Enjaulada - Capítulo 16
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16: El descuido 16: El descuido Matías llegó al final del pasillo con el cuenco entre las manos.
El vapor subía en pequeñas volutas, cálidas, casi fuera de lugar, en aquel entorno frío.
Respiró hondo antes de abrir la puerta de Karla.
Sabía que ella no estaba enferma, pero debía justificar su entrada en la habitación de Lucía en caso de que descubriesen que había mitigado el frío que padecía la muchacha sin consentimiento expreso del jefe.
Entró despacio.
Karla estaba de pie, rígida, como si hubiera estado esperando exactamente ese momento.
Sus ojos se clavaron en él de inmediato, pero no en su rostro: en su cintura.
En el cuchillo que llevaba sujeto al cinturón.
Matías lo notó.
Siempre lo notaba.
Pero esta vez no dijo nada.
—Te he traído algo caliente —murmuró, dejando el cuenco sobre el suelo, a medio metro de ella.
Karla no se movió al principio.
Solo lo observó.
Cada detalle.
La forma en que él evitaba mirarla directamente.
La tensión en sus hombros.
El leve temblor en sus dedos, quizá por el calor del cuenco, quizá por algo más.
Luego dio un paso hacia él.
Lento.
Medido.
Como si estuviera probando el terreno.
Matías levantó la vista.
Sus ojos se encontraron un instante.
Él no retrocedió, pero sí se tensó, como si su cuerpo estuviera dividido entre la obediencia y el instinto.
—Gracias —dijo Karla, con una voz suave que no coincidía con la alerta en su mirada.
Se acercó un poco más.
Otro paso.
No lo suficiente para invadirlo, pero sí para que él sintiera su presencia.
Matías tragó saliva.
No sabía si era por la cercanía o por la sensación de que algo en ella estaba… calculando.
Karla inclinó la cabeza apenas, como si evaluara su respiración, su postura, su vulnerabilidad.
Y sin apartar los ojos del cuchillo, habló:
—¿También estás preocupado por mí?
La pregunta era una trampa.
O una invitación.
O ambas cosas.
Matías desvió la mirada hacia el cuenco, como si eso pudiera darle una salida.
—Hace frío aquí —respondió—.
No quiero que… que os pase nada.
Karla dio otro paso.
Ya estaba lo bastante cerca como para que él sintiera el leve olor a humedad de la habitación, el frío que ella desprendía, la tensión contenida.
Pero no tocó nada.
No hizo ningún gesto brusco.
Solo se inclinó para recoger la sopa, sin romper el contacto visual.
—Lo aprecio —dijo, con una calma que no era calma, sino estrategia.
Matías asintió, incómodo.
Sabía que debía salir.
Sabía que quedarse era exponerse.
Pero algo en la forma en que ella lo miraba lo dejó paralizado un segundo más de lo prudente.
Karla lo notó.
Lo registró.
Lo guardó.
Una grieta más.
Cuando él finalmente dio un paso hacia atrás para salir, Karla se mantuvo en silencio, observándolo.
No había hecho nada.
No había intentado nada.
Pero había medido cada centímetro de distancia, cada reacción, cada debilidad.
Cuando salió de la habitación de Karla, Matías cerró la puerta con más suavidad de la necesaria.
No quería que el ruido la despertara de ese estado extraño en el que la había dejado: quieta, observándolo como si pudiera leerle la mente.
Caminó unos pasos por el pasillo, pero tuvo que detenerse.
Sentía el pulso acelerado, como si hubiera corrido.
No entendía por qué.
Se apoyó en la pared, respirando hondo.
El olor tenue de la sopa caliente todavía le impregnaba las manos, pero lo que realmente lo inquietaba era otra cosa: la forma en que Karla lo había mirado.
No con miedo.
No con sumisión.
Con una mezcla de desafío y… algo más.
Algo que él no sabía interpretar.
Había una fuerza en ella que lo atraía sin permiso.
Una valentía que lo descolocaba.
Karla no se encogía, no lloraba, no suplicaba.
Lo enfrentaba.
Lo estudiaba.
Y ese gesto —esa manera de sostenerle la mirada como si él fuera el que estaba encerrado— le había provocado un vuelco en el estómago.
Primero lo había repelido.
Su hostilidad, su frialdad, su forma de tensar el cuerpo como si fuera a saltar sobre él.
Eso lo había puesto a la defensiva, lo había obligado a endurecerse.
Pero ahora… ahora había algo distinto.
Cuando le dejó la sopa, ella no lo atacó, no lo insultó.
Se acercó despacio, midiendo cada paso, como si estuviera tanteando un terreno nuevo.
Y cuando le dio las gracias, su voz había tenido un matiz que él no esperaba.
No era dulzura.
No era sumisión.
Era… reconocimiento.
Una especie de tregua momentánea.
Un gesto que, por un instante, lo hizo sentir visto.
No como un guardia.
No como un ejecutor de órdenes.
Como un hombre.
Ese pensamiento lo golpeó con fuerza.
No debía pensar así.
No debía sentir nada.
No debía permitir que ninguna de las dos lo afectara.
Pero Karla… Karla tenía una presencia que lo desarmaba.
Sus cambios bruscos —la dureza, luego la calma, luego esa mirada que parecía atravesarlo— lo dejaban sin equilibrio.
Y lo peor era que él lo sabía.
Sabía que algo en ella lo atraía.
No físicamente, o no solo.
Era su carácter.
Su resistencia.
Su capacidad de mantenerse entera en un lugar que buscaba romperla.
Esa fuerza lo fascinaba y lo aterraba a la vez.
Se pasó una mano por la cara, intentando recomponerse.
No podía permitirse esa debilidad.
No ahora.
No con el especialista abajo, no con la mercancía llegando, no con las chicas encerradas y observándolo todo.
Pero mientras caminaba hacia la escalera, una idea lo persiguió como una sombra:
Karla no era solo una prisionera.
Era un peligro.
Y no porque pudiera atacarlo.
Si no porque podía hacer que él olvidara quién se suponía que debía ser.
Matías subió de nuevo las escaleras con el corazón acelerado.
El ruido de las furgonetas descargando seguía retumbando desde la planta baja, un caos que le daba unos minutos de margen… pero no muchos.
Tenía que recoger el cuenco antes de que alguien lo viera.
Antes de que el especialista subiera.
Antes de que todo se complicara aún más.
Abrió la puerta de Karla con la misma cautela de antes.
Ella ya estaba de pie.
El cuenco entre las manos.
La espalda recta.
Los ojos fijos en él.
—Ya lo has terminado —murmuró Matías, intentando sonar neutro.
Karla dio un paso hacia adelante.
Un movimiento suave, casi amable.
Le tendió el cuenco como si fuera un gesto de cortesía.
Pero había algo en su postura.
En la tensión de sus dedos.
En la forma en que su mirada no se apartaba de su cinturón.
Matías lo sintió un segundo tarde.
Karla se movió, con más precisión de la que creía que podría tener.
El cuenco rozó la mandíbula de Matías, que a punto estuvo de perder el equilibrio y caer.
Pero no esperó a ver si Matías caía.
No podía, y ella se lanzó a través de él como si el aire se hubiera abierto.
Salió al pasillo casi sin sentir sus piernas.
El corazón le golpeaba en las sienes, tan fuerte que apenas escuchaba otra cosa.
El pasillo era largo, iluminado por una luz amarillenta que parpadeaba en algunos tramos.
Corrió hacia la derecha, lejos de las escaleras.
Allí abajo había ruido, voces, movimiento.
No tenía ninguna posibilidad si bajaba.
Necesitaba otra salida.
Una puerta lateral.
Una ventana.
Un hueco.
Cualquier cosa.
El pasillo se extendía ante ella como un túnel sin fin.
A cada paso, el suelo frío resonaba bajo sus pies.
A mitad de camino, una puerta entreabierta llamó su atención.
Se detuvo un segundo, respirando con dificultad, intentando escuchar.
Nada.
Solo silencio.
La empujó.
Era un cuarto pequeño, casi un trastero.
Estanterías metálicas, cajas, herramientas.
Una ventana diminuta, demasiado alta para alcanzarla sin algo que escalar.
Karla evaluó el espacio en un vistazo rápido.
No había tiempo.
No era suficiente.
Volvió al pasillo.
El eco de un golpe lejano —quizá Matías recuperando el equilibrio, quizá algo más— la impulsó a seguir corriendo.
No sabía cuánto tardaría él en reaccionar.
No sabía si Lucía había escuchado.
No sabía si el especialista subiría en cualquier momento.
Solo sabía que tenía que moverse.
Al final del pasillo, otra puerta.
Esta cerrada.
Probó el pomo.
Nada.
Tiró con más fuerza.
Tampoco.
Maldijo entre dientes, con la respiración entrecortada.
No podía perder tiempo ahí.
Siguió adelante.
El pasillo hacía un giro brusco a la izquierda.
Karla dobló la esquina y se encontró con un tramo más estrecho, casi claustrofóbico.
Las paredes parecían cerrarse sobre ella.
Pero al fondo… algo.
Una puerta metálica con una pequeña rejilla en la parte superior.
No sabía si daba al exterior, a otra planta, a un almacén o a un callejón sin salida.
Pero era una puerta distinta.
Una posibilidad.
Corrió hacia ella.
Su mano temblorosa agarró el pomo.
Lo giró.
La puerta cedió un centímetro.Un centímetro que podía significarlo todo.
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