Leer Novelas
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

Enjaulada - Capítulo 14

  1. Inicio
  2. Todas las novelas
  3. Enjaulada
  4. Capítulo 14 - 14 Matías
Anterior
Siguiente
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo

14: Matías 14: Matías Matías siempre decía que la química era lo único que tenía sentido en un mundo que parecía empeñado en desordenarlo todo.

Le fascinaba cómo una mínima variación de temperatura podía transformar una sustancia, cómo un enlace podía romperse y rehacerse bajo las condiciones adecuadas.

A veces pensaba que él mismo era eso: materia esperando el entorno correcto para no descomponerse.

Caminaba por Entrevías con la mochila colgando de un solo hombro, esquivando los charcos de lluvia y los restos de una noche que nunca terminaba del todo.

El barrio era un organismo vivo, uno que respiraba violencia, cansancio y supervivencia.

En casa, la situación era siempre la misma: su padre sentado en la silla de madera reforzada, la pierna mala estirada, mirando un punto fijo como si allí hubiera una respuesta que nunca llegaba.

El accidente lo había partido en dos: el hombre fuerte, que cargaba sacos de cemento sin pestañear, y el que ahora dependía de un subsidio mínimo y de la ayuda de un hijo que apenas podía mantenerse a sí mismo.

Su madre, con las manos agrietadas por el detergente y el frío, entraba y salía de casas ajenas limpiando vidas que no eran la suya.

A veces llegaba con bolsas de Cáritas: pasta, arroz, un abrigo usado para la niña.

Siempre decía “algo es algo”, pero Matías veía en sus ojos el cansancio de quien ya no espera milagros.

Y luego estaba su hermano mayor, Dani.

El que había escapado del barrio.

El que enviaba dinero cada mes, aunque nadie preguntaba de dónde salía.

El que había aprendido a moverse en las sombras con la misma naturalidad con la que Matías resolvía ecuaciones químicas.

Entre ellos había un pacto silencioso: uno sostenía a la familia, el otro intentaba salvarse estudiando.

Pero el dinero no alcanzaba.

La matrícula, los libros, el transporte… todo era demasiado para un hogar que sobrevivía con lo justo.

Matías lo sabía, pero se negaba a renunciar.

No quería repetir la historia de su hermano muerto, aquel chico que a los diecisiete años cayó en la heroína como quien cae en un pozo sin fondo.

A veces, cuando pasaba por la esquina donde lo encontraron, sentía un nudo en la garganta que no sabía disolver.

Una tarde, Dani lo llamó.

—Tienes talento, Mati —le dijo mientras caminaban por un descampado lleno de coches abandonados—.

Eres listo, más que yo.

Pero la vida no se paga con buenas notas.

Matías sintió un escalofrío.

Sabía hacia dónde iba la conversación, pero no quería escucharlo.

—Solo necesito que me ayudes con unas cosas.

Nada peligroso.

Nada que te vaya a joder la vida.

Es temporal, hasta que puedas pagar tus estudios.

Temporal.

Esa palabra siempre era una trampa.

Dani le explicó el “trabajo”.

Nada que lo pusiera en primera línea.

“Eres invisible”, le dijo.

“Y eso es oro”.

Matías pensó en su padre, en su madre, en su hermana pequeña, que aún creía que el mundo era un lugar amable.

Pensó en la universidad, en los laboratorios, en el olor a reactivos y en la sensación de estar construyendo algo que no fuera miseria.

Mientras caminaba de vuelta a casa, sintió que algo dentro de él cambiaba de estado.

Como si una presión invisible lo obligara a transformarse.

Se engañó, se dijo que era algo temporal, algo que podría revertir cuando quisiera.

Matías no durmió la noche anterior.

Se quedó mirando el techo, escuchando el goteo del grifo de la cocina y los ronquidos irregulares de su padre.

Cada vez que cerraba los ojos veía la cara de Dani diciéndole “rápido, limpio, sin mirar”.

Tres instrucciones sencillas, pero que en su cabeza se volvían un laberinto.

A las nueve de la mañana ya estaba en la calle, con las manos sudadas dentro de los bolsillos.

El aire frío de enero le cortaba la cara, pero no conseguía despejarlo.

Caminaba hacia el punto acordado: una esquina anodina cerca de la estación de Asamblea de Madrid-Entrevías.

Allí, según Dani, un tipo llamado “El Moro” le entregaría el primer paquete.

Cuando llegó, el hombre ya estaba allí.

No era especialmente intimidante, pero tenía esa mirada que no se detiene en nada porque lo ha visto todo.

Le tendió una bolsa de deporte pequeña, negra, sin marcas.

—¿Tú eres el hermano del Dani?

—preguntó sin emoción.

Matías asintió.

—Pues tira.

No la abras.

No la apoyes en el suelo.

No hables con nadie.

Y si alguien te pregunta, no sabes nada.

Matías tragó saliva.

La bolsa pesaba más de lo que esperaba.

No demasiado, pero lo suficiente para recordarle que llevaba algo que no debía conocer.

Caminó deprisa hacia la dirección que le habían dado.

Cada paso le parecía más ruidoso que el anterior.

Sentía que todo el mundo lo miraba, que cada coche que pasaba era una patrulla, que cada sombra podía ser alguien siguiéndolo.

Pero nadie lo miraba.

Nadie lo seguía.

Era invisible, como Dani había dicho.

Al llegar al portal, tocó el timbre que le habían indicado.

Una voz ronca respondió:
—Sube.

El ascensor estaba averiado, así que subió las escaleras con la respiración acelerada.

En el tercer piso, una puerta entreabierta lo esperaba.

Dentro, un hombre de unos cincuenta años, con barriga y camiseta interior, lo observaba sin interés.

—Déjala ahí —dijo señalando una mesa.

Matías obedeció.

El hombre revisó su móvil, tecleó algo y, sin levantar la vista, murmuró:
—Vale.

Puedes irte.

Coge eso.

Le señaló un sobre marrón.

Matías lo tomó sin preguntar.

El hombre ya había cerrado la puerta antes de que él diera un paso atrás.

Bajó las escaleras casi corriendo.

El corazón le golpeaba el pecho como si quisiera escapar.

Cuando salió a la calle, sintió que las piernas le temblaban.

No sabía si era miedo, adrenalina o la sensación de haber hecho algo irreversible.

Se apoyó en una pared y cerró los ojos.

El aire frío le quemaba los pulmones.

Su móvil vibró.

Un mensaje de Dani:
“Bien hecho, hermano.

Tráemelo esta noche, te doy tu sobre.

Y hablamos sobre otro trabajito.”
Dani lo citó en un bar pequeño cerca de Méndez Álvaro, uno de esos sitios donde nadie hace preguntas y todo el mundo mira hacia otro lado.

Matías llegó puntual, todavía con la adrenalina del primer encargo.

Dani estaba en una mesa del fondo, con una cerveza a medio terminar y una sonrisa que no sabía si era orgullo o cálculo.

—Siéntate, hermanito —dijo, dándole una palmada en el hombro.

Matías se sentó.

Dani sacó un sobre del bolsillo de su chaqueta y lo dejó sobre la mesa.

—Esto es tuyo.

Te lo ganaste.

Matías lo miró sin tocarlo.

—¿Qué… qué tengo que hacer ahora?

Dani sonrió, como si hubiera estado esperando esa pregunta.

—Nada complicado.

Solo usar la cabeza.

Eso se te da bien, ¿no?

Matías asintió, aunque un nudo le apretaba la garganta.

—Hay una fiesta este sábado —continuó Dani—.

Gente bien, universitarios, hijos de papá.

Tú vas a encajar sin problema.

Te vistes normal, hablas lo justo, escuchas mucho.

Y te haces amigo de un chico.

Andy.

—¿Y qué tengo que hacer con él?

—Nada raro.

Nada feo.

Solo… acercarte.

Caerle bien.

Que confíe en ti.

Andy es el novio de Karla.

Y Karla nos interesa.

Matías frunció el ceño.

—¿Por qué?

Dani levantó una mano.

—No preguntes.

No te conviene.

Solo tienes que averiguar cosas de ella.

Qué hace, con quién habla, dónde estudia, dónde vive, qué le preocupa, qué oculta.

Todo.

Pero sin que Andy sospeche.

Él es tu puerta.

No tu objetivo.

Matías sintió un escalofrío.

Esto ya no era llevar paquetes.

Esto era meterse en la vida de alguien.

Manipular.

Fingir.

—Cuando tengas la información —continuó Dani—, llamas a este número.

Dani recitó nueve cifras despacio, mirándolo a los ojos.

—Repítelo.

Matías lo hizo.

Una vez.

Dos.

Tres.

Hasta que Dani asintió satisfecho.

—No lo apuntes.

No lo digas en voz alta fuera de aquí.

No lo guardes en el móvil.

Lo memorizas y punto.

—¿Y qué digo cuando llamo?

—Nada.

Solo sueltas la información.

Sin saludo, sin despedida.

No esperas respuesta.

Cuelgas.

Y ya está.

Matías tragó saliva.

—¿Y después?

Dani se inclinó hacia él, bajando la voz.

—Después desapareces.

Cortas con Andy.

No lo vuelves a ver.

No lo vuelves a escribir.

No lo vuelves a nombrar.

Como si nunca hubiera existido.

El silencio entre los dos se volvió espeso.

Matías miró el sobre.

El dinero.

La promesa de seguir estudiando.

De salir del barrio.

De no repetir la historia de su familia.

—¿Y si… son buenas personas?

—preguntó sin saber por qué.

Dani lo miró con una mezcla de ternura y dureza.

—Mati… Tú haz lo que tienes que hacer.

Y luego sigues con tu vida.

Esto es temporal.

Una ayuda.

Nada más.

Matías asintió, aunque algo dentro de él se resistía.

Dani le dio una palmada en la espalda, como si ya estuviera decidido.

—Venga, hermano.

Que tú vales para esto.

Eres listo.

Y si lo haces bien… habrá más trabajos.

Más dinero.

Más oportunidades.

Te lo prometo.

Matías guardó el sobre en el bolsillo.

Pesaba más que la bolsa del primer encargo.

Más que la caja.

Más que cualquier cosa que hubiera llevado nunca.

Mientras salía del bar, sintió que el aire le costaba entrar en los pulmones.

La fiesta era en dos días.

Andy era un desconocido.

Karla, un misterio.

Y él… él era alguien que empezaba a no reconocerse.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo