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Enjaulada - Capítulo 18

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  4. Capítulo 18 - 18 Desde luego hoy no es mi díao sí
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18: Desde luego hoy, no es mi día…o sí 18: Desde luego hoy, no es mi día…o sí El especialista dejó que el silencio se alargara un segundo más.

Luego otro.

Matías sintió cómo cada latido retumbaba en su garganta.

—Muévete —ordenó el hombre, señalando la puerta con un leve gesto de la barbilla.

Matías dio un paso a un lado.

No podía hacer otra cosa.

El especialista avanzó hasta quedar frente a la cerradura.

Apoyó la mano en el pomo, sin girarlo todavía.

Solo lo sostuvo, como si pudiera leer la temperatura del metal, la vibración del aire detrás.

Matías tragó saliva.

No hables.

No expliques.

No des más de lo que te pidan—Le aconsejaba una voz en su cabeza
El especialista giró apenas el pomo.

No lo suficiente para abrir, pero sí para comprobar la resistencia.

La llave, aún caliente por la mano de Matías, vibró en la cerradura.

—He abierto por seguridad, para comprobar que las chicas estén bien.

—¿Seguridad de qué?

—preguntó, sin apartar la vista del metal.

Matías sintió que el pasillo entero se inclinaba hacia él, esperando su caída.

—Pensé que… —empezó, pero el especialista levantó una mano, cortándolo.

—No pienses —dijo, con una calma que helaba—.

Solo dime la verdad.

El pomo volvió a moverse, esta vez un milímetro más.

Karla, al otro lado, debía estar conteniendo la respiración.

El especialista ladeó la cabeza, como si escuchara algo que Matías no podía oír.

El mundo se reducía a dos opciones, ambas letales.

O le contaba la verdad y moría o seguía mintiendo, pero si él lo descubría… también moriría.

Matías cogió una bocanada de aire, como si al dejar entrar el aire fresco en sus pulmones pudieran relajar su nerviosismo.

—Tengo órdenes tuyas de que no deje pasar a los hombres a verlas y quería comprobar que no había nadie con ellas.

El especialista lo observó.

Largo.

Demasiado largo.

Luego retiró la mano del pomo… pero no se alejó.—
—Bien —dijo—.

Entonces no te importará si entro a comprobarlo.

El especialista giró el pomo.

La puerta cedió sin resistencia.

El sonido —ese pequeño clic suave— fue peor que un grito.

El hombre se volvió hacia Matías con una ceja apenas levantada.

—¿No estaba cerrada con llave?

—preguntó, sin necesidad de elevar la voz.

Matías sintió cómo la sangre se le helaba.

No había excusa posible.

No una que él pudiera pronunciar sin que se le quebrara la voz.

El especialista empujó la puerta del todo y entró un paso.

Karla estaba en el rincón más alejado, casi fundida con la sombra.

No se movió.

No respiró.

Solo observó.

El especialista recorrió la habitación con la mirada, lento, metódico.

Vio el cuenco.

Luego volvió a Matías.

—Interesante —dijo—.

Muy interesante.

Matías abrió la boca para decir algo, cualquier cosa, pero entonces Karla habló.

—Matías…
Su voz fue apenas un hilo, pero suficiente para atravesar el aire como una aguja.

El especialista se detuvo.

Giró la cabeza hacia ella.

Luego hacia él.

Y en ese instante, Matías supo que había perdido.

—Así que Matías —murmuró el hombre, saboreando el nombre—.

Matías.

El silencio se volvió insoportable.

—Y además hablas con ella —continuó el especialista, sin levantar la voz—.

Dos errores en menos de un minuto.

Qué generoso eres.

Matías sintió cómo el suelo parecía inclinarse bajo sus pies.

El especialista salió de la habitación sin apartar la mirada de él.

Cerró la puerta de Karla de un golpe seco, esta vez sí, girando la llave con fuerza, como si quisiera sellar algo dentro… o fuera.

El sonido metálico resonó en el pasillo.

—Muévete —ordenó.

Y antes de que Matías pudiera reaccionar, el especialista lo empujó.

No con violencia explícita, pero con la suficiente fuerza para desplazarlo varios metros hacia atrás, obligándolo a recuperar el equilibrio como un niño torpe.

—Vamos a hablar tú y yo —dijo el hombre, avanzando despacio—.

Y vas a explicarme exactamente qué crees que estás haciendo.

El pasillo parecía más estrecho.

El aire más pesado.

Y Matías, por primera vez, no sabía si iba a poder sostener la mentira un segundo más.

La sala estaba vacía, salvo por la mesa de acero en el centro.

Un despacho antiguo, despojado de todo lo que alguna vez lo hizo humano.

El especialista cerró la puerta detrás de ellos.

No hizo falta llave.

Su presencia era suficiente para convertir cualquier espacio en una trampa.

El primer golpe llegó sin aviso.

Matías perdió el equilibrio y chocó contra la mesa, un dolor seco expandiéndose por las costillas.

El metal vibró bajo su peso.

El especialista no levantó la voz.

Nunca lo hacía.

No lo necesitaba.

—¿Sabes qué es lo que más me molesta?

—preguntó, como si iniciara una conversación trivial.

Matías intentó enderezarse, apoyándose en el borde frío de la mesa.

—No es que mientas —continuó el especialista, caminando despacio a su alrededor—.

Todos mienten.

Es… natural.

Se detuvo detrás de él.

Matías sintió la sombra del hombre más que su presencia.

—Lo que me molesta —dijo, con esa calma que helaba— es que lo hagas tan mal.

Matías apretó los dientes.

No debía hablar.

No debía justificar nada.

Cada palabra podía ser un error más.

El especialista se inclinó apenas, lo suficiente para que su voz rozara la nuca de Matías.

—Le diste tu nombre.

—…
—Y hablaste con ella.

Matías cerró los ojos un instante.

Sí.

Lo sabía.

—¿Qué pretendías?

—preguntó el especialista, rodeándolo de nuevo—.

¿Salvarla?

¿Salvarte?

¿O simplemente… sentirte útil?

La pregunta cayó como un peso imposible de sostener.

El especialista se detuvo frente a él, a menos de un metro.

—Mírame —ordenó.

Matías levantó la vista.

El hombre no mostraba ira.

Ni desprecio.

Solo una especie de decepción meticulosa, casi profesional.

—Vas a explicarme —dijo— por qué rompiste las reglas.

Todas.

Y por qué debería creerte algo… después de esto.

El silencio que siguió era una cuerda tensada entre ambos, lista para partirse.

Matías respiró hondo, intentando que el aire no le doliera tanto al entrar.

—No quise… —empezó, eligiendo cada palabra como si fuera vidrio roto—.

Solo pensé que si ella estaba alterada, podía… evitar problemas.

Nada más.

Era una verdad parcial.

La única que podía pronunciar sin delatarse por completo.

El especialista lo observó como si analizara un insecto bajo una lámpara.

—Evitar problemas —repitió, con un tono que no era burla, pero tampoco respeto—.

Qué noble.

Qué… inútil.

Matías apretó los dedos contra el borde de la mesa para no encogerse.

El especialista caminó alrededor de él, despacio, como si midiera la distancia exacta entre la paciencia y el desprecio.

—No sé qué coño ha visto el jefe en ti —dijo al fin—.

Porque yo no veo nada.

Ni disciplina.

Ni instinto.

Ni siquiera miedo del bueno.

Se detuvo frente a él.

—Eres blando —continuó, sin elevar la voz—.

Blando por dentro y por fuera.

Y ahora resulta que tampoco sabes acatar órdenes simples.

Matías sintió el peso de cada palabra como si fueran piedras colocadas una a una sobre su pecho.

—No fue desobediencia —intentó—.

Fue… un error de juicio.

El especialista soltó una risa breve, seca, sin humor.

—Error de juicio.

Claro.

Y los errores de juicio aquí arriba se pagan rápido.

Se inclinó un poco, lo suficiente para que Matías no pudiera evitar mirarlo a los ojos.

—Vas a durar muy poco vivo, lo sabes —dijo, con una calma que helaba—.

Muy poco.

Matías no respondió.

No podía.

Cualquier palabra sería interpretada como desafío o como rendición, y ninguna de las dos opciones lo salvaría.

El especialista enderezó la espalda.

—Así que vas a explicarme —añadió— cómo piensas compensar este desastre.

Porque si no encuentro una razón convincente para no sacarte de circulación… alguien más lo hará.

El silencio que siguió era un abismo abierto a los pies de Matías.

Matías levantó la vista despacio, aún apoyado en la mesa para no perder el equilibrio.

—Puedo servir —dijo, con la voz baja pero firme—.

El jefe… tiene interés en ella.

Lo sabes.

Todos lo saben.

Y yo… estoy empezando a ganarme su confianza.

El especialista no reaccionó al instante.

Solo lo observó, como si evaluara la densidad de cada palabra.

—¿Confianza?

—repitió, sin emoción—.

Tú.

Matías no retrocedió.

—Si algún día hay que manejarla, calmarla, moverla… será más fácil si es conmigo.

No contigo.

No con nadie más.

Ella… me escucha.

El silencio se volvió espeso.

El especialista entrecerró los ojos, calibrando la utilidad de aquello.

—El jefe dio órdenes claras —dijo al fin—.

Cuidarla.

Mantenerla a salvo.

A toda costa.

Caminó alrededor de la mesa, despacio, como si la decisión se formara paso a paso.

—Y tú, por accidente o estupidez, has conseguido algo que ninguno de los otros idiotas ha logrado.

Se detuvo frente a él.

—Ella te habla.

Matías no respondió.

No debía parecer orgulloso.

Ni seguro.

Solo útil.

El especialista inclinó la cabeza, como si finalmente aceptara una pieza que no quería en su tablero.

—Quizá sirvas para algo después de todo —concedió—.

Quizá.

Pero la palabra cayó como una sentencia, no como un alivio.

El hombre se acercó un poco más, lo suficiente para que Matías sintiera la amenaza sin necesidad de contacto.

—Escúchame bien —dijo, con esa calma que helaba—.

Un paso en falso.

Uno.

Y no podrás salvarte.

Matías tragó saliva.

—Ni tu hermano —continuó el especialista—.

Ni el jefe.

Ni nadie.

Su voz bajó aún más.

—Porque para cuando alguien pregunte por ti… ya estarás muerto.

El silencio que siguió fue absoluto.

Matías no sabía si acababa de salvarse… o si acababa de firmar su sentencia.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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