Enjaulada - Capítulo 21
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21: Trato hecho 21: Trato hecho Lobo se detuvo a un metro de él y lo observó unos segundos más, como si confirmara que el hombre que tenía delante coincidía con la documentación que acababa de revisar.
Luego habló:
—Te han robado la cartera.
Luis se quedó helado.
Instintivamente, se llevó la mano al bolsillo.
Vacío.
—¿Qué…?
¿Cómo…?
—Si no te diste cuenta —interrumpió el Lobo—, significa que no estás mintiendo.
Ni eres policía.
Ni estás preparado para esto.
Luis sintió una mezcla de vergüenza y alivio.
Era una prueba.
Y la había pasado sin saberlo.
Lobo dio un paso más cerca de él y con un leve movimiento de cabeza le indicó que le acompañara.
Entraron en una pequeña cafetería cercana y cuando la camarera se marchó dejando los cafés sobre la mesa, volvió a hablar:
—Ahora dime —sus ojos se clavaron en los suyos, sin parpadear—.
¿Por qué debería ayudarte?
Luis sintió que el aire se le atascaba en la garganta.
Pero no podía fallar.
No ahora.
—Porque… —su voz se quebró, pero no retrocedió—.
Porque mi hija está desaparecida.
Y no sé a quién más acudir.
Lobo lo observó en silencio.
Un silencio que pesaba como una sentencia.
Y entonces, por primera vez, algo cambió en su expresión.
No fue compasión.
No fue empatía.
Fue… interés.
Luis supo que, por fin, había encontrado a alguien capaz de seguir un rastro que la policía ni siquiera veía.
Lobo inclinó apenas la cabeza, interesado en conocer todos los antecedentes.
—Cuéntamelo todo.
Luis respiró hondo.
Sabía que no tenía margen para titubear.
—Mi hija… Karla.
Ha desaparecido.
Nadie sabe nada.
Y yo… —la voz se le quebró, pero siguió—.
Yo necesito encontrarla.
Necesito que me ayudes.
Entraron en nuestra casa y se la llevaron…
Lobo no reaccionó.
Solo lo miró.
Como si cada palabra fuera un dato que debía encajar en un patrón más grande.
—¿Cuándo desapareció?
—preguntó al fin.
—Hace dos días.
—¿Circunstancias?
Luis tragó saliva.
El interrogatorio había empezado y Luis le puso al tanto de lo que sabían.
—¿Has recibido llamadas?
¿Mensajes?
¿Amenazas?
—No.
Nada.
—¿Enemigos?
—preguntó él, sin suavizar la palabra.
Luis negó con la cabeza, pero Lobo lo detuvo con un gesto.
—No me digas “no”.
Piénsalo.
Luis cerró los ojos un instante.
—Quizás, pero no sabemos quién o quienes.
Últimamente…
Luis sintió que las palabras se le atascaban en la lengua.
Hablar de eso en voz alta lo hacía más real, más peligroso.
—Últimamente… —repitió, buscando aire—.
Últimamente, nos hacían muchas preguntas sobre ella.
Lobo no parpadeó.
—¿Qué tipo de preguntas?
— Preguntas raras.
Insistentes sobre donde vivíamos antes, en qué colegio infantil estudio Karla… —Luis tragó saliva— si teníamos contacto con más familia.
Lobo inclinó la cabeza apenas, un gesto mínimo, pero que Luis sintió como un bisturí entrando en la carne.
—¿Y tú no sospechaste nada?
Luis bajó la mirada, avergonzado.
—Pensé que eran tonterías.
Que… que la gente es curiosa.
Que no pasaría nada.
—La gente no es curiosa, con adolescentes al azar —dijo Lobo, sin dureza, pero sin suavidad—.
No así.
Luis sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
—¿Quién sabía que Karla estaría sola esa noche?
Luis abrió la boca, pero no salió sonido alguno.
Tuvo que apoyarse en el respaldo de una silla.
—No… no lo sé.
No lo sé.
—Piénsalo —insistió Lobo, sin levantar la voz—.
Alguien lo sabía.
Alguien lo dijo.
O alguien lo escuchó.
Luis sintió que el mundo se estrechaba a ese punto exacto entre ellos dos.
A la voz grave del hombre.
A la certeza de que él veía cosas que Luis jamás habría visto.
—Andy… —susurró—.
Su novio, Karla abandonó su fiesta de cumpleaños antes de lo pensado.
Parecía enfadada.
Nosotros estábamos en otro lugar y regresamos a casa en cuanto colgamos la llamada con Andy… —se detuvo, incapaz de seguir.
Lobo lo observó un segundo más, evaluándolo.
No había juicio en su mirada, solo cálculo.
Como si estuviera montando un mapa mental con cada palabra.
—Bien —dijo al fin—.
Vamos a empezar por ahí.
Luis levantó la vista, sorprendido.
—¿Entonces… me ayudarás?
Lobo no respondió de inmediato.
Luis sintió un nudo en el estómago.
Sus ojos avellana brillaron un instante, como si una sombra antigua se moviera detrás de ellos.
—Y porque si tu hija sigue viva —añadió—, cada minuto cuenta.
Luis asintió, sin poder hablar.
Lobo se enderezó, lo observó unos segundos más, en silencio.
Luis sintió que estaba siendo pesado, medido, clasificado.
No como persona, sino como caso.
Como riesgo.
Como inversión.
Finalmente, habló:
—Te ayudaré.
Luis sintió que las piernas casi se le aflojaban.
No por el cansancio acumulado, ni por el miedo, sino por la certeza de que estaba a punto de cruzar un umbral del que no habría vuelta atrás.
El tipo que le traería a su hija lo observaba sin pestañear, como si midiera cada micro gesto, cada respiración, cada duda.
—Pero —añadió, dejando caer la palabra como un filo que corta el aire—.
Lo haré a mi manera.
Sin preguntas.
Sin interferencias.
Y sin… garantías.
Luis tragó saliva.
No esperaba garantías.
No esperaba nada, salvo una mínima posibilidad.
Lobo continuó, sin apartar la mirada:
—Y… no será barato.
Cien mil euros.
La mitad por adelantado, en billetes pequeños.
Luis sintió un golpe seco en el pecho.
Era una cifra obscena, imposible para la mayoría.
Pero para él, en ese momento, no era dinero: era tiempo.
Era esperanza.
Era la diferencia entre seguir buscando a ciegas o tener a alguien capaz de ver donde otros no veían nada.
—¿Cien mil…?
—susurró, más para sí que para él.
Lobo no se movió.
No explicó.
No justificó.
No negoció.
Solo esperó.
Como si supiera que Luis ya había tomado la decisión antes de escuchar la cifra.
Y era cierto.
Luis asintió de inmediato, casi sin pensarlo, como si temiera que dudar un segundo pudiera hacer que el Lobo desapareciera entre la multitud.
—Lo que sea —dijo, con la voz quebrada pero firme—.
Haré lo que digas.
Lobo inclinó apenas la cabeza, un gesto mínimo, casi imperceptible, pero que Luis interpretó como una aceptación.
O al menos, como un paso adelante.
—Bien —dijo Lobo—.
Entonces escucha.
Luis contuvo el aliento.
—A partir de ahora, no hablas con nadie de esto.
Ni con tus amigos.
Ni con la policía.
Yo te diré cuándo y cómo.
Y si te sales del plan… —hizo una pausa breve, no amenazante, sino factual—.
Se acabó.
Luis asintió otra vez, sintiendo que cada palabra de él se le grababa en la piel.
—Tendrás el dinero —prometió—.
Necesitaré algo de tiempo para reunirlo.
Lobo lo miró como si evaluara la veracidad de esa frase, como si pudiera detectar la más mínima grieta en su determinación.
Finalmente, habló:
—Entonces empezamos.
Luis sintió un vértigo extraño.
Miedo, sí.
Pero también algo parecido a alivio.
Por primera vez desde que Karla desapareció, tenía la sensación de que alguien —alguien real, alguien eficaz, alguien peligroso— estaba dispuesto a moverse por ella.
Y aunque sabía que estaba entrando en un mundo que no comprendía, no dudó.
Porque su hija estaba en algún lugar.
Y este tipo era la única persona que parecía capaz de encontrarla.
Luis entregó el adelanto del dinero al Lobo la mañana siguiente, en un lugar que él mismo eligió: un aparcamiento subterráneo casi vacío, donde las cámaras no funcionaban y el eco hacía que cualquier paso sonara más fuerte de lo normal.
Esta vez, Luis no fue solo.
Olga insistió en acompañarlo, y aunque Luis intentó convencerla de que no era buena idea, ella fue tajante: si su hija estaba en peligro, ella no iba a quedarse en casa esperando noticias.
Cuando el Lobo los vio llegar juntos, su expresión se endureció.
No dijo nada al principio, pero su postura cambió: hombros tensos, mirada más afilada, la mandíbula marcándose bajo la cicatriz.
—Te dije que vinieras solo —dijo al fin, sin elevar la voz.
Luis abrió la boca para justificarse, pero Olga se adelantó.
—Soy la madre de Karla —dijo, escondiendo su miedo—.
Y voy a estar donde tenga que estar.
No soy un estorbo.
Y no voy a quedarme al margen.
Lobo la observó en silencio.
No con desprecio, sino con cálculo.
Como si estuviera evaluando, si esa mujer era un riesgo… o un recurso.
—No trabajo con emociones —respondió él, finalmente—.
Las emociones hacen ruido.
Y el ruido mata.
—Me parece bien—replicó Olga—.
Quiero encontrar a mi hija y haré lo que haga falta.
Luis tragó saliva.
Sabía que estaban tensando una cuerda peligrosa.
Pero también sabía que Olga era muy cabezota cuando quería conseguir algo y no iba a retroceder.
Lobo los miró a ambos.
Su silencio duró demasiado, lo suficiente para que Luis sintiera un sudor frío en la nuca.
Finalmente, habló:
—Muy bien.
Pero escuchadme bien los dos.
Si en algún momento interferís, dudáis, habláis cuando no debéis, o ponéis en riesgo la operación… —hizo una pausa, dejando que el peso de sus palabras cayera sobre ellos—.
Abandono el encargo.
Y no devuelvo el dinero.
Luis asintió de inmediato.
Olga también, aunque con una rigidez que ocultaba el pánico que sentía en esos momentos.
El trato estaba hecho.
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