Enjaulada - Capítulo 15
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15: No se lo digas a nadie 15: No se lo digas a nadie En la casona perdida en la sierra de Madrid.
El pasillo parecía más estrecho cada vez que Matías daba un paso.
No era el espacio: era él.
La presión en el pecho, la sensación de que algo dentro de su cabeza empujaba en direcciones opuestas.
A ratos se obligaba a respirar hondo, como si eso bastara para mantener el control.
Desde abajo llegaban voces secas, órdenes cortantes del “especialista”, el sonido metálico de cajas arrastradas, el golpe sordo de algo pesado al tocar el suelo.
La mercancía.
Ese término que siempre había usado sin pensar, ahora le sonaba extraño, casi ajeno.
Como si de pronto necesitara saber qué era exactamente lo que estaban moviendo… y por qué.
Karla, en su celda, se había quedado inmóvil, con la oreja pegada a la puerta.
Cada ruido la hacía tensar los dedos.
No podía ver nada, pero imaginaba demasiado.
Lucía, en la celda contigua, caminaba en círculos cortos, murmurando hipótesis que iban desde lo absurdo hasta lo inquietante.
—¿Escuchaste eso?
—susurró Lucía, deteniéndose de golpe.
—Sí —respondió Karla, sin apartarse de la puerta—.
Están descargando algo… muchas cosas.
Matías tragó saliva.
Sabía que las chicas estaban escuchando.
Sabía que estaban imaginando.
Y sabía que, si él mismo no lograba descifrar qué estaba pasando abajo, su mente iba a seguir dividiéndose en dos: la parte que obedecía… y la parte que empezaba a cuestionar.
Lucía llevaba un rato llamándolo, primero con cautela, luego con un temblor que no era solo miedo.
Matías intentó ignorarlo, pero cada vez que escuchaba su voz —quebrada, insistente— algo en su interior se tensaba.
Finalmente, cedió.
Se acercó a la puerta con pasos lentos, casi silenciosos.
Desde que había dejado las mantas a Karla, había evitado ponerse a menos de un metro de las celdas.
Sabía que cualquier gesto podía interpretarse como debilidad.
Sabía que tenía órdenes claras.
Pero también sabía que Lucía estaba helada.
—Matías… —susurró ella desde el otro lado—.
¿Qué está pasando abajo?
Él no respondió de inmediato.
Miró el pasillo, escuchó.
Nada.
Solo el eco lejano de actividad en la planta baja.
Entonces, con un gesto rápido, abrió la puerta apenas lo suficiente para entrar.
Lucía tiritaba.
Su respiración era corta, irregular.
Tenía la nariz enrojecida y los ojos vidriosos.
—Estás temblando —murmuró él, más para sí mismo que para ella.
—Hace frío… y no sé qué están haciendo abajo.
Suena como si… —tosió, una tos pequeña, pero áspera— como si trajeran algo grande.
Matías frunció el ceño.
No quería hablar de eso.
No quería alimentar su ansiedad ni la suya propia.
Se quitó la cazadora sin pensarlo demasiado y se la tendió.
—Póntela.
Lucía lo miró, sorprendida.
—Póntela —repitió, esta vez con una firmeza que no era amenaza, sino urgencia.
Ella obedeció.
La cazadora le quedaba grande, pero el calor la envolvió de inmediato.
Matías se acercó más a ella, sin tocarla aún, observándola con una preocupación que intentaba disimular.
—Déjame ver —dijo finalmente, y le apoyó la mano en la frente.
Lucía cerró los ojos.
El contacto era cálido, casi extraño después de tantas horas de frío.
Matías retiró la mano con un gesto brusco, como si el resultado lo hubiera inquietado más de lo esperado.
—Tienes fiebre —murmuró.
—Estoy bien.
Solo dime qué pasa abajo.
Pero él no la escuchaba del todo.
Su mente se había ido a otro lugar: a las consecuencias.
A lo que significaba que una de las chicas enfermara.
A lo que podrían hacerle a él si se enteraban de que había desobedecido órdenes.
A lo que podría pasarle a ella si no hacía nada.
Lucía lo observó, intentando leerle el rostro.
—Matías… ¿Por qué estás tan preocupado?
Él tragó saliva.
No podía decirle la verdad.
No podía decirle nada.
Pero tampoco podía dejarla así.
—Porque no deberías estar enferma —respondió al fin, con una sinceridad que lo desarmó incluso a él—.
Y porque esto… —miró hacia la escalera, hacia el silencio tenso que venía de abajo— no me gusta.
Lucía sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el frío.
Matías bajó a la pequeña cocina improvisada con el pulso acelerado.
Sabía que no debía hacerlo.
Sabía que, si alguien lo veía calentando sopa para las chicas, tendría que inventar una excusa que no se sostendría ni medio minuto.
Pero el recuerdo de la frente tibia de Lucía lo había dejado angustiado.
Mientras removía la olla, escuchaba los ruidos de la planta baja: cajas, pasos, voces tensas.
Todo eso se mezclaba con su propia respiración, demasiado rápida.
Cuando la sopa estuvo lista, la vertió en un cuenco metálico y lo envolvió con un paño para no quemarse.
Subió las escaleras con cuidado, mirando cada sombra del pasillo como si pudiera delatarlo.
Se detuvo frente a la puerta.
Respiró hondo.
Luego abrió.
Lucía estaba sentada en el suelo, envuelta en su cazadora, con las rodillas recogidas.
Al verlo entrar, levantó la cabeza.
Sus ojos estaban cansados, pero había un brillo de alivio que él no esperaba.
—Te he traído algo caliente —dijo, intentando sonar neutral.
Lucía parpadeó, sorprendida.
Cuando él se agachó para dejarle el cuenco, el vapor tibio llenó el pequeño espacio.
Ella extendió las manos, temblorosas, y las acercó al calor antes de tocar la sopa.
—Gracias… —murmuró, con la voz ronca.
Matías asintió, incómodo.
No sabía dónde poner las manos, ni cómo justificar lo que estaba haciendo.
Solo sabía que no podía verla así.
Lucía tomó el cuenco, lo acercó a su rostro y respiró el vapor como si fuera un regalo.
Luego, sin pensarlo demasiado —o quizá pensándolo demasiado— se inclinó hacia él y le dio un beso suave en la mejilla.
Fue un gesto breve, casi torpe, pero cargado de una gratitud desesperada.
Matías se quedó inmóvil.
No retrocedió, pero tampoco supo cómo reaccionar.
Su piel ardió bajo el contacto, no por el beso en sí, sino por lo que significaba: que ella lo veía como algo más que un guardián.
O quizá como la única grieta humana en un entorno hostil.
—Lucía… —empezó a decir, pero la voz se le quebró un poco.
Ella lo miró, con la sopa entre las manos.
—Solo… gracias.
De verdad.
Él tragó saliva.
Se obligó a recuperar el control.
—Tómala despacio.
Está muy caliente.
Y… —miró hacia la puerta, atento a cualquier ruido— no digas nada de esto.
Ni a Karla.
Ni a nadie.
Lucía asintió, aunque ambos sabían que Karla lo sabría tarde o temprano.
Matías se levantó, pero antes de salir se detuvo un instante.
La fiebre, el frío, el beso, el silencio de abajo… todo se mezclaba en su mente como un nudo que no sabía deshacer.
—Volveré en un momento —dijo finalmente—.
Tengo que llevarle algo a Karla también.
Y salió, cerrando la puerta con suavidad, como si temiera que el ruido pudiera romper algo más que el silencio.
Karla llevaba varios minutos pegada a la puerta, intentando descifrar los murmullos del pasillo.
Había escuchado pasos, un intercambio de palabras, el sonido metálico de la cerradura… y luego nada.
Ese silencio la estaba devorando.
Cuando por fin escuchó el leve golpe que Lucía hacía para avisarle que podía hablar, se acercó a la pared que compartían.
—¿Qué ha pasado?
—susurró, con un filo de ansiedad que rara vez dejaba ver.
Lucía tardó un segundo en responder, como si estuviera ordenando sus pensamientos.
—Me ha traído sopa caliente —dijo al fin—.
Y… me ha dejado su cazadora.
Karla frunció el ceño.
Eso no encajaba con el Matías rígido y obediente que habían visto hasta ahora.
—¿Por qué haría eso?
—preguntó, desconfiada.
—No lo sé —mintió Lucía con suavidad.
No mencionó el beso.
No quería que Karla lo interpretara como debilidad o como un error táctico—.
Pero creo que… no es tan firme como parece.
Está preocupado.
Mucho.
Karla se quedó en silencio, procesando.
Ella no creía en gestos desinteresados.
No en un lugar así.
No de alguien como él.
Pero sí creía en grietas.
Y una grieta, por pequeña que fuera, podía convertirse en una salida.
—¿Te ha dicho algo de lo que pasa abajo?
—insistió.
—No.
Evita hablar de eso.
Pero… va a ir a verte ahora.
Creo que también te llevará algo caliente.
Karla respiró hondo.
No era alivio.
Era cálculo.
—Lucía… —dijo en voz baja, con ese tono que usaba cuando estaba pensando en algo peligroso— si Matías está dudando, podemos usarlo.
Lucía tragó saliva.
No le gustaba ese brillo en la voz de Karla, ese que aparecía cuando veía una oportunidad.
—¿Qué estás pensando?
—Que si entra aquí, si se acerca lo suficiente… puedo sorprenderlo.
No para hacerle daño —aclaró, aunque ambas sabían que la línea era fina— sino para salir de esta habitación.
Para movernos.
Para buscar una salida real.
Lucía sintió un escalofrío.
No por el frío.
Por la posibilidad.
—Karla… no sé si es buena idea.
Está dividido, sí, pero—
—Precisamente por eso —la interrumpió Karla—.
Un carcelero seguro de sí mismo es imposible de burlar.
Uno que duda… es vulnerable.
Lucía apretó los labios.
No quería traicionar la confianza que Matías había mostrado, pero tampoco podía negar que Karla tenía razón.
La oportunidad era real.
Y quizá única.
—Solo… ten cuidado —murmuró—.
No sabemos hasta dónde llega su lealtad.
Karla apoyó la frente en la pared, cerrando los ojos un instante.
—Lo averiguaremos en cuanto abra la puerta.
En el pasillo, se escuchaban los pasos de Matías acercándose a la puerta de Karla.
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