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Enjaulada - Capítulo 13

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  4. Capítulo 13 - 13 El eco de la culpa
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13: El eco de la culpa 13: El eco de la culpa En otro lugar, en una localidad al oeste de la capital de España y en otro momento, unos padres están destrozados: el secuestro de su hija ha despertado una tormenta de culpas por no haber podido protegerla más, por haber permitido que alguien arrase en su hogar y se lleve el tesoro más preciado que tienen, su hija Karla.

Sus mentes analizan las posibles opciones que podían haber tomado para evitar este fatal desenlace.

Luis, su padre, creía haber reaccionado a tiempo, con rapidez, incluso cuando, pidió una excedencia en su trabajo como funcionario de prisiones en la prisión de “Alcalá-Meco”.

La decisión se tomó sin el consenso de Olga.

Luis notó que su entorno de amigos comenzaban a realizar preguntas sobre la niñez de Karla, una alarma, un sexto sentido… quizás, pero algo le aviso, le hizo pensar que esas preguntas no eran fortuitas.

¿Por qué ahora preguntar por la niñez de Karla con tanta insistencia?

Llevaban viviendo en esa zona de Madrid algo más de 15 años y, la habían visto crecer junto a sus hijos.

No tenía sentido qué despertará ahora tanta curiosidad… a no ser… qué algún desconocido les interrogase o intentará ahondar en los recuerdos que tenían de Karla, de nosotros en general.

La mente de Olga, su madre, no dejaba de dar vueltas.

No podía dejar de repasar cada gesto, cada palabra, cada día que precedió a todo esto.

Es como si su mente hubiera decidido torturarla con un montaje interminable de escenas que ya no puede cambiar.

¿En qué momento fallé?

¿Dónde estaba yo cuando debía haber visto lo que ahora parece tan obvio?

Porque algo tenía que haber sido obvio, ¿no?

Nadie desaparece así, sin que antes el mundo te dé alguna señal, aunque sea mínima, aunque sea un temblor en el aire.

Recordaba las preguntas.

Las malditas preguntas.

“¿Y Karla, cómo era de pequeña?”, “¿Dónde vivíais antes?”, “¿Cómo es qué no tenéis más familia?”.

En su momento me parecieron simples curiosidades de vecinos aburridos, conversaciones de portal, de parque, de sobremesa.

Pero ahora… ahora suenan como golpes en la puerta que yo no quise abrir.

Como advertencias disfrazadas de interés.

¿Por qué no lo vi?

¿Por qué baje la guardia?

¿Por qué no me inquietó lo mismo que a Luis?

Luis reaccionó antes que ella.

Él siempre ha tenido ese instinto de protección, casi animal.

Cuando dijo que algo no cuadraba, que había miradas demasiado largas, silencios demasiado densos, Olga pensaba que estaba cansado, que su trabajo en la prisión le estaba pasando factura, que veía amenazas, donde solo había rutina.

Y ahora se pregunta si esa fue su primera traición como madre: no haber tomado en serio el miedo de quien más quería protegernos.

Podría haber hecho más.

Podría haber vigilado más.

Podría haber preguntado, investigado, desconfiado.

Podría haber sido la madre que Karla necesitaba, no esta versión suya que ahora se deshace entre recuerdos inútiles.

—¿Cómo no vi que alguien la estaba observando?

¿Cómo no noté que nuestro hogar ya no era un refugio, sino un escenario vigilado?—Se torturaba Olga
Se repite que no es culpa suya, que nadie está preparado para algo así, que los monstruos no avisan.

Pero esa frase no le consuela.

No le calma.

No le sirve.

Porque en el fondo sabe que hubo un momento —uno solo— en el que podría haber cambiado el rumbo.

Un instante que dejó pasar.

Y ese instante ahora pesa más que nada es este mundo.

Olga, cierra los ojos, ve su habitación intacta, como si ella fuera a entrar en cualquier momento.

Y entonces le invade una certeza que le rompe: Karla confió en ella para mantenerla a salvo.

Y falló.

Falló de la forma más irreparable.

Luis camina de un lado a otro del salón, como si el movimiento pudiera contener la rabia que le subía por la garganta.

Olga lo observa desde la mesa, con las manos entrelazadas, los nudillos blancos, el cuerpo encogido sobre sí mismo.

—No puedo dejar de pensarlo —dijo él al fin, sin mirarla—.

Si me hubieras creído desde el principio… si no hubieras insistido en que exageraba… quizá ahora Karla estaría aquí.

Olga cerró los ojos un instante, como si esas palabras fueran un golpe directo a su estómago.

—No digas eso así, Luis.

Yo también sentí algo.

Pero no pensé que… que fuera tan grave.

Luis soltó una risa amarga, seca.

—Ese es el problema.

No pensaste que fuera grave.

Yo sí.

Yo lo vi venir.

Las preguntas, las miradas, esa sensación de que alguien estaba hurgando en nuestra vida.

Te lo dije.

Te lo repetí.

Y tú… tú me pediste calma.

—Porque estabas agotado —respondió ella, con la voz temblorosa—.

Venías de la prisión con la cabeza llena de historias horribles.

Supuse que estabas mezclando cosas.

Creí que necesitabas descansar, no huir.

Luis se detuvo por primera vez.

Se pasó las manos por la cara, respiró hondo, como si le costara mantenerse en pie.

—¿Y ahora qué descanso tenemos?

¿Qué descanso va a tener ella?

—preguntó, sin levantar la voz, pero con un filo que cortaba—.

Si me hubieras escuchado… si hubiéramos adelantado el viaje… podríamos estar en Estados Unidos ahora mismo.

Podríamos haber desaparecido antes de que nadie nos encontrara.

Olga sintió que algo dentro de ella se rompía, pero no hizo ruido al caer.

—No lo sabía —susurró—.

No podía saberlo.

Solo intentaba mantenernos unidos, no vivir con miedo.

—Pero el miedo estaba ahí —insistió él—.

Yo lo sentía.

Tú también.

Solo que decidiste ignorarlo.

Y ahora… ahora estamos pagando ese silencio.

Ella levantó la mirada, los ojos enrojecidos, pero secos, como si ya no quedaran lágrimas.

—¿Crees que no me lo repito cada minuto?

¿Crees que no me estoy deshaciendo por dentro?

No me castigues tú también, Luis.

Ya tengo suficiente con lo que me digo a mí misma.

Luis bajó la vista.

Por un momento pareció más cansado que enfadado.

—No te estoy castigando —murmuró—.

Estoy diciendo la verdad.

Si me hubieras confiado en mi instinto… si hubiéramos actuado cuando aún podíamos… Karla estaría con nosotros.

Olga tragó saliva, un gesto pequeño, casi invisible.

—Lo sé —dijo, y su voz se quebró sin romperse—.

Ojalá pudiera volver atrás.

Ojalá pudiera cambiar ese día, esa conversación, esa duda.

Pero no puedo.

Solo puedo estar aquí.

Contigo.

Buscándola.

Aunque me odies.

Luis negó despacio, sin fuerza.

—No te odio.

Solo… no sé cómo vivir con lo que hemos perdido.

Con lo que dejamos pasar.

Ella se levantó y se acercó despacio, como si temiera que cualquier movimiento brusco pudiera hacer que él se desmoronara.

—Entonces no me sueltes —pidió—.

No ahora.

No cuando más falta nos hace estar juntos.

Luis no respondió.

Pero tampoco se apartó.

Y en ese silencio, denso y frágil, quedó suspendida la certeza de que lo que los unía ahora no era el amor, sino el miedo a no recuperar a Karla.

Después de la discusión, Luis y Olga quedaron en silencio, exhaustos, pero con una decisión clara: no podían seguir esperando.

Tenían que actuar.

Luis fue el primero en ponerlo en palabras.

—Tenemos que hablar con ellos —dijo—.

Con todos los que preguntaron por Karla.

No fue casualidad.

Olga sintió un nudo en el estómago.

Recordó las sonrisas, las preguntas disfrazadas de interés, la insistencia de algunos vecinos.

Todo lo que antes había parecido inocente ahora adquiría un tono siniestro.

—Andy, el primero —añadió Luis—.

Él empezó.

Y alguien tuvo que decirle qué preguntar.

Olga asintió.

No quería enfrentarse a nadie, pero tampoco podía seguir paralizada.

Si había un hilo del que tirar, ese era.

Se levantaron casi al mismo tiempo, como si una fuerza invisible los empujara hacia la puerta.

Pero justo cuando Luis fue a coger las llaves, Olga se detuvo en seco.

—Espera —susurró.

Luis se giró.

Ella tenía el móvil en la mano, la pantalla iluminada.

Sus ojos estaban muy abiertos, como si acabara de ver algo imposible.

—¿Qué pasa?

Olga le mostró el teléfono.

Era un mensaje recibido hacía apenas unos minutos.

Un número desconocido.

Solo una frase.

“No habléis con nadie.

Ya es tarde.”
Luis sintió un frío que le subió por la columna.

—¿Quién…?

Olga negó con la cabeza, incapaz de responder.

Y entonces llegó el segundo mensaje.

“Os estamos vigilando, si habláis con la policía, ella muere.”

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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