Si eres listo, te darán trabajos mejores.
Más dinero.
Más libertad.”
Libertad.
Qué palabra tan vacía sonaba ahora.
Matías apoyó la espalda contra la pared del pasillo, cerrando los ojos un instante.
La culpa le ardía por dentro, como si tuviera ácido en las venas.
Porque él sabía la verdad.
Sabía que había sido un eslabón.
Un engranaje más en la cadena que había llevado a Karla y a Lucía a esta casa, a estas habitaciones heladas, a este encierro sin sentido.
Él las había traído aquí sin quererlo.
Sin saberlo.
Pero eso no lo hacía menos culpable.
Lucía…
Lucía lo había mirado como si algo en su rostro le resultara familiar.
Como si su memoria estuviera a punto de encajar una pieza que él necesitaba que nunca encajara.
Y Karla…
Karla era otra historia.
Ella no lo miraba con sospecha, pero si supiese que él hizo amistad con su novio Andy, al que sonsacaba información fácilmente, su reacción sería aún peor de lo que es ahora, más áspera si cabía, y eso no lo haría sentir mejor.
Porque él sabía que debía protegerla, fue el primero en ponerla en peligro.
Ojalá no hubiese comunicado cada movimiento que averiguaba sobre ella y su familia.
Ojalá nunca hubiese confiado en su hermano.
Ojalá nunca hubiese entrado en esta maldita banda.
Ojalá pudiera cambiarlo todo.
Pero también sabía que, en el fondo, protegerla era solo otra forma de obedecer.
Otra forma de ser útil.
Otra forma de ser un peón.
Matías apretó los puños.
Si no hubiera aceptado ese primer trabajo….
Si no hubiera querido tanto salir de ese barrio donde la pobreza camina tranquilamente por calles estrechas y desiguales, con edificios antiguos que muestran grietas como cicatrices abiertas.
La pintura descascarada revela capas de un pasado mejor, ahora cubiertas por anuncios improvisados, grafitis que funcionan tanto como protesta como advertencia, y cables eléctricos colgando a la vista.
En las esquinas se percibe una tensión constante: grupos que observan en silencio, atentos a cualquier movimiento, como si cada gesto pudiera alterar un equilibrio frágil.
La violencia estalla con un simple malentendido.
Las miradas se cruzan rápido, sin quedarse demasiado tiempo en nadie.
Sobrevivir en esas calles es un duro camino que no todos consiguen cruzar.
Si no hubiera subido a ese coche aquel día con su hermano, Karla y Lucía no estarían aquí.
No estarían temblando detrás de esas puertas cerradas.
No estarían dependiendo de un hombre que no puede salvarlas.
Porque él ni siquiera puede salvarse a sí mismo.
Y lo peor de todo es que lo sabe.
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