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Enjaulada - Capítulo 17

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  4. Capítulo 17 - 17 La Barranca
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17: La Barranca 17: La Barranca El golpe lo tomó desprevenido.

El impacto fue tan seco que perdió el equilibrio.

Matías cayó de rodillas, una mano en el suelo, la otra en la barbilla, soltando un gruñido ahogado.

El cuenco rodó por la habitación, chocando contra la pared con un tintineo metálico.

—¡Karla!

—la voz de Lucía llegó amortiguada desde la celda contigua—.

¿Qué está pasando?

¡Karla!

Matías apenas tuvo tiempo de procesar el dolor punzante en la mandíbula.

Su mente tardó un segundo en entender lo que había ocurrido.

Se incorporó, tambaleándose, y salió al pasillo justo a tiempo para ver la sombra de ella doblando la esquina.

El pasillo resonó con sus pasos.

La adrenalina le nublaba la vista, pero conocía ese edificio mejor que nadie.

Sabía exactamente dónde estaba ella, hacia dónde podía ir, y sobre todo… dónde no debía poner un pie.

La cuarta planta era un laberinto traicionero.

Un ala entera estaba en ruinas desde el incendio de hacía años.

Peldaños quebrados.

Huecos en el suelo.

Vigas sueltas.

Si Karla llegaba allí, no necesitaría guardias para caer en una trampa mortal.

—¡Karla, por favor!

—su voz se quebró, no de autoridad, sino de miedo real—.

¡No vayas por ese lado, es peligroso!

Pero ella no se detuvo.

Matías aceleró.

El pasillo se estrechaba, la luz parpadeaba, y cada eco de sus pasos le recordaba que abajo había tres cuadrillas descargando mercancía.

Si Karla bajaba por la escalera principal, no llegaría ni al primer rellano.

Y si el especialista subía y lo encontraba con la puerta abierta, con una prisionera suelta…
No quería imaginarlo.

—¡Karla, escúchame!

—insistió, doblando la misma esquina que ella—.

¡No quiero hacerte daño, pero no puedes seguir por ahí!

Su voz rebotó en las paredes desconchadas.

No hubo respuesta.

Solo el sonido de la respiración agitada de Karla, unos metros por delante.

Matías sintió un nudo en el estómago.

No podía permitir que ella se accidentara.

No podía permitir que la atraparan abajo.

No podía permitir que el especialista la encontrara antes que él.

Y, aunque no quería admitirlo, tampoco podía permitir perderla de vista.

No después de lo que había visto en sus ojos.

No después de lo que había sentido cuando ella se le acercó.

No después de darse cuenta de que, por primera vez en mucho tiempo, alguien lo había mirado como si fuera algo más que un engranaje obediente.

—Karla… —su voz bajó, casi un ruego—.

No hagas esto.

No así.

Pero Karla seguía corriendo.

Y Matías corrió tras ella, sabiendo que cada segundo los acercaba a un punto sin retorno.

Karla llegó a la puerta que había logrado abrir apenas un centímetro.

No tenía tiempo para pensar.

Solo sabía que Matías estaba demasiado cerca.

Giró la cabeza y lo vio: a escasos centímetros, la mano extendida, los ojos abiertos de sorpresa y miedo.

Ese miedo no era por él.

Era por ella.

No podía dejar que la alcanzara.

Empujó la puerta con el hombro, lo justo para abrir una rendija, y se deslizó por ella como una sombra.

Sintió el aire frío del otro lado, un vacío extraño, un silencio que no pertenecía al pasillo.

Y entonces, de golpe, el suelo desapareció bajo sus pies.

Karla contuvo la respiración.

Sus brazos se agitaron buscando un punto de apoyo.

El borde de la puerta, la pared, el aire.

Nada.

Sus pies estaban en el filo exacto donde una escalera había existido alguna vez.

Ahora solo quedaba un hueco negro, profundo, un vacío que olía a polvo viejo y madera quemada.

Cinco centímetros más y habría caído.

Por un instante, se vio cayendo.

Sintió el vértigo, la caída imaginada, el golpe que no llegaba.

Y entonces, algo la sujetó.

Un brazo fuerte.

Matías la atrapó por la cintura con una fuerza que no dejaba espacio a dudas.

La atrajo hacia atrás, hacia él, hacia su pecho, como si su propio cuerpo fuera la única barrera entre ella y el abismo.

Karla chocó contra él.

Matías la sostuvo con ambos brazos, sin pensar, sin medir, sin recordar órdenes ni consecuencias.

Solo reaccionó.

Solo evitó que cayera.

El silencio del hueco se mezcló con su respiración acelerada.

Karla sintió su pecho contra su espalda, el temblor involuntario en los brazos que la sujetaban, la mezcla de miedo y alivio que él no podía ocultar.

No era un abrazo.

No del todo.

Era un acto reflejo, desesperado, casi instintivo.

Pero la cercanía era real.

El temblor era real.

La fragilidad del momento también.

Ella no se movió.

No podía.

No por falta de voluntad, sino porque el vacío seguía a sus pies.

Matías la sostuvo un segundo más, como si necesitara convencerse de que estaba viva.

Luego, muy despacio, la apartó del borde, sin soltarla del todo.

—Karla… —susurró.

Ella no respondió.

Su cuerpo seguía vibrando por el susto, por la adrenalina, por la cercanía inesperada.

Y en ese instante, los dos supieron que algo había cambiado entre ellos.

No para bien.

No para mal.

Simplemente cambiado.

Karla aprovechó ese instante de quietud para mirar a su alrededor con una atención nueva.

Hasta ese momento, el edificio había sido solo un laberinto hostil.

Pero ahora, con el borde del abismo a sus pies y el cuerpo de Matías sosteniéndola, empezó a ver detalles que antes se le habían escapado.

El aire que entraba por la puerta era distinto: más frío, más húmedo, cargado de un olor a madera quemada y polvo antiguo.

Karla levantó la vista y reconoció el lugar.

Estaban en La Barranca, el viejo psiquiátrico abandonado en la sierra de Madrid, cerca de Navacerrada.

Lo había visitado en una excursión del colegio y más tarde con amigos.

Se decía que era un lugar maldito, donde aún se escuchaban los gritos de los pacientes fallecidos en el incendio.

Un sitio apartado, aislado entre pinos y roca, donde nadie pasaba sin querer.

Y ahora entendía por qué lo habían elegido.

El ala en la que casi había caído era la parte más antigua del edificio.

Las paredes estaban agrietadas, cubiertas de grafitis: nombres, símbolos, frases sin sentido.

El techo tenía vigas expuestas, algunas quemadas.

El suelo era un mosaico de baldosas rotas y restos de madera calcinada.

La escalera que una vez conectó esa planta con la inferior era ahora un hueco negro.

A su espalda, donde Matías la sostenía, el edificio cambiaba.

El pasillo por el que había corrido era más estable: paredes repintadas a medias, puertas reforzadas, bombillas amarillentas que parpadeaban pero funcionaban.

No era un lugar cómodo, pero sí utilizable.

Ese contraste le reveló algo importante: esta gente había restaurado solo lo necesario.

El resto lo dejaba como estaba, porque el abandono era su mejor aliado.

Era el escondite perfecto para una organización criminal.

Un lugar donde nadie miraba.

Donde nadie preguntaba.

Donde nadie escuchaba los gritos.

Matías notó el cambio en su respiración.

—Karla… —murmuró—.

No mires ahí.

No es seguro.

Pero ella no apartó la vista.

Porque por primera vez desde que la encerraron, sabía exactamente dónde estaba.

Y eso significaba que, por primera vez, podía empezar a pensar en cómo salir.

—Tenemos que movernos —susurró Matías.

Aún la sostenía por el brazo, alejándola del borde.

Ella seguía temblando, pero en cuanto escuchó los pasos, su expresión cambió: miedo, sí, pero también una chispa de esperanza desesperada.

—Matías… —su voz era un ruego—.

Déjame ir.

Ayúdame a salir de aquí.

A Lucía también.

Él apretó la mandíbula.

—Karla, no.

No ahora.

—¡Por favor!

—insistió ella—.

Si me devuelves ahí dentro… si él sube… tú sabes lo que va a pasar.

Matías cerró los ojos un instante.

Sí, lo sabía.

Los pasos estaban más cerca.

—Vamos —dijo, casi arrastrándola—.

No hables.

Doblaron la última esquina.

La puerta de la habitación de Karla estaba ahí.

Matías aceleró, casi empujándola hacia dentro.

—Lo siento —murmuró—.

Si te ven fuera… será peor.

Para todos.

Karla lo miró con rabia, miedo y algo más.

—Entonces ayúdame —susurró—.

No ahora.

Pero hazlo.

Los pasos estaban ya en el pasillo.

Matías tragó saliva.

La empujó dentro.

Cerró la puerta con un clic que le dolió más que el golpe en la mandíbula.

Y justo cuando giró la llave, una sombra apareció al fondo del pasillo.

El especialista.

Matías enderezó la espalda, intentando controlar su respiración.

—¿Qué haces aquí arriba?

—preguntó la voz del especialista, fría como un cuchillo.

Matías sintió cómo el aire del pasillo se volvía más denso, como si cada molécula esperara su respuesta.

—Patrullando —dijo, demasiado rápido.

El especialista avanzó unos pasos.

No corría.

Su sola presencia empujaba a los demás a retroceder.

—Patrullando —repitió, saboreando la palabra—.

Aquí arriba no hay nada que patrullar.

Matías mantuvo la mirada fija en un punto neutro, apenas a la altura del hombro del hombre.

No podía mirarlo a los ojos.

No hoy.

—Escuché ruido —improvisó—.

Pensé que alguien había subido.

El especialista inclinó la cabeza, como si evaluara la densidad de la mentira.

Sus ojos se deslizaron hacia la puerta detrás de Matías.

La puerta que él acababa de cerrar.

La que aún parecía vibrar con el temblor de Karla al otro lado.

—¿Ruido?

—preguntó, acercándose un paso más—.

Qué curioso.

Yo no escuché nada.

Matías sintió cómo un hilo de sudor le recorría la columna.

No podía moverse.

No podía respirar demasiado fuerte.

No podía permitir que su mirada se desviara hacia la cerradura.

El especialista se detuvo a menos de un metro.

Su voz bajó, casi un susurro.

—¿Seguro que no estás… ocultando algo?

El silencio entre ambos se tensó como un cable a punto de romperse.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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