Leer Novelas
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

Enjaulada - Capítulo 19

  1. Inicio
  2. Todas las novelas
  3. Enjaulada
  4. Capítulo 19 - 19 Retomando contactos
Anterior
Siguiente
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo

19: Retomando contactos 19: Retomando contactos En otro lugar de Madrid, los padres de Karla no han dejado de moverse; han hablado con Andy, con los amigos de su hija, con los vecinos, con todas aquellas personas que han tenido cualquier tipo de contacto con ella.

Necesitan reconstruir sus pasos y saber quiénes la han arrancado de su vida.

Tanto Olga como Luis saben que no pueden decaer, ahora no, no es el momento; por eso casi no descansan.

Luis conduce sin rumbo fijo, pero con un propósito bien definido: encontrar cualquier grieta, cualquier detalle que se les haya escapado.

Olga, a su lado, revisa por enésima vez el móvil de Karla, los mensajes, las fotos, los horarios.

Cada vez que encuentra un silencio, un hueco temporal, siente cómo se le encoge el pecho.

—Luis… —susurra Olga—.

¿Y si…?

—No.

—Él no la deja terminar—.

No vamos a pensar eso.

No todavía.

Pero ambos lo han pensado.

Lo piensan cada vez que el teléfono suena y si es la policía avisando de que han encontrado su cuerpo sin vida.

Cada vez que un mensaje llega y no es Karla.

Cada vez que un recuerdo aparece, ese miedo se clava en sus corazones como un cuchillo afilado.

Luis acelera un poco más.

No pueden permitirse el miedo ni el cansancio.

No pueden permitirse nada que no sea seguir.

Ha retomado contactos olvidados con policías que ya no están en activo, incluso ha visitado a reos, de esos que saben todo lo que pasa fuera de la cárcel.

Porque en algún lugar de la ciudad, su hija está viva.

Tiene que estarlo.

Y ellos van a encontrarla, aunque tengan que arrancarle la verdad al mundo entero.

Olga ha recorrido los pasos de Karla el día de su desaparición.

La cafetería donde desayunó.

El paseo por el centro comercial.

Y ahora, con el ticket en la mano de la tienda de lencería, Olga respira hondo antes de acercarse al mostrador.

—Perdona… —con voz temblorosa, pero firme—.

¿Recuerdas a esta chica?

Estuvo aquí hace un par de días.

La empleada, una joven de unos veinte años, mira la foto.

—Sí… sí, claro que la recuerdo —dice, bajando la voz como si temiera que alguien pudiera oírla—.

Estaba nerviosa.

O… no sé si nerviosa, pero inquieta.

Miraba hacia atrás todo el rato.

Olga siente un latigazo en el estómago.

—¿Por qué?

¿Pasó algo?

La chica duda un segundo, como si estuviera decidiendo si decirlo o no.

—Había un tipo… —confiesa al fin—.

Un hombre que parecía seguirla.

Entró en la tienda, no tenía pinta de querer comprar.

No nos gustó nada.

Avisamos a Seguridad.

El vigilante la acompañó a un taxi, parecía asustada por algo.

Olga aprieta el ticket entre los dedos.

El papel cruje, siente que el aire se le escapa.

Un taxi.

Un trayecto.

Un conductor.

Una oportunidad para que alguien la ayudara… o para que alguien la interceptara.

—¿Recuerdas algo más?

—pregunta, casi sin voz.

La empleada niega con la cabeza, pero luego frunce el ceño, como si algo emergiera desde el fondo de su memoria.

—El hombre… llevaba una gorra oscura o una capucha, no recuerdo bien.

Y… —traga saliva—.

No sé si sirve de algo, pero cuando Karla salió, él ya no estaba.

Desapareció.

Olga siente un frío que le sube por la columna.

No sabe si es miedo, o rabia por no haber estado con ella en ese preciso momento.

Saca su teléfono y marca a Luis en cuanto sale de la tienda, con el ticket arrugado en la mano y el pulso acelerado.

Necesita contarle lo que ha averiguado, pero él contesta antes de que pueda siquiera inhalar.

—Olga, espera —dice Luis, con una urgencia que la obliga a callar—.

Yo también tengo algo.

Y es grande.

Ella se detiene en seco, rodeada de gente que no sabe que su mundo está a punto de fracturarse un poco más.

—Luis, por favor, déjame…
—No.

Escúchame.

Esto no puede esperar.

Hay algo en su voz que la obliga a obedecer.

Algo tenso, decidido, casi tembloroso.

—Hoy he hablado con un preso —continúa él—.

Un tipo que… bueno, que le debía un favor a un amigo.

Me ha dado una nota.

Un número de teléfono.

Olga siente un nudo en la garganta.

—¿De quién?

Luis respira hondo, como si decir el nombre fuera cruzar una frontera invisible.

—De un ex convicto.

Alguien que se dedica a “solucionar problemas”.

Por dinero.

Le llaman El Lobo.

El silencio que sigue es denso, casi físico.

—Dicen que es metódico —añade Luis—.

Que tiene una mente brillante.

Que ve conexiones donde otros solo ven ruido.

Y que… nunca falla.

Nunca.

Olga siente un escalofrío.

No sabe si es miedo o esperanza.

—Luis… ¿Qué estás pensando?

Él no duda.

—Que voy a llamarlo.

Que si alguien puede encontrar a Karla, es él.

No me importa lo que cueste.

No me importa quién sea.

Si este hombre es tan bueno como dicen… lo necesitamos de nuestro lado.

Olga cierra los ojos.

No es el camino que habría elegido.

No es el tipo de ayuda que una familia debería necesitar.

Pero ya no están en un terreno seguro.

—Hazlo —susurra—.

Haz lo que tengas que hacer.

Luis aprieta la nota entre los dedos.

El número está escrito a mano, torcido, casi como un presagio.

—Voy a llamarlo ahora mismo —dice.

Luis marca los dígitos del teléfono con una concentración casi quirúrgica.

Cada número es un paso hacia un territorio del que sabe que no se vuelve igual.

Lleva el móvil al oído y espera.

Al tercer tono, una voz rígida, sin matices, sin emociones, responde:
—¿Quién es?

Luis traga saliva.

No esperaba que sonara así, tan… vacío.

—¿Eres el Lobo?

Al otro lado, silencio.

Un silencio que no es duda, sino cálculo.

Como si la voz estuviera midiendo el peso de la pregunta, el riesgo, la intención.

Finalmente, la respuesta llega, seca:
—No.

Y cuelga.

Luis se queda mirando la pantalla unos segundos, con el corazón golpeándole el pecho.

Sabe que es él.

Sabe que esa negación no era una respuesta, sino una prueba.

Respira hondo, vuelve a marcar, cuidando de introducir bien cada dígito, como si un error pudiera condenarlo todo.

Esta vez, la llamada se conecta sin saludo.

Solo silencio.

Un silencio que espera.

Luis no lo soporta.

—Necesito tu ayuda —dice, la voz rota, sin disfraz—.

Puedo pagar por ella.

Lo que sea.

Necesito que encuentres a mi hija.

El silencio se estira.

Pero algo cambia.

No en el sonido, sino en la sensación.

Como si al otro lado alguien hubiera inclinado la cabeza, escuchando de verdad.

La voz aparece de nuevo, igual de rígida, pero con una sombra imperceptible de interés.

—¿Dónde estás?

Luis siente un hilo de esperanza.

—Madrid.

—Bien.

—Una pausa breve, casi imperceptible—.

Puerta del Sol.

Inicio de la calle Arenal.

Dentro de una hora.

Luis asiente, aunque sabe que no puede verlo.

—Allí estaré.

—Ve, solo —dice la voz, antes de cortar la llamada.

Luis baja el móvil lentamente.

Va a encontrarse con él.

Y, por primera vez en días, tiene la sensación de que alguien, alguien peligroso, alguien eficaz, podría realmente ayudarle.

Luis llegó con antelación.

Demasiada.

Llevaba casi veinte minutos dando vueltas por el mismo tramo de acera, intentando parecer tranquilo mientras sus ojos escaneaban cada rostro, cada sombra, cada gesto sospechoso.

La Puerta del Sol hervía de gente, pero él solo buscaba uno: el Lobo.

Un hombre se le acercó de pronto, interrumpiendo su vigilancia.

—Perdona, ¿la calle Ópera?

—preguntó, con un tono amable, casi torpe.

Luis sintió un latigazo de irritación.

No quería hablar con nadie.

No ahora.

—Sí, claro —respondió rápido, señalando hacia la calle Arenal—.

Cruza por ahí, sigue recto y verás los carteles.

No tiene pérdida.

El hombre sonrió, agradeció y se marchó.

Luis lo despidió con un gesto impaciente.

Temía que, si lo veía conversando con desconocidos, pensara que era una trampa, o que no había venido solo.

Así que cortó la interacción lo antes posible.

No sabía —no podía saber— que ese hombre no era un turista despistado.

Era un peón.

Un tanteo.

Una prueba.

Y mientras Luis volvía a su vigilia, convencido de que había recuperado el control, el falso transeúnte caminaba ya entre la multitud con la cartera de Luis en el bolsillo.

La había sacado con una destreza tan limpia que Luis ni siquiera sintió el roce.

A pocos metros, en un rincón donde la luz del atardecer no llegaba del todo, un hombre esperaba.

El peón se acercó, entregó la cartera sin una palabra.

El Lobo la abrió, revisó la documentación, las fotos, los carnés, los recibos.

Confirmó que no era policía.

Confirmó que no era una trampa.

Solo entonces levantó la vista.

Luis, ajeno a todo, seguía mirando a su alrededor, cada vez más nervioso, cada vez más desesperado.

Temiendo que al final no se presentase, que hubiese sido otra prueba, por experiencia sabe que esta gente no se muestran tan fácilmente y significaría otro día perdido para encontrar a Karla.

Y fue en ese momento, cuando la ansiedad empezaba a transformarse en duda, cuando una figura se separó de la multitud y caminó hacia él con una calma que no pertenecía a ese lugar.

—Luis.

Luis se giró.

Lo supo al instante.

No por la apariencia, sino por la presencia.

Por la forma en que el aire pareció tensarse a su alrededor.

El Lobo había decidido mostrarse.

Y Luis entendió que, a partir de ese momento, nada sería igual.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo