Enjaulada - Capítulo 22
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Capítulo 22: Una pista que seguir
Andy vivía en una residencia de estudiantes, un piso pequeño, lleno de pósteres de grupos de música y ropa tirada por todas partes. Cuando abrió la puerta y vio a Lobo, se quedó rígido, como si un adulto hubiera irrumpido en un territorio que creía exclusivamente juvenil.
—¿Tú eres… el amigo del padre de Karla? Me avisó de que vendrías—preguntó Andy.
Lobo no confirmó ni negó. Solo entró cuando el chico se hizo a un lado.
El contraste entre ambos era casi grotesco: Andy, nervioso, moviéndose de un lado a otro; Lobo, inmóvil, observándolo como si cada gesto fuera una pieza de un rompecabezas.
—Necesito que me cuentes por qué Karla abandonó la fiesta—dijo Lobo, sin rodeos.
Andy se frotó la nuca, incómodo.
—¿Por qué? No fue nada… una tontería.
—Las tonterías no hacen que alguien abandone su propio cumpleaños —respondió Lobo, con una calma que helaba—. Habla.
Andy suspiró.
—Discutí con ella. Me preguntó por un amigo nuevo que tenía. No sé… me molestó que quisiera controlarme. Ella se enfadó. Le dije que no era asunto suyo. Que solo era un chico que había conocido hacía poco.
Lobo ladeó la cabeza, como si esa frase encajara en un patrón que solo él veía.
—¿Nombre?
—Matías, no sé el apellido. Pero… tengo su número. ¿Qué ocurre? ¿Por eso que se fue sola al viaje?
—Llámalo —ordenó. Sin explicarle nada más.
Andy marcó el número con dedos temblorosos. No entendía tanta pregunta, pero Lobo le intimidaba.
Lobo observaba la pantalla, no por curiosidad, sino por hábito: leer micro gestos, reacciones, mentiras.
El tono no llegó a sonar.
En su lugar, una voz automática, fría, impersonal:
“El número marcado no existe.”
Andy palideció.
—Pero, yo hablé con él. No puede ser…
—¿Cuándo fue la última vez hablaste con ese chico?
Andy se llevó las manos a la cabeza.
—Cuando se fue Karla, le llamé para quedar y tomar algo… —se detuvo, avergonzado.
Lobo lo observó un segundo más, evaluando.
Andy tragó saliva— ¿Le ha pasado algo a Karla? No me contesta a los mensajes.
Lobo no le prestaba atención, solo pensaba en voz alta:
Ese número no es falso —dijo, caminando hacia la puerta—. Es peor. Es desechable.
Andy lo miró sin entender.
—¿Qué significa eso?
Lobo se detuvo en el umbral, sin girarse.
—Que quien lo usaba no quería ser encontrado.
Y salió del piso sin despedirse, dejando a Andy con un montón de preguntas sin respuestas, pero también, sin un ápice de preocupación, quizás porque daba por hecho que Karla había roto con él.
Dos días más tarde, Lobo ya tenía más pistas que seguir. No era un hombre que perdiera el tiempo.
Había localizado a un tipo que hablaba más de la cuenta: un tipo que frecuentaba una casa de apuestas.
Lobo se sentó junto a él en la barra, pidió whisky barato y fingió estar más borracho de lo que estaba. El tipo, encantado de tener compañía, empezó a hablar sin control tras la tercera copa.
—Wey, tú no sabes lo que hay por ahí —decía, moviendo el vaso—. Chicas… pero no chicas normales, ¿eh? Chicas guapas de verdad. Modelos. ¿Tú sabes lo que es tenerlas tan cerca, no poder tocar esa piel blanquita… ummm, tan suavecita que parece mentira?
Lobo fingió reír, golpeando la barra con la palma.
—Modelos, dices… —arrastró las palabras, como si el alcohol le pesara—. Joder, me encantaría besar a una de esas. ¿Y por qué no se las puede tocar? ¿Las tienen metidas en una caja o qué?
Él rio, también, encantado de tener un cómplice. Y siguió hablando. Demasiado. Mucho más de lo que debía.
—Ya te digo, compadre. Si las tocas te cortan la mano… mínimo. Esas no son para nosotros… qué va.
—¿Y dónde las tienen? Al menos podremos verlas, ¿no?, amigo —insistió Lobo, invitándole a otra copa.
—Ahí tú no, solo los mejorcitos hombres entran.
—Ah, vaya, yo quiero un trabajo de esos, ¿podrías recomendarme a tu patrón, no?
—No es un trabajo cualquiera, compadre —Entonces el latino se abrió la chaqueta, lo justo para que Lobo viera la pistola de cañón corto, calibre 22, seguramente.
Lobo alargó la mano, pero el hombre se movió rápido a pesar del alcohol.
—No se toca, compadre… que le corto la mano… ja, ja, ja —rio estruendosamente.
—¡Ah! Tranquilo, amigo. Solo quería verla más de cerca.
El tipo bebió un trago largo, se limpió la boca con el dorso de la mano y bajó un poco la voz, como si de pronto recordara que había cosas que no debía decir.
—Mira, hay sitios donde uno no quiere meterse. Sitios fríos, ¿sabes? Fríos de verdad. Donde el viento te corta la cara y no se oye ni un puto pájaro. Medio derruido, un sitio feo pero seguro, sin curiosos o intrusos.
Lobo ladeó la cabeza, fingiendo no entender.
—¿Fríos? ¿Aquí en Madrid?
—No, no… —negó con la cabeza, ya más suelto que prudente—. Afuerita, arriba, compadre. Donde la ciudad ya no llega. Donde si gritas… nadie te escucha. ¿Me entiendes?
Lobo dejó que el silencio se alargara, como si procesara la frase con lentitud alcohólica.
—Mmm… suena a sitio bonito para perderse —murmuró.
—Para perderse… o para que te pierdan —corrigió, riendo otra vez, pero con un brillo extraño en los ojos—. Allí llevan a las chicas antes de… bueno, antes de lo que sea que les hagan. Yo no pregunto. Mejor así.
Lobo sintió un nudo en el estómago, pero mantuvo la sonrisa torpe.
—¿Y tú vas allí a menudo?
—Sí claro. Ahora estamos allí todos, pero uno necesita un poco de alcohol. Ese patrón está estreñido, no ríe, no deja divertirse, es una mala víbora. Allí no hay nada. Mucho árbol, mucha niebla, un sitio de locos… y un silencio que te hace pensar cosas malas. No es para cualquiera, compadre—. Y bebió otro trago, ya sin darse cuenta de lo que revelaba.
—¿De dónde sacan tanta modelo?, yo quiero un par… ja, ja, ja
—Quién sabe. A veces las mueven de un lado a otro sin explicación. En ocasiones llegan en grupo; otras, por separado. Algunas terminan en manos de hombres con demasiado poder… y otras simplemente se esfuman, como si la tierra se las hubiera tragado sin dejar rastro.
Lobo bajó la vista hacia el vaso, intentando que el cristal ocultara el latigazo de tensión que le recorría la espalda.
Frío. Árboles. Afueras. Un lugar para perder la cordura… Y luego, nada. Solo silencio.
No dijo el nombre, pero Lobo ya tenía una sospecha.
Y no le gustaba nada.
De pronto, la puerta del local se abrió de golpe.
Tres hombres entraron. Miraron alrededor. Y fueron directos hacia ellos.
El nuevo amigo de Lobo bufó maldiciendo—Ese cabrón de compadre les ha contado dónde iba. ¡Maldito!, cuando lo pille lo voy a matar.
—Tú. —Uno de ellos lo agarró del brazo—. Ven con nosotros.
El tipo palideció, se levantó tambaleándose, mirando a Lobo como si esperara ayuda. Pero él solo sostuvo su mirada un segundo… y luego apartó los ojos. Lobo no se movió. No intervino. No era su papel. No era el momento.
Los hombres se lo llevaron a la fuerza, arrastrándolo hacia la salida, mientras el tipo se excusaba torpemente.
Lobo terminó su whisky de un trago, dejó un billete en la barra y se levantó con la misma calma con la que había entrado.
Había obtenido lo que necesitaba.
Y ahora sabía dónde empezar a buscar.
Abandonó el local sin mirar atrás, pero en cuanto cruzó la puerta vio lo que ya esperaba: dos de los tipos que se habían llevado a su “amigo” lo estaban esperando. Daba igual que intentasen disimularlo. Uno apoyado en la pared, el otro fingiendo mirar el móvil. Ambos tensos. Ambos demasiado quietos.
Lobo no cambió el paso. No aceleró. No mostró sorpresa. Los ignoró como si fueran parte del mobiliario urbano, como si no supiera que estaban allí por él.
El primero se adelantó y le bloqueó el camino.
—Eh, amigo… —empezó a decir.
El segundo se colocó detrás, cerrándole la salida.
No llegaron a pronunciar nada más.
¡Zas, Zas! Lobo lanzó sus puños contra el estómago del que tenía delante con una precisión quirúrgica, sin esfuerzo aparente, como quien aparta un obstáculo menor. El hombre se dobló hacia adelante, incapaz de reaccionar. No esperaba que el borracho que parecía dentro del local fuese tan ávido.
En el mismo movimiento, el Lobo giró sobre sí mismo, activo, fluido, casi silencioso, para neutralizar el intento del segundo de agarrarlo por detrás. No necesitó fuerza bruta: solo técnica, velocidad y una lectura perfecta del espacio.
El segundo atacante retrocedió un paso, sorprendido por la rapidez del movimiento. Lobo no le dio tiempo a reorganizarse. Lo desestabilizó con un gesto seco, controlado, suficiente para dejar claro que no era un hombre al que convenía tocar.
—No estoy de humor —dijo Lobo, con una voz tan baja que obligaba a escuchar.
Los dos hombres se quedaron quietos, respirando con dificultad, sin atreverse a dar un paso más. No era miedo. Era la certeza de que no tenían ninguna posibilidad.
Lobo los miró apenas un segundo, como quien evalúa si merece la pena perder más tiempo.
Decidió que no.
Se ajustó la chaqueta con un gesto tranquilo y se alejó calle abajo, sin prisa, sin mirar atrás, como si nada hubiera ocurrido.
Porque para él, realmente, no había ocurrido nada.
Solo había despejado el camino.
Y ahora, con la información que había obtenido, solo tenía que desaparecer y sin ser visto seguirles.
La caza había comenzado.
Mientras tanto, en la Barranca, el especialista acababa de recibir una llamada en su móvil. No dijo una palabra, pero su expresión cambió de forma casi imperceptible: los ojos se le afilaron, la mandíbula se tensó, como si una sombra hubiera atravesado su rostro. Luego levantó la vista hacia Matías.
No fue una mirada larga. Ni teatral.
Fue un segundo.
Un destello.
Pero suficiente para que Matías entendiera el mensaje con una claridad brutal:
“Un solo movimiento en falso y no vivirás para contarlo”.
Sin añadir nada más, el especialista guardó el teléfono en el bolsillo interior de su chaqueta y se dirigió hacia las escaleras que bajaban al nivel inferior. Sus pasos eran firmes, silenciosos, casi calculados, como si cada uno estuviera medido para no dejar rastro. Matías lo siguió con la mirada hasta que la figura desapareció en la penumbra húmeda del sótano.
Solo entonces se dio cuenta de que llevaba demasiado tiempo sin respirar.
El aire le entró de golpe, áspero, como si sus pulmones hubieran olvidado cómo funcionar. Había estado a un suspiro de la muerte. Lo sabía. Lo había sentido en la piel, en el estómago, en ese instinto primario que te grita que estás a punto de desaparecer del mundo. Y ahora, con el especialista fuera de la habitación, Matías no se atrevía ni a moverse. Ni siquiera a respirar demasiado fuerte, por si todo era un espejismo y el hombre regresaba para rematar lo que había empezado.
El silencio se volvió espeso, casi sólido.
Un silencio que parecía morder.
Matías apoyó la espalda contra la pared, intentando que sus piernas dejaran de temblar. No lo conseguía. Cada músculo estaba en alerta, como si su cuerpo no hubiera recibido aún la orden de que seguía vivo. El sudor frío le corría por la nuca, pegándole la camiseta al cuerpo.
Entonces escuchó una voz suave, temblorosa, que rompió ese silencio como un hilo de luz:
—Matías… ¿Estás bien? —preguntó Karla, con un hilo de voz que intentaba sonar fuerte y no lo lograba.
Matías intentó sonreír, pero solo consiguió una mueca torcida.
—Sí… —susurró, aunque no era verdad—. Estoy bien.
Karla con la mano temblando y la oreja apoyada en la puerta de acero.
—Pensé que… —tragó saliva—. Pensé que te iba a matar.
Matías cerró los ojos un instante. Él también lo había pensado. Lo había sentido en el pecho, en la garganta, en la piel erizada.
—Yo también —admitió, con un hilo de voz que apenas se sostenía.
Lucía habló desde su rincón, abrazándose a sí misma como si sus propios brazos fueran lo único que la mantenía entera.
—Matías… ese tipo… ¿Es la persona que nos trajo aquí?
Matías asintió despacio, sin pensar que no le podían ver, mientras se acercaba a las celdas.
—Sí. Pero él solo cumple órdenes. No creo que sepa el motivo. Aunque… —respiró hondo— aunque yo aquí soy el último mono. No me cuentan nada. Solo sé una cosa: aquí no se hacen preguntas. Los que preguntan… desaparecen.
Las palabras quedaron suspendidas en el aire, pesadas, afiladas.
Y el silencio volvió a caer sobre ellos, un silencio frío que les envolvió hasta hacerles temblar.
Matías, con el miedo aún clavado en el cuerpo y las manos sudorosas, buscó el asiento que se encontraba en el pasillo, entre la Karla y Lucía. Se dejó caer en una silla metálica que chirrió bajo su peso. Intentó calmarse, pero su respiración seguía entrecortada.
Karla, envuelta en las mantas, se encogió un poco más, como si pudiera hacerse invisible.
Lucía, agazapada en un rincón, se abrazaba con fuerza, buscando en su propio cuerpo un calor que la habitación no ofrecía.
Los tres permanecieron así, inmóviles, escuchando el eco lejano de pasos en el nivel inferior.
Pasos que podían significar cualquier cosa.
Pasos que podían anunciar el regreso del especialista.
O algo peor.
Habían pasado un par de horas cuando un grito desgarrador atravesó las paredes. No era un grito normal: era el sonido de alguien que había perdido el control del miedo. Subió por el hueco de la escalera como un viento helado y dejó a Matías saltando de la silla y paralizado en la cuarta planta.
El grito venía de abajo.
Matías avanzó despacio, conteniendo la respiración, como si cualquier movimiento pudiera llamar la atención de algo que no quería ver. Se asomó al hueco oscuro de la escalera justo cuando un segundo alarido, más largo y desesperado, retumbó en todo el edificio.
Karla y Lucía se taparon la boca para no gritar.
Matías sintió el estómago encogerse.
Con la mano en el mango del cuchillo, bajó un escalón. Luego otro. El silencio entre grito y grito era peor que el propio sonido, un silencio denso que parecía tragarse el aire.
A mitad de la escalera escuchó la voz del Especialista.
No era un grito.
Ni una orden.
Era peor: ese tono bajo, casi amable, que usaba justo antes de hacer algo que nadie quería presenciar.
—Álvarez… vamos a centrarnos —dijo, con una calma que helaba—. En el bar. En la sala de apuestas. ¿Con quién estabas hablando?
Un sollozo respondió desde dentro.
—No… no sé quién era… solo se sentó a mi lado… yo no…
—No me interesa lo que no sabes —interrumpió el Especialista, sin elevar la voz—. Quiero lo que sí sabes. ¿Qué te preguntó?
Matías sintió un escalofrío.
Ese era el tema.
La conversación con un desconocido.
—Nada… nada importante… —balbuceó Álvarez—. Solo… solo comentó el partido… y…
Un golpe seco. Metal contra madera.
Una herramienta dejada con fuerza sobre la mesa.
—Álvarez —susurró el Especialista—. No me hagas perder el tiempo. Tú no hablas de partidos, en tu mente solo están las mujeres. Hablas por los codos cuando te emborrachas. Así que dime… ¿Qué quería?
—¡No lo sé! —gritó Álvarez, la voz quebrada—. Me preguntó por… por el movimiento de la semana… por si había visto caras nuevas… yo no sabía quién era… pensé que era un cliente más…
El Especialista dejó escapar un suspiro lento, casi decepcionado.
—¿Y tú le contaste qué?
Silencio.
Un silencio que parecía tensarse como una cuerda a punto de romperse.
Arriba, Karla y Lucía permanecían inmóviles en sus jaulas, conteniendo sus propios sollozos. Matías podía sentir su miedo como un peso en la nuca.
Entonces escuchó la voz rota de Álvarez:
—Por favor… yo no dije nada… tengo hijos… no me haga más daño…
Matías cerró los ojos. No quería oírlo. Pero no podía dejar de hacerlo.
El Especialista respondió con una suavidad que helaba la sangre.
—Si no dijiste nada… ¿Por qué tiemblas tanto?
La pregunta cayó en la sala como una gota de veneno.
Luego, un golpe seco: metal contra metal.
Una herramienta dejada con fuerza sobre la mesa.
Un aviso.
Una promesa.
Los hombres alrededor se tensaron, clavando la mirada en el suelo.
Matías sintió el corazón en la garganta, latiendo tan fuerte que temió que alguien más pudiera oírlo.
Su hermano siempre decía que el Especialista era “necesario”.
Que mantenía el orden.
Que sin él, todo se vendría abajo.
Pero allí, viendo su sombra moverse detrás del cristal opaco, Matías solo vio una cosa:
Un futuro que no quería para sí mismo.
Dentro de la sala, Álvarez soltó un jadeo ahogado.
—Yo… yo no… —balbuceó—. No dije nada… se lo juro…
El Especialista habló de nuevo, con ese tono bajo que parecía acariciar y estrangular al mismo tiempo.
—Álvarez, Álvarez… siempre juráis cosas cuando ya es tarde. —Una pausa breve, casi amable—. Vamos a intentarlo otra vez. ¿Qué te preguntó ese hombre?
—Nada… nada importante… —la voz de Álvarez se quebró—. Solo… solo me preguntó si… si conocía chicas guapas…
—¿Y tú qué le dijiste?
Silencio.
Un silencio que se estiró como una cuerda a punto de romperse.
—Solo… solo que había visto chicas muy guapas… pero no dije nombres… no dije nada más…
El Especialista dejó escapar un suspiro lento, casi decepcionado.
—¿Y tú crees que eso no es decir nada?
Álvarez empezó a llorar. No un llanto fuerte, sino un sollozo tembloroso, infantil, que hacía que la sala pareciera aún más pequeña.
—Por favor… no sabía quién era… pensé que era un cliente… pensé…
—Pensar no es lo tuyo —lo interrumpió el Especialista, con una calma que helaba—. Hablar tampoco. Y, sin embargo… hablaste.
Otro golpe seco.
Otra herramienta movida sobre la mesa.
Matías sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
El Especialista se acercó más; se notaba en la vibración de su voz.
—Te lo voy a preguntar una última vez. ¿Qué más le dijiste?
—Nada… nada… ¡Se lo juro! —Álvarez jadeaba—. No sé quién era… no sé su nombre… solo bebíamos… el tipo buscaba trabajo.
La respuesta no pareció convencer a nadie.
—Claro. ¿Y se lo pide a un desconocido borracho? ¿Me tomas por imbécil? Eres incapaz de mantener esa bocaza cerrada y quieres que piense que no has contado dónde estamos… o dónde están las chicas guapas.
El Especialista bajó la voz hasta convertirla en un susurro venenoso.
—Si no hablas… te haré callar para siempre.
Un último grito, breve y sofocado, atravesó el pasillo.
Un sonido que parecía arrancado de alguien que ya no tenía fuerzas para gritar.
Matías retrocedió sin darse cuenta.
El cuchillo tembló en su mano.
El aire se volvió más frío.
Subió un escalón.
Luego otro.
Y Luego otro más.
Los gritos seguían, cada vez más rotos, cada vez más lejanos.
El Especialista había empezado de verdad.
Y lo que venía después… Era mucho peor. Lo sintió por Álvarez, había hablado con él alguna vez, no era mala persona, malas decisiones le habían arrastrado a ese mundo.
Y por primera vez, pensó únicamente en sobrevivir.
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