Leer Novelas
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

Enjaulada - Capítulo 20

  1. Inicio
  2. Todas las novelas
  3. Enjaulada
  4. Capítulo 20 - 20 El Lobo
Anterior
Siguiente
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo

20: El Lobo 20: El Lobo Lobo rondaba los cuarenta, pero llevaba la edad con naturalidad y sin pedir permiso.

Su nombre es Alejandro, aunque nadie sabe su nombre real.

Todos lo llamaban Lobo.

El apodo no nació de un gesto heroico ni de una hazaña gloriosa, sino de una noche oscura en la que aprendió que, para sobrevivir, a veces había que morder antes de que te arrancaran la garganta.

Había llegado a prisión muy joven, por robar en un casino, en la huida hubo una víctima, alguien que el destino le puso sin querer en el camino equivocado, él fue el único que se quedó para auxiliarlo y le cayó todo el peso de la justicia.

Cuando entró en la prisión estaba flaco, silencioso, con esa mezcla de rabia y miedo que los depredadores huelen a distancia.

La peor manada de reos lo eligió desde el primer día.

No necesitaban motivos.

Bastaba con que fuera nuevo, joven, sin alianzas.

Lo empujaban en el patio, lo seguían en los pasillos, le susurraban amenazas que se pegaban a la piel como humedad.

Lobo aguantó.

No porque fuera valiente, sino porque no sabía cómo rendirse.

La noche que lo marcó para siempre no fue la suya, sino la de otro.

Un chico recién llegado, aún más joven que él, temblando en la litera inferior mientras la manada cerraba la puerta del módulo.

Lobo vio en ese muchacho la versión más frágil de sí mismo, la que había logrado mantener viva a base de silencio y resistencia.

Y algo dentro de él, algo que llevaba semanas acumulando tensión, se quebró.

No gritó.

No avisó.

Simplemente saltó.

El líder de la manada no tuvo tiempo de reaccionar.

Lobo lo derribó con una violencia tan fría que los otros retrocedieron sin entender qué estaba pasando.

No fue una pelea.

Fue un estallido.

Un recordatorio de que incluso el animal más acorralado puede arrancarte la cara si lo obligas.

Cuando los guardias llegaron, el suelo estaba manchado de sangre y Alejandro, el chico delgado y callado, con un brillo indescriptible en la mirada, seguía temblando, pero más vivo que nunca.

El líder, en cambio, tenía la mirada derrotada, una costilla rota y la mandíbula torcida.

Nadie volvió a tocar a Lobo, ni a su joven amigo después de eso.

El apodo surgió al día siguiente, susurrado primero con burla, luego con respeto, finalmente con miedo, porque había sobrevivido a la manada.

Porque había sido capaz de destruirla si quería.

Años después, con su deuda pagada a la sociedad y sin posibilidades de encontrar un trabajo, dónde no pesen sus antecedentes penales, se ve avocado a realizar otro tipo de trabajos, esos en los que debe enfrentarse, a los que otros prefieren ignorar.

No son encargos oficiales ni aparecen en ningún papel.

Son favores pagados en sobres arrugados, en botellas de licor barato o en silencios agradecidos.

Buscar a un hijo que se ha ido con malas compañías.

Recuperar un coche robado.

Intimidar a un tipo que golpea a su mujer.

Localizar a alguien que no quiere ser encontrado.

Trabajos sucios, grises, sin gloria.

Trabajos que requieren a alguien que no tiemble ante la oscuridad.

Lobo nunca los busca; son ellos los que lo encuentran.

La gente sabe que vive solo, que no pregunta demasiado, que no llama a la policía.

Saben también que, aunque no lo diga, no soporta ver a un débil caer en manos de una manada.

Y eso basta para que, de vez en cuando, alguien toque su puerta al caer la noche.

Él acepta porque no tiene otra opción.

Porque nadie contrata a un ex convicto con fama de violento.

Porque el dinero es escaso y la vida, cara.

Pero también porque, aunque no lo admitiría ni bajo tortura, cada encargo le da una excusa para mantener a raya a ese animal que lleva dentro.

Ese que aprendió a despertar en prisión.

Ese que, si no se le da un propósito, empieza a morder desde dentro.

En cambio, ahora Alejandro vivía en un piso alquilado en Vallecas, uno de esos bloques antiguos donde las paredes son finas y los vecinos se saludan sin mirarse.

No tenía su nombre en el buzón; solo un número escrito con rotulador, como si no quisiera dejar huella.

Y quizá era así.

Después de tantos años siendo observado, juzgado, etiquetado, había aprendido a vivir mejor cuando nadie sabía que estaba allí.

El piso era modesto, casi espartano.

Un sofá viejo, una mesa coja, una cama que crujía con cada movimiento.

Había cajas apiladas en un rincón, algunas abiertas, otras aún cerradas desde hacía meses.

No era desorden; era desinterés.

Como si no terminara de creer que ese lugar fuera realmente suyo, o como si estuviera preparado para marcharse en cualquier momento.

Lo único que destacaba era la estantería.

Una colección de libros gastados, subrayados, doblados, que contrastaban con la austeridad del resto del piso.

Y junto a ellos, un equipo de música sorprendentemente bueno, casi nuevo, que parecía fuera de lugar en aquel salón desnudo.

Era su único lujo, su única indulgencia.

Cuando el mundo se volvía demasiado ruidoso, él subía el volumen y dejaba que la música hiciera lo que nadie más podía: calmarlo.

No tenía pareja.

Nunca la había tenido de verdad.

Había mujeres, sí, pero relaciones breves, intensas y fugaces, como si él mismo se encargara de apagarlas antes de que prendieran demasiado.

No era incapacidad emocional; era miedo.

Miedo a que alguien viera lo que había sido.

Miedo a que alguien descubriera lo que aún era capaz de ser.

A pesar de su apariencia dura, de su reputación, de la cicatriz que le cruzaba la cara como un aviso, Lobo era demasiado tierno para su propio bien.

Lo sabía, y por eso se protegía.

Por eso mantenía las distancias.

Por eso, cuando alguien le pedía ayuda, él aceptaba sin preguntar demasiado… y cobraba menos de lo que debía si veía necesidad en los ojos del cliente.

No vivía con lujos.

No gastaba en caprichos.

El dinero que ganaba, poco, irregular, siempre insuficiente, lo guardaba con una disciplina casi militar.

Tenía un plan, una idea fija: retirarse algún día, desaparecer en un lugar donde nadie lo conociera, donde pudiera vivir sin que su pasado le mordiera los talones.

Una jubilación tranquila, silenciosa, lejos de manadas y de sombras.

Pero mientras ese día no llegaba, seguía allí.

En su piso de Vallecas.

Con sus cajas sin abrir, sus libros gastados y su música que llenaba el vacío.

Un hombre grande, fuerte, temido por algunos… y, sin embargo, profundamente solo.

Un lobo que había aprendido a vivir lejos de la manada, pero que aún no sabía cómo dejar de buscarla.

Ese era el Lobo: alguien que podía desaparecer entre la gente… o hacerse notar como una sombra que decide, por fin, salir de su escondite.

Luis se quedó inmóvil cuando el hombre se acercó.

No fue por la apariencia, aunque imponía, sino por la forma en que se movía: sin prisa, sin ruido, sin necesidad de ocupar espacio para dominarlo.

Simplemente, estaba, y eso bastaba para que todo a su alrededor pareciera hacerse más pequeño.

No esperaba que aquel hombre fuera así.

Había imaginado a alguien más viejo, más destartalado, quizá incluso más torpe.

Pero cuando lo vio acercarse, comprendió al instante por qué la gente hablaba de él en voz baja.

El tipo era alto, de hombros anchos, con un cuerpo que no parecía resultado de gimnasio, sino de una vida entera peleando contra cosas que Luis prefería no imaginar.

Caminaba con una calma inquietante, como si cada paso estuviera medido, como si supiera exactamente dónde poner el pie para no hacer ruido.

Lo primero que llamó la atención de Luis fue la cicatriz.

Una línea oblicua que cruzaba la mejilla izquierda, fina, pero imposible de ignorar, como una firma que alguien le había dejado a la fuerza.

No lo afeara; al contrario, le daba un aire de peligro contenido, de historia no contada.

Pero lo que realmente lo descolocó fueron sus ojos.

Color avellana.

Cálidos, incluso dulces, durante un segundo.

Luego, en cuanto se fijaban en algo o en alguien, esa dulzura se apagaba y dejaba paso a una mirada que parecía capaz de desmontar a una persona por dentro.

No era agresiva, pero sí profundamente analítica, como si estuviera evaluando amenazas, mentiras, intenciones ocultas.

Luis sintió que lo estaba leyendo.

Y no le gustó la sensación.

El hombre vestía ropa sencilla: camiseta oscura, pantalones gastados, botas que habían visto demasiados caminos.

Nada llamativo.

Nada que dijera “mírame”.

Y aun así, era imposible no mirarlo.

Tenía esa presencia que no necesita imponerse para dominar un espacio.

Simplemente, estaba ahí, sólido, silencioso, inevitable.

Luis notó que, sin darse cuenta, había dejado de respirar cuando el hombre se acercó del todo.

No era miedo exactamente.

Era… respeto.

O quizá la intuición de que estaba frente a alguien que había visto cosas que él no podría soportar.

—¿Lobo?

—preguntó Luis tragando saliva.

Ese era el hombre al que iba a pedirle que encontrara a su hija.

Y por primera vez desde que Karla desapareció, sintió algo parecido a la esperanza.

Una esperanza áspera, peligrosa, que podía romperle el alma si se equivocaba.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo